La Coctelera


5 Julio 2006

“Ich Steppenwolf trabe und trabe, Die Welt liegt voll Schnee, Vom Birkenbaum flügelt der Rabe, Aber nirgends ein Hase, nirgends ein Reh! ”

He faltado un día, pero todo sigue igual. Y me deprimo por ello. Aquí no entra ni dios. Aquí no lee ni dios. Y mi bitácora me la suda; la he empezado por una apuesta. Lo que me importa es mi libro. Que no soy capaz de seguir.

No se puede escribir cuando piensas que estás haciendo el gilipollas; es algo para lo que se necesita sentirse el ombligo del mundo. El escritor es el centro del universo. La pedantería viene en el pack: he aquí su escritor, he aquí su ego. Necesitará subirlo al piso por las escaleras porque en el ascensor no entra.

Y no me siento así, ergo no escribo.

Desde el faro,

Al.

Eso es lo que habría escrito ayer, pero no lo escribí porque estaba tan caído que ni ganas. Hoy pienso de otra forma. Y hoy voy a hablaros de Animales de Poder. Pero no de la wicca, ni de Carlos Castaneda y su maldita niueich. Ni de los indios americanos. Ni de la sombra junguiana. Ni de los nahuales que aparecen en la obra de teatro de Miguel Ángel Asturias Soluna, donde se desarrolla el mito maya-quiché de los sostenimientos del hombre, ángeles de la guardia cristianos con forma de bichos. No voy a hablaros de El Lobo estepario de Hermann Hesse, excepto para traduciros el poema del título, que reza lo siguiente, pero en alemán, que suena mejor: “Yo voy, lobo estepario, trotando / por el mundo de nieve cubierto; / del abedul sale un cuervo volando, / y no cruzan ni liebres ni corzas el campo desierto”.


No voy a hablaros de ninguno de esos textos, pero voy a hablaros de ellos y de otros cien, mil más. Voy a hablaros de Politeísmos.


Tú eres un animal, y tienes su fuerza por dentro. Puedes hacer cosas que otros no pueden. Puedes manipular acontecimientos con una simple petición, que pone a tu dios a tu servicio. Es como si lo vieras salir de tu cuerpo, atado por cuerdas que lo anudan a tu alma, dispuesto a lanzarse como una flecha contra el alma de tu enemigo. Caza para ti. Mata para ti. Se ocupa de ti. La gente que piensa así los llama tótems o naguales.

Politeísmos es una novela de chamanismo moderno, de tótems y animales de poder. Los personajes llevan divinidades bestiales dentro, que luchan contra el hombre para acabar con él hasta su muerte, y tomar otro cuerpo humano y destruirle y, así, eliminar a esa especie fallida del planeta. Esta mitología absolutamente primitiva y elemental se enclava en el ambiente siniestro madrileño del año 2000. Los personajes visten de negro y oyen gotiqueces —otro día os torturaré con sus gustos musicales—, aunque igual lo podrían haber hecho de rosa y oír el It’s my party and I’ll cry if I want to de Lesley Gore. Los sobretodos de cuero y las botas New Rock con claveteados le dan un toquecillo cyberpunk interesante a todo el relato apocalíptico.

Oigamos al lobo, que se explica mucho mejor que yo:





—Soy politeísta —explicó él curvando una mueca—. [El colmillo que llevo] es un símbolo de mi dios.
Verónica encontró muy gracioso el chiste, pero su amiga, la chiquilla aguileña y greñuda a la que la ropa negra hacía parecer un cuervo mojado, le miró sesgadamente.
—¿En serio?
—Por supuesto —respondió él matando otro tercio.
—¿Pero de Júpiter, Venus y Marte y ésos? —preguntó la graja. Hablaba por los codos y le molestaba especialmente, sobre todo desde que, con gran secretismo y ruborizada hasta la raíz del pelo, le había preguntado en voz baja si no tendría un par de amigos para sus amigas.
—Nada tan amanerado —contestó él. Pidió más bebida para soportar la insulsez de la conversación del coro—. Ésos son dioses de hombres, creados a imagen y semejanza del ser humano. Yo creo en dioses antiguos que detestan al hombre y lo combaten desde dentro por que muera y desaparezca de la tierra.
Las risas se acrecentaron. Bebieron más y continuaron interrogándole. Le jodía ser el divertimento de la noche, pero el alcohol le impulsaba a seguir hablando.
—Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la que te hace libre. Dentro de cada persona están las dos, y condicionan su forma de ser. Hay seres insulsos que aún no han sido atacados por un dios, así que están vacíos.




[…] El hombre era un mierda hasta que pudo domesticar animales y plantas, aumentó en número, desarrolló tecnología, modificó el puto medio y se merendó el planeta. Las cosas tienen su maldito equilibrio y, si se rompe, hay que reestablecerlo. La idea es que para aniquilar a la raza humana, en lugar de usar una bomba atómica, que es poco higiénico, los demonios se meten en los cuerpos, pelean contra las almas de hombres, las desgarran, las rompen, las hacen trizas y acaban por exterminarlas, cuerpo tras cuerpo, vida tras otra. Como no se le puede combatir desde fuera, se le combate desde dentro. Vuestros “dioses” están dentro de vosotras para devoraros. Cuando hasta el último hombre sobre la tierra sea vasija de otro, supongo que nos extinguiremos. Dejaremos de tener hijos por propia voluntad. Entretanto, peleamos. Así que os quede claro que yo creo en la reencarnación. A mi manera.
—Guao.
Mónica y Rebeca se miraron asombradas.
—¿De verdad crees en eso? Es...
—“Apocalíptico” es la palabra que buscas, princesa.
—Es la hostia... —definió Rebeca.
—Es la polla... —concluyó Mónica.
—Ésas también sirven, sí.
—Joder —casi jadeó Mon—. Y tú... ¿de qué lado estás?
Álex soltó una risa encarnizada, seca y contundente. “¿Tú qué crees?”, respondió con tono áspero.
—Tú no estás con el hombre —contestó Rebeca en su lugar con sosiego—. Tú eres un lobo que camina a dos piernas.




¿Cuál sería vuestro animal? ¿Lleváis dentro algo? ¿Sois un predador, una presa, un carroñero? ¿Os movéis en una dimensión distinta a la del resto de la gente? ¿Tenéis alas? ¿Trotáis sobre vuestras cuatro patas firmemente ancladas a la tierra, con el hocico apuntando a la luna? ¿Gruñís, mordéis, odiáis? ¿Matáis?

Desde la lobera,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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Madrid, España
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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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