Bailando con las serpientes acuáticas de Klimt. (Crítica literaria V.)
Pilar Pedraza es buena. A secas. Alvarito, el que suscribe, cuya incultura, a cada libro que lee, va creciendo en progresión aritmética —ésa era la que aumentaba a lo bestia, ¿no? En caso contrario, en geométrica—, no la conocía. Había leído su magnífico ensayo-manual-yo-qué-sé-qué sobre las putas de plástico, pero ninguna obra de ficción. Qué queréis que os diga. Cuando escribo, no leo. Cuando leo, no escribo. Hay que elegir y partirse el año en dos cachos. Si escribes y lees, PLAGIAS. Y lo haces aunque vivas en el pico de un monte y te alimentes sólo con ortigas mientras recitas el OM.
Agarré de la biblioteca Las joyas de la serpiente porque era el que había de Pedraza y, ya que no conocía ninguna de sus novelas, tanto daba empezar por una como por otra. Dio la casualidad de que era su primera obra. Y es la polla. De verdad. Es la polla decimonónica, para qué os voy a engañar. Ya sabéis que a todo le pongo peros; a Pilar Pedraza, también. Aunque sea para quitarse el sombrero, tiene ese olorcillo a narrativa malévola, romántica, gótica, simbolista, decadente, modernista —todo mezclado— propia de lo finisecular, que ya no parece venir muy a cuento en nuestros días. Es como un desfile de pinturas prerrafaelitas y Art Noveau. Nada en contra: también me flipan. Sí, vale, utiliza algunas imágenes sobadas —quien esté libre de catacresis, que tire el primer párrafo—, sus personajes tienen esa malignidad oscura y encantadora del eros negro y la femme fatale algo tópica y cansina para nuestra postmodernidad y la estructura es algo rara. El final no se comprende del todo. Intenta crear el extrañamiento, la duda de si todo lo que se cuenta ha sucedido o no, y me parece que no lo logra por completo.
En este libro hay una novela histórica áurea al principio y hacia el final unos relatos hiperbreves surrealistas, visionarios, increíblemente plásticos. El engarce no está del todo atado. Otro pero: no estoy muy seguro de si alguien que no sea filólogo se enterará bien de la acción en ciertos puntos, porque Pedraza escribe tan y tan bien y conoce con tal perfección los datos que maneja que no los explica. Me quito el cráneo, que así se escribe, sin tomar al lector por gilipollas. Eso sí: me gusta porque yo sé de lo que me habla —aunque ya lo tenga un tanto olvidado, tuve mis asignaturas de Teatro del Siglo de Oro como todo hijo de vecino, y las disfruté como un enano—. Pero ¿saben ustedes cómo se organizaban las fiestas sacras y el choteo que se traían en ellas? ¿Tienen alguna idea de cómo eran los altares de las fiestas religiosas que desfilaban por la calle, con lo sagrado y lo profano, los moros, gitanos y Apolo y las musas agitados pero no revueltos, perros y gatos vivitos que se peleaban entre ellos y hombres disfrazados de diosas mitológicas y alegorías con barbas, todo para festejar la Inmaculada Concepción de la Virgen, aderezada con peleas de cañas, paloteados y toros? ¿Conocen lo que es un mote? ¿Un emblema? ¿Un jeroglífico? (No hablo del de los periódicos ni el de los egipcios). ¿Saben algo de heráldica? Pues no. Y yo, porque lo he estudiado y me pusieron un examen. Que si no, tampoco lo sabría. Pilar Pedraza ni siquiera se molesta en decirnos la fecha de ambientación de su obra, porque la conoce. Es 1661. Pero lo averiguas por referencias, no porque lo diga. Ni nos indica el número de palotes que siguen al nombre del papa o al austria que reina. ¿Para qué? Ella lo sabe, y no importa para el desarrollo de la acción. Pues en todo ese mundo grandioso y caótico del Siglo de Oro español, hay fantasía. Y bien metida.
El protagonista Bartolomé, un joven que de tener todas nuestras simpatías pasa a presentarse como un cínico, se relaciona con mujeres magníficas, secretas, misteriosas, oscuras, humanas e inhumanas, lánguidas, líquidas y elásticas como las de los cuadros de Klimt, en una narrativa del XIX puro y duro, con imágenes gastadas pero bien hechas. Está el demonio ambiguo de cabellera de fuego, Adrián-Adriana, andrógino de guantes de terciopelo que cubren “unas manos deformes y exquisitas, delicadas garras de marfil cubiertas de pelos negros y armadas con uñas amoratadas, poderosas como las de una fiera”. Aquí, yo ronroneo como un gato. Me gusta, coño. Claro que me gusta.
También está la Salomé blanca, ebúrnea, bellísima, esfíngica, con la sonrisa cerrada porque tiene los dientes podridos de caries, que danza con serpientes como una Salammbô de Flaubert —si no habéis leído este libro, salid corriendo a la biblioteca a la de tres—. Y como no podía faltar, está el súcubo moreno con trenzas, “blanca y rosa como la flor del almendro, con ojos de carbón y labios de brasa”. Es un vampiro, una criatura de la noche, bichería élfica, que en lugar de merendarse al prota se lo folla.
