La Coctelera


2 Julio 2006

“Yo estoy muriéndome, pero esa puta de Madame Bovary vivirá eternamente”.

No puedo escribir. No sé qué me pasa. Hace una semana estaba febril, sin levantarme de la mesa más que para mear, hacerme cafés de polvitos y comprar tabaco. Y ahora... tengo una sensación de acabamiento. De finiquitud.

El primer arco argumental de Politeísmos está acabado y registrado. Son ciento treinta y seis páginas y funciona por suelto a la perfección. No es por echarme flores, pero me las echo: es la polla, me encanta y lo fotocopiaría y lo dejaría en los buzones, como Henry Miller —me encanta este hombre— en Trópico de Capricornio. Mi libro tiene sexo, drogas y música siniestra, y en portada debería aparecer un SUGGESTED FOR MATURE READERS para que lo compren como corderos todos los adolescentes menores de edad.

¿Por qué no enviarlo a una editorial?

Sí, yo también me lo pregunto a ratos. Y me contesto: porque no está terminado. Porque estoy justo a la mitad. Maldita sea la estructura de espejo; no me suelen venir crisis a la mitad de las novelas. Me vienen en la página treinta, siempre. Luego se pasan y trabajo con furia y dedicación exclusiva hasta que la concluyo. Y después meto el material bajo la cama, para que se lo meriende el Monstruo, que el animalito también tiene que comer.

La Crisis de las Treinta Páginas es aquella crisis famosa en que se decide la longitud de un texto. Si la crisis viene en la página cuatro, estás escribiendo un relato. Si viene en la treinta, una novela. Este trance, bien conocido por todos los adoradores de la musa del estilete, consiste, principalmente, en que uno sabe cómo continúa la historia pero no tiene ni la menor idea de cómo llegar a la siguiente escena. Generalmente, la solución es para tontos: escribe directamente el final, si tan claro lo tienes en tu cabecita, y luego enlaza hacia atrás.

Pues así estamos. ¿Problema? Que para escribir el final me tengo que ir a documentar. La documentatio es otra de las partes más interesantes y oscuras de la carrera de un escritor matrero y descreído. La última vez que efectué tal cometido estuvieron a punto de arrestarme. Documentar es arriesgado; yo he masticado aspirinas para conocer su sabor y exponerme a una úlcera. Yo me he metido en portales desconocidos para subir a pisos y contemplar puertas y escaleras. Yo me he dado de bruces con el segurata del templo de Debod. Yo he hablado con mendigos y con evangelistas sectarios. Yo he recorrido como un loco medio Madrid buscando la zona adecuada para ambientar un detalle. Yo he escrito al blog del suicidario, exponiéndome al más triste ridículo, para preguntar con qué cantidad de medicinas uno se queda en la delgada línea en que cree que se muere, pero sobrevive. No me respondieron, claro. Sólo porque dije que carecía de obra publicada y de tendencias suicidas por el momento, y que únicamente deseaba ponerle solución a la primera parte de la copulativa.

Pero ahora, que estoy en modo autodestructivo-on, no me apetece salir de casa y arrastrar mi persona hasta las vías del tren de El Tejar, y mucho menos echar un polvo sobre ellas, que me han dicho que los travesaños son de hierro en lugar de madera, y eso se te clava un huevo y es demasiado incómodo. Y sin llevar a cabo tal acción, no puedo escribir el final de la novela.

Flaubert sí que sabía, el cabrón. El único motivo para escribir, para seguir escribiendo, son esos hijos de papel, esos hijos de la gran puta que se te retuercen en la cabeza mientras compras el pan, mientras viajas en metro, mientras curras en gilipolleces, mientras te quedas dormido; y te obligan a levantarte de la cama para apuntar alguna de sus frases geniales. Sólo por ellos, por no dejarles congelados en ese gesto de la última palabra del párrafo, merece la pena que cierre la jodida bitácora por hoy y me vaya a ver qué coño hace el lobo feroz con su mierda de vida. Le dejé en un momento absurdo y trágico anoche; y eso no es justo, ni para mí ni para él. Porque él es más importante que yo.

Porque yo me moriré, pero él vivirá para siempre.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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eltioantonio

eltioantonio dijo

Un sencillo pero magistral post. Todo es cierto, por esto amo la palabra "FICCIÓN" así con acento y todo en mayusculas, es la que te permite ser Dios con tus personajes y las situaciones...

Un abrazo Alvaro, buen escritor

6 Julio 2007 | 10:27 AM

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alvaronaira

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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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