La Coctelera


20 Mayo 2007

Literatura amable.

Actualizando una vez por semana, sí. Si había ganado algún lector, los he perdido.

Y ahora, que de nuevo hablo con el techo, voy a contarle las novedades.

He recibido otro rechazo de la novela, edulcorado con capas de vaselina —que es lo que más me jode, si me la van a meter por el culo, que lo hagan sin lubricante, coño. Los detalles me los guardo para cuando escriba mi Autobiografía Erótico-Festiva—. Además, una persona del ámbito académico me ha comentado que mi libro “hería la sensibilidad”. En otras circunstancias me lo tomaría como un cumplido. Herir sensibilidades es algo cojonudo. Provocar respuesta en el lector es estupendo. ¿Qué más se puede pedir?

Pero no. Yo considero que Politeísmos —mi novela, que intento colocar en una editorial, para los arriesgados nuevos lectores a los que les estará explotando la cabeza— es un texto bastante juvenil y relativamente amable. Me sorprende que hiera más sensibilidades que las de algún católico recalcitrante. Y mirad que intenté tirar y con dardo, porque nada me pondría más que una excomunión: yo, como el 99,9 % (periódico, pestañita encima del nueve y lista de decimales hasta el infinito) de la población española, estoy bautizado —contra mi voluntad—. Naturalmente, expedí un sonido siseante de metal al rojo vivo que se introduce en cubeta cuando me echaron el agua bendita encima. Así que qué mejor que una excomunión para regresar al seno arcádico del paganismo.

[A dos colegas míos se les ocurrió una idea mágica que seguramente acabe yo poniendo en práctica: diseñar una página web llamada eldesbautizador.com; entras, pones tu nombre y DNI y automáticamente te quedas sequito de las aguas que manchan de creencia y que queman. Un símbolo, pero útil. Si se llegara al millón de desbautizados, se mandaba al Vaticano.]

Pero ya no se excomulga a nadie. Es una pena. Ni siquiera a los creadores del Bible Figth.

Politeísmos no es tan dura. Vaya, a mí no me lo parece. Tiene drugs, sex y música siniestra, pero vamos. Ni eso es lo importante, ni está metido con calzador para que quede bonito y parecer muy controvertido y oooh qué cosas más duras se cuentan. No me interesa escandalizar ni provocar. Si lo hago, cojonudo. Pero no me interesa. Además, ¿quién coño se asusta hoy en día? ¿Y de unos adolescentes que hacen el gilipollas? Venga ya. Las situaciones durillas —que insisto que a mí no me lo parecen— son escenarios, excusas y trucos literarios para contar la historia sin que rechine el punto en que se tocan realidad y ficción. Y la historia es un chamanismo totémico. Una religión en que se llevan animales dentro. Y punto.

El otro día desarrollé con un amigo el concepto de la amabilidad en la literatura. Hay textos amables y hay textos incómodos. Hay libros que te dan cosas, y hay libros que te las quitan; que convierten tu confortable realidad en algo inestable. Tal vez a mí el que me haya quitado más cosas sea Kafka. Kafka es un tipo muy incómodo, y pocos más se me ocurren que te arrebaten pedazos de tu mundo. Zola, tal vez. Dostoievski. Albert Camus. Si pienso, me saldrán más. George Orwell es incómodo y Huxley es amable. En Un mundo feliz hay una puerta a la esperanza. En 1984 ni media. Joyce es otro escritor de los incómodos, pero lo que te quita es la paciencia. La Regenta es amable —pobre, pobre gilipollas de Ana Ozores, llevada por el destino, blanda y cálida, de glorioso cuerpo esculpido de aristas como una Venus en mármol, dejándose caer en la cama entre sus pieles de tigre blanco, y hablo de memoria, que lo mismo eran de musaraña alpina—; Fortunata y Jacinta es más incómoda, aunque Galdós suele ser la culminación de la pura amabilidad. En general, en el realismo todos son muy amables, porque, aunque te muestren un horrible escenario de personas sucias, malvadas y mediocres, el narrador se pone por encima y mira la situación desde los omniscientes cielos de su superioridad. El autor exhibe su complejo de Yahveh: Yo-todo-lo-puedo, yo-todo-lo-hago, yo-en-todas-partes-estoy. Los personajes son muñecas de vidrio y leemos sus pensamientos como al trasluz. La miseria humana se valora y se juzga y se pesa en la balanza, pero sobre el fiel no se encuentran ni el lector ni el escritor. No hay implicación. No miramos a los personajes de frente, y ése ha sido siempre mi problema con el realismo. No puedo evitar chillar, al leer la crítica social y al hacer crujir cada página entre los dedos, un “¿y tú?”, “¿y tú, capullo?”, “¿tú eres perfecto?”, “¿quién eres tú para criticar a los demás?”.

