Gothika de Clara Tahoces, premio Minotauro 2007. (Crítica ¿literaria? III.)
Llega el momento en el que yo me golpeo en el pecho —por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa— y confieso, con la vista baja y las orejas coloradas de vergüenza:
Me gustan los vampiros.
De verdad. Sí, sé que debería estar tipificado en el código penal. Qué le voy a hacer; he sido un ávido consumidor de RHs positivos y negativos desde la adolescencia. Me he tragado prácticamente todo lo que existe sobre lores chupones y súcubos sedientos. Adoro los vampiros. Hasta el paroxismo.
Los de antes.
Considero un gravísimo atentado contra el buen gusto que exista narrativa de vampiros posterior al siglo XIX. No sé, más o menos lo mismo que estar en un restaurante pijo y quitarse la roña de las uñas con el cuchillo de la carne —pudiendo hacerlo con la paleta del pescado, harto más elegante—. He disfrutado como un enano con los hijos de puta y las putas de Satán que manchan de ketchup las páginas roñosas de tantos autores ilustres de la literatura romántica y gótica —Goethe, Potocki, Polidori, Hoffmann, Stoker, Baudelaire, Gautier, Crawford, Hawthorne, Le Fanu: la mayoría felizmente reunidos en la antología de Siruela, tesoro de mi biblioteca—. Son todos relatos magníficos, frescos, vívidos, auténticos. Salvo Baudelaire, que hace poesía: se le perdona porque la hace jodidamente bien.
Hasta aquí, perfecto. En 1936 a Mircea Eliade se le ocurrió la idea brillante de hacer una novela de vampiros. Deberían haberle arrestado ipso facto por su osadía, pero el mundo andaba algo revuelto y el crimen que perpetró contra el curso natural de la literatura fantástica pasó desapercibido.
La señorita Cristina es un buen libro de vampiros. En serio.
Pero huele a viejo. A sobado. A podrido. Apesta a descomposición y está plagado de gusanos. Si uno coge un tópico, que sea para darle la vuelta o para pegarle un tiro. No para hacer más de lo mismo.

Luego está Anne Rice. Y entonces empezamos a andar como los cangrejos. Sin pudor alguno.
Todos sabéis quién es Anne Rice. Es la mujer que vende camisetas con una radiografía de su cerebro. OS LO JURO. No he podido encontrar ninguna imagen porque cuando se volvió Muy Cristiana dejó de venderlas —regalo un gallifante a quien me encuentre foto—. A ella no habría que meterla en el manicomio —bueno, tal vez por su Repentina Cristiandad, otra forma muy popular de esquizofrenia—. A sus lectores sí que habría que apartarlos de la sociedad, por el bien de ésta. Pero Anne Rice es importante en la literatura vampírica, sí. Se supone que su novedad fue situar al vampiro en nuestra época. ¡No jodas! Asombrado estoy de su atrevimiento. Claro. Como todos sabemos, los decimonónicos pusieron a sus vampiros alimentándose de la fresca vitae empapada de cicuta —muy azucarada— de Sócrates y bañándose en leche de burra con Cleopatra —a la Báthory le hubiera encantado la idea—. Pues no, los vampiros decentes del XIX se tomaban su té de tampax at five o’clock, como buenos británicos del momento.
Y hace una semana gana el premio Minotauro Clara Tahoces —conocida reportera de la Más Allá, colaboradora del Iker Inefable Jiménez, ¿necesitáis más datos?— con su novela Gothika.
Mi indignación era tan grande que estuve a punto de hacer lo que todos: ponerlo a parir sin haberlo leído. Pero no; me lo he tragado con mucho esfuerzo y dedicación y aquí tenéis la crítica.
El título ya provoca escalofríos, no sólo por la hache y la ka —terroríficas— ni porque clava el de una reciente película —que yo no he visto ni pienso ver— sino porque vincula a los chupópteros con el ambiente siniestrillo madrileño. Los adoradores de Vampiro La Mascarada, tan contentos. Yo, rabioso. Me hubiera comido la sobrecubierta, pero contemplar la imagen era de por sí indigesto: no quise probar a engullir el papel satinado. Luego lo leí, y me entró cierta risa —al tiempo que cabreo—. Fusilo de cyberdark porque me da pereza resumir este libro:
Estepa. Finales del siglo xviii. La joven Analisa llega desde Madrid en respuesta a la apremiante llamada de su tía moribunda. Una vez allí la muchacha se ve acosada por extrañas y terribles pesadillas y por un sutil mal que parece estar consumiéndola poco a poco. Un día Analisa despierta dentro de un ataúd. Junto a ella reposa su tía que parece muerta. Cuando la joven escapa y se siente a salvo descubre que algo le ha ocurrido. Y siente la aguda punzada del hambre...Madrid. Principios del siglo xx. Alejo sabe que solamente su trabajo puede convertir su oficio vocacional, el de escritor, en el verdadero sustento de su vida. Así, mientras se gana el pan trabajando de teleoperador se documenta intensamente para la que será su gran novela. Para ello sale cada noche con Darío, el hermano de su novia, por el ambiente goth madrileño. Todo cambia el día que Alejo conoce a Ana, la mujer enigmática y fascinante que se convierte en su única obsesión.
