La Coctelera

Categoría: 8. ... y otras Bellas Artes.

La coctelera de cubiertas o Motivos por los que me dedico a darle a la pluma y no al pincel (III).


Durante estos meses de parón me he dedicado a varios de mis hobbies. Uno de ellos es pudrirme en mi propia salsa y detenerme luego a probar el guiso con la punta de la cuchara; el otro, hacer cubiertas para mi novela. No tengo más aficiones que ésas, salvo correr con mis perros, fumar como un carretero, beber más de lo estrictamente recomendable en periodos de bonanza económica y automutilarme. Ah, y follar, claro. Pero llevo tanto tiempo sin meter y sin salir de casa que veo lógico que se me olvide la única actividad en equipo que no me desagrada.



Todos los que me seguís sabéis que llevo jugando a diseñarme la cubierta de mi novela desde que terminé la primera parte, más o menos allá por junio de 2006. Nota al pie, glosa y apostilla: mi libro es único. No es una trilogía, pentalogía ni heptalogía. Más bien es un tándem de “vamos dos pedaleando y así nos la pegamos juntos”. En la MISMA bicicleta. Politeísmos es UNA novela, pero cuenta dos historias, que suelo denominar cariñosamente “arcos argumentales”. Abomino de la gente que no sabe decir lo que quiere en una estructura única, y detesto a los que continúan chupando del bote con unos personajes que ya resultaron flojos y patéticos en un primer libro, pero los estiran para veinte continuaciones porque no se les ocurren otros.



En aquellos momentos de felicidad suprema, de creación desatada, definí las características que tenían que aparecer en la cubierta de Politeísmos a partir de lo que había dentro, para que no me cascaran una portada azul pastel con cintas rosas y un lobo feroz ahorcado con tanto lazo. Examiné mi libro, lo mastiqué y escupí tres espinas: lucha del individuo contra el sistema narrada como fábula de la domesticación del lobo en perro; ambigüedad entre la fantasía y el realismo y góticos dando saltos, mitema de enorme interés este último, que sirve para aliñar la ensalada de tópicos.



Así que en cubierta tenían que aparecer tres cosas: un gótico, un lobo y una ciudad, por motivos obvios. Tenía que salir un siniestro porque es la parte de mi novela que responde a la narrativa juvenil, pero no podía aparecer muy destacado para que no me confundieran con un Historias del Kronen para oligofrénicos de negro, ya que el ambiente gótico es el atrezzo, y nada más que la tramoya del cuento. Tenía que aparecer el elemento fantástico, un lobito en este caso, porque todos los personajes tienen divinidades dentro y el libro no deja de ser un manual de totemismo hecho novela, PERO de nuevo el canis lupus lupus no se podía zampar la cubierta, ya que engañaría a mi lector haciéndole creer que va a tragarse un libro de literatura fantástica común o un episodio de Pokemon en que los personajes entrenan a sus divinidades interiores y luego las lanzan contra sus enemigos mientras suena una banda sonora flipada. Lo que tenía que merendarse el papel satinado era la ciudad, el ambiente urbano. El libro es chamanismo contemporáneo. A secas.



Medité mucho cómo unir los tres elementos. La ciudad, consideré tras arduas deliberaciones, debía ser el paisaje —uoooh, me rompí el cráneo—. El personaje tenía que ser gótico y reconocible como tal: las botas New Rock resultaban imprescindibles. El lobo debía estar unido a él de forma elegante y comprensible al primer golpe de vista. Sólo había dos opciones: o era su reflejo o su sombra. Voté por la última porque técnicamente resultaba más sencillo y porque hay un juego con las sombras en el interior del libro.



Y me puse manos a la obra.


1




Y cuando vi el resultado me eché a llorar.



“No pasa nada”, me dije. “Esto es porque eres un inútil con el photoshop, pero la idea es buena. Estira un poco al chaval, que tu personaje es el espíritu de la golosina y éste tiene una atlética y saludable complexión que le acerca peligrosamente al sobrepeso en el mundo siniestro —y eso que sacaste al modelo de un catálogo de ropa gótica—, monta mejor las capas, haz una sombra que parezca un lobo y no un muñeco de la disney”.



Así lo hice.


