La música del mundo (Crítica literaria X).
¿He estado de vacaciones en algún paraíso tropical?
NOOO.
He estado deprimiéndome, que mola más y gasta menos.
Sigo sin tener noticias sobre la Editorial Misteriosa. Ya sé que las cosas de palacio van despacio, pero estoy hasta la polla de esperar. Me aburro, me canso y vivo desconsolado, hundido y arrebujado en mi cama, rodeado por mis perros, entre lágrimas amargas que salan una tarrina de helado con cucharita como en las malas pelis románticas —lo cual es una tautología, pero por seguir con el tópico, el helado sería Haagen Dazs, vainilla con cookies, cremoso y crujiente a la par que azucarado, y he tenido que buscar en google cómo se escribía la marca—. Ahora bien: incluso abatido, triste, lúgubre, gótico y repasando cicatrices, no puedo evitar pensar en los demás —si es que soy todo un filántropo—, así que sólo tengo una meta: que os aburráis y os desesperéis conmigo.
Como no tengo ganas de escribir, me dedico a tragar grandes libros. De más de medio kilo de peso y quinientas páginas mínimo.
Leído: La música del mundo. Le doy cuatro estrellas y media, la media que le falta se la resto por pretenciosidad, pedantería y puntos suspensivos. Recomendado para paladares exquisitos y gente con paciencia. Con mucha. El que se atreva con este libro disfrutará de una de las cumbres de la narrativa reciente, tal vez del mejor escritor de literatura fantástica actual, del aclamado por la crítica, absolutamente desconocido por el público y marciano con antenas para el fandom: Ibáñez. Y no me refiero al de Mortadelo y Filemón.
Nos movemos a un nivel distinto para criticar este libro. Aquí no hay mercado que valga, ni accesibilidad ni entretenimiento, sino profundo desprecio por el lector y por su tiempo. Andrés Ibáñez se sitúa en su tarima y da una clase magistral de las que hacen que el alumno se sienta imbécil, como hace Borges, cosa que sólo les perdono a los que son muy buenos.
Ibáñez lo es.
Estamos hablando de Literatura Con Mayúsculas, y como tal, el libro es un pestiño. Según lo lees, se te queda pegado a los dientes y no hay quien lo mastique. A mí, que me gusta el dulce, me supo a gloria. Me lo tragué de un tirón porque hacía mucho tiempo que no leía algo tan bien escrito. Cada palabra me crujía en la lengua y me sucedía algo magnífico: tener ganas de leerlo en voz alta, de paladear los sonidos y dilatar cada frase en ese interminable suspenso que dan los tres puntitos... Porque hay que destacar un detallito estilístico, una pijotada de escritor bisoño, un jueguecito digno de cualquier ismo, de cuando el siglo estaba joven y los autores hacían experimentos con matraces y probetas rellenos de prosa, puntuación y tipografía, y les estallaba el Quimicefa en el hocico, porque escribir es un juego, pero desde luego no es un juego de niños.
No hay caligramas en La música del mundo, no..., pero la novela entera carece de puntos seguidos y apartes... todo continúa, todo se prolonga, se demora, se prorroga y se estira..., se hace lento y pegajoso, se impregna de una melancolía oscilante..., el mismo tiovivo romántico en el que ahora estáis subidos..., y os mecéis como en un barco..., arriba y abajo..., abajo y arriba..., todo por obra y gracia del punto suspensivo...

Personalmente, me parece facilón tirar de ese recurso. Es tan infantil como pintar una frase de colorines para que destaque. ¿Lo habéis visto? Niñerías. ¿Quieres que tu texto sea moroso y cansino? Pues te lo curras. No te limites a escribir normal y a añadir tras cada pausa otros dos puntitos. Y eso que funciona, os lo garantizo. Como dice Andrés Ibáñez:
... no terminemos las frases, dejémoslas así, ardiendo, para que algo suceda... entonces veréis el mágico proceso mediante el cual una simple frase se transforma en un caracol o en algo eléctrico y útil, o en algo de hermosura tan extraña que no hay otro remedio que encerrarlo en la vitrina de un museo...
