Politeísmos Original Soundtrack ©. Parte III.
Siguiendo con el homenaje a Umbral, yo he venido aquí a hablar de mi libro. Que si no, los que os levantáis y os vais sois vosotros.
Como bien indica el título, este post continúa una serie en la cual me dedico, con increíble falta de imaginación por mi parte, a hablar de la música con la que escribí mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, posiblemente en enero a la venta en vuestras...!, etcétera—. Hago este tipo de artículos por tres motivos:
1. Porque no se me ocurre otra cosa de la que escribir y toca actualizar, lectores míos, que os marcháis para no volver y os necesito: es absolutamente preciso que venda lo suficiente con la primera tirada de mi novela para que en la Editorial Misteriosa no me rompan la puerta en las narices cuando lleve mi siguiente texto. Así funciona (de mal) el mercado editorial.
2. Porque es todo un desafío ir escribiendo sobre cada canción y la escena que me inspiró sin reventar nada de mi libro, esquivando spoilers como en una carrera de obstáculos, y eso me divierte lo indecible.
3. Porque estoy hasta los cojones de hablar de inspiración, creación literaria y del coño de las musas. Escribir sobre escribir es lo mismo que cascártela delante de un espejo.
A los nuevos lectores, aquellos afortunados que no saben todavía que mi novela tiene góticos dentro (siempre quedan decorativos), que es de fantasía delirante con un pie en la tierra y que trata de totemismos y animales de poder sin azúcar ni cursilerías, les pediría que se leyeran antes el primer post de banda sonora y el segundo, pero casi me conformo con que se lean éste y todos tan felices.
Una precisión: no siempre escribo con canciones específicas, claro. Todo lo contrario. Ya os conté cómo escribía yo. Además, me suelo poner música de fondo electrónica o industrial, no wave, dark ambient y otras pijadas, sin voz, para que no me distraiga, en las escenas de relleno.
Por ejemplo:
ADVERTENCIA: NI SE OS OCUUURRA OÍRLAS ENTERAS —¿entonces para qué las pongo? Ya, ya lo sé—. Sinceramente: son un tostón, los cinco primeros segundos se repiten hasta el agotamiento. Para escribir y crear atmósfera, perfecto. Para oír por la calle, no.
En la última entrega de esta fascinante saga estábamos examinando la música con la que escribí el capítulo IX del primer arco argumental de Politeísmos. Me voy a saltar unas cuantas canciones porque son horrorosas y porque algo me tengo que guardar para cuando saque la edición extendida de mi novela con muñeco incluido del Álex y botas New Rock en la cajita, y pasamos al décimo episodio. Y con él, llegamos al final del primer arco del libro —lo que os tenéis que estar perdiendo entre arcos y capítulos—. Aquí las cosas se empiezan a poner serias. A partir de este momento —la mitad de la novela, toma ya— yo, como lector, empezaría a pasármelo de verdad en grande. Porque Politeísmos son dos historias en una —serán dos películas cuando todos los directores se peleen por llevarla al cine— y yo prefiero la segunda, sin lugar a dudas.
Escribí la escena trágica —lo que pasa cuando dos niñas góticas van a un examen sin estudiárselo, y por supuesto que no es eso lo que sucede, ya lo descubriréis cuando tengáis el libro en vuestras manos— con Teen Angst de M83.
Tengo debilidad por esta canción, aunque no sea gran cosa. Es electrónica simplísima. Y la letra es tan sólo:
How fast we burn.
How fast we die.(Qué rápido nos quemamos. Qué rápido nos morimos.)
A mí, me llega. Y mira que está sobado.
Pero me llega todavía más la siguiente canción, que se engancha en la misma escena.
Bueno. A ver cómo me explico sin reventar.
Ésta es la canción que no dejaba de escuchar en el metro mientras escribía la novela. Ésta es la canción que condensa a mi personaje protagonista. Ésta es “su canción”, si nos ponemos ñoños. Y la escena que escribí con ella es una de mis favoritas, además de ser profundamente cinematográfica y quedar de puta madre como final de peli, con la cámara alejándose, mostrando cada vez más la calle y con el fundido en negro y la bajada de los créditos de golpe con el estribillo —sí, soy un freak y me diseño mi propia película, yo qué le voy a hacer—. Aparte, me encanta Depeche Mode. Arrestadme.
La letra, y traducida, que sé que os interesa muchísimo.

