La Coctelera

26 Enero 2007

El ojo izquierdo. (Crítica literaria I)

Una de cal, una de arena. Ayer me reía de Millás y de sus poses fotográficas: hoy voy a hablar de una novela suya. No de la mejor, pero sí de la que acabo de leer. No, no es la última que ha hecho. Me empeciné en no leerla en su momento porque el autor me provocaba antipatía, y su cosecha de éxitos, rabia furibunda. O rubicunda, como los bárbaros. Es una palabra que, aunque sólo signifique “rubio” o “rojizo”, siempre me hizo pensar en vikingos lanzándose a la batalla con trenzas soleadas bajo los cascos... Cuestiones fonéticas. Evocaciones. Literatura.

(Disculpad el juego de palabras idiota. Tengo el día tonto. Es de leer de nuevo, a golpes y patadas, de intentar meterme en semanas todo lo que no he leído estos meses.)

Hablo de Dos mujeres en Praga, y con este libro mediocre —grandes aciertos, grandes fallos— inicio mi sección de crítica literaria, que ya tocaba, joder. Llevo nueve meses sin leer: Politeísmos ha sido todo un parto, y no debes masticar prosa de otros cuando estás vomitando, que se revuelve el estómago y la arcada novelística acaba por saber a la vez a fresa y judías pintas y cobra el aspecto de la mixtura de un pintoyó: una frase de tu escritor favorito, una imagen del que hojeaste en la biblioteca, un personaje clavado a tu vecino del quinto y una idea sacada del telediario de las ocho.

Para escribir hay que encerrarse: cuanto menos sepas del mundo, menos plagiarás. Porque se plagia, quieras o no. Así funciona la mente humana: partiendo lo que conoce y reconstruyéndolo. No se puede ser original; nuestra cabeza piensa triturando realidades y montando el puzzle a lo Escher. Es lo que somos. Es lo que hacemos. El cráneo está lleno de habitaciones, de puertas, de ficheros que custodian la información, barreras que nos pone la sociedad en la que vivimos, porque no puedes pensar de forma distinta a tu época aunque te mates en ello. Sólo al dormir y al crear rompemos los tabiques y revolvemos carpetas. ¿O qué coño os pensáis que es una sirena? La pescadera del pueblo con su mercancía debajo. Reorganizada.

Dos mujeres en Praga, decía. Ya, ya sé que lo publicó hace la tira de años y que muchos lo habréis leído. Pues yo no lo había hecho hasta ayer.

Millás nunca fue santo de mi devoción, pero escribe razonablemente bien. Las cosas como son. No de quitarse el sombrero, pero sí de pasar un buen rato y encontrar hallazgos. ¿Mi problema? Le veo los trucos. Le veo el laboratorio del escritor debajo: yo también tengo el mío, sé cómo funciona y sé cuándo falla.

¿Qué me ha parecido, así, a grandes rasgos? Un Juegos de la edad tardía de peor calidad. Juegos de la edad tardía es uno de los mejores libros de narrativa viva que he leído —padezco de biblionecrofilia, me suelen gustar los escritores muertos: será el olor a moho, a tinta pasada, a papel podrido, a polillas, ratones y lepismas—. Hablaré pronto de él, aunque no sé muy bien para qué, porque estos tipos no necesitan publicidad ya que trabajan para Editoriales Chupis —vid. post inferior—. Dos mujeres en Praga empieza flojo, sube espectacularmente, cae de nuevo, montaña rusa y al pico, bajada y no remonta. El narrador es de chistera y conejo: absurdo, oscila y está mal llevado; no se entiende cómo puede tener la información salvo al final. Pero yo no soy crítico literario sino un escritor matrero y descreído, así que paso de descuartizaros la estructura, de deciros que parece un libro hecho a cachos y zurcido con cuerda de esparto, y que al cosido se le ven los puntos y aparte.

Os pego un trozo porque me apetece. Si me chista la SGAE que se joda, que me limito a difundir contenidos que ya están en internet.

