Dios no es Amor, es una errata.
Cuando uno “trabaja” desde casa le suceden cosas inverosímiles, tales como que está un lunes a las once de la mañana en el momento en que llaman a la puerta. Esta hora mágica entre perro y lobo, mientras ponen en la tele programas del corazón —como en cualquier otro momento, vaya—, se ve asaltada por los carteros comerciales que tocan los cojones amén del timbre, los encuestadores telefónicos que incordian hasta las dos de la tarde, y los evangelistas. Si tengo que quedarme con alguno de los grupos, me quedo con estos últimos.
Hoy le abrí la puerta casi en pelotas a una testigo de Jehová. No, no estaba buena, y hubiera dado igual porque yo tenía una pinta como para unas ganas, pero de salir corriendo.
Imaginad la escena: aparece un tío con una resaca de siete pares para el cual lo de afeitarse ha pasado a ser una incómoda restricción de las libertades personales en esta era capitalista, circundado por tres encantadores dóbermans. Mi testigo de Jehová tardó en reaccionar. Era de mediana edad y tenía una sonrisa plácida. Y folletos.
“¿Tiene un minuto?”, me preguntó.
“Y toda la mañana”, respondí, a todo esto, en calzoncillos. Mis perros se situaban junto a mí meneando el rabo. Les gustan las visitas porque tenemos pocas.
“¿Puede coger a sus perros?”, inquirió la mujer algo nerviosa. Buja tenía una pinta terriblemente amenazadora rascándose la oreja derecha, y Talo bostezaba ampliamente dejando ver una hilera de cuchillos blancos. Cactus es tímida. Se limitaba a asomar el hociquito detrás de mis piernas.
“¿A las supernenas?”, pregunté enarcando una ceja. “Son inofensivos”.
Pero la jehoveña no se movía. Ya, sé que son tres dóbermans y es comprensible. Pero son míos; yo no puedo tomarlos en serio. Los he visto crecer desde que eran pelotas con patas.
“A ver, Talo. Fuera”.
Cuando ordenas al macho alfa, las hembras suelen ir detrás. Buja no. Buja es especial, consentida, y siempre quiere mimos: si son de desconocidos le saben mejor, promiscua que es ella. Se aproximó a mi testigo de Jehová menenado lamentablemente su rabo amputado —me cago en el criador y en sus tijeras de podar setos y castrar perros— y enseñando una lengua larguísima. Pocos gestos hay más amistosos que ése, como saben todos los felices dueños de un canis lupus familiaris. Pues la pobre mujer no debía pertenecer a ese sector poblacional, porque interpretó que mi perra tenía hambre, de testigos de Jehová para ser exactos, y reculó hasta lo más profundo del descansillo.
“No, oiga, espere. Que no hace nada”.
Casi tuve que arrastrarla hasta mi casa. ¿Por qué salí casi en bolas ante el asombro de la comunidad de vecinos, especialmente de la vieja de enfrente que vive pegada a su mirilla como una calcomanía? Evidente: porque quería que se quedara la testigo de Jehová, joder. Estaba muy aburrido, y la otra opción era emborracharme con Pampero, que el Brugal había decidido desaparecer el muy hijo de puta. No, no son los exóticos nombres de mis colegas de chuzo: son marcas de ron. Así que se comprende que me apeteciera tener una devota charla de religión, piedad y buenas intenciones con una cincuentona amabilísima.
La hice pasar. Me calcé unos vaqueros que tenía tirados por el suelo porque está feo andar en calzoncillos cuando a uno le van a mostrar la Verdad y le van a hablar de Dios, aunque Él nos hiciera en bolas. Contradicciones de la vida; yo creo que Le gustamos más en pelotas, que si no habría hecho al ser humano peludo, coño.
Ya sin mis perros, mi evangelizadora se mostró en su salsa.
“¿A usted le interesa Dios?”.
Lo supuse, acertadamente, con mayúscula.
“Depende de cuál. ¿Quiere un café calentado al microondas?”.
