Realismo mágico 1.0 (Crítica literaria IX).
En aquellos maravillosos años universitarios, plenos de vida social en la cafetería de facultad, conversaciones frívolas en las que inventábamos el kit de Arregle Usted el Mundo en Cinco Sencillos Pasos y sesudas competiciones de mus —qué pasa, éramos filólogos y éramos muy cultos— tuve un buen profesor. También tuve a gilipollas integrales, y muchos. Mi Buen Profesor comenzaba sus clases explicando por qué le gustaba la literatura, y nos decía que él había vivido muy poco, que había tenido una vida muy aburrida. Nos contaba que leía porque con un libro podía sentir lo que no le había pasado. Con un libro podía viajar a otro país, enamorarse de varias personas a la vez, ir a la luna, a otros planetas, al siglo XII, a la casa de enfrente; podía ser un pirata, un mosquetero, una bailarina y un bohemio. Y aunque parezca un anuncio de higiene femenina, no deja de ser cierto. Yo también leo por eso.

En parte. Porque vas creciendo, y las historias que te satisfacían de mocoso han dejado de hacerlo. Los libros que te tragaban ya no funcionan como en La Historia Interminable: ahora les ves el andamiaje. Y si no está bien hecho, al carajo: edificio al suelo. El estilo, el lenguaje, el ritmo, la descripción y el diálogo te importan más que lo que se cuenta. Y los libros de fantasía reciente no te cubren jamás el hueco estético. Los que yo conozco. Así os lo digo. A pelo.
Se me ha criticado alguna vez lo durísimo que soy con el fandom, del cual he bebido toda mi vida y al cual le debo lo que soy. Porque yo adoro la fantasía. La ciencia ficción. El terror. No hay nada que me guste más. Y soy un hijo de la gran perra cuando hablo de los libros de subgénero. Lo soy. La mayoría es mierda y refrito y combinación de ambos.
Pero no todo.
Leído: Ygdrasil, de Jorge Baradit. RECOMENDADO.

Conocí a Baradit en tauzero. Leí un artículo ahí de no sé qué, quise enlazarlo en el blog, pregunté y me respondió que claro, que linkeara, que copiara y fusilara. Como soy un cotilla y el nombre me sonaba de algo —del portal sedice, del que soy lector asiduo y comentarista nulo— lo busqué por internet y caí en plancha en su bitácora. Me quedé a cuadros, me leí de golpe como unos nueve meses de su blog, me corrí siete veces y, llevado por un impulso irrefrenable, le escribí una sonrojante carta de amor más o menos como la siguiente:
“Eres la puta hostia. Me muero de ganas de conseguir tu novela. Estoy casi febril. Me pareces la polla. Tu escritura es pura acumulación de imágenes, surrealismo densísimo, un viaje de LSD, el pasado y el futuro metidos en la cazuela y bien removido el guiso hasta que cuece y explotan las burbujas como tumores y pústulas. Joder. Pero qué bueno eres. Y no es jabón, que ni lo necesitas ni yo lo voy dando por ahí. Si eres la mitad de bueno manejando estructura, trama y argumento como eres con las imágenes de tus descripciones, que sacuden las pupilas sin que podamos cerrar los ojos, vas a ser de los grandes. ¿Dónde coño puedo encontrar tus libros?”.
Vale. Actúo por impulso y siempre hago el gilipollas. A mí me mandan un mail así y estoy con una erección tres días. Y luego me baja la noria de golpe y pienso que me toman el pelo, me deprimo, agarro una cuchilla y practico el siempre agradable deporte de la automutilación. Suelo decir que prefiero a los escritores muertos porque a esos los puedes adorar sin hacer el ridículo y sin dar lugar a malentendidos, ya que la carta chorreaba lubricante y yo, a pesar de haberme codeado con góticos durante la tira de años y haber visto cosas que vosotros no creeríais, siempre he practicado una aburridísima heterosexualidad, que es poco literaria y menos cool. Así que me flagelé un poco por hacer el capullo y me puse a buscar sus libros. Fin de la historia.
Baradit es chileno, y autor de cf. La combinación de tales atributos hacía que su novela Ygdrasil no estuviera a la venta a este lado del charco, y era bastante estúpido subir un post a la bitácora sobre algo que mis lectores peninsulares no iban a poder encontrar. [Ajem. Claro. Como yo no hago eso un día sí y otro también hablando de mi libro —¡Politeísmos de Álvaro Naira, pronto a la venta en vuestras librerías!—. Sin comentarios.]
Hace más de un mes que tenéis la novela de Baradit en las tiendas. Se me fue el santo al cielo y se me pasó el arroz, y ahora os voy a hablar de ella. No es para todos los estómagos y no se parece en nada a lo que yo hago, aviso.
Pero me encanta.
¿Os gusta el cyberpunk? ¿Os flipó Neuromante? ¿Alita? ¿Ghost in the Shell? ¿Enki Bilal? ¿Os pone la cf, la religión y la mitología? ¿Os flipa Giger? ¿NIN? ¿Os va el sadomaso? ¿Qué tal si añadimos a la mezcla un toque borgiano? Echadlo todo a la coctelera y removed: saldrá una baraditada.
Baradit es excesivo. Es orgánico. Parece un tumor que estalla al que le salen brazos. Ni siquiera es barroco. Es como un videoclip. Es pura estética y fotograma tras fotograma. Escribe con las tripas y con los ojos, no con las manos: hace vomitona de imágenes trituradas. Estrujas las hojas de su prosa entre las uñas y al exprimirlas cae una papilla de cables empapados en placenta, atravesados por una corriente de luz azul eléctrica. Y cuando acabas de leer, te chupas los dedos.
Porque es muy bueno.
