El diletantismo.
Estoy, francamente, hecho una mierda. Así que hoy, aunque me haya tirado diez días sin actualizar, no esperéis un maravillosísimo artículo de cinco páginas y pico con un montón de datos fascinantes, documentado, con fotitos y enlaces, figuras literarias y chistes a partes iguales, siempre para mantener la delgada línea entre el freak alegre y saltarín que llevo dentro y el filólogo que se ha metido un palo por el culo después de leer demasiado a García Berrio. Me voy a bajar un rato del pedestal de la profesionalidad, si os parece, y subo este post escrito con los pies y sin pensarlo ni meditarlo ni trabajarlo. Porque qué más dará.
Me guste o no, mientras no tenga obra publicada, lectores míos, YO NO SOY ESCRITOR. Soy un puto aficionado y un capullo que a fuerza de trabajo y actitud se está forjando una magra reputación de profesionalidad. Y aunque me dé mil patadas que nadie me tome en serio, porque parece que “todo el mundo escribe” (con lo que cuesta, hostia, con lo que cuesta, joder, como si por juntar cuatro letras ya todos fuéramos novelistas, con lo durísimo que es escribir, que ah, parece tan bonito y tan sencillo desde fuera, tengo una historia y voy y la cuento, no te jode) yo aún estoy en el otro lado. No he publicado. Ya está.
No importa una mierda que me haya dejado los dedos incluso catorce horas diarias, y sin parar, sólo para producir diez páginas, de las que luego recortaba tres. Que el archivo de documentación de mi novela sea más extenso que la novela en sí. A nadie le interesa que perdiera cinco kilos por pasar de comer —hasta contenía las ganas de mear con tal de no dejar un párrafo a la mitad, que nunca sabes si recordarás qué iba luego si lo dejas colgado— y que no me haya movido de delante de la pantalla nada más que para sacar a mis perros, que ellos qué culpa tendrán. Es indiferente que lleve seis meses corrigiendo hasta que me han dolido los ojos, que haya releído mi novela más de doscientas veces. Da igual que el año pasado abandonara curro, pareja, amigos, familia y vida real, todo a la puta papelera, y encestando de lejos y riéndome; y después pisando bien las responsabilidades, apretándolas en el cubo para que mengüen, se empequeñezcan, se hagan diminutas y desaparezcan, y entre aún más basura, toda la basura de mi vida, con el único deseo de dejar mi existencia tan limpia y blanca y recién pintada, tan ancha y diáfana, tan vacía de compromisos, encargos y realidades, que la ficción pudiera entrar por la puerta grande y sin tener que marcharse.
Yo he desaparecido del mundo y me he borrado con la goma para escribirme encima.
Fácil, ¿no? Pues probad a hacerlo.
Pero no importa. Eso no te hace profesional.
Si no publicas, no eres nadie.
Y no vale jugar con trampa. Lo siento. Lulú no es publicar; es autoedición para pobres, porque no te hacen pagar a ti, sino a tus colegas que compran. Si al final me toca agachar las orejas, meter el rabo entre las piernas y sacar la novela en Lulú, será mi fracaso. Mi gran fracaso. Y os lo contaré, porque soy un bocazas.
Escribo esto porque creo que merecéis tener noticias. Porque estáis aquí, leyéndome, muchos desde hace la tira de tiempo. Y yo no digo ni pío porque no tengo ganas ni de mover un dedo.
Y porque por fin mi novela ha pasado la primera criba de una editorial.
Y porque estoy seguro de que no va a salir en ella. Es un pálpito. Porque otra vez tocará volver a empezar, y los nos, las gestiones, el trabajo y todas las demás estupideces me obligarán a mantenerme aquí, en la jodida realidad, y no en otra parte, que es donde quiero estar: creando mundos y viviendo las cosas que a mí no me pasan.
A mí no me interesa vivir de verdad. Vivo, claro. Qué remedio. Además, no es saludable permanecer en el mundo de las ideas y de las piruletas de colores —acabas escribiendo polladas—. Hay que tener experiencias: es una parte importante de la escritura. Pero sólo es una parte.
Yo vivo los martes y los jueves: lo justo para contarlo. Y cuando las circunstancias me obligan a permanecer en la realidad toda la puta semana...
Escribo cosas como la que estáis leyendo.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007













thewatcher dijo
Y qué esperabas, Álvaro, en un país en el que la gente se dedica a emular al médico y se automedica a diestro y siniestro, ¿no iba a pensar la mayoría que lo de escribir lo hace cualquiera? Les pasa a todos los colectivos. Además, el mercado editorial no ayuda. Cualquier mindundi del tres al cuarto que colabore en un programa del corazón en la tele, escribe un librucho y tiene las colas más largas en la feria del libro. Es el siguiente paso en la democratización de la cultura: no sólo todo el mundo tiene acceso a la misma (cosa que está bien) sino que todo el mundo puede producirla. Pero tú sabes la diferencia. Sabes lo que cuesta, sabes a lo que tienes que renunciar. Y yo también, porque lo he visto. ¿Qué importa lo que piensen los demás? Sí, está bien dar un golpe en la mesa de vez en cuando como hace el señor Marín en su artículo, dejar bien clarito que entre escribir un cuento en toda tu vida y ser escritor existe la misma diferencia que entre el que juega al fútbol en una pachanga de solteros contra casados y alguien que juega en primera división. El trabajo es lo que marca la diferencia. Lo que cuesta parir una novela sólo lo sabe el que ha escrito una. La gente, que diga lo que quiera.
Y una vez escrita, toca apretar los dientes y seguir luchando, Álvaro. Sabes que siempre te digo que llevas relativamente poco tiempo moviéndola, que aún puede quedar mucho por luchar. Tienes que estar preparado para ello, joder. Aunque haya días en que todo sea una mierda. Al final valdrá la pena.
Un saludo.
4 Julio 2007 | 11:52 AM