La Coctelera


7 Enero 2007

Empieza el año tal y como quieras terminarlo.

Un christma. Diréis que no soy navideño. Ah, ¿que ya se acabó? Le quitan la ilusión a uno...

Bueno, llevo unos días vaguísimos. Como desinflado. Tengo que recargar baterías. Mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!— está terminada. Sí. Corregida. Lo juro. La acabé a las doce menos veinte del 31. No, no me tomé las uvas, ni brindé con champán, ni falta que me hace.

Yo sólo tengo una superstición para ese día, que inicié el año 2005 y pienso seguir a rajatabla de ahora en adelante: empieza el año tal y como quieras terminarlo. Así que el 31 de diciembre de hace dos añitos, a las doce en punto, estaba delante del ordenador, escribiendo chorradas tan edificantes como la siguiente:

Escribo tonterías, lo primero que se me ocurre, a ver si se enciende la bombilla. No tengo nada que contar. Puede que no vuelva a escribir jamás. Puede que haya perdido el don. Puede que esto no sea lo mío. ¿Cuánto tiempo llevo sin escribir? ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cinco? He perdido la cuenta. De pronto, se fue aquello que era lo único que me importaba: crear. Un día estaba, y al siguiente se había marchado. Y así fueron pasando las semanas, los meses, los años. Llegó un momento, no sé cuándo, en que supe que podía vivir sin escribir, sin alejarme de la maldita realidad que me rodea, sin sumergirme en mis reinos privados, sin sacar a pasear al niño que llevamos todos dentro, para el cual el juego —en el que eres un superhéroe en leotardos, estrella invitada en el Comando G, un hechicero nigromante, un indio que lucha contra los vaqueros, Indiana Jones y Han Solo— es más real que el colacao con galletas y las ecuaciones de primer grado, cuando el “cruci” —la palabra mágica que detenía los mundos— era un conjuro maldito, que te obligaba a regresar a ese lugar desagradable y hostil lleno de gilipollas integrales, que era más ficticio que tus universos con naves, con zombies, con androides, con marcianos, con espías de la KGB, con buenos y con malos. Antes me parecía impensable vivir en un solo sitio, pudiendo estar en tantos.

Los niños, por lo general, quieren ser de mayores futbolistas, policías —pero del FBI, claro—, astronautas y bomberos. Ingenuos.

Porque escribiendo puedes ser futbolista, policía, astronauta y bombero. Y lo que te dé la real gana.

Puedo vivir sin escribir. Todo el mundo lo hace. Yo llevo años sin hacerlo. Puedo continuar con mi mansa y amargada rutina. Puedo.

Pero no quiero.

Desde el faro,

Al

¿A qué viene la imagen de la Obra Magna de Sergio Aragonés?, os preguntaréis. Seguid leyendo...

Funcionó el jodido ensalmo. Así empecé 2006, escribiendo por escribir algo, y lo terminé con una bitácora de más de treinta posts que despertó el interés de un editor —queridos lectores, puede que se publique una entrada mía en una antología de blogs de humor; o puede que no, porque no he recibido noticias desde hace casi un mes: no os lo quise decir antes porque no me lo creía, e hice bien en no creérmelo—. Y he escrito una novela. Politeísmos está terminada.

Ahora sólo me falta que los Correctores Argentinos Oficiales del Reino me miren los diálogos de mis dos personajes secundarios porteños, a ver cuántas burradas por línea introduje, y, en cuanto me devuelvan el texto, a enviar a editoriales, señores. Empapelaré la bitácora con todos los NOS. Ya veréis lo que nos vamos a reír. Los voy a coleccionar para cuando sea multimillonario dedicarme a reenviar las cartas de rechazo, de “Lo sentimos, pero su obra no se ajusta a la línea editorial” con una enorme pintada roja donde ponga: JAJAJAJAJAJAJA, LA VENGANZA SE SIRVE FRÍA.

¿Cómo empecé el año 2006? Como lo he acabado: escribiendo.

¿Cómo he empezado el año 2007?

Imprimiendo.

Que todo el panteón politeísta nos asista y que lo acabe publicando.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Oh. Acabo de caer en que hoy es Reyes y no Fin de Año. Bueno, ya sabéis que yo no voy con la estación. En cualquier caso, os voy a regalar un relato hiperbreve de calidad incierta, copyright Álvaro Naira, año 1995, creo:

—Mamá, dime una cosa. El ratoncito Pérez ¿existe?
La madre suspira.
—No, cielo. No existe. Yo dejo la moneda bajo tu almohada.
El niño baja la mirada.
—Entonces... los Reyes Magos... ¿tampoco existen?
La madre duda. Deja salir el aliento.
—No. No existen.
El niño abre mucho los ojos, cayendo en la cuenta.
—Entonces Dios... ¿tampoco existe...?

A riesgo de ser pesado, desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Y... desde el faro...

Vale, de acuerdo. lo dejo.

servido por Álvaro 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Rara Avis

Rara Avis dijo

Yo de pequeño queria ser ingeniero informático, el Asperger es lo que tiene, claro que mola mucho más ser un antiheroe en una novela cyberpunk ambientada en un futuro decadente...

7 Enero 2007 | 12:09 PM

Serendipity

Serendipity dijo

"God is as real as I am." he assured me, and my faith was restored, for I knew Santa would never lie.

no me siento con muchas ganas de decir nada propio, pero me has alegrado y me he reido un rato, como siempre, gracias :P

8 Enero 2007 | 02:02 AM

Serendipity

Serendipity dijo

otra vez yo? no, es un dejà-vu y tampoco son palabras mias:
Everything is true, God is an astronaut, Oz is over the rainbow and Midian is where the monsters live...
que mierda de dia, lo dejo que tengo que encender unas velas y bailar que va llegando la hora de "disfrutar del silencio", jejeje

8 Enero 2007 | 02:08 AM

Al

Al dijo

El primer relato hiperbreve es buenísimo, Serendipity. ¿De quién es?

9 Enero 2007 | 12:33 AM

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alvaronaira

Madrid, España
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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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