Sí, claro que es pedantón. Y bueno, también. A este hombre yo le sigo más o menos la pista, aunque él en persona no me interesa un pimiento porque me huelo que va en la línea de niño-bien morigerado de Juan Manuel de Prada —escribo de oídas, lo que nunca debe hacerse—, y hasta es de su quinta. No importa; que el autor no distraiga de la obra, ya sabéis: la mayoría somos unos capullos integrales, y a mucha honra. Yo leí El mundo en la Era de Varick y me gustó, me pareció el libro de un freak de Dick y Tolkien que además adora a Pynchon, cosa que siempre es muy de agradecer. Lo cierto es que me cuesta retener el argumento, en parte porque no lo tenía y es de estos libros que al año de haberlo leído no eres capaz de decir de qué iba, aunque te gustara en el momento. Pues La música del mundo es mejor, y por eso la olvidaré antes. Magníficamente escrita, un placer de lectura, peca de ser más lenta que En busca del tiempo perdido (vale, exagero) y de carecer por completo de historia y ser una acumulación de pedanterías. Pero se nota que era lo que el autor quería, así que chapeau. Elitista, muy cuidada, jodidamente académica, más que burguesa, aristocrática, pomposa a ratos, aparatosa siempre, da vueltas y revueltas y te lleva a donde quiere: a ninguna parte. Excelente: no es el tipo de literatura que a mí me gusta hacer, pero sí de la que me gusta leer. Para desintoxicarse de tanta elevación atmosférica, recomiendo al terminarla ponerse a mirar los dibujitos de los peores tebeos de la Patrulla X, con especial énfasis en “La canción del verdugo” o “La masacre mutante”.
No os puedo contar de qué trata La música del mundo porque no trata de nada. Puedo deciros que es un tipo de fantasía asombrosa, onírica y lánguida, una forma muy, pero que muy distinta de la que yo empleo para enclavar la maravilla en nuestro día a día. Yo sujeto la fantasía en el paisaje, que es completamente realista. Es Madrid, nuestro Madrid, lleno de mierda y de obras, con su parque del Retiro, su aeropuerto de Barajas, su templo egipcio (?) —sí, hay uno en la capital de España—, sus bares de copas y sus tiendas de esoterismo. Ahí suceden cosas asombrosas. Justo ahí.
En cambio, Ibáñez usa personajes corrientes —más o menos, son todos de lo más snob— que se desenvuelven por un marco a ratos verdadero, a ratos surrealista. El personaje de Block es un niño pijo aristocrático que se funde por las calles de una Viena tostada y se encuentra con un perro y un gato que hablan de la vida y sólo se sorprende porque parlamentan en ragudano, su idioma natal de Tristenia, que, por cierto, no existe —fatuidad gratuita del día de hoy: eso de los perros que hablan se lo roba Ibáñez a Cervantes, como saben todos mis pedantes lectores, a los cuales he ofendido con mi apostilla a algo tan evidente y conocido. Detesto a los críticos literarios. Fin del inciso—. A lo que íbamos: Jaime, Estrella y Block viven en Países, una fantápolis trasunto de nuestros queridos Madriles, pero con playas doradas y azules, el deseo de cualquier dominguero; Jaime investiga en la Biblioteca Nacional sobre su tesis aburridísima y se topa con documentos acerca de la Región Confabulada, capital Zembelia, invención erudita al estilo del Tlön borgiano, que cobra un interés siniestro de secta de iluminados. Y luego está Montoliu, el profesor de Poesía de la Palauniversidad de Países...
Es como si le dieras la vuelta a la realidad y al papel. Por aquí lo estabas mirando, es un sitio que conoces, has caminado por él. Doblas la hoja y la esquina y te encuentras con el mar, un templo hindú o un ave fénix en mitad de Madrid. Vuelves sobre tus pasos; de nuevo estás en tu planeta. Avanzas otra vez. Es tan parecido el sitio que te planteas, por un instante, qué es real y qué es ficticio por el juego de la identificación y la no identificación. Quieres ir al parque del Retiro y remar en el lago más allá de la estatua de Alfonso XII. Sabes que no hay nada después, que se acaba el agua, que no existe una fuente egipcia —aunque dudas—, pero lo mismo es que no miraste bien: valdría la pena buscarla. ¿Y si está ahí? Eso pondría patas arriba tu mundo y te entrarían ganas de gritar: ¡La realidad es mentira! —todo muy postmoderno, claro, como en la mierda de película de El corazón del guerrero—. El juego de mirar dos veces permite que en el parque Servadac —que es el Retiro, en principio, hasta que le das la vuelta— haya sirenas. Despacio, aparecen.
