Piedra, papel o tijeras.
Ya, ya lo sé. Llevo un mes sin postear. Me abdujeron los alienígenas, experimentaron sexualmente conmigo y me depositaron de nuevo en mi cama esta tarde a la hora de la siesta. Así que lo siento por los que estuvierais descorchando el champán: no me he muerto. Sé que a muchos la posibilidad les debía de parecer fascinante, especialmente a la editorial —si la tuviera—. Un escritor joven y muerto vende más que uno vivo. Sobre todo si murió de sobredosis, que es más cool que atropellado por un camión de la basura o triturado por un piano que cayó de un séptimo.
No pudo ser. Sólo había aspirinas en casa, y no tengo la menor intención de emular a cierto personaje que unos cuantos conocéis y otros no. De momento. Cuando tenga contrato con una editorial, es para pensarlo. Al menos fingir mi muerte: no sabéis hasta dónde soy capaz de llegar para disparar las ventas.
Mucho tiempo sin postear. Las visitas desaparecieron. Os diría que estoy un poco deprimido, si no fuera porque a mí con la depresión me pasa como con Dios: que no creo que exista.
Siempre puedes elegir. Puedes luchar o puedes rendirte. Puedes rebozarte en los sucios charcos de la autocompasión y la lástima y esperar a que te eleven una estatua en cuyo pedestal rece: “Álvaro Naira, mártir en proceso de beatificación”, y pudrirte esperando, porque aunque tu cadáver huela a rosas o a licor del polo, si no la diñaste virgen el proceso es más complicado. Y ya es tarde para eso; qué le vamos a hacer —pues tres milagros postmortem, ¿no?—. En resumen: es más fácil no levantarte de la cama y lamentarte que cogerte los cojones y concluir que, al fin y al cabo, sólo tienes lo que te mereces. Lo que te has buscado. Lo que quieres, en el fondo.
Tengo un trabajo absurdo que me quita tiempo, una novela que me ocasiona angustia, un poco de ciclotimia, la justa para resultar literaria, otro poco de agorafobia —hago colección de trastornos, como si fueran cromos Panini—, veinte colegas en proceso de lectura del Comité de Corrección de Primeras Pruebas, cuatro amigos mal puestos que respetan mis periodos de alejamiento del mundo, una ex a la que me he cansado de llamar y tres dóbermans que me quieren, sin reservas. Nada ha cambiado.
Salvo yo, tal vez.
Tengo una novela sin corregir en la que fallan diversos detalles. El primer capítulo, para empezar —valga la redundancia—, es flojo. Y el final, otro que tal baila. Y si con un buen principio sabes dónde pisas, con un buen final, de éstos que te hacen echar el aliento de golpe y soltar la respiración que mantenías sin darte cuenta... El final es importante, ¿lo veis? No he acabado la frase. ¿A que no funciona? Lo mismo en una novela.
El capítulo VI del segundo arco no da todo el miedo que debería dar. Los capítulos IX y X suceden demasiado deprisa. Hay dos personajes argentinos que hablan como si fueran marionetas de cartón piedra por el extrañísimo motivo de que yo no soy argentino, y una conversación entera en inglés a la que le sucede lo mismo, pero peor, porque no se entiende. Qué novela tan cosmopolita, estaréis pensando. Pues no. Es de lo más local y madrileña. Y además juvenil, de fantasía, plenamente calificable como freak, con pretensiones de libro de culto y de ser transformada en película para que los mocosos flipados dejen de comprar sables láser, que cuestan una pasta y son completamente inútiles en un combate, y se compren unas botas New Rock clavaditas a las que lleva el personaje, que... que también cuestan una pasta, pero son más útiles —¿en un combate???—. Vale. Son bastante más inútiles para la lucha diaria que una corbata de la casa Gryffindor —puedes llevarla a una entrevista de trabajo sin miedo; si el de recursos humanos no lee Harry Potter, sólo pensará que eres un hortera, y si lo lee, te contrata fijo—, y tienen menos gracia que el muñeco de acción de Jesucristo, panes y peces incluidos para emular a tu superhéroe favorito.
Para que luego digan que la Biblia no genera merchandising; estos cristianos son peores que los trekkies. Ahí, todos con cruces. Ni los friquis de Tolkien son tan radicales: sólo los elegidos tienen anillos únicos tan encantadores como éste.
Por cierto, que acabo de recordar un documento visual impresionante de aquellos maravillosos años en que el LSD estaba de moda —se ponían hasta el culo, mirad el vídeo si no me creéis— que hará las delicias de mis lectores tolkiendili y trekkies. Subid el volumen al máximo que se oye de pena.
Atención al comentario que clama su inautenticidad aquí, diciendo: VULCANS DONT SMILE. ITS A FAAAAAKE. Plenamente de acuerdo, chaval. Por tu cumple tendrás unas orejas puntiagudas de látex; me encargaré personalmente de quemar con mechero unos cuantos condones y echar el liquidillo —el látex derretido, pedazo de enfermos— a un molde de arcilla. (La pregunta es: ¿cómo es que yo conozco tan bien el proceso para hacer orejas de látex? Respuesta: cambiemos de tema).
Hablaba de mi novela —qué raro, ¿verdad?—. Os jodéis: en realidad este blog sólo existe con la intención de hacerle publicidad, para llevar a las editoriales el enlace con tropecientas visitas diarias y que se vean abrumados por la cantidad de gente que tengo dispuesta a comprarla, de forma que no les quede más remedio que publicarme. Por eso yo, cada vez que estoy en la página, no levanto el dedo de la tecla del F5 —venga, pulsadla todos—, pero me parece que no cuela...
Hablaba de mi novela.
