La tabla del siete.
Perfecto.
Ahora que he perdido toda mi credibilidad y mis lectores, actualizo “de mentira”. Digo “de mentira” porque no hay noticias sobre la publicación de Politeísmos y porque nunca sé con qué romper el hielo tras una ausencia prolongada, así que voy a subir una estupidez. Y digo “de mentira” porque sí las hay, de todo tipo: buenas, malas, mediocres, solas, cortadas y con una nubecita de leche; al gusto del consumidor. Y me las tengo que callar, porque yo no sé quién me está leyendo —¡hola, mamá!—. Internet te permite decir lo que quieras sin filtro alguno. Eso es bueno, claro. Y es malo también, sobre todo si tienes la boca tan grande como yo, y cada vez que te muerdes la lengua te envenenas. La censura es mala; la autocensura, peor. Te hace sentirte más miserable, más adocenado, más viejo, traicionero e infinitamente más burgués. Pero son las reglas del juego, y no os voy a contar lo que está pasando con el libro. De momento.
Dejémoslo en que las cosas se pueden retrasar, se pueden torcer y se pueden ir a la mierda. Y durante el proceso —kafkiano, siempre— no hay que abrir el pico, por si se enderezaran milagrosamente. Aunque la bilis se te atraviese en la garganta, te callas. Y quedas como un imbécil. Lo sé.
Cuando yo era un muchacho joven e impresionable que acaba de conseguir un rechazo editorial de éstos que se cuelgan en la pared, recibí el comentario de un escritor que me felicitaba por haber logrado una respuesta (negativa) de la editorial Alfaguara. Eso me sorprendió; creía que contestaban a todo el mundo. No, no es así, claro. El escritor en cuestión me comentaba que él había tardado siete años —¡SIETE!— en publicar su libro. Recuerdo perfectamente que pensé entonces: “Pues qué mala debe de ser la novela para haber tardado tanto”. Gilipollas de mí, subnormal, cretino. Entonces no sabía nada: ahora menos, pero estoy más maleado, más curtido y más harto. El mercado todopoderoso no se arriesga por nadie, y no importa la calidad. Es lo que menos importa. A ver si nos enteramos: somos el proletariado cultural. Sólo escribimos. Los demás son los importantes. Son los que deciden, cambian, modifican, cortan, pegan, joden la obra y la adaptan al gusto del público hasta que no la reconoce ni el que la parió, la imprimen, le ponen cubiertas duras y blandas, la dan de alta en el ISBN, la reparten en cajas, la colocan y la publicitan. Más pagan, más venden, más cobran, mientras el autor pide permiso hasta para respirar y sigue las instrucciones como un perro adiestrado ante el clicker, y se sienta con el sit, se tumba con el platz, da la patita y siempre, siempre, menea la cola y da las gracias. Cualquier editor considera que su labor consiste en el 50% del libro —a lo cual suelo responder que nunca he visto una novela con las pastas tan gordas como el contenido—. El escritor es la mano de obra barata para la formidable maquinaria de venta de libros, que no de literatura. El autor no es ni el obrero, es el ladrillo. Están para usarlos en la obra y pisarlos luego. Somos muchos. Somos demasiados para los pocos lectores que hay.

Aquel escritor que tardó en publicar siete años hablaba de esperas agónicas, comidas de oreja y prepucio que acababan en gatillazo, fraudes de empresas, precontratos que te rompen en la cara y de toda la basura que pringa los limpios suelos de nuestro limpio mercado cultural. No mentía: puedo firmarlo. Esa mierda se te va quedando pegada a los zapatos y te impide avanzar. Te niega la creación, te mata todas las ilusiones. ¿Para qué escribir si nunca va a salir el texto de tu ordenador? Incluso, ¿para qué vas a hacerlo si cuando consigas que se publique —en el mejor de los casos— habrán pasado tantos años que ya te parecerá mediocre y te avergonzará, porque has mejorado, lo has superado, lo has leído tantas veces que lo detestas? Sí, claro que escribes porque tienes algo que contar. Excepto cuando te hundes. Entonces, no escribes nada.
