“Una mañana Gregor Samsa despertó de un sueño intranquilo y se encontró convertido en un enorme insecto”.
La relación con mi follamiga entrañable finalizó de manera satisfactoria para ambos. Sobre todo, para ella. Sucedió más o menos así, literaturizado, claro.
“Me gustan los tíos que son como las cucarachas”, me dijo ella.
Y yo me apresuré a responder: “Yo voy de negro”.
Ella afinó más su comentario: “Me refiero a los tíos duros por fuera y blandos por dentro”.
Eso lo explicaba todo, claro. Porque las cucarachas son blandas por dentro y duras por fuera. Cuando oí a mi follamiga emplear tan arriesgada metáfora, me planteé cuántas habría pisoteado y destrozado en su vida. Cucarachas. U hombres.
No fue una auténtica discusión. Yo no discuto. Simplemente fue un adiós, precedido de su “Tenemos que hablar”, perífrasis obligativa que siempre me ha hecho temblar, porque no falla. No podrían decir: “Necesito hablar contigo”; “Me gustaría que habláramos”; “Tengo que decirte una cosa”. No. Para cortar, siempre: “Tenemos que hablar”.
Así que descubrí que a mi amiga le gustaban las cucarachas, y que yo no era suficiente cucaracha para ella.
Después, nos pusimos a hablar de la novela.
¿Qué?, diréis. ¿Estáis cortando y os ponéis a hablar de tu novela? Bueno, sí. Yo escribo. Es mi trabajo. Es lo que soy; es lo que hago. Vivo para ello, aunque no de ello. Al final, todas las conversaciones conmigo llevan al libro, lo quiera o no —y siempre lo quiero—. Así que mi follamiga volvió a hablarme, una vez más, de mi novela.
“Tú no eres como el lobo”, me dijo.
No supe qué contestar. Hablaba del personaje del libro, y contra él no se puede competir. “Es de papel, joder”, pensé, y me sentí repentinamente celoso de mi propia creación. Por un instante. Luego, venció el orgullo. Porque yo lo había creado. Y él era mejor que yo, por supuesto.
Son cosas que pasan. Habíamos pasado unos meses increíbles de fornicio, siempre precedido por la lectura, capítulo a capítulo, de lo que yo iba produciendo. En pelotas sobre la cama, le leía mis textos. Le ponía hasta las voces; soy así de flipado. Después, hablábamos de ello y echábamos un polvo. Solíamos follar con el rollito rolero de los personajes, por seguir el juego, y quien considere que esto es algo horrible, espantoso o ridículo, por favor, que entre en esta página. Rolear follando es una de las cosas más intensas que existen, porque tú no eres tú, y ella es otra persona: es quien quieras que sea, quien desees en lo más profundo, quien te inventes. Y, sobre todo, tú eres otro, otro con el que te sientes jodidamente mejor que contigo mismo. Probad a jugar a rol follando y luego me lo contáis. Es perfecto para quitar complejos y hacer acrobacias sexuales sin timideces ni pacatería. Y si el rolling consistía en jugar a ser el lobo feroz... Hostia, dónde hay que firmar. Yo, más feliz que unas castañuelas: era ampliar mi mundo privado y hacer a más personas partícipes, ¿qué más podría desear un escritor?
La cuestión es que mi follamiga estaba enamoradísima, sí.
Pero no de mí. De mi creación.
Estaba enganchada.
Pero no a mí, sino a mi novela.
La novela se acabó. Mi relación también.
Y no puedo negar que, aunque me cague en ella...
Me siento halagado.
Para mí lo demás es accesorio. Yo vivo entre palabras, de palabras, con palabras. Si sufro, me examino y me lo narro. Aprovecho el sentimiento para utilizarlo en una descripción de un personaje jodido. Si salgo a la calle, voy contándome lo que veo. Me recreo en el dolor, en la alegría, en las sensaciones. Cuando siento, me lo repito por dentro. Una vez toqué a una serpiente sólo porque no sabía cómo era el tacto, y nunca puedes estar seguro de que no lo necesitarás en una novela futura. Era suave y fría; simplemente. Yo quería saberlo, y no porque me interesara ni por lo más remoto tener una serpiente culebreando entre mis dedos. No quería coger a la serpiente; quería coger con palabras a la serpiente. Sé que es enfermizo.
En los tests gilipollas que circulan por los correos, me preguntaron una vez: “¿Harías puenting?”. Y yo respondí: “Sólo si lo necesito para documentar una novela”.
Porque mi libro es más importante que yo, y así debe ser. Porque para mí lo primero es la literatura, y si alguien ha sido capaz de valorarme por eso, sólo por eso, de quererme por eso, y cuando se acabó, puerta... Pues joder, gracias. Gracias de verdad, porque eso me dice cuánto vale mi libro. Más que yo: perfecto.
Ah, y si te jode que postee en internet y pregone detalles de tu vida privada, princesa, habértelo pensado dos veces antes de tirarte a un escritor.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006









solounamas dijo
no me extraña que tu mundo sean las palabras y las fantasías literarias. Follaamiga... viendo así a las personas que te rodean y a tu realidad, preferirás claro tu libro y tus personajes, tú , tú y tus letras primero, mientras tu realidad se llena de ostias,polvos y...vacío.
9 Octubre 2006 | 01:03 AM