La Coctelera

Categoría: 7. Trastornos psiquiátricos

7 Enero 2007

Empieza el año tal y como quieras terminarlo.

Un christma. Diréis que no soy navideño. Ah, ¿que ya se acabó? Le quitan la ilusión a uno...

Bueno, llevo unos días vaguísimos. Como desinflado. Tengo que recargar baterías. Mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!— está terminada. Sí. Corregida. Lo juro. La acabé a las doce menos veinte del 31. No, no me tomé las uvas, ni brindé con champán, ni falta que me hace.

Yo sólo tengo una superstición para ese día, que inicié el año 2005 y pienso seguir a rajatabla de ahora en adelante: empieza el año tal y como quieras terminarlo. Así que el 31 de diciembre de hace dos añitos, a las doce en punto, estaba delante del ordenador, escribiendo chorradas tan edificantes como la siguiente:

Escribo tonterías, lo primero que se me ocurre, a ver si se enciende la bombilla. No tengo nada que contar. Puede que no vuelva a escribir jamás. Puede que haya perdido el don. Puede que esto no sea lo mío. ¿Cuánto tiempo llevo sin escribir? ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cinco? He perdido la cuenta. De pronto, se fue aquello que era lo único que me importaba: crear. Un día estaba, y al siguiente se había marchado. Y así fueron pasando las semanas, los meses, los años. Llegó un momento, no sé cuándo, en que supe que podía vivir sin escribir, sin alejarme de la maldita realidad que me rodea, sin sumergirme en mis reinos privados, sin sacar a pasear al niño que llevamos todos dentro, para el cual el juego —en el que eres un superhéroe en leotardos, estrella invitada en el Comando G, un hechicero nigromante, un indio que lucha contra los vaqueros, Indiana Jones y Han Solo— es más real que el colacao con galletas y las ecuaciones de primer grado, cuando el “cruci” —la palabra mágica que detenía los mundos— era un conjuro maldito, que te obligaba a regresar a ese lugar desagradable y hostil lleno de gilipollas integrales, que era más ficticio que tus universos con naves, con zombies, con androides, con marcianos, con espías de la KGB, con buenos y con malos. Antes me parecía impensable vivir en un solo sitio, pudiendo estar en tantos.

Los niños, por lo general, quieren ser de mayores futbolistas, policías —pero del FBI, claro—, astronautas y bomberos. Ingenuos.

Porque escribiendo puedes ser futbolista, policía, astronauta y bombero. Y lo que te dé la real gana.

Puedo vivir sin escribir. Todo el mundo lo hace. Yo llevo años sin hacerlo. Puedo continuar con mi mansa y amargada rutina. Puedo.

Pero no quiero.

Desde el faro,

Al

¿A qué viene la imagen de la Obra Magna de Sergio Aragonés?, os preguntaréis. Seguid leyendo...

Funcionó el jodido ensalmo. Así empecé 2006, escribiendo por escribir algo, y lo terminé con una bitácora de más de treinta posts que despertó el interés de un editor —queridos lectores, puede que se publique una entrada mía en una antología de blogs de humor; o puede que no, porque no he recibido noticias desde hace casi un mes: no os lo quise decir antes porque no me lo creía, e hice bien en no creérmelo—. Y he escrito una novela. Politeísmos está terminada.

Ahora sólo me falta que los Correctores Argentinos Oficiales del Reino me miren los diálogos de mis dos personajes secundarios porteños, a ver cuántas burradas por línea introduje, y, en cuanto me devuelvan el texto, a enviar a editoriales, señores. Empapelaré la bitácora con todos los NOS. Ya veréis lo que nos vamos a reír. Los voy a coleccionar para cuando sea multimillonario dedicarme a reenviar las cartas de rechazo, de “Lo sentimos, pero su obra no se ajusta a la línea editorial” con una enorme pintada roja donde ponga: JAJAJAJAJAJAJA, LA VENGANZA SE SIRVE FRÍA.

¿Cómo empecé el año 2006? Como lo he acabado: escribiendo.

¿Cómo he empezado el año 2007?

Imprimiendo.

Que todo el panteón politeísta nos asista y que lo acabe publicando.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Oh. Acabo de caer en que hoy es Reyes y no Fin de Año. Bueno, ya sabéis que yo no voy con la estación. En cualquier caso, os voy a regalar un relato hiperbreve de calidad incierta, copyright Álvaro Naira, año 1995, creo:

—Mamá, dime una cosa. El ratoncito Pérez ¿existe?
La madre suspira.
—No, cielo. No existe. Yo dejo la moneda bajo tu almohada.
El niño baja la mirada.
—Entonces... los Reyes Magos... ¿tampoco existen?
La madre duda. Deja salir el aliento.
—No. No existen.
El niño abre mucho los ojos, cayendo en la cuenta.
—Entonces Dios... ¿tampoco existe...?

