La Pila crece y crece, y yo leo como un capullo, pero como un capullo vago que según lee decide que ya escribirá el comentario más tarde. “Un lunes me levanté para escribir un martes, pero como el miércoles vi que el jueves iba a llover, me dije el viernes: ¿para qué escribir el sábado si el domingo es fiesta?”. Ya os lo conocéis, y más los dichosos que aún empollen esforzadamente en facultades e institutos.

Las críticas que quiero hacer se me acumulan y los libros que he leído se me olvidan, pero me dije: “De hoy no pasa”. Así que, señores, vamos a echarle un vistazo a velocidad absurda a los últimos textos que he leído y que a nadie le interesan salvo a mí. Dividimos en novela, cuento, no ficción y miscelánea, por ejemplo.



Novelas:


Fantasmas, de Palahniuk: cuentos excelentes mal encajados. El mejor es el primero, “Tripas”, altamente desagradable, escatológico, repugnante, intenta subirte el vómito y lo consigue, sólo apto para enfermos como yo. La mejor definición que he leído de Palahniuk, para que os hagáis a la idea, es ésta:

“Palahniuk no engaña. No creo que pretenda escandalizar a sus lectores, creo que se conforma con fastidiarnos la cena”.


Juas.
La idea general de este libro es muy buena: una Villa Diodati de escritores que se acaban automutilando para conseguir la fama y mostrar lo mal que lo han pasado y que todos los aclamen, pero es completamente absurdo el proceso y nunca acabas de entenderlo. La acumulación de bestialidades consigue saturar y hace que no nos sorprendamos. Desde que se empiezan a cortar partes del cuerpo aburre. Aquí hay una crítica detallada con la que estoy por completo de acuerdo. Copiar y pegar estaría feo: id a leerla.
En resumen: novela marco de peña que se reúne y se cuenta historias; no me gusta el marco pero las historias, cojonudas. Lo hubiera preferido sin la excusa, un cuento detrás de otro. Pero claro. Ya sabemos. Una novela vende más que una recopilación de cuentos.

La voz cantante, de Eloy Tizón. Hay libros ligeros; tan ligeros que los tiras por la ventana y salen volando mientras agitan sus pastas de cartoné. Éste es uno de ellos. Es bueno, pero creo que dentro de un tiempo habré olvidado hasta de qué trataba. Veréis, Tizón escribe bien y La voz cantante empieza genial. Hay un diablo en el metro, enfrente del protagonista. Parece un tipo perfectamente común, pero le muestra al revisor una flor en lugar de un billete y tiene un tic en el labio superior. Mola, ¿eh? Claro que mola. Luego hay un recuerdo espantoso del prota acerca de la matanza de su gallina favorita en el pueblo de sus abuelos: el animal decapitado echa a correr y se refugia en la cama salpicándolo todo. Entonces, el chaval ve al diablo, ahí, junto a la ventana. Fabuloso; me encantó. Siguiente capítulo: otro recuerdo. El chaval alektorofílico —mira que soy pedante: amante de las gallinas, vaya— decide hacerse prestidigitador. Se venda los ojos y se sube a la azotea. Se dice que si pasa toda la cornisa sin ver, será un gran mago y se habrá demostrado que su vida merece la pena, y más aún si nadie sabe jamás que ha sido capaz de hacerlo. En la cornisa también está el diablo. Magníficamente escrito, pelos de punta, el aliento contenido. Yo me frotaba las patitas. Me decía: fantasía oh sí fantasía, fantasía española, no ida de tiesto, fantasía en la tierra, de la que a mí me gusta... Pues no. Gatillazo.
Tizón tuvo que darle un giro a la novela e introducir a la señorita en danza. Y entonces el libro pasa de ser una construcción a partir de la memoria fragmentaria y el mal mínimo que habita en los pequeños detalles a una historia de amorío juvenil —un tanto increíble— que pretende llegar a pequeña tragedia y se queda en pequeña. Las páginas empiezan a destilar miel, fructosa, azúcar de cáñamo y remolacha y el libro deja de ser apto para los diabéticos. El diablo sigue apareciendo en otras formas, pero me daba tantas patadas el exceso de dulce que ni le prestaba atención. Además, llamadme quisquilloso, pero hay demasiadas cosas sangrantes, sangrientas y sanguinolentas, aparte de la gallina. No me molesta porque me entren aristocráticos desvanecimientos si me toca hacerme un análisis —la casquería no me afecta lo más mínimo; de otra forma no leería a Palahniuk— sino porque Tizón utiliza esa serie de adjetivos para todo lo que se mueve y lo que se está quieto. También me incordia la captatio benevolentiae del narrador, que de continuo dice que no sabe escribir. Coño, pero sí que sabes, así que no hagas que tu personaje en primera se disculpe, porque vale que lo hiciera el protagonista de Historias del Kronen, que realmente no sabe escribir, pero tú sí; no me jodas, que encima lo haces tres veces. He dicho. (Aparte, es un buen libro.)