Que sí. Que no es ninguna novedad. Que ya lo sé. ¿Importa? No dan ganas de ponerle peros ni de gritar “¡Es bueno, pero le fallan algo las piernas!”, como decía el profesor Keating sobre un poeta en esa peliculita adolescente que gozó de todas mis simpatías cuando era un crío gilipollas.
Pilar Pedraza nos sirve la fantasía, que se paladea con delicia en la boca, en una mesa victoriana de caoba, con cristalería de Bohemia, cubertería de plata y en vajilla de porcelana china. Nos ilumina la cena con candelabros barrocos sacados de un museo. Pero coge el tópico, lo frota, lo limpia, lo bruñe y vuelve a usarlo. Y los platos parecen nuevos. Brillan. Hasta nos reflejamos en ellos.
Es muy, pero que muy buena. Es casi impecable. Más todavía cuando maneja paisajes imposibles y sociedades improbables, una especie de cruce de Italo Calvino y Jonathan Swift:
Lilithia era región de selvas y abundante agua, de clima cálido y húmedo. Sus habitantes, hembras esbeltas y feroces, eran más humanas que los Satanitas, pues su figura nada tenía de bestial. Había en ellas, por el contrario, una especie de hipertrofia de las características humanas, un refinamiento en sus miembros, una cierta gracia espiritual. Eran de tez oscura, casi negra, y su piel suavísima y tersa brillaba con apagados reflejos de seda. Tenían ojos grandes y almendrados, con párpados muy anchos y sin pestañas. En medio de sus escleróticas ligeramente amarillentas, ardían unos iris negros y relucientes como cuentas de cristal. Como todos los ojos intensamente negros, los suyos parecían rezumar dulzura, pero al mismo tiempo se adivinaba en ellos una malevolencia agazapada.
Los labios se extendían, sólidos y compactos, siguiendo un dibujo de preciosa curvatura, y su color era ligeramente más oscuro que el del resto de la piel, pero teñido de una púrpura que sugería una sensualidad poderosa, y también cierto relajamiento de la vitalidad, una especie de sutil decadencia.
Las perfectas cabezas, un tanto alargadas, se alzaban sobre cuellos gráciles. Los hombros eran anchos y los pechos duros y llenos, rematados por pezones poco salientes, ligeramente amoratados. La línea de las caderas era muy ondulante en las adultas, pero anormalmente sobria en las jóvenes, que parecían muchachos. Tenían los muslos largos, las piernas bien torneadas, los tobillos delgados y los pies grandes. Era un placer verlas caminar con su paso de cazadoras, elástico y amplio, un poco lánguido, enriquecido por un leve contoneo de caderas.
Aquellas criaturas no tenían machos como compañeros. Vivían en grandes chozas comunales, en tensa convivencia. Poseían extensas plantaciones que requerían pocos cuidados, y empleaban su abundante ocio en la caza y en hacer breves pero terribles incursiones en Satania, pues la carne de los Satanitas les agradaba sobremanera.
En chozas más pequeñas que las suyas, criaban algunos machos, hijos de Lilith, que era su reina. Les prodigaban toda clase de cuidados y agasajos, y se peleaban por servirles y hacer grata su corta existencia de bestias de sacrificio. Tuve ocasión de ver un par de esos magníficos machos, que permanecían todo el día sentados a la puerta de sus chozas, atados a una estaca por los tobillos. No se movían ni hablaban. Tan pronto parecían estar idiotizados como meditar profundamente sobre la suerte que les aguardaba. No se quejaban ni se rebelaban, porque su destino era perfecto y entraba dentro de las leyes que regían su mundo. Lilith les había parido para una existencia corta y para un final ritual, ante el que ellos se mostraban resignados y dulces.
Un día vi a las Lilithitas cosechando maíz. Cortaban las cañas, que les servía para techar sus chozas, con movimientos rítmicos y sin dar señales de cansancio, pese al calor que hacía y a la rapidez con que trabajaban. Al atardecer, cuando una de ellas hubo segado el último haz de cañas, todas comenzaron a aullar, de cara a la luna sangrienta que se elevaba en el cielo verde. Flotaba sobre los campos una niebla de fiebre, había en la tierra y en el aire un cierto estremecimiento, como un escalofrío de presagio.
Vi que traían a rastras a uno de los machos, que fingía resistirse porque así estaba establecido. Le hicieron arrodillarse a empellones sobre la última gavilla, y la más madura de las hembras comenzó a degollarle. Fue una operación laboriosa, porque aunque la mujer era fuerte, el elástico cuello del muchacho se resistía. Resultó especialmente fatigoso cortar las vértebras cervicales. Los golpes de la hoz de obsidiana menudeaban, y una lluvia de sangre nos mojaba a cuantos estábamos en derredor. La mujer sudaba y jadeaba. A cada golpe, el cuerpo de la víctima se convulsionaba, y de su boca abierta salían espumas y estertores. La hoz ensangrentada brilló una y otra vez, doblemente roja contra el poniente, y fue cortando el hueso poco a poco. Finalmente, la cabeza quedó sujeta al tronco solamente por la piel del lado opuesto al de la herida; es decir, hacia atrás, mirando al cielo con ojos espantados, ya que la hoz había comenzado su trabajo por la nuez. La mujer la tomó por el cabello y de un solo tajo acabó por separarla del cuerpo, que se derrumbó sobre un cenagoso charco de sangre. Entonces suspiré de alivio, porque aquella difícil agonía comenzaba a resultarme insoportable.
