Licántropos.
Habrá a quien le mole esta imagen... A mí me parte la polla, personalmente. Apesta a New Age.
Aviso: me voy a poner pedante. Adopto tono elevado, carraspeo, bebo un sorbo de agua, coloco el micrófono y digo:
"El hombre lobo se encuentra por primera vez en la Biblia. Como casi todas las cosas."
Y después, claro, cito:
En ese mismo instante, la palabra se cumplió en Nabucodonosor, que fue arrojado de entre los hombres, y comía hierba como los bueyes y se bañaba su cuerpo del rocío del cielo, hasta que sus cabellos crecieron como plumas de águila y sus uñas como las de los pájaros.
Daniel, 4: 30.
Uf. Qué a gusto me he quedado. Por supuesto, la cité de memoria. Faltaría.
¿Qué es un licántropo? Todos lo sabemos, ¿verdad? Es el monstruo híbrido entre un lobo y un hombre, la unión en una sola naturaleza de los opuestos enfrentados: la civilización y la barbarie. Es el hombre peludo, el hombre salvaje, el caníbal que se transforma con la luna llena y sólo muere por la bala de plata. Rabioso, se echa al monte a devorar carne humana sin hartarse jamás, dejando siempre la melena de sus presas, ya que es incapaz de digerir cabello: si lo come, en su estómago crece la piedra bezoar, que cura todos los venenos.
¿Supersticiones? Las que queráis.
El que beba en un charco de la huella de un lobo correrá a cuatro patas hasta que alguien lo golpee tres veces en el cráneo; el agresor se transformará en lobo, y la víctima quedará libre. El acónito mata lobos o los devuelve a la forma humana, como las rosas que comió el asno de Apuleyo y de Luciano.
El licántropo: siempre entre lo cursi...
y lo ridículo.
Hay fuentes y lagos cuyas aguas anulan las bautismales, en las cuales te bañas como persona y te secas sacudiéndote el pelaje. El séptimo hijo de un séptimo hijo se convertirá en licántropo si no lo apadrina el hermano mayor.
Ojito: la iglesia reconoció la existencia del hombre lobo en el concilio ecuménico de 1414; que se sepa, aún no se ha retractado.
El mago que vista la piel del animal, coma su carne, beba su sangre y dé tres vueltas sobre sí mismo, se transformará en la bestia. Si hieres a un lobo en la pata y la vieja partera de la aldea cojea por la mañana, ten por seguro que esa noche no durmió en su cama. El que orine en un círculo alrededor de un pellejo lupino logrará que se incorpore, relleno de carne, de huesos y furia, y salte, probablemente contra el hechicero.
Hay lobos azules, como los tigres de Borges: uno de ellos parió la dinastía mongola. El unto de lobo te convierte en uno. Un lobo se traga mensualmente la luna y la regurgita a los tres días para alimentar a sus cachorros.
La alimaña aterroriza al hombre —lo aloba— si se cruzan sus miradas. Sólo si el caminante habla, si le grita el “¡To, lobo! ¡To, lobo, lobito!” el animal no ataca: le teme a la palabra, la magia más antigua.
Un poco de mitología culta, antes de regresar a la popular: Heródoto cuenta que los protoeslavos se volvían lobos a su voluntad; Sturluson, que un lobo hijo del dios Loki terminará con este mundo. En el Satiricón hay un hombre lobo. En Plinio, otro. Licaón le sirvió carne humana en banquete a Zeus, y terminó sus días alimentándose de ella. Odín tiene un ejército extático de úlfhednar, guerreros con piel de lobo, cuya hamr o alma exterior muta, y les permite atacar en batalla sin armadura, rabiosos como perros, mordiendo sus propios escudos, invulnerables al fuego o al hierro, poseídos del furor de los berserkir.
A quien quiera saber: si te encuentras en el bosque a una muchacha hermosa, con aspecto aristocrático, esbelta, de piel pálida, ojos claros y larga cabellera, antes de follártela asegúrate de comprobar que no asoma por debajo de la falda el rabo peludo de la loba humana.
Al licántropo le crujen las tripas de continuo: habla desde el vientre el lobo que lleva dentro. No le pican los insectos. No le brota la sangre de las heridas. Algunos parecen hombres completamente comunes, pero el pelo les crece hacia dentro y sólo una autopsia revelaría su naturaleza.
