Mentar la bicha (El monstruo que hay debajo de la cama I).

Debajo de toda cama de escritor yace, no muerto sino durmiendo, un Monstruo Indeciblemente Feo. Cuando acabas una novela, debes ejecutar el ritual establecido: la imprimes, le pones la espiral, caminas hasta el altar, te persignas, te arrodillas, aprietas con tu frente la tarima y se la entregas, sin osar contemplar nunca ni las pelusas que nimban a tu demonio particular. Tu libro se queda ahí, en su reino: entre los maletones de plástico atiborrados de tebeos, de folios sucios y de carpetas. La novela es una ofrenda para que el Monstruo se alimente y te deje en paz, porque requiere sacrificios para estar contento. La devora poco a poco; a veces tarda más y a veces menos. El Monstruo es horrendo y le tienes miedo. Puede ser negro, gris, verde, irisado, fucsia, licuescente, con tentáculos, sin ellos, gomoso, peludo como un conejito, mínimo, descomunal, inmenso; según el día. Cambia de forma, como Proteo.
¿Qué? ¿Alguien no pilló la elevadísima referencia supracultural? Pues busquemos una expresión equivalente en el panteón contemporáneo.
Cambia de forma, como Mortadelo.
Los lunes y miércoles el Monstruo roe con complacencia tu texto; lo desgusta y paladea, arranca cada fibra de pulpa de papel, araña letra por letra y babea burbujas de saliva que corren la tinta: es de su agrado. Los martes y jueves lo destroza con los dientes, tritura adverbios y preposiciones al tiempo que ruge como un diablo de Tasmania. De cuando en cuanto, regurgita la papilla de un párrafo. Saca la lengua y vuelve a tragarla. Los viernes lame verbos y sustantivos y ronronea. Los sábados chilla igual que una lechuza y sacude la cola de escorpiones; hace pedazos diálogos y te descuartiza si te encuentras cerca. Los domingos llora como un niño que se ha perdido en un centro comercial y se abraza al ladrillo de hojas trizadas y se consuela.
Por cierto, el nombre del Monstruo es Tiempo.
Los libros tienen que reposar. Es así. El problema es cuando el Monstruo vomita tu obra. Después de unos meses, de un año, incluso dos. Normalmente, ha quedado irreconocible. No se parece en nada a lo que querías. Ese aborto no es tu hijo. Avergonzado, lo devuelves a las profundidades del abismo.
Y tu libro se queda debajo de la cama.
Eso es lo habitual.
Ya dije que con Politeísmos no me ha pasado eso. Hice justo lo que deseaba, como si estuviera completa en mi cabeza y sólo tuviera que irle quitando la mierda bruñendo sustantivos y recortando adverbios. “Cojonudo, Al”, diréis. “Pues síguete moviendo y colócala en una editorial”. En eso estamos, pero no es de lo que quiero hablaros. Me ha pasado algo peor todavía.
Cuando el Monstruo me ha devuelto el texto, venía moqueado por el Resabio Académico. Y pringaba, creedme. Los dedos se te quedaban adheridos a las hojas. Por más que intentabas limpiarlos, los chorretones blancos de aristocrático semen facultativo dejaban círculos indelebles, como los rotuladores de los Petersellers. “¿Es grave, doctor?”. Pues lo es. La última vez que sufrí esa enfermedad me tiré seis años sin escribir una letra. No importa; se pasa. A la velocidad a la que gira la noria, mañana habrá desaparecido. Pero ahora, en este mismo instante, me jode. Y mucho. Y afecta a mi forma de escribir.
