“Yo aquí he venido a hablar de mi libro”.
Paco Umbral, novelista y hablador de su libro, es un gran tipo, siempre inspirador. Tiene solera la famosa anécdota, pero hay otras docenas igual de entrañables y tiernas, como la vez en que una dulce muchachita, periodista al parecer, se le acercó con amplia sonrisa, dando por sentado —ingenua— que un Caballero Tan Importante como un escritor, adalid de las artes y las letras, al que se debe dirigir uno con tarjeta de filo de oro por debajo de la puerta, se acordaría de su ínfima y despreciable persona sólo por haberla visto en una ocasión anterior —otro día escupiré veneno por la boca sobre el paradigma romántico, la visita de Calíope a las cuatro de la mañana, la idea del Genio y el superhombre nietzscheano y cómo me toca las pelotas Harold Bloom: pero hoy, no—. Paquito respondió: “Discúlpeme, señorita, pero yo tengo una memoria fatal para las caras. Ahora bien, si me enseña usted el culo seguro que la reconozco”.
Bravísimo.
Pues siguiendo los pasos del Maestro, ha llegado el momento cumbre en que yo voy y hablo de mi libro, aunque si alguna hembra de las muchas presentes me quiere enseñar las posaderas, tampoco me quejaré, claro.
¿Preparados?
Captatio benevolentiae: mi texto NO está bien escrito. Bueno, a ver, a ratos me parece que es lo mejor que he hecho en mi puñetera vida, pero sigue un estilo seco, contundente y veloz, sin florituras. Hasta los cojones de la calidad. Hasta los cojones de los filólogos. Hay que prenderles fuego a los filólogos. A todos. Que trabajen para comer: filólogo que empieza la carrera, a levantar mampostería de ladrillos, o a subir una piedra como Sísifo, que es menos útil y más frustrante.
[Sí. Por supuesto. Yo SOY filólogo.]
A ver, entendedme: ¿qué coño es eso de valorar un texto literario y explicárselo al lector como si no supiera leer solito? ¿Qué coño es eso de un montón de pseudointelectualoides que comen —tres veces al día— de criticar libros en artículos que lee el que está sentado en el despacho de enfrente, y de poner a caldo —cuando la mayoría son incapaces de escribir una línea propia que no trate sobre otro— a Arturo Pérez-Reverte, por ejemplo, como si fuera la bestia negra de la literatura española, sólo porque hace novelas de entretenimiento?
Haciendo uso de mis amplios conocimientos en cultura general, os ilustro con la ironía finísima de don Jacinto Benavente, coyote oportunista donde los haya: “¿Críticas?”, dijo. “No hay escritor de prestigio en España que no se haya metido conmigo y con mis obras. Meterse con mis obras hace intelectual”.
¿Acaso la literatura es algo más que un puto ocio? ¿Por qué se cree la gente tan importante? La literatura, señores míos, no ocupa más que una parte muy pequeña de la vida de una parte muy pequeña de la humanidad. El resto ve la tele. Así que menos lobos. O más, pero de los que muerden y lanzan tarascadas; porque mi novelita es de licántropos. A quien no le guste, que mire en otra dirección. Mi libro está compuesto por mucho diálogo violento, llenito de tacos y extremadamente oral, y salen un montón de niños góticos haciendo el gilipollas. En principio es un texto de diversión sin pretensiones. Y entretiene, cojones. ¿No se trata de eso? Que yo estoy HASTA LOS HUEVOS de intelectualidades después de cinco años de carrera idiota, y me siento dispuesto a gritar sobre una colina, orgullosamente, con la espada en alto y un trueno al tiempo, que yo consumo y escribo literatura fantástica porque la realidad me aburre y me frustra. Denúncienme.
(Luego es mentira, por supuesto, que yo siempre tengo pretensiones, que me lo tengo así de creído, y soy DIOX y escribo mejor que nadie y nadie me llega a las suelas: inflad un ego de globo hasta llenar el cuarto y probad después a pincharlo y os haréis a la idea de cómo funciona mi carácter.)
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006









Aarón dijo
Un gran post. ;)
30 Junio 2006 | 12:50 AM