“No me lo trago” (Pedanteorías para una literatura fantástica I.)
Uno de los entrañables lectores del Comité de Corrección de Primeras Pruebas de mi novela —Politeísmos, y todos sabéis qué tenéis que hacer cuando salga a la venta—, hizo una lectura extraordinaria. No se puede controlar al lector; sólo se puede controlar la obra. Hay tantas lecturas como personas que leen. Uno vomita un libro y no sabe si el lector lo manchará de café, lo enmarcará en la pared, lo utilizará cuando se quede escaso de papel higiénico, lo sobará, subrayará, marcará con pegatinas, lo destrozará y lo prestará a todos sus amigos —el ideal, claro—, o lo dejará en la estantería sin abrirlo para mostrar el lomo a las visitas.
Este amigo y lector mío, al que denominaremos Santo Tomás para preservar su intimidad y para desarrollar un fatuo intertexto —que nadie me tome por cristiano, por favor; sólo soy pedante—, me dijo: “Tu novela está bien. Pero es que a mí no me gustan mucho los libros de la gente corriente, de lo que les pasa a las personas que son como yo”.
Y yo apunté: “Es un libro de fantasía”.
Y Santo Tomás dijo: “No, no lo es”.
Entonces me cabreé: “Pollas que no. A ver, los personajes llevan divinidades animales dentro, ¿de acuerdo? Es una vuelta de tuerca del tópico de los licántropos. ¿Eso no es fantasía?”.
Su respuesta me dejó clavado en el sitio.
“No hay fantasía. Están todos locos”.
“Pero al final...”, le contradije yo.
“Al final, también el narrador está loco”.
Entonces me dejé caer en la silla. Resoplé. Medité aquello. No lo había pensado así.
Y luego, me entraron ganas de darle un abrazo al chaval.
“Eso es la fantasía”, sentencié. “La fantasía realista”.
Os habréis quedado igual, supongo. Bueno, yo siempre cacareo que no hago fantasía, que no me van ni las draconadas —fantasía épica— ni los vampireos —terror— ni las navecitas —cf—, que yo cuento la historia de unos chavales que viven en el Madrid del año 2000, que salen por sitios a los que el lector puede ir a emborracharse —bueno, el Phobia ya lo cerraron—, que curran en el VIPS de Plaza de España, que comen en el McDonalds de Montera, que compran condones en la farmacia de la calle Colón y sacan pelas del cajero de Fuencarral; todo muy sobrenatural, como podéis ver. Yo trino que si bajo hasta la colilla del suelo lo hago para que el vuelo hasta el mito sea más largo, que hay que meter los elementos fantásticos poco a poco para que no rechinen y que no vale pisar las líneas, como los críos jugando en la acera: hay que saltar la delgada separación entre lo fabuloso y lo cotidiano de forma que no se noten los cruces. Yo me envanezco de que no me interese escribir fantasía cruda llena de orcos y elfos, ni ciencia ficción con sus futuros chungos y sus pistolas láser, y por eso voy y me salgo del género fantástico —en el que nunca entré, fijaos que incongruencia— e invento, inauguro y produzco el subsubsubgénero de la Fantasía Realista.
Hagan la ola y lancen pétalos de flores a mi paso, por favor.
Vale. Soy escritor. Hay que perdonármelo. Los escritores tenemos por costumbre decir un montón de estupideces y nadie nos lo toma en cuenta. “Claro, es escritor”, se dice el individuo que sale a tirar la basura en zapatillas de cuadros escoceses. “A mí me parece una memez”, piensa, “pero bueno, los intelectuales saben mucho más que yo”. Pues no. Los escritores también salimos a tirar la basura en zapatillas de cuadros escoceses, y solemos decir un mayor porcentaje de bobadas que la media nacional. Un ejemplo: creo que fue Gabriel García Márquez (¡ni más ni menos!) el que, en un arrebato babélico de singular clarividencia, decidió que había que jubilar la ortografía —andará tan contento con los mensajes de móviles—. Así que cuando yo diga que hago fantasía realista, vosotros desmesuráis los ojitos, asentís con la cabeza y sonreís como si estuvierais jugando al Paranoia —mis lectores no roleros no captarán la elevadísima fuente. Es simple: si no eres feliz en el Complejo Alfa en el que se ambienta la acción, estás muerto por traidor mutante comunista, así que las buenas partidas suelen desembocar en una continua exhibición de dentaduras ante el máster para que no te volatilice todos los clones uno tras otro—. Eh... ¿De qué hablaba antes de la digresión friqui?
De la “Fantasía Realista”, sí. Guao. Suena de la hostia de bien. Es como si le diera la vuelta hasta al realismo fantástico del boom hispanoamericano. ¿Os habéis sentido impresionados? Parece que me he inventado algo, joder. Cielos, ya con esto entro en los manuales de Lengua y Literatura de la ESO fijo. Pues no. Vosotros, lectores míos, no me creáis. Nunca.