A riesgo de ser pesado, desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Y... desde el faro...

Vale, de acuerdo. lo dejo.

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6 Diciembre 2006

Álvaro Naira habla con Dios. (Veremos si Dios le responde.)

¿House habla con Dios? Pues yo también. Coño.

Dios se me ha manifestado hace un par de horas aquí. He podido hablar con Él, y creo que es argentino. Tch. Tenía que haberle pedido que me enviara un lector porteño para la corrección de mis dos personajes secundarios. Otra vez será; parece que se prodiga en epifanías.

Estaba tan nervioso por la perspectiva de hablar con Dios que cometí una rebuznancia. ¡Dos "pensar" seguidos! Enseguida me flagelaré por ello.

Ahora que he vuelto al redil —no diré si como oveja descarriada o como lobo hambriento para comérmelo entero— he decidido hacerle un servicio a Dios: poner en circulación Su cuestionario, para que todos mis lectores —vaya, los cuatro— den su opinión acerca el cometido divino y Él pueda actualizarlo a los nuevos tiempos. Esperemos que me premie aumentándome las visitas, porque hoy llegué a pensar que todo esto era una puta gilipollez, que yo no escribo una bitácora porque me mole —de hecho me cuesta un huevo mantenerla al día— sino con la intención de hacerle publicidad a mi novela y conseguir abrir ganas, de modo que cuando la tenga corregida y la envíe a las editoriales ME LA COJAN. Así que en una bajada de la noria, me dije, citando a Fernando Fernán Gómez: ¡A la mierda! ¡La borro entera! ¡La quito de la red! ¡Esto es una chorrada! ¡A nadie le interesa! ¡Nadie entra! ¡No sé hacer publicidad!

Pero aquí seguimos. Desde el faro, siempre.

CUESTIONARIO SOBRE LA GESTIÓN DE DIOS

DIOS le agradece su continuada creencia y patrocinio. Para poder servir mejor sus necesidades, ÉL le pide que tome unos minutos para contestar a las siguientes preguntas.

1. ¿Cómo se enteró de la existencia de Dios?

a) Periódico
b) Televisión
c) Revista del corazón
d) Biblia
e) Torah
f) Corán
g) Otro libro
h) Inspiración divina
i) Experiencia cercana a la muerte
j) Programa de la COPE
k) Arbusto en llamas
l) Telefónica
m) Otro (especifique): _____________

2. ¿Qué modelo de Dios adquirió?

a) Yahveh
b) Jehová
c) Krishna
d) Alá
e) Dios
f) Padre, Hijo y Espíritu Santo (PACK completo)
g) Gaia / la Madre Naturaleza
h) Satán
i) El Monstruo Espagueti Volador.
j) Ninguno de los anteriores, fui engañado por un dios falso

3. ¿Dios le llegó a usted sin daños, con todas sus partes en orden y funcionamiento y sin roturas evidentes o atributos ausentes?

a) Sí
b) No. Por favor describa todos los problemas que encontró inicialmente:

—No era eterno.
—No era infinito / No ocupaba el cosmos entero.
—No era omnisciente.
—No era omnipotente.
—Permitía el sexo fuera del matrimonio.
—No permitía el sexo fuera del matrimonio.
—Cometía fallos.
—Admitía los fallos que había cometido.
—Se ocupaba más de la vida en otros planetas.
—Sus bendiciones tenían fecha de caducidad.
—Requería oraciones para mantenerse operativo.
—Requería sacrificios de vírgenes para mantenerse operativo.

4. ¿Cuáles fueron los factores relevantes en su decisión de adquirir un dios? (Por favor, marque los que correspondan)

a) Adoctrinado por los padres
b) Adoctrinado por la sociedad
c) Un amigo imaginario mayor
d) Se me cayó desde el cielo y me aplastó
e) Conocer chicas/os
f) Ganas de agradar a los padres
g) Ganas de joder a los padres
h) Necesidad desesperada de certeza
i) Necesidad de sentirme Moralmente Superior
j) Necesidad de una razón para vivir
k) Necesidad de definir a quiénes despreciar
l) Odio pensar por mí mismo
m) Miedo a la muerte
n) Necesidad de un día libre sin trabajo
o) Gusto por la música de órgano
p) Mi arbusto se prendió fuego y me conminó a hacerlo

