Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. (Crítica literaria VIII).
Hace tiempo escribí un post en el que cantaba las bondades de Sergio Parra y prometía no perderlo de vista. Y luego me leí Jitanjáfora, y luego se me olvidó escribir sobre ella, más tarde me metí en un fregado de siete pares, a continuación me deprimí, después me desdeprimí y por último decidí que ya estaba bien de cachondeo, y que a mis lectores les da igual qué tripa se me haya roto mientras escriba sobre ella. Ya que no me hace ni puta gracia airear mi casquería interna —apesta—, voy a actualizar con mis lecturas, ésas que tanto os interesan. He aquí una reseña tan fresca como los pescados que vendía Ordenalfabetix. Más vale tarde que nunca: Jitanjáfora de Sergio Parra merece un post sólo para ella, aunque se haya publicado el año pasado y yo la haya leído hace tres meses.

Y es que, señores, estamos ante un libro genial y fallido. Las dos cosas. Pesa mil veces más la genialidad: me declaro ferviente seguidor de las aventuras y desventuras de Conrado Marchale, alias Don Nadie. Que le follen a Harry Potter, que le dé a la heroína un rato, hoce entre los cerdos comiendo mierda, se enfrente contra sí mismo y no contra El Que No Debe Ser Nombrado y luego hablamos. No duraría el niño mago ni dos telediarios en la escuela de Salzburgo.
La comparación es odiosa y hay que hacerla: Conrado Marchale es un desgraciado toxicómano extraído de una novela de Dickens. Vive de alquiler en un piso de protección oficial entre arañas que se refugian en sus calcetines y es martirizado por su abominable psicoterapeuta, con el cual se ve obligado a convivir una hora semanal porque sus padres murieron en circunstancias no esclarecidas. Además de estos trágicos acontecimientos, sufre el acoso del matón de El Manco, su proveedor habitual de caballo, posiblemente primo suyo, cuyo verdadero nombre es, sin duda, Duddles —no se dan todos estos datos, pero son fácilmente deducibles de la acción—. El día en que cumple once días de rehabilitación recibe una carta con un sobre grueso y pesado, de pergamino amarillento, con la dirección escrita en tinta verde esmeralda, donde se le informa de que en realidad es... UN PUTO MUGGLE.

Y una vez hecha la comparación —pido disculpas al autor, me he inventado la mitad y en la otra he mentido, pero no podía evitarla—, voy a retractarme: Jitanjáfora no se parece a la novelita juvenil de la Rowling ni en el tipo de papel en el que se imprime: el de la editorial AJEC es cremoso, crujiente y espero que reciclado.
Jitanjáfora no es una novela de magos. Es una parodia de una novela de magos, pero ésa es sólo una de las cosas que es, y no la más importante. Digamos que nuestro cuatro ojos favorito ha servido como espina dorsal para escribir Jitanjáfora: hay una carta, hay una escuela de magia con grupos enfrentados, hay unas clases, unos profesores, una tía buena y un torneo. Y ahí acaban las semejanzas. Jitanjáfora es fantasía para adultos, y ni siquiera es fantasía: es una novela de ciencia ficción que se rige por la máxima de Arthur C. Clarke que titula este artículo. Para los vagos que no quieren subir el cursor para arriba, me repito:
“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.
Y eso es lo fascinante de Jitanjáfora: la magia que no existe, cómo se aprende y ejecuta. Especialmente, cómo se aprende. He leído por ahí opiniones de que las clases de magia son lo más tostón de la novela y no puedo estar más en desacuerdo: primero, porque Jitanjáfora no tiene nada de tostón, y segundo porque las ideas, los conceptos y la ejecución de la magia racional darían para un sesudísimo ensayo que espero que Sergio Parra decida escribir. No haría ni falta que lo escribiera —seguro que ya lo tiene—: se huele a la legua que ésta es una de esas obras en las que vemos sólo la superficie, donde el trabajo de documentación es probablemente tan extenso como la novela. O más.
¿Qué es la magia racional, lectores míos?
Pues os compráis el libro: faltaría. Hay que apoyarse, coño, que no somos tantos los escritores del fandom —y así, con exquisita sutileza y primera persona del plural, se cuela Alvarito, sin obra publicada, en las filas de los profesionales, con toda su cara—. Para abrir boca: las asignaturas de magia tienen nombres como Cinesiología, Mnemología, Control de hilos y Egocentria. Raro, ¿eh? Menos de lo que pensáis, y por ello, mucho más interesante.
