Buscando en el baúl de los recuerdos, la, la, la.
Os mentí. El capítulo quinto no ha sido el más breve de toda la novela. Acabo de terminar el más breve de toda la novela: el sexto. ¡Siete putas páginas, joder! Si sigo reduciendo la novela desaparece... Y no, no se puede hinchar. Estoy hasta los huevos de hacer pajas.
De hacer paja. Perdón por la errata. Freud, ya sabéis, siempre pega fuerte.
Hoy, que empiezo a divisar el final de la novela en lontananza como en las pelis del oeste, voy a contaros un poco mis planes, que ya se fueron a la mierda, porque, como habéis comprobado, estamos casi a la mitad de agosto y no he terminado, ni de lejos, de escribir Politeísmos. Y voy a hablar de mi novela, de paso, joder, que aquí a nadie parece interesarle una mierda lo que hago. Y, lo siento, no me trago que más de ochocientas visitas que llevamos mi bitácora y yo en nuestra corta andadura sean TODAS equivocadas, de éstos que se asoman buscando páginas guarras, atraídos por el elevado número de veces que se dice “coño” en esta página. No. Son ochocientas, joder. Vale, seguro que la mitad son mías, soy así de pesado. Webstats no me da las ips, así que no hay forma de saber quiénes sois, lectores míos. Si lo supiera, ahí me teníais en vuestra casa, dispuesto a partiros la cara por leerme sin pudor y sin postear qué opináis de mis chorradas. Pero es que aunque la mitad de las visitas sean mías, ¿cuatrocientos tipos equivocados? No me lo trago. Así que escribid, que es bueno para desentumecer los dedos, poner en funcionamiento la corriente sanguínea y reducir el nivel de colesterol. Además, da aire intelectual y si comentáis que escribís —no digáis que en mi blog— os camelaréis a un montón de tías.
Recopilemos.
Voy a hablaros un poquito de mí en un breve inciso, para variar, que sé que os aburrís las abundantes veces en que no lo hago.
Yo, como buen escritor en lengua castellana, mientras estudiaba mi carrera aborrecía la literatura fantástica como producto literario. Aunque la hubiera consumido vorazmente en la adolescencia, con veinte años ya no me parecía sería. Creía firmemente que un escritor debía, de alguna manera, aportar algo a la sociedad; simplemente entretenerla era una pérdida de tiempo. Claro, estudié filología. La pseudointelectualidad se pega, y además cuesta quitarla. Es como la mierda de perro en el zapato. A mí, por tanto, me parecía vergonzoso hacer fantasía, como escribir novela policiaca o novela rosa para ganarse la vida. Sin embargo, leía literatura fantástica todavía, de forma vergonzante y a escondidas, pero no la sacaba a pasear en la universidad. Por la facultad exhibía a Joyce, que siempre queda cool. En mi niñez, cuando me importaban un pito los intelectuales —yo escribo desde que cogí el lápiz y pinté una A, como todos, pero yo lo hice con sentido artístico y ahí se gestó mi perdición y mi trágico destino de criatura incomprendida, como Jar-Jar-Binks— era más inteligente que con veinte años y escribía compulsivamente por placer, para divertirme. Tenía un cuentecillo que no pasó de la página treinta. Era una copia mala, mala, de la Dragonlace —que ya es mala de por sí— pero con un detalle extraño: chamanismo totémico. Los personajes eran magos naturistas con animales dentro, de los cuales extraían su fuerza mística. Tenían diferentes túnicas de colores variados, elegantes cortes y asombroso poder según el tipo de su animal: si eran pájaros, se examinaban de la prueba de aptitud para ser hechicero —como la selectividad, vaya— en un santuario de viento; si eran ungulados, rumiantes, grandes presas, enseñaban el DNI y hacían el test de mago verde en santuarios de hierba. Si nuestro hechicero llevaba dentro un lobo iba al de la sangre, etc., etc. Sí, sé que es redundante poner dos etcétera pegados, pero lo que nos interesa es que los sistemas de magia eran tan idiotas como el maná del Magic, y yo me emociono y se me suben los colores pensando lo siguiente que os voy a contar, porque os voy a narrar el argumento de mi relato infantil, que es ñoñísimo: un pastel con cereza. Sed clementes. No creo que tuviera los doce años cuando lo escribí.

