La Coctelera


2 Abril 2007

Los dientes del lobo. (Crítica literaria IV.)

Cogí La noche del lobo de Javier Tomeo con mucho interés porque tenía pinta de fantasía española, y trataba de licántropos con humor y vuelta de tuerca, como Boris Vian. Pues sí, lo hace. Y no, no es lo que esperaba.

El personaje de Macario es calvo, flaco y tiene una dentadura postiza. Vive en la completa soledad de un páramo y se cree todo lo que lee en internet. Dando un paseo se tuerce un tobillo y se queda en mitad de la carretera sin poder dar un paso. Comienza a discutir con otro viandante, vendedor de seguros, que se ha torcido un tobillo como él —qué casualidad, pensaréis. Pues no, está bien montado. Surrealista y bien montado—. Los dos personajes hablan toda la noche hasta que vienen a rescatarlos. No se ven las caras con la niebla. No sucede nada más en toda la novela. Hay ciertas constantes estructurales, como el graznido de un cuervo y el ulular de un mochuelo, y también esta bien organizada temáticamente.

De entrada puede parecer un tostón, pero la conversación es de traca, excelente, muy divertida, y eso que lo único que sucede es que el vendedor de seguros va sintiendo paulatinamente más y más miedo hacia Macario, que parece un chiflado e intenta convencerlo de que es —podría serlo— un licántropo. Con dentadura postiza, pero un licántropo.

Cada vez que sale la luna entre las nubes, la conversación de los dos accidentados deja de versar sobre chorradas interneteras (el número de las estrellas que hay, de qué color se ponen los cangrejos cuando se hierven, recetas de cocina o cuántos países comienzan por la letra K). Entonces, el hombre lobo hace comentarios hirientes sobre la gordura de su acompañante —al que no ve; lo imagina gordo porque cecea, se ríe con la letra o en lugar de con la i y es de derechas—. Cuando está la luna en el cielo despejado, a Macario le rechinan los dientes y siente como si le estuvieran creciendo las uñas. Desea atacar al vendedor de seguros, pero se contiene porque “la situación sería entonces bastante ridícula: un hombre lobo persiguiendo a la pata coja a su víctima, también coja, mientras la luna llena se ríe entre las nubes”.

Un ejemplo:


—¿Por qué no me cuenta ahora cómo se prepara una de esas gallinas a la pepitoria?
—Pregúnteselo a su mujer —responde Macario.
Ismael reconoce que su mujer es una pésima cocinera. Puede que sea ése su único defecto. Sólo le salen bien los macarrones con tomate, pero siempre se olvida de poner sal. Dice también que los hombres que viven solos suelen ser buenos cocineros.
—En mi oficina —recuerda— trabaja un solterón que presume de cocinero. Una noche nos invitó a cenar a su casa y preparó un asado de buey al ron que estaba para chuparse los dedos.
—Conozco perfectamente esa receta —dice Macario, cerrando los puños y mordiendo todas las sílabas.
—No puedo creérmelo. Usted, por lo que veo, sabe de todo.
—Soy tan viejo como la luna —dice Macario.
En esos momentos no tiene nada que ver con el hombre que habla con devoción del martirio de San Andrés o de la Melodía de las Esferas.
—Así que haga usted un esfuerzo, amigo mío —insiste, sintiendo cada vez más cerca el regreso de la luna—. Dé unos cuantos saltitos al frente y venga por fin hasta donde le estoy esperando. Le contaré paso a paso cómo se prepara el asado de buey al ron.

Ahí te entra el escalofrío. Lo hace bien, pero me quedo con Boris Vian, francamente. A La noche del lobo le pongo un pero tremendo: es un texto demasiado largo. Quiero decir, es un buen mecanismo, pero resulta frío. Pasan demasiadas pocas cosas. Me parece un relato inflado para convertirse en novela. Eso sí: un buen relato. Creo que voy a intentar leer algo más de Javier Tomeo porque es posible que La noche del lobo sea un libro entre libros, de los que hace un escritor cuando las editoriales le apuran para que produzca.

Resumiendo: la tragedia de Macario es que tiene dentadura postiza, y no se puede ser un licántropo con dientes de plástico. Y eso nos pasa a todos los seres humanos.

Os explico.

Llevo una buena temporada leyendo una y otra vez Politeísmos¡compra Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—. Sí, sigo corrigiendo mi novela, aunque esté enviando. No lo dejo ni lo dejaré hasta que esté en las librerías. Leer en voz alta es excelente para cazar gazapos, reiteraciones, superabundancia de adverbios o preposiciones que se repiten en frases demasiado cercanas. Además, te flipas. Habíamos terminado un capítulo y yo estaba mirando las marcas y subrayados en rojo que había apuntado. Entonces nos pusimos caninos. Mi follamiga entrañable decidió saquear la nevera a las tres de la mañana, cuyos fondos procedo a inventariar:

Mentí. Dentro no estaba el templo de Zuul ni Gozer el gozeriano. Sólo había esto, que a mí, personalmente, me da más miedo:

-Una bolsa de queso parmesano.
-Media tableta de chocolate.
-Tres envases de ketchup.
-Un bric de leche.
-Un bric de zumo.
-Una bandejita con un filete de ternera reseco.
-Una botella de bailyes.
-Una botella de cocacola (en diferentes estantes, claro, por si las leyendas urbanas).