El Resabio Académico es una dolencia crónica que se contagia en la facultad de Filología a través de los libros, los profesores y los cruasanes con mantequilla de la cafetería. Prospera en alumnos impresionables y cándidos, talentosos, que sacan matrículas y suspenden a partes iguales según lo que hayan dormido en las fechas de exámenes y lo que se la pele la asignatura y el que la imparte. Cuando te licencias, los síntomas se enmascaran pero la enfermedad permanece latente. Vuelves a leer lo que te sale de la polla y con esos anticuerpos se controla el virus. Consigues escribir. Por un tiempo, el Resabio Académico no te afecta. Vociferas a todo el que quiera escucharte un “Que le follen a la literatura aclamada por la crítica”. Te sumerges en bodrios que están escritos con los pies pero son muy entretenidos. Escupes en nombre del postmodernismo y ves películas de hostias y El señor de los anillos. Te desintoxicas de exquisiteces. Haces una falla con los apuntes —claro, los pasaste a limpio, freak, qué importa que quemes los sucios—. Pero el Resabio Académico siempre regresa. Y más si acudes a buscarlo, alma de cántaro. Hay que dejar los sitios, como Delirio. Allá por donde has pasado, no vuelvas.
Todo esto, a raíz de Historias del Kronen. Verídico, y mira que ya está pasado y enterrado el librito. Cuando alguien hojea —no lee— tu libro y te dice: “Esto es un poco Kronen, ¿no?” la indignación sube de volumen hasta que te atruena los tímpanos. ¿Es Kronen? ¿Por qué? ¿Porque hay bares madrileños, drogas y chavales adolescentes? ¿Es ésa la historia? ¿Sólo ésa? Y un cuerno. Eso es la tramoya, que lo mismo podría haber puesto una maceta y una silla, como en el teatro minimalista.
Pero luego, meditas. Y te flagelas un rato, que siempre es oportuno y saludable.
Es que decir “Kronen” es mentar la bicha, señores. Para ustedes Historias del Kronen puede que sea la gran desconocida y justísimamente olvidada. Para un filólogo, es el Anticristo. Se trata de una novelita sin trascendencia cuyo valor es sociológico y costumbrista, y que desgraciadamente trajo cola. Mañas, Loriga, Etxebarría —de los enemigos ampáranos, señor—. Literatura juvenil, literatura femenina, literatura de sex, drugs and rock ‘n’ roll escrita generalmente con el culo (Loriga un poco menos, tengo el vago recuerdo). La generación X americana, que dio algunas figuras no del todo desdeñables —Palahniuk—, se guisaba en la península al socaire del cocido y la olla podrida. Y los garbanzos, además de ser comida prosaica y proletaria, dan gases y repiten. La poderosa maquinaria editorial se lanzó a la piscina, y aparecieron criaturitas como Violeta Hernando, una niña de catorce años que publicó su textito —hoy en día no pasaría eso, los nenes se entretienen con los blogs y el myspace del messenger— y vendió como una cabrona; increíble y pobrecita. Eso es el mercado editorial. El costumbrismo mola. Contar chorradas que pasan todos los días con lenguaje superficial es facilón y gusta al gran público. La no literatura. El baby-boom. Vender. Triunfar. Figurar. La bicha.
En mi humilde opinión, toda la puta generación Kronen fue una bazofia. Sus historias se cuentan con una caña entre tres colegas. Y respecto a la literatura de género —corríjase por sexo, que el género lo tienen sillones y sillas— puedo resumir mi veredicto con una grosería de las que tanto me gustan, que es la siguiente:

Ahí queda eso; Alvarito siempre haciendo amigos. Despellejadme: lo pienso. Yo no soy nadie, gracias a dios —con minúscula— y mis dictámenes literarios compiten en importancia con los del cartero comercial que me deja en el buzón papeles de un restaurante chino.
Y todo esto, a raíz de Politeísmos.
Los que me siguen desde hace tiempo saben que es una novela de fantasía realista, que trata de enclavar la religión totémica en un sector de la sociedad juvenil actual —y lo consigue—, que parte del día a día para llevarte al mito en volandas. Que crea un sistema mitológico satisfactorio, que permite alejarse de la repugnante rutina y soñar un ratito. Además, puede hacer pensar y todo. Y hasta cambiarte la vida.
