El Phobia ha muerto. Viva el Phobia.
Llevo un tiempo en mi asteroide B612, acompañado tan sólo por una rosa y un baobab, y encima el último post fue una puta mierda reciclada de cuando tenía dieciocho años. Qué tomadura de pelo. Tenéis todo el derecho del mundo a dejar de pasearos por aquí —he visto cómo descendían brutalmente las visitas—: me está pero que muy bien empleado. Por listo. Por chulo. Por gilipollas. Por bocas.
¿Qué? ¿Que no sea tan duro? Perdonadme, no estaba pensando en mí —para variar—. Estoy recordando los sucesos que tuvieron lugar ayer, sábado 9 de septiembre de 2006, último día del Phobia.
El Phobia, para los que no sean madrileños ni siniestros ni combinación de ambos, es un mítico garito gótico que hay por Chueca. En la calle San Marcos, para ser exactos. O San Mateo. Siempre me lío porque son paralelas. Lleva abierto, por lo menos, desde que yo tenía dieciocho años. Y ha llovido, creedme. Mucho, recio y torrencialmente. Ha llovido sin parar. Han sido diez años de lluvia de la que te empapa todas las alegrías y te deja hecho una sopa.
En aquellos maravillosos años de mi cándida pubertad, cuando afeitarse todavía hacía ilusión y el onanismo ocupaba el 95% de las actividades diarias —solamente: qué vergüenza—, cuando mi persona hacía el ridículo como todo hijo de vecino exhibiendo su adolescencia ególatra y soberbia —ahora oculto de todas las miradas los restos de mi juventud ególatra y soberbia—, el Phobia abría hasta las siete de la mañana. La pared era amarillo pis, el aroma de los baños armonizaba con los muros, había unas lanas de algodón absurdas que colgaban de las esquinas imitando telarañas —en reñida competición con las auténticas— y unos murciélagos de papel charol negro cuyos malvados ojos, de oscuro brillo plateado reluciente, mostraban sin pudor el material obsceno del que estaban hechos. Sí: eran chinchetas. Tremendo.
Yo iba al Heaven de cuando en cuando a merendar góticas y a huir de los góticos que querían merendarme. Yo iba al Dark Hole a contemplar la diversidad de la fauna en su biotopo específico —especies en peligro de extinción: el sacerdote de las puñetas de encaje con un corazón de cerdo en la mano; el jovencito siniestro adorador de los recortables, con una línea de puntos y tijerita tatuada en el cuello, en las muñecas y no quiero saber en qué otras zonas de su anatomía; el pollo de la cresta que no envidiaba en nada el elegante corte de racimo de plátanos de Vegeta y que siempre se pegaba contra el dintel de la puerta; las chicas embutidas en escuetos trajes de dómina de sadomaso que provocaban profundas meditaciones acerca de la vida a mi inocente persona (¿Cómo habrán llegado hasta el garito vestidas así? ¿Cómo se marcharán hasta su casa? ¿Me aceptarán en el maletero del coche?); el de la máscara de gas, siempre en la misma esquina, levantando mis sospechas de que dentro hubiera un muñeco de papel maché o un cadáver muerto por la asfixia; la caterva marilynmansoniana en tacones; los modies altivos y desdeñosos del mundo; los satanismos entrañables e incipientes, dignos de vapuleo cariñoso y paternal del que salta un par de dientes; las princesas medievales, los decadentes decimonónicos y sus amores turbios y torturados; los vampiros y vampiresas sedientos de esperma...; la pirámide trófica de la vida, joder. Hasta se me saltan las lágrimas emotivas—. Lo cierto es que yo salía mucho más por el Heaven y por el Dark, porque no me cobraban la entrada y eso me hacía sentirme Uno de los Elegidos. Pero mi corazón siempre estuvo en el Phobia.
El Heaven lo cerraron. El Dark Hole me han dicho que también.
Y ahora le toca al Phobia.
Era el único bastión de normalidad en la escena. Podías sentarte en la barra y escuchar música tranquilamente sin que te reventaran los timpanos. Podías hablar con los amigos. Podías observar el siniestro paisaje y echarte unas risas.

