Londres.
Típico, ¿eh? No, la foto no es mía. Luego os deleitaré con mis habilidades fotográficas.
Desde Madrid, por desgracia, escribo. He llegado hace una mierda. Me han recibido mis perros, estirándose, bostezando, con carita de pena y el aire caliente y dulce de los recién despertados. Un par de mimos a cada uno, mochila al suelo y al sobre, pensaba, que mañana será otro día. Me iba a ir a la cama cuando me encontré con que estaba ocupada.
Normal. Le dices a tu hermana que te cuide el fin de semana a los perros porque te piras y se viene con el novio. Quién no lo haría. Las instrucciones eran simples: sacarlos tres veces al día, una al parque para que estiren las patas, echarles el pienso, cambiarles el agua y rascarlos. Rascarlos mucho rato. Cuatro manos rascan más que dos. Por supuesto.
Mejor así. Así escribo.
Ahora, que aún tengo el barro de Londres en las botas, el aire húmedo y frío de Londres en el pelo, escribo.
Me he ido a documentar un capítulo de Politeísmos a Londres. Sí, Politeísmos. Mi novela. Ya sabéis, coño. Eso que no termino de corregir, eso por lo que escribo esta bitácora, eso que no me aceptarán en ninguna editorial a pesar de que se trata de la mejor obra de fantasía realista que existe: la única.
Haced presión. Llenad la bitácora de comentarios pidiendo a gritos la novela. Decídselo a todos vuestros colegas. Recomendad la página. Aumentad las visitas, porque si la bitácora funciona, si esto empieza a tirar, es más posible que me acepten la novela, joder. O no. Publicar no es fácil. Salvo para el autor de Eragon, pero prefiero dejar ese asunto para otro post porque se me escapa demasiado veneno por la boca.
Eragon, el colmo de la originalidad.
Un capítulo de mi novela se desarrollaba en Londres. Cosmopolita que es uno. ¿Qué hacen los escritores normales? Saquear internet e inventarse lo que no saben. Si la ciudad es de cartón-piedra como un decorado de serie B, ¿a quién coño le importa? Total, yo escribo fantasía, ¿no? Son “cuentos”. Quimeras. Fantasmas. Mentiras. Si se hace la novela con los pies, da igual, porque es fantasía. Si aparecen expresiones tan originales como “desordenados cabellos de oro” u “ojos tan negros como el azabache”, pues perfecto. No es realismo. No aporta nada, no colabora a que la sociedad sea mejor, no critica los errores del sistema.
No es seria.
Ah. Claro. Mejor si se desarrolla en una galaxia muy, muy lejana. Así nos toca menos la fibra. Si está mal escrita, perfecto. No se espera otra cosa de la fantasía. Que sea masticable, chorra y rápida. No vaya a confundirse con la Literatura con Mayúsculas, ojo. Que sólo es entretenimiento.
Pues lo siento. Rompí la baraja en lugar de coger cartas. Yo hago fantasía realista y, aunque la historia sea eso, fantástica, el mundo es real, los personajes son reales y lo que les pasa también, pero con reservas. Introduzco la fantasía desde las esquinas, desde las cloacas, desde los baños de los bares. Porque lo irreal, lo maravilloso, lectores míos, está en todas partes, en lo sucio y en lo mínimo. Sólo hay que saber mirar con los ojos adecuados, que son siempre los de un niño viejo, un Peter Pan hasta los cojones de que le digan que hay que crecer y madurar. ¿Para qué? Para pudrirse luego.