2




Y me quedé más a gusto que un arbusto, considerando mi cubierta insuperable y magnífica, a la par que interesante y comercial sin ser típica. Esta ceguera se vio potenciada cuando una persona del mundo editorial me dijo que era estupenda y reflejaba a las mil maravillas el interior del libro. Claro. Se refería a la IDEA. No a la técnica. Por suerte mis lectores acudieron al rescate, me llamaron cutre y me dijeron que hiciera el favor de dedicarme al macramé y dejar el diseño para los profesionales, que los animalitos también tienen que comer. ¿Les hice caso?



Nunca.



Primero intenté arreglar mi cubierta pasándole filtros para que dejara de tener esa calidad ínfima de nebulosa y foto movida, consecuencia de haber montado imágenes de un tamaño minúsculo y haberlas estirado.



Los resultados fueron hilarantes.


3




Luego consideré que tal vez tomando una foto real con una cámara de verdad y montándola pudiera mejorar la escabechina. No os pongo el resultado porque salgo yo —de espaldas y con la cabeza cortada por lo que sería el filo superior del libro—, así que la borré ipso facto de mi disco duro con las mejillas encendidas, ya que me ocasiona un enorme pudor eso de que figure el autor en la cubierta, digno ni más ni menos que del baby boom de Ray Loriga y los demás krónidas, que suena de lo más homérico pero sólo se refiere a la literatura basura que continuó la triste estela de la generación X y José Ángel Mañas.



(También me produce vergüenza que salga la jeta del autor en el interior del libro. La puta era de la imagen se puede comer con patatas la promoción del escritor como si fuera una estrella de cine: no es para mí, que soy muy feo, no salgo de casa, soy misántropo y un cocodrilo me comió la cara.)



A esas alturas me cabreé y me dije: “Álvaro, joder. piensa con la cabeza que sueles cortar en las fotos. No me creo que seas incapaz de diseñar tu portada”.



Tiré a la papelera todos los bocetos y me puse de cero. Pedí ayuda y cámara a mis colegas, les dije que tomaran fotos urbanas, con mierda, basura y grafitis. Pensé comprar una silueta de madera de lobo para plantarla en una calle y fotografiar la sombra real. Puse a posar a mis perros contra el muro de la terraza, tras haber diseminado el suelo de litronas y colillas. Me pegué un tiro en la boca y decidí que la pared manchada de sangre no quedaba mal del todo en portada, junto con mi cabeza reventada.



Me di cuenta de que yo no valía para la fotografía.



Para salvar el día —horrendo anglicismo— The Watcher me obsequió con la mejor cubierta posible, que contenía los tres elementos: un gótico, un lobo y mucha mierda por el suelo para dar ambiente urbano.




Siiiiií, es una alfombrilla de ratón con un lobo cursilón. No, no es mía. A mí que me registren. Yo uso un tablero de ouija; está garantizado que el ratón se moverá por encima. Y no, no es que el muñeco esté empalmado. Se supone que lleva un colmillo (¿de dinosaurio?) al cuello (¿al cuello?). Sin comentarios... ¿Habré leído demasiado a Jotacé?




No me satisfizo su propuesta, pero al menos me dio el click, que descansa en mis estanterías junto con el peluche que me regaló otra amiga y la tartera de Mi Dios Interior. Por merchandising de mi novela que no quede. Eso me hizo feliz, sin duda.



Pero seguía sin portada.



Hace cosa de un mes tuve un gran día. Estuvo relacionado —evidentemente— con buenas noticias sobre la publicación, que luego se pincharon, para variar. Pero me emocionó tanto el suceso que de golpe hice una cubierta en menos de tres horas, febril, entre carcajadas de júbilo y copas para celebrarlo. Alcoholizado diseño mejor porque me sedo y no me tiemblan tanto las manos. Contempladla:


4




A mí me parece la hostia. Y sí es profesional, a diferencia de la clásica que ya todos conocíais. Luego me deprimí, porque me di cuenta de que las portadas simbólicas son típicas de la narrativa infantil y juvenil de Anaya y, a pesar de que yo considero que mi novela es para chavales, nadie más está de acuerdo conmigo porque es bastante burra y porque casi todos los lectores del Comité de Corrección de Primeras Pruebas frisan los treinta tacos y les gusta. Ya haré encuesta de target cuando salga a la venta. No importa.



