La Coctelera


7 Enero 2007

Goth kids dance to express pain and suffering.

Los domingos por la tarde toca limpiar. A veces. Es saludable para que no te coman las cucarachas, y cuando has terminado de escribir una novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—, recoger los papeles, los libros de documentación, los apuntes, las notas, los dibujos, los bocetos de capítulos y la mierda que se agolpa en tu mesa, es sumamente reconfortante. Es pasar página. Ya tocaba.

Yo, cuando limpio, suelo ponerme música. Como soy un hortera, tengo por costumbre escuchar las canciones más horteras de The Cure, y a veces música tradicional asiria. Sí, estoy como una cabra. Pero me animan. Y claro, te emocionas, vas quitando la porquería al ritmo, y decides informar a todos tus lectores de cuál es la única forma cool de bailar para un gótico.

Alone, in your room at three in the morning. ¿No lo sabíais?

[Pego aquí mi traducción, que es tan mala como la del vídeo, pero al menos no tiene faltas de ortografía:]

STAN: Hey, tíos, ¿vosotros sabéis bailar?
GÓTICO DEL FLEQUILLO: Claro que sabemos.
STAN: Mola, porque tengo una competición el sábado y necesito en mi equipo a los que mejor bailen de South Park. Mis amigos no pueden porque son pésimos. ¿Os apuntáis a mi grupo de baile?
GÓTICO DEL FLEQUILLO: ¿Grupo de baile? Por favor... Nosotros no somos como esos que imitan a Britney y Justin en el colegio. Los niños góticos bailan para expresar su dolor y sufrimiento.
GÓTICO ALTO: Sí. La única forma cool de bailar es manteniendo las manos pegadas al cuerpo y los ojos mirando al suelo. Y cada tres segundos le das una calada al cigarro.
STAN: Vale, me sirve. Oíd, hay una competición de baile este sábado y necesito gente que baile bien para que no me humillen...
GÓTICO DEL FLEQUILLO: De ninguna manera. Bailar es algo que se hace a solas, en tu cuarto, a las tres de la mañana.
STAN: Por favor, tíos. La reputación de toda la ciudad está en juego. ¿Alguien se apunta?
GÓTICO DEL FLEQUILLO: Yo paso. Estar en un grupo de baile es totalmente conformista.
GÓTICA: Sí. Yo no acepto bailar siguiendo reglas.
NIÑO GÓTICO: Yo paso también. Soy el mayor inconformista de todos.
GÓTICO ALTO: Yo soy tan inconformista que os voy a llevar la contraria hasta a vosotros. Vale. Me apunto.
STAN: ¡Genial!
GÓTICA: Guao. Creo que nos hemos mantenido en nuestro sitio.
GÓTICO DEL FLEQUILLO: Sí. Nuestro goticismo está intacto.

Ha sido complicado de traducir. Sobre todo el final.

HENRIETTA: Whoa. I think we just got put in our place.
RED GOTH: Yeah. We just got Goth-served.

Espero que se inicie una agria polémica acerca de mis escasas dotes de traductor, porque lo último podría ser justo lo contrario de lo que yo pongo: Literal, sería: “Nos han retado en nuestra goticidad”. El capítulo va de retos. Si queréis bajarlo, aquí.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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Álvaro Naira

Álvaro Naira referenció

La tercera alternativa.

... pero me los como porque me parecen una mariconada; me apetece darle al litio, pero no le doy porque me resulta conformista; no quiero levantarme de la cama, pero me levanto porque no tengo más remedio...

21 Abril 2007 | 03:13 AM

guille

guille dijo

las dos frases del final significan exactmente lo contrario. Tengo una traduccion hecha por mi de la misma secuencia. esta en http://psychodelia-gc.blogspot.com/2007/11/gticos.html

3 Enero 2008 | 01:55 PM

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alvaronaira

Madrid, España
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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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