Tócate los huevos. Y atención a lo de “goth”. Góticos, coño. Góticos. O siniestros. Se puede ser tan pijo como para escribir snob, pero no se puede ser tan snob como para escribir “goth”. Nunca os lo hubierais imaginado, pero la Mujer Enigmática y Fascinante que conoce el intrépido teleoperador Alejo es la vampiresa Analisa —¿había un nombre más cursi? ¡Sí! ¡Emersinda, la tía de la protagonista! Pero os lo voy a mejorar: el ghoul (esclavo humano según Vampiro La Mascarada 3ª edición, página 59, al que se le da de beber sangre vampírica sin extraerle la humana, JUSTITO lo que pasa en la novela) lleva el nick de Darky, y cuando otro personaje, en un original arrebato romántico al que sólo le falta música de violines y un remolino de pétalos de rosa, susurra: “Dime al menos tu nombre” ¡ella responde que se llama Darky!!!!!—. Por supuesto. Son góticos. Y los góticos de la novela de Tahoces siguen los Cinco Pasos para Ser Gótico —no os los voy a copiar otra vez, leedlos—. Son huerfanitos trágicos o marcados por un pasado oscuro. Nacieron góticos y su goticidad aumentó en varios puntos de experiencia con la pubertad, al tiempo que les cambiaba la voz o les crecían las tetas, igual que a los mutis de la Patrulla X. Evidentemente, existe el Gen-Goth. Lo tienes y eres de los Elegidos, o no lo tienes y eres un puto burgués conformista. Pues vale.

La documentación de Tahoces de la escena madrileña es un ejemplo de cómo NO se debe documentar una novela, por cierto. Se nota un cojón que no tenía ni puta idea acerca de lo que escribe antes de lanzarse y que corta y pega para mostrar lo mucho que ha investigado. Hay una página donde se enumeran los garitos oscuros de Madrid y los grupos góticos a cuyos pérfidos encantos sucumbió el Siniestro Cazavampiros Darío, una descripción de por qué la absenta es popular entre las hordas de la noche que parece sacada de internet —nos indica hasta los tipos de absenta que hay, cómo se debe beber y qué película la puso de moda como si fuera un artículo divulgativo EN MEDIO de la acción—. En cuanto al lenguaje, pues es periodístico. Facilísimo de leer, y soporífero y carente de estilo para un lector medianamente curtido.
Mirad: a mí me gusta que la gente escriba al tiempo que se rasca el escroto —como Tusset— o que se pinta las uñas —como Umbral—. Pero lo que me cabrea y aburre es la gente que narra como si leyera la guía telefónica. Hay que tener personalidad: escribiendo, más. Es lo único que te salva y te hace distinto. Puedes hablar de la cosa más sobada y gilipollesca que se te ocurra, si lo haces bien. Lo esencial es la huida del tópico: salir corriendo ante el pelo de azabache, la piel marfileña y otras polladas que sólo les perdono a los que lo hicieron en el momento adecuado. Ésos, chapeau. Que nadie se equivoque, que yo comulgo con Juan Ramón Jiménez: el primero que escribió que las lágrimas eran como perlas era un genio. El último, un imbécil. El primero tal vez fue Petrarca; el último acabo de ser yo, en este instante. Eso sí, cuando mis sufridos seguidores lean esta línea, habré pasado el testigo, tranquilos. En España se publican sesenta mil libros al año. Es de esperar un promedio de dieciséis soplapollas diarios. Bueno, salvemos un uno por ciento: quince.
¿Por qué estás tan cabreado, Al? Es la pregunta que os hacéis. Os explico.
Estoy cabreado porque Tahoces ha realizado un producto comercial que amenaza con eternizarse en trilogía —la novela deja completamente abierta la continuación posible, y no hay dos sin tres—. Y me toca los huevos a cuatro manos. Porque me ha pisado la idea, hostia puta. No, no, no pensaba escribir de vampiros embutidos en sus blondas y rasos dándose garbeos por el Phobia y el Seis.
YA LO HE HECHO.
No con vampiros. Ni de coña. ¿Estáis de broma? [Off-topic: el personaje de Álex con blondas y rasos... Perdonad que me ría, pero casi me he caído de la silla.]