En esta original historia, los protagonistas eran dos hermanos que viajaban en dirección a la Montaña Sagrada de las Nieves para presentarse al Examen —la mayúscula todos sabemos que es necesaria en estos casos, da prestigio y relevancia y lustre poético—. El tío ya era Maestro del Arte —léase inciso anterior y tradúzcase por “magia”—, llevaba dentro un águila y se llamaba Sascha —que es el diminutivo de un nombre ruso que me molaba y, claro, quedaba de lo más propio para un mago del planeta Reticulín, por ejemplo, con sus diez lunas de colores—. Su hermana se llamaba Rietna o Salique u otra pollada igual de cursi, inventada, por supuesto, mediante el elaborado proceso de apuntar sílabas aleatorias en un papel, lo que hacíamos los pobres mortales que no estábamos en la era de la informática y carecíamos de programas pregeneradores de nombres de pjs y pnjs para partidas de rol. La subnormal ésta vivía bajo el signo del Lobo, como si fuera un puto horóscopo, era pupila de su hermano mayor en el Arte y se creía preparada para ser Maestra —tradúzcase por hechicera—. Obviamente, como esto es tan original, no lo estaba. Tras un par de peripecias —carentes por completo de interés— llegaban al pie de la Montaña Sagrada de las Nieves —nota uno, vid. arriba—, y Sascha se reencontraba con un tal Kay —curiosamente coincide la onomástica con uno de los señores con espadas que se sentaban en torno a una mesa redonda. Simple casualidad, todos lo sabemos—. Kay era un paria, irónico, cruel y lleno de amargura, compañero de entrenamiento de Sascha, pero no podía presentarse al Examen por ser un paria —era un mundo fantástico con castas, como la India, y si nacías bajo circunstancias idiotas que no llegué a desarrollar jamás, no te dejaban ser mago, porque sólo los pijos podían llevar esas túnicas tan chulas de marca que te regalaban si aprobabas—. Kay, claro, era la polla y mejor en el Arte que el propio Sascha y lanzaba bolas de fuego más gordas y sacudía patadas en los huevos con más fuerza. Era un lobo y un hijo de la gran puta, odiaba a los dos niños de papá y les curtía cosa mala. Vamos, un renegado a lo Drizzt Do’Urden. Y no, no he leído el elfo oscuro y ni me molesto en ponerlo con mayúscula y en cursiva como corresponde al título de un libro, pero conociendo a Salvatore, debe ser tan original como lo era yo con once años. Al final, estos panolis, a los que no pienso llamar personajes míos por decoro, eran felices y se montaban un ménage à trois—mentira, con esa edad yo era joven e inocente y no sabía francés así que escribía trío—, o morían todos porque explotaba un volcán. A quién coño le importa.
Antes de que lo digáis vosotros lo gritaré yo porque siempre hay que adelantarse al lector: ¡¡¡VAYA PUTA MIEEEEEEEEEEERDAAAAAAAAA, AL, ME DAS VERGÜENZA AJENA DEDÍCATE AL MACRAMÉ Y DEJA LA ESCRITURA PARA LOS PROFESIONALES!!!!!!!!!!!!
¡Cantad conmigo! ¡Un, dos, tres, cuatro! Me he leído cuarenta libros de la dragonlance...
Tranquilos. Perdí esta “novela” hace un tiempo gracias a alguna divinidad clemente de las muchas que pueblan mi atestado panteón. Se manifestó en forma de un virus.
Y ahí se quedó la idea del chamanismo totémico y el llevar animales dentro. Yo estudié mi carrera, se me contagió la subnormalidad intelectualoide a través del brebaje tóxico que sirven en el bar de la facultad bajo el Oscuro Nombre de “café” y dejé de escribir porque, claro, yo no molaba tanto como Quevedo, Gracián, Cervantes, Larra, Bécquer, Galdós, Unamuno y la madre que les parió a todos.
(No os equivoquéis. A mí los anteriores ME FLIPAN. Escriben como los putos dioses.
Pero ¿me interesa lo que me cuentan?
Pues mira, a ratos. Profundidades no siempre apetecen —esta frase parece que la construyó Yoda—. Salvo el Quijote, que es la polla porque va de hostias y de fantasía y es como El señor de los anillos pero en cínico y descreído. Y en bueno, claro —que no se ofenda ningún friqui, pero es como comparar un sandwich con un cocido: aunque el cocido se haga pesado, no se puede equiparar la elaboración de los platos: sólo tienen en común que son literatura. O comida. Me he liado, joder.)

