Cerrar el círculo: el mito, el postmodernismo y el autómata. (Crítica literaria II)
Con este título, que más parece propio de una novela de C. S. Lewis , voy a romper mi voto sagrado y a destriparos un libro. Sí, os voy a contar el final. De hecho, voy a comenzar por el final y a terminar por el principio, al contrario de lo que pide el Rey de Corazones a Alicia —“Empieza por el principio. Y cuando llegues al final, te callas”—. Pues no, voy a nadar contracorriente. Total, el resultado siempre es el mismo. En el fondo, os voy a hacer un favor. Porque el desenlace de la novela Frío, de Sergio Parra, es la polla, si sabes cómo acaba antes de empezar a leer, claro. ¿De qué va? Joder, lo dice el título —de mi post, no de la novela—. Trata del grande, el eterno, el símbolo universal del autómata. [¡SPOILER! ¡SPOILER! ¡SPOILER!] El marido de la protagonista es un ser modificado genéticamente para carecer de sentimientos y ejecutar órdenes cuando lo activas mediante el comando “Completa el círculo”. Fin. [DEL SPOILER] ¿No os mola? ¿Ah, vuestro dios no es así? ¿Os crea porque es todo corazón y sentimientos? Volved a leer el Génesis. Yahveh es un hacendado cabrón que se pasea por su huerto de lo más satisfecho y tiene a sus esclavos en pelotas. Sí, lo juro. Leedlo con ojos limpios de catecismos, que el Paraíso Terrenal no es más que un patio de hortalizas. ¿O qué os creéis, que cuando uno vive en mitad del desierto se imagina la jungla del Amazonas como Cielo? Pues no, con que te crezcan dos lechugas, un pepino y tres espárragos te conformas. Vale, que sí, que luego resulta que va y los echa y les condena a trabajar, mira qué malo que es, y en tierras polvorientas en las que sólo crecen los peñascos. Pero en origen ya se partían el lomo para él, aunque fuera en un invernadero tropical —mentira, que es un huerto—. El hombre es el primer autómata, la primera máquina que trabaja para otro. Importante: a diferencia del portátil con el que escribo, al que únicamente soplo para quitarle la ceniza del teclado, a los hombres primigenios les soplaba en las narices Dios, cuyo aliento era más cool que el mío. Con la halitosis divina, entra el alma, y el hombre deja de ser gólem y respira. Porque gólem, que es palabra hebrea, sólo significa “inacabado”. Una mujer que no ha parido es gólem; una aguja sin hueco por donde enhebrar el hilo, también. Mazo de sentimentales que eran los antiguos hebreos, que a su señora la llaman como a la aguja de coser. Después, el término pasa a designar la criatura mitológica salida de la imaginación de los rabinos: el gigante de barro creado por un hombre. ¿Queréis matar a vuestro propio gólem? Mirad el vídeo. Sí que es unheimlich, sí. Sea lo que sea eso. Es la polla. Creo que sólo con este muñecote yo sería capaz de escribir una novela, o una docena... [Yo que vosotros, si os mola el tema, me compraría el El hombre autómata es el esclavo, el buey que tira de la noria, como Conan: burro, tonto, feo e hiperesteroidado y, a ser posible, con tornillos en las sienes. Pero es el hombre, en origen. Como tú y como yo. El autómata nos contempla fijamente con sus ojos de vidrio cuando obtiene alma —toma conciencia de sí mismo— como el monstruo del doctor Frankenstein, el superordenador Hal 9000, el Nexus de Blade Runner. Si nuestras máquinas cobraran vida, ¿se preguntarían el porqué de su existencia, de su creación? ¿Cantarían Daisy, Daisy? Es más que posible. Porque Dios crea al hombre y el hombre crea al gólem, y sus preguntas son las nuestras; encontramos nuestra imagen en sus pupilas —normal, son de cristal y nos reflejamos—. El mito del autómata sirve al escritor para ilustrar la condición humana. Y de esto trata Frío, que ha sido mi último descubrimiento en el fandom, del que ando, la verdad sea dicha, bastante alejado últimamente. Habla del gólem. Sólo que se desvela al final, de golpe, sin previo aviso. Es una novela de abracadabra, de sorpresa, de salto en la silla. ¿Problema? Yo soy muy poco impresionable. Y estaba absolutamente impresionado con la calidad literaria de Frío, jodidamente metido en el tema, cuando de pronto, voltereta. Dejamos de estar en una novela de voz femenina —dos cojones, que lo hace de putísima madre, porque yo no trago la narrativa de género y ésta me la tragué—, una novela romántica, introspectiva, burguesa, y pasamos de un bofetón a la cf. Sin más. En una página leemos novela rosa de una mujer que está con un marido que no le hace ni puto caso y a la siguiente hay un ser superior creado en un laboratorio, un gólem, un autómata. ¿La idea? Es