La coctelera de cubiertas o Motivos por los que me dedico a darle a la pluma y no al pincel (III).
Durante estos meses de parón me he dedicado a varios de mis hobbies. Uno de ellos es pudrirme en mi propia salsa y detenerme luego a probar el guiso con la punta de la cuchara; el otro, hacer cubiertas para mi novela. No tengo más aficiones que ésas, salvo correr con mis perros, fumar como un carretero, beber más de lo estrictamente recomendable en periodos de bonanza económica y automutilarme. Ah, y follar, claro. Pero llevo tanto tiempo sin meter y sin salir de casa que veo lógico que se me olvide la única actividad en equipo que no me desagrada.
Todos los que me seguís sabéis que llevo jugando a diseñarme la cubierta de mi novela desde que terminé la primera parte, más o menos allá por junio de 2006. Nota al pie, glosa y apostilla: mi libro es único. No es una trilogía, pentalogía ni heptalogía. Más bien es un tándem de “vamos dos pedaleando y así nos la pegamos juntos”. En la MISMA bicicleta. Politeísmos es UNA novela, pero cuenta dos historias, que suelo denominar cariñosamente “arcos argumentales”. Abomino de la gente que no sabe decir lo que quiere en una estructura única, y detesto a los que continúan chupando del bote con unos personajes que ya resultaron flojos y patéticos en un primer libro, pero los estiran para veinte continuaciones porque no se les ocurren otros.
En aquellos momentos de felicidad suprema, de creación desatada, definí las características que tenían que aparecer en la cubierta de Politeísmos a partir de lo que había dentro, para que no me cascaran una portada azul pastel con cintas rosas y un lobo feroz ahorcado con tanto lazo. Examiné mi libro, lo mastiqué y escupí tres espinas: lucha del individuo contra el sistema narrada como fábula de la domesticación del lobo en perro; ambigüedad entre la fantasía y el realismo y góticos dando saltos, mitema de enorme interés este último, que sirve para aliñar la ensalada de tópicos.
Así que en cubierta tenían que aparecer tres cosas: un gótico, un lobo y una ciudad, por motivos obvios. Tenía que salir un siniestro porque es la parte de mi novela que responde a la narrativa juvenil, pero no podía aparecer muy destacado para que no me confundieran con un Historias del Kronen para oligofrénicos de negro, ya que el ambiente gótico es el atrezzo, y nada más que la tramoya del cuento. Tenía que aparecer el elemento fantástico, un lobito en este caso, porque todos los personajes tienen divinidades dentro y el libro no deja de ser un manual de totemismo hecho novela, PERO de nuevo el canis lupus lupus no se podía zampar la cubierta, ya que engañaría a mi lector haciéndole creer que va a tragarse un libro de literatura fantástica común o un episodio de Pokemon en que los personajes entrenan a sus divinidades interiores y luego las lanzan contra sus enemigos mientras suena una banda sonora flipada. Lo que tenía que merendarse el papel satinado era la ciudad, el ambiente urbano. El libro es chamanismo contemporáneo. A secas.
Medité mucho cómo unir los tres elementos. La ciudad, consideré tras arduas deliberaciones, debía ser el paisaje —uoooh, me rompí el cráneo—. El personaje tenía que ser gótico y reconocible como tal: las botas New Rock resultaban imprescindibles. El lobo debía estar unido a él de forma elegante y comprensible al primer golpe de vista. Sólo había dos opciones: o era su reflejo o su sombra. Voté por la última porque técnicamente resultaba más sencillo y porque hay un juego con las sombras en el interior del libro.
Y me puse manos a la obra.