La maldición de los padres transforma en licántropo al hijo insolente. Si te santiguas ante un lobo, es posible que estalle entre vaharadas de azufre; es el disfraz que prefiere el Demonio, enemigo mortal del Cordero con Mayúsculas.
(Bien pensado, no sé por qué les molestará a los curas que el diablo se meriende a Jesusito cuando resulta que la eucaristía, el sacramento más importante, no deja de ser Cristo con patatas en el menú. Sólo para los fieles, claro. Serán elitistas...)
No hay animal con más mitos a cuestas que el lobo, que le pesan en el lomo y le encorvan la grupa; por eso tiene los cuartos traseros más bajos, cautelosos, distintos a los de los perros. Hasta en los lugares más insospechados te lo encuentras: un famoso paciente de Freud soñaba que veía a través de su ventana un nogal con cinco lobos blancos en su copa, ocultos entre las ramas, que hablaban como personas.
En Galicia vagan errantes pastoras de lobos, que conducen la manada como si fuera un blando rebaño de ovejas. Si sobre la tierra de una sepultura brillan fuegos fatuos, debajo hay un licántropo rascando con las zarpas, permitiendo que se escapen las llamas del infierno y abriendo grietas entre un mundo y el otro. En Uruguay, los lobos humanos comían brasas.
Hay hombres con sombra de lobo. Hay lobos con sombra humana.
Ahora, pronuncia siete veces siete EST SIT, ESTO, FIAT. ¿Sigues caminando a dos piernas?
Os recomiendo que veáis desde el minuto seis hasta el final...
Ah. Que el licántropo no es eso. De acuerdo. ¿Qué es el licántropo entonces? Un monstruo de Hollywood, por supuesto, colmilludo y lleno de pelo, con hocico de mono, aspecto de oso enfermo, orejas de elfo y ojos del color del gazpacho. Una criatura escapada de las cintas de serie B, rodeado de gore, sangre, casquería y demás apetitosas circunstancias.
Sí, la transformación será espectacular, sobre todo teniendo en cuenta el año: 1981. Pero...
No. No me gustan los licántropos. Aún así, hagamos un rápido recuento.
En 1913, el licántropo salta a la pantalla y ahí se queda. La lista es interminable. Destaco De pelo en pecho, por idiota, las tropecientas cintas de Paul Naschy por hacer patria, Aullidos por infumable, Lobos humanos por diferente, Un hombre lobo americano en Londres por impecable, Ginger Snaps por tener lobitas y En compañía de lobos, por buena. A secas. De Underworld me niego a hablar. ¿En animación? Pues también hay licántropos. La princesa Mononoke es magnífica, bellísima, insuperable, y los diez primeros episodios de la serie Wolf's Rain están más que bien (el resto son una mierda).
Estudios sobre hombres lobo, os recomiendo el del año de la tana de Sabine Baring-Gould, y el reciente de Lecouteux. Respecto a lo literario, hay hombres lobo en Marryat, en Reynolds, en Alejandro Dumas, en Algernon Blackwood, en Kipling, por supuesto. Está el descomunal Harry Haller de Hermann Hesse, el clásico Bertrand de Guy Endore, el descacharrante Denise de Boris Vian, el maniqueo lobo cantor de George Stone, la interesantísima Marie la loba de Seignolle y un relato desigual, con una lírica impresionante y una estructura bastante floja, que se encuentra en la antología de Gaiman El libro de los sueños: "Corazón de bruja", de Delia Sherman. Merece la pena, aunque esté a años luz de los anteriores.
La calidad, a partir de aquí, va bajando. Primero, con Stephen King, omnipresente como la cocacola, y después con la franquicia de libritos basados en el juego de rol de White Wolf, a los que no me pienso acercar a menos de veinte metros. Tenemos la literatura azucarada de la Nueva Era que relaciona al lobo con Gaia, con los sioux y con la comunión con la tierra y, en fin, la trilogía de Alice Borchardt, de la cual basta con apuntar que es hermana de Anne Rice.