Vale. Pues eso tiene un nombre. La primera parte, me refiero: la puesta por escrito de la forma de vida de un sector de la sociedad juvenil actual.
Eso se llama costumbrismo. Y el costumbrismo es LA BICHA. Hay que pisarla y destruirla. Porque el costumbrismo no es literatura, no. Es la pura facilidad. Yo soy el primero que lo piensa y lo predica.
[Destapó la caja de los truenos del miedo al Kronen el libro de Luis Mancha (todas las citas son de ahí, tabla incluida). Lo recomiendo. He aprendido más del mercado editorial con este estudio que en todos los meses que llevo dándome hostias contra las puertas del mercado.]
Leamos a algunos señores, que saben más que yo —lectores míos, a cada día y cada libro sé menos cosas, y las que sabía, las olvido—. Desgraciadamente no sabemos quiénes son estos críticos; el recopilador se cuidó muy mucho de decirlo, supongo que para no levantar ampollas.
Y ahí reside el triunfo de algunos de estos autores costumbristas, en el sentido de que es mucho más fácil conseguir un gran público cuando estamos hablando de lo que todo el mundo conoce. A alguien le resulta más fácil digerir una novela que habla sobre crisis matrimonial, de manera muy liviana, sobre los problemas del trabajo, sobre la crisis de la madurez, porque es algo que hemos padecido o que conocemos por gente cercana. Ése es un principio muy claro de identificación. Y el placer de la identificación reside ahí. Pero no creo que la literatura sea ponernos por escrito lo que estamos viendo todos los días, sino rascar lo que hay por debajo de eso.
Vale. Todos de acuerdo. Los escritores de los que no habla ni falta que hace todos sabemos quiénes son, y llevan la mediocridad a gala. La siguiente opinión es un poco más hija de perra, y a mí me hace más gracia:
Lo de la literatura es más sutil que lo de las telenovelas, porque además tiene una trampa: a usted le ha resultado fácil leer esta novela, lo ha comprendido todo, porque en el fondo estamos hablando de cosas insustanciales, de manera insustancial, pero a diferencia de las telecomedias o de los culebrones, usted no es un subnormal profundo, sino que es una persona con sensibilidad estética y con afán de trascendencia, porque esto está escrito, no es visto.
Juas. Chapeau.
Hay una cosa en la que cae muchas veces el best seller de este tipo, donde el lector ve algo, donde se ve retratado el lector y su mundo. Pero no le está diciendo nada nuevo, le está diciendo algo que él ya sabe, pero eso es como muy gratificante. Yo creo que la novela nunca debe ser gratificante, debe ser perturbadora.
Y... sí. Pero no siempre. ¿La Alta Literatura es sinónimo de literatura incómoda?
Hemos entrado en la dictadura de las editoriales que quieren vender y se han propuesto crear un tipo de lector concreto, que lee esas cosas. ¿Qué cosas? Pues ahora mismo sólo hay dos opciones: novelas de tipo juvenil y de tipo femenino. El lector o la lectora leen estas cosas, o bien se identifican con ello, lo cual es muy chachi, mira cuánto sufre este personaje, le pasa lo mismo que a mí, o bien: esto a mí no me pasa. Es la identificación y la desidentificación. Es lo que no hace un lector de literatura. Un lector de literatura lee para gozar: con el lenguaje, con la historia, con el personaje.
Y comenta un escritor (¿quién será?):
—A mí el costumbrismo no me interesa lo más mínimo.
—¿Qué es costumbrismo?
—Es la literatura que se limita a reproducirte la vida tal y como es, con sus modismos, y detrás no hay nada más que hacerte un retrato hiperrealista de lo que es eso: un fin de semana de tres oligofrénicos que viven en La Moraleja (se refiere, claro, a Historias del Kronen).