—No saldría nunca de esta cocina —dijo María José—, es como si estuviéramos en Praga.
—¿En Praga?
—Sí. No conozco Praga, pero me la imagino con calles estrechas y patios interiores. Me gustan las calles que parecen pasillos.
[¿No os parece precioso?]
—¿Por qué quieres escribir sobre el lumbago?
—Porque escuché la palabra en el autobús y se me quedó dentro de la cabeza, dando vueltas como una mosca dentro de una botella.
[Tch, tch. Dos dentro en la misma frase... vale que es un diálogo, pero coño. Cuidado y revisión, que no cuesta tanto.] Hay palabras que entran y luego no encuentran la salida. No sabía qué podía ser el lumbago, pero me gustó tanto su sonido, lumbago, lumbago, que en ese mismo instante decidí escribir un reportaje, o quizá un libro, sobre él. Desde que acabé el instituto me he dedicado a hacer cursillos de esto o de lo otro, para dar la sensación de que me encontraba ocupada, pero necesitaba ya entregarme a algo, aunque fuera al lumbago. Una mañana te levantas y te das cuenta de que ya es tarde para todo.
—Es verdad, te levantas y es tarde para todo —repitió Luz sirviendo un poco de agua.
[Me encanta esta reiteración. Soy más simple que un teletubbie.]
[...]
—El lumbago comenzó a rodearme en cierto modo. Averigüé en qué consistía y resultó tratarse de un dolor difuso situado aquí, entre el final de las costillas y el principio de la cresta ilíaca, fíjate, como si fuera posible tener dentro del cuerpo una cosa llamada cresta ilíaca. Me di cuenta entonces de que había dado sin querer con un asunto fantástico, porque lo específico del lumbago, además, es que no ataca a ningún órgano en concreto, sino a una zona imprecisa llamada «región lumbar». Región lumbar: suena, si te fijas, como el nombre de una geografía mítica. Pero es que además sólo se manifestaba al doler.
[QUÉ GRANDE, QUÉ MAGNÍFICO, QUÉ ASOCIACIÓN DE IDEAS TAN FABULOSA, HOSTIA.] Una región desconocida, en fin, en la que sopla el dolor en lugar de soplar el viento... Por la noche, en la cama, pensé que ese empeño mío en escribir sobre cosas que ignoraba podría significar también que quería escribir con la parte de mí que no sabía hacerlo. Con la que sabía escribir ya había visto hasta dónde podía llegar, pues en los últimos tiempos, entre un cursillo de contabilidad y otro de ciencias sociales, había escrito una novela corta que envié a todos los concursos literarios existentes y en todos quedé bien situada, aunque no gané ninguno. Ideé el siguiente plan: me taparía el ojo derecho con un parche e inmovilizaría la pierna y el brazo de ese lado forzándome a hacerlo todo con la mano izquierda. [El personaje de María José, señores, tiene cierto aire tragicómico no muy bien llevado en su primera aparición: parche al ojo de pirata, cojera y brazo muerto pegado al costado: a mí me hizo soltar la carcajada, pero la mala, la de “Venga ya”. Pero no porque la idea no sea cojonuda, aunque ya la haya trabajado hace un siglo Alejandro Casona en La sirena varada, sino por cómo se me presentaba.]
—¿Entonces no eres tuerta?
—Por supuesto que no, pero pensé que había vivido apoyándome demasiado en el lado derecho, reproduciendo lugares comunes, tópicos, estereotipos, cosas sin interés. Se trataba, por decirlo así, de escribir un texto zurdo, pensado de arriba abajo con el lado de mi cuerpo que permanece sin colonizar. Un texto cuya originalidad, si no otras cosas, estaría garantizada. Algunos pintores hacen esto para no amanerarse. Empiezan a pintar con la izquierda cuando resultan demasiado previsibles con la derecha.
[...]
—Yo sé bien lo que significa ese esfuerzo —continuó María José—, porque de pequeña tuve un ojo vago, el izquierdo precisamente, y me taparon el derecho para obligarlo a trabajar. Y vaya si trabajó. El mundo, contemplado desde un solo ojo, y al desaparecer el efecto de hondura, de relieve, parecía el plano de una ciudad desconocida. Más que entrar en la realidad, me desplazaba de un extremo a otro de ella, siempre en el mismo nivel.
—Una realidad plana. A veces yo también la siento así, incluso contemplándola con los dos ojos.
—Tiene un ojo vago, decía mi madre a sus amigas, que me observaban con aprensión, pues el ojo vago carecía del prestigio de otras enfermedades. A algunas personas les daba risa incluso. Escuché tantas veces aquella frase, tiene un ojo vago, tiene un ojo vago... Quizá la fascinación que me produjo la palabra lumbago cuando la oí en el autobús, procediera de aquella experiencia infantil. Tiene un ojo vago, tiene lumbago. Imagínate —añadió escribiendo sobre el mantel con la punta del cuchillo— lumbago escrito de este modo: l’um bago. Seguro que l’um bago significa el ojo vago en algún idioma.
—Me suena que sí. En catalán, quizá.
[Me quito el cráneo: aunque sea facilón, me lleva de la mano al país mítico llamado Lumbago, L’um bago, tierra de princesas negras con los lóbulos perforados, las plantas claras de los pies descalzos, la molicie bamboleante del caminar de los gatos, marfiles de elefante en la corona y bisuterías de oro a las muñecas, la cintura y tobillos, que repican al andar como miles de campanitas. No era la intención del autor; que le follen. Él intentaba un chiste. Yo he creado un continente.]
—O en rumano. Otra cosa que decidí ese día, además de escribir un texto zurdo, fue escribir sobre cosas reales. Estaba convencida de que mi fracaso anterior como escritora provenía del hecho de que había inventado historias en las que la gente no se reconocía. Comprendí que a la gente le gusta lo real. La mayoría de los escritores, pensé, hablan de cosas que no son. Y además escriben con la mano derecha, con el pie derecho, con el pensamiento derecho. Aquella noche, en la cama, cuando debería estar dormida, me incorporé excitada entre las sábanas y juré que sería una escritora zurda y realista, valga la paradoja.

