La coctelera de libros II. (Crítica literaria VII.) (Para qué numeraré los posts I.)
Intrépidos lectores, prometí continuar reseñando mis lecturas a velocidad absurda y así lo hago. En el post anterior pudisteis observar que últimamente he leído nueve novelas, de las cuales no salvo ni una porque soy peor que el pitufo gruñón y sólo me gusta la mía: Politeísmos, que es (todos a coro):
“Una novela de fantasía realista, urbana, sucia y contundente, con una mitología elaborada de tipo totémico, que le da una vuelta de tuerca al tópico de los licántropos”.
¿Cuántas veces lo he repetido? ¿Hay alguien por aquí que no se lo sepa de memoria? Vale, he efectuado cambios mínimos que no afectan al espíritu de mi obra: oscilo entre “mitología elaborada de tipo pagano”, “mitología elaborada de tipo chamánico” y “mitología elaborada de tipo totémico”. Las tres son una gilipollez y las tres son mentira. Porque ni hay una mitología, ni es pagana ni chamánica ni totémica. No al menos como os lo estáis imaginando. Los personajes llevan animales dentro, sí, y el protagonista cree que es un lobo. No cree que le proteja uno; cree que lo es. No estamos ante un indio sioux que persiga búfalos de las praderas para estar en consonancia con su dios, sino ante un siniestro de veintiséis años que fuma como una chimenea y traduce juegos de consola en el Madrid del año 2000. Para más datos... conseguidme un editor. Porque os juro que funciona, aunque de entrada os explote la cabeza y digáis: “vaya puta macedonia que ha escrito este chaval”. Pues no. Un tío que va vestido como Neo nos habla de la religión más primitiva que existe sobre la faz de la tierra... y nos lo creemos.
Así que sólo necesito un editor que la abra y se la lea. Que la publique queda de mi mano: mi texto se defiende solo. Lo cierto es que —aunque os parezca increíble—, me han devuelto los manuscritos sin abrirlos; lo sé porque pongo pelos entre las páginas y ahí siguen. A la próxima editorial le mandaré un original con un TONTO EL QUE LO LEA en la página cien. A ver qué pasa.
A lo que íbamos, que sé que estáis ansiosos por saber qué mierdas leo —cotillas. Y no leo mierda. Bueno, sí, también lo hago— y por conocer mis críticas:
Cuento:
Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño. Divididos en tres partes; la primera, humor sólo para escritores. Los cuentos de las otras dos no me gustan. No recomiendo este libro, y no porque sea una bazofia —Bolaño escribe bien— sino porque no me llega. Igual que entra, sale.
Cuentos del libro de la noche, de José María Merino. Merino me gusta. Por eso estos cuentecillos mínimos, casi adivinanzas, emblemas con su respuesta que debe sacar el lector y hasta con dibujito al pie, dejan un mal sabor de boca. Son poca cosa, notas al margen y en servilletas, y se nota. Hay piezas interesantes, pero en general, es prescindible dentro de su obra.
Cuentos malvados, de Espido Freire. Otra que tal baila. Microrrelatos; lo siento. No digo que sean malos, digo que no me entra la literatura minúscula que se traga mientras calientas la cena en el microondas. Eso sólo se lo consiento a Gómez de la Serna. Leer para nada... mejor que me cuenten chistes (como Gómez de la Serna).
Antología de los mejores relatos fantásticos de habla hispana. Esto es otra cosa. Se trata de una antología juvenil y tiene unos cuantos de los grandes y otros cuantos que yo no conocía, elegidos para que los chavales puedan tragarlos. Y empiezan con Benet —tócate los huevos, así, facilón—. El relato de "Catálisis" es uno de éstos de fantasía a lo Todorov con el manual en la mano, y me dejó bastante frío. El estilo de Benet ya se sabe: moroso, muy cuidado, demasiado cuidado para lo poco que cuenta. Luego, Borges, "El brujo postergado", excelentísima versión —como siempre— del relato popular del Rodaballo (leed a Günter Grass). Para los que no sepan de qué hablo, es el cuento de toda la vida del pez que concede un deseo tras otro, y cuando el deseo se vuelve desmesurado, el pedigüeño regresa a su situación primera de pobreza. Pues aquí lo mismo, pero sin peces. Es una reelaboración de El conde Lucanor, claro. Borges siempre leído, tarimesco e inaguantable. Se le perdona, porque es Borges.
Y de pronto... La Continuidad de los parques. Joder. Cortázar, de nuevo. Nada produce tanto gusto como releer este cuento —del que acabas hasta la polla en la carrera— al cabo de unos años. Orgasmo de golpe, en especial cuando cambia el tiempo del verbo. Pura técnica impecable. Ante los grandes, todos al suelo.