En el año 2000, creo, el Phobia estaba en la plenitud de su crecimiento y poderío. Hicieron obras: pintaron el pis con un decorado mural de tumbas fosforitas y ángeles oscuros, también fosforitos, pero oscuros, claro. Creo que alargaron la barra. En la primera arcada de yeso, junto a la cabina del pincha, pusieron una lápida de granito con sus flores y sus letras. Una niña gótica me informó de la envidia que le daba tal decoración y de sus íntimos deseos de dormir en un ataúd, o de poner una laja fúnebre a la cabecera de la cama, no lo recuerdo. Lo que sí sé es que deseaba que la lápida tuviera forma oval, como en el Phobia, como en las películas. Traté en vano de ilustrarla con mis superiores conocimientos en la materia diciéndole que en los cementerios las estelas de granito no suelen tener la forma redondeada del extremo de los polos de limón, sino que consisten en cruces, grandes, gordas, pesadas y feas. No, no pude follármela, y mira que lo intenté. Debía de darle sólo a la necrofilia, y yo no estaba dispuesto a realizar ese acto romántico de entrega por ella. No estaba tan buena.
Pasaron los años, todos distintos y todos iguales, como chuchos de la misma raza. Hubo años caniches, ridículos y tristes; años mansos de cocker spaniel; años furiosos, vesánicos y desatados como dóbermans —pero como dóbermans locos, no como los míos—. Yo crecí. Me dejé perilla. Me la quité. Me dejé el pelo largo. Me rapé. Me lo dejé corto. Me volví a rapar. Me lo volví a dejar largo. Admito con rubor que hasta me teñí como un soplapollas. Sólo me faltó hacerme coletitas. Me cansé de la escena: las góticas dejaron de ponerme y los góticos de hacerme gracia. Los murciélagos permanecían, mirándolo todo desde la hondura infernal de sus chinchetas.
Hace seis meses, cuando empecé a escribir Politeísmos, abandoné el Phobia. No era para menos: estaba haciendo una novela de fantasía, de chamanismo totémico, ambientada en el Madrid siniestro que recordaba de días felices, candorosos y blancos —perdón: negros, muy negros—. No podía, no quería volver allí. El Phobia cada vez estaba más vacío, debido a conspiraciones judeomasónicas y, tal vez, a la apertura cercana de un local más pijo y elevado para góticos de caché y de pelas, entrada ocho euros y me temo que SIN copa, pero con chupito —cielos, qué generosidad—, cuyo Nombre No Debe Ser Pronunciado, así que no lo pronuncio, porque me jode mazo que el Phobia cayera por su culpa y paso de hacerle publicidad.
Yo deseaba recordar el Phobia de la edad triunfante. El Phobia que existía con mis crujientes veintidós años.
Regresé el viernes a celebrar el final de la novela, a sentarme en la banqueta del lobo feroz, a brindar por la publicación, a volver a mi rutina contemplativa del gotiqueo con ojos más limpios, más viejos y menos cínicos, ahora soñadores e ilusos: para mí el Phobia ya no era un lugar real, sino ficticio. Allí habían sucedido capítulos enteros de mi novela. Podía... podía, de alguna forma, encontrarme a un personaje. Aunque fuera de lejos. Les pasa a los mejores. Y a los peores, también: mirad a Gaiman que se dio de morros con Muerte.
Llegué al Phobia y me pusieron Nirvana. Me explotó la cabeza para hacer juego con la de Kurt Kobain. Ya sabía que los dos buenos pinchas del local habían volado no mucho después del derrumbamiento del cuarto oscuro —sí, se cayó a pedazos el techo, un bafle, escombros y lo que se terció—, pero no esperaba una noche en compañía del joven de la cabeza reventada, ni de More than a feeling, ni de Moonlight shadow, contra la que no tengo nada excepto que AHÍ no. La puntilla fue cuando sonaron los capullos integrales de Eurovisión y su hard rock aleluya, y no me molesto en escribirlo como corresponda. En ese momento te entran ganas de levantarte y echar de la cabina a patadas al jovencito que la ocupaba, incapaz de comprender qué local estaba cerrando esa noche y qué clase de cosas son adecuadas para esa circunstancia. Lo más gótico de la noche fue el Beautiful people del Manson y con eso se dice todo. Mi follamiga entrañable pidió NIN y el pincha declaró que no había ni un disco. Vale. Pero yo pedí Depeche Mode, y tampoco. Resultó que ni siquiera tenían el Songs of Faith and Devotion; me pusieron el Personal Jesus. Cuánta originalidad. Y encima tendré que darme con un canto en los dientes porque no fue el de Manson. Eso sí, cayó el Lullaby. Menos da una piedra.
