La Coctelera


5 Junio 2007

Teseo y el revisor del gas.

Seguimos trotando a cuatro patas, siempre en movimiento y con el hocico apuntando a la luna. Persiguiendo la presa como lobos, agotándola hasta que caiga.

Intentando publicar mi libro, claro. Ya vale de metáforas sobadas, y digo sobadas porque las dos frases anteriores pertenecen a mi novela, Politeísmos ©, Todos los Derechos Reservados, Prohibida la Reproducción Total o Parcial de la Obra y demás pijadas que en el fondo me la fuman (Aullad, malditos: ¡¡¡MUERA LA SGAE!!! Faltaría: sólo hasta el momento en que mi obra circule por internet, que entonces me tocará la moral que la leáis sin pagarme y os montaré un puro de cojones; eso si es que no la subo yo para ponerme el pleito a mí mismo: siempre he deseado padecer del Trastorno de Identidad Disociativa y ése sería un buen comienzo).

Tengo misteriosas noticias sobre una misteriosa lectura no oficial de una editorial misteriosa, pero no entro en detalles todavía PORQUE NADA ES SEGURO. “Al, hijo de puta, ¿entonces para qué actualizas?”. Pues para contaros otra de mis muchas y trepidantes aventuras, que no os aburráis y penséis que me he muerto. No caerá esa breva. Aún. El malditismo me pone un huevo; no os sorprendáis si una vez publicada la obra el que suscribe hace con que se suicida de manera decorativa con media botella de absenta y tres cajas de aspirinas. Es decir, sin suicidarse, claro; pero diciendo que lo hace, desvaneciéndose de forma elegante como las doncellas en los libros de caballerías y cotilleando después los comentarios, para parafrasear a Mark Twain en el entierro y ser apaleado por anormal.

Cachis. Ya lo reventé; no voy a poder hacerlo.

He conocido a una agente literaria. Charlamos amigablemente durante lo menos siete segundos, pensó que yo era un psicópata y que venía a matarla. Después agarró El Ladrillo —mi novela es de más de trescientas páginas en su espiral, unas seiscientas y tres picos en formato libro, para que os hagáis a la idea—, sonrió de manera forzada y pensó: “En cuanto este asesino en serie desaparezca del rellano, cambio las cerraduras, el telefonillo, el conserje, mi lugar de residencia, la ciudad, el país y el cartero. Y me compro tres dóbermans”. No lo dijo en voz alta; yo le podría haber prestado los míos, aunque son tan inútiles para el combate como el portero de su casa. Sin embargo, las palabras que surgieron de su boca fueron: “Te contestaré en dos meses”. Lo que tardará en mudarse, sin duda.

Empezaré la historia por el principio: presentándome. Soy un escritor perfectamente común, estoy colgado y hago muchas tonterías. Una de las más gordas es la que os voy a contar ahora mismo. Yo ahí, genio y figura, metiendo siempre la pata hasta el corvejón y luego removiendo hasta que tiro el cubo.

Me planté en casa de una agente.
Sí. En su casa.

Estaba el del gas.

Conseguí la dirección de todos los agentes de España sin problemas —internet es algo maravilloso—, pero no venía más que la calle, con su número y apartado de correos para mandar el manuscrito. Pensando ahorrarme el envío certificado, agarré la lista de los madrileños, me fugué del curro con la Socorrida Excusa de tener que someterme a una colonoscopia y salí por piernas hasta el culo del mundo, más o menos donde Cristo perdió el mechero, a tomar por saco, en las afueras y aledaños, where no man has gone before. Llegué tras diversas peripecias tales como enfrentarme a un dragón que escupía fuego y tomar el metro y tres autobuses —arriesgadísima hazaña, y encima me pasé y tuve que volver sobre mis pasos andando—. Esperaba encontrarme una oficina y dejar el manuscrito entre los cientos a una secretaria, porque soy gilipollas perdido y pienso con ciertas zonas de mi anatomía que debería guardar bajo los calzoncillos —¿me referiré a la polla? ¿Me referiré al culo? Hay preguntas cuya respuesta es mejor que no conozcáis—, pero me topé con la iglesia contra la que se estontonó don Quijote: un Castillo Inexpugnable, complejo residencial con quince edificios, piscina cubierta, saunas privadas, campo de baloncesto, fútbol sala, minigolf y amplia extensión de césped con casita de jardinero, rosal chino, bonsáis japoneses, cancha de tenis, de pelota vasca, críquet y bolera, picadero con doce caballitos árabes pura sangre así como reducto de pádel o como se escriba eso a lo que juega la jet. (Sí, exagero. Es para que no sepáis dónde es, pero tampoco creáis que lo inflo mucho). Estuve unos veinte minutos ante una puerta que no envidiaba la de Alcatraz, paseando en torno al recinto —sin conseguir rodearlo— como un lobo enjaulado que pierde el sentido y ya no sabe en qué lado de los barrotes se encuentra y si desea entrar o salir. Y a puntito de darme la vuelta y cagándome en todo lo que se mueve sucedió el milagro. La serendipia. La alteración del orden natural del cosmos. No, no llegó Paulo Coelho, a dios gracias.