Importa que la cubierta se da un aire a éstas, que son para niños de quince años:




Todas mezclan fotografía con silueta. Todas tienen el fondo en blanco. Invertí los colores para ver si la mía resultaba más adulta, más gótica y atormentada...


5




... dando como resultado que no se veía un carajo.



Le puse el suelo blanco para destacar más la silueta.


6




Y el diseño claro y efectivo, muy llamativo, se fue a la real mierda.



Le añadí una textura de pergamino entonces...


7




... y no me gustó nada.



Regresé a la anterior. No me convence que el fondo sea blanco, inocente y cándido, pero creo que el diseño lo pide, por puro contraste. Le añadí una caligrafía más torturada. La contemplé arrobado durante horas. Me hice una paja con ella y decidí que no iba a tocarla más o me la cargaba: lo mismito que con la novela. No os la había enseñado hasta ahora porque, como ya sabéis, estoy en el Real Limbo del Mercado de Libros. Y sí, mandé mi cubierta vía mensajero a la editorial. Y sí, les gustó. Mucho, la verdad, aunque consideraron que era muy irregular que el autor se hiciera su propia portada. Y no, no me han dado respuesta definitiva. Ni de la cubierta ni del libro.


8

A vueltas con la cubierta. (Segundas partes nunca fueron buenas. Ni primeras).

Cuando uno no es un hombre del Renacimiento sino escritor a pelo —bastante tengo con eso—, pero se ve aquejado por incontenibles inquietudes pictóricas, agarra el photoshop, se diseña su propia portada y suceden cosas como ésta:

Que sí, que es una mierda. Que ya lo sé. No sólo no he mejorado un ápice la que hice antes, sino que le he puesto contraportada y lomo. Lo malo, si es apaisado y doble, peor. La sombra lupina tiene la cola despegada del suelo y unas patas extrañísimas. La calle está difuminada. La sombra chinesca de atrás tiene derechos y parece, más que un lobo aullando, un perrito feliz que pide galletas. ¿Y qué? Me gusta la composición, especialmente el lomo —obviad el logo cutre, no iba a poner el de verdad, que aún no tengo contrato firmado—. El lomo llegaría hasta la esquina de la calle y los ladrillos desteñidos, que es un libro bien gordito el mío: quedaría enmarcado el recuadro negro con muro arriba y abajo y a los lados.

¿Lo peor de esta portada? Qué pregunta: el prota parece una pegatina de los álbumes de stick-stack, aquéllos en los que te venía un animalito y lo podías poner en el ecosistema que te diera la gana; aquí lo mismo.

En fin... Esto es lo que pasa cuando uno no escribe: que se aburre y aburre a los demás. Para compensar, acabo ya este post de coña, sólo comprensible y risible para el Comité de Lectura de Primeras Pruebas —las veintipico personas que ya han leído la novela—. Mañana uno de verdad.

[Por supuesto, por cutre que sea mi cubierta, pienso pasársela a la editorial, a ver si tienen mejor diseñador gráfico que el que viene con los chicles y se ve capaz de hacer algo útil con ella. Que no sea un avioncito de papiroflexia.]

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Portada para Politeísmos o Explicación del porqué me dedico a darle a la pluma y no al pincel.

Este título tan florido y áureo, que rinde homenaje a los del siglo XVII, sólo sirve para advertir que soy una nulidad con el adobe photoshop. Aún así:

¿Qué os parece como portada de libro? ¿Os parece una cutrez? ¿Os llamaría la atención? ¿Lo abriríais?

ATENCIÓN, ATENCIÓN: Ésta es una chorrada personal, no es la portada oficial de PoliteísmosPoliteísmos de Álvaro Naira, seréis los primeros en saber cuándo estará a la venta en vuestras librerías—. Es muy posible que en la Editorial Misteriosa —con la que aún no tengo contrato ninguno, recordad que todo se quedó en el aire el día 1 de agosto— me digan que lo flipo y que lo flipa la persona —del mundo de la edición— que me dijo que estaba estupenda y que reflejaba a la perfección el interior de la novela. Porque es cutre. La imagen. No la idea. (Y encima le enseñé una versión anterior, mucho peor hecha).