Yo esa afirmación la aplaudiría. Pero no porque me joda leer un relato hiperrealista. Eso simplemente me aburre. Me jode la falta de calidad, y punto. El tema del que se habla me la pela, y la identificación me puede o no hacer gracia: indiferente. Hay poemas válidos sobre mujeres que hacen la compra. Hay literatura sobre un cubo de la basura y una oda a una sandía. Parece que lo que molesta no es la falta de esfuerzo y el no contar las cosas como dios manda, sino las chupas de cuero. Venga, todos juntos: ¡a escribir novelas de la Guerra Civil! Vamos, hombre. Eso es tarimesco. Eso es reaccionario. Eso es de sangre azul, casi de ultraderecha y de boina y cachaba. Eso es ridículo.
De esa manera, la “cofradía del cuero”, se ha calificado irónicamente a un determinado núcleo de autores nuevos fuertemente impregnados de la estética rock y la cultura de la imagen. Sus relatos muestran un cierto malditismo, con proclividades canallas, y giran en torno al sexo, alcohol, drogas, el rock, la carretera y la violencia. Su estructura suele ser anárquica y fragmentaria y su lenguaje funcional y directo aunque a veces aspira a tonalidades líricas. Las deudas con la literatura norteamericana, incluido el realismo sucio y la novela negra, son evidentes. Tan evidentes como las contraídas con las letras del universo del rock.
Asiento de forma convencida cuando me dice que no le gustan porque tienen una estructura absurda y un lenguaje funcional —aunque le pongo pero: el lenguaje debe ser SIEMPRE funcional, primero. Luego, debe ser más cosas—, pero me entra la risa cuando critica que estén influidos por la música. Y encima el “rock”. Ah, qué malos. Satánicos y de Carabanchel. Una vergüenza. No sé a vosotros, lectores, pero me recuerda a la crítica descacharrante que Laura Miller le hizo a Palahniuk:
Imaginen unas novelas de porquería. Imaginen que todas ellas están escritas con el mismo falso y repetitivo y ampuloso estilo rebosante de imperativos y slogans. Imagínense todo eso torpemente ensamblado. Imaginen que lo poco que tienen de remotamente inteligente ya fue hecho antes y mejor por otros. Imaginen que estas novelas trafican con el nihilismo poco cocido de un estudiante de secundaria que acaba de descubrir a Nietzsche y a Nine Inch Nails. Y, hey, para qué perder el tiempo imaginando todo eso cuando aquí viene otra novela de Chuck Palahniuk.
Yo me parto. A Chuck no le hizo ni puta la gracia. Exagera, por supuesto. Se pasa tres pueblos. Palahniuk es un tipo desigual y repetitivo: tiene algunas cosas sueltas gloriosas, hallazgos impresionantes, y falta de constancia en el trabajo. No pule ni aunque le maten, y no piensa mucho antes de escribir. A mí, personalmente, me gusta Palahniuk, pero lo que venía al caso era lo de NIN. ¿Acaso tendría algo de malo que le hubiera influido? Mira tú, aquí los críticos lo que pasa es que no miran al pasado; en el siglo XV influía la literatura basura de la época y hoy en día influye la música. Pero claro, que te influya un cancionero mola más. Es más culto. Más viejo. Y seguramente tendrá lepismas a estas alturas y estará meado por gatos.
Resumiendo:

Aquí el patio de colegio del mundillo se agita, cacarea y se da picotazos por el maíz del reconocimiento y el de las pelas, que no son el mismo. Tiene su gracia que te indiquen cómo hay que escribir; aunque estoy bastante de acuerdo, me cabrea. Los “malos” de la historia son los que hacen costumbrismo, ganan dinero, salen en la tele y escuchan “rock”. Los “buenos” son los que escriben para el que está sentado en el despacho de enfrente. En el medio, ni chicha ni limonada, quiero y no puedo, Luis Mancha ha plantado a Juan Manuel de Prada, pobre tipo. (No le falta razón, pero joder, es una crueldad: mal no escribe.) Y cita a un crítico:
Éste es un impostor. Éste hace que cuida el lenguaje impostando. Es el efecto contrario que también se puede hacer. Uno puede cuidar el lenguaje porque tú crees en eso, pero no voy a escribir una cosa que parezca eso, porque eso da mucho empaque, detrás de eso no hay nada, es hojarasca. Cuando a un escritor se le notan los trucos, y a Prada se le notan los trucos del lenguaje, intenta aparentar más de lo que es.