Ahora llega el momento en el que endulzamos este post tan amargo.

El otro día mi hermana me trajo un roscón y una tableta de chocolate a la taza. Reyes ya había pasado: poco después los ponen en oferta, de forma que se potencia su agradable textura de bloque de hormigón. Mientras deshacía dos onzas en el microondas y estaba a punto de derretir el taper de plástico antes que el chocolate, se me salía la leche del cazo, dejaba una orla de cacao apestoso y quemado en el fondo de aluminio, partía el roscón con el mango de una cuchara y me cargaba el muñequito de cerámica que se interponía en mi camino, hablamos. Me dijo:
“Estarás contento, ¿no?”.
Le dije que a veces, pero pocas. Me lancé a explicarle que es lo que tiene ser maniaco depresivo, deleitándome en los detalles más góticos y atormentados, tales como dedicar diez minutos a la contemplación de una cuchilla antes de afeitarte. Me cortó en seco; no entiendo por qué.
“Ahora que te has quedado sin amigos, sin vida social, sin lectores, sin bitácora y sin nada, estarás contento, ¿no?”.
“Sí”, dije yo. “Tengo a mis perros. Mueven la cola por mí. No se le puede pedir más a la vida”.
Ella bufó.
“Es que eres la hostia. ¿Y ahora? ¿Qué es lo siguiente? ¿Pedir baja por depresión en el curro y no volver a salir de casa jamás?”.
Se me iluminó la cara.
“Oye, qué buena idea. Como siempre estoy deprimido, no se me había ocurrido que fuera motivo de baja. Aunque tendría que volver al loquero, y eso va contra mi religión. Ya sabes que es muy estricta y si peco contra sus principios no tengo confesor que me absuelva, porque yo soy el fundador, profeta, gran gurú y único miembro. Hago las misas como un ventrílocuo con sus muñecos”.
Ella suspiró.
“Álvaro, llevas un año sin escribir”, dijo.
“He llegado a estar seis”, repliqué yo.
“Muy bien. Genial. Mira, tienes la cabeza cuadrada. Tiene que ser todo como tú dices, cuando tú dices y si no te enfadas y dejas de respirar. Es una maldita chiquillada, ¿sabes? Como cuando te cabreabas porque no conseguías completar los álbumes de cromos, porque los querías enteros, y los querías ya, y del cromo del pingüino con cabeza de teen wolf dependía toda tu felicidad y tu estabilidad emocional. Y cuando lo conseguías, no volvías ni a mirar el álbum porque ya no te interesaba, ya era demasiado tarde, ya no te hacía ninguna ilusión. Nunca, jamás entenderás que lo importante no es llegar a Samarcanda, sino recorrer el camino. Tienes a mucha gente dispuesta a hacer la ruta de la seda contigo, y te da igual”.
“Eso me lo has copiado”, le indiqué con resquemor. “Lo dije en la bitácora”.
“Es un tópico. No está registrado”.
“La verdad es que sí que lo está...”, rezongué.
Ella me mandó a la mierda y continuó exponiendo toda clase de anécdotas humillantes de la infancia que, por cuidado de imagen, no citaré aquí.

El licoesfenícico: un trauma freudiano aún no superado y compartido por muchos. Hubiera sido mejor para mi salud mental no completar jamás la colección, y dejar siempre ese sugerente texto sin la imagen que lo ilustra y lo destroza.
“Álvaro”, decía ella mientras yo rememoraba con placer los cartoncitos pintados que coleccionaba con siete años y ardía en deseos de buscarlos en alguna de mis múltiples cajas en cuanto mi hermana saliera por la puerta. “Estoy preocupada por ti. Estamos todos preocupados por ti. En serio... ¿Conoces a Kennedy Toole?”, me disparó a bocajarro.