Sé que se puede hacer mejor. Por ejemplo, la cola de la sombra se levanta demasiado del suelo. En general, la silueta está demasiado difuminada. (Si supierais la calidad de imágenes con las que trabajo, lo entenderíais: el tipo del abrigo medía cinco centímetros; las botas las saqué de otra parte. La cabeza la hice de cero, igual que el lobo. Para photoshopear con decencia tengo que tomar buenas fotos con una buena cámara. Eso que no tengo).

No creo que resultara una portada atractiva sino cutre, pero tengo muy miradas las portadas que se ponen hoy en día en fantasía y creedme si os digo que merece la pena presentar opciones y luchar por colocar una propia... Si tuviera una cámara mejor que la que regalan con los phoskitos, haría una imagen de escalera, con el personaje envuelto en el sobretodo de cuero, sentado de perfil con una pata estirada mostrando bien las botazas, la otra doblada, cigarro en una mano caída y con el otro brazo tapándose la cara, como si se muriera de sueño —o se hundiera en la más profunda desesperación y pain & suffering gótico—. Y, por supuesto, el elemento fantástico: una gigantesca sombra de lobo contra el muro. Pero no aullando; eso me parece una cursilada.

Yo qué sé. Lo importante es mostrar en portada algo que no parezca fantasía salchichera sino literatura general, algo que resulte urbano, una calle con contenedores de basura y grafitis, una escalera de incendios... y el personaje con sombra de lobo. Porque Politeísmos es un libro de fantasía.

Pero no como éstos:

No los he leído ni pienso leerlos, porque sólo la portada apesta a literatura juvenil y franquicia, y uno ya pasó la edad de tragar mierda, gracias al señor.

Para mí la fantasía es otra cosa.

¿Algún diseñador gráfico en la sala? ¿Gratuito?

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Cultura y subcultura. (La delgada línea II.)

He aquí un fotomontaje, cortesía de una Amiga Extraordinariamente Habilidosa, de uno de los personajes secundarios de Politeísmos.

[No me entusiasma el manga, pero me entusiasma mi personaje, y está francamente bien hecha, aunque yo no me la imagino exactamente así; para empezar, la imagino de carne y hueso.]

A partir de este dibujo de estilo manga voy a hacer un sesudo ensayo acerca de literatura, friquismo y masa —mentira, estoy jodidamente abúlico y actualizo porque hay que actualizar—. Pero antes debo deleitarme en esta obra y decir que...

Que es un dibujo manga.

¿Y esto qué tiene de particular?

Señores, no se hacen dibujos manga del Quijote —que yo sepa, lo mismo sí; regalo un gallifante a quien encuentre uno—. A nadie se le ocurriría escribir un fanfic de una novela de Kafka, ni crear un vídeo de coña en el youtube con un puñado de friquis disfrazados de los personajes de Cien años de soledad.

La literatura es algo que no produce emoción. No de esa forma. La gente no se flipa con Raskolnikov y escribe una historia propia en la cual se lía con Madame Bovary y tienen de hija a la Lolita de Nabokov. La literatura, la buena, no hace friquis.

Es una pena.

La masa, en general, no tiene buen gusto. Pero tiene un gusto. Y definido, como los niños, que quieren unos cuentos y otros no, y los quieren una y otra vez, y siempre de la misma forma. Nos molan —porque todos somos masa, y una parte de nuestras apetencias responde a ella— los libros y películas que tienen un héroe o antihéroe de personalidad definida que se aparta del hogar, tiene un problema, rompe una norma, supera pruebas, recibe sabios consejos, lucha contra un antagonista, es perseguido y triunfa y se casa con la princesa. Siempre. Hay un coro de secundarios pálidos y tenues con los que el superprotagonista interactúa mostrando lo guay o lo no-guay que es, una historia clásica de aventuras con su pizca de amoríos —que no empalaguen—, un crecimiento de la personalidad, una toma de decisiones —la primera siempre será equivocada—, un consejero muy misterioso o Ayudante Mágico del héroe y un malo muy malo. Normalmente, debe añadirse a la mezcla un vestuario chulo para que los aficionados se gasten una pasta en los disfraces. No lo he inventado yo: leed las funciones de Propp y comprobad cuántas de las treinta y una leyes se cumplen en Star Wars.

Desde la Odisea hasta Harry Potter nos estamos siempre contando lo mismo. Merlín, Gandalf, Yoda, Dumbledore, Morfeo en Matrix y el Doc de la peli de Regreso al futuro responden al mismo patrón: adyuvantes del héroe, que es un término más pseudointelectual que ayudantes. Somos como críos y queremos que nos repitan el cuento. Y si cambia, gritamos: ¡No era así! Nos gusta de esa forma, qué joder. No tiene nada de malo.

