Por qué escribir.
Vale. El otro día tocamos fondo. Fondo de verdad. La cosa fue un pelo más dramática de lo que conté en ese post repugnantemente personal, pero lo que suceda entre Mrs. Ciclotimia y yo se queda entre Mrs. Ciclotimia y yo. Que la noria es una dama muy discreta y no le gusta que se aireen sus acrobacias posturales por ahí.
¿Y qué es lo único que se puede hacer una vez que has tocado fondo y estás hundido en el barro?
CHAPOTEAR.
Sí, también puedes subir, que más abajo del suelo no te caes, a no ser que haya un pozo. Así que he tomado una decisión de ésas que nunca cumplo.
No me voy a preocupar más del asunto. La novela saldrá cuando tenga que salir. Va por buen camino: pues que lo siga. Yo, por mi parte, me voy a limitar a esperar noticias y a dejar de comerme la cabeza, porque si continúo así me va a dar un ataque. Se acabó. Tomemos aire, meditemos, carraspeemos y leamos un tópico:
Si tiene solución, ¿para qué preocuparse?
Si no la tiene, ¿para qué preocuparse?
Me encantan los tópicos. Estaban aquí antes que yo y seguirán aquí mucho tiempo después de que yo haya muerto. Y además, el señor Plátano lo corrobora. Y el señor Plátano nunca se equivoca.
Una vez que he dejado claro que me iba a desentender de la novela, voy a hablaros de ella, para que acabéis tan hasta los huevos de Politeísmos como el autor, y eso sin que haya salido todavía a la venta.
¿Qué queda por decir de Politeísmos sin reventar la historia? Muy poco, la verdad. Hemos hablado de la religión de los animales interiores, del subgénero fantástico al que pertenece, hemos subido trocitos sueltos aquí, aquí y aquí, hemos enseñado un anticipo del merchandising que todos deseareis poseer, fotomontajes de algunos personajes, hemos hablado de los cruces realidad-ficción (dos veces), de la banda sonora —y lo que nos queda—, alguna cosa suelta del estilo y la documentación y hemos mostrado un ejemplo de la considerable validez estética que tienen los rechazos editoriales cuando se enmarcan y se cuelgan en una pared. ¿Qué queda por decir?
NADA. Sólo leerla.
Así que hoy voy a escribir desde las tripas. Os voy a explicar por qué vomité este libro. Yo aquí me dedico a hacerme publicidad; soy frío cuando no soy gélido. Intento que os apetezca leerla. Me callo unas cosas y otras las digo. Busco como loco que me enlacéis; quiero que esté presente en internet la novela hasta en la sopa antes de cerrar contrato porque intento obtener el mayor número de ejemplares posible, quiero que esté en las tiendas y quiero que podáis encontrarla, y el ranking de google, aunque no lo creáis, AYUDA, ya que me temo que soy el primer gilipollas que se ha liado a hacerse publicidad mientras aún estaba escribiendo el libro, y en eso sigo un año después de haberlo acabado: normal que ya no tenga nada que contar.

Ojo: lo de la publicidad no es una cuestión de dinero. No os equivoquéis. Yo no quiero “vender mucho” y hacerme de oro —como si fuera tan fácil, ja—. Quiero vender lo justo para que no me cierren la puerta en el futuro. Si supierais cuánto cobra un escritor desconocido lo flotaríais y me llamaríais imbécil por volcarme tanto en esto. Vale, os lo digo. La media son mil euros. No, no al mes, hijos míos. POR NOVELA. ¿Sorprendidos? Sí, sin duda me sale más a cuento ponerme de chapero. Años de tu vida, sueños triturados, noches en blanco, lágrimas, tiempo, esfuerzo, hacerte un zumo con el cerebro y luego bebértelo antes de que se le escapen las vitaminas, por mil euros.
Desde luego no es una cuestión de dinero.
Tampoco es de ego. Qué va. Me conocéis poco si pensáis eso. A mí un escritor que sale por la tele me da risa. Un escritor que sonríe a la cámara en un artículo de periódico me da ganas de llorar. Un escritor que habla para escucharse a sí mismo me provoca ese tipo de ternura que te hace desear tener una licencia de armas. Un escritor que figura es un capullo, no un escritor, a no ser que le obliguen. Pero hay mucho comepollas y chupacámaras en el mundillo, y unos cuantos autores parece que exigen un espejo detrás del que los entrevista para andarse colocando el flequillo, cuando no se dan cuenta de que hacen el más lamentable ridículo. ¿Cuánta gente lee en España? ¿Y de ésos, a cuántos les importan tus pajas mentales y tu sosísima vida? La respuesta es cero. Les importa tu obra, en todo caso. Y ni siquiera. Yo agarraba a todos los pseudointelectuales y los ponía a levantar una pared de ladrillos o a despachar hamburguesas y después los devolvía al plató, a ver qué me decían. Bienvenidos al mundo real. Bajaos de la nube, hostia. No sois nadie. Como todos.
Entonces, ¿yo por qué escribo?
En primer lugar, porque tengo algo que contar. Ya os dije una vez que escribir sobre escribir y lo que le mola a uno escribir y lo escritor que se siente no es más que un ejercicio de autocomplacencia, igual que contorsionarse a ver si alcanzas para hacerte una mamada y correrte en tu propia cara. Y si lo haces en público, además lo que esperas es que te aplaudan. Patético.
Tengo una historia, de acuerdo. ¿Después qué hago con ella? En general no suelo tener una historia sino una imagen, una imagen que me obsesiona. Puede ser muy simple: un pájaro que vuela en un determinado lugar y de una determinada manera, una persona que se da la vuelta y echa a caminar sin mirar atrás. Puede ser muy compleja, también.