Veréis, la terminé el 29 de agosto. Y si el alzheimer no me falla, han pasado casi tres meses. ¿Por qué no empiezo a moverla ya?, os preguntaréis. Porque os lo preguntáis, ¿a que sí? Sé que estáis deseando comprarla, llevarla en el autobús bien levantada de forma que cualquiera pueda ver la portada y el título, escribir en foros hablando de ella, pegar carteles y pegatinas en el metro, perder misteriosamente un ejemplar en una biblioteca pública, colárselo en el maletín a un columnista de una revista literaria, poner todos los volúmenes sobre las primeras mesas de la casa del libro, regalarla en cada cumpleaños de todos vuestros amigos, salpicar todas las sobremesas en restaurantes y cafeterías con comentarios sobre la novela en voz alta y cavernosa, de manera que os oigan hasta lo que pasan por la calle, iros de fiesta con el libro bajo la axila y regar a vuestros colegas con apreciaciones sobre la novela, que manchan menos que el calimocho. En definitiva, honrar la novela con cada pequeño acto de vuestra existencia —siempre que haya alguien presente, por supuesto— y exclamar: ¡Vaya, esto sucede igual en Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira! Hasta cuando vayáis a mear, recordad: ¡El personaje también lo hace!
Multitud enardecida esperando que salga a la venta Politeísmos...
¿Por qué no la envío de una puñetera vez a las editoriales y empiezo a recibir los NO, que tan buenos son para la autoestima?
Porque hay que corregirla. Se repite dos veces la expresión “a chorros” en las trescientas y pico páginas, tres veces el adjetivo “cremoso”, quince veces el adverbio “demasiado”, hay cuatrocientos noventa y siete adverbios en -mente y se dice setecientas cincuenta veces el nombre del protagonista. Un horror. No quiero pensar en el número de apariciones de la preposición “de”.
En fin. Es evidente que está llena de errores. También es evidente que nada puede ser perfecto, y que pongo seriamente en duda que muchos escritores trabajen tanto un texto. Y menos una novela de fantasía. Yo lo hago. Y lo haré con todos mis libros. A pesar de mis correcciones, siempre quedará una errata. Siempre.
Mirad: es como un reloj. La novela funciona, creedme. Vosotros sois lectores: miráis la esfera y las manecillas. Yo soy el relojero y veo si le sobran tuercas.
Es la delgada línea. Si me paso quitando, deja de dar la hora.
Eso es lo que me da miedo.
¿De qué va la novela? Tal vez haya llegado el momento de hablaros de ella, de hablaros de verdad de ella. Os puedo hablar mal del libro y deciros que es un cruce entre la peli de Jóvenes y brujas, la serie del doctor House y El clan del oso cavernario.
Pero mentiría. De hecho, esa crítica lamentable se me ocurrió el otro día y estuve riéndome sin parar durante lo menos medio minuto. Sólo. Porque tiene muy poca gracia, la verdad. Se parece a Jóvenes y brujas en que hay góticas y espiritismo, a House en que un personaje tiene muy mala hostia y a El clan del oso cavernario en la religión. Más o menos. Chamanismo. Pero el chamanismo totémico no se lo inventó la escritora de culebrones prehistóricos, sino Freud, Durkheim, Frazer, Tylor y otros tantos colgados, y sus objetos de estudio: los señores en taparrabos. Es una religión real, la más primitiva que existe, y funciona a las mil maravillas en mi novela. (Buf. Así que Politeísmos es mejor que un culebrón prehistórico. No es que la esté poniendo muy bien, ¿no? Volvamos a intentarlo.)
Politeísmos es una novela de chamanismo moderno ambientada en el Madrid gótico del año 2000. El que quiera saber de los góticos de forma documentada, que acuda a esta página que está de puta madre, y encima el tío es majísimo y te vincula si le pones un post —bueno, lo hizo conmigo y aún no me lo creo: GRACIAS, Stavrogin, en cuanto dedique más de diez segundos de mi tiempo a averiguar cómo funcionan las chorraditas de la coctelera, vas a “amigos”—. El que quiera reírse de los siniestros con mi característica mala hostia, marca de la casa, que siga en mi página y presione en el tag de “gotiqueces”, al fondo a la derecha, un poco más abajo. Como los baños en los bares. Al que le apetezca saber de qué va mi novela, que lea el post “La colilla y el mito”. Porque yo... ya no sé venderla sin contaros de qué va por décimo octava vez. Estoy deseando sacarla para llenar esta página con todo el material que tengo en que la descuartizo y explico cada cosa, pero no puedo hacerlo. No debo reventarla antes de que esté a la venta.
Si no acabo de corregirla, nunca lo estará.
Ahora, seamos sinceros. En realidad no me abdujeron los alienígenas. Siento de veras quitaros la ilusión, pero seguimos estando solos.
No he posteado en un mes por un único motivo: porque no he posteado. Mi vida sigue siendo aproximadamente el mismo asco que de costumbre, ni más ni menos. Todo lo que me satisface es de papel. Mi novela es de papel. Mis personajes son de papel. Mis deseos, de papel. Mis ilusiones y esperanzas, papel, papel y papel. Podría doblar mi vida y hacer con ella una pajarita que mueve las alas para echarla a volar por la ventana, o arrugarla y tirarla a la papelera. Si me preguntan “Piedra, papel o tijeras”, saco siempre papel.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006

Gran Duque dijo
Naira, muy mal, mira que no acordarte en tu recorrido por el mundo del merchandising gilipollas del fantástico muñeco de Sigmund Freud... Te perdono porque el muñeco de Jesús es casi tan bueno como el del padre del psicoanálisis.
Un saludo.
20 Noviembre 2006 | 12:56 AM