Carta a los lectores habituales.

Desocupados lectores:
Publicar la novela se está convirtiendo en un proceso kafkiano. Nada me gustaría más que daros todos los detalles, pero no sería muy inteligente por mi parte, así que me los callo. Ojo: no es que vaya mal la cosa, es que se demora, como los aviones, y se vuelve a demorar cuando todos creíamos en la terminal que ya tomaba tierra y andábamos sacando las pancartas de bienvenida. Y a mí no me queda paciencia y no se me ocurre con qué actualizar. Si sigo subiendo sólo mis lecturas éste acaba siendo un blog cultural bastante gafapasta con cierta mala leche, pero sólo cierta (porque como ya os dije, no encuentro mi tono ni mi alegría mordaz, esa forma de coser las palabras clavando la aguja y pinchándome en el dedo a propósito a la que estáis tan acostumbrados, y los que ya hayáis leído esta frase en el comentario os jodéis: yo reciclo). Lo que está claro es que no quiero hacer un blog sólo de crítica. Siempre he subido mis lecturas cuando no sabía de qué escribir o como excusa para terminar hablando de Politeísmos. Éste nunca ha sido un blog de reseñas. Ya hay muchos, conozco algunos muy pero que muy buenos y el mío no les llega a las suelas, ni es mi intención. El faro no es un blog de literatura ni personal: es una bitácora sobre una novela. Punto. Y la novela no sale, de momento. No puedo seguir actualizando del aire.
Aquí he tenido lectores de todo tipo. Escritores, lectores y freaks, talluditos y quinceañeros. He tenido el mismo número de forofos de Borges que de El señor de los anillos. He tenido todo lo que yo soy y muestro, pero en personas separadas. Y eso es lo que quiero. Nunca me ha gustado encajonarme en un sitio. Nunca me he volcado por entero en el fandom, a pesar de que lo que yo hago podría (sólo podría) meterse con calzador en la literatura fantástica convencional. Tampoco me he proclamado Escritor Con Mayúsculas ni lo haré jamás. Detesto el academicismo, aunque también lo venero por cuestiones de formación. Es como un zapato que te aprieta y no logras sacarte. Soy lo que soy. Soy un funambulista, me gustan los límites, las cuerdas flojas, las delgadas líneas. No me voy a ovillar tan contento en el nicho de un subgénero y a vivir la vida sin mover un puto dedo porque se está muy a gustito en tu rincón, midiéndote sólo contra los cuatro que se reparten la tarta que a más tocas, y no me voy a dedicar a escribir bonito y sin disfrutar de una historia ni meterme en ella ni vivirla porque sea mucho más cool no dejarte llevar por los personajes, que vaya por dios, lo mismo caes en el hiperrealismo, qué tragedia y qué delito.
Me la pela. Escribir no es un proceso de elección. Haces lo que eres y lo que sientes en ese momento. Yo soy un niño viejo al que el cuerpo le queda grande. Así de simple. Hablé de esto con amplitud en un post hace tiempo. Y en otro. Y en otro...
De alguna forma mi novela tiene un “target”, que dicen los editores. El target está entre los quince y los treinta años, posiblemente. Esto es una soplapollez; Alicia en el País de las Maravillas sigue siendo igual de bueno si lo lees con nueve años que con cuarenta. Los targets no existen, pero haberlos haylos, como las meigas. Y posteando sólo Mis Importantes Opiniones Sobre Literatura de alguna forma engaño a mi lector. Porque una cosa es lo que a mí me gusta leer —pijotadas escritas maravillosamente que no cuentan nada— y otra muy distinta lo que a mí me gusta escribir. O me gustaba. Que ya ha pasado un añito desde que terminé la novela.
La cuestión es que estoy cogido por las pelotas. No puedo seguir hablando de lo maravilloso que es el libro porque yo soy el primero que está hasta la polla de él —me lo he leído CIEN veces, señores, CIEN (son más, pero no me creeríais)—, no puedo contaros cómo va su publicación porque hay que ser discretos con estas cosas y no pienso hablar de mi vida porque carezco de ella. Es como si, al volcarme tanto en esto, me estuviera difuminando para lo demás. Me levanto como un zombie. Soy un fantasma en el trabajo. No salgo de casa más que para hacer la compra y sacar a mis perros. No respondo a las llamadas de los colegas. No veo a nadie los fines de semana. Permanezco, durante horas, mirando fijamente la pantalla del correo electrónico con el móvil al lado. No tengo conversación; no me apetece hablar de nada, así que me callo. A veces hasta cierro los oídos cuando me hablan, como si se me hubieran taponado por la diferencia de presión. Porque soy una olla exprés, por dentro, y cuando esto explote, cuando de verdad el libro esté en las tiendas, probablemente no me pare ni un tren de mercancías: detendré todos los problemas con la uña del pie izquierdo y sin despeinarme. Pero ahora me vuelvo borroso e insustancial. Si me miro al espejo es como si los contornos se fundieran con el armarito de atrás. Vivo para la literatura; no tengo literatura, pues no vivo. Elemental.
Así que me voy a tomar un respiro. Es decir, voy a hacer lo mismo que hago siempre, pero avisando: dejaré de postear una temporada —jiaaaaaa, Al, llevas sin subir nada diez días, quién lo va a notar a estas alturas—. No sé cuánto estaré sin escribir. Lo mismo la noria sube de golpe y mañana os sorprendo. Puede que tarde una semana o un mes. No voy a engañaros: no lo sé.
Ahora andaréis diciendo: “Tío, eres más blando que la gaseosa. ¿Por unas cuantas largas te hundes y dejas de escribir? Vaya puta mierda de escritor ‘por necesidad’ que estás hecho, Alvarito. A otro perro con ese hueso, capullo. A mí no me vendes la moto. Ponte a currar y deja de hurgarte en las cicatrices con el cuchillo de la mantequilla, que no cuela”.