Porque yo no hago fantasía realista. Que suenen los tambores preparatorios que os voy a explicar lo que yo hago.
trrrrrrrrrrrrrrrr
Yo hago...
fantasía a secas.
trrrrrrrrrrrrrrrcatapún chim PUM (aplausos)
Que sí. Que os oigo pensar. Desarrollé ese poder mutante en la pubertad, aunque hubiera preferido que me tocaran en la rifa las habilidades de Batman —cuyo superpoder es el dinero—. Decís:
“Al, joder, ponte de acuerdo de una puta vez, que mareas: diez días sin actualizar y ahora te dedicas a tomar el pelo al sufrido lector. Te va a leer tu puta madre mañana, anormal.”
Señores.
La fantasía es REALISTA. Por definición.
Ahora que os ha explotado la cabeza, lo discutimos. Los menores de seis años que me lean, a la cama, que va a caer un mito.
La pregunta que os hago es si creéis en los Reyes Magos. Y Maupassant —quien no lo conozca, que haga el favor de dejar de perder el tiempo conmigo y salga corriendo a la biblioteca de urgencias más cercana— responde que no. Que ya no creemos en los Reyes Magos porque sabemos que son los padres. El mundo entero está explorado: la Atlántida no se encuentra en ninguna parte. Eldorado, Avalon, Edén, los Elíseos, tampoco. Ya no podemos pintar en un mapa un Here be dragons, a no ser que seamos los yanquis del chiste.
No creemos en unicornios, sirenas y grifos porque la fauna en su totalidad está catalogada según el sistema de Lineo. No creemos en los duendes porque la tarima de nuestros pisos no cruje. No creemos en las hadas porque lo único numinoso que hay en los parques, sustitutos domésticos de los bosques, son los críos. No creemos en Dios porque no existe —lo siento, niños. Mirad que os advertí que os acostarais—. El mito murió con el progreso. Y con el progreso, nació la fantasía, que cubre ese grandísimo vacío que nos dejó la creencia al marcharse para no volver.
Podemos jugar, claro, a que no ha pasado nada. Podemos suspender la incredulidad o retrasarla. Si yo abro El señor de los anillos, no voy dando gritos a cada página chillando que los hobbits no existen. En Rebelión en la granja me parece fetén que los cerdos desarrollen sistemas políticos, y nadie en su sano juicio se pregunta cómo es posible que el lobo salude a Caperucita.

Pero eso no es fantasía. Eso es mito, o maravilla, como dice Todorov, que es mucho más coherente, inteligente (y todos los -ente que se os ocurran) que yo. La fantasía es mentira; todos lo sabemos. Si no lo fuera, no cumpliría su función. La fantasía nos permite imaginar. La maravilla no: es absolutamente real. No cabe la posibilidad de la duda ante un Zeus que lanza los rayos de tormenta: lo hace. Osiris resucita tras haber sido despedazado,
Loki se transforma en yegua para parir un caballo de ocho patas, a Gilgamesh le mide la polla tres palmos. Esas cosas pasan. Una columna sostiene el firmamento para que no se nos caiga. El sol es un carro tirado por caballos. La luna el escudo de un guerrero. Las grutas tienen fauces. Los bosques se mueven contigo de forma que no puedes salir nunca de ellos. El mar es una bestia que respira con las mareas. El infierno está bajo tierra. El cielo, sobre las nubes. Los angelitos mean cuando llueve. Los hobbits tienen los pies peludos. Cristo se encuentra en la hostia. ¿Dónde está la fantasía aquí? En ninguna parte. Éste el terreno de la creencia.
Lo que denominamos generalmente literatura fantástica entronca con otra cosa. Las draconadas lamentables como Dragonlance, Reinos y demás están ligadas a la literatura de caballerías y, en última instancia, al cuento popular y a la mitología. ¿Suceden cosas asombrosas? Ni media. ¿Acaso se asombra alguien de que los elfos tengan las orejas de punta? No. ¡Lo soprendente es que Tolkien nunca dice que las tengan así!
Es otro mundo con otras leyes, pero igual de fijas e inmutables que las que imperan en el nuestro. No puede aparecer un marciano en la Tierra Media. Un unicornio no puede salir volando —sería un pegaso o un caballo de la Barbie—. Para arrancar la raíz de la madrágora tienes que atarla a la cola de un perro negro. Si Harry Potter no pronuncia bien el Wingardum Leviosa la pluma no se eleva.
Entonces, ¿qué es fantasía?
