El argentino cuando acaba, acaba de verdad.
Como todos mis lectores asiduos saben, en mi novela aparece una pareja argentina. Un hombre y una mujer. Por culpa de esta inclusión —completamente gratuita— de personajes que hablan de forma tan chula, melodiosa y colorida, tengo que hacer acrobacias lingüísticas y culturales. Porque no, yo no soy argentino y ni siquiera conozco un solo porteño. No se trata de ninguna clase de guiño. No está justificado por el guión que sean argentinos. No es necesario que lo sean. Son argentinos igual que podrían ser suecos, daneses, de Albacete o de Kamchatka. Me meto en camisas de once varas porque me mola, y no creo que sea preciso que justifique el guión la inclusión de un personaje de otro país, igual que no es necesario un motivo para elegir que un personaje sea rubio, moreno o pelirrojo. Son detalles que enriquecen la novela y provocan juegos lingüísticos, diversión, variedad y complejidad léxica. Vamos, que llego a saber en la página que aparecieron —capítulo de paja, secundarios absolutos con conversación mínima— que iban a ser tan importantes y tener tal cantidad de diálogo en la segunda parte, y los hago oriundos de Lavapiés, lo juro.
Porque la cosa no es nada fácil. No todo es ponerles tildes a las segundas personas, sustituir tú por vos y salpicar las oraciones de ches en la posición que parezca más estética.
Ni mucho menos. Si fuera así, resultarían falsos, ridículos y grotescos. Se notan un huevo estas cosas y quedan de chiste. Mi labor consiste en hacer argentinos reales, flexibles, auténticos, que usen o no los giros propios de su lengua según la situación lo requiera. Ni que todos los madrileños anduviéramos usando fetén, coño. A eso me refiero. En las simplificaciones están las trampas. Siempre.

Los personajes, para empezar, llevan viviendo en España unos cinco años, de modo que su giros deben estar matizados y complementados por la forma de hablar de los Madriles. Vale. Es complicado, pero se puede hacer. El auténtico problema es que, para más datos, Politeísmos es una novela de fantasía, sobre chamanismo moderno, y todos los personajes, por definición, o tienen poderes paranormales o están como putas cabras: queda a gusto del lector, que decida lo que más le divierte. Fantasía realista: la veracidad o no de los acontecimientos extraños queda en el aire a lo Expediente X —siempre he sido muy original—, excepto el final (justo lo que no me satisface), en que se toma partido por una de las dos visiones, si es que no lo corrijo, que es posible que lo haga.
Así, concluimos que mi personaje argentino es una especie de Merlín contemporáneo al que sólo le falta el cucurucho y el báculo, pero no habla con vos porque use fabla medievalizante sino porque procede del otro lado del charco. Son argentinos él y la mujer porque me apeteció meterme en estofados lingüísticos; están loquísimos —o taraditos— porque todos los personajes lo están, procedan de la capital de España o de Tombuctú, que para algo mi novela va de espiritualidades violentas y fantasías varias; viven en el Madrid real y, además de tener mágicos poderes, compran el pan, regentan una tienda y ceban amargachos —véase: preparan mate sin azúcar, que debe ser la cosa más fuerte y desagradable que se pueda echar uno a la cara. Sí, estoy deseando probarlo, claro—. La gracia de la fantasía realista está en los contrastes entre lo más bajo y lo más alto. Algo así como el realismo mágico, pero al contrario.
Es jodidamente imposible darle al personaje ese aire misterioso y ultraterreno en una lengua distinta a la materna. Ya es complicado hacer eso en dialecto normativo central, así que imaginad en porteño. Y todo sin que quede ridículo, claro; porque de eso se trata. De que el personaje imponga, que dé cierto miedo, respeto a puñados y que mole un cacho y las lectorandas de quince años se enamoren de él. Encontrar el tono es endiabladamente difícil: es un argentino pero habla como si perteneciera a otro mundo, a otro tiempo, a otra realidad más antigua, más auténtica y primigenia. Debe ser un argentino... de otro planeta. Pero argentino. Chungo, ¿eh? Y va un día y se me ocurre la idea inspirada de bajarme las tres pelis de El señor de los anillos en versión dub.arg por ver de qué forma se traducían cosas tan alejadas de la vida porteña como la Tierra Media, y descubro que no las doblaron los muy cabrones de los estudios: todo por molestarme a mí, demonios.
Bromeo. El hecho es que el tono creo que lo tengo. Ahora...
Toca corregirlo.
Porque yo no soy argentino, y los giros que me suenan ominosos e interesantes no tienen por qué parecerlo en el cono sur, y el más pequeño error puede provocar la carcajada padre a un lector olfachón o sabiondo y rompepelotas o tocacojones —ejemplo: aparece el personaje argentino de forma triunfal abriendo la puerta e ilustra a sus discípulos con la información de que terminó de hacer algo trascendente, arriesgado y difícil. Dice con voz cavernosa: ¡ACABÉ! Cielos, cómo me ha impuesto. Tiemblo de miedo. Porque mi personaje, en traducción libre, ha informado en perfecto argentino de que se ha corrido muy a gusto, ha eyaculado chorros de viscosa felicidad tras una placentera pajilla y lo proclama a los cuatro vientos. Como debe ser. Y no pinta la pared con el residuo de sus gónadas porque es educado—. De éstas, a miles.
¿Cómo corrijo yo mis fallos? Molestando mucho en wordreference, pero a bocaditos para que no me manden a la mierda. Leyendo a Cortázar y señalando, pero con precauciones, que usa las modas de su tiempo, y muchas de sus expresiones están en franco retroceso o directamente ni se utilizan ya. Viendo la serie Los simuladores en versión original, y encima enganchándome como un capullo y lamentando tener que tomar notas, que es entretenidísima. Husmeando todas las páginas y blogs argentinos y diseminando comentarios amables, a ver si alguno pica y desea aceptar el cargo de Corrector Oficial del Reino —sólo cayó un tal Más Pedante que Vos, y me parece que no da el perfil por la abundancia de sus patadas al diccionario y a mi persona, que me pone a caer de un burro: me llama plasta, pedante y otras lindezas, animalito—. El más mínimo detalle cultural que encuentro en mi búsqueda infatigable, me lo apunto, aunque no vaya a utilizarlo. Hago análisis de las diferencias de comportamiento del homo ibericus y el argentino, y me topo de morros con artículos tan desternillantes como el siguiente, que analiza la costumbre del besito mejillar de los varones de Buenos Aires y los conflictos que genera en la península. Extracto:
“Cuando, automáticamente, besamos a un hombre español sin querer, si éste es heterosexual se pone incómodo, se le sube los colores y empieza a tartamudear, o mira para abajo. Si tenemos la desgracia de besar a un homosexual, los próximos tres meses serán devastadores. Llamados nocturnos, proposiciones indecentes, manoseos en los baños públicos... Yo conozco muchos argentinos que, por culpa de un beso mal dado, ahora están casados con señores de este país. Y les va muy bien”.
No he podido pedirle permiso al autor para reproducir su post porque cerró los comentarios. Si le parece feo que le citen, lo quito. Anda que a mí no me molaría que me citaran... Claro que Hernán Casciari es un escritor de verdad, de los que publican, y a ésos no hay que pedirles permiso, que ya son patrimonio de la humanidad.
Ya sabéis. Me muero de la envidia.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006










Alan dijo
Andaba dando vueltas y llegue a tu blog.
Muy bueno! Cosas muy copadas las que escribis
Saludos desde Argentina! :)
Alan
18 Octubre 2007 | 01:19 AM