Me fui a Londres para documentar. Necesitaba hacerme todos los recorridos del personaje, pasito a pasito, cuaderno en mano y cámara. Estar allí, ver lo que él vio y sentir lo que él sintió. Puede que sea una tontería. Yo trabajo así. Es mucho más auténtica, más viva, una descripción de un lugar si lo has tenido delante. Puedes superponer la capa de tu imaginación sobre el cimiento, y así no se te caerá, nunca. Los sitios que cuentas sin haberlos sentido parecen siempre de plástico, a no ser, claro, que sean lugares ficticios. Pero eso es diferente. La ficción delirante tiene un proceso distinto y yo no trabajo con Fantasía con mayúscula —no meto orcos ni elfos—, sino con fantasía realista: sucesos increíbles que le pasan a gente corriente. Si empiezas en el suelo, con las colillas, el vuelo de la ficción siempre será más largo, y más alto.
Así que he estado en Londres porque yo trabajo los textos, probablemente más de lo que los trabajen los escritores “serios”, los de verdad, los que reciben premios y esas cosas que yo jamás recibiré ni puta falta que hace (no os engañéis, que no es que no me importe el éxito. Pollas. Que uno quiere comer, no es como Valle-Inclán. Pero el que importa es el lector. A la crítica, que le folle un pez globo y que le estalle dentro, a no ser que hablen bien de uno. Entonces, la cosa cambia. Hipocresía pura. Reglas del juego).
Documenté el aeropuerto de Heathrow, el metro de Londres, Picadilly Circus, Oxford Street, el edificio Walmar donde está la sede de Square —ahí curra un personaje, sí, traduciendo juegos de consola, la envidia de cualquier friqui—, la iglesia de All Souls y una coqueta cabina de teléfono roja atestada de postales de putas.
Me hice el camino a pie hasta Camden Town —una matada de cojones, atravesando Regent’s Park entre otras cosas— y desde Camden, hasta Islington —en el culo de Londres, ni sale en los mapas para guiris—. Luego, la ruta doce del Capital Ring, que es un camino tipo senderismo que lleva a una estación de tren abandonada.
Necesitaba esos sitios. Primero, los busqué por internet. Después, averigüé todo lo que pude de ellos. Y por último, a recorrerlos. Creo que me caminado más de veinticinco millas, y no exagero. No tenéis ni la menor idea de lo que me duelen las plantas de los pies. Las noto calientes, infladas, gordas y rojizas. Mullidas. Como las de un bebé. Me laten. He estado dos días en Londres, me he hecho esos recorridos y, además, me he pateado el Támesis, he ido a Westminster y al British Museum, que ya que uno está en Londres está bien ver de paso el Próximo Oriente, Egipto, Grecia y la India. Que no os equivoquéis: están en Inglaterra. No se llevaron las pirámides porque no les entraban en el museo. Cosas del bendito pasado de la Commonwealth; viva el imperialismo que nos permite ver diez países al precio de uno...
Y en el hotel —una puta mierda y carísimo, pero con un excelente desayuno inglés compuesto por bacon, huevo, tomate y tostadas que me mantuvo en pie todo el día, y té con pastas en el cuarto—, a la noche, escribí. Y ahora os lo pego:
En mi habitación de King Cross, pequeña, ardiente, con las cortinas rotas, la ducha no sólo sin bañera sino sin plato, con un sumidero en el suelo y toda la tarima levantada por la humedad, bebiendo té verde y mirando atentamente los envases de leche que parecen pequeñas tarrinas de mermelada o miniquesos de Burgos, masticando despacio terrosas galletitas Walkers de mantequilla como diminutos lingotes de oro envueltos en un plástico de cuadros escoceses, escribo.
Me he enamorado. De nuevo. Esta vez de una ciudad; lo siento para los que no comprendan esta perversión. Yo tampoco comprendo a los zoofílicos, así que estamos en paz.
Enciendo la jarra-tetera instantánea. Burbujea en medio minuto. Mejor que un microondas. Tiene unos hierros en el fondo de agua. Al enchufarla, se ponen al rojo.