Vale. Sí. Podría justificarme con aquello tan socorrido de que tengo diagnosticado un trastorno maniaco-depresivo crónico, pero los lloriqueos —pobre yo, pobre, pobre, levántenme una estatua, por favor, en la que ponga “mártir en proceso de beatificación”— mejor los dejamos para los momentos íntimos a la luz de las velas de un rezo en la capilla o una cena romántica para camelarte una tía (dos actividades que me resultan completamente marcianas: yo soy politeísta y el romanticismo que a mí me mola es el del XIX y la pistola en la boca delante del espejo).
A lo que íbamos: que no voy a disfrazar lo que me pasa. Que sí, que tengo depresión. No es ninguna novedad. A mí me tira al suelo ya no un soplido, sino la pedorreta de un bebé. Por otro lado, me levanto al minuto y a seguir corriendo, que en eso consiste la vida. Pero de entrada me dedico a repasar cicatrices y me vuelco en cuerpo y alma al que siempre será mi verdadero oficio, harto productivo: la papiroflexia. Cojo las páginas de mi novela y las doblo hasta que realizo una pajarita que mueve las alas, para luego lanzarla por la ventana y considerar si ir yo detrás. ¿Triste? ¿Patético? Qué va. Divertidísimo, sobre todo cuando te sucede varias veces al día. Una auténtica juerga, especialmente para los que te rodean. Recuerdo aquella magnífica anécdota de una ex que estaba haciendo una entrevista de trabajo y le preguntaron: “¿Tiene usted pareja estable?”, ante lo cual mi entonces novia pensó: “Bueno... Mi pareja muy estable no es”. No lo dijo —qué desfachatez, una frase tan buena—. Lo llega a soltar y la contratan fijo.
Así que no escribo. Ahora. No escribo porque todo lo que me muero de ganas de contar en este momento no tiene ningún sentido. Si la novela no va a salir YA a la venta mejor cierro la bocaza y me lo guardo hasta entonces, que espero que sea PRONTO. Está la otra opción: qué coño queréis saber del libro, si es que queréis saber algo. Preguntadme, y yo hago un post. Desde el número de pie que calza el protagonista hasta de qué color son sus gayumbos o lo que opina de la situación económica internacional.
Como supongo que os la pela y me leéis por deporte, cerramos el chiringuito durante un tiempo, en conclusión. No mucho, espero. Ya me conocéis. Siempre miento. Es muy posible que mañana esté actualizando. O no.
Hubiera puesto para cerrar un cacho de la peli de Terminator, pero no estaba en youtube y me da pereza subirlo. Así que imaginaos la cavernosa voz de Constantino Romero diciendo “VOLVERÉ”.
Porque necesito unas vacaciones. Y de verdad.
En fin. Como dice el dicho, corre más un galgo que un mastín. Pero si el camino es largo...
Corre más el mastín que el galgo.
¿Desde el faro? Hoy no.
Desde el barco a la deriva, que es lo que pasa cuando se cierran los faros,
Al.
Álvaro Naira © 2007











Lidia Cervantes dijo
Vale. Lo entiendo, la aspiración de todo escritor es ser leido. Es perfectamente comprensible.
¿Has probado la autoedición? Ya, ya sé que es menos satisfactorio, pero consigues trasladar al papel tus historias-
Échale un vistazo a esta dirección:
http://www.lulu.com/es/products/
Quizás la conozcas ya. Es auto edición, pero, una auto edición a demanda. O sea, sin apenas coste.
No sé, es una idea.
Otro beso
23 Diciembre 2007 | 09:26