El relato de Cristina Fernández Cubas, desconocida para mí hasta el momento, no está mal. Juvenil. Bien hecho. "Chac Mool" de Carlos Fuentes cuenta la historia de un idolillo que toma vida a lo Lovecraft. No me gusta la estructura de carta a cachos, y le faltan unos cuantos adjetivos del tipo “obsceno”, “licuescente”, “imposible” y “giboso”. Sí, claro que bromeo. El final, de voltereta.
"La luz es como el agua", de Gabriel García Márquez... Niños que navegan en la luz, que rompen las bombillas para que se derrame e inunde el cuarto y cortan la corriente cuando está llena la habitación; que flotan en la luz con su bote de remos. Fantasía en estado puro, lírica impresionante, imágenes de las que se quedan en la retina. Precioso.
Javier Marías: "No más amores". Vale, Marías no es santo de mi devoción porque más que escribir en castellano parece que traduce del inglés, pero éste es un cuento perfecto y lo recomiendo. Fantasmas y vejez. Si tenéis el día tonto, os puede saltar una lagrimita, y eso que es un texto irónico.
Ana María Matute, "El árbol de oro": yo hubiera escogido otro. Matute escribe como los ángeles, pero desluce después de García Márquez.
Jose María Merino, "La prima Rosa". Aquí, aquí hay un buen Merino. Una variación de la corza de Bécquer. Más dura, menos encantadora que el original. Prefiero a Constanza —toda risas, pie pequeño, moral implacable de hada— que a la prima Rosa, que estaría muy buena rellena de jamón y al horno. El relato peca de predecible si conoces la corza.
Juan José Millás, "Ella acaba con ella": una Casa tomada al revés. Si Cortázar es grande, Millás es mediocre. Se deja leer. Le sobran las dos últimas frases y el melodrama.
Cierra la antología Juan Rulfo, "Luvina". Ante Rulfo, no se habla. Se inclina uno.
No ficción muy ficcional:
El último lector, de Ricardo Piglia. Un montón de pedanterías de lectores que leen en obras de escritores que escriben —admirable—. Lo mejor, lo que dice de Kafka. Introduce el ensayo un cuento borgiano de Piglia con el que nos demuestra que Borges es como la madre —no hay más que una—, y que la ley de oro para no ser mediocre (“Nunca seguir los pasos de un gran hombre”) no puede ser más cierta.
Introducción a la literatura fantástica, de Todorov. Leedla. Imprescindible. Un libro al que siempre se regresa.
Continuidad de lo fantástico: por una teoría de la literatura insólita, de Ana González Salvador. Fusile de otros autores; para imitarla, yo le robé la comparación entre Magritte y Escher, que podéis ver aquí.
Actas del II Congreso de la Literatura Fantástica. Una monada de libro. Enorme, violeta y editado por el Museo Romántico. Un montón de artículos, entre ellos uno de la ilustre Pedraza. El de Ferreras, un coñazo muy interesante sobre definiciones semiocríticas del género. No, yo tampoco sé muy bien lo que es, y soy filólogo. Nos indica que Maupaussant padecía de autoscopia, y como yo no lo sabía, me he flipado. Es un síndrome cojonudo, que me gustaría añadir a mi colección de cromos Panini de trastornos: consiste en verse a uno mismo, y no sólo delante del espejo, lo cual asusta ya lo suyo. Esto explicaría tal obsesión de Maupaussant con el tema del doppelgänger, pero no hacía falta. Psiquiatría y literatura: ¿hay que estar colgado para escribir una buena obra? Yo lo estoy, vaya, así que no salgo perjudicado, pero...
Teorías de lo fantástico, recopiladas por David Roas. El mejor libro que he pillado del tema después de Todorov. Con refritos pero también freiduras recientes, sin recalentar. Creo que me lo compraré; hay demasiadas cosas que citan aquí que no he leído como para apuntármelas todas...
Tesis doctoral de vampiros. Luego os digo el título. Si tuviera el estilo de una tesis lo agradecería. Pero NOOO intenta ser literaria. Comienza de este mayestático modo:
VAMPIRO
El vocablo en sí, parco en aguzada tersura que escalofría el alma, mecido en su musicalidad viscosa a la vez que liberado en vaharada fugaz, invernal, penetrante, ambarino y mullido al tacto imaginado, guarece toda una amalgama de pesadilla y pavor, una textura mesmérica que otorga cuna y seda mórbida al seno de los terciopelos más sombríos.