Al trasladarse al español se pierde, naturalmente, el valor de la metáfora. El dicho inglés de “ponte en mis zapatos” enlaza con la imagen de tropezar en los mismos pasos —¿sigo diciendo obviedades? Mejor lo dejamos—. Pero soy un defensor de las traducciones literarias y no literales, a excepción de las automáticas, que suponen una continua fuente de diversión. Me guste o no, el dicho en castellano es con “pellejo” y así hay que traducirlo. Punto.
Aquí debería acabar el post, porque en este momento de la novela hay un quiebro brutal. Os garantizo que os obligo a parar en la lectura, a pestañear, a mover la cabeza, a cerrar el libro unos minutos, a masticar bien la escena anterior. Es lo que quiero que hagáis y creo que lo consigo. Pero ya que no estamos leyendo mi novela sino haciendo el capullo, continúo con músicas.
Y he aquí la sinfonía sonámbula de las sombras, la luna y el deseo, que pone banda sonora a las seis páginas ante las cuales sacudiréis la cabeza, diciendo: ¿qué pinta esto aquí? Pues pinta. Digamos que es un flash-back... de unos cuantos miles de años. Y la protagonista camina a cuatro patas.
Y ya me callo.
Regresamos prontamente con el amigo de todos los niños: Álex, el cabrón con pintas que se pasea por Politeísmos en todas las páginas impares y en unas cuantas de las pares con su sobretodo de cuero y sus botitas pegándoles patadas a los párrafos. Abrimos el segundo arco argumental de la novela, de nuevo yo me flipo y me monto el comienzo de la peli minuto a minuto, y no os lo detallo porque lo reventaría. De nuevo. Lo que sucede es sencillo: en resumen, al Álex le duele la cabeza y se toma un par de aspirinas. Fascinante, ¿a que sí? Sé que no podéis esperar a comprar mi libro para saber cómo se resuelve esa trama trepidante con su consecuente peripecia. Paciencia. Muy pronto.
Es de todos conocido que a mí me gusta NIN. O me gustaba. Y esta pieza es una de las más impresionantes que he escuchado nunca en ruido orquestado. No en ruido. También le doy al ruidismo en periodos gótico-depresivos, pero me gusta más cuando está organizado. Puro escrúpulo; si me pongo música prefiero que lo sea, al menos a ratos. Que sí, que Daniel Menche será la hostia en bicicleta, pero yo no lo diferencio de una psicofonía presentada por nuestro ínclito Iker Jiménez, gloria nacional de las artes y las letras, no como ese advenedizo de Umbral (es el tema del día).
Juzguen ustedes:
Daniel Menche, grandísimo artista conceptual (?):
Versus
La voz del Más Allá, en vivo y directo en sus pantallas:
Si he de ser sincero, esta grabación me pone los pelos de punta. Esa voz repugnante, salida del abismo, antinatural, horrísona, tremenda, que dice:
“Es un infierno. Es un minuto y pico; la grabación original son diez. Allí no se escuchaba absolutamente nada, la gente se puso en otra sala, esa grabadora estaba en silencio total, en un sótano... Lo escuchamos”.
Brrr.
Para tranquilizarnos, un polvo con galletas y a la cama. Os dejo con Aphex Twin, Nannou, que también tiene su punto inquietante. Con ella escribí un diálogo de dos personajes sobre lo divino y lo humano, que leeréis...
Cuando la Editorial Misteriosa lo quiera.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007












Darthz dijo
xDD
He de decir que siempre había oído chistes con eso pero me parece que el vídeo no lo había visto. Lo que me he reído. ¿Te veremos algún día hablándole así a la Milá?
Yo, por cierto, hace algún tiempo que dejé de escuchar música para según qué cosas escribía. Al principio era de los que se flipaban y se dejaban llevar por las bso, músicas instrumentales, chill out, new age, celtas... Ahora en algunas prefiero el silencio; pero siempre, más de una vez, llega una voz, un violín, una guitarra, que se adueñan de mis sentidos y me hacen escribir algo. Y me inspiro, y entonces escribo. Pero, al igual que tú, sin letra, o al menos una suave y que no entienda o me distraiga para concentrarme bien en lo que tengo por delante y no en los oídos. Los textos, los nuestros, también hay que oírlos, y tocarlos, y sentirlos...
Y... ah, me despido.
Una sonrisa.
PD: Arriba te ha salido un post duplicado e incompleto.
29 Agosto 2007 | 12:01 PM