Uno de los pocos monoteísmos dignos de respeto y pavor: The Church of the Flying Spaghetti Monster
No quería café. Quería Dios, y yo no tenía al suyo a mano. Intenté ofrecerle un cigarro como sustituto. Tampoco lo quiso. Mira que son especiales las testigos de Jehová.
“Sólo hay un Dios verdadero”, me contradijo ella.
“Pues así no se puede discutir. ¿Café?”, repetí, aunque el brebaje tenía un aspecto repugnante, lo admito, y si no recuerdas cuándo hiciste café por última vez es mejor no tomarte lo que hay en la jarrita de la cafetera. En realidad quería que lo bebiera ella primero para comprobar su nivel de toxicidad, pero no pudo ser; era demasiado lista. Cuando lo probé yo, descubrí que se trataba de un honrado desayuno, sin hipocresías: sabía tan mal como parecía. Pocas cosas valoro yo tanto como la sinceridad, así que me lo tragué de golpe. Me entraron arcadas. Encendí un cigarro para compensarlas.
La mujer me tendió un folleto y empezó a hablarme de su secta. La corté.
“¿Usted es testigo de Jehová?”.
“Sí”.
Buen ojo que tiene uno.
“¿Sabe que su dios es una falta de ortografía?”.
No pareció intrigarle, pero me dio exactamente igual. Una colega de filología hebrea me lo había explicado hace mucho tiempo, y yo nunca pierdo la oportunidad de mostrar mis amplios conocimientos culturales y humillar con ellos a mi interlocutor, para acabar siempre haciendo el más triste ridículo, claro.
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“Verá”, comencé, adoptando un tono de catedrático. “Los hebreos escribían sólo con consonantes. No sabemos cómo pronunciaban. Cuando aquello se convirtió en un fregado que no te menees porque donde ponía ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ igual podías leer ‘Te hago una mamada por diez euros’, le añadieron las vocales para no confundirse. Dios estaba escrito tal que así”, y le deletreé YHVH y se lo pinté con el ron derramado de la mesa. “Escribir Dios como Dios manda sería una blasfemia, para Dios, claro, así que le añadieron entonces otras vocales, no las suyas sino las de ‘Mi señor’...”, y le informé de que eso se decía en hebreo ADONAI, y volví a efectuar el trazo alcóholico encima de la madera. “Hubo unos tipos que luego se pusieron a leer mal la Biblia porque tenían más o menos la misma idea de hebreo que yo, y vieron la palabra como si fuera una, en lugar de las consonantes del nombre divino y las vocales de su título aristocrático. Es decir, YHVH más AdOnAi (que la I es consonántica y la primera A es breve y se convierte en E, precisé) da Jehová. Dios se llama Yahveh. No Jehová. Es la única pega que yo le pongo a esa cumbre del cine teológico que es La vida de Brian. Así que no me diga que su dios es amor. Su dios es una errata”.
¡Ha dicho Jehová! ¡Lapidadlo! ¡Debería haber dicho Yahveh! Os garantizo que ella ni pestañeó. Si yo soy creyente y a mí me llega un tío y me dice eso, como poco le echo de mi casa. Aunque ella no hubiera podido porque yo estaba en mi casa y yo era yo, no otro que pudiera echarme a mí. Joder. Qué complicado. Nunca se me dieron bien los tests de inteligencia espacial. “Dios es Amor”, se empecinó. “Está en la Biblia. ¿Tiene usted una Biblia?”. Preguntarle eso a un tío que hace cinco minutos estaba en calzoncillos dándote una clase de hebreo clásico, cuya mesa se encontraba decorada por una botella vacía y dos ceniceros a rebosar de colillas, tiene huevos, así que le mentí como un perro. “Sólo la Biblia en cómic, obra maestra de la editorial Verbo Divino en siete incómodos volúmenes. ¿Vale para lo que me dice?”