Dentro de la fantasía, en principio, se intenta no practicar la amabilidad. Ni Maupassant ni Poe son amables. Lovecraft, aunque no valga un pimiento, es muy incómodo. Con la ciencia ficción debería haber siempre incomodidad. En espada y brujería, en cambio, la amabilidad está en el pack: es otro mundo, porque no nos mola el nuestro, y te entrego mi universo lindísimo con tres lunas y dos dragones en bandejita de plata, disfrútalo y EVÁDETE, cabrón. La fantasía como escape, sí. Quien esté libre de Houdini, que tire el primer candado.

Es la Teoría del Jarrón. Creas algo y lo regalas. Aquello que estaba dentro de ti, que te obsesionaba, ahora está fuera. Ya no es tuyo. Lo has perdido. Se lo has dado a los demás, y te has quedado completamente vacío. Escribir es un proceso de depuración. La meta es echar todo lo que llevas dentro y quedarse hueco.

Sí. Yo creo que Politeísmos es una novela amable, lectores míos. No es que la amabilidad tenga nada de malo. Veréis; con este libro me ha pasado algo muy curioso, algo que nunca me había sucedido. Uno empieza una novela y al final acaba siendo una obra de teatro con comparsas de cabezudos, por lo general. Con Politeísmos, no. Supe muy pronto lo que quería hacer y lo hice. No se produjo la crisis postparto. Nunca me planteé que antes quisiera haber hecho otra cosa. Quería un texto con una mitología coherente enclavado en el Madrid actual, y dar una de cal y otra de arena: sobrenaturalidad y cotidianeidad de un montón de niñatos que hacen el imbécil (es que son góticos: entono el Miserere nobis y los siniestros que me lean oféndanse, coño, que esto sí va con intención de provocar). Quería una estructura perfecta, una espina dorsal que recorriera el libro entero, y está. Quería exponer mis creencias de Save the Planet, kill yourself, y lo hice: el principal mensaje de la novela es que el mundo es una mierda y que todo funcionaría mucho mejor si al primer simio que se puso a dos patas y manejó herramientas se lo hubiera merendado un puma porque sobresalía entre los pastos requemados de la sabana del África ecuatorial. Quería mostrar la posibilidad de creer en algo hoy en día, en algo limpio y primitivo, en algo prístino, algo que no fuera el puto monoteísmo, en algo que le dé sentido a esta cochina realidad llena de chapas de cocacola a las que vamos dando patadas día tras día mientras nos encaminamos al curro. Quería —sí, joder— hacer un texto amable, que le ofreciera al lector una puerta y que no se la cerrara en las narices. Y creo que está conseguido. Si hería sensibilidades, me parecía fetén. Pero no iba por ahí la cosa. Ya llegará el día, desocupados lectores, en que quiera quitaros algo. No sé el qué, pero algo os quitaré. Haré un texto de éstos en los que te tiemblan las manos, en los que hay que luchar contra las palabras página a página, en los que cierras el libro como si confinaras a un demonio que ruge, pelea y escupe ácido sulfúrico a la cara. Ahora no. Ni es lo que quería hacer ni estoy preparado para hacerlo.