Todo el mundo hace mierda salvo el que habla, en conclusión. A mí Historias del Kronen no me gusta, pero no porque sus personajes escuchen Metallica —y Mañas escriba Metálica con su tilde, que me la fuma, como si escribe supercalifragilísticoexpialidoso con hache intercalada—, sino porque sus diálogos no me resultan verosímiles, me parecen más falsos que una moneda de tres euros. (No he leído de él más que el Kronen. Lo mismo sus demás libros son maravillosos y es el autor del siglo.) Para mí, Etxebarría es la bicha, pero no porque predique lesbianismos, sino porque sus novelas son sencillísimas; una Laforet de tercera fila.
Y respecto al costumbrismo...
A ver, la fantasía es como es. Tiene sus normas. Así se hacen las cosas cuando no hay orcos. Si voy a introducir una paja mental inmensa, la realidad tiene que ser muy pero que muy creíble e identificable y hasta pedestre. Leed el post de pedanteorías para una literatura fantástica.
Era lo que querías, Al: mezclar fantasía y realismo. Jódete si ahora no te gusta y apechuga.
Bueno, no. No era lo que quería. Al menos la etiqueta. Ni de coña pensé yo en la generación Kronen. Ni de lejos ni borracho ni febril ni en mi peor pesadilla. Yo pensé en realismo, pero en el de toda la vida, como debe ser: el decimonónico. Vale, que sí, que estamos en el siglo XXI y el realismo se ha transformado por obra y gracia del Premio Planeta en el superventas de turno y dinero y aplauso. Pues yo no tuve presente el mercado, ni para bien ni para mal, a la hora de escribir. Si el costumbrismo vende, ¿por ello debo no usar el costumbrismo cuando lo pida la historia? Guay. Vamos a castrarnos todos a golpe de suplemento cultural, de manual de Teoría de la literatura y de diccionario. Ponemos la polla en medio y cerramos. Como no son lo suficientemente contundentes ninguno de los volúmenes, más bien lo que sucede es que nos frotamos con satisfacción —aunque rasque—, caemos en el onanismo literario y en el “Mira qué bien escribo y qué lejos estoy de lo que vende”. Pues tampoco. Hay que escribir al margen del mercado, siempre. Y al margen significa AL MARGEN, no teniéndolo presente para hacer fintas y esquivarlo y con ello satisfacer nuestro ego.
¿Dónde está el problema si el costumbrismo era de lo que quería partir?
En que lo he conseguido. Eso sí, lo he hecho BIEN. El lenguaje de llano tiene lo que la Cordillera Cantábrica. Me gusta el trabajo transparente que deja ver la historia cuando la historia requiere que se vea, y me gustan la complejidad gilipollesca y el sonajero y la voltereta estilística cuando sirven para algo. Si están por estar, no me interesan. Y el que opine otra cosa, que no me lea.
Eso sí, reíos de mí si os apetece, pero el Resabio Académico me susurra al oído: “Álvaro, como publiques... Álvaro, como triunfes... Que esto se puede vender como churros y lo sabes... Has currado como un bestia, has mezclado lo fantástico con lo cotidiano, has trabajado el estilo de forma que la lírica salvaje y las mayores burrerías que dañan sensibilidades —pacatas— se entrelazan sin que chasque un solo adjetivo... Pero ¿pensaste en lo que querías? ¿Te ponía realmente hacer costumbrismo madrileño de un montón de niñatos, y encima góticos, que hay que ver la madre que te parió? ¿Sabes a lo que juegas?”.