Es un microrrelato más que decente. ¿Problema? Que se repite, como las morcillas. Es una lástima, porque una idea gloriosa, dicha dos veces en la misma novela, pasa de ser original a estar rancia. Y la usa no dos, doscientas.

El libro está bien. Se come a una velocidad de vértigo, como un Harry Potter cualquiera. La carta a la madre (pp. 178 en adelante) es la polla en bicicleta, y la primera frase de una novela que quiere escribir un personaje es de traca, al estilo del mejor Eduardo Mendoza y del peor Chesterton:

—¿Sabes como empieza una novela titulada Memorias de África?
—Yo tenía una casa en África —dije.
—¿Es un buen comienzo? —preguntó.
—Es bueno, sí.
—¿Y por qué no sería bueno empezar un libro diciendo yo tenía un acuario en el salón?

El resto... pues no sé a qué vino tanto bombo en su momento, vaya. Es predecible y fuerza la credibilidad del lector. Cuando la cándida criatura que posa sus ojos en las letras echa el libro contra la mesa, la silla hacia atrás, una zapatilla bajo el radiador y otra donde Cristo perdió el mechero, al grito de “¡Venga ya! ¡No me lo trago!” algo no pita. Y eso pasa con el cúmulo de ficciones, verdades a medias y literatura que amontona Millás en la novela. La historia no cuaja. Juegas o no juegas, es la pregunta que hace el autor. Respuesta: no juego. No entiendo por qué ningún personaje grita: “¡Todo esto es una sarta de mentiras de niños de parvulario!”. La idea no es que esté mal: personajes que se montan sus vidas falsas y las acaban viviendo —no muy original, para eso me quedo con Luis Landero, el gran maestro—. Yo no digo que la historia no valga. Digo que se cae. Tú levantas tu montaña; vale. Cavas un agujero para sacar la tierra. Vale. Pero joder, tápalo, que se nota el hueco.

¿Qué? Sí. Ya, si sé lo que estáis pensando: “Hazlo tú mejor, pedante de mierda, quién cojones te crees que eres para criticar a los demás”. Si es que os leo la mente: tanto tiempo pasamos juntos, lectores míos...

A ver, no digo que yo no lo haga. Seguro que cometeré esos errores, y otros muchos y peores, como el de la rima en prosa que acabáis de tragaros —y sin terrón de azúcar, leed la frase anterior en voz alta y partios la polla—. Digo que a Dos mujeres en Praga le veo el taller de artesano, la cocina de la bruja, la rebotica fantástica donde se cuecen los simples para fabricar la pócima, cosa que está muy bien: hay que leer, leer hasta el agotamiento, con el ojo malvado, con el ojo del corrector, del lector escéptico, con el ojo derecho... para poder escribir con el izquierdo.

Desde el faro,

Al

Álvaro Naira © 2007

servido por Álvaro 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Stav

Stav dijo

Excelente post

26 Enero 2007 | 11:34 PM

Caminante

Caminante dijo

Estimado Álvaro:

Las carencias del certamen convocado por 20minutos, propician que muchos Blogs en competencia (con temáticas audiovisuales, familiares o de proyección social ), tengan dificultades -ya no para ganar- sino para "encajar" en alguna categoría.

El flujo indiscriminado de votos, y la elección de los finalistas a partir de esa base errónea -el jurado solo leerá los Blogs con más votos por categoría-, convierten el evento en un desastre organizativo.

En aras de compensar este problema, el equipo de La Patria Falsa se ha propuesto otorgar un reconocimiento paralelo y de cierto manera, reivindicativo.

Léanse por favor las bases:
http://www.4shared.com/dir/1779772/cc47637b/concurso.html

Este mensaje le confirma que su Blog no pasó desapercibido.

Afectuosamente,
Caminante.

PS: IMPORTANTE:

Bajo ningún concepto, este comentario le obliga a corresponder nuestra visita.

Extra: Buen pulso...

28 Enero 2007 | 11:36 PM

Al

Al dijo

Vaya, me alegra saber que mi bitácora no ha pasado desapercibida. Cuanta más publicidad, mejor.

Saludos.

29 Enero 2007 | 03:04 PM

Los comentarios están cerrados


Sobre mí

Avatar de Álvaro

alvaronaira

Madrid, España
ver perfil »
contacto »

Fotos

Álvaro Naira todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera