La Coctelera


9 Octubre 2006

“Una mañana Gregor Samsa despertó de un sueño intranquilo y se encontró convertido en un enorme insecto”.

La relación con mi follamiga entrañable finalizó de manera satisfactoria para ambos. Sobre todo, para ella. Sucedió más o menos así, literaturizado, claro.

“Me gustan los tíos que son como las cucarachas”, me dijo ella.

Y yo me apresuré a responder: “Yo voy de negro”.

Ella afinó más su comentario: “Me refiero a los tíos duros por fuera y blandos por dentro”.

Eso lo explicaba todo, claro. Porque las cucarachas son blandas por dentro y duras por fuera. Cuando oí a mi follamiga emplear tan arriesgada metáfora, me planteé cuántas habría pisoteado y destrozado en su vida. Cucarachas. U hombres.

No fue una auténtica discusión. Yo no discuto. Simplemente fue un adiós, precedido de su “Tenemos que hablar”, perífrasis obligativa que siempre me ha hecho temblar, porque no falla. No podrían decir: “Necesito hablar contigo”; “Me gustaría que habláramos”; “Tengo que decirte una cosa”. No. Para cortar, siempre: “Tenemos que hablar”.

Así que descubrí que a mi amiga le gustaban las cucarachas, y que yo no era suficiente cucaracha para ella.

Después, nos pusimos a hablar de la novela.

¿Qué?, diréis. ¿Estáis cortando y os ponéis a hablar de tu novela? Bueno, sí. Yo escribo. Es mi trabajo. Es lo que soy; es lo que hago. Vivo para ello, aunque no de ello. Al final, todas las conversaciones conmigo llevan al libro, lo quiera o no —y siempre lo quiero—. Así que mi follamiga volvió a hablarme, una vez más, de mi novela.

“Tú no eres como el lobo”, me dijo.

No supe qué contestar. Hablaba del personaje del libro, y contra él no se puede competir. “Es de papel, joder”, pensé, y me sentí repentinamente celoso de mi propia creación. Por un instante. Luego, venció el orgullo. Porque yo lo había creado. Y él era mejor que yo, por supuesto.

Son cosas que pasan. Habíamos pasado unos meses increíbles de fornicio, siempre precedido por la lectura, capítulo a capítulo, de lo que yo iba produciendo. En pelotas sobre la cama, le leía mis textos. Le ponía hasta las voces; soy así de flipado. Después, hablábamos de ello y echábamos un polvo. Solíamos follar con el rollito rolero de los personajes, por seguir el juego, y quien considere que esto es algo horrible, espantoso o ridículo, por favor, que entre en esta página. Rolear follando es una de las cosas más intensas que existen, porque tú no eres tú, y ella es otra persona: es quien quieras que sea, quien desees en lo más profundo, quien te inventes. Y, sobre todo, tú eres otro, otro con el que te sientes jodidamente mejor que contigo mismo. Probad a jugar a rol follando y luego me lo contáis. Es perfecto para quitar complejos y hacer acrobacias sexuales sin timideces ni pacatería. Y si el rolling consistía en jugar a ser el lobo feroz... Hostia, dónde hay que firmar. Yo, más feliz que unas castañuelas: era ampliar mi mundo privado y hacer a más personas partícipes, ¿qué más podría desear un escritor?

La cuestión es que mi follamiga estaba enamoradísima, sí.

Pero no de mí. De mi creación.

Estaba enganchada.

Pero no a mí, sino a mi novela.

La novela se acabó. Mi relación también.

Y no puedo negar que, aunque me cague en ella...

Me siento halagado.

Para mí lo demás es accesorio. Yo vivo entre palabras, de palabras, con palabras. Si sufro, me examino y me lo narro. Aprovecho el sentimiento para utilizarlo en una descripción de un personaje jodido. Si salgo a la calle, voy contándome lo que veo. Me recreo en el dolor, en la alegría, en las sensaciones. Cuando siento, me lo repito por dentro. Una vez toqué a una serpiente sólo porque no sabía cómo era el tacto, y nunca puedes estar seguro de que no lo necesitarás en una novela futura. Era suave y fría; simplemente. Yo quería saberlo, y no porque me interesara ni por lo más remoto tener una serpiente culebreando entre mis dedos. No quería coger a la serpiente; quería coger con palabras a la serpiente. Sé que es enfermizo.