5. ¿Había usted adorado a un Dios con anterioridad? Si era así, ¿qué falso dios era el que le tenía colado? (Por favor, marque los que correspondan)

a) Odín
b) Zeus
c) Apolo
d) Ra
e) La Fuerza
f) El Sol
g) La Luna
h) La vecina/o de abajo
i) Los Teletubbies
j) El Sagrado Dólar
k) Elvis
l) Espinete
m) El explorer.
n) Un repollo ardiente
o) Otro: ______________

6. ¿Usa actualmente cualquier otra fuente de inspiración además de Dios? (Por favor, marque los que correspondan)

a) Tarot
b) Astrología
c) Galletas de la fortuna
d) El portal enfemenino.com
e) Líneas de la mano
f) Libros de autoayuda
g) Biorritmos
h) Hojas de Té
i) Mantras
j) Cristales
k) Pirámides
l) Pólizas de seguros
m) Lotería
n) Televisión
o) Playboy y/o Playgirl
p) Sex, Drugs and Rock and Roll
q) Bill Gates
r) Extraterrestres
s) Sacrificio humano
t) Perderse por el desierto
u) Arbustos flamígeros parlantes
v) Otros: _________________
w) Ninguno

7. Dios emplea un grado limitado de Intervención Divina para preservar el nivel o balance entre presencia percibida y fe ciega. ¿Qué es lo que usted prefiere? (marque sólo uno).

a) Más Intervención Divina
b) Menos Intervención Divina
c) El nivel actual de Intervención Divina es correcto
d) No sé... ¿Qué es la Intervención Divina?

8. Dios también intenta mantener un balance en el nivel de desastres y milagros. Por favor puntúe en una escala de 1 a 5 (1: insatisfactorio - 5: excelente)

a) Desastres

—Inundación:...............................[1] [2] [3] [4] [5]
—Hambrunas:...............................[1] [2] [3] [4] [5]
—Terremoto:................................[1] [2] [3] [4] [5]
—Guerra:.....................................[1] [2] [3] [4] [5]
—Pestilencia:................................[1] [2] [3] [4] [5]
—Plaga:.......................................[1] [2] [3] [4] [5]
—Spam:.......................................[1] [2] [3] [4] [5]

b) Milagros

—Rescates:...................................[1] [2] [3] [4] [5]
—Combustiones espontáneas:............[1] [2] [3] [4] [5]
—Astros volando sobre ciudades:........[1] [2] [3] [4] [5]
—Estatuas que lloran:......................[1] [2] [3] [4] [5]
—Convertir agua en vino:.................[1] [2] [3] [4] [5]
—Andar sobre las aguas:..................[1] [2] [3] [4] [5]
—Arbustos flamígeros parlantes:.........[1] [2] [3] [4] [5]
—Vídeos que ajustan solos la hora:......[1] [2] [3] [4] [5]
—Serendipias:................................[1] [2] [3] [4] [5]

9. Política de protección de datos. Por favor, tenga en cuenta que sus respuestas se tratarán de manera absolutamente confidencial. Los datos personales recogidos serán objeto de tratamiento automatizado e incorporados a las correspondientes bases de datos de los archivos de la Biblioteca Akáshica de los que Dios será titular y responsable con la finalidad del mantenimiento de la relación contractual establecida con Él, la gestión, administración, prestación, ampliación y mejora de los servicios. Dios podrá ceder los datos personales a terceros con el consentimiento del usuario. ¿Desea que sus datos sean cedidos a personal cualificado que le asesore e interceda por usted ante Él?

a) Sí, por favor. Inúndeme de propaganda religiosa para el beneficio de mi alma inmortal.
b) No, tengo bastante con el spam de Viagra.

10. ¿Tiene algún comentario o sugerencia adicional para mejorar la calidad de los servicios de Dios? (añada hojas adicionales si lo necesita): _________________

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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28 Noviembre 2006

Qué canto cuando canto a la luna.

Pasan los días, uno tras otro, perezosamente, sin que me pare a contarlos. Mi novela sigue sin estar lista para enviar a editoriales. Corrijo. Releeo. Cambio, modifico, añado, quito y pongo. Y vuelvo a la versión anterior, a veces.