Son las once de la noche. Estoy machacado. Parecen las tres de la madrugada. Pasaré esto al ordenador cuando regrese y lo colgaré. Me la pela que no sea interesante. Para mí, Londres es ahora una habitación de hotel que parece un hostal de diez euros, aunque me haya costado ochenta. Camino descalzo por el suelo de moqueta —joder, cómo les gustan las putas antihigiénicas moquetas a los ingleses, todo forrado de moqueta, londinenses a las puertas de sus casitas victorianas recortando la moqueta, moquetas en los pasillos, moquetas en las habitaciones, moquetas en los asientos de metro y autobús, parece que bajas del avión en Heathrow y te extienden la moqueta roja para que pises blandamente y te digas: “Estoy en suelo británico (perdón, en moqueta); God save the Queen!”.
El Támesis negro. La ciudad a los lados. El Parliament tostado. El silencio. Me confunden con aborigen varias veces y me preguntan cosas. Respondo en un inglés trabucado. No había un alma por la calle desde las seis de la tarde. Para mí esto es Londres. Un barrio de tiendas alternativas repleto de camellos en cuanto se va la luz y de góticos por el día —Camden: no sé a qué hora me da más miedo, merece un post aparte y se lo haré—, librerías coloridas en el Soho con sexshops en los bajos, oscuridad profunda, el Picadilly Circus llenito de palomas, un cuervo carnicero en el césped de un parque, ardillas grises huroneando en las papeleras, palacetes victorianos, jardines como campos de golf, tiendas de Food and Wine, capuccinos take away, periodicuchos de prensa amarilla, ciclistas, edificios que imitan la arquitectura romana, frío, humedad y viento.
Me encanta. Viviría aquí.
Pero es caro. Y hablan raro.
Bebo té y me fumo un cigarro. Aquí todo el mundo fuma tabaco de liar; las cajetillas tienen precios intocables: otro motivo para no residir en Londres. Escucho el Big Ben desde Mableton, el sonido de caja de música, de cuarto de estar de anciano: el característico tintineo de los cuartos. Recuerdo la imagen del Parliament desde Waterloo Bridge, la sombra apuntada que se proyectaba sobre la abadía de Westminster. El Big Ben iluminado con luces doradas, lleno de puntas finísimas como una pieza de orfebrería de agujas y palillos, un joyero diminuto que se pudiera abrir por la esfera del reloj, un relicario de oro, un cirio lleno de churritos de cera derretida, un castillito de arena mojada tirada desde el puño apretado de un niño. De lejos, parecía hasta comestible.
Ah, y al lado la noria. The Eye. The ferris wheel. La puta noria. Como un gran símbolo.

Desde el Big Ben, que es como un faro,
Al.
Me caigo de sueño. Al sillón voy. Mañana arreglaré el post que está con pinzas, le añadiré enlaces y fotitos. Desde el faro, etc.
Álvaro Naira © 2006












The Watcher dijo
Joder, Al, así que estabas en Londes. No sabía dónde te habías metido (uno de tus perros, creo que Talo, me lo intentó explicar por teléfono cuando te llamé, pero la barrera del idioma resultó infranqueable). Pinta bien Londres, sobre todo por el tiempo, que yo estoy hasta los cojones de tanto sol español (que además da cáncer). Siempre he tenido la idea de ir algún día a hacerme la ruta del episodio cuarto de From Hell, pero ahora cuando vaya tendré que aprovechar para hacer otra… la ruta politeísta.
Respecto a lo que dices de la fantasía, totalmente de acuerdo, aunque nunca he compartido esa distinción; para mí, todo relato es fantástico en alguna medida. Otra cosa es hablar de la verosimilitud de lo que se cuenta, que no creo que tenga que ver con la presencia de cosas “sobrenaturales”. Yo me creo más, me parece más verosímil, “La historia interminable” que los culebrones moralizantes de Dickens, que no hay por donde cogerlos, con su huerfanitas, sus benefactores anónimos, y sus héroes más pobres que las ratas que de la noche a la mañana descubren que son herederos de medio Imperio británico.
Del quinceañero con mamá editora mejor no hablo, de momento.
Un saludo.
18 Diciembre 2006 | 05:46 PM