La puta noria.
Cuatro días para acabar la novela. Perdón; cinco. Que julio tiene treinta y uno. Quinientas noventa y dos visitas en la bitácora, la mayoría silenciosas y probablemente confundidas. Cuatrocientas setenta de España, veintisiete de México, las mismas chilenas, diecinueve de Perú, catorce argentinos, siete estadounidenses, ídem de colombianos, tres de Bolivia, otras tantas de Australia (?)y tres, también, del famoso país denominado “El resto”. Seis comentarios de amiguetes —gracias— que ponen posts para hacerme sentir menos solitario e imbécil escribiendo para nadie, y consiguen hacerme sentir más solitario e imbécil escribiendo para gente con la que hablo por teléfono y salgo los fines de semana en que arrastro mi misantropía fuera de casa. Tres de desconocidos —gracias—. Dieciséis personas en comité de lectura de Politeísmos para señalar erratas y comentar las mejores jugadas y, con ello, inflar el maltrecho ego del autor. Una correctora bonaerense en lontananza. Ciento ochenta y tres páginas escritas de Politeísmos. Setecientas veintidós de producción general en toda mi vida. Veintiocho años; los míos. Futuro profesional: cero.
Son cuestiones numéricas. Matemática pura.
Ayer arreglé la estructura del segundo arco argumental y me sorprendió su mecanismo de relojería. Funcionaba. Ayer estaba como unas castañuelas. Me sentía creador, divino, omnipotente. Me sorprendía de pronto pensando: “Ah, el escritor. Qué increíble, qué magnífico, qué asombroso: llevar vida, personas, mundos, universos enteros dentro”. Imaginaba mi cabeza como un solar inmenso, con sus prados, sus cascadas, sus bosques, sus ciudades, su luna y sus estrellas; todo ahí apretadito y encogido, hasta el más mínimo detalle, sólo esperando que lo sacara fuera y le diera cuerpo. Quería a mis hijos de papel más que a mis perros, y eso es decir mucho con lo que yo los quiero. Los conocía mejor que a mis amigos. Me daba la sensación de que podría encontrármelos por la calle y recibir una colleja del coyote, un beso húmedo de la zorra de Verónica y un par de hostias por parte del lobo, bien dadas, como le pasó a Miguel de Unamuno en Niebla. Sólo que él no se llevó dos hostias y yo, si me topara con Álex, me las llevaría fijo.
Ayer escribí poquísimo. Dos tristes páginas. Hoy va la cosa por el mismo camino. Escucho sin parar siniestreces, como si tuviera quince años, a ver si me inspiro. Releo de continuo. Corrijo.
Me canso.
Quiero tenerlo terminado, no hacerlo. Quiero leer esta historia.
Leí a algún panoli —igual un tipo famosísimo y con el premio nobel, pero un panoli seguro— que todo escritor es un lector agradecido.
Mentira. Todo escritor es un lector cabreado. Tú lees y lo que pasa es que no te cuentan la historia que te apetece encontrarte, así que, como nadie la ha hecho, tendrás que hacerla tú. Un escritor empieza con tierna edad a abocetar finales alternativos de los cuentos que no acababan como él quería.
Escribir no tiene comparación. No hay nada que se le parezca. Escribir bien, de corrido, salvaje, imperiosa, compulsivamente. Tal vez se asemeje un poco a jugar a rol, jugar actuando, dejándote llevar y haciendo el capullo a gritos y gesticulaciones, lanzándole los dados a la cabeza al máster, subiéndote sobre la mesa y enarbolando la pajita de la cocacola, para luego proceder a acuchillar a tu vecino con ella. Tú te plantas frente a la pantalla y se abre como una maldita ventana. Cobra profundidad y te sumerges. Metes la cabeza y te traga. Y, de pronto... ya no eres tú. Eres dos, tres, trescientas personas. Todos están ahí. Todos forman parte de ti, pero, al tiempo, son extraños. Hablan y dicen cosas que te sorprenden, que no se te había pasado ni por la imaginación que pudieran hacer. Apenas te da tiempo a ir tecleando lo que sucede. De cuando en cuando te detienes porque no les has escuchado bien. Puede que te toque incluso acudir al diccionario idológico de Julio Casares. Pero son momentos breves, interludios técnicos que se resuelven temprano. Enseguida vuelves a mirar el monitor y te dejas llevar.