Ayer me recorrí Madrid. Necesitaba sentarme en la mesa del escaparate de la derecha del VIPS de Plaza de España para documentar, que ahí se sienta un personaje mío —el VIPS, sí. Pensaréis: wao, qué lugar tan literario. Sin duda. Realismo sucio. Os desafío a que me lo neguéis cuando leáis Politeísmos. Y va sin coñas; que le follen al Gijón. Que sí, que es muy místico estar en el Gijón. Sobre todo cuando te traen la cuenta—. Pues yo me dirigí al VIPS a documentar con mis mejores intenciones y voy me encuentro con que la mesa estaba cogida. Tras esperar un rato y soltar un par de maldiciones, me marché, deseando que el estado expida unos Carnés de Escritor Oficial, con los cuales puedas entrar en cualquier lugar al grito de ¡DOCUMENTACIÓN! y, cuando todo el mundo se levante para mostrar el DNI, sonrías y digas: “No, no. Soy yo el que tiene que documentar; tranquilos. Soy escritor. ¿Desea aparecer en mi novela? Son diez mil”.

Estuve en los jardines Sabatini, en Gran Vía, en Noviciado, en Fuencarral, en el Retiro. En todos esos sitios se desarrollan escenas de mi libro. Había olvidado el cuaderno de notas y no tengo cámara, así que tuve que entrar en una cafetería, robar un puñado de servilletas e ir anotando en ellas detalles para las descripciones. Llevaba la música con que escribí a toda potencia en el mp3. Se le acabó la batería; siempre pasa.

En completo silencio, pensaba.

Sé que me estoy dejando caer. Ya conocéis la noria, los que me lleváis leyendo un tiempo. Los que no, les recomiendo ese post: es probablemente de los mejor escritos de toda la bitácora.

La noria. La puta noria. Subo y bajo con ella. Paso de pensar que mi libro es una mierda a que es la polla y que dará un pelotazo —no a lo Harry Potter, porque en este país no se lee, y menos los chavales, pero sí a lo Historias del Kronen: un éxito fugaz, rápido, imponente, y luego todo se olvidó y aquí no pasó nada y la novelita del chico que cuenta cómo se pajean los madrileños va al baúl de las curiosidades del mercado editorial. Perdonadme si sugiero que mi libro es mejor que el de Mañas, vaya, pero es que creo que es cierto y tampoco es decir gran cosa—. Cuando pegue el pelotazo Politeísmos, sucederán varios milagros y otras alteraciones del orden natural: en primer lugar, que me haré de oro —estaría bien porque mi economía se va en en el piso, en dar de comer a mis perros y en fumar, oh, si supierais cuánto fumo últimamente... No fumo tabaco. Fumo tiempo. Quemo los cigarros como los hombres grises de Momo.

Fumo para matar el tiempo; para matarme a mí mismo. Para arrancarle al día los minutos de siete en siete, que es lo que tardo en fumármelos. Divido mi vida por lo que fumo, y fumo mucho—. Además de poderme pagar el tabaco, que ya es bastante inversión de las leyes cósmicas, sucederán otras cosas no menos extrañas: me encontraré por la calle con lectores, que no sabrán quién soy yo; sólo el tipo raro al que se le caen las lágrimas mirándote leer en el metro. Después, el boom: niños disfrazados en convenciones de los personajes, cortos de coña en youtube sobre el argumento, chavales que se creen la religión del libro, asociaciones de padres que me ponen a caldo, curas ofendidos, nuevas generaciones de góticos que se hicieron por la novela, peregrinaciones de grupitos a los lugares en que suceden escenas del libro... Y la película, claro. Dirigida, como poco, por Amenábar, al que se le dan bien las delgadas líneas entre la fantasía y el realismo.

Soñar es gratis.

Después baja la noria, y entonces pienso que Politeísmos sólo es una novela juvenil. Ni más, ni menos. Probablemente, una muy buena novela juvenil. Pero sólo eso. Politeísmos es un libro sobre chamanismo moderno, en que los personajes creen que llevan bestias dentro. ¿Original? No especialmente. Tal vez por su tratamiento. Es un libro para chavales entre los quince y los veinticinco años que ningún profesor recomendaría en clase, porque tiene sexo explícito y burro, drogas —de diseño y tradicionales, para hacer viajes astrales—, espiritismo —ouijas, documentadas al detalle— y música siniestra. Un antihéroe lleno de carisma, destrozado, pero que aún pelea, adolescentes a puñados y un gran gurú argentino. Y dioses. Toda la fauna completa. Lobos salvajes, altivos, magníficos, con las orejas derechas, la cabeza gacha, el collarín del pelo erizado y un gruñido retumbando en el pecho. Hay cuervos agoreros, negriazules y violetas, que llenan el cielo cuando echan a volar en bandada, perros, apaleados y tristes, zorros oportunistas, gatos, coyotes burlones, ciervos extraordinarios con cuernas de un metro y una lechuza blanca y cándida con los ojos azules. ¿Dónde están estos dioses? Ah. Están dentro. Cada personaje lleva el suyo, como una carga y una bendición, en el interior de su cuerpo.