No hay tantas historias. Siempre he dicho que sólo hay tres: el amor, la vida y la muerte. Ahora, la originalidad consiste en cómo contarlas. Y existe una fórmula, claro que sí, que conocen muy bien los escritores de bestsellers, los guionistas de tebeos de superhéroes, los directores de superproducciones, las legiones del fandom y el mainstream. Esa fórmula es la de los cuentos de hadas. Y funciona.

A mí me gusta esa fórmula. En serio. Yo he leído muchísima mierda y me he destrozado la retina con películas de serie B —ya dejé las pelis de zombies y la cocaína, pero el mono siempre regresa—. Me trago todo lo que tiene colmillos. Me encantan las historias de gente con poderes, en las hay que ayudantes misteriosos, aventuras, transformaciones, luchas, chorradas varias. Y en las que la gente se transforma en lobos.

[Digresión: He aquí la mejor escena —que es una mierda— de la última película de licántropos que he visto —que es una mierda—: Blood and Chocolate, de los productores de Underworld —que es una mierda—. Sí, joder, es mierda: pues me gusta (esta escena: la película es una mierda). Le veo una virtud y un defecto —dejando aparte que que no se salvan ni los créditos y que es una mierda—: La virtud es que los lobitos son de verdad, y el defecto es que los lobitos son de verdad. Eso queda bonito y chulo y me jode. Porque me molesta profundamente que se empleen animales salvajes para gilipolleces, y se los moleste, se los haga correr, se los cabree con palos para que enseñen los dientes y se los USE. Fin de la digresión.]

Esta película es lo peor. Pero yo me lo paso bien con esta escena, quitando la luz y la cámara lenta que son una gilipollez. Me flipo con que salten en plan piscina como humanos con cuerpos danone y lleguen al suelo como lobos reales. Me flipa aún más el que lo hace girando en el aire, porque me recuerda al folclore —da tres vueltas en torno como humano y caerás a cuatro patas, dicen las historias de siempre; la cantidad de derviches peludos que debe de haber por ahí dando brincos—. Me gustan estas historias. Me gusta la idea de personas que son lobos. Detenedme.

Pero no me satisfacen. Ya no. Hace mucho tiempo que no. El ojo crítico me impide pasármelo bien tragando bazofia, pero en esa bazofia se narran las historias que despiertan al crío que llevo dentro. El mismo niño que lleváis muchos de vosotros, el que no sólo disfruta con una historia, sino que construye las suyas con el material de otros. El que hace dibujos de sus héroes. El que juega a ser como ellos.

Ya no somos críos. Es una pena.

Y ahora, os hablo de mi novela. Para variar.

Politeísmos es literatura. Creo, honradamente, que lo es. Tiene una estructura de mecanismo de relojería, unas descripciones líricas, unos personajes redondos, un ambiente machacado y una trascendencia temática. Pero al tiempo, está peligrosamente al borde de aquello que nadie estaría dispuesto a considerar literatura: hay un personaje con actitud de superhéroe, una mitología por debajo, unos sucesos flipados y existe la posibilidad de “jugar” a que la historia es cierta. Como hacíamos de pequeños. Estar en ese universo, crearnos personajes propios y vivirlo de la misma manera que vivimos un juego de rol de El señor de los anillos. Todos los personajes son animales. Sí, como superhéroes. Y no, no es como superhéroes. No hay transformaciones de serie B en licántropos. Y hay transformaciones en lobos... de una forma enteogénica, y de otra casi metafísica. (Uso palabras raras para no hacer spoilers).

Es lo que busco. Es lo que quiero. Yo leo a Borges y el placer que me produce es diferente al que me ocasiona leer Harry Potter. Completamente distinto. Hay clases, sí. Claro que hay clases. Pero nunca he querido renunciar al niño que se disfraza, que sigue muy vivo dentro de mí. He querido unir los dos en uno. La teta y la sopa. Que un tipo de cuarenta años pueda leer el texto y asentir con la cabeza, y hacer un comentario crítico de determinada escena —aunque otras le hagan fruncir el ceño— y.... y que una chavala flipada con el manga pueda hacer un dibujo de un personaje secundario.