Puede ser una frase suelta. Una idea. Un escorzo de un personaje al que todavía no le veo la cara, sólo las botas contrachapadas de placas metálicas y el final del abrigo, el humo de un pitillo que se consume en la mano, una cabeza gacha, una mirada fija, una sonrisa desagradable, mordiente, y un chasquido de dientes por debajo, de animal que avisa antes de soltar la dentellada. Clic. Le tengo. Es sólo una imagen, una imagen fija, como una fotografía. Una vez que lo agarro, no lo suelto.
Tengo un personaje. Ahí, en mi cabeza. Como un recortable. Puedo doblarle las pestañas de los bordes y colocarlo en diferentes espacios. No en todos encaja. Pruebo. Normalmente el personaje dice algo. No se queda callado, en especial si es un bocazas. Esa frase que dice el personaje puede ser “Que te follen” o “Venor mane, meridie, vespere et nocte” (hale, todos a sacar el diccionario de latín). Lo mismo me da que me da lo mismo: lo que importa es que se lo dice a alguien. Ya tengo dos personajes. Miro al otro. Al principio sólo le distingo un rizo, un bucle perfecto, y le doy color. Trazo el óvalo de la cara, delineo unos labios fruncidos en forma de corazón, unos ojos grandes, desmesurados, redondos como canicas, de un color indefinido entre el verde y la avellana, que brillan. Me fijo en los detalles: tiene la piel cremosa, la frente amplia, la barbilla puntiaguda como la de un zorro, las uñas pintadas de negro, muy mordidas, igual que una niña. Eso me fascina. No dejo de mirarle las manos, obsesionado, y en ese momento la muy puta se las lleva a la boca. Clic. La tengo. Entonces les dejo hablar y hablo con ellos. Los suelto para que se muevan en un escenario, que me aseguro de controlar mejor que la palma de mi mano. Y dejo de pensar. Juego.
Cuando llevo unas semanas sin ser yo, unos meses jugando a ser varias personas en mi cabeza, paro. Construyo un esquema de la trama. Pienso. Fijo algunas cosas que van a hacer, algunos sitios por los que tienen que pasar, y vuelvo a quitarles la correa. Y corren, joder. Ya lo creo que corren. Hasta que revientan.
Por debajo, como un torrente sanguíneo, me late una idea. Lo que quiero contar. No es exactamente un mensaje. No hacemos fábulas con su moraleja al pie y en versalita. “No tengo discurso, tengo intestinos”, decía Baradit. Pues lo mismo. Porque cuando escribes, te vuelcas. Porque te vacías, te conviertes en mil personas a la vez para dejar de ser tú, y sólo así descubres quién coño eres. Porque eso es lo que importa. Vivir las cosas que a ti no te pasan, y regalarlas. Que otros puedan compartirlas contigo, sin que te conozcan, sin que te vayan a conocer nunca, porque tú no eres nadie. Lo mismo tus hijos de papel sí, pero tú no, gracias al cielo. Tú no importas. Lo único por lo que vale la pena esto es porque algún día podrás entregarle a un desconocido una historia que pueda hacerle reír y llorar, emocionarse; meterse, joder, meterse en un libro, largarse un rato de esta puta mierda de vida.
Ya, diréis. Otra vez con el discursito posromántico de que “yo vivo para la literatura”. Es raro el escritor que no lo chilla y cacarea. “La literatura es lo único que me importa”, lloriquean con voz de pito. Todos lo dicen.
La diferencia está en que yo no miento. No es pose sino vísceras, desde dentro, como un retortijón o un gruñido. Yo las cosas las hago y las siento a lo bestia. Podéis creerme o no; me la pela.
Y sé que Politeísmos sólo es un librito. Que sí, que tendrá sus fallos. Que no le va a cambiar la vida a nadie.
Vale. Me la ha cambiado a mí.
Si logro que alguno de vosotros, sólo uno, pueda sentir la mitad de todo lo que yo sentí mientras lo creaba, me doy por satisfecho.
Y por eso escribo.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007



Zorba dijo
Tu libro no sé si cambiará la vida de mucha gente, pero tu blog da ganas de montar en la noria para poder elevarse, sacar la mano del fango y tener la oportunidad de ver las cosas desde arriba, aunque luego te joda tener que volver a bajar.
Sigo tus posts de cerca, Álvaro, y muchas veces me sacan de la mierda de la vida y me llevan al mundo en el que yo era algo más que yo, el de la adolescencia maldita y rebelde y orgullosa.
Agradezco ver tu orgullo porque hoy en día se ven muchas más cabezas gachas que levantadas. Y de verlas acabas tú mirando también al suelo, pensando qué será lo que todos buscan.
Al toro, que es... "una loba". Gracias desde el barro
Zorba
4 Octubre 2007 | 01:17 AM