Enarqué las cejas, creo, o hice otro gesto igual de flipado, tal como elevar la comisura del labio o fruncir el ceño. Hubiera salido corriendo al baño a mirarme la jeta congelada en el rictus para describirlo con total verosimilitud, pero no quise romper el clímax. A eso se le llama tener un buen sentido del ritmo narrativo. A lo que hago ahora transcribiendo esta chorrada, lo contrario.
“La conjura de los necios, ¿no?”, respondí. “Me gustó. El personaje de Ignatius es un crack: pocos tipos hay más hijos de puta y jodidamente antipáticos al lector a los que se les tome aprecio sin que de pronto ‘se vuelvan buenos’. Además es un puto arquetipo. Tiene que ser genial crear un arquetipo: da igual que sea el Quijote, la Celestina o Sherlock Holmes. Hay algo grande en los arquetipos. Hasta en James Bond. Arañan las tripas, tocan las cuerdas del arpa que llevamos en las costillas; nos hacen sentirnos entre dioses homéricos. Ignatius es un gordo cabrón, un cerdo con ínfulas al que se adora y detesta por igual en todas y cada una de las páginas del libro. Ojalá yo fuera capaz de hacer eso”.
“No me lo revientes, que no lo he leído. Suponía que tú sí. Yo conozco la leyenda del autor, claro”.
“¿Cuál?”.
“No me digas que no sabes de lo que hablo”.
“Pues no. Es que procuro conocer lo máximo posible de los libros y lo mínimo de los escritores. Les tengo algo así como alergia. Deberían lobotomizarlos a todos, o prohibirles salir a la calle. El día que desaparezca la figura del autor será el más feliz de mi vida. Haré una fiesta contra el paradigma romántico a la que yo, naturalmente, no estaré invitado, por capullo, por autor y por romántico. Que lo soy”.

Ella no me hizo ni caso. Se puso a recitar la mayor fuente de desinformación que existe: la wikipedia. Sospecho que se la empolló antes de venir de visita, pero eso es porque me gusta pensar mal de todo el mundo, y porque es lo que yo habría hecho en su lugar.
—Mira, La conjura de los necios tiene un Pulitzer. Todo el mundo la considera una obra maestra, ¿no? Pues Kennedy Toole fue de editorial en editorial recibiendo nos en todas. En una se entusiasmaron con el libro, pero en el último momento se echaron para atrás, saliéndole con excusas ridículas. Una de ellas, que su novela no trataba de nada. Era profesor y empezó a faltar a sus clases, a emborracharse, a pasar de todo. ¿Te suena? Se suicidó, claro, considerándose un fracaso con treinta y dos años... —a esas alturas de la historia, admito que yo miraba por la ventana con expresión soñadora—. ¡No sonrías, gilipollas! —me chilló ella—. ¡Se supone que la moraleja es al contrario!
“Sí, conocía el cuento”, comenté. “Y me parece cojonudo, ¿sabes? Tópico hasta la náusea. Pura literatura. Viva el paradigma romántico: suicídate para triunfar. Lo hacen muchos. Conocí a uno que lo hizo, ¿te lo conté? En Filología pasa; es una cantera de capullos. Ya te toparás con alguno. Éste que te digo hacía unas poesías que no valían ni para estamparlas en la puerta de un retrete, así que no ganó el premio al Genio Incomprendido del Año, sino al Pringado Que Dejó Sobre La Acera Un Cuadro Expresionista, pero él se creía muy grande. Pobre imbécil”.
Mi hermana meneó la cabeza. Me mostró los dientes en una sonrisa sarcástica.
“Ah, así que hay que ser bueno para hacer eso, ¿no? Sólo los genios pueden suicidarse. Nada, nada. Tú mismo. Pues mátate. Vas por buen camino”.
“Qué va. Estoy viejo para romanticismos. Estoy viejo hasta para suicidarme. Con dieciocho pensaba que me mataría a los treinta, después de haber publicado al menos cinco obras maestras que, naturalmente, no serían reconocidas hasta mi muerte, que mola más que triunfar en vida, tan burgués y acomodaticio. Irónico, ¿no? Qué daño nos hace todavía el romanticismo. Sólo es literatura. Sólo son libros. Pero sí, estoy llegando al límite. Por una novelita juvenil de fantasía realista con góticos dentro. Es tristísimo”.
