Desde el faro.

He cometido muchas estupideces en esta bitácora. La primera ha sido creerme lo que me decían. La segunda, contároslo. Todos suponíamos, antes de embarcarnos en el viaje, que publicar era difícil. Lo que no sabíamos era lo habitual que resulta que te mareen la perdiz, que te digan que sí y luego empiecen a aparecer los peros, y vayan creciendo, hasta que tienes ante tus ojos una montaña, una cordillera de peros: una conjunción encima de la otra hasta tocar el cielo. Mientras escalas, te llueve un nuevo “pero” y engrosa el macizo. No se publica sin un padrino que te lleve de una oreja ante las Reales Narices de un editor, que lance tu manuscrito sobre su mesa y que diga “este chico es puro oro”. Incluso aunque encuentres un dedo en el mundo editorial a base de la elaborada técnica de bajarte los pantalones —no diremos qué es lo que hace el “dedo” luego— tu éxito dependerá de tu contacto, sus influencias, lo que hayan desayunado en la editorial o si han echado un polvo el día anterior. Aclaro: yo no tengo dedo alguno (todos sabemos que escribo con los puños y golpeando el teclado). Sigo en el fango. Sigo esperando la respuesta definitiva. Siempre hay otro libro delante y cada vez más peros encima. No os puedo contar más. Sois mis lectores: lleváis aquí desde hace la tira de tiempo. Merecéis una explicación. Lo siento. No puedo dárosla. No de momento. Esto está abierto al público. Cualquiera puede estarme leyendo.
Cerré la bitácora porque el proceso de publicar la novela se retrasaba, y se retrasaba mucho. Cerré porque sentía que teníais que pensar que os tomaba el pelo.
No; al que me lo han tomado es a mí. Y me lo siguen tomando.

Cerré también porque empezaba a detestar mi libro. Creía que no le gustaría a nadie. Han pasado dos años; lo he leído demasiadas veces. Es fruto de otra época, de otra persona. Otra persona que también soy yo. Es cierto que a los dos minutos me parece bueno, de nuevo. Me sigue dando cosas. Pero la espera había alcanzado el límite, y la novela no salía. Eso me estaba volviendo loco.
Me repito: pongamos que tenemos a un chaval viendo una peli de sustos en la que salen zombies. La compañera del prota de la peli, una rubia tonta, se acerca a una puerta. Suena la banda sonora chirriante que nos avisa de que va a pasar algo terrible: una entidad ominosa va a aparecer y le va a arrancar la cabeza. La rubia tonta se sigue aproximando a la puerta. La música llega al cenit y se queda en un sonido expectante. Pasa un minuto. Pasan dos. Pasan tres. La rubia abre la puerta.
Tras la puerta no hay nada.
La expectación aguanta un tiempo. No más. Podemos esperar un rato a que a la rubia le arranquen la cabeza. Pero sólo un rato. Luego nos aburrimos, bostezamos y si el zombie aparece después no nos da ningún susto sino risa. Cuando llegamos a la culminación, empezamos a caer. Quiero decir con esto que no podía seguir abriendo ganas de leer la novela si la novela no estaba detrás de la puerta, porque el espectador se aburre. Una vez que pasamos el momento culminante, caemos en la incredulidad. He recibido correos de lectores que dudan de que mi novela exista. Eso me preocupa. Y MUCHÍSIMO. En realidad bastaría con leer todos los archivos para ver que es imposible que no exista algo que me sé de memoria y de lo que llevo hablando un año, pero la gente no se lee los archivos, con lo fácil que es pinchar sobre el cubo de la basura del margen derecho. Tampoco se leen los comentarios, lo que me permite hacer este post, que sólo es un fusile de las tonterías que he escrito estos meses en la bitácora, pero en la letra pequeñita. Me jode perder algunas frases que no considero del todo malas. Por eso me reciclo. Si la bitácora es mi documento 2 para las novelas, y las frases que pasan la criba pueden aparecer en mis libros, los comentarios son el documento 3. No pasa nada: Valle-Inclán también se repetía. Mucho. Creo que no ha habido libro en el que no le cazara una comparación de personajes con las imágenes de un retablo, en todas sus variantes. Yo, lo mismo.
Así que premio a mis lectores habituales obligándoles a leerme dos veces. No me extraña que los pierda.