Eso es Politeísmos. La religión más primitiva en mitad de una gran ciudad a finales del siglo XX. Sube la noria, y me digo: dios, cuánto se vendería, se vendería tanto, si lo pusieran junto a los libros de rol de Mundo de Tinieblas... se podría convertir en un juego de rol, sí, se podría. Baja la noria y digo: ¿y acaso es para batir palmas que un libro se convierta en un juego de rol? ¿Me parecen buenos los libros que saca La Factoría sobre juegos de rol? Ah, no. Yo hago Literatura Con Mayúscula, demonios. Sea lo que sea eso.

Baja aún más la noria y pienso: ni yo hago Literatura Con Mayúscula, ni Politeísmos será convertido en un libro de rol. Sube de nuevo, y me flipo y repito mi grito de guerra: ¡que les follen al Realismo y a la novela intelectual! Que les follen, sí. Eso dice la zorra. Y baja la noria, pero sin las uvas, porque “están verdes”. Una vez, y otra.

Al final, da igual lo que piense. Hasta que termine de corregirla y empiece a recibir los rechazos de las editoriales, no importa. Mi opinión no sirve. No es la novela; no tiene nada que ver con su calidad mi estado de ánimo. Es la noria: soy yo. Siempre corriendo, siempre moviéndome... y siempre en el mismo sitio.

“Arriba el hocico, lobo. Cántale a la luna”, me dijo ayer un amigo. Sí. Arriba. No importa no conseguirlo; lo que importa es luchar por ello. ¿Qué hay más inútil que cantarle a la luna? La luna no va a bajar, y da igual. No canto para que baje. Canto por cantarle a la luna, respondería un lobo.

Y yo me acuerdo de una canción tradicional finlandesa, ya veis lo raro que funciona mi cerebro.

HEDNINGARNA
Mitä minä (Qué canto)

Mitä minä laulan kun kuuta laulan
mitä minä laulan kun kuuta laulan
oi, kuuta laulan kuuta laulan joo noo

¿Qué canto cuando canto a la luna?
¿Qué canto cuando canto a la luna?
Oh, canto a la luna, canto a la luna.

Simplemente.

Desde el faro, subiendo y bajando por las escaleras,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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16 Octubre 2006

Dios no es Amor, es una errata.

Cuando uno “trabaja” desde casa le suceden cosas inverosímiles, tales como que está un lunes a las once de la mañana en el momento en que llaman a la puerta. Esta hora mágica entre perro y lobo, mientras ponen en la tele programas del corazón —como en cualquier otro momento, vaya—, se ve asaltada por los carteros comerciales que tocan los cojones amén del timbre, los encuestadores telefónicos que incordian hasta las dos de la tarde, y los evangelistas. Si tengo que quedarme con alguno de los grupos, me quedo con estos últimos.

Hoy le abrí la puerta casi en pelotas a una testigo de Jehová. No, no estaba buena, y hubiera dado igual porque yo tenía una pinta como para unas ganas, pero de salir corriendo.

Imaginad la escena: aparece un tío con una resaca de siete pares para el cual lo de afeitarse ha pasado a ser una incómoda restricción de las libertades personales en esta era capitalista, circundado por tres encantadores dóbermans. Mi testigo de Jehová tardó en reaccionar. Era de mediana edad y tenía una sonrisa plácida. Y folletos.

“¿Tiene un minuto?”, me preguntó.

“Y toda la mañana”, respondí, a todo esto, en calzoncillos. Mis perros se situaban junto a mí meneando el rabo. Les gustan las visitas porque tenemos pocas.

“¿Puede coger a sus perros?”, inquirió la mujer algo nerviosa. Buja tenía una pinta terriblemente amenazadora rascándose la oreja derecha, y Talo bostezaba ampliamente dejando ver una hilera de cuchillos blancos. Cactus es tímida. Se limitaba a asomar el hociquito detrás de mis piernas.

“¿A las supernenas?”, pregunté enarcando una ceja. “Son inofensivos”.

Pero la jehoveña no se movía. Ya, sé que son tres dóbermans y es comprensible. Pero son míos; yo no puedo tomarlos en serio. Los he visto crecer desde que eran pelotas con patas.

