La tercera alternativa.
Mis disculpas, estimados lectores. Me he tomado unas vacaciones en mi faro personal. He apagado la linterna con una paletada de arena, me he encendido un cigarro con los rescoldos del fanal, he bajado las escaleras, me he apoyado contra la torre y me he limitado a contemplar el mar y las estrellas, a escuchar los rompientes y a sentir la sal de la brisa en la cara. Así, durante semana y pico, cada noche. Mirando al infinito. Pensando.
Entretanto los barcos se hostiaban, uno tras otro, contra el farallón.
He cerrado el chiringuito, que significa tan sólo que he tenido una nueva caída en picado de la noria. Esta vez se ha salido de los raíles y ha bajado rodando por la colina. Y no lo deja, y como empiezo a estar hasta la polla de símbolos y alegorías, resumo: Mrs. Ciclotimia ataca de nuevo. Y viene con refuerzos. Para los que no conozcan mi interés coleccionista por los trastornos psiquiátricos, les informo: sufro y disfruto de la Enfermedad Más Literaria del planeta, la hermanita menor del trastorno bipolar, la única, la grande, la asombrosa —recíbanla con aplausos—: la puta noria, que no deja de girar, se paró y me pilló debajo. Y a mí van y me entran ataques de ansiedad, pero me los como porque me parecen una mariconada; me apetece darle al litio, pero no le doy porque me resulta conformista; no quiero levantarme de la cama, pero me levanto porque no tengo más remedio; daría cualquier cosa por no salir de casa, pero tengo tres perros que mean y cagan; preferiblemente, tres veces al día. Y también tengo un curro y un jefe, que cagará y meará, aunque a ése no hay que sacarlo a pasear, por suerte.
Traduciendo la situación clínica en términos escriturarios: tengo un bloqueo.
Total, completo y absoluto.
...
Han pasado veinte minutos desde que escribí la línea anterior. Os lo juro.
¿Por qué ahora?
Por varios motivos.
El otro día un buen amigo mío me comentó:
“Álvaro, te estás equivocando”.
Y yo le contesté:
“Siempre. En este momento, ¿en qué en particular?”.
Y me dijo una verdad de las que duelen.
“No vas a publicar. No así. Tú solito te estás poniendo palos en las ruedas, y ya es bastante difícil. Busca a un agente. Págalo si es necesario. Encuentra un contacto. Muévete en editoriales pequeñas. Deja de tirar a la luna y apunta a la farola. Conociéndote, no le vas a dar a ninguna de las dos, pero sé realista”.
Eso fue un golpe bajo, porque yo soy de los que se ponen muy contentos cuando juegan a los dardos y le dan a la diana. Y me refiero a la diana entera, no al centro, porque suelo acertar en la pared o en el colega que tengo al lado. Y así, con todo.
“Tu novela es más importante que tú y que tus pajas mentales. Si la abren, la publican. Estoy convencido de ello. Pero no van a abrirla si no va acompañada de una recomendación y lo sabes”.
“No, no lo sé”, le contradije yo. “Yo sé del mercado editorial lo mismo que la vecina de enfrente, me cago en la puta”.
Fue como hablar con el mueble.
“Estás esperando. ¿A qué? ¿A la respuesta de Alfaguara? Sabes que no la va a haber. Envía a otras ya. Consigue un agente. Habla con alguien. ¿Qué te detiene? ¿A qué le tienes miedo?”.
A qué le tengo miedo.
A qué no le tengo miedo, más bien.
Y como ya os he dicho que tengo un bloqueo, no voy a contaros qué me pasa porque soy incapaz y porque otros lo han descrito antes y mejor que yo. Voy a pegaros un texto de Neil Gaiman, que es un guionista de tebeos engreído, odioso y lleno de ínfulas que escribió uno de los relatos que más me han obsesionado en la vida. Copio el texto completo porque el tebeo escaneado se ve de culo, y pego alguna imagen.
Cuestiones previas: el tipo de negro es Sueño, una personificación de éstos, su señor, rey, amo y esencia —¿a que contado así parece una gilipollez? Como todo—. No es exactamente un dios; es más que ellos. La chica es una actriz. El inútil de la camiseta de tirantes es un dramaturgo y un trasunto de Gaiman. Y mío. Y de todo juntaletras que se precie. Al que no le toque la fibra, tiene la sangre de horchata.
ESCRITOR: Janet, serás la primera en saberlo. Mañana no iré al ensayo.
ACTRIZ: ¿Qué? Es tu obra. Tú la escribiste. Incluso las canciones estúpidas del tercer acto. Y eres el director. Y..
ESCRITOR: Ajá. Mira. Maletas. Todd Faber adiós se va deja ciudad no volverá. "¿Es espectáculo?" llamó esta tarde. El programa de la tele. Querían saberlo todo de Todd Faber y María Tifoidea Blues. Les dije que no estaba. Colgué y vi que tembalaba. Y... Lo dejo porque estoy asustado, ¿vale?
La actriz entonces le pregunta: “¿De qué tienes miedo? ¿De fracasar o de triunfar?”, y él responde con un “Buenas noches”.
Entonces, se queda dormido.