la polla. ¿La ejecución? Por partes. Sergio Parra escribe jodidamente bien. No sé por qué lo llaman barroco. A mí no me lo parece. No utiliza palabras complicadas, a no ser que tomes como medida a Dan Brown. Mete los fallos que metemos todos: por ejemplo, dos veces “rosa” en el mismo párrafo de la página 13 (me vais a masacrar cuando salga mi novela a la venta, que yo soy reiterativo y mucho, por más que me mate a corregir). Minucias. El primer capítulo, en que se explica el mecanismo del Drum y cómo caza con él la enfermera a su marido, me parece excepcional. Además tiene cierto tufillo a cf, sin serlo, por la descripción pormenorizada del aparato y la reacción del paciente. De pronto te sientes leyendo fantasía, y no lo es. Parece un viaje alucinante con un instrumento tecnológico asombroso de una civilización futura. Solo que existe, y está en cualquier hospital. Destaco por cuestiones técnicas la asimilación de la clínica en la que trabaja la enfermera al Infierno y Purgatorio dantescos. Está más que bien hecha, pero tiene un pequeño problema, un error que comete Sergio Parra, que cometo yo y que cometemos todos. Nos creemos, siempre, la Primera Norma del Buen Escritor:
¿Queréis que me ponga pedante? A mí no cuesta nada. Rápido recorrido: todos los mitos de la creación encierran a la humanidad en el autómata: en la teología menfita el hombre se modela con barro; en los mitos sumerios con la sangre de Kingu y los ladrillos de adobe de Ninhursag; los hermanos de Odín crean a Ask (fresno, varón) y Embla (olmo, mujer) con pedazos de madera; los baganda africanos relatan la forja de un herrero primordial con miles de cabellos quemados y un centenar de calderos de lágrimas como materia prima, puesto que la leña y el agua del río no son dignos para crear al hombre. El egipcio nace de una lágrima y de una polución nocturna de Ra. El japonés, de un sauce. El serbio nace del sudor. El vikingo de un tronco. El chino de una pulga de P’an-ku. El australiano, de las piedras. Blodeuedd nace de las flores. Lullu de la sangre. Adán de la arcilla. Y todos nacen para currar, que los dioses no son gilipollas y arar el campo es mazo de cansado; ya que son todopoderosos, deciden que mejor crean a un panoli que les haga el trabajo sucio. Y he ahí el Hombre, con mayúscula, qué grande, qué centro, qué origen y qué confín y resultado de la Creación. 
“El gólem, propiamente dicho, es ciudadano de Praga”. Esta frase no es mía, la leí en alguna página de internet y me flipó, y mira que es tonta. Se refiere a la novela onírica rarísima de Meyrink, que estaba como una chota, era discípulo de la Blavatsky, titiritero, hijo bastardo de una actriz, playboy, místico, traductor de Dickens, hombre de negocios, atleta, tuberculoso, coleccionista de ratones africanos, estafador, contemporáneo de Kafka, suicida fracasado y ávido lector de tratados de teosofía. No necesariamente en ese orden. A Borges le ponía un huevo este libro tétrico y expresionista, y a mí también —poca personalidad que tengo, siempre emulando a los genios—. A lo que vamos. Toca hacer repostería. Apuntad la receta, que vamos a crear un ser humano. Lavaos antes las patas con jabón, que es poco higiénico cocinar hombres con microbios en las manos.
Ingredientes (para una persona):
-5 mililitros de semen humano.
-500 gramos de estiércol de caballo.
-Cuarenta cucharadas de preparación alquímica roja (sangre humana secreta).
-Azúcar glas, virutas de chocolate (al gusto).
Tiempo de cocción: cuarenta días.
Tiempo de preparación: cuarenta semanas.
Dificultad: Alta. Sólo para demiurgos, divinidades superiores y chefs experimentados.
Instrucciones:
“Encierre durante cuarenta días en un alambique licor espermático del hombre, que allí se pudra y continúe a componerse en un recipiente lleno de estiércol de caballo, hasta que comience a vivir y moverse, lo cual es fácil de reconocer. Después de ese tiempo aparecerá una forma parecida a la de un hombre, pero transparente y casi sin sustancia. Si, luego de esto, se alimenta todos los días este joven producto, prudente y cuidadosamente, con sangre humana secreta (es decir una preparación alquímica roja), y se lo conserva durante cuarenta semanas a un calor constantemente igual al del vientre del caballo, este producto viene a ser un verdadero y viviente niño, con todos sus miembros como el nacido de la mujer, pero sólo más pequeño y al que llamamos un homúnculo. Es necesario educarlo con gran esmero y cuidados hasta que crezca y comience a manifestar la inteligencia. (Paracelso, De natura rerum.)
¡Buen provecho!