“A ver, Talo. Fuera”.

Cuando ordenas al macho alfa, las hembras suelen ir detrás. Buja no. Buja es especial, consentida, y siempre quiere mimos: si son de desconocidos le saben mejor, promiscua que es ella. Se aproximó a mi testigo de Jehová menenado lamentablemente su rabo amputado —me cago en el criador y en sus tijeras de podar setos y castrar perros— y enseñando una lengua larguísima. Pocos gestos hay más amistosos que ése, como saben todos los felices dueños de un canis lupus familiaris. Pues la pobre mujer no debía pertenecer a ese sector poblacional, porque interpretó que mi perra tenía hambre, de testigos de Jehová para ser exactos, y reculó hasta lo más profundo del descansillo.

“No, oiga, espere. Que no hace nada”.

Casi tuve que arrastrarla hasta mi casa. ¿Por qué salí casi en bolas ante el asombro de la comunidad de vecinos, especialmente de la vieja de enfrente que vive pegada a su mirilla como una calcomanía? Evidente: porque quería que se quedara la testigo de Jehová, joder. Estaba muy aburrido, y la otra opción era emborracharme con Pampero, que el Brugal había decidido desaparecer el muy hijo de puta. No, no son los exóticos nombres de mis colegas de chuzo: son marcas de ron. Así que se comprende que me apeteciera tener una devota charla de religión, piedad y buenas intenciones con una cincuentona amabilísima.

La hice pasar. Me calcé unos vaqueros que tenía tirados por el suelo porque está feo andar en calzoncillos cuando a uno le van a mostrar la Verdad y le van a hablar de Dios, aunque Él nos hiciera en bolas. Contradicciones de la vida; yo creo que Le gustamos más en pelotas, que si no habría hecho al ser humano peludo, coño.

Ya sin mis perros, mi evangelizadora se mostró en su salsa.

“¿A usted le interesa Dios?”.

Lo supuse, acertadamente, con mayúscula.

“Depende de cuál. ¿Quiere un café calentado al microondas?”.

Uno de los pocos monoteísmos dignos de respeto y pavor: The Church of the Flying Spaghetti Monster
No quería café. Quería Dios, y yo no tenía al suyo a mano. Intenté ofrecerle un cigarro como sustituto. Tampoco lo quiso. Mira que son especiales las testigos de Jehová.

“Sólo hay un Dios verdadero”, me contradijo ella.

“Pues así no se puede discutir. ¿Café?”, repetí, aunque el brebaje tenía un aspecto repugnante, lo admito, y si no recuerdas cuándo hiciste café por última vez es mejor no tomarte lo que hay en la jarrita de la cafetera. En realidad quería que lo bebiera ella primero para comprobar su nivel de toxicidad, pero no pudo ser; era demasiado lista. Cuando lo probé yo, descubrí que se trataba de un honrado desayuno, sin hipocresías: sabía tan mal como parecía. Pocas cosas valoro yo tanto como la sinceridad, así que me lo tragué de golpe. Me entraron arcadas. Encendí un cigarro para compensarlas.

La mujer me tendió un folleto y empezó a hablarme de su secta. La corté.

“¿Usted es testigo de Jehová?”.

“Sí”.

Buen ojo que tiene uno.

“¿Sabe que su dios es una falta de ortografía?”.

No pareció intrigarle, pero me dio exactamente igual. Una colega de filología hebrea me lo había explicado hace mucho tiempo, y yo nunca pierdo la oportunidad de mostrar mis amplios conocimientos culturales y humillar con ellos a mi interlocutor, para acabar siempre haciendo el más triste ridículo, claro.

“Verá”, comencé, adoptando un tono de catedrático. “Los hebreos escribían sólo con consonantes. No sabemos cómo pronunciaban. Cuando aquello se convirtió en un fregado que no te menees porque donde ponía ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ igual podías leer ‘Te hago una mamada por diez euros’, le añadieron las vocales para no confundirse. Dios estaba escrito tal que así”, y le deletreé YHVH y se lo pinté con el ron derramado de la mesa. “Escribir Dios como Dios manda sería una blasfemia, para Dios, claro, así que le añadieron entonces otras vocales, no las suyas sino las de ‘Mi señor’...”, y le informé de que eso se decía en hebreo ADONAI, y volví a efectuar el trazo alcóholico encima de la madera. “Hubo unos tipos que luego se pusieron a leer mal la Biblia porque tenían más o menos la misma idea de hebreo que yo, y vieron la palabra como si fuera una, en lugar de las consonantes del nombre divino y las vocales de su título aristocrático. Es decir, YHVH más AdOnAi (que la I es consonántica y la primera A es breve y se convierte en E, precisé) da Jehová. Dios se llama Yahveh. No Jehová. Es la única pega que yo le pongo a esa cumbre del cine teológico que es La vida de Brian. Así que no me diga que su dios es amor. Su dios es una errata”.