Puaj. Y así, seiscientas páginas. Cuánta goticidad. Perdonadme, pero que hoy en día alguien tenga los cojones de escribir como si se hubiera escapado de un posromanticismo ramplón sin quitarse las puñetas de encaje, y encima una tesis doctoral, me repugna. Lo más útil, la bibliografía. Impecable y larguísima. Yo, que no tengo ni puta idea, considero que son todos los que están, y están todos los que son.
El título de la tesis que firma Julio Ángel Olivares Merino es, atención: Cenizas del plenilunio alado: pálpitos y vestigios del vampiro en la literatura inglesa anterior a "Drácula" de Bram Stoker: tradición literaria y folclórica. ¿Veis como merecía la pena que lo dijera al final?
Miscelánea:
Lais de María de Francia. Edición bilingüe de Luis Alberto de Cuenca, muy oportuno para el 99% de la población que domina el anglonormando. Una gozada de relatos populares mezclados con aire artúrico y alabanza de corte. Un cachondeo con las sábanas de la cama que valen un palacio, con las tías que son más putas que las gallinas y las ordalías en que se demuestra si alguien es fiel o no porque un lobo le arranca la nariz. Todo el mundo folla como campeones, se dan tropecientos besos y se hacen mil gustosas caricias; altamente recomendable para los que crean que en la Edad Media estaban reprimidos. Me cabrea que editor decidiera suprimir dos lais por puro “gusto estético”. Vale, como a él le parecen malos, no permite al lector que juzgue solito.
Baladro de Merlín (Guía de lectura) del Centro de Estudios Cervantinos. Me lo agarré creyendo que era el propio baladro —hay que ver con qué atención miro los libros antes de tragarlos—, porque me encantan Merlín y la palabra “baladro”, que es un grito espantoso según el diccionario, y se aplica por lo general al que soltó nuestro Gandalf medieval cuando le engañó la jovencita —Morgaine, Morgana, Niniana o Viviana— y lo sepultó en el averno o en un árbol o en donde quiera que lo hiciera tras despojarle de sus poderes, que hay versiones para todos los gustos. Este libro es el argumento masticadito del propio Baladro, manuscrito burgalés de 1498, una de las miles de versiones de literatura artúrica que pululaban por Europa, traducción de uno francés. Yo, que considero la peli de Excalibur mi vulgata artúrica y la Verdad Verdadera, me enfado porque en este libro Morgana no es la madre de Modred, sino una tal Elena que carece por completo de carisma y de artes mágicas.

Mirad que me gusta Excalibur, joder. Aunque Morgana sea rubia y Mordred lleve una armadura que lo convierte en Cupido. En esa peli yo descubrí el O Fortuna de los Carmina Burana. Que “cármina” debe llevar artículo plural porque es cánticos en latín y que la palabra es esdrújula lo averigüé mucho después; por eso ahora muestro mi pedantería y os lo cuento.
La ascensión del gran mal, de David B.

Se ve de pena; no se puede leer. Mejor. Compradlo. La ascensión del gran mal es uno de los mejores cómics que he leído en mi puta vida. A la altura de From Hell, de Maus, de Cages, y posiblemente por encima. No debería faltar en ninguna tebeoteca. Durísimo, morboso, tétrico, con un tono surrealista y muy sincero. Es un texto crudo y caliente todavía; recién cazado. Trata sobre la epilepsia del hermano del autor, sobre el monstruo que lo devora y lo destruye y la búsqueda de una cura pasando por todas las ramas de Nueva Era con un humor negro espantoso. Comida macrobiótica, masajes, meditación, espiritismo, comunas, ciencia, operaciones, pastillas. La ruina y desaparición de un ser humano por una enfermedad en la que se deja caer para evitar tomar las riendas de su propia vida. El horror en estado puro. Tremendo. Son seis tomos y el primero es francamente flojo; si os atrevéis con esta obra, no apta para todos los estómagos, pillad todos de golpe y empezad a sentir a partir del segundo volumen esa maldita incomodidad en la tripa que producen los autores realmente buenos. Disfrutad de la literatura incómoda. De la que te quita cosas. (Y SÍ, EN UN TEBEO. ¿Algún problema?).
Bueno. Pues ya me he librado de unos cuantos. Como podéis observar, leo sin ningún criterio, lo que me da la real gana y a mucha honra.
Con esto y un bizcocho... hasta que me apetezca volver a actualizar.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007











eltioantonio dijo
Una extraña y selecta selección -valga la redundancia- pero es la única forma de explorar nuevos mundos literarios e impregnarse de ellos. En estos momentos leo de Arto Paasilinna "Delicioso Suicidio en Grupo" y por la mitad y por continuar como cada día: "Viaje al Fin de la Noche· un clásico a no dejar de Louis Ferdinand Celine.
Un saludo señor escritor
15 Junio 2007 | 09:44 PM