La Coctelera


25 Agosto 2009

El para qué.

He terminado otro libro.

No tengo ninguna intención de ir informando por aquí acerca de él —entonces, ¿qué estás haciendo en este instante, eh? ¿eh? Maldito hipócrita mentiroso—. No voy a darle publicidad. Cuando montas un circo, acabas haciendo el payaso. No me interesa el lector. Ya no. No me apetece que lo espere nadie. No quiero que me digan lo que les parece. No necesito opiniones, y no es una cuestión de ego, sino de sencilla constatación de un hecho: si a ti no te gusta mi obra, es bastante probable que a mí no me gustes tú. Así que no tenemos nada que decirnos.

Considero que, estilísticamente, esta novela le da sopas con honda y cien vueltas a Politeísmos, que es bisoña, adolescente y rabiosa. A pesar de ello —o a causa de—, me gusta menos. Me toca menos. No me araña: me acaricia. No me estruja: me abraza. Me da un beso de buenas noches y me arropa en la cama. Politeísmos es y será una novela enferma, y yo ahora lo que necesitaba era curarme. Y lo he hecho. Ya vendrán otros tiempos y traerán otros textos.

He estado tres años sin escribir ni una letra. He tenido que recuperarme del para qué. Admitamos abiertamente que no voy a publicar y que, si lo hiciera, sería agachando las orejas y sintiéndome una rata rastrera. Aunque tragara, no iba a sacarme de pobre ni a solucionarme la vida: lo único que ganaría sería mil euritos y un stock que no se ha vendido y que, para guardarlo en mi casa, tendría que salirme yo. Un libro acabado no hace que me sienta mejor; sólo más triste, más cansado y más vacío. Y más viejo, porque el tiempo corre en medio, mientras tú vives encerrado al margen de la Historia, metido en la tuya, que se escribe con minúscula, letra tras letra y noche tras noche, robándole horas al sueño y consumiéndote. Escribir es destructivo, especialmente de la forma en que lo hago yo. Así que hay muchos motivos para no escribir, y ninguno para hacerlo. Para qué escribir. Para quién.

Y he encontrado la respuesta.

Para nada.

Para nadie.

 

Quiero dar personalmente las gracias a cuatro personas.

A Chipita, que supo disfrutar de algo que no le interesaba y ver que la forma puede tanto como el contenido, y a veces más.

A Lanark, que se autoinvitó a mi casa para visitar los Madriles. Por toda respuesta, le gruñí que no tenía ganas de interrelacionarme con otros simios rosados, que ya conozco demasiados. Lo mantengo, pero aprecio el gesto de acercamiento.

A Azaroa, porque le afectó.

A Sol, de la cual me gustaría conocer nombre y apellidos, porque algún día dará que hablar. Fueron las palabras exactas que me dijo a mí un editor —que quebró poco después, así que habría que poner en entredicho su olfato— tras leer simplemente cómo me expresaba en conversaciones de IRC cuando tenía veinte años. Sé que Sol escribe —si no lo hace, ya está tardando— y lo hace cojonudamente bien, y lo sé sin haber leído un solo texto creativo que haya firmado. Tengo poderes.

Dicen que Valle-Inclán vendió cuatro ejemplares de su primera obra y declaró que seguiría escribiendo para esos cuatro lectores. Yo he vendido treinta, lo cual me hace sentirme muy infeliz, porque hay que ver lo que nos gusta quedar siempre por encima como el aceite.

Podría escribir para los cuatro de arriba, a los que salvo de la criba, pero escribir para cuatro es lamentable.

Así que escribo para uno: para mí.

 

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2009

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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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