Ella hizo acopio de valor y de aire.
“A ver, yo quiero que me respondas a una cosa, Álvaro. ¿Qué te parece La conjura de los necios? La verdad”.
Me tomé un tiempo antes de responder. Miré para otro lado. Me hubiera santiguado si fuera creyente, porque estaba a punto de soltar una blasfemia gigante.
“Sobrevalorado”.
Resoplé de alivio. Me temblaban las manos. Esperaba que cayeran del cielo las musas, Apolo y el Parnaso entero, todos a por mí, con Calíope encabezando el ataque, armada con sus tablillas para reventarme los huevos en medio, enarbolando el estilete y dispuesta a metérmelo por el recto, entre alaridos triunfantes de cabalgata de las valquirias.
“¿Pero es bueno?”, insistía mi hermana, hundiendo las uñas esmaltadas en la herida y buscando el perdigón para hundirlo.
“Sí. Sí, sí es bueno. Claro que es bueno. Pero... creo que tiene errores de principiante”.
Los dioses me perdonen. Continué hablando de personajes secundarios que desaparecían, que no se sabía bien qué pintaban, y de estructura caótica. No es una herejía tan severa como soltar que Cervantes repite sustantivos y verbos en un mismo párrafo, o que emplea más la conjunción que que lo que yo lo hago en la frase que estáis leyendo ahora mismo. Pero es grave, y merezco la muerte en la hoguera, cebada con libros de teoría de la literatura y prendida la llama por los académicos. Finalicé mi exposición con un “pero es muy bueno; es una pena que no siguiera escribiendo”.
La cara de mi hermana mostraba el más profundo triunfo. Hasta se relamía del gusto como una gata acicalándose. Me había llevado justo a donde quería. Y ahí me dejó, meditando.
“¿Crees que Politeísmos es lo mejor que vas a escribir en tu vida?”, me espetó.
Solté la carcajada.
“¿Politeísmos? ¿Politeísmos lo mejor que escribiré en mi vida? Politeísmos es una MIEERRRRRRRRRRRR...”
“Álvaro”, me interrumpió ella, repentinamente seria.
“¿Qué?”.
“Tus lectores”.
Pestañeé.
“¿Qué les pasa?”.
“Te están leyendo, ¿sabes?”.
Por supuesto, ella no dijo eso, ya que estábamos en mi casa, pringándonos de roscón, con churretes de chocolate en la barbilla y sin lectores presentes. A esto se le llama la técnica del “distanciamiento”, de la cual el puto amo es Bertolt Brecht. Sirve para marear al lector y recordarle siempre, siempre, que lo que lee es literatura. No verdad. Literatura. Ni más...
Ni menos.
—Mis lectores saben que estoy hasta la polla de mi novela —dije yo—. Fue uno de los motivos por los que cerré la bitácora. No estaba en condiciones de hacerle publicidad. Me la he leído cien veces —más, concretó ella— Me la sé de memoria. La detesto. Es como cuando te pones tu canción favorita en los cascos, y la escuchas una y otra vez. Acabas odiándola. La pasas. No quieres oírla nunca más en tu vida. Llegas a sacarle mil defectos. Piensas que es una puta mierda. ¿Sabes por qué quiero publicarla? En el fondo. La verdad. Quiero que se publique para darle una patada, encestarla en el váter y tirar de la cadena. Ahí es donde debe estar.
Ella se cabreó.