Es, probablemente, imposible.

A eso juego. Con mejor o peor éxito.

Y si toda la fauna politeísta se pone de mi lado, tal vez podáis opinar que no lo he conseguido dentro de no demasiado tiempo.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

¿Promete decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre los juegos de rol, con la ayuda de su Dios Interior?

Por fin he encontrado un documento gráfico asombroso que muestra los peligros de ser cristiano y leer a Jack T. Chick... Ah, no, que son los peligros de jugar a rol. Disculpad la confusión.

Por diox, entrad aquí y leed. Y luego regresad a evangelizarme.

Antes de que me escribáis meándoos de la risa y diciendo que es la mejor obra de humor que habéis leído después de Sin noticias de Gurb, os advierto que es REAL. Esto se repartía en las iglesias australianas. Y nos ofrece, sin duda, un realismo que ni el de Galdós. ¿A quién no le ha dicho la mamá de un colega que "desde que murió su personaje en el juego es como si una parte de mi hijo hubiera muerto"? ¿Quién no se ha dado de bruces con un máster que le ha enseñado un maleficio para obligar a sus papás a gastarse 200 dólares en material de AD&D? Vale, a ninguno. A nosotros nos pasa en euros, claro. Y a los talluditos como a mí, nos sucedía en pesetas. Pero respondedme a esto: ¿a quién no le han ofrecido ser un sacerdote del templo de Diana por haber conseguido suficientes puntos de experiencia? ¿No os pasado? Ah, eso porque no habéis llegado al nivel. Seguid intentándolo. Cualquier día suena la flauta.

Eso sí, la máster tiene su morbo. Admitámoslo. Y el cura es clavadito a Clark Kent.

Para rematar el post y que no os aburráis, aquí tenéis un corto franchute con subtítulos sobre rol, partido en dos porque no entraba completo en youtube. Desternillante, especialmente la segunda parte.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

¿Quién es quién? (De MB)

Un amigo mío, maestro del arte conceptual, ha considerado oportuno regalarme unos retratos de los protagonistas de mi novela. Él, claro, no sabía que yo iba a perder el culo en colgarlos en la bitácora. ¿Resultado? Pronto se verá sacudido por la especulación del mundo de las subastas y los museos de arte moderno le acosarán, cuando él sólo desea permanencer apartado de la sociedad, a solas con su creación. Hijo de puta que es uno.

Además, sólo como curiosidad, también os ofrezco mis fotomontajes sobre los personajes. Como podréis comprobar, soy un hacha con el adobe, y las nubes de difuminados cutres, los tampones de clonación clarísimos, los problemas de perspectiva y las capas mal montadas son detalles que enriquecen la composición, aportando variedad de matices.

En primer lugar, he hecho a la zorra de Verónica. Breve descripción, todos los derechos reservados para los (afortunados) que aún no la conocen:

“Verónica tenía los ojos brillantes y la cara en forma de corazón y la sonrisa húmeda y la melena rizada de color fuego y un corsé de charol y ligas de encaje bajo la falda de tul y botas altas como el gato del cuento”.

Sabe a poco, ¿eh? Claro, es que está muy buena. Tranquilos, que en Politeísmos tiene páginas y páginas de descripción. He escogido la más cortita, por aquello de abrir boca y no hacer spoilers y no plantar la mejor de todas por si los plagios, que sé que ahí fuera hay una manada de chacales esperando mis textos para robármelos. Hacéis mal: está todo registrado, almas de cántaro, pero como aún así soy paranoico no os pego más sobre Verónica, cuyo tótem es el zorro, que viene a querer decir que este personaje tiene una zorra en su interior y además es una zorra, como se puede comprobar por la mirada en el fotomontaje de abajo. Que la modelo de la que saqué la imagen no se sienta ofendida que es un piropo.

Ésta es la primera versión de Verónica.

Aquí el original . Me he matado, ¿eh?

Ésta es la segunda, que me satisface muchísimo más porque parece una cría —Verónica es toda una lolita de diecisiete años— y es más guapa, pero no tiene tal cara de zorra, lo que me parece fatal.

Aquí el original , quién la ha visto y quién la ve.

Ahora, lo que todos esperábamos: la obra magna no figurativa de mi colega, interpretando a Verónica desde su óptica superior de artista:

Sublime.