Mi follamiga apareció en el cuarto con la bandeja de corcho recubierta de plástico transparente. La carne cruda, fina, de color marrón rojizo, dura como una piedra, tenía todo el aspecto de una loncha de jamón. Nos miramos un instante.

—Por el lobo —dijo ella.
—Por el lobo —respondí yo.

Fue nuestro brindis. Por el lobo. Por Álex. Por el personaje protagonista de Politeísmos. Por el hijo de la gran puta con los cojones cuadrados, por aquél que me sacó a patadas del pozo en el que estaba... y que puede sacaros también a vosotros.

Desgarramos la ternera entre los dos, tirando del pedazo correoso con los dientes al tiempo que nos retumbaba un gruñido juguetón en el pecho. La partimos como una manada de lobos, entre risas brutales y sordas que salían a borbollones por la boca. Y cada uno deglutió, con dificultad, su pedazo. Pero ah, nuestros colmillos no son afilados. Nuestra mandíbula no está preparada para desgarrar la carne cruda. Nuestras papilas gustativas la rechazan. Nuestro estómago no la digiere. Sube la náusea. No. No somos lobos. Como el licántropo desdentado de Javier Tomeo, todos los seres humanos estamos imposibilitados. Somos criaturas inútiles, lamentables, tristes, cabezonas, lampiñas, desnudas y flacas. Bípedas. Absurdas y trágicas. El ciervo recién nacido echa a caminar a los tres minutos. El ser humano tarda un año. Si no manejáramos herramientas, moriríamos. Si no tuviéramos cultura, moriríamos. Si no conociéramos el fuego, moriríamos. A pesar de ello, el hombre se ha merendado el planeta entero. No es para sentirse orgulloso: es para bajar la vista con la cara encendida de vergüenza. El homínido ha jugado siempre con las cartas marcadas. Domesticar al perro es hacer trampa. Domesticar el trigo es hacer trampa. Domesticar a la vaca es hacer trampa. Es trampa salir a cazar con una lanza, así que imaginad lo que pienso de los que van con escopeta. Oh, si la lucha fuera tan sólo con las uñas y colmillos... entonces veríamos quién ganaba.

Mi follamiga y yo masticamos el trozo de ternera nauseabunda con una mueca de satisfacción y de furia, con la boca abierta, enseñando los dientes blancos tan pequeños, tan cuadrados... Se hacía una bola elástica en el paladar. No importaba. A ella le brillaban los ojos. Diría que a mí también porque queda más mono estilísticamente el plural, pero es que no tenía el espejo a mano para comprobarlo.

Entonces, tragamos.

Ahora que los dos tendremos triquinosis, yo pienso:


“Esto es una guerra”.
“Empezó la lucha en el neolítico con palos y piedras y ha llegado hasta nuestros días con el cepo de acero, la estricnina oculta en la carne cruda, los disparos del rifle a bocajarro y a distancia. Y hasta que no caiga el último de los lobos de la tierra, continuará la guerra”.
“El superpredador, la gran alimaña, el mejor amigo y el peor enemigo. El lobo es casi un ser mitológico”.
“Cuando desaparezcan por completo, muchos pensarán que nunca existieron: que fueron una leyenda”.

Vosotros veréis de qué lado estáis, lectores míos. Si no lo tenéis claro, esperad a que salga mi novela.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

The Watcher

The Watcher dijo

Pues tiene buena pinta el libro de Tomeo, habrá que echarle un vistazo a ver qué tal.

Respecto a lo otro, no diré yo que no mole emular al lobo, pero con esto de la literalidad acabáis saliendo en bolas a la calle, lo cual en el caso de tu follaamiga no sé cómo sería porque no tengo el gusto, pero en el tuyo, Naira, creéme, no sería agradable XDDD.

Ah, por cierto, yo sé de qué lado estoy.

Un saludo.

2 Abril 2007 | 09:32 PM

Álvaro Naira

Álvaro Naira dijo

xDDDDDDDDDDDD puta envidia
Y no te recomiendo a Tomeo. Es una obra mediana. Hay cosas más interesantes por ahí.

2 Abril 2007 | 11:35 PM

Legado Hereje

Legado Hereje dijo

¿Nueva literatura de terror-gótico? ¿Un nuevo y original vampiro? Esto es lo que le hace el "Legado Hereje" a quienes lo reciben... Anatema Carmesí (Legado Hereje Vol I) del escritor argentino Maximiliano Chiaverano.

24 Enero 2008 | 08:04 PM

Álvaro Naira

Álvaro Naira dijo

Acepto de buen grado tu spam y no lo borro, confiando en que tú aceptarás el mío -que será harto más elegante y vendrá más a cuento- cuando se publique mi novela.

24 Enero 2008 | 08:17 PM

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alvaronaira

Madrid, España
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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha sacado de su disco duro. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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