Y cuando vi el resultado me eché a llorar. “No pasa nada”, me dije. “Esto es porque eres un inútil con el photoshop, pero la idea es buena. Estira un poco al chaval, que tu personaje es el espíritu de la golosina y éste tiene una atlética y saludable complexión que le acerca peligrosamente al sobrepeso en el mundo siniestro —y eso que sacaste al modelo de un catálogo de ropa gótica—, monta mejor las capas, haz una sombra que parezca un lobo y no un muñeco de la disney”. Así lo hice. Y me quedé más a gusto que un arbusto, considerando mi cubierta insuperable y magnífica, a la par que interesante y comercial sin ser típica. Esta ceguera se vio potenciada cuando una persona del mundo editorial me dijo que era estupenda y reflejaba a las mil maravillas el interior del libro. Claro. Se refería a la IDEA. No a la técnica. Por suerte mis lectores acudieron al rescate, me llamaron cutre y me dijeron que hiciera el favor de dedicarme al macramé y dejar el diseño para los profesionales, que los animalitos también tienen que comer. ¿Les hice caso? Nunca. Primero intenté arreglar mi cubierta pasándole filtros para que dejara de tener esa calidad ínfima de nebulosa y foto movida, consecuencia de haber montado imágenes de un tamaño minúsculo y haberlas estirado. Los resultados fueron hilarantes. Luego consideré que tal vez tomando una foto real con una cámara de verdad y montándola pudiera mejorar la escabechina. No os pongo el resultado porque salgo yo —de espaldas y con la cabeza cortada por lo que sería el filo superior del libro—, así que la borré ipso facto de mi disco duro con las mejillas encendidas, ya que me ocasiona un enorme pudor eso de que figure el autor en la cubierta, digno ni más ni menos que del baby boom de Ray Loriga y los demás krónidas, que suena de lo más homérico pero sólo se refiere a la literatura basura que continuó la triste estela de la generación X y José Ángel Mañas. (También me produce vergüenza que salga la jeta del autor en el interior del libro. La puta era de la imagen se puede comer con patatas la promoción del escritor como si fuera una estrella de cine: no es para mí, que soy muy feo, no salgo de casa, soy misántropo y un cocodrilo me comió la cara.) A esas alturas me cabreé y me dije: “Álvaro, joder. piensa con la cabeza que sueles cortar en las fotos. No me creo que seas incapaz de diseñar tu portada”. Tiré a la papelera todos los bocetos y me puse de cero. Pedí ayuda y cámara a mis colegas, les dije que tomaran fotos urbanas, con mierda, basura y grafitis. Pensé comprar una silueta de madera de lobo para plantarla en una calle y fotografiar la sombra real. Puse a posar a mis perros contra el muro de la terraza, tras haber diseminado el suelo de litronas y colillas. Me pegué un tiro en la boca y decidí que la pared manchada de sangre no quedaba mal del todo en portada, junto con mi cabeza reventada. Me di cuenta de que yo no valía para la fotografía. Para salvar el día —horrendo anglicismo— The Watcher me obsequió con la mejor cubierta posible, que contenía los tres elementos: un gótico, un lobo y mucha mierda por el suelo para dar ambiente urbano. No me satisfizo su propuesta, pero al menos me dio el click, que descansa en mis estanterías junto con el peluche que me regaló otra amiga y la tartera de Mi Dios Interior. Por merchandising de mi novela que no quede. Eso me hizo feliz, sin duda. Pero seguía sin portada. Hace cosa de un mes tuve un gran día. Estuvo relacionado —evidentemente— con buenas noticias sobre la publicación, que luego se pincharon, para variar. Pero me emocionó tanto el suceso que de golpe hice una cubierta en menos de tres horas, febril, entre carcajadas de júbilo y copas para celebrarlo. Alcoholizado diseño mejor porque me sedo y no me tiemblan tanto las manos. Contempladla: A mí me parece la hostia. Y sí es profesional, a diferencia de la clásica que ya todos conocíais. Luego me deprimí, porque me di cuenta de que las portadas simbólicas son típicas de la narrativa infantil y juvenil de Anaya y, a pesar de que yo considero que mi novela es para chavales, nadie más está de acuerdo conmigo porque es bastante burra y porque casi todos los lectores del Comité de Corrección de Primeras Pruebas frisan los treinta tacos y les gusta. Ya haré encuesta de target cuando salga a la venta. No importa. Importa que la cubierta se da un aire a éstas, que son para niños de quince años: Todas mezclan fotografía con silueta. Todas tienen el fondo en blanco. Invertí los colores para ver si la mía resultaba más adulta, más gótica y atormentada... ... dando como resultado que no se veía un carajo. Le puse el suelo blanco para destacar más la silueta. Y el diseño claro y efectivo, muy llamativo, se fue a la real mierda. Le añadí una textura de pergamino entonces... ... y no me gustó nada. Regresé a la anterior. No me convence que el fondo sea blanco, inocente y cándido, pero creo que el diseño lo pide, por puro contraste. Le añadí una caligrafía más torturada. La contemplé arrobado durante horas. Me hice una paja con ella y decidí que no iba a tocarla más o me la cargaba: lo mismito que con la novela. No os la había enseñado hasta ahora porque, como ya sabéis, estoy en el Real Limbo del Mercado de Libros. Y sí, mandé mi cubierta vía mensajero a la editorial. Y sí, les gustó. Mucho, la verdad, aunque consideraron que era muy irregular que el autor se hiciera su propia portada. Y no, no me han dado respuesta definitiva. Ni de la cubierta ni del libro.






















The Watcher dijo
XDDDDDDDDDDDDDDDDD. Diossss, has acabado subiéndola.
Pero no te pases con la alfombrilla de ratón, que podría ser tu padre de vieja que es. Si os fijáis se ve cómo la esquina inferior derecha está hecha cisco XD. Ya no la uso, ahora tengo una de un conejo.
Ah, y la mierda que se ve por el suelo la puse aposta, para... para ambientar. Sí, eso. No es que yo tenga mi habitación así de sucia, ¿eh?. Para nada.
¡Un día tienes que subir la foto de "Haller triunfante"! Esa es mucho mejor.
27 Enero 2008 | 08:43 PM