Voy a pegaros un fragmento sin temor a reventar la novela, que ya la revientan en la contraportada:
En clase de Temperación, un alumno preguntó entonces a Madame Petzenik si la magia existía, y la contestación aclaró las sospechas de Conrado. Sí, sí que existía, pero de un modo nuevo. Madame Petzenik dibujó unas líneas paralelas que, a los ojos normales, parecían divergir debido al efecto de unas líneas divergentes sobrepuestas a ellas.
—Acabo de hacer magia, ¿no lo ven? —exclamó la anciana Madame Petzenik—. Ha sido magia inteligente, creativa, real. Contemplen las figuras invertidas, como cubos y escaleras plasmados en perspectiva, que son normalmente vistos en profundidad e invierten su configuración aparente a intervalos. Magia, efectos ilusorios que constituyen la magia fidedigna. Miren los dibujos ambiguos de Escher. O los estereogramas. O el test de Roschard (sic.). Dejen fluir su conciencia. O lean una greguería, la magia de las palabras. Temperen la espiral, la magia de la comprensión y el conocimiento. Conviértanse en un pavo real consciente del ridículo de arrastrar una cola megalítica, la magia de la autoestima. Ríanse de todo, no respeten nada, la magia del Witzelsucht. Muevan los hilos de los títeres, la magia de las emociones. Persuadan, convenzan, dirijan, hagan creer, sorprendan, la magia de los encantamientos intelectuales. Usen lo que les rodea y no se dejen usar por lo que le rodea, la magia de las pócimas. Transformen un insignificante bastón de madera en un talismán, ensamblándolo a su mano, a su psique, la magia de la varita. Vuelen, salten, esquiven, gobiernen músculos y articulaciones que ni siquiera conocían, la magia del cuerpo físico.
En Mnemología los futuros magos aprenden a potenciar la memoria hasta límites asombrosos; en Cinesiología, a realizar todo tipo de acrobacias posturales; en Pócimas, pura rebotica y farmacia; en Egocentria, a transformarse en objetos, animales y diferentes personas por el método Stanislavsky del Actor’s Studio —qué buenísimo—; en Control de Hilos, a manipular al oponente mediante la pura retórica. Que levante un dedo al que no le mole todo esto, porque a mí me flipa. Y si levanto el dedo, será para otra cosa.

Iba en coña. Atentos:
Se abre el telón y aparece el profesor Wang-Mei, un chino que parece un gato y habla como un indio, envuelto en un mono de muselina blanca —es un puto pase de modelos la cátedra de la escuela de magia, divertidísimo—. El chino abre su boca y dice:
–Bien. Lección uno. El dedo índice. Ahora relajen cuerpo y expulsen todo pensamiento de cabeza. Correcto. Levanten la mano tal y como lo hago yo. Correcto. […] Ahora, mantener el dedo estirado, por favor. Correcto. Ser el dedo. Ser el dedo. Sólo notar dedo. [...] Ahora apuntarme a mí. Estiren brazo y fijen dedo índice hacia mi cabeza. Noten el hormigueo. Correcto. […] El dedo ser generador de hechizos. […] Mantener rígido. Correcto. Los niños no ser capaces de apuntar una cosa con el dedo hasta los catorce meses de edad, porque apuntar con dedo es un gesto de intencionalidad. La intencionalidad de advertir algo o cambiar algo. El niño no posee gesto de intencionalidad, el animal, tampoco, el hombre lo posee pero estar anulado por su esencia animal. El hechicero ser único que señala y cambia el mundo que le rodea. […]
>>Ahora pasemos al dedo pulgar. Sólo el pulgar ya me convencería de la existencia de Dios, decir Isaac Newton. El pulgar ser fundamental. Dijo John Napier que en el movimiento del pulgar radican todas las habilidades de que es capaz la mano. Sin pulgar, la mano ser pala inservible o unos fórceps cuyos terminales no encajar bien. El pulgar nos hace humanos, y luego nos hace hechiceros.
No es ingenioso; es la polla. Simplemente. Es partirse la cabeza en reunir datos y organizarlos de forma coherente. Es la inteligencia y el ojo clínico de ver maravilla y fantasía hasta en la tapa del váter. Es encontrar la magia en nuestra realidad y tomarla en serio. Es el aplauso y la alabanza del muggle. Es la vuelta de tuerca.