Lucien, el cuervo, es un tipo misterioso. Es tan misterioso que no os voy a decir nada de él. Mi amigo ha sido incapaz de plasmarlo. Yo sí, que por algo es hijo de mis teclas, de mi sudor y de mi sangre. De mis poluciones nocturnas no. De ésas es fruto Verónica.

He aquí mi trabajo con el adobe.

¡Sí! ¡Sí! ¡He sacado la cara EXACTAMENTE DE QUIEN PENSÁIS !

(Decid todos a coro: AL, ERES LO PEOOOOORRRRR)

En cuanto al protagonista, Álex, es imposible de fotomontar porque reúne tantas perfecciones que ni siquiera es pedante. Os deleito con una imagen del lobo feroz salida de mis lápices, que nos ilustra acerca de los motivos por los cuales me dedico a darle a la pluma y no al pincel.

No, no es un maleducado. Tiene variedad de registros dialectales diastráticos o sociolectos, que es muy diferente. Y sí: sucede justo lo que temíais. Está calcada de Dragon Fall. Lo superaréis. Con el tiempo.

Ahora, la visión ultraterrena de mi colega el pintor, que se ha fijado en el momento justo en que Álex desata su Dios Interior y otras polladas por el estilo.

Y por último, el fotomontaje de verdad del protagonista de Politeísmos. Si hubiérais hecho vuestros deberes y leído desde el principio, lo conoceríais.

Desde el adobe photoshop y perdiendo el tiempo,

Al.

Álvaro Naira © 2006

"Politeísmos es una seductora y verosímil historia de intriga” (The New York Times)

Uno se aburre, ahora que ha acabado el primer arco argumental de su novelita, y se plantea si joder por completo algo que aparentemente funciona, escribiendo el resto, o si mandarlo a tomar por culo, bajo la cama, y a otra cosa mariposa. Lo de enviar el manuscrito a una editorial, como es evidente, no entra dentro de las posibilidades.

Así que me aburro, y cuando yo me aburro suceden cosas terribles, tales como que desempolvo mis escasas dotes como diseñador gráfico y creo la portada ficticia de mi ficticia edición. Y voy y la registro —imbécil, subnormal, estúpido: 15,86 euros; 3,91 de más por estar en formato electrónico y no sólo en papel, pero mi impresora es un asco y escupe borrones de autoría imposible de reconocer ante los tribunales frente a la muchedumbre ansiosa por robar mi mierda y emplearla para sus propios fines—. No contento con darle dinero al estado por mis majaderías, de forma enfermiza y vergonzosa voy y abro el modificador de imágenes y planto encima del jpg, que no estaba del todo mal, mi nombre y el título, y hasta le doy el aspecto de diversas editoriales: pego las tiras negras y el escudo de Alfaguara, la cenefa gótica de Valdemar, los marcos amarillos de Lengua de Trapo, las líneas y esfumatos de la edición lujo de Destino, la franja inferior de Espasa tapa dura, el recuadro de Minotauro, la tipología textual corrida a un lado de Ediciones B, el fondo tono pastel de Salamandra y la escalerilla marrón de la esquina de SM Gran Angular. Y luego, una vez que he malgastado horas y horas frente al adobe, contemplo mis fotomontajes con placer, me enciendo un cigarro y considero en qué editorial quedaría más estético mi libro. Y no me siento de pronto gilipollas, como concluirán mis muchos y ávidos lectores: me llevaba sintiendo gilipollas desde el principio.

Por si no había suficiente disfuncionalidad en la actuación precedente, compongo la faja de best-seller, color rojo sangre con letras negras que chillan: “18ª. edición”. Puestos a fliparse...
Ya para rematar la hazaña, en un arranque de inspiración escribo la síntesis comercial de la contraportada. Os deleitaré con ella por si tuvisteis un mal día, para que comprobéis que siempre hay alguien que lo tuvo peor. Reza lo siguiente:


“Novela de fantasía realista, urbana, sucia y contundente, con una mitología elaborada de tipo pagano, que le da una vuelta de tuerca al tópico de los licántropos”.

Le falta por añadir un “y que sacudirá los cimientos de la civilización occidental” para parecer una contraportada de Dan Brown. Si no la conocéis —raro sería—, no os perdáis esta bitácora.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006