Dos expertas en los ritos avanzaron, reemplazaron a la sacrificadora y comenzaron a desollar el cuerpo todavía caliente. Trabajaban con habilidad y rapidez, en medio de un profundo silencio. Cuando la piel —un guiñapo chorreante y tibio— hubo sido separada, se revistió con ella a la muchacha más joven. El vientre del demonio muerto fue abierto y sus intestinos arrancados y lavados, para que sirvieran de cinturón a la joven que, ataviada de esta guisa, desapareció, de la mano de una mujer madura, por entre la maleza.
Las demás terminaron de despedazar al varón, reduciendo su cuerpo a un montón de pequeños fragmentos de carne y vísceras. Cada mujer tomó uno de los pedazos y todas salieron corriendo en distintas direcciones, para diseminarlos por los campos.
Aquella noche hubo un gran festín, al que acudió Lilith, el húmedo demonio de las noches, la primera compañera de Adán, a la que otros llaman Esfinge. Era oscura y alta, muy corpulenta y hermosa. Su cuerpo, untado de aceite, relucía a la luz de las antorchas. Su piel satinada tenía un oriente de perla negra. Presidió el festín recostada sobre la piel sangrienta de su hijo, habido de sí misma, pues era hermafrodita y no necesitaba del concurso del varón para engendrar.
Nos hartamos de carne dulce: entre todos dimos cuenta de los pedazos del joven macho muerto por la tarde, recuperados tras de su diseminación. Como invitado de honor, me agasajaron con sus sesos, que eran tiernos y buenos como los de cordero, y que comí sin repugnancia. Lilith devoró los genitales de su hijo, como era —según dijeron— habitual.
Cuando hubimos comido, Lilith se levantó para hacer una libación en honor de la Luna, que se cubrió al punto de una espesa niebla roja. Entonces llovió sangre oscura que olía a mujer, y una gran templanza descendió del cielo, una tibieza fecunda y cenagosa, preñada de vida. La noche se ahondó, y resonó como el gemido de un parto monstruoso.
¿Se puede añadir algo a este paisaje lunar, corpóreo y elástico que parece formado por cientos de desnudos morenos que sirven de rocas, de montes, de trigo y de cielo?

Pues sí. Puedo añadir que Pedraza desvela en una entrevista que su siguiente libro va a tratar de licántropos. Y yo me como las uñas y tiemblo. Espero por todos los dioses que Politeísmos —¡compra Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!— vea pronto la luz. No porque fueran a parecerse mi novela y la suya —yo uso decimonadas las justas, me gustan las cosas claras y cristalinas y escribir con tacos y perlas a partes iguales—. Simplemente, porque no me gustaría que me compararan con la Pope de la fantasía española. Ni mucho menos.
(Claro que me gustaría. Puto hipócrita. Hay que joderse.)
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007









Stavrogin dijo
El nombre de Pilar Pedraza es de esos que siempre te vienen a la cabeza cuando piensas en el selecto club de los autores de culto, esos a los que todos citan pero a los muy pocos leen, y menos aún entienden. ¿Para qué leer a la Pedraza pudiendo tirar de Almudena Grandes?
Recuerdo haber leído algunos cuentos de la Pedraza, casi siempre como cierre de lujo para alguna de esas excelentes antologías de cuentos fantásticos que han editado Valdemar, Siruela y alguna otra editorial española. Lo que uno se preguntaba es si Pilar Pedraza sería verdaderamente un prodigio, o si en realidad era una forma de rellenar el tocho con un nombre español y, lo que es todavía más llamativo, de mujer.
Por lo que cuentas en tu post, tengo la impresión de que la Pedraza es ciertamente uno de esos prodigios de nuestra literatura, que a fin de cuentas no es tan mala como a veces se pinta. Es increíble la cantidad de genios que convivieron durante el primer tercio de siglo XX, incluyendo a filósofos de la talla de Ortega.
En resumen, que me has animado a leer alguna novela de Pilar Pedraza. El texto que has copiado me ha parecido sencillamente genial, una de esas piezas que en la posmodernidad ya nadie se atrevería a escribir (y con razón, porque sonarían ridículas). He consultado el catálogo de Valdemar y he comprobado que hay una edición preciosa de La perra de Alejandría, novela que ya me recomendaron en otro momento. Empezaré con esa. Quizá sea el inicio de un reencuentro con la literatura fantástica y castellana...
PD: También tomo nota del ensayo sobre las putas de plástico.
11 Abril 2007 | 03:58 PM