El para qué.
He terminado otro libro.
No tengo ninguna intención de ir informando por aquí acerca de él —entonces, ¿qué estás haciendo en este instante, eh? ¿eh? Maldito hipócrita mentiroso—. No voy a darle publicidad. Cuando montas un circo, acabas haciendo el payaso. No me interesa el lector. Ya no. No me apetece que lo espere nadie. No quiero que me digan lo que les parece. No necesito opiniones, y no es una cuestión de ego, sino de sencilla constatación de un hecho: si a ti no te gusta mi obra, es bastante probable que a mí no me gustes tú. Así que no tenemos nada que decirnos.
Considero que, estilísticamente, esta novela le da sopas con honda y cien vueltas a Politeísmos, que es bisoña, adolescente y rabiosa. A pesar de ello —o a causa de—, me gusta menos. Me toca menos. No me araña: me acaricia. No me estruja: me abraza. Me da un beso de buenas noches y me arropa en la cama. Politeísmos es y será una novela enferma, y yo ahora lo que necesitaba era curarme. Y lo he hecho. Ya vendrán otros tiempos y traerán otros textos.
He estado tres años sin escribir ni una letra. He tenido que recuperarme del para qué. Admitamos abiertamente que no voy a publicar y que, si lo hiciera, sería agachando las orejas y sintiéndome una rata rastrera. Aunque tragara, no iba a sacarme de pobre ni a solucionarme la vida: lo único que ganaría sería mil euritos y un stock que no se ha vendido y que, para guardarlo en mi casa, tendría que salirme yo. Un libro acabado no hace que me sienta mejor; sólo más triste, más cansado y más vacío. Y más viejo, porque el tiempo corre en medio, mientras tú vives encerrado al margen de la Historia, metido en la tuya, que se escribe con minúscula, letra tras letra y noche tras noche, robándole horas al sueño y consumiéndote. Escribir es destructivo, especialmente de la forma en que lo hago yo. Así que hay muchos motivos para no escribir, y ninguno para hacerlo. Para qué escribir. Para quién.
Y he encontrado la respuesta.
Para nada.
Para nadie.
Quiero dar personalmente las gracias a cuatro personas.
A Chipita, que supo disfrutar de algo que no le interesaba y ver que la forma puede tanto como el contenido, y a veces más.
A Lanark, que se autoinvitó a mi casa para visitar los Madriles. Por toda respuesta, le gruñí que no tenía ganas de interrelacionarme con otros simios rosados, que ya conozco demasiados. Lo mantengo, pero aprecio el gesto de acercamiento.
A Azaroa, porque le afectó.
A Sol, de la cual me gustaría conocer nombre y apellidos, porque algún día dará que hablar. Fueron las palabras exactas que me dijo a mí un editor —que quebró poco después, así que habría que poner en entredicho su olfato— tras leer simplemente cómo me expresaba en conversaciones de IRC cuando tenía veinte años. Sé que Sol escribe —si no lo hace, ya está tardando— y lo hace cojonudamente bien, y lo sé sin haber leído un solo texto creativo que haya firmado. Tengo poderes.
Dicen que Valle-Inclán vendió cuatro ejemplares de su primera obra y declaró que seguiría escribiendo para esos cuatro lectores. Yo he vendido treinta, lo cual me hace sentirme muy infeliz, porque hay que ver lo que nos gusta quedar siempre por encima como el aceite.
Podría escribir para los cuatro de arriba, a los que salvo de la criba, pero escribir para cuatro es lamentable.
Así que escribo para uno: para mí.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2009