Respecto al mercado editorial y a lo cerca o lejos que estáis de tener mi novela entre las manos para poderme llamar gilipollas y anormal y pedante lleno de ínfulas y niñato de mierda que se cree escritor, tengo dos agentes en la recámara, muy saturadas de trabajo y a saber cuándo responderán, y espero el NO de dos editoriales en este mismo instante, ídem de cuándo contestarán si es que lo hacen. Y estoy empezando a considerar con seriedad autoeditarme en Lulú, porque no te piden capital, pero ya sabéis lo que opino de la autoedición. Y además, ¿cuántos de vosotros —miles de lectores que tengo— compráis libros por internet en Amazon? Pues dos, supongo. Así que de momento, Lulú está en el congelador. Si la nevera se queda vacía y me muero del hambre me plantearé sacarlo y comerme el paquete crudo, aunque se me indigeste.

Una curiosidad: de todos los agentes literarios de España, diez tienen el correo saturado y no les llegan los mails; tres contestan que no aceptan originales no solicitados; uno te pide dinero por adelantado para decidir si se lee tu obra o no y dos responden que envíes. El resto, mudos. Y casi todos los agentes literarios son tías, vaya usted a saber por qué. Si hubiera encontrado a un tío me habría hecho ilusión, no por cuestiones de sexismo (el que haya pensado tal cosa, se puede ir a la mierda, comérsela y regresar a leer, si se quedó con hambre) sino por Luces de Bohemia, para poder llamar “Don Latino de Hispalis: mi perro” a mi agente. Porque la pareja inmortal de Max Estrella y don Latino no es más que autor y agente; fijaos cómo mola. Max escribe, don Latino le vende los libros, Max se muere, don Latino le birla la cartera.

Pero en realidad quiero un agente, una baby-sitter que me quiera, me cuide, me vigile y me coloque el libro. Veremos qué pasa.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Tags: escrituras

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5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Serendipity

Serendipity dijo

Suerte con esos dos agentes: "Ave, Naira los que van a leer te saludan"... espero que les des mucha guerra y que se den cuenta que se puede sacar mucha lucha para la hucha... de todos modos el contador sigue corriendo. No voy a soltar un discurso en plan Tony Curtis en Ben-Hur (si es que era el que ya casi no me acuerdo), pero te jaleo y te mando toda la suerte del mundo... "alea jacta est" "jalea acta est" y como lo tuyo es jalea rela, espero que podamos libarla pronto... que rara me he levnatdo hoy, espero que se me entienda algooo...
Una vez a la semana por prescripcion medica tengo que tomarme la dosis de Naira, no me provoques mono, por mi bien, piensa en nosotros y sigue llamando a las puertas y actualiza...
Suerte y al cuello, cabronazo, inclino mi cabeza ante ti y te muestro la yugular.

21 Mayo 2007 | 01:02 PM

Wildkatze

Wildkatze dijo

O sea que...¡Soy parte del 0,01 períódico de la población española que no estoy bautizado! Voy a por ron para celebrarlo. Por cierto, menuda mierda con vistas al mar es el tema de los agentes. Mi plan aunque caro, es mucho mejor, XD

21 Mayo 2007 | 11:41 PM

The Watcher

The Watcher dijo

El mérito está en no estar confirmado en la primera comunión. Un recién nacido no puede resistirse, pero un chaval de siete años (o cuando se haga el paripé con los vestiditos de princesa y los trajecitos de marinero en tierra) tiene tiempo para aprender aikido y hacerle un siete al cura si intenta darle la hostia... En todo caso, lo de la excomunión no es tan difícil, y menos en los tiempos que corren. Otro día doy ideas.

Un saludo.

22 Mayo 2007 | 02:20 AM

Wildkatze

Wildkatze dijo

Te equivocas. El mérito está en no ser bautizado. Ahí es dónde se demuestra el animal interior. El mío sacó las garras y todos se acojonaron, y me dejaron sin echarme agua de esa rara que a saber donde ha estado.

22 Mayo 2007 | 03:43 PM

Álvaro Naira

Álvaro Naira referenció

Mentar la bicha (El monstruo que hay debajo de la cama I).

...blockquote>

Y... sí. Pero no siempre. ¿La Alta Literatura es sinónimo de literatura incómoda?

Hemos entrado en la dictadura de las editoriales que quieren vender y se han propuesto crear un tipo de lector concreto...

24 Mayo 2007 | 11:53 PM

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Madrid, España
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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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