Así que Sergio Parra en su novela Frío trabaja con el tópico del autómata, presente en la literatura desde la creación del hombre hasta los robots de la ciencia ficción, pasando por el gólem judeocabalístico, el Jesús niño hacedor de palomas de los evangelios apócrifos, los muñecos mecánicos de Dédalo, las cabezas parlantes que construyeron Virgilio y el mago Alberto Magno, que parodia Cervantes en el Quijote. Es el convidado de piedra de los donjuanes Tenorio. Es el monstruo de Shelley. Es Pinocho. Es el objeto inanimado que se mueve. Es lo siniestro, pero a la manera freudiana, no a la de los góticos. Es el unheimlich.
El gólem femenino es la mujer autómata, la Olympia de engranajes que camina en línea recta y exclama su sempiterno “¡Ah, ah, ah!” como respuesta, le hablen de amor, empatía de almas y comunión de los cuerpos o le lean sonetos y canzonas. Es la máquina de amar, la puta de plástico, la muñeca hinchable. Es el motivo de Pigmalión que se desposa con la estatua, la misma historia del chavalín de las Cantigas que se ordena sacerdote por haberle puesto en el dedo a la estatua de la Virgen su anillo de bodas —será gilipollas—. Es La Vénus d'Ille de Prosper Mérimée. La doña Elvira de Castañeda de Bécquer. Es la novia cadáver de Tim Burton, sólo que ésta no es una estatua sino un esqueleto; tanto da. 
estudio cojonudo de Pilar Pedraza, cuyas obras de ficción no he leído todavía, a pesar de que sé que me encantarán. ¿No me da vergüenza? Pues sí, me la da. Deberes para la próxima semana.]
“El lector es gilipollas hasta que se demuestre lo contrario”.
Grandísima verdad. Pero olvidamos siempre la Segunda Norma del Buen Escritor:
“El lector no debe notar que sabemos que es gilipollas”.
Y aquí, el lector se percata de que el escritor lo toma por imbécil. Al menos yo lo he notado, aunque yo juego con las cartas marcadas, porque escribo. Me explico: Sergio Parra hace la fabulosa comparación del hospital al infierno DESPUÉS de explicarnos lo que va a hacer. Dice la voz narrativa: “me imagino que soy una suerte de Virgilio, el poeta clásico que acompañó a Dante por los tres reinos sobrenaturales: el Infierno, el Purgatorio y el Cielo”. Y luego comienza la excelentísima descripción del hospital al modo de círculos de pecadores capitales que se cuecen en su propia salsa, de soberbios que se la pegan por llevar un coche caro, de glotones con indigestión, de lujuriosos en las salas de partos, de perezosos en convalecencia friéndose delante de la tele conectados a sus máquinas de respiración asistida. ¿Problema? No lo disfruto porque yo ya me he sentido insultado. Sé quién es Dante, sé quién es Virgilio, sé quién es Beatriz. He leído la Divina Comedia. Y si no lo hubiera hecho, más insultado me habría sentido, porque me acaban de llamar inculto a la cara.
Hay otras formas de hacerlo. Por ejemplo, te comes la advertencia de “Ojo, ojo, presta atención, que te voy a hablar de algo intelectual, y como no sé si lo conoces, pues te lo explico” y directamente haces tu comparación y cuentas lo que quieres. Si el lector capta la referencia, bien por él. Si no la capta, bien por ti: no se ha sentido ni inculto ni imbécil y es posible que piense que esa maravillosa imagen no es de Dante sino tuya, mira tú lo que has ganado.
Los personajes secundarios son bastante planos, aunque bien trazados, especialmente la enfermera a la que la protagonista denomina Diosa Eir, que se dedica a coleccionar palíndromos —Ana lava lana, Yo hago yoga hoy, A ti no, bonita— y hablaría sólo de manera palindrómica si pudiera. Distinguimos, a pesar del narrador, que nada tiene de especial esa mujer que trabaja en ginecología, sino que son los ojos deformados de nuestra protagonista los que le dan el aire ultraterreno. Muy, pero que muy bien hecho. Ahí está la fantasía realista, justo ahí. Y también en el último capítulo, donde se mezcla con pericia la voz femenina de novelón romántico y el tema del autómata de la ciencia ficción:
Conseguí no echar de menos a Fred como marido, sino que lo hice como electrodoméstico. ¿Se puede querer a un electrodoméstico? ¿Se puede amar a un objeto opaco y sin sentimientos? Creo que sí, aunque el matiz diferencial es muy sutil. Aprendí a echar de menos a Fred como echaba de menos el diario que escribía de niña, a mi lápiz de la suerte extraviado en un viaje a Amsterdam o a mi osito de peluche con el que dormía cada noche. Ninguno de aquellos objetos de poderosa carga emocional había participado de mis sentimientos, no habían experimentado empatía cuando estaba triste o alegre, nuestro amor nunca fue recíproco, y sin embargo los recordaba con un cariño infinito, los añoraba como si fueran una parte esencial de mí.