Un relato fantástico según los expertos —tranquilos, estoy fusilando y sin dejar prisioneros, no son mis pajas mentales, de momento— es aquél en el que se introduce un fenómeno que transgrede las leyes naturales. Si el elemento inexplicable queda resuelto al final según la lógica racional que impera en nuestro universo, estamos ante un texto insólito —Los crímenes de la calle Morgue de Poe tienen un asesino insólito, pero no sobrenatural—. Si lo extraño es realmente extraño —un fantasma, un vampiro—, pasamos a lo maravilloso. Lo fantástico, entonces, está en el medio. Funciona sólo en lo que no se explica. La única forma de tragar fantasía es eliminar el efecto sorpresa. Gregor Samsa se convierte en cucaracha. ¿Por qué? ¿A quién le importa? Remedios la Bella sale volando mientras tiende la colada y es lo más natural del mundo; yo lo flotaría si no lo hiciera.
¿Se entiende? Más o menos, ¿no? Me explico como el culo. Hagamos un esquema ilustrativo.

En el cuadro de Magritte todo parece de lo más corriente. Resulta realista. Tardamos en darnos cuenta de que en el cielo es de día y en el suelo de noche, y a la vez. Eso es imposible, pero funciona. Existe en el universo del cuadro, cuyas normas son diferentes a las del nuestro. Sigue una ley por la cual en ese óleo puede ser de noche y de día en el mismo momento. Bienvenidos a Asgard, al Olimpo, a Hogwarts, a la Tierra Media. Oh vosotros los que entráis, abandonad toda incredulidad. Nos adentramos en lo maravilloso. “No se trata de asombrar con algo, sino de asombrarse de estar asombrado”, dijo Magritte.
Vale. Con Escher nos asombramos de NO estar asombrados. Convertimos en posible lo imposible. Parece un edificio real. Tiene proporciones y perspectiva, maneja un código que conocemos... pero es imposible. Hay un elemento extraño, absurdo. Nos hallamos en el terreno de lo fantástico.
Ahora bien, si alguien nos explica el truco, si este edificio de verdad puede existir en nuestro universo, en el nuestro, pasamos a lo insólito. Y apaga y vámonos: la fantasía a la mierda. Nos encontramos en el relato policiaco, en el que siempre hay una solución al acertijo. Rebuscadísima. Pero la hay.
La fantasía es real. No puede no serlo. Si es maravilla, es cierta en el espacio de la narración, en el mundo que se ha creado. Si es fantasía fantástica —joder, ¿cómo llamarla si no? Pues fantasía realista, coño— debe estar enclavada en nuestra cotidianeidad o no pita. Debe ser reconocible. Debe manejar volúmenes y puntos de fuga que reconozcamos, como lo hace Escher. Cuanto más se parezca a nuestra rutina, a lo que vemos todos los días, más nos incomodará la fantasía, más nos tocará la fibra. Los personajes de Lovecraft son hasta anodinos; la gracia está en que lo que les sucede a ellos te puede pasar a ti. Los relatos fantásticos tienen un montón de apoyaturas en lo cotidiano. En Politeísmos dedico una página entera a relatar cómo un tío limpia su casa. ¿Por qué lo hago? Porque acaba de producirse un suceso sobrenatural de los que te dejan jadeando, y hay que bajar a tierra, a los paquetes de tabaco vacíos, los billetes de metro caducados, las pelusas asesinas, la roña de la bañera y la caja de cuchillas Gillette romas y llenas de pelos. La fantasía es difícil de sostener; en un relato vale, que es cortito. ¿Y en una novela? Clímax-anticlímax. Hay que caminar con pies de plomo, subir y bajar la intensidad, regresar al día a día, volar al mito y darse un leñazo contra el suelo. El personaje de Álex es un lobo. Sí. Y es un lobo que también limpia su casa (cada cuatro años, por cierto: es incluso peor que yo).
“No me lo trago”, decía mi amigo Santo Tomás. ¿Qué no se creía? La premisa. No le parecía verosímil que unos chicos castizos hablaran de su lobo interior tras dos mil años de cristianismo. Un lector entre veinte del Comité de Corrección de Primeras Pruebas no ha pasado por el aro. Diecinueve votan sí, uno no. No me parece mal baremo. Santo Tomás el Incrédulo ha convertido mi novela fantástica en un relato policiaco: la explicación es que están todos locos. Esa lectura es posible, y no tengo nada en contra de ella. No era la que buscaba, pero desde luego lo que está claro es que yo no hago esa fantasía que deberíamos llamar mito o maravilla. Que el mundo que manejo es el nuestro, no otro. Estamos en Madrid, no en un universo muy muy lejano.
Yo sí me lo creo. De hecho, yo creo.
¿Y vosotros? ¿Pensáis que es posible llevar un animal dentro?
¿Qué es lo que espero que hagáis con mi novela?
¿Qué se hace con la literatura fantástica?
TRAGAR.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007





despistada dijo
De pequeña a veces me creía lo que leía. Ahora sólo olvido un rato la realidad para poder sentir la fantasía, y las sensaciones de los protagonistas.Así que, mientras leo, me parece lo más normal del mundo que un cuadro empiece a hablar si al personaje le parece normal también. :P
9 Mayo 2007 | 09:34 AM