Jaime, Block y Estrella alquilaron una barca, remaron hasta el centro del estanque y allí se quedaron inmóviles, tomando el sol, rodeados de reflejos plateados, rodeados de carpas que surgían del verde subconsciente del estanque para devorar trozos de pan, de plantas acuáticas y satinadas castañas flotantes […] Estrella exigió que la llevaran a la sombra, y Block remó en dirección al monumento de Alfonso XII, que se adentraba en las aguas como las fortificaciones de un castillo, con leones que oteaban la distancia y escalinatas que descendían hasta el agua, y luego se desvió hacia la fuente egipcia, y la barca rozó el fondo arenoso cuando entraba en la verde sombra de los pinos... la fuente egipcia era desde el agua una pared de piedra de unos cinco metros de altura, sobre la cual dos esfinges custodiaban una pirámide truncada, en cuyo pináculo Isis se mostraba al mundo envuelta todavía en su velo... […] y de pronto, sucedió algo asombroso: hubo una ondulación bajo la alfombra de hojas sedosas, y a pocos metros de ellos apareció entre las flores la cabeza de una joven bañista, que se llenó los pulmones de aire, les contempló con una expresión de terror en sus grandes ojos verdes y volvió a hundirse en el agua —¿qué hacía, nadando por allí...? un poco más lejos, otra joven asomó entre los nenúfares su torso desnudo (se había impulsado con tal fuerza que quedaron al descubierto sus clavículas en forma de V y sus pequeños senos), tomó aire y se hundió de nuevo... ahora ondulaba toda la superficie de nenúfares... casi al lado de la barca, surgió de pronto la cola de un enorme pescado, brillante y erizada como un abanico, que al hundirse en el agua produjo un salpicón en forma de explosión luminosa, rápidamente arrastrada por la brisa sobre las cabezas de los tres ocupantes de la barca
—¡ah, demonios!, dijo Estrella con fastidio, retorciendo entre las rodillas el borde de su vestido... ¡son sirenas! […] nunca había visto sirenas por aquí […]
al parecer, las sirenas estaban siempre en un pequeño estanque sobre el que caían unas cascadas bastante artísticas (merecía la pena verlo) y nunca salían de allí... todos los estanques del parque Servadac estaban, sin embargo, comunicados, y no era imposible escapar o deslizarse subrepticiamente de uno a otro —a través de canales plateados entre las espadañas, no muy limpios... […]
—rumbo al estanque de las sirenas, dijo Jaime... sólo tenemos que decidir por dónde queremos ir
—podríamos desviarnos un poco al norte, dijo Estrella, y dar una vuelta por la isla de los náufragos del Titania y parar un momento para ver los tapices del Palacio de Cristal

Es curiosísimo cómo lo hace. Así en extracto no funciona; hay que leer el libro entero. Es como si lo irreal fuera lamiendo nuestro mundo y cambiándolo de color según lo humedece hasta romperlo. Y por el hueco, entran los seres fantásticos. En el parque del Retiro hay un monumento a Alfonso XII —que, por cierto, aparece en Politeísmos— y una fuente egipcia. Os he mentido antes: existe. Pero no es igual. Ibáñez la enriquece con estatuas y ensancha el lago hasta sus pies y más lejos, a un lugar donde hay sirenas. Entramos en el universo que se solapa, en el reino de los posibles en el que vivíamos de críos, donde nada era unívoco, todo era muchas cosas y a la vez y compatibles, porque el bordillo de la acera es un bordillo, claro, pero al tiempo es un puente sobre un río de lava, y si vas por encima haciendo equilibrios y resbalas y caes en la calzada estás muerto, achicharrado entre alaridos. Game over. Fin de la historia.
Poco a poco Ibáñez nos va plegando el papel y le da la vuelta. Si tengo algo que reprocharle es que no lo haga bien siempre. La Praderabruckner y el primer paseo por el parque Servadac son asombrosos. El segundo cansa, aburre y sale Bugs Bunny.
... el cazador tenía un gorro rojo abrochado por debajo de la barbilla, brillantes botas negras y una gran escopeta de dos cañones que empuñaba con fuerza y con la que apuntaba a algún lugar invisible entre las hojas...
—oh, diablos, no hagan ruido, les dijo con muy malos modos cuando ellos tres se acercaban... ¡ese maldito conejo tiene un oído muy fino!