Ahora no estoy escribiendo bien. Y me temo que es por el puto plazo. No puedo acabar la novela en cinco días.
Pues queda formalmente ampliado el plazo hasta el día cinco de agosto. Joder. Diez días. Sigue siendo imposible. Que sea sea lo que Dios quiera. No; mejor que le follen a Yahveh. Que sea lo que toda la fauna divina politeísta desee.
Así estamos. No creo que con eso solucione una mierda, pero que no se diga que no lo intenté.
Veréis, yo soy ciclotímico. Iba a poner que si hay dudas no fuérais al DRAE porque no viene, pero sí está, para mi sorpresa. Y dice lo siguiente:
ciclotímico, ca. 1. adj. Perteneciente o relativo a la ciclotimia. 2. adj. Dicho de una persona: Que padece ciclotimia. U. t. c. s.
Acudimos prontamente a la otra entrada y nos encontramos con esto:
ciclotimia. (Del gr. κύκλος, círculo, y θυμός, ánimo). 1. f. Med. psicosis maníaco-depresiva.
Otra vez nos conduce a otro lugar. Sigamos la pista:
~ maníaco-depresiva. 1. f. Med. Trastorno afectivo caracterizado por la alternancia de excitación y depresión del ánimo y, en general, de todas las actividades orgánicas.
Qué bien explicado. Sí, sin duda es eso. Pero veréis, yo lo digo de otra forma, más cariñosa y abrazable. Tengo mi mote porque vivo con mi trastorno y me acuesto con él. Es como un teddy bear, así que lo llamo como quiero. Y me lo follo también cuando quiero, como en el chiste.
La ciclotimia es una noria. Una noria de feria, con luces, con cubiletes. Para mis lectores del otro lado del charco, sé que los argentinos llaman a esta atracción “la vuelta al mundo”. En el resto de Latinoamérica desconozco su denominación: hablo de la rueda que gira verticalmente, llena de varillas como la de una bicicleta, con gente dentro de estuches dando gritos y estirando las piernas para sentir el aire fresco.

La noria. La puta noria. Unas veces está arriba y otras está abajo. Gira sin parar, despacio o deprisa, según le apriete el mando el guarda de seguridad. Cuando bajas, te salpica todo el barro. Das con los pies bamboleantes desde tu cabina en el suelo. Si te inclinas y agachas la cabeza, rozas el fango hasta con los dedos. Dejas de ver. Sientes el contacto frío del metal de la barra de seguridad en la frente. No puedes salir. Te conviertes un un muñeco de trapo. Eres la mierda. No eres nadie. Deberían escupirte al pasar. Te entran ganas de estallar en llanto, de pedir perdón por existir, por haber nacido. Nada de lo que has hecho con tu vida ha tenido sentido jamás. Has perdido el tiempo. Tienes que centrarte. Dejar de hacer castillos en el aire. Tú no eres distinto al resto de la humanidad. Eres un gilipollas, y encima un gilipollas con pretensiones. Te crees algo, y no eres nada. Te entra la risa; te ves en el espejo y es como los del callejón del Gato: estás tristemente deformado, pero te das cuenta, con un escalofrío, de que esa imagen demasiado alta, demasiado baja, demasiado gorda o demasiado flaca, con la cabeza enorme y los pies diminutos que culebrea frente a ti, es la real. Escribir es una gilipollez; es cantarle a la luna, pero con la intención de alcanzarla, de pedirle que baje hasta ti para que te la comas como si estuviera hecha de requesón. Tú no vas a triunfar. Triunfan cuatro. No eres lo bastante bueno y, aunque lo fueras —y no lo eres—, eso no es lo que importa. Tú no conoces a nadie. Tú no vas a publicar ni aunque te atrevas —y no te atreves—. No vas a comerte una rosca, así que deja de volar, que tú no tienes alas, imbécil. Encuentra un maldito trabajo de verdad, cásate y ten tu hipoteca, tu cochecito y tus cachorros. Cuando la noria baja, comprendes que todo es estúpido, y te tiras el resto del día hecho una pelota en un rincón de tu casa. No te mueves. Casi ni respiras. No te duchas porque quieres oler mal, quieres sentirte igual de sucio por fuera que por dentro, quieres rebozarte en tu dolor y en tu mierda y ahogarte en chorretones de lágrimas, esas que tú nunca sueltas porque, claro, lo olvidaba, tú nunca lloras.
De pronto la noria sube. Se pone en marcha. A veces tarda más; a veces tarda menos. Entonces, vuelas. Te da el viento en la cara y te despeina. Los zapatos se levantan del suelo. Tú no tienes el control; no puedes hacer nada para impedir que ascienda. Dios, a veces sube tan deprisa que hasta te mareas. Empiezas a gritar de júbilo, a darle leches al metal. Te quieres poner de pie, quieres alzar los brazos y exclamar que eres el rey del mundo, que la ciudad te besa las botas, que el mundo existe tan sólo para chuparte la polla. Estás tan elevado que puedes verlo todo. En ese maldito momento, eres capaz de cualquier cosa, porque estás arriba, estás tan arriba que tienes una visión completa del paisaje. Los que se arrastran por el suelo son como insectos, hileras de hormigas miserables. Tú no. Puedes triunfar y vas a hacerlo. Ese pico increíble, esa maravillosa sensación de que conseguirás todo lo que te propongas, de que ya lo estás consiguiendo, es LA HOSTIA.
La puta noria. No la cambiaría por nada, joder.
Ya no desde el faro, sino desde la noria: arriba y abajo, arriba y abajo.
Al.
Álvaro Naira © 2006













Milena dijo
asombrada de leer y espejear mis propios monstruos. Así - señor- así mismísimo me pasa. Y qué medicamentos ni qué mierda, y los dejo ( en temporada de patos) y vuelvo a ellos ( en temporada de conejos ).
Yo nada más buscaba sentir que no soy yo sola (chilena, treintaitantos, y un hermoso hijo que debe sufrir las consecuencias del invierno y el verano... ); por ahí encontré un link ... bendita la hora...
En fin.
Por si no fue perceptible, ES TEMPORADA DE CONEJOS
13 Diciembre 2006 | 08:12 PM