Sergio Parra juega en mi división. Está en mi escuela. Hace lo mismo que yo: fantasía realista. Inserta el mito en la realidad cotidiana. El descubrimiento de la naturaleza golémica del personaje se hace en un bar de tapas llamado “El carajillo alegre”, no en un laboratorio ni en otro planeta. Rompe barreras de géneros; pero lo hace a lo bestia, en un corte brusco. Me parece una torpeza. Desde el capítulo uno al ocho estamos en un tipo de novela. Del ocho al once, en otro. Perdonadme si creo que se puede hacer con más sutileza, amontonando las sospechas, serendipias, anticipaciones, prolepsis y demás pedanterías hasta que llegas a la Gran Bola de Fuego —para averiguar qué significa tal término en el diccionario estilístico Naira-Español, Español-Naira, seguid el link—. La Gran Bola de Fuego no debe quemar al lector. Nunca debe asombrarse ante la pirueta que supone dar el salto de una casilla a otra de la rayuela de los géneros literarios, sino dejarse llevar, dejarse engañar, tragar, jugar al mismo juego del escritor. Así pienso yo, y así lo he intentado hacer en Politeísmos —cielos, aún no la había citado hoy. De ahora no pasa: ¡compra Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—. Ustedes juzgarán, desocupados lectores, si conseguí mi propósito. Sergio Parra no lo ha logrado, aunque puede que no fuera eso lo que pretendía.
Sergio Parra, te recluto para mi generación literaria de la fantasía realista —pero qué cara más grande tengo, él ha publicado ya, está bastante consagrado, de hecho, y yo no—. Da igual. Estás en la escuela neomítica, que de algún modo hay que llamarla —quedaría feo denominarla MI escuela—, formada por aquellos que estamos hasta los huevos tanto de los viejos géneros y sus compartimentos estancos como del postmodernismo y su “voy a hablaros sobre nada porque nada tiene sentido, el progreso no tiene sentido y me acabo de dar cuenta, y como no puedo evitar la eyaculación verbal, voy a pringaros con ella”.
Sergio Parra, no te voy a perder de vista. Tú no me conoces, pero sentirás mi aliento escarchado en tu nuca. Voy a leerme todas tus novelas. Porque haces lo mismo que yo, y te guste o no, si pasas a los libros de texto de historia de la literatura, pasarás conmigo —si es que publico ya de una puta vez, claro—. Estaremos ahí, en las últimas páginas, en el bulto informe de nombres generacionales que ningún chaval se estudia porque nunca cae, porque no es importante. En una generación siempre está el que reniega, el diletante, el maestro, el genio, los seguidores, el contestatario —¡me pido llevar al genio!—. Figurarán los señores postmodernos ahí, al principio del tema, con su importante novelística que trata de NADA, y luego la chusma, los fantásticos, los míticos, los que no somos serios, los que contamos cuentos.
Porque puede que los postmodernistas no tengan nada que decir, pero yo sí. Os explicaré lo que opino del postmodernismo otro día. De momento, me limito a hacer una declaración de intenciones que copia la de Fernando Fernán Gómez:
A la mierda con la cosmovisión occidental, judeocristiana, del progreso y del avance hacia el cielo, porque cuando el escritor postmoderno de pro llega a la cumbre, mira para abajo y le entra vértigo, y se pone a escribir polladas sobre que no puede escribir y que no tiene nada que contar porque todo está contado. Pues cállate y no hagas perder el tiempo a los lectores, joder.
La novela no ha muerto: nunca ha estado más viva. Y hay que jugar con ella y romper barreras. ¿Que esto también es postmoderno? Pues claro. Todo es postmoderno hoy en día. Pero creo que la solución está en el círculo, el mismo que persigue el gólem de la novela Frío. Agarras la línea recta ascendente del pensamiento contemporáneo, la doblas y haces un donut. Ése es el círculo que se cierra y se completa. Regresamos a la cosmovisión del mito. Volvemos a lo fantástico. Porque la realidad es un asco, señores. Eso sí; no cerramos los ojos a ella. Sería una gilipollez. Sólo la curvamos, le damos vueltas, la retorcemos, intentando desenterrar la escasa mitología bastarda que queda en este mundo insulso y predecible, matemático, tan poco prolífico en magia, en dioses, en misterios y en disparates.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007













Álvaro dijo
Debería pedir disculpas por la MIERDA de presentación de este post, los tamaños absurdos de las imágenes, lo estrecho de los márgenes y la imposibilidad de meter citas, pero NO VOY A HACERLO.
Reclamaciones, a la coctelera. Que lleva mareando a los usuarios con el sistema desde hace dos semanas.
13 Febrero 2007 | 08:42 PM