El jarrón.
Me he topado con un relato antiguo de tiempos peores y desesperados. Como no vale un pimiento y además es sumamente pedante, os lo cuelgo. Sirve para levantar la cabeza, para sentirse glorioso, magnífico, triunfante, profesional.
Porque ahora tengo algo que mover.
Politeísmos está terminada.
Quien opine que es absurdo leer en voz alta a los clásicos, exaltar a un autor y subirlo a un pedestal de dios excéntrico e inmisericorde, admirarle un ego desmedido que no perdonaríamos ni a nuestro hermano; quien no crea en las pasiones desatadas, en el amor a la palabra sobre todas las cosas, y en el vivir única y exclusivamente para escribir, como si fuera la comida y la bebida, y el sexo, y la droga, y el aire; quien nunca haya levantado un mecano con libros de bolsillo; quien opine que el escritor no nace; quien no crea en el genio, que pare de leer en este instante.
¡Ah, el escritor! El Escritor con mayúscula. Curiosa criatura. Yo no busco la fama, dice. Yo busco la gloria, dice. No me importa que sea un rayo de luna, dice. Yo no quiero ganar mucho dinero, dice. Yo no quiero gustar a la masa, dice. Yo lo que quiero es aparecer entre los grandes dinosaurios del pasado, dice. Yo lo que quiero es que mi nombre se encuentre en un manual de literatura, dice; y aguarda con pavor la llegada del niño arquetípico que le ve las vergüenzas al emperador bajo el traje, que sonríe con una candidez algo cínica, abre su cartera, saca el libro de texto y el bolígrafo y murmura: “Pon tu nombre”.
El Escritor que no escribe. Que llena folio tras folio con la historia de su vida. Que se lamenta. Que le echa la culpa a la Musa. Que no tiene nada que contar. Que no sabe cómo contarlo. Que no cuenta nada. Ése, ese escritor, podría describir un jarrón.
Tengo uno ahí. Justo enfrente. Es blanco, alto, con forma de lágrima, y tiene la boca como una cuña empinada hacia arriba. Está decorado con un filo de oro (diría “dorado” porque no es oro de verdad, pero caería en la nunca-suficientemente-denostada similicadencia). Tiene un dibujo de dos rosas. De color rosa. Y unos símbolos chinescos.
Os regalo la gloria; el que la obtiene siempre está demasiado muerto como para gozarla. Os regalo la fama; nunca tuve afán de figurar y carezco de aficiones aristocráticas. Os regalo la denuncia, la sociedad y los problemas del mundo. Os regalo la realidad; es acre, fría y triste. Me enfrento a ella cada día y no deseo leerla por la noche. Me quedo con mi jarrón. Porque —ya es hora de decirlo— ese jarrón no existe. Lo he pintado, delicadamente, en mi cabeza. No tengo ningún jarrón blanco en mi casa.
No lo tenía. Me temo que ahora lo tengo. Y también vosotros. En este texto.
La próxima vez intentaré describir algo que quiera tener de veras. Ya veis qué fácil es cumplir un deseo.
Joder. Mirad que es malo, ¿eh? Estaba muy jodido cuando escribía esas cosas. Y aún intentaba escribir "bien". Ya me entendéis. Pedante. Amanerado. Relamido. Qué pedazo de capullo que era yo hace unos años... Lo que escribo ahora es mil veces mejor. Más fresco. Dinámico. Rápido. Y mucho más interesante, coño. Hablar de jarrones... Anda que...
Dios, deseadme suerte.
Politeísmos está terminada.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006










Gran Duque dijo
Hombre, la verdad es que ni el texto es tan malo ni es tan distinto de lo que haces ahora: entre describir jarrones y describir según qué elementos de la escena gótica, la diferencia es nula.
4 Septiembre 2006 | 08:26 PM