Después está Álex, claro. Y todo deja de bajar, salvo la cabeza del lobo, gesto que, si hubierias leído a don Félix, sabríais que es de "amenaza de gran intensidad". Hocico fruncido, orejas plegadas, collarín erizado. Un castañeteo de dientes, y el salto. Normalmente, a la yugular de la presa. Que es lo que hará Álex con la literatura licantrópica, si las editoriales le dejan.
¡Sí! ¡Álex! ¿Cómo? ¿No sabéis quién es? El protagonista de mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—. Ni mejor ni peor que los anteriores —bueno, sí, mejor que el clon de la Rice seguro—: absolutamente distinto. ¿Es un licántropo? No, qué tontería. Es un personaje real, que te podrías encontrar por la calle, que vive en una perpendicular de la calle Fuencarral, curra de localizador de juegos de consola, está casi en los huesos, fuma como un carretero, viste de negro de la cabeza a los pies —calzados en botas New Rock—, tiene unos ojos que matan y una sonrisa desagradable estampada en la cara. Y cree que es un lobo. Y lo es, por dentro. Y le gustaría dar a todos mis lectores un consejo:
—Joder, olvídate del lobo hermanita de la caridad, pintado en tonos azul pastel con purpurina y con una india al lado. El lobo es un bicho salvaje, hirsuto, sucio, que apesta a monte, a sangre y a tierra. Se cepilla en un solo ataque hasta sesenta ovejas. […] Que si licántropos, que si antropófagos: lo que somos es competidores, y el hombre siempre le da otro nombre a las cosas que teme, como si así pudiera alejarlas. A pocos animales les han echado más mierda mítica encima que al lobo... Están al puto borde de la extinción por culpa de eso. Cuando desaparezcan por completo, muchos pensarán que nunca existieron; que fueron una leyenda —aplastó en la lata de cerveza el cigarro, que casi se le había consumido en un largo cilindro de ceniza—. Dicen que se zampa a las novias antes de la boda y roba a los niños en la cuna. Me encanta la idea, pero la verdad es que es una mentira como una casa. Y yo me parto cuando leo que caminan en fila india y se pisan sus huellas para ocultar su número. Coño, camina en fila india porque no es gilipollas, y es más sencillo correr por la nieve pisada que a campo traviesa, y el macho alfa, que es el que está mejor alimentado y tiene más fuerza que los demás, va en cabeza destrozando la escarcha y el hielo con las patas para permitir que le sigan los suyos más fácilmente. Y no le canta a la luna, no me jodas, sino que ejecuta un acto social para acojonar al bosque entero y darle cohesión a la manada. Aunque es cierto que entona, el cabrón. Es de lo más polifónico. Si los ves aullando te dan una envidia de la hostia. Parecen las criaturas más felices y anchas del planeta, como si no hiciera falta otra cosa más que cantar suficientemente alto, suficientemente fuerte, rodeado de tu gente y frotándote el pelo áspero contra el lomo de tu hembra, para sentirte el amo del mundo.
¿Qué clase de licántropo es éste? ¿Se transformará en lobo con la luna llena entre estallidos de fuegos artificiales y música de Expediente X? ¿O todo permanecerá en la delgada línea equilibrista que separa la realidad de la fantasía? Una pista: yo detesto a los licántropos. Sólo soporto a los que son, de verdad, lobos con piel de hombre. Las cosas, como las copas de 007: agitadas pero no revueltas. El señor peludo con colmillos me recuerda al Yeti y me da la risa: no deja de ser, además, mezclar extremos. Lo más elevado con lo más rastrero: el lobo, cazador, noble, libre, con el ser humano, destructor, mezquino, esclavo.
Todo son símbolos. Parábolas. Metáforas. ¿O no sólo? Para despejar vuestras dudas, tendréis que comprar mi novela.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007











Aguaraguazu dijo
Beware of the moon... don't go into the moors...
Toda la vida quise echar un polvo en la ducha escuchando Moondance y arrancarme la camiseta a cuatro patas mientras suena Blue Moon, que cojones, lo he hecho un par de veces... An american werewolf in London, mmm...
Siempre colgada de los malos, de los que devoran, de los que destrozan y lanzan la luna al aire como un dolar de plata y deciden por ti, en fin, tu ya lo sabes, I've seen this bad moon rising...
Just waiting, starving, for the harvest moon...
17 Enero 2007 | 01:32 AM