Pero sí lo he hecho con licántropos. Que no son licántropos. Y he hecho fantasía. Que no es fantasía. He trabajado como un puto animal en difuminar la delgada línea que hay entre el realismo y lo maravilloso, he creado contrastes entre lo más alto y lo más bajo, he introducido los elementos sobrenaturales con toda suerte de subterfugios, me he MATADO en realizar un libro que cubriera las necesidades básicas de un lector que necesita su pedazo de irrealidad tanto como respirar, porque el mundo es un asco, porque la realidad ahoga y asfixia, pero de un lector exigente, hasta la polla de orcos, elfos... y vampiros. Porque yo soy mi lector ideal, y a mí me jode tener que bajar el listón de mis exigencias literarias para tragar mi bocado de maravilla, y quise satisfacer al que busca una buena sinestesia, un símil crujiente y nunca visto, un diálogo fresco, una descripción que se toque, se huela y se mire —cosas que sólo se encuentran en los Popes de la Alta Literatura— y al lector que da brincos con las aventuras —jodidamente mal escritas— del niño Potter o de Aragorn hijo de Arathorn heredero de Isildur. Como yo lo hago. Denunciadme.
Síndrome de Peter Pan: hacer fantasía para adultos. ¿Licántropos? No. Hablo de religión chamánica, de dioses totémicos, en medio de nuestra vida cotidiana. Y tomé como escenario el ambiente gótico madrileño porque lo conocía, porque es una chorrada escribir de pingüinos si nunca has estado en la Antártida, y porque se nota un huevo cuando documentas de culo. Lo hice con distancia irónica, drama y humor a partes iguales, una buena dosis de mala leche y otra de saludable incorrección política.
Y ahora me encuentro con Gothika. Que hace lo mismo. Lo hace mal, vale. Pero enclava la fantasía en nuestro tiempo, y encima en los mismos garitos —bueno, no, ella se inventa uno, lo mismo le daba miedo pisar un antro siniestro de verdad, y su Madrid está tan descrito que igual podría ser Albacete by Night—. Me jode, me jode. No sabéis cuánto.
Puntos de contacto de Gothika con Politeísmos: en Tahoces hay ambiente gótico, se transcribe una conversación de chat —sólo que yo me la trabajé como un cabrón, no me limité a escribir en plan mensaje de móvil y café para todos, que cada personaje, como cada persona, tiene su forma particular de escribir por ordenador: unos con faltas de ortografía, otros sin ellas, unos con mayúsculas, otros sin comas y, otros, muy pocos (me incluyo) con tildes—, en Gothika hay una ouija —yo tengo cuatro, y todas bastante más originales y cínicas, salvo una que es trágica, y por ello, algo más típica, pero hostia, bien llevada, sin melodrama y pico—, los góticos chupis de Tahoces beben absenta —mis personajes también, así de pasada, con su cachito de ironía, pero yo soy menos torpe al explicar qué coño es el Fairy+Licor del Polo: de hecho, ni lo explico. ¿Por qué no lo hago? Porque lo sé. Así de simple. Claro que podría haberme lanzado a precisar que, ojito, yo he documentado, y sé que hay buenas y malas, que la buena es la Mata Hari, la mala es la que sabe a líquido de enjuagarse, que lo del terrón de azúcar aparece en Drácula de Coppola —le falta a Tahoces una nota al pie que informe de que también es popular entre gotiquillos antiguos el vídeo descacharrante de Nin “The Perfect Drug”; qué vergüenza, cómo pudo olvidar tan trascendente detalle para la trama—. Eso sí, nos indica —gracias— que la peli es del año 92. ¿A quién cojones le importa?
¿Problema? El personaje de Verónica cita la misma película en Politeísmos. Vale. Pero hay formas y formas de explicar las cosas. Está el humor, el humor sagrado que todo lo santifica. Por ejemplo: en Gothika la vampiresa esta tiene una reserva de sangre. Un minuto que copie el párrafo, que no tiene desperdicio:
Sin esperar la orden, Violeta se adelantó a sus deseos. Bajó corriendo al sótano y tomó una dosis de uno de los congeladores. Fue a la sala de estar y encontró a Ana, ya en camisón, tumbada en el sofá. Se la veía más lánguida que de costumbre. Sin decir nada, le tendió la bolsa de sangre. Ana la tomó con cuidado y la depositó sobre la mesa esperando a que se descongelara. Estaba ansiosa, pero no podía introducirlo en el microondas. ¡Aquello sería un auténtico sacrilegio!
Así, con exclamaciones. Dejando a un lado la falta de concordancia de géneros de los sustantivos “sangre” y “bolsa” con el complemento directo del verbo introducir, y que en descongelarse el paquete debería pasar una hora larga, el párrafo es desternillante. En el mal sentido. Veréis, si la vampiresa hubiera pillado la bolsa, la hubiera metido en el microondas y hubiera esperado a que estallara el plástico y lo pringara todo y, entre tanto, sin poder contenerse, se hubiera dedicado a chuperretar un cacho de sangre congelada como un polo de limón con negligencia de niña que lame una piruleta, yo hubiera aplaudido con las orejas. Hasta me hubiera puesto la escena, lo juro.
Pero no es el caso.
Concluyendo: me la fuma Gothika. Sólo me jode que ya no puedo enviar a Minotauro. Venderían mi novela del siguiente modo: “Igual que Gothika actualizó los vampiros en el Madrid ‘goth’ actual, ahora Politeísmos lo hace con los licántropos”. Y la furia se me enrosca en los intestinos sólo de pensarlo. Eso sí: por mis cojones no muevo una coma de mi novela porque en la novelita de Tahoces haya algo remotamente parecido. Que Politeísmos está registrada, y desde hace cinco meses, mucho antes de que saliera el flamante premio Minotauro a las librerías. Llevo todo este tiempo quitando adverbios, moviendo verbos, cambiando preposiciones, limpiando de adjetivos. Y aunque esté ya mandando a editoriales, continúo puliendo. Y no pararé hasta que se venda en las tiendas. ESO ES TRABAJAR.
Crítica resumida: si os mola Anne Rice, os molará Tahoces. Y mucho. Pues disfrutadlo, hijos míos, disfrutadlo. Que —supongo— está entretenido. Si lo hubiera leído con doce años igual hasta me flipa. Eso sí: no compréis Politeísmos.
Qué cojones. Compradlo. Lo mismo hasta os cambia la vida.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007










Death Herald dijo
He encontrado un lugar en el que hay una crítica a favor de Gothika. Ignoro si el autor de la misma se la cree, pero hay cosillas que cantan un poco. Sé que habrá gente que se la compre, pero espero que nadie lo haga por haber leído ese comentario. Álvaro, supongo que tendréis algo de curiosidad por el tema; por eso dejo por aquí el enlace.
http://www.comentariosdelibros.com/come2006-1/book0069-2006.htm
Adelantaré un párrafo.
""Gothika" es una obra que ya tiene en sus páginas haberse convertido en una obra de culto. Clara Tahoces nada tiene que envidiar a Anne Rice, porque su Analisa ha pasado a convertirse, desde ya, en un referente del vampirismo."
Esto no es serio. De verdad.
Un libro que apenas tiene algún tiempo de vida, ¿es ya una obra de culto?
Y aunque no he leído a Rice (al final lo haré, un día de estos; sólo por curiosidad), puedo aseguraros que Analisa (mira que chirría, el dichoso nombre) NO es referente de nada.
Como comenté en otro lugar, un amigo me dijo que me invitaría a una cena el día que yo le nombrara un libro que le gustara. De eso hace ya casi dos años, y a este paso me da que me quedo sin cenar.
Entre los libros con los que me cruzo y las reseñas de este tipo, lo tengo difícil para volver a disfrutar de la literatura fantástica. Que nadie me malinterprete, no estoy en contra de las reseñas benévolas. Pero sí que encuentro absurdo que alguien me diga que un determinado libro es la repanocha, pero no me diga por qué.
No puedo resistir la tentación de citar otro comentario.
"Resulta curioso como con su obra "Gothika" Clara Tahoces consigue crear en el lector una maraña de sentimientos encontrados hacia uno de los principales actores de su obra: Analisa."
Analisa no es más que carnaza de bestseller, a nivel de personaje. Cumple con los requisitos para ese tipo de literatura. Debe ser atractiva, ellos (y también ellas, si se tercia) deben babear por ella, bla bla bla. Paso de extenderme en este punto, que estoy seguro de que a todos nos suena.
Mi pregunta es, ¿dónde está la maraña de sentimientos encontrados?
¿Se ha leído el libro o ha seguido instrucciones?
Sí, soy malpensado. Cosas del empirismo, supongo.
Un pequeño Off-Topic, respeto a algo que comentaste. En Ociojoven, sólo tengo publicada una reseña más. Es un artículo sencillo, que apenas profundiza en ellibro.
http://www.ociojoven.com/article/articleview/963476/
Y aunque no tengo más libros criticados en Ociojoven, si te aburres puedes echarle un vistazo a estos enlaces. XD
http://www.ociojoven.com/article/articleview/975195/
http://www.ociojoven.com/article/articleview/962080/
http://www.ociojoven.com/article/articleview/960860/
Son algunos de los comentarios que hago a uno de los pobladores que envía relatos a la página. Me tocó aportar el contrapunto, no es que todo lo vea negro. XD
Estaré encantado de echarle un vistazo a tu novela. ;)
Un saludo.
18 Abril 2007 | 02:29 PM