En los tests gilipollas que circulan por los correos, me preguntaron una vez: “¿Harías puenting?”. Y yo respondí: “Sólo si lo necesito para documentar una novela”.

Porque mi libro es más importante que yo, y así debe ser. Porque para mí lo primero es la literatura, y si alguien ha sido capaz de valorarme por eso, sólo por eso, de quererme por eso, y cuando se acabó, puerta... Pues joder, gracias. Gracias de verdad, porque eso me dice cuánto vale mi libro. Más que yo: perfecto.

Ah, y si te jode que postee en internet y pregone detalles de tu vida privada, princesa, habértelo pensado dos veces antes de tirarte a un escritor.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

solounamas

solounamas dijo

no me extraña que tu mundo sean las palabras y las fantasías literarias. Follaamiga... viendo así a las personas que te rodean y a tu realidad, preferirás claro tu libro y tus personajes, tú , tú y tus letras primero, mientras tu realidad se llena de ostias,polvos y...vacío.

9 Octubre 2006 | 01:03 AM

Álvaro Naira

Álvaro Naira dijo

No te jode, me dejan tirado como una colilla y el malo soy yo. Los cojones.

Y última vez que hago post personal. Coño ya, que tengo más de veinte visitas a día de hoy y lo normal son de cinco a diez. Lectores míos, sois peores que porteras. No más vida amorosa de Alvarito por hoy; compráos el Hola para satisfacer vuestra morbosa necesidad de información.

Desde el faro,

Al.

10 Octubre 2006 | 12:22 AM

Álvaro Naira

Álvaro Naira dijo

Bueeeeno. Hoy, que ando algo menos jodido, voy a contestar a nuestra querida solounamas con mayor detenimiento, que la ocasión lo merece.

En primer lugar, princesa, yo no te conozco de nada, así que intuyo que no eres amiga mía, sino una de mis tiernas lectoras que, espero, siguen con expectación cada aportación de la bitácora y arden en deseos de leer mi libro.

Permíteme que te dé las gracias por leer, y por postear, claro.

Tras la introducción políticamente correcta, voy a darte mi Real Opinión sobre tu comentario acerca de mi vida privada. Culpa mía por airearla; era uno de los motivos por los que NUNCA quise tener un blog, que al final acabas contando todos tus problemas y tu triste rutina, que siempre va de lo soso a lo lamentable, como la autoevaluación de los cómics de Superlópez por Jan.

1. Hablas de la literatura y de vivir en mundos ficticios como si fuera un pecado. Vivir para escribir consiste en una aberración que me convierte instantáneamente en una persona malvada, cruel y llena de amargura, porque sitúo por encima de mis semejantes, reales, a la fantasía, irreal (Lamento el axioma). Piensas así, ¿me equivoco? Supongo que serás una persona socialmente aceptable, con éxito profesional y apreciada por los que te rodean: pies en la tierra e ideas claras. Pues permíteme que te dé mi más sentido pésame; no sabes lo que te pierdes. Simple y llanamente.

2. Si quieres llamarme capullo y machista, me parece debuti. Pero ahí, en mayúsculas, sin medias tintas, en negrita si lo permitiera la configuración y, si tuvieras mi teléfono, a grito pelado. Me parece bien; bendita sea la solidaridad femenina por la cual toda mujer se pondrá de parte de otra sin pensar en quién tiene la razón y quién está equivocado, y no voy a entrar al trapo en quién dejó a quien porque esto no es un programa del corazón.

3. "Ostias, polvos... y vacío", dices. Te recomiendo que leas el post "Más negro que la oscuridad, más rojo que la sangre que fluye", donde informo de la correcta ortografía de este taco, gloria y lustre de la lengua castellana. Lleva HACHE.

Por cierto, ahora que caigo: ¿quién habló de hostias? Yo hablé de polvos. De sexo. De hostias, no. ¿Es que te va el sadomaso? Ay, que se nos ve el plumero, solounamas...

Desde el faro,

Al.

10 Octubre 2006 | 10:03 PM

follaamiga

follaamiga dijo

Uff que susto cuando lei que tenia que pagar,..jejee,pero con un coment
E caso es yo soy o he sido "follaamiga"y lo cierto es que si nos atraen las cucarachas.Pero yo a diferencia de tu follaamiga es que me enamore de esa cucaracha ERRORRRR,y temino dandome por culo.
Gracias por tus letras

20 Junio 2007 | 04:20 AM

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alvaronaira

Madrid, España
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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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