"Más negro que la oscuridad, más rojo que la sangre que fluye. Enterrado en la corriente del tiempo... "
Joder. He tardado cinco días en hacer un capítulo de once páginas; el más breve de toda la novela. A este ritmo no me escribía yo En busca del tiempo perdido, no. Y encima es medio de paja. Qué vergüenza. Ya nadie me podrá volver a llamar el escritor más rápido del Oeste.
El capítulo V del segundo arco argumental de Politeísmos sigue de forma casi alarmante la estructura de espejo que me proponía en principio; esto significa que se corresponde por acción y contenido a lo mismo que se desarrolla en el capítulo V del primer arco argumental. Es decir, que no pasa una mierda. Que es paja, coño. Vaya puto aburrimiento.
Cuando yo era pequeñito no escribía paja jamás. Sólo al meollo, siempre al meollo, al corazón de la fruta. Cuando me hice mayor descubrí que muchos clímax pegados consiguen el efecto opuesto: no se nota el subidón. Si estás siempre en el pico de la montaña rusa, no te entra el vértigo; el vértigo lo dan las subidas y bajadas. Lo mismo sucede con las frases brillantes, la “prosa sonajero” de la que habla el tipo éste —permitidme que compruebe en el google quién coño decía eso—: Juan Marsé. No, no es santo de mi devoción, y de hecho estuve muchos años echando espumas por la boca cada vez que alguien me hablaba de lo absurdo que era hacer prosa brillante y cantarina, altisonante, relamida, pomposa, rimbombante, ampulosa, grandilocuente y enfática, y se me acabaron los sinónimos que da el word y no tengo maldita la intención de sacar el diccionario de Casares de debajo de la pila de mierda que se acumula en mi cuarto, así que dejamos la frase así de natural y sencilla. Yo respondía a la caterva de macarras simplones defensores de la prosa natural y sin adornos que “la literatura es artificio” y mil y una polladas semejantes, entre las cuales destacaba la fantasmada siguiente, copyright Álvaro Naira, tal vez del año 2000: “A mí, con la prosa, me pasa como a los niños pequeños en Navidad: si sacudo la caja y no suena, igual no me molesto en abrir el regalo”. Ergo, que le den por culo a la novela porque yo no me la leo si no está de puta madre escrita, por fascinante que sea la historia. Esta metáfora tan gilipollas —y absolutamente mentira— viene a significar que o me echaban encima a un Carpentier con sus trescientos términos incomprensibles por página, o me sumía en la contemplación de la yema del pulgar de mi pie izquierdo. Pérez-Reverte era el Anticristo. Como Bill Gates.
(Naturalmente, yo seguía leyendo al tiempo fantasía épica y ciencia ficción de la mala, mala, mala, y me divertía mil veces más que cualquier elegancia y sutileza elevadísima y académicamente aceptada. Pero nunca lo admitía en público).
Luego crecí.
No es que me parezca una soplapollez escribir bien. Es que me parece una soplapollez escribir amanerado. Parece que hay ciertos escritores que hay que pegarles en la manita para que la bajen, joder. La manita y la pluma, ya sabéis, en los dos sentidos. Entonces empecé a escribir como me salía de las pelotas, sin hacer lo que maese Azorín: buscar en el diccionario el término más raro y plantarlo en medio de la página, ahí, bien gordo, de forma que sólo le falte la negrita para que te haga daño a los ojos. Aunque yo aún colecciono palabras-mascota. Pero ya no son rejalgar, adularescente o mixtificación. Tiro más por joder y por hostia. Y no me digáis que no llevo a cabo una función cultural: nadie que se lea mis textos volverá a escribir hostia sin hache, que hay que ver la cantidad de gente que lo hace. Pues no. Hay que culturizarse. Hostia lleva hache, una hache como una catedral de grande, llena de hostias, por otra parte, porque es lo mismo el bofetón que la monedita de pan con la que los cristianos cometen canibalismo ritual, y hay muchas personas que desconocen estos promenores básicos de la lengua de Cervantes y escriben hostia para la carne de caballero melenudo y ostia para la leche que te sacuden en plena cara y te saltan dos dientes. Pues no, hostia. Para las dos.
Entonces, cuando empecé a escribir con hostias, pasó algo increíble, supremo, grandioso, que me provocó espasmos de pelvis en la relectura y trajo como consecuencia el tener que frotar con jabón lagarto la entrepierna del pantalón antes de meterlo en la lavadora —porque aún vivía en casa de mi mamá, y ciertas manchas SÍ se notan en la ropa cuando es de color de enterrador—. El milagro que se produjo fue que, al escribir con naturalidad, de cualquier forma, en zapatillas de andar por casa, las frases buenas...
Eran MUY buenas.
Mucho mejores que si estuvieran en medio de un montón de frases cuidadísimas y estupendas.
¿Por qué?
Por contraste.
Lo mismo sucede con la paja. Si hay un episodio en que no pasa nada, el lector se despista y, de pronto, ZAS, ¡toma! ¡Trágate el pedazo de clímax! ¿A que no te lo esperabas?
Así que la paja es buena, bonita y barata y, generalmente, fácil de escribir y de leer. Como he nacido con espíritu de contradicción, a mí me cuesta horrores hacer paja. A mí me mola el grano, la consistencia, la puta cima; pero hay que hacer de todo. Cada texto tiene su estructura, y considero que domino relativamente bien lo que yo llamo cariñosamente “arquitectura de la novela”. Bueno, yo y el 90% de la crítica literaria, claro. El 10% restante le da un nombre pijísimo lleno de términos incomprensibles que no entiende más que García Berrio —mis lectores que hayan estudiado Teoría de la Literatura ahora estarán sufriendo un colapso de risa; el resto, acompáñenlos, joder, aunque sea sólo por empatía—. Así que escribo paja cuando lo pide la acción, y el capítulo VI es una auténtica bola de fuego que necesita pillar al lector en guardia baja, después de una buena paja. No, no pienso hacer el chiste.