Un réquiem por el Phobia...
Hablamos con el camarero. Nos informó de que era el penúltimo día del Phobia. Juré regresar el sábado. Intentó ligar con mucha elegancia con mi acompañante, citando a San Agustín. Habló de la inmortalidad del alma y de su ateísmo furioso. Habló del cristianismo del Imperio Romano. Llevaba un pentáculo cabalístico al cuello, melena y perilla. Era gallego. Me hizo gracia, pero extrañé a hombre campechano y plácido de otros tiempos, que más podrías imaginarlo detrás de la barra de un Casa Pepe que del Phobia.
Dije que cerraría el Phobia y no fue así, porque el sábado no pude ir solo y me vi arrastrado por fuerzas que no comprenderíais hasta el exterior.
La noche fue grotesca, cansina y decepcionante. Bufa. Como un chihuahua con collar de pinchos.
Creía que tenía un contacto con una editorial y resultó un chasco. No daré detalles por aquello de la privacidad, que dicen los hackers, que mola mucho más que la intimidad. La tarde fue de cartuchos de tinta y papeles que hay que sujetar para que el aparato no se los trague torcidos y se destrocen los cabezales —mi impresora es una mierda, le llevó tres horas escupir trescientas páginas—, de búsqueda desesperada de una tienda de fotocopias a las once de la noche —vivan por siempre los locutorios—, de agónica lucha para hallar un Workcenter 24 horas donde encanutillaran. Fue una noche de nervios, de miedo y de esperanza.
Y acabó en nada.
Acabó a las tres de la mañana —maldita sea, con media hora más habría cerrado el Phobia— en un local vacío que me traía demasiados recuerdos, con una mierda de música y una banqueta trágica junto a la cabina del pincha y la tumba decorativa de la barra. Me giré por última vez antes de marcharme para no volver. Ahí siempre se acodaba el personaje, bebiendo y fumando sin parar, tecleando en la barra de cuando en cuando y leyendo un libro en inglés.
He terminado la novela. El lobo no volverá a sentarse en esa banqueta.
Ni nadie más.
Parece de justicia poética, pero también me da mal fario. Acabo justo un libro que, por vez primera, ambiento con localizaciones reales, y chapan la más querida, la que más podía dolerme. El Phobia. Quiero pensar que ése no es el destino de Politeísmos. Quiero creer que no me he gafado.
Como mi móvil no tiene cámara, no pude fotografiar el sitio. Pateando internet encontré a unos guiris capullos que se tomaron fotos en el Phobia. En el Gran Phobia, el de los años de gloria.

Mi foto habría sido mejor. Mi foto hubiera mostrado la barra, el suelo con demasiadas pocas colillas y un par de pajitas de refresco. En mi foto habría habido menos luz. Se hubiera distinguido la cabina del pincha tras el vano de la lápida, y la pared amarga y blancuzca a la derecha, donde antes se apilaban hiladas de botellas. En mi foto habría habido una banqueta solitaria y vacía, tristeza y silencio.
Como no pude tomarla, os deleito con unos pringados que tapan lo que nos interesa y muestran lo que nos la pela. Les borré la cara por decoro, pero sus rostros torturados de góticos incomprendidos circulan por la red. Buscadlos si os aburrís.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006











starlight dijo
Llege a un punto en el que no pude elegir mi favorito entre los discos de NIN, ya que eso conllevaba descartar otros.
Lo que si aseguro es que es uno de los mejores "grupos" que he oido nunca.
Saludos.
11 Septiembre 2006 | 04:46 PM