No escribir.
Cuando releo la bitácora me sorprendo, a ratos. Al releer momentos antiguos, cuando aún estaba escribiendo la novela —Politeísmos de Álvaro Naira, ¿hay alguien que no sabe aún cómo se llama y de lo que trata?—. La bitácora sólo era un diario de escritura, y ahí, apretada y sofocada para no reventar el libro y contar de lo que trata, está toda la fuerza incontenible de la sensación de crear. De lo increíble y magnífico que es parir una historia que no sabes bien de dónde ha salido, cómo se ha formado, dónde estaba antes. Y lo sabes, al tiempo, a la perfección, porque es muchísimo trabajo y te has matado en cada detalle, y lo has vivido, y has llorado y has reído y conoces a los personajes mejor que a ti mismo. Creo que en un libro se nota cuándo el autor ha echado hasta las tripas, se las ha comido y las ha vomitado de nuevo. Ahora todo está en frío. Ahora todo está seco, muerto y enterrado. Se acabó. Fue grandioso e intenso. Se ha terminado. Habrá otros libros en que me suceda lo mismo. Siempre es así.
Lo echo de menos. No sabéis cuánto.
Cuando acabé el libro me inflé a llorar. Sin parar. No podía dejarlo. Era algo nervioso. Reía y lloraba a la vez como si me hubiera metido un alucinógeno. Tenía una percepción distinta de la realidad, que estaba anormalmente lejos, como si se estirara el suelo. Se me acoplaban los mundos, y era mucho más nítido el ficticio, más brillante, con volumen y proporciones auténticas, con personajes más creíbles y redondos que las personas que me encontraba por la calle, que me resultaban vacías, fáciles, inverosímiles, poco creíbles, sin interés ninguno: huecas. La realidad se encontraba aún desenfocada, pero se aproximaba con estruendo, derribando los muros de lo ficticio y atrapándome entre los escombros de lo irreal, lo propio y lo fantástico, que se rompía, se venía abajo, se me deshacía entre los dedos, se licuaba y desaparecía, dejándome las manos pringosas de la nostalgia y el pánico a regresar al día a día. Porque esto es una mierda. Porque aquí todo está incompleto y es insulso. Porque nos faltan piezas. Por eso nos construimos nuestras historias. Para completar el rompecabezas.

[Y qué interés tiene volver, ya sabéis. Qué hay aquí. Material para levantar otra novela. Nada más.]
Cuando fui al registro no dejaba de llorar. Lloraba por la calle. Me paraba en un banco y lloraba más. Y me reía, a la vez, como un chiflado. Y me sentía TAN jodidamente orgulloso de poder llorarlo que me decía: “Joder, si esto no les pasa a todos los que escriben, si soy el único que llora porque ha terminado un libro, si eso es así, qué lástima me dan los otros, qué vida más triste y descafeinada: qué magnífico es berrear como si tuvieras seis años, sentirlo como agujas en la boca del estómago, gritar de alegría por tener la capacidad increíble de vivir las cosas con violencia, que te golpeen, que te hagan daño, que te afecten, que te tiren al suelo y te levanten. Cómo podrá vivir la gente con sus sentimientos de plástico sin herirse a propósito y meterse un rotulador en la costra, hurgar con él, infectarse y pintarse de colores el dolor para verlo bien y que destaque y no se te pierda el sentimiento y se deshaga. Porque merece la pena. Siempre merece la pena sentir. Siempre”. Lloraba y me partía de risa, porque se había terminado. Porque tocaba regresar a recargar baterías para escribir otra. Se había acabado. No quería que lo hiciera y quería. Todo a la vez.
Hermann Hesse, Der Steppenwolf: “Más me gusta sentir arder dentro de mí un dolor verdadero y endemoniado que gozar de esta confortable temperatura de estufa”.
A eso se resume todo. No, no me entusiasma El lobo estepario. Algún día os contaré por qué, cuando hayáis leído mi novela. Pero esa frase me sigue pareciendo increíble. Siempre me lo parecerá. Y la encontraréis también en Politeísmos.
Ahora no estoy escribiendo. No tengo nada que contar, y lo que tengo no me apetece contarlo. Es como volver hacia atrás, al momento en que estaba en parón, cuando pensaba dedicarme a la papiroflexia el resto de mis días, porque no valía, porque no tenía ninguna historia que mereciera la pena el esfuerzo, cuando la rutina te aplasta y asfixia. Cuando dudas, dejas de escribir. Mientras piensas que eres lo bastante bueno, lo eres, aunque no lo seas. Porque te matas en ello y te esfuerzas.
No me malinterpretéis. Éste no es un artículo de modo autodestructivo-on. Sé muy bien dónde estoy y cómo he llegado hasta aquí. Sé que todo son ciclos. Sé que voy a volver a escribir. Tengo cien historias estranguladas en el cráneo. Cuando me entran ganas de escribirlas... me las aguanto. Porque no pienso meterme en la espiral fabulosa y la noria de escribir otra novela hasta que ésta esté en las tiendas. Hasta que me libre de ella. Hasta que haya dejado de ser mía y sea también vuestra.
No sé muy bien con qué actualizar la bitácora. Tengo miles de cosas que contar sobre la gestación de la novela, pero no quiero hacer spoilers. Ya queda menos para septiembre. Pronto sabré si se va a publicar o no en enero. Y muy pronto, podré irme de verdad a otro sitio, sin moverme de mi casa y de la pantalla. Dentro de nada podré borrarme a mí mismo y convertirme en cientos, y vivir lo que les pasa a ellos.
Y desaparecer.
Porque un escritor, como los lobos, va corriendo sobre la escarcha en fila india, detrás de sus hijos de papel, pisando donde ellos pisan. Y con la cola, se barre y se borra sus propias huellas.

Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007












Serendipity dijo
Ya queda menos para septiembre y seguimos cruzando los dedos, espero que la respuesta deshiele la temperatura de estufa pero no por dolor endemoniado sino por alegria desatada y encendida, que nos va a arrastrar a todos.
Es la ultima pieza del puzzle y aprovechando la imagen (por cierto, que bonita, como todo lo demas) "ojalá te lleves el gato al agua".
24 Agosto 2007 | 06:27 PM