“Este sueño era de los diferentes. Era a tiempo real y subía por una pared rocosa. Yo nunca había trepado a ninguna parte. Ni a los árboles de pequeño. Vivo en un primer piso, que es más caro y no tiene vistas. Pero me da igual. No me gustan... las alturas. Pero aquí estoy en mi sueño. Trepando como si hubiera nacido para ello. Buscando apoyos para manos y pies, centímetro a centímetro, subiendo lentamente.
Y al fin llego a la cima.
Y me doy cuenta de lo alto que estoy.
Y lo lejos que están los demás.”
En la cumbre se encuentra con el señor de los sueños, al que le cuenta el origen de su problema, que ¡oh sorpresa! es también un sueño, sólo que lo tuvo de crío. Uno de éstos que todos hemos tenido en que no paras de caer, y sabes que si tocas el suelo, morirás. Y no logras despertar.

ESCRITOR: Y finalmente logré abrir los ojos. Estaba bañado en sudor, y empecé a llorar, en parte por no haber muerto y en parte por estar vivo. Y desde entonces me han... asustado las alturas.
SUEÑO: Ya veo.
“Y entonces el cuervo habló. Pensé: los pájaros no hablan. Y pensé: quizás hablen en sueños. Entonces supe que estaba soñando.”
CUERVO: Estás huyendo, ¿verdad?
ESCRITOR: No huyo. Es sólo que... que no lo sé. Todo se vuelve demasiado grande. Estoy desorientado. Tengo miedo. Miedo de hacer algo estúpido.
SUEÑO: Y si haces algo estúpido, ¿qué?
ESCRITOR: ¿Usted no tiene miedo a caer?
SUEÑO: A veces es un error trepar; siempre es un error no intentarlo siquiera.
ESCRITOR: ¿Qué me dice? ¿Que debería volver al espectáculo? ¿No abandonar? ¿Eso es lo que me dice? Sólo es un sueño. Oiga, yo no lo he inventado.
SUEÑO: Si no trepas, no caerás. Es cierto. Pero, ¿tan malo es fracasar? ¿Tan duro es caer?
"A veces despiertas, sí. Y a veces mueres", dice Sueño.
"Pero hay una tercera alternativa..."

En ese momento cae un rayo y se derrumba la cima en la que está.

"Y me quedé con ella. Y no desperté. Y no morí".
Al día siguiente, el inútil del dramaturgo regresa al ensayo. Happy end. Y le explica al actriz lo que le ha pasado.
"A veces despiertas. A veces la caída te mata".

Y a veces cuando caes, vuelas.
Mierda.
Aquellos que estaban brindando por mi pronta desaparición, que se jodan. Aquí seguimos. Me subo de nuevo la escalera de caracol. Por alta que esté la linterna, hay que trepar hasta ella y encenderla. Si me tengo que pegar una hostia, me la pego. Y dos. Y tres. Y trescientas. Voy a publicar mi puta novela, y voy a emplear todos los recursos que se me ocurran, y buena parte de los que se les ocurran a los demás. Y si no logro colocarla en un año, la cuelgo aquí, entera. Y os la envío por correo. Y la fotocopio y la dejo en los parabrisas de los coches. Y la lanzo desde un helicóptero.
Mañana, post sobre pedanteorías de literatura fantástica, si es que no se me cruza otro tema por delante, como suele pasarme.
Desde el faro, cojones.
Al.
Álvaro Naira © 2007










Álvaro Naira dijo
Ya sé que es una mierda de post. Va a juego con el estado de ánimo. Mañana, uno mejor. Y mis disculpas a todos los lectores que están hasta la polla de mí y de mis excusas.
21 Abril 2007 | 03:23 AM