Un ejemplo:
Guiamos el desarrollo de la red como se cría al verdadero hijo de Dios. Planeamos su desarrollo como una copia de la estructura neuronal de un santo. Cada nodo diariamente incorporado es una letra del conjuro definitivo. Cuando la última palabra sea agregada, el Altísimo tocará esta obra de sacra artesanía con su dedo hirviente y se alzará viva, levitando sobre las cabezas de los hombres, entonando una letanía electrónica en nota sol. Todas las mentes se sincronizarán en el tono emitido desde el cielo y serán infectadas de amor a Dios. El alma de la humanidad se elevará en una sola mente, se hará carne y cable como un gran insecto, orando en código binario y comunicando directamente a la corteza cerebral el infinito rostro de Dios.Transmisión pirata emitida a fines del siglo veinte en forma de un virus informático para usuarios. El contenido fue decodificado por error sesenta años después.
Otro ejemplo:
El selknam tenía a Mariana colgando de un árbol por los pies, en un lugar de la sierra del estado de Guerrero. Alrededor del tronco había dispuesto un círculo de rocas negras y cuatro espejos marcando los cuatro puntos cardinales. Sobre los espejos había derramado palabras poderosas y pétalos de flores.
Llevaba dos días girando ritualmente en torno del árbol, para frenar la fricción con que el tiempo desgasta las cosas y así disminuir su efecto erosivo sobre la memoria de Mariana. La danza se sostenía sobre un canto de tres notas musicales que estimulaban curativamente su glándula pineal. Al tercer día desenterró los pulmones de la mujer y los sumergió en agua consagrada antes de reintegrárselos. Puso un pez minúsculo en cada ojo antes de devolverlos a sus cuencas. Abrió un lobo por el estómago y extrajo el corazón de Mariana, que había estado escondido allí durante días, lejos de la mirada de la muerte. Cosió las heridas con fibra de cactus y se sentó a esperar.
A los nueve días ocurrió la maravilla. Con el primer rayo de sol se oyó un llanto de bebé saliendo del árbol, que crujía angustiado; poco a poco el llanto alcanzó su adultez. Saltaban las astillas, la corteza se resquebrajaba. De pronto, una mano rompió la corteza y afloró buscando asirse, luego otra mano; era Mariana, luchando por romper el cascarón y salir a respirar. Finalmente el tronco cedió, la corteza se deshizo y Mariana emergió envuelta en savia y musgo, vomitando tierra. Puso un pie fuera del círculo de rocas y cayó desvanecida a los pies del selknam, que permaneció sentado, indiferente, recortado contra el sol de la mañana.
Las aves no cruzaban el espacio por encima de él.
Podría seguir y seguir pegando trozos, pero casi mejor os lo compráis o leéis el principio aquí. Ha sido amor a primera vista, en mi caso. Consideradme un lector de baraditadas hasta la muerte. No había leído algo tan jodidamente original en ciencia ficción en mi vida. La unión del mito y la informática es impecable: los teclados de ordenador son ouijas para conectar con el más allá, se entra en la red follando, hay personas que sirven de proxy —médium, dispositivo que realiza una acción en representación de otro; en internet, el que permite el acceso de varios equipos con una misma IP—, el presidente de la sección catorce tiene el nombre de un monstruo mitológico y camina sobre los cuerpos desnudos de sus seguidores, el miedo se codifica en datos y se fija con estática a barras de ferrita, hay almas desplazadas y Dios es un organismo en suspensión al que se le reza en binario. Los críticos lo catalogaron como ciberchamanismo. Baradit lo llamó realismo mágico 1.0.
Ahora es cuando debería acabar el post. Sin embargo, los que me leéis desde hace tiempo sabéis muy bien qué toca ahora.
El “pero”.
Soy tan hijo de puta que ni respeto a los escritores que más me gustan. Quiero decir con esto que a Ygdrasil le veo fallos, por supuesto. Y naturalmente voy a enumerarlos.
Lo primero que me rascó fueron los personajes secundarios. Hay un militar y un político que guían todas las intrigas, que manejan a la asesina en serie Mariana la chilena, y que parecen —de verdad— sacados de una mala peli de acción de Hollywood. Son planos. Planísimos. Auténticos tópicos. Y me jodía, no sabéis cuánto me jodía, estar leyendo un libro tan espectacularmente bueno y encontrarme con frases como “¡Quiero la ubicación de las fuentes de la anomalía, y la quiero ahora!” o “¿Quién está al mando?”; “Fulano, Mengano y Zutano”; “Pues ya no lo están”. Mariana, que es un personaje que estéticamente flipa, bebe demasiado de las fuentes de Gally —el cyborg de Alita— y de la Jill de la Feria de los Inmortales, pero eso no me molesta: me molesta que llore. En serio. Es un personaje que llora demasiado y en los momentos más inoportunos. Me gustan su alegría infantil y su ingenuidad en contraste con la psicopatía que hace que le dé por descuartizar tipos, pero de tanto lloriquear y gemir se me olvida a ratos que es una asesina. Soy de los que piensan que impresiona más una reacción cuando es única que cuando se repite ochenta veces, y en el libro se machaca hasta la náusea la cuestión de las “perras”.
Una perra, en el universo de Ygdrasil, es el producto de una industria para el placer personal. Consiste en coger a una mujer, freírle la corteza cerebral, cortarle brazos y piernas para facilitar el almacenaje y usar ese torso de muñeca hinchable hasta que la diña. Mola —literariamente, no estoy tan enfermo. Aún— pero se amenaza en todas las páginas impares y en bastantes de las pares con hacerle eso a Mariana. Cuando no se la amenaza, lo recuerda ella sola —y se pone a llorar—. Llega un punto en que cansa. Una buena idea si se soba deja de serlo.