(Y es también lo que hago yo, y enseguida me pondré a hablar de MI novela: repitamos el nombre para que aumente en el ranking de google: ¡Politeísmos, de Álvaro Naira, próximamente en vuestras librerías!)

Ayer (ajem) comenté que Jitanjáfora es un libro genial y fallido. Que es genial ya os lo he dicho: que es fallido ahora lo explico. Tiene cosas que no me gustan ni un pelo y para eso estamos, para joder al prójimo y dar la opinión que nadie nos ha pedido.
Lo primero que me molesta es el desequilibrio estructural, pero esto es una cosa just for writers que al lector se la fuma. Entre la primera parte —demasiado corta— y la segunda —demasiado larga— hay un salto brutal de más de dos meses que se come con patatas una de las partes más interesantes de la acción: el encierro de los conejillos de indias, aprendices de hechiceros, en una granja. Los personajes entran engañados por una supuesta empresa de publicidad que va a estudiar su conducta y salen transfigurados tras haber vivido como animales. Y no se cuenta.
Se cuenta luego, a modo de flashback y pesadillas. Me molesta. Lo querría en su momento. No es que esté mal jugar con el hilo temporal de un texto, es que necesito saber lo que pasó, con todo lujo de detalles y cuanto antes, para creerme que Conrado está desintoxicado en la siguiente parte. No trago, lo siento. Para compensar, cuando se narra es cojonudo, de lo mejorcito. Pero se narra tarde; ya no me interesa. Ya he visto el crecimiento de Conrado, no quiero ver su destrucción a esas alturas. Me rasca. Me entran ganas de arrancar esas páginas y pegarlas con celo en su sitio. Lo mismo con el personaje de Figueredo, el que menos me convence. Me lo presentan en tres páginas, es un gordo redicho. Después de cinco, está más flaco que un fideo. Me lo sigo imaginando gordo porque no he visto el proceso. Da igual cuántas veces se diga que está delgado: me queda el residuo. Figueredo, además, es el personaje más plano, y me jode, porque me gustan sus inquietudes carnales. Pero me revienta cómo habla: se pasa tres pueblos. No es porque sea pedante —también lo es el compañero de cuarto de Conrado y ése es para aplaudirlo—: es por el abuso de coletillas y las indicaciones del narrador de que el gordo habla pedante. Que ya lo sé, que lo he leído. Tanto “si ustedes me entienden” lo hace plano, irreal. ¡Pero hay gente que habla así de pedante!, diréis vosotros. Sí, diré yo. Claro. Pero algo puede ser verdad y no por ello ser verosímil. Si a mí me raptan seres de otro planeta y tienen experimentos sexuales conmigo puede ser enteramente verdad, pero no sería verosímil y nadie me creería. Por cierto, me ha pasado a las seis de la tarde, bajo un sol de justicia y foco desintegrador de partículas, mientras sacaba a mis perros. ¿No os lo tragáis? Hacéis mal, porque es cierto. Y además me puso a mil, que llevo unos meses con vida de monje cartujo y la piel marciana me descontrola. Para perversiones, los colores (en este caso, el verde).

Y luego están las sámaras.
Claro que no sabéis lo que es. Yo tampoco lo sabía. Para explicaros lo que yo entiendo por sámara debo acudir al Diccionario Estilístico Naira-Español, Español-Naira. Es decir, hablar de mi libro. Abrid bien los ojitos, que voy a desvelar algo de mi novela.
En una escena de Politeísmos —Politeísmos de Álvaro Naira, me repito por el ranking— el personaje urbanita A, que se pierde en cuanto pisa algo que no es cemento, recuerda algo que le contó el personaje B, algo que me contaron también a mí, que soy madrileño de pura cepa y que ni siquiera tengo pueblo al que ir en vacaciones. Los secretos desvelados por B —naturalmente son tan importantes que revientan la novela entera— consistían en que existe un árbol con una hoja doble muy curiosa, que cuando se arranca, se frota el tallo entre las dos manos y se suelta, sale despedida, volando en círculos veloces, como si fuera un helicóptero.