Lo sé. Juego a colocar una historia que tenía dentro y que salió con una soltura alucinante, como jamás me había ocurrido. Y juego a sacar una novela que puede gustar porque ya ha gustado. A amigos, que no cuentan, a conocidos, que no molestan, y a desconocidos, los únicos que importan. Veinte personas es un comité de lectura de prueba razonable. Detenedme, esposadme y sometedme a tortura pública: quiero publicar. Principalmente, para liberarme de esta historia, encerrar al Monstruo por un par de años y escribir cosas MEJORES.
El Kronen es la bicha, pero no porque el costumbrismo lo sea. El Kronen es la bicha porque no es bueno, porque pesa tan poquito que es como no leer nada. Y si yo parto del costumbrismo, es para llegar a otro sitio. A la fantasía, señores. A la fantasía. Ah, que eso hoy en día también vende. Pues nada, nada. Me dedicaré a componer esquelas; por ahí no me pillan fijo.
Las decisiones que tomamos nos cierran y nos abren puertas. Tal vez, realmente, debería autoeditarme en Lulú y pasar sin pena ni gloria, ¿no? Así no hay problemas con el mercado. Así la crítica no te escupe en la cara. Así no eres nunca fácil ni comercial. Así te masturbas pensando en qué guay eres, qué bohemio, qué estupendo que no encajas en el panorama editorial.
Pero eso también tiene un nombre. Se llama MIEDO. Y la huida, siempre hacia delante.
El tiempo de las dudas se ha pasado. El miedo a caer, también. El Resabio Académico es una gilipollez: en cien años, todos calvos. Y muertos. ¿A quién le importa la crítica? ¿A quién le interesa el canon? ¿A quién le quita el sueño estar bien o mal considerado? Pues a los que tienen complejo de inferioridad, realmente. Si sale y vende, de puta madre. Si sale y no vende, de puta madre también. Si no sale, lo sacaré yo. Y el que se engañe y crea que mastica prosa fácil, que vuelva a leerla. Y si sigue pensando que es sencillo, pues que lo tire a la papelera o se limpie el culo con el libro: yo no me voy a enterar.
Pero claro, vosotros ni siquiera habéis leído mi novela. Así que lamento que no entendáis por qué este post, de dónde el miedo, y que os llevéis una impresión equivocada de mi libro. Ni intenta ser un cascabeleo de metáforas altisonantes —por favor, me leéis por aquí, sabéis cómo escribo— ni una estupidez plana y seca que igual se lee que se olvida. Ya lo juzgaréis, si el mercado quiere. Y si no lo quiere, también. La puerta de internet siempre está abierta.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007












despistada dijo
uhm (mientras me recoloco las gafas) uhm... xDDD me gustan los libros que me dejan algo, aunque tengo que reconocer que es algo muy subjetivo. Algún librito de estos de "jovencitos" me ha dejado huella por estar en una época chunga, aunque no suele ser el caso. Ahora estoy en la búsqueda de todo... música, libros nuevos. Supongo que es un modo de matar el tiempo libre para evitar sentirme sola o aburrida. Estoy con la paranoia de eso ahora.
Por otra parte... me gusta cómo has acabado el post: escribe lo que te de la gana, independientemente del mercado. Supongo que es cuando se escribe de verdad, sin presiones ni nada parecido (no puedo evitar acordarme de Misery de S.King... xDD). Muchas veces, cuando leo tus posts, pienso en las tonterías que escribí intentando empezar "mi novela". xDDDD el monstruo lo ha vomitado, se ha limpiado con ello y se ha cagado encima por si acaso. Por suerte me lo tomo a risa, pero desde entonces que no he vuelto a agarrar un boli o un teclado para "volver".
Suerte con la noria... no viene a cuento, pero me gustaría subir algun día a una de verdad.
25 Mayo 2007 | 10:27 AM