—pero ¿por qué quiere cazarlo?, le preguntó Estrella, con esa mezcla de indiferencia y severidad que usaba con las personas que no le gustaban
—¿que por qué...? ese conejo es un grandísimo hijo de... ¡se ha burlado de mí demasiadas veces! ¡pero ya se acaban tus días, conejo! añadió rojo de ira ¡te haré tragar todas tus bromas estúpidas!
estaba tan furioso que disparó varias veces la escopeta en dirección a los matorrales, mientras seguía gritando: “¿y lo de las zanahorias envenenadas? ¿y los catorce cartuchos de dinamita escondidos en muñequitas de Pascua?” […]
caminando hacia el refugio de los osos, se cruzaron con un personaje bastante estrafalario, vestido con un abrigo negro que le estaba demasiado grande, una elegante bufanda gris y gafas de sol... […]
—Dios mío, dijo Block, ¡es el conejo!

Creo que jamás había leído un tropiezo más espectacular en una novela. Y menos en una tan buena. Os he dicho que La música del mundo es una pijada, que es morosísima, que es una delicia y una pretenciosidad de lo más académica. NO PUEDE APARECER BUGS BUNNY. Pues aparece, ante mi estupefacción. Además es que me imagino la escena:
EDITOR: Andrés, mira, esto de que aparezca Bugs Bunny en tu novela...
AUTOR: (Sonriente) Es completamente postmoderno. Si utilizo mitos clásicos debo usar mitos contemporáneos; así me siento muy rompedor.
EDITOR: (Conciliador) Pero Andrés, sé razonable. Te juro que me ha sacado completamente del texto... Si quieres mitos contemporáneos casi preferiría que usaras a Elvis. En serio. Que no solté la carcajada de milagro...
AUTOR: Tú no entiendes mi mente privilegiada que se adelanta un siglo. Y si me cortas la escena de Bugs Bunny publico en otra editorial.
EDITOR: Andrés, hijo, que tu libro es espectacularmente bueno, que me parece fetén que te molen Disney y la Warner, pero hay un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio...
AUTOR: (Hinchándosele la vena de la frente) ¡O SALE BUGS BUNNY O ME ENFADO Y DEJO DE RESPIRAR!
EDITOR: (Alarmado) ¡Valgame Cristo! ¡No lo hagas, Andrés! ¡Tienes una prometedora carrera por delante! ¡Aparecerás en los libros de texto de literatura! ¡Un montón de pedantes académicos aburridos y sin vida propia hablarán de ti dentro de un siglo!
AUTOR: Y considerarán la aparición de Bugs Bunny propia de la avant-garde y me adorarán. Seré el primero en mezclar iconos de la cultura popular con los consagrados mitos de la elite (dígase la palabra llana, que es más elitista que esdrújula).
EDITOR: (Conteniendo la risa) Pffff juasjuasjuas ¿El primero?
AUTOR: (Suspicaz) ¿Te estás riendo? Mira que me enfado y dejo de respirar...
EDITOR: Sea... Hay que cuidar la salud de nuestras letras. (Que Dios nos pille confesados.)
Quitando a Bugs Bunny, La música del mundo es uno de los mejores libros que he leído desde que cayó en mis manos Escuela de mandarines. A pesar de que el autor tenga un tic horrible: las comas agramaticales. No es tan severo como en “El perro, COMA, corre. PUNTO”, pero para muestra un botón: “la única forma de dar con la puerta que conduce al reino subterráneo de los silfos, COMA, es (siempre) tropezarse con ella al azar”. Página 55. Le he cazado ya tres de este tipo. Lo mismo es “estilística” (vid post de la RAE). Paciencia. Afilaos los dientes para restregarme los gazapos cuando salga a la venta Politeísmos.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007
















Álvaro Naira dijo
Esto... dije que actualizaría el fin de semana.
No dije CUÁL.
xDDD
Perdonadme, en serio. La verdad es que sin noticias, a la espera de la respuesta, de qué coño iba a hablar.
Gracias a todos por estar ahí y por seguir entrando. A Azaroa y a Elbereth, por regresar y por los ánimos y el supporting. Politeísmos va a salir. Lo que no sé es cuándo.
A los que carecen de paciencia para aguardar a que actualice, les diría que mala suerte, pero en realidad prefiero decirles que me dejen su correo y yo les aviso cuando esté a la venta Politeísmos y así dejan de desesperarse conmigo y mi ritmo de actualización...
Por cierto, me cago en Andrés Ibáñez y en su pijotada de los puntos suspensivos y no poner mayúsculas. Coño, qué difícil es citarle: el word te lo corrige a cada pasito.
22 Septiembre 2007 | 02:36 PM