Yo tenía este recuerdo muy vivo, pero ni conocía el nombre del árbol ni de la hoja ni del juego. Así que investigué; aquello tenía que tener nombre. Todo lo que existe tiene nombre; de no ser así, no existiría. Tras una documentación precisa y detallada de cuatro horas en libros de botánica y páginas de internet, encontré lo que buscaba: el árbol es el arce. La hoja no es tal, sino un tipo de fruto quebradizo, con la consistencia de un hojaldre y el aspecto de una mariposa de papel. Los arces en otoño parecen estar atiborrados de hadas y polillas castañas. Este fruto, el helicóptero, la única peonza con la que jugaban muchos de nuestros abuelos, se llama sámara. Me produjo una inmensa felicidad paladear en la boca esta palabra inédita. Era conquistar un territorio, conocer una idea, saborear un concepto y darle cuerpo. “¡Sámara!”, me dije. “Parece nombre de princesa india, parece nombre de elfo, parece nombre de continente mítico. Debo usar esta palabra”. Hasta me temblaban los dedos de excitación; no podía contener el deseo de estrenar el nuevo término, de clavarle la bandera y la espada, de hincarle la pluma hasta el fondo, de someter la palabra y follármela. Era una palabra silvestre, desconocida, prístina, virgen, jamás explotada. Para hacerme su dueño sólo había un sistema: meterla en uno de mis textos y encadernarla con mis palabras domésticas, las que manejo con fluidez casera, las que acuden a mi voz y me lamen las manos como animales mansos.
Me había costado horas encontrar el nombre del fruto, pero cuando lo tuve entre las uñas, retorciéndose... resolví no emplearlo. Y cuando decidí que no iba a usar ese término, también llegué a la conclusión de que, desde ese momento, a todas las palabras que rugen, incómodas, en un párrafo, las llamaría sámaras, en honor al fruto de arce con nombre de princesa de las hadas. Ya que no pude tirármela, me pareció oportuno prostituirla y cambiarle el significado. Hay que saber renunciar a las cosas, pero también hay que saber vengarse de ellas.
No utilicé la palabra sámara, aunque me moría de ganas, porque no podía domarla en ese contexto. En el párrafo que quería, la sámara rechinaba. El problema no estaba en que fuera una palabra desconocida o rara, aunque muchas veces está relacionado: tiene que ver con la capacidad de dominar las palabras y que no muerdan al lector. En un texto nunca debería resaltar un término. Esto no significa que haya que utilizar el mismo vocabulario que Dan Brown, ni mucho menos. Escribir bien no consiste en vomitar tropecientos términos extrañísimos —eso es lo fácil, basta con tirar de diccionario— ni en manejar sólo doscientas palabras, sino en que todas las que usamos estén en su justo sitio. Hay sistemas para que no salten a la cara y nos abofeteen las palabras. A veces, la sintaxis enrevesada y las enumeraciones ocultan las sámaras en un boscaje de símbolos de manera que todo es barroco y nada destaca: esto lo hace Carpentier como el puto amo. Otra solución es poner un sinónimo cerca —pero suele quedar cutrísimo—. La última es crear un contraste con un término hogareño y gastado como un taco, que doma muy bien a las sámaras con su chasquido de látigo.

Pero muchas veces, la única solución es no emplear la sámara, esperar a domesticarla, averiguar todo lo que podamos sobre esa palabra misteriosa y aterciopelada. Hay que permitir que folle con otros, leerla en otros contextos, hasta que deja de resultar amenazadora. ¿Me pongo freudiano? Vale. Hay que limarle los colmillos a la vagina dentada antes de penetrarla.
Sergio Parra utiliza sámaras. Lo hace a propósito porque le gustan las sámaras. Son bonitas, es cierto. Pero te arrancan los ojos cuando las estás leyendo. Me repito: no son sámaras las palabras que desconoce el lector —eso es síntoma de nuestro bajo nivel cultural— sino las que no encajan ni con calzador.
¿Ejemplos?
Éste es Sergio Parra cuando escribe muy bien:
Le dijo que la guindilla le sabía a fuego, como si masticara ascuas al rojo vivo; que la cebolla le sabía a lágrimas; las fresas, a primavera coagulada; el coco, a árbol; la coliflor hervida, a hospital y a enfermedad; el consomé, a desierto licuado; el whisky, a madera; las endibias, a comida caducada; la lechuga, a agua crujiente con gusanos; la miel, a una explosión de flores; la leche, a melancolía líquida; la gaseosa, a finísimo polvo de cristal; el hojaldre, a serrín azucarado; el queso Roquefort (pese al tópico), a pies; la sal, a papel secante cristalizado; la nata, a nube amarga.
Impresionante, ¿no?