¡Ha dicho Jehová! ¡Lapidadlo! ¡Debería haber dicho Yahveh!

Os garantizo que ella ni pestañeó. Si yo soy creyente y a mí me llega un tío y me dice eso, como poco le echo de mi casa. Aunque ella no hubiera podido porque yo estaba en mi casa y yo era yo, no otro que pudiera echarme a mí. Joder. Qué complicado. Nunca se me dieron bien los tests de inteligencia espacial.

“Dios es Amor”, se empecinó. “Está en la Biblia. ¿Tiene usted una Biblia?”.

Preguntarle eso a un tío que hace cinco minutos estaba en calzoncillos dándote una clase de hebreo clásico, cuya mesa se encontraba decorada por una botella vacía y dos ceniceros a rebosar de colillas, tiene huevos, así que le mentí como un perro.

“Sólo la Biblia en cómic, obra maestra de la editorial Verbo Divino en siete incómodos volúmenes. ¿Vale para lo que me dice?”.

En realidad sí tengo una Biblia, y una cojonuda, traducción directa del hebreo, arameo y griego, cortesía de mi colega la hebraica. Pero sólo la utilizo cuando me quedo sin papel. No diré dónde.

(Vale, he mentido. En realidad aprecio mucho mi Biblia y la considero una de las mejores obras de la literatura fantástica.)

Decidí ir al grano.

“Mire, a mí lo que me interesa no es que su dios sea amor. A mí me pone saber cómo entró usted en esto. Ya sabe: para perversiones, los colores. Dígame cómo se hizo de su secta. Cuéntemelo todo. Desde el principio”.

Ella sonrió y —lo juro, verídico— dijo:

“En el principio estaba Dios”.

No hice la fuente con el café porque ya me lo había acabado. Parpardeé.

“Pero a ver”, interrumpí, ya con ganas de pelea. “¿Cuál?”.

Ella seguía recitándome el evangelio según San Juan. Intentaba explicarme que el Verbo era un dios y no Dios, y que Cristo era menos divino que Dios. O más. O al revés. O palindrómico. Me perdí a la tercera palabra.

“No, no. Espere. ¿En qué principio?”.

A esas alturas, el Verbo ya se estaba haciendo carne y ella me explicaba que no debía leer la Biblia sin las acotaciones escénicas de un tal Russell. Yo, cándido, me imaginé al actor de Gladiator anotando las Sagradas Escrituras a golpe de falcata, y me pareció una imagen sumamente sugerente.

“Es que no lo entiendo”, insistí. “En el principio estaba Dios, ¿no? ¿Entonces el principio estaba antes que Dios? ¿Había creado el principio a Dios? ¿O Dios había creado el principio?”, pregunté, enardecido con mi propia divagación. “¿Me está diciendo que Dios y el principio estaban de copas antes del Big Bang? ¿El principio era paredro de Dios? ¿Follaron y crearon el mundo el principio y Dios?”.

Ella se mostró estupefacta y ofendida. Lo comprendí ya que tengo una elevada dosis de empatía y sé que no todo el mundo conoce el argot de Historia de las Religiones y puede sentirse ignorante y excluido, así que me apresuré a explicarle que un “paredro” es la pareja inferior, doméstica, de una divinidad: su acompañante, que a veces se tira. Como Batman y Robin, vaya. No sirvió de nada. Se marchó, aunque me dejó el folleto. Craso error y gran pérdida de tiempo: yo soy politeísta, como los personajes de mi novela, y sólo me interesaba su evangelización por la documentatio, ya sabéis. Para finiquitar la hazaña, Talo le ladró mentras se iba. Pero lo hizo cariñosamente.

Esa ha sido mi aventura, para empezar bien el día —la de mi evangelizadora, no la del vídeo, que está sólo para ilustrar la rica relación teológica de las divinidades Batman y Robin en el panteón—. Ayer prometo poner un post más alegre y va hoy y aparece una testigo de Jehová ante mi puerta. Serendipia. “El universo conspira para tocarme los cojones”, como decía Paulo Coelho. ¿O no era exactamente así?