Entre luces de discoteca —las epifanías deben adaptarse a los tiempos—, envuelta en finísimos y vaporosos velos, cabello al viento y carne rosada, cayó del cielo Ariadna. Con Virgilio, el Lazarillo de Tormes y un perro de la ONCE. Todos juntos, en feliz sincretismo, disfrazados de mono azul bajo la hipóstasis de un revisor del gas. No me jodáis, si hay cuatrocientas versiones de la Virgen Santa y Bendita, incluida la negra y la que lleva escafandra, por qué no va a poder Ariadna presentarse en figura proletaria.

Tardé en reconocerla. Me pasó como a Eneas, que no supo que la doncella tiria del coturno era su madre Venus hasta que le vio el culo; yo no supe que el revisor del gas era mi musa salvífica hasta que le vi los papeles.

En los papeles del revisor del gas figuraban, en primer lugar y con letras de oro —bueno, boli bic— el nombre y apellidos de la que nunca será mi agente, junto con su portal, escalera, piso y letra.

Regresemos a la acción: yo estaba en la puerta vallada mirando con cara de póquer el complicadísimo telefonillo (de los de número, letra, campana, número, letra, campana y demás combinaciones dignas de Misión Imposible). Se produjo el suceso sobrenatural e intenté parecer despistado y confundido y, pese a mis nulas dotes de actor, lo conseguí porque realmente lo estaba. Entonces interpelé a mi Ángel de la Guarda —el revisor del gas— con un: “Buenos días. Vaya fregado de telefonillo, no lo entiendo”. Y Ariadna sonrió y dijo con una voz de camionero fumador adicto al anís que me sonó a confitura y mieles deslizándose sobre el crujiente dorso de una rebanada de pan (hasta me entró apetito): “Sí, está complicado. Vamos a ver si averiguamos cómo va”.

Y destejió su hilo. Las hojas aleteaban como palomas al compás de las manipulaciones del timbre. Tardó lo suficiente como para que yo pudiera cotillear y memorizar los datos, a pesar de los aspavientos, que hacían la tarea harto más entretenida.

El conserje estaría tomándose unas birras, supongo, porque pasé a la urbanización tras el del gas, alegremente. Y le seguí hasta el portal con la misma alegría. Y me abrió, diciendo: “Vaya, ¿vas al mismo edificio?”. Asentí, trepé los escalones de un piso a pata para desaparecer de su vista y no resultar tan llamativo, volví a bajar, me oculté entre las sombras, huroneé por el portal, las alfombras, las plantas de plástico y los jarrones chinos, sin saber muy bien dónde me había metido. Conté hasta sesenta, me agarré las pelotas y subí en el ascensor.

Llamé a la puerta de la agente con mi santa cara, me abrió la buena mujer y aparecí en su real casa. EN SU CASA. Os juro que yo todavía creía que me iba a encontrar con una oficina de las extrañas que están en un bloque. Ella —en bata y zapatillas— me miraba con cara de “¿Y tú quién coño eres y qué haces aquí?”. Yo sonreí como un gilipollas e intenté parecer inofensivo.

No lo conseguí.

Le dije: “Perdone, contacté con usted por correo electrónico. Le traigo la copia de mi novela. Siento molestarla, pero es que soy pobre. Así me ahorraba los ocho euros del envío”. Ella torció la cabeza; era una presentación digna de un personaje valleinclanesco. No reaccionó mal (una agente está acostumbrada a tratar con escritores, y un escritor está acostumbrado a tratar con trastornos psiquiátricos) así que me dijo con intención de cumplir: “Perdona que no te invite a pasar, es que está el del gas”. A mí no se me ocurrió otra cosa que responder: “Ya, ya lo sé”. En ese momento, escuché claramente un chasquido rítmico de palomitas de maíz en el microondas: deduje que eran sus neuronas. Antes de que le explotara la cabeza y me pringara con la materia gris y la blanca, desmesuré los ojos, sacudí el cuello como un perro que se seca y le dije que de ninguna manera quería molestarla, que ya me iba y que de verdad pensaba que me iba a encontrar con una oficina y que mil perdones y disculpas y bulas papales. Me rebotaba en las sienes la frase siguiente, tanto que no sé si la pensé o la dije en voz alta (de perdidos al río):

“Puede que en ese mismo instante esté usted pensando que yo estoy como un rebaño de cabras. Cuando lea mi novela SE CONVENCERÁ DE ELLO”.

Y huí precipitadamente por las escaleras.

Esto sucedió hace ya unas semanas; me lo callé por esa cosa que llaman discreción, virtud que me resulta tan desconocida y ajena que a veces la escribo con dos ces.

Y no tengo noticias, claro. Ni las tendré. No cabe duda de que le causé una impresión. Ahora, cuál...

(Y sí, estoy contento y saltarín. La historia de arriba es cierta, literaturizada lo justo por mis culpables patitas. Y me importa una mierda haber hecho el ridículo. Ya os he dicho que tengo últimamente buenas noticias por otro lado. Pero como siempre, serán como los globos: se pinchan.)

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Wildkatze

Wildkatze dijo

Sencillamente genial. Te has superado. De todas formas, hubiera sido más sencillo y menos interesante si hubiera estado el portero. Sé de lo que te hablo, el 90% de porteros son sudamericanos que les suda la punta del cimbrel quién seas, donde vayas y si tienes una novela o una caja de bombas en las manos. Me hubiera encantado ver la cara de la tipa cuando te abrió la puerta.

5 Junio 2007 | 11:26 PM

Álvaro Naira

Álvaro Naira dijo

¡Eh! Sólo tolero las generalizaciones con los góticos -que TODOS son gilipollas-. Yo incluido.
(Aunque no sea gótico.)

Todos los porteros hacen mal su trabajo, sea cual sea su procedencia.

Y sí, su cara valió millones. Creo que pensó que había una cámara oculta.

5 Junio 2007 | 11:36 PM

Wildkatze

Wildkatze dijo

Naira, conozco ese mundillo porteril mejor que tú. Y si te digo que el 90% de los porteros son sudamericanos a los que le suda la polla quién entre y salga, es porque es verdad. el otro 10% se compone de porteros que aunque hacen mal su trabajo, te preguntan a dónde vas. ( sean sudamericanos, españoles o de donde sean) No es racismo, es la verdad. Ese puesto de trabajo lo ocupan en un grandísimo porcentaje sudamericanos, qué le vamos a hacer.

5 Junio 2007 | 11:46 PM

Serendipity

Serendipity dijo

"Avon, llama" ... jajaja, que bueno. Eso si que es vender puerta a puerta. Ojala cuele y la Serendipia del gas sea para que el globo suba y suba y no se pinche a no ser que sea como una piñata, llena de regalos y pelas, mucha spelas, para usted, Sr. Naira.
Mucha suerte y ya nos contaras.
Un besoteeeeeeee aullador y lunero!!!

7 Junio 2007 | 12:32 AM

Ausente

Ausente dijo

Dicen por ahí que el mundo es de los que se arriesgan.

Mucha suerte, y ¡¡¡ole tu huevos!!!

7 Junio 2007 | 11:11 PM

Álvaro Naira

Álvaro Naira dijo

El globo se pinchó, me temo. Ya os daré detalles, aunque sería más inteligente por mi parte no darlos.

Gracias por pasaros por aquí.

8 Junio 2007 | 10:29 PM

Azaroa

Azaroa dijo

Eyy, yo me tuve que colar en diversos edificios para hacer un trabajo!! (esque si tocabas al telefonillo diciendo "estudianteee" me decían que no había razón T_T) Así que soltaba un convincente "Cartero Comercial". Una de esas me preguntaron que a dónde iba ò_ô... le dije que al buzón ^^U.

Bueno, que yo venía a decirte que no te rindas... que yo llamé a una podología para hacerle fotos al patio interior y me abrió una mujer en albornoz y pantuflas también.. jeje.. ¿Porqué la gente curra en casa?

En fin... que lo del lémur me lo han dicho varios colegas, aunque también se repite mucho "ardilla", "loba/perra" (por lo menos no me soltaron lo de "zorra, jojojo" ¬¬), e incluso me han llegado a decir que una pantera!!! yo alucino con la gente.. xD. Pero como el factor de animal-ido-de-pinza lo cumple mejor el lémur... bienvenido sea, jeje.

Un abracete, lobito, no te espantes con los problemas que puedes con todo!!

11 Junio 2007 | 09:48 AM

Álvaro Naira

Álvaro Naira dijo

Esos animales que te dan tus amigos indican sólo cómo te ven los demás. Lo importante es cómo te veas a ti misma :P

11 Junio 2007 | 12:38 PM

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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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