Éste es Sergio Parra cuando escribe menos bien:
Fue un fugaz chisporroteo febril que les vació de deseo, una descarga eléctrica sicalíptica que sacudió sus cuerpos cadenciosamente hasta el desfallecimiento. Ni en sus sueños más eróticos, Conrado se imaginó jamás una escena como aquélla. Más que sexo fue una pelea cuerpo a cuerpo de ósculos dentados, apuñalamientos priápicos y surcos de uñas, un violento espasmo de músculos bañados en sudor que les mezcló y fundió más aún que los avatares ectópagos.
Este párrafo me rechina más que una tiza en la pizarra. Está lleno de sámaras y tiene leísmo de CD plural no aceptado por la academia (perdón, esto es una gilipollez, pero desde que aprendí a escribir en porteño me putean lo indecible los leísmos a no ser que estén en el diálogo de un par de saludables mocetones madrileños). La primera sámara es la sicalipsis. Tengo la enorme ventaja de que para mí no es sámara: sé de dónde viene el término y es tan coñón que yo sólo me atrevería a utilizarlo en circunstancias de chascarrillo. Érase una vez un director de teatro, de Revistas —esas cosas en las que salían señoras mostrando el tobillo— allá por la época franquista que, en una ocasión, asombrado por su atrevimiento de que las mujeres mostraran las turgentes pantorrillas, se complació en frotarse las manos y exclamar: “¡Esto va a ser la sicalipsis!”. El caballero no era muy docto ni ducho en las lenguas románicas y quiso decir “apocalipsis”. La anécdota, presenciada por algunos intelectuales que acudían a mojar, corrió como la pólvora y pronto todo el mundo se refería al género erótico como sicalíptico. No es una sámara adecuada para una escena que trata de ser brutalmente pasional. A mí me entra la risa con ese término, y más cuando leo que la RAE lo hace proceder etimológicamente del higo: que discutan con el anciano catedrático que me contó la historieta carnalmente vivida —imito al personaje de Figuerero—. Es el problema que tienen las sámaras. Hay que conocerlas MUY bien para manejarlas.
Pocos escritores juegan mejor con las sámaras que el nunca suficientemente bien ponderado Valle-Inclán. Los ósculos dentados me llevan derechito a Luces de Bohemia, en la cual una señorita tiene los reales huevos de decir “Entrégame la mano. Verás cómo te cachondeo”. Aplausos: voy a inflar un globo muy grande y luego voy a pincharlo. Entrégame la mano, como un caballero de un roman artúrico —¡nadie habla así!—. Verás cómo te cachondeo (actualícese por “Te voy a poner más caliente que el pico de una plancha, que un mandril en celo o que el palo de un churrero”, que el lenguaje cambia, claro). Los ósculos a mí me parten; parece que llevan el adjetivo “casto” adosado al culo. Y si encima son dentados y los apuñalamientos son priápicos caemos en la adjetivitis. Príapo era un señor divino que todo el día llevaba la polla más gorda y tiesa que el mástil de la bandera que hay en Colón (Los Madriles, Spain, una puta horterada patria gualda y roja a cincuenta metros de altura y ondeando, bajo la cual todos cantamos el “Oh, say can you see”, nos sentimos muy orgullosos de ser americanos y muy asustados de que se nos caiga encima). De “ectópago” no digo nada porque aparece antes, y ésa sí es una sámara bien manejada en contexto. Es decir, que no es una sámara.
Vale. Ya me callo. Suena la vocecita de mi cabeza que dice: “Al, eres odioso, pedante y gilipollas, te van a masacrar cuando publiques y lo sabes. Para de hacer amigos de una puta vez, que encima este libro te ha encantado, cabrón. Deja de hilar tan fino”.
Lo dejo porque no hay nada más que me trine y porque este doble post ya ocupa siete páginas. Jitanjáfora es un gran libro, y sus ideas son tan buenas que ni las sámaras molestan. Me flipan Sobievsky y Umami, me gustan las asignaturas, me gusta la magia racional y me gusta cómo se organiza.
Porque todas las magias, ya sabemos, deben estar organizadas. En Dungeons, por escuelas. En el Magic, por Tierras. En el esoterismo por colores, como en Star Wars. En El señor de los Anillos, por el merp y el rolemaster (ME NIEGO A EXPLICARLO). En Terramar, por los nombres. En Final Fantasy por hostias e invocaciones (que dan hostias). En Harry Potter por asignaturas y por como le sale a Dumbledore de la punta de la barba —¿a que esperabais “polla”? Siempre sorprendiendo a mis lectores—. En el Loom, por las notas musicales. En Elric, por caos y orden. En Buffy por el tamaño de las tetas.
