Qué canto cuando canto a la luna.
Pasan los días, uno tras otro, perezosamente, sin que me pare a contarlos. Mi novela sigue sin estar lista para enviar a editoriales. Corrijo. Releeo. Cambio, modifico, añado, quito y pongo. Y vuelvo a la versión anterior, a veces.
Ayer me recorrí Madrid. Necesitaba sentarme en la mesa del escaparate de la derecha del VIPS de Plaza de España para documentar, que ahí se sienta un personaje mío —el VIPS, sí. Pensaréis: wao, qué lugar tan literario. Sin duda. Realismo sucio. Os desafío a que me lo neguéis cuando leáis Politeísmos. Y va sin coñas; que le follen al Gijón. Que sí, que es muy místico estar en el Gijón. Sobre todo cuando te traen la cuenta—. Pues yo me dirigí al VIPS a documentar con mis mejores intenciones y voy me encuentro con que la mesa estaba cogida. Tras esperar un rato y soltar un par de maldiciones, me marché, deseando que el estado expida unos Carnés de Escritor Oficial, con los cuales puedas entrar en cualquier lugar al grito de ¡DOCUMENTACIÓN! y, cuando todo el mundo se levante para mostrar el DNI, sonrías y digas: “No, no. Soy yo el que tiene que documentar; tranquilos. Soy escritor. ¿Desea aparecer en mi novela? Son diez mil”.
Estuve en los jardines Sabatini, en Gran Vía, en Noviciado, en Fuencarral, en el Retiro. En todos esos sitios se desarrollan escenas de mi libro. Había olvidado el cuaderno de notas y no tengo cámara, así que tuve que entrar en una cafetería, robar un puñado de servilletas e ir anotando en ellas detalles para las descripciones. Llevaba la música con que escribí a toda potencia en el mp3. Se le acabó la batería; siempre pasa.
En completo silencio, pensaba.
Sé que me estoy dejando caer. Ya conocéis la noria, los que me lleváis leyendo un tiempo. Los que no, les recomiendo ese post: es probablemente de los mejor escritos de toda la bitácora.
La noria. La puta noria. Subo y bajo con ella. Paso de pensar que mi libro es una mierda a que es la polla y que dará un pelotazo —no a lo Harry Potter, porque en este país no se lee, y menos los chavales, pero sí a lo Historias del Kronen: un éxito fugaz, rápido, imponente, y luego todo se olvidó y aquí no pasó nada y la novelita del chico que cuenta cómo se pajean los madrileños va al baúl de las curiosidades del mercado editorial. Perdonadme si sugiero que mi libro es mejor que el de Mañas, vaya, pero es que creo que es cierto y tampoco es decir gran cosa—. Cuando pegue el pelotazo Politeísmos, sucederán varios milagros y otras alteraciones del orden natural: en primer lugar, que me haré de oro —estaría bien porque mi economía se va en en el piso, en dar de comer a mis perros y en fumar, oh, si supierais cuánto fumo últimamente... No fumo tabaco. Fumo tiempo. Quemo los cigarros como los hombres grises de Momo.
Fumo para matar el tiempo; para matarme a mí mismo. Para arrancarle al día los minutos de siete en siete, que es lo que tardo en fumármelos. Divido mi vida por lo que fumo, y fumo mucho—. Además de poderme pagar el tabaco, que ya es bastante inversión de las leyes cósmicas, sucederán otras cosas no menos extrañas: me encontraré por la calle con lectores, que no sabrán quién soy yo; sólo el tipo raro al que se le caen las lágrimas mirándote leer en el metro. Después, el boom: niños disfrazados en convenciones de los personajes, cortos de coña en youtube sobre el argumento, chavales que se creen la religión del libro, asociaciones de padres que me ponen a caldo, curas ofendidos, nuevas generaciones de góticos que se hicieron por la novela, peregrinaciones de grupitos a los lugares en que suceden escenas del libro... Y la película, claro. Dirigida, como poco, por Amenábar, al que se le dan bien las delgadas líneas entre la fantasía y el realismo.
Soñar es gratis.
Después baja la noria, y entonces pienso que Politeísmos sólo es una novela juvenil. Ni más, ni menos. Probablemente, una muy buena novela juvenil. Pero sólo eso. Politeísmos es un libro sobre chamanismo moderno, en que los personajes creen que llevan bestias dentro. ¿Original? No especialmente. Tal vez por su tratamiento. Es un libro para chavales entre los quince y los veinticinco años que ningún profesor recomendaría en clase, porque tiene sexo explícito y burro, drogas —de diseño y tradicionales, para hacer viajes astrales—, espiritismo —ouijas, documentadas al detalle— y música siniestra. Un antihéroe lleno de carisma, destrozado, pero que aún pelea, adolescentes a puñados y un gran gurú argentino. Y dioses. Toda la fauna completa. Lobos salvajes, altivos, magníficos, con las orejas derechas, la cabeza gacha, el collarín del pelo erizado y un gruñido retumbando en el pecho. Hay cuervos agoreros, negriazules y violetas, que llenan el cielo cuando echan a volar en bandada, perros, apaleados y tristes, zorros oportunistas, gatos, coyotes burlones, ciervos extraordinarios con cuernas de un metro y una lechuza blanca y cándida con los ojos azules. ¿Dónde están estos dioses? Ah. Están dentro. Cada personaje lleva el suyo, como una carga y una bendición, en el interior de su cuerpo.
Eso es Politeísmos. La religión más primitiva en mitad de una gran ciudad a finales del siglo XX. Sube la noria, y me digo: dios, cuánto se vendería, se vendería tanto, si lo pusieran junto a los libros de rol de Mundo de Tinieblas... se podría convertir en un juego de rol, sí, se podría. Baja la noria y digo: ¿y acaso es para batir palmas que un libro se convierta en un juego de rol? ¿Me parecen buenos los libros que saca La Factoría sobre juegos de rol? Ah, no. Yo hago Literatura Con Mayúscula, demonios. Sea lo que sea eso.
Baja aún más la noria y pienso: ni yo hago Literatura Con Mayúscula, ni Politeísmos será convertido en un libro de rol. Sube de nuevo, y me flipo y repito mi grito de guerra: ¡que les follen al Realismo y a la novela intelectual! Que les follen, sí. Eso dice la zorra. Y baja la noria, pero sin las uvas, porque “están verdes”. Una vez, y otra.
Al final, da igual lo que piense. Hasta que termine de corregirla y empiece a recibir los rechazos de las editoriales, no importa. Mi opinión no sirve. No es la novela; no tiene nada que ver con su calidad mi estado de ánimo. Es la noria: soy yo. Siempre corriendo, siempre moviéndome... y siempre en el mismo sitio.
“Arriba el hocico, lobo. Cántale a la luna”, me dijo ayer un amigo. Sí. Arriba. No importa no conseguirlo; lo que importa es luchar por ello. ¿Qué hay más inútil que cantarle a la luna? La luna no va a bajar, y da igual. No canto para que baje. Canto por cantarle a la luna, respondería un lobo.
Y yo me acuerdo de una canción tradicional finlandesa, ya veis lo raro que funciona mi cerebro.
HEDNINGARNA
Mitä minä (Qué canto)Mitä minä laulan kun kuuta laulan
mitä minä laulan kun kuuta laulan
oi, kuuta laulan kuuta laulan joo noo¿Qué canto cuando canto a la luna?
¿Qué canto cuando canto a la luna?
Oh, canto a la luna, canto a la luna.
Simplemente.
Desde el faro, subiendo y bajando por las escaleras,
Al.
Álvaro Naira © 2006









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28 Noviembre 2006 | 01:41 PM