—¿Sabes lo que humillas cuando haces esto, y lo haces sin parar? ¿Sabes que me insultas, que insultas a los que te hemos leído? Álvaro: tengo criterio. No soy subnormal. No leo Los pilares de la tierra ni El código da Vinci. Estaba predispuesta contra tu libro porque lo habías escrito tú, porque eres mi hermano, porque se suponía que tenía que gustarme, tenía que animarte, que estar a tu lado. Y a las diez páginas daba igual quién lo hubiera escrito. Me metí. Simplemente. Mira; te lo digo: puede que sea mi libro favorito —ahí me entró la jactancia. Empezaba a hincharme como un pavo: la noria subía a velocidad de vértigo. Ella me vigilaba por el rabillo del ojo y me cortó el ascenso—. No, no lo pienso volver a repetir porque te conozco, y un minuto me dices que odias el libro y al minuto siguiente que lo amas, y al siguiente que ojalá nunca lo hubieras escrito, y al siguiente que lo único que quieres es que lo lean para poder contar todas las historias que lleva detrás en la bitácora porque te mueeeeres por hablar de tu libro, por hablar de él, por saber qué opinan los demás, porque en realidad no quieres hablar de otra cosa, y otra vez vuelta a empezar conque es lo peor y no le gustará a nadie, nunca, en el planeta, y todos los que lo hemos leído somos imbéciles o tenemos taras mentales, porque si no no se comprende que nos guste algo tan malo. PARA. Si vuelves a sugerir que tu libro es una mierda me enfado de verdad, ¿me oyes? Si dices que tu libro es una mierda dices que a mí me gusta la mierda. Así que te guardas el látigo para flagelarte cuando me marche, que no me gusta ver sangre. ¿De acuerdo? Lo que tienes que hacer es dejar de lloriquear y escribir. Creo que ya toca. ¿No te parece?
—No puedo —contesté, hundiéndome en el cuello de mi camisa y en toda mi goticidad.
—Claro que puedes.
—No, qué va. Estoy aún enfangado. Tengo que librarme del libro. No soy capaz de meterme en otro proyecto. ¿Sabes el esfuerzo mental que lleva esto? ¿La presión? Mira, yo soy como los perros. No puedo hacer dos cosas a la vez, porque la que hago me consume y me destroza. Estoy harto, harto de esto. Claro que quiero escribir; no te jode. No tienes ni idea de lo que supone para mí cerrar el pico y el portátil. Es como si me mataran por dentro.
—Pues actualiza la bitácora, al menos. Escribe algo. Lo que sea.
Bufé.
—Eso no arregla nada. Eso no es creación. No me dopa, no me afecta. Es un puto placebo.
—Los placebos funcionan. Escribe. Ya saldrá otra cosa luego. NECESITAS escribir. Te estás pudriendo. Te oxidas. Nada te interesa, y cada día menos. Cuando te pongas, te saldrá algo mediocre, te frustrarás y lo dejarás aún más tiempo. Tal vez para siempre. Y eso no es justo, Álvaro. Ya no para ti. Para los que hemos leído el libro, para los que queremos leer los que escribas en el futuro. Te quedan historias de sobra, y estoy segura de que van a ser mejores que la primera, porque si no, no las harías. ESCRIBE antes de que no puedas. No es como montar en bicicleta.
—Lo sé. Mejor que tú. Pero no tengo nada que decir. No me pasa nada. Nunca pasa nada. El libro no sale. No sé cuándo saldrá, si es que lo hace. Todo es decepción tras decepción y espera tras espera: estoy cogido por las pelotas y lo sabes muy bien. No puedo contar ahora lo que está pasando con la novela. Es... complicado. No puedo destapar la caja de los truenos; aún no. Eso es lo que quiero contar, joder. Sólo eso. Y no puedo. Eso es lo que quieren saber mis lectores: qué pasa con Politeísmos. ¿De qué coño quieres que escriba? No voy a reabrir la bitácora después de tres meses para hablar de las subespecies de la margarita silvestre. Además, ¿para qué? Si ahora me pusiera a escribir me iba a salir un truño, lo que he merendado o la tabla del siete.
—Qué más da. Pues escribe un truño, lo que has merendado o la tabla del siete.
Y es justo lo que estoy haciendo. He escrito un truño y lo que he merendado: me falta la tabla del siete.
...
Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno...
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2008














misfavorites dijo
Habia una colección de esas estampas =S
20 Enero 2008 | 12:46