Resumiendo: reabro la bitácora. No sé muy bien para qué. Para dejar de hacer la fotosíntesis, tal vez. Subiré un par de subnormalidades, como hago siempre después de mis ausencias, porque si pienso que para hacer la reentré tengo que escribir algo maravilloso nunca escribo nada, porque nada lo es. Luego estaré otra semana sin colgar mis trapos sucios con pinzas para que se sequen, y después subiré un artículo sudado con sangre y chorreante de bilis, currado, de ésos que de cuando en cuando me da por hacer. Y otra vez el sufrimiento, el no tener de que hablar y de nuevo —espero que no— el cierre a cal y canto.
Durante estos meses he escrito docenas, cientos de textos. Algunos posiblemente buenos. Los he escrito en mi cabeza, en las gotas de la ducha, en la arena del parque, en las baldosas del metro. No han llegado a los dedos. Estaban tan llenos de hiel que si se retorcía la pantalla, el ácido corroía el teclado y llegaba hasta la placa base entre cortocircuitos y chispas. Los he perdido. Ya nunca saldrán del limbo. No los escribí; ya no voy a hacerlo.
No quiero perder más textos.
Señores.
Estoy que me subo por las paredes POR VOSOTROS. No por mí.
Mirad, yo he escrito otras novelas. Eran mierda, vale, pero nos sirven como ejemplo. La cuestión es que las tuve paradas durante meses, durante años, y eso no me quitaba la vida. Daba igual. El texto estaba hecho. No importaba cuándo saliera a la luz (felizmente, nunca, porque eran basura de la peor).
No estoy jodido yo, por mí, por mi novela, porque me estrangule que no esté en las tiendas. No me va a suponer ningún cambio: mil euritos y a correr. No se escribe por dinero. No se escribe por fama. No se escribe por reconocimiento, ni por ego. Se escribe para alguien, para hacerle pasar un buen rato, o malo, o todo lo contrario. Para hacer sentir algo.
Lo que me destroza es tener a lectores esperando. Porque la espera es mala, malísima, crea expectativas, hace volar la imaginación, y cuando llega el modesto librito, ah, no es lo que uno pensaba, no es lo que uno quería, SÓLO-ES-UN-LIBRO, uno más, uno “de otro”, porque el que el lector se construyó mientras aguardaba en la consulta del médico es suyo, es para él, es lo que él querría encontrar: le gusta más que el que llega. El monstruo que imaginas detrás de la puerta siempre es más grande y terrible que el que tienes delante y miras con tus ojitos.
Nunca subestimar al lector. Jamás.
Y... bueno, ya me conocéis un poquito. Soy un jodido ególatra, ahí, en lo alto de mi pedestal, en mi columna de estilita, mirándolo todo desde el cielo inmisericorde y poniendo una distancia ficticia de bululú con sus títeres. Ah, yo estoy arriba. Estoy muy arriba. Qué importa lo que los demás piensen de un libro mío. El Escritor Con Mayúsculas, se supone, está siempre por encima.
Pollas.
Lo malo que tienen las columnas es que su función es sujetar algo: el ego triste y flácido de un escritor que no es más que una persona miserable, llena de miedos y de dudas, como todos y algo más, que un autor es neurótico por definición; si no, no escribiría: viviría. Lo malo que tienen los pedestales es que se está en constante equilibrio, porque te puedes caer en cualquier momento y romperte en pedazos, que no se pone en peana algo duro sino algo frágil, para mantenerlo en un sitio y destacarlo. Lo malo que tienen las torres es que siempre estás de vigilancia aguardando que se produzca el ataque.
Lo malo que tienen los faros es que se está muy solo ahí arriba.

Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2008


Álvaro Naira dijo
Para compensar el cachondeo que supone releer algo que ya conocisteis por comentarios, actualizo inmediatamente con algo nuevo para mis pobres (y sufridos) lectores habituales. Pero yo pienso en todos, hasta en los vagos que no se meten en los comentarios, y los dos últimos párrafos me resultaban muy válidos. Hice un collage deprisa y corriendo y se nota. Tengo pocas ganas de trabajar en la escritura, la verdad.
Por eso, escribo.
Para que me entren.
20 Enero 2008 | 12:38 AM