Las siete columnas, de Wenceslao Fernández Flórez. Seguimos con diablos. Aquí es cuando comprendes que este hombre sólo quedara en la historia de la literatura con El bosque animado —que recomiendo vivamente, una gozada, aunque algo juvenil—. Las siete columnas tiene su gracia, su humor e ironía, pero es prescindible. Trata de que el demonio se cansa y decide desterrar los siete pecados capitales del mundo, y éste se desmorona porque la lujuria, la avaricia, la gula y demás eran en realidad los motores y sostenimientos, los pilares de la sociedad. Lo más logrado, el primer capítulo, en que el eremita conversa con un diablo de lo más miltoniano que se queja de que sólo puede hablar ya de religión con Dios en este mundo tan ateo.

Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset. De no parar de reír. Hasta que se te saltan las lágrimas. Desternillante, políticamente incorrecto, agilísimo, gamberro y antipático. Humor canalla y chusco bien escrito. Valoro mucho a los escritores humoristas; no en vano me considero uno cuando la noria está arriba. Tusset sería tan divertido como Mendoza si supiera terminar las novelas. A partir de la página 200, cerrad el libro. Eso sí: se le ve demasiado costumbrismo (la bichaaaaaa) y los chistes de traca no tienen puta la gracia a la segunda lectura —sí, hago dos con todos los libros, la segunda a salto de mata y sólo para vosotros, para hacer la crítica, lectores míos—, pero el humor no sorpresivo, el fino, inteligente, el que no es de corte y puñada en los morros, sigue siendo válido. Un ejemplo:

Me gustaría decir que esa noche se me apareció la Virgen, pero temo se me anote al debe la denominación mariana. Pongamos que se me apareció una Deidad Femenina versión 3.0 con escafandra autónoma y traje presurizado, pero a todos los efectos era la Virgen María, uno reconoce el arquetipo aunque no lleve tules.


¿Qué? ¿No os hace gracia? No tenéis ni puta idea. Seguro que tampoco os gustan Les Luthiers.

El secreto de los dioses, de Jesús Ferrero. Bastante, bastante bueno, aunque este tío no me caía muy bien porque a saber cuántas rodilleras gastó para aparecer en la colección de las Cien Mejores Novelas del Siglo XX de un periodicucho con su Belver Yin, pero no hay que tener prejuicios: El secreto de los dioses es una especie de best seller histórico —pero escrito como un libro, no como un producto—, que parte de Sócrates y nos lleva de la mano por la historia a través de un manuscrito que se va ampliando con nuevos textos. Borgiano. Pesa un poco el continuo cambio de personajes por capítulo. Lo mejor, la escena de la cárcel y el juego de ajedrez humano. Aunque huela el tópico.

El tío Goriot, de Balzac.

Estoy ya mayorcito para realismos y los trago mal. Sencillote, aunque no dudo de su importancia y calidad. Pero joder... Tanta sociedad parisina, bailoteo, guante, pensión, deuda, aristocracia y protagonista simplón que quiere ascender socialmente me cansan. Miseria humana poco creíble. Los buenos, gilipollas. Los malos, muy malos. Tan malos como en una peli del oeste. Mefistofélicos y hasta pelirrojos. Ya sabéis de qué hablo.

El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite. Narrativa fantástica en clave de voz femenina pero sin gilipolleces. Se hilvana un recuerdo con otro, hay una aparición misteriosa mefistofélica, miles de autorreferencias en el interior y SOBRE TODO honradez. No honestidad, que la honestidad es de cintura para abajo y no me interesa un pimiento —prefiero que la gente vaya en bolas y todos follen como bonobos, que hacen más gimnasia en comuna que los conejos—; lo que me gusta la honradez. Me toca las pelotas cuando la pedantería es gratuita. Aquí no lo es. Viene de dentro, está asumida y masticada. No hay impostura alguna. Martín Gaite hizo una novela de vueltas y revueltas porque le salió así, porque lo pedía la historia, no porque meditara que escribir eso era muy moderno y postmoderno y progre.

Carmen de Mérimée. ¿Qué cojones haces leyendo esto, Al? Bueno, vi un librito diminuto y rosa y me dije: ah, esto es literatura pornográfica de la que a mí me gusta, voy a cogerlo; 96 páginas, se lee en media hora, puede ser una paja agradable. Y no, era la obrita en gran parte culpable de la visión de España como el país del toro, la gitana y la pandereta. No lo solté como si me hubiera quemado porque Mérimée es el autor de La venus d’Ille.
Debo decir que me ha sorprendido porque es una delicia de librito, dejando a un lado que el tema me la fuma y el gabacho lo mira todo desde su óptica superior de civilización. La verdad es que el personaje de Carmen está magníficamente construido, gitana del romanticismo con alma de gato y de demonio del bosque. Lo recomiendo. Sí, en serio. A pesar de las castañuelas, los bandoleros, los toritos y el crimen pasional de "Te quiero y por eso te mato", cuatro cosas sobre las que esparzo mi más sincero desprecio y, según lo que haya merendado, mi más sentido vómito.

El post ya es inmenso. Claro, llevaba sin contaros mis lecturas desde el 9 de abril...

Pues nada. Mañana os torturaré con los cuentos, la no ficción y la miscelánea que me he tragado últimamente. ¿Podréis resistiros?

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007