En Jitanjáfora, por espiras.
Este fenómeno ocurre porque el conocimiento avanza en espiral, gira sobre sí mismo perpetuamente pero jamás sigue con exactitud el mismo recorrido, sino uno paralelo, superior al anterior e inferior al posterior, sin llegar nunca a tocarse. Imaginen la forma de una espiral. [...] Sucede con los argumentos que esgrime un lego en teología para defender su ateísmo parangonados con los de un filósofo o un físico con idéntica opinión. Los dos han llegado a la misma conclusión, Dios no existe. Los dos pueden estar equivocados o poseer la verdad, eso no lo sabemos porque no sabemos si Dios existe, así como tampoco sabemos si comer carne está bien o mal. Pero [está] más cerca de la verdad [el que ha] dado más vueltas en la espiral. [...] El filósofo ateo, que habrá estudiado, reflexionado y debatido acerca del tema durante años es posible que en su periplo intelectual haya mantenido una postura creyente en unas épocas y una postura atea en otras. Pero el lego en teología [...] quizá no haya efectuado ni una sola vuelta en la espiral, porque se ha mantenido inamovible en su opinión primigenia desde que ésta se fraguó (o se la impusieron corrientes de pensamiento que estaban en marcha durante milenios).
Impresiona. En serio. Se podría fundar una escuela de pensamiento con esto, si es que no existe ya, es una idea fusilada y estoy quedando como un imbécil.
Y ahora, oh apreciados lectores, ¿cómo voy a poder hablaros de mi novela? ¿Qué salto, volatín y cabriola tendré que dar en el artículo para finalizar haciendo publicidad de mi obra aún inédita, como hago siempre?
Sergio Parra me lo ha puesto fácil. Sergio Parra es politeísta, sin haber leído Politeísmos y sin saberlo.
Dice Parra en Jitanjáfora:
A primera vista, y dada su envergadura y su afición por la comida y las chucherías, cualquiera hubiese aventurado que bajo toda aquella grasa y erudición se escondía un cerdo, uno idéntico al que se había hospedado entre sus piernas y dormitaba plácidamente. […] Ya no era, pues, su apabullante físico la característica que definía su animal interior sino su intelecto, y Figueredo poseía un intelecto de ratón, de rata de biblioteca. […]
El ama de casa era una luciérnaga enamorada de las luces de colores parahipnóticas de las máquinas tragaperras.
Otro que siempre se reía con el aliento estrangulado, ¿una hiena?
Otro que despiojaba a otro, era un mono. […]
–Bienvenidos a mi reino –declamaba de nuevo El Granjero en otro de sus soliloquios–. Estáis empezando a comprender que vuestro animal sólo persigue el placer, es un hedonista exacerbado. Es como una de esas ratas de laboratorio que, conectada a electrodos que estimulan neurológicamente sus centros de placer y gozo, nunca deja de apretar la palanca que les suministra dicho estímulo; y es tan grande la felicidad que experimenta que se olvida de comer y de beber y muere de inanición entre estertores de júbilo. En sus cabecitas sólo cabe esa palanca, principio y fin de sus miserables vidas. ¿Para qué hacer nada más? Pero hay que domesticar a esa bestia, hay que expulsarla.
JA, digo yo. Y pego una frase de mi novela, Álex dixit —el lobo feroz—, Politeísmos de Álvaro Naira, todos los derechos reservados:
"Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la que te hace libre".
Sergio, usted es politeísta como yo; pero pelea en el otro bando, y eso está muy feo.

Temperad, alumnos de la escuela de Salzburgo. Temperad. Añadid más segmentos a vuestra espiral. Alejaos del animal. Alejaos hasta del hombre. Llegad al mago y al superhombre nietzscheano.
Nosotros, los politeístas, lucharemos por hacer justo lo contrario.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007












thewatcher dijo
Joder, Al, la foto del alien... A ver, ese líquido viscoso que está cubriendo al humano, ¿es lo que parece? Porque viendo además la carilla de haberse quedado a gusto que tiene el alien... Eso sí, se nota que son seres superiores, menuda cantidad.
Un saludo.
20 Julio 2007 | 01:17 AM