. En realidad sí tengo una Biblia, y una cojonuda, traducción directa del hebreo, arameo y griego, cortesía de mi colega la hebraica. Pero sólo la utilizo cuando me quedo sin papel. No diré dónde. (Vale, he mentido. En realidad aprecio mucho mi Biblia y la considero una de las mejores obras de la literatura fantástica.) Decidí ir al grano. “Mire, a mí lo que me interesa no es que su dios sea amor. A mí me pone saber cómo entró usted en esto. Ya sabe: para perversiones, los colores. Dígame cómo se hizo de su secta. Cuéntemelo todo. Desde el principio”. Ella sonrió y —lo juro, verídico— dijo: “En el principio estaba Dios”. No hice la fuente con el café porque ya me lo había acabado. Parpardeé. “Pero a ver”, interrumpí, ya con ganas de pelea. “¿Cuál?”. Ella seguía recitándome el evangelio según San Juan. Intentaba explicarme que el Verbo era un dios y no Dios, y que Cristo era menos divino que Dios. O más. O al revés. O palindrómico. Me perdí a la tercera palabra. “No, no. Espere. ¿En qué principio?”. A esas alturas, el Verbo ya se estaba haciendo carne y ella me explicaba que no debía leer la Biblia sin las acotaciones escénicas de un tal Russell. Yo, cándido, me imaginé al actor de Gladiator anotando las Sagradas Escrituras a golpe de falcata, y me pareció una imagen sumamente sugerente. “Es que no lo entiendo”, insistí. “En el principio estaba Dios, ¿no? ¿Entonces el principio estaba antes que Dios? ¿Había creado el principio a Dios? ¿O Dios había creado el principio?”, pregunté, enardecido con mi propia divagación. “¿Me está diciendo que Dios y el principio estaban de copas antes del Big Bang? ¿El principio era paredro de Dios? ¿Follaron y crearon el mundo el principio y Dios?”. Ella se mostró estupefacta y ofendida. Lo comprendí ya que tengo una elevada dosis de empatía y sé que no todo el mundo conoce el argot de Historia de las Religiones y puede sentirse ignorante y excluido, así que me apresuré a explicarle que un “paredro” es la pareja inferior, doméstica, de una divinidad: su acompañante, que a veces se tira. Como Batman y Robin, vaya. No sirvió de nada. Se marchó, aunque me dejó el folleto. Craso error y gran pérdida de tiempo: yo soy politeísta, como los personajes de mi novela, y sólo me interesaba su evangelización por la documentatio, ya sabéis. Para finiquitar la hazaña, Talo le ladró mentras se iba. Pero lo hizo cariñosamente. Esa ha sido mi aventura, para empezar bien el día —la de mi evangelizadora, no la del vídeo, que está sólo para ilustrar la rica relación teológica de las divinidades Batman y Robin en el panteón—. Ayer prometo poner un post más alegre y va hoy y aparece una testigo de Jehová ante mi puerta. Serendipia. “El universo conspira para tocarme los cojones”, como decía Paulo Coelho. ¿O no era exactamente así? Antes de que gritéis: ¡¡AL, NO ME CREO NI MEDIA PUTA PALABRA DE LO QUE CUENTAS, PERO DEBERÍAS DEDICARTE A ESCRIBIR TUS PAJAS MENTALES!! os informo de que ya lo hago. Y de que esto me ha pasado, aunque puede que no de esta manera; sólo lo he literaturizado un pelo. Deformación profesional. Cualquier día me echo a la calle y me pongo a evangelizar yo de mis creencias —todo sea por vender mi libro—. Seguro que tendría más éxito; esta pobre mujer debería haberse dedicado a la venta de jabones Avon puerta a puerta. Francamente... Desde el faro, Al. Álvaro Naira © 2006












Màs PEdante que vos dijo
Bueno alguna ves un rpofesor me dijo que si no te atrai el primer parrafo no leyeras nada mas y em parece cierto ,creia que tu paigna tenia que ver con literatura pero veo que tiene mucho de ensayo critico ya que empesas con un lenguaje nada coloquial bombardeando al lector despues con una retorica de critica socialista lo cual da o quiere demostrar que sabes mucho y eso me aburre. Porque a diferencia de vos yo si lo puedo hacer y lo hago de forma divertida adio'
31 Octubre 2006 | 02:46 AM