¿A qué llamo yo Bola de Fuego? Como todos mis ávidos lectores —sí, vosotros, joder, que os tengo calados gracias al contador de la página aunque no escribáis una puta mierda de post ni aunque os maten— ya deberíais saber, yo escribo fantasía. Fantasía realista. A tomar por culo el realismo fantástico, Macondo y los Buendía. Voy a ser el iniciador de la suprema corriente de la fantasía realista —después de los ochocientos tipos a los que ya se les haya ocurrido la tontería anterior, de cuya existencia me impide tener noticia mi bajo nivel cultural—. La fantasía realista es el subsubsubgénero de lo fantástico en el que basculamos entre la realidad y la ficción, cruzando a ratos. Como Cortázar, para la gente elevada. Pero a mí Cortázar me la pela; además siempre me cuenta la misma historia y me aburro. Como Neil Gaiman, para la gente friqui. Pero Gaiman me la pela más todavía, porque es un imbécil lleno de pretensiones y jamás debió haberse escapado del mundo del tebeo, en el que todos le queríamos y adorábamos.
La fantasía realista consiste en partir de un ambiente absolutamente de la calle, normal y corriente y, trabajando siempre en la delgada línea entre la ficción y la rutina, ir introduciendo los elementos sobrenaturales de forma gradual, sin que se noten, de manera que siempre quede la duda de si todos los personajes están locos, si lo está también el narrador o si de verdad pasan esas cosas tan extrañas que se cuentan. Poco a poco, se llega a la Gran Bola de Fuego.

Una bola de fuego, además de ser un estallido de llamas que detona con un rugir bajo y consigue un daño proporcional al nivel del hechicero que la lanzó, 1d6 puntos de daño por cada nivel de experiencia del lanzador hasta un máximo de 10d6, es un momento crítico en que se superpone la ficción a la realidad en mis novelas. Esto puede rechinar o no, según cómo se sofoque. Cada vez que se inclina la balanza del lado de la fantasía, hay que mitigar la bola de fuego y preparar al lector. Porque si no, suelta la carcajada.
No, no soy yo. No jodáis. Es otro friqui.
Pongamos un sencillo y original ejemplo: tenemos al personaje A, que cree que es un licántropo, está convencido de que tiene dentro el alma de un lobo que lucha por acabar contra la humanidad y se dedica a evangelizar sobre sus creencias por ahí. No pasa nada, puede estar tocado del ala. Es interesante y divertido. Pero el momento en que se da a entender que esta paja mental puede ser cierta, es una gran bola de fuego. Y no sirve que de pronto se transforme en lobo en el plenilunio. Joder. Confíen un poco más en mis capacidades artísticas. No es así. Las sutilezas se van acumulando una encima de la otra, página tras página, hasta que consideramos completamente natural que ese tipo lleve un alma lupina en el interior.
Ahora me enfrento a una Gran Bola de Fuego mucho más peliaguda. Un grupo de colgados va a salir a volar. Sí, así. A volar, sí. Espero que os pique la curiosidad. No, no se van a lanzar por un viaducto. Bueno, igual lo hacen también. Lo escribiré con ayuda del Google Maps, imágenes de satélite desde el cielo, de grandísima utilidad para los que nos viene mal justo hoy alquilar un helicóptero.
Volar. Chamanismo moderno. Si llevas dentro el alma de un animal, puedes hacer ciertas cosas que otros no pueden. Y no sólo hay un lobo en mi novela; también hay gente con alas. Así que este grupo de caballeros y señoritas de luto riguroso, a los que denominaremos “La Bandada” va a planear sobre Madrid esta noche. Yo lo contaré sofocando la Gran Bola de Fuego. Volarán con ayahuasca. Pero volarán de verdad.
Mis lectores del Comité de Corrección de Primeras Pruebas han aplaudido mi habilidad equilibrista para trabajar en la delgada línea entre realidad y fantasía sin que rasque nada.
El resto, os jodéis, os coméis las uñas y esperáis a que publique.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006










Rara avis dijo
Nos aclaras la correcta ortografia de hostia, pero a mi me queda una duda, transmutación, transfiguración o simplemente trigo en un horno. Huy perdón, según la RAE es Transmutación y Transfiguración.
Desde las alturas.
9 Agosto 2006 | 12:04 PM