La Coctelera


29 Agosto 2006

Cosas que hemos aprendido este verano.

Este verano hemos aprendido un montón de cosas importantes, entre ellas a beber antes de las diez de la mañana, que nunca hay suficiente tabaco en casa, que ninguna responsabilidad es tan urgente como para no dejarla para el día siguiente, que la vida son cuatro días pero que ya vamos por el final del segundo, que llega un momento que hay que coger el toro por los cuernos, que si quieres algo bien hecho, tienes que hacerlo tú mismo —ya nos lo dijo el cangrejo de la sirenita, pero hasta este año no lo habíamos puesto en práctica—, que la vida se mide en cuestión de huevos y de falta de huevos, que la opinión de los demás importa muy poco, que si no intentas trepar a la cima no vas a llegar nunca a ella. Hemos aprendido que el bailyes con cereales es un buen desayuno, el whisky una comida equilibrada y el ron una estupenda cena. Hemos aprendido que el trabajo de escritor es durísimo y poco gratificante y que, si no te atreves a poner en circulación el texto, ni siquiera es un trabajo. Hemos aprendido cosas muy importantes del personaje del lobo, que no sólo dice verdades como puños, sino verdades con los puños: hemos aprendido a luchar y a perder con orgullo, considerando que, a pesar del fracaso, hemos ganado.

He acabado de escribir la novela. Politeísmos está terminada.

No tengo nada más que decir. Hoy.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

Tags: mi novela

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Madrid, España
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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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