Qué día llevo de incisos, de rayitas y guioncitos, ¿eh? Intentaré contener la ironía, pero es que hoy hasta la sudo.
Cuando acabé la carrera pasé por un tiempo de reflexión y de onanismo. Después decidí volver a pelearme con un texto elevadísimo que era una chufa y que no avanzaba ni para alante ni para atrás. Luego me deprimí y decidí no efectuar ningún movimiento. No quemar calorías. Para qué.
A principios de mayo del año 2006 algo se removió en mi mente perturbada y en mis falanges y me puse a escribir una soplapollez crítica, paródica y chorra, sobre siniestros, en plan de chiste casi para mandar a los correos electrónicos. Mucho veneno acumulado tras años y años de salir de gotiqueo explotó de golpe, y todos sabemos que si yo me muerdo la lengua viperina igual me enveneno, así que decidí echar todo lo que opinaba de “la escena” para no ahogarme en mi vómito. A un colega mío que rondará los cuarenta tacos, escritor también, pero de los de verdad, de los que publican, le dije que mi proyecto del momento era una vergüenza, que jamás saldría de mi ordenador, que estaba escribiendo un cuentucho ridículo sobre niñatos góticos y, como el hombre supuse que no andaría muy puesto en las chorraditas que hacen los niños de diecisiete años, le indiqué que, además del término latino para la mano izquierda antes de que triunfara el vasco “ezkerra” en la lengua castellana, un siniestro es un miembro de una tribu urbana cuyos integrantes se aborregan vistiendo de negro, adorando a la Muerte Con Mayúscula y escuchando a Marilyn Manson —como todas las generalizaciones, es una puta mentira, porque Manson es tan siniestro, todos lo sabemos, como Him, y el que no se haya despollado que salga ipso facto de esta bitácora, se documente un pelo y luego vuelva—. Escribí cinco putas páginas en que un ex gótico retrancado, personaje protagonista del relato, se iba a un garito oscurillo madrileño cuyo nombre no citaré porque existe y a ver si me cae una denuncia, se sacaba un libro, se ponía a leer junto a la barra pasando de todo el mundo y se descojonaba de lo que le rodeaba. Luego se ligaba a una lolita gótica de ésas tan monas citando a Gaiman para quedar de guay y se la follaba.
Parece fascinante, ¿a qué sí?
Bueno, pues yo no hice lo más inteligente, que hubiera sido borrar esa gilipollez de mi ordenador. NO. Yo medité la historia. Me molaba el personaje. Era más chulo que un ocho y tenía unos cojones como pelotas de fútbol. Y unas botas New Rock, que todos sabemos que son una puta macarrada, pero las llevaba con tal ironía y mala hostia que igual si alguien le tosía se las estampaba en los huevos.

Le pasaba, a mi personaje, como a David Bowie, que debe de ser el único tío del planeta que se pinta los labios y que no te entran ganas de reírte de él ni por lo más remoto, porque como se gire y te contemple con ESA cara de CABRÓN te meas encima.
(Os despejo una duda para vuestra tranquilidad de espíritu: no, mi personaje no se pinta los labios, tranquilos. Es un siniestro, pero sin ambigüedades: de los que se meten los pantalones por los pies. Vamos, de los que no existen. Pura fantasía.)
Bien. Rondando la idea de lo fantástico —yo ya estaba reconciliándome con mi Mr. Hyde y volvía a escribir en el fandom, fricadas, ciencia ficción, nada que considerara serio, pero lo hacía muy seriamente— recordé la historia ridícula de tipos que eran fieras. Por suerte, olvidé que también eran hechiceros.
Eché los dos ingredientes a la poción, y de la mezcla de siniestros y de chamanismo totémico ha salido, lo juro, la mejor historia que he hecho en mi puta vida.
Pero el post ya es demasiado largo. Otro día os cuento de qué va, que, bien pensado, con lo de hoy más que entrar ganas de leer Politeísmos dan ganas de ir al baño.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006










eltioantonio dijo
Alquila en un club de vídeo: Magnolia. Si, no la has visto; a lo mejor se puede sacar algo de allí o en su defecto Las Horas.
Es solo una sigerencia Albaro.
6 Julio 2007 | 11:58 AM