La Coctelera


4 Septiembre 2006

El jarrón.

Me he topado con un relato antiguo de tiempos peores y desesperados. Como no vale un pimiento y además es sumamente pedante, os lo cuelgo. Sirve para levantar la cabeza, para sentirse glorioso, magnífico, triunfante, profesional.

Porque ahora tengo algo que mover.

Politeísmos está terminada.

Quien opine que es absurdo leer en voz alta a los clásicos, exaltar a un autor y subirlo a un pedestal de dios excéntrico e inmisericorde, admirarle un ego desmedido que no perdonaríamos ni a nuestro hermano; quien no crea en las pasiones desatadas, en el amor a la palabra sobre todas las cosas, y en el vivir única y exclusivamente para escribir, como si fuera la comida y la bebida, y el sexo, y la droga, y el aire; quien nunca haya levantado un mecano con libros de bolsillo; quien opine que el escritor no nace; quien no crea en el genio, que pare de leer en este instante.

¡Ah, el escritor! El Escritor con mayúscula. Curiosa criatura. Yo no busco la fama, dice. Yo busco la gloria, dice. No me importa que sea un rayo de luna, dice. Yo no quiero ganar mucho dinero, dice. Yo no quiero gustar a la masa, dice. Yo lo que quiero es aparecer entre los grandes dinosaurios del pasado, dice. Yo lo que quiero es que mi nombre se encuentre en un manual de literatura, dice; y aguarda con pavor la llegada del niño arquetípico que le ve las vergüenzas al emperador bajo el traje, que sonríe con una candidez algo cínica, abre su cartera, saca el libro de texto y el bolígrafo y murmura: “Pon tu nombre”.

El Escritor que no escribe. Que llena folio tras folio con la historia de su vida. Que se lamenta. Que le echa la culpa a la Musa. Que no tiene nada que contar. Que no sabe cómo contarlo. Que no cuenta nada. Ése, ese escritor, podría describir un jarrón.

Tengo uno ahí. Justo enfrente. Es blanco, alto, con forma de lágrima, y tiene la boca como una cuña empinada hacia arriba. Está decorado con un filo de oro (diría “dorado” porque no es oro de verdad, pero caería en la nunca-suficientemente-denostada similicadencia). Tiene un dibujo de dos rosas. De color rosa. Y unos símbolos chinescos.

Os regalo la gloria; el que la obtiene siempre está demasiado muerto como para gozarla. Os regalo la fama; nunca tuve afán de figurar y carezco de aficiones aristocráticas. Os regalo la denuncia, la sociedad y los problemas del mundo. Os regalo la realidad; es acre, fría y triste. Me enfrento a ella cada día y no deseo leerla por la noche. Me quedo con mi jarrón. Porque —ya es hora de decirlo— ese jarrón no existe. Lo he pintado, delicadamente, en mi cabeza. No tengo ningún jarrón blanco en mi casa.

No lo tenía. Me temo que ahora lo tengo. Y también vosotros. En este texto.

La próxima vez intentaré describir algo que quiera tener de veras. Ya veis qué fácil es cumplir un deseo.

Joder. Mirad que es malo, ¿eh? Estaba muy jodido cuando escribía esas cosas. Y aún intentaba escribir "bien". Ya me entendéis. Pedante. Amanerado. Relamido. Qué pedazo de capullo que era yo hace unos años... Lo que escribo ahora es mil veces mejor. Más fresco. Dinámico. Rápido. Y mucho más interesante, coño. Hablar de jarrones... Anda que...

Dios, deseadme suerte.

Politeísmos está terminada.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

Tags: escrituras

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Gran Duque

Gran Duque dijo

Hombre, la verdad es que ni el texto es tan malo ni es tan distinto de lo que haces ahora: entre describir jarrones y describir según qué elementos de la escena gótica, la diferencia es nula.

4 Septiembre 2006 | 08:26 PM

Bloodymara

Bloodymara dijo

Que cojones va a ser malo?? Yo me he animado a escribir y todo, que es el primer comentario que añado pero no el primero que leo y espero que haya muchos maaas.
Jejeje, por cierto, todo esto me recuerda a esa canción de los "Doors" "The Crystal ship", le preguntó una periodista al Jimmo un rollo muy largo sobre si iba de ese barco imaginario que le transportaba al otro lado y metáforas metadónicas por el estilo (blablabla sobre lo que le decía a ella la canción) a lo que Morrison con dos cojones pragmaticos resolvió: muy bonito todo eso que tu dices pero era un puto barco transparente que mis padres tenían encima de la TV y siempre le quise hacer una canción... jejeje.
Pues eso, brindemos por todos los jarrones que regalas y porque pronto vea la luz esa novela de la que haces tantas ganas y que la gente hable y hable y hable y diga lo que hay y lo que no, el jarrón o el puto barco, pero que suelten mucho blablabla y las pelas, sobre todo las pelas, de regalar nada, ein? lo justito. Me gusta tu blog y sí, te echo flores... pero son para el jarrón, :P

"I'm in the basement, baby, you're in the sky, in the the basement, baby, drop on by..."

20 Septiembre 2006 | 10:46 PM

eltioantonio

eltioantonio dijo

A mi me ha encantado, es sublime, creo que nunca debes de dejar esto, debes combinarlo. En ingles -un mix-...

6 Julio 2007 | 12:03 PM

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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha sacado de su disco duro. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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