Antes de que gritéis: ¡¡AL, NO ME CREO NI MEDIA PUTA PALABRA DE LO QUE CUENTAS, PERO DEBERÍAS DEDICARTE A ESCRIBIR TUS PAJAS MENTALES!! os informo de que ya lo hago. Y de que esto me ha pasado, aunque puede que no de esta manera; sólo lo he literaturizado un pelo. Deformación profesional.

Cualquier día me echo a la calle y me pongo a evangelizar yo de mis creencias —todo sea por vender mi libro—. Seguro que tendría más éxito; esta pobre mujer debería haberse dedicado a la venta de jabones Avon puerta a puerta. Francamente...

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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9 Octubre 2006

“Una mañana Gregor Samsa despertó de un sueño intranquilo y se encontró convertido en un enorme insecto”.

La relación con mi follamiga entrañable finalizó de manera satisfactoria para ambos. Sobre todo, para ella. Sucedió más o menos así, literaturizado, claro.

“Me gustan los tíos que son como las cucarachas”, me dijo ella.

Y yo me apresuré a responder: “Yo voy de negro”.

Ella afinó más su comentario: “Me refiero a los tíos duros por fuera y blandos por dentro”.

Eso lo explicaba todo, claro. Porque las cucarachas son blandas por dentro y duras por fuera. Cuando oí a mi follamiga emplear tan arriesgada metáfora, me planteé cuántas habría pisoteado y destrozado en su vida. Cucarachas. U hombres.

No fue una auténtica discusión. Yo no discuto. Simplemente fue un adiós, precedido de su “Tenemos que hablar”, perífrasis obligativa que siempre me ha hecho temblar, porque no falla. No podrían decir: “Necesito hablar contigo”; “Me gustaría que habláramos”; “Tengo que decirte una cosa”. No. Para cortar, siempre: “Tenemos que hablar”.

Así que descubrí que a mi amiga le gustaban las cucarachas, y que yo no era suficiente cucaracha para ella.

Después, nos pusimos a hablar de la novela.

¿Qué?, diréis. ¿Estáis cortando y os ponéis a hablar de tu novela? Bueno, sí. Yo escribo. Es mi trabajo. Es lo que soy; es lo que hago. Vivo para ello, aunque no de ello. Al final, todas las conversaciones conmigo llevan al libro, lo quiera o no —y siempre lo quiero—. Así que mi follamiga volvió a hablarme, una vez más, de mi novela.

“Tú no eres como el lobo”, me dijo.

No supe qué contestar. Hablaba del personaje del libro, y contra él no se puede competir. “Es de papel, joder”, pensé, y me sentí repentinamente celoso de mi propia creación. Por un instante. Luego, venció el orgullo. Porque yo lo había creado. Y él era mejor que yo, por supuesto.

Son cosas que pasan. Habíamos pasado unos meses increíbles de fornicio, siempre precedido por la lectura, capítulo a capítulo, de lo que yo iba produciendo. En pelotas sobre la cama, le leía mis textos. Le ponía hasta las voces; soy así de flipado. Después, hablábamos de ello y echábamos un polvo. Solíamos follar con el rollito rolero de los personajes, por seguir el juego, y quien considere que esto es algo horrible, espantoso o ridículo, por favor, que entre en esta página. Rolear follando es una de las cosas más intensas que existen, porque tú no eres tú, y ella es otra persona: es quien quieras que sea, quien desees en lo más profundo, quien te inventes. Y, sobre todo, tú eres otro, otro con el que te sientes jodidamente mejor que contigo mismo. Probad a jugar a rol follando y luego me lo contáis. Es perfecto para quitar complejos y hacer acrobacias sexuales sin timideces ni pacatería. Y si el rolling consistía en jugar a ser el lobo feroz... Hostia, dónde hay que firmar. Yo, más feliz que unas castañuelas: era ampliar mi mundo privado y hacer a más personas partícipes, ¿qué más podría desear un escritor?

La cuestión es que mi follamiga estaba enamoradísima, sí.

Pero no de mí. De mi creación.

Estaba enganchada.

Pero no a mí, sino a mi novela.

La novela se acabó. Mi relación también.

Y no puedo negar que, aunque me cague en ella...

Me siento halagado.

Para mí lo demás es accesorio. Yo vivo entre palabras, de palabras, con palabras. Si sufro, me examino y me lo narro. Aprovecho el sentimiento para utilizarlo en una descripción de un personaje jodido. Si salgo a la calle, voy contándome lo que veo. Me recreo en el dolor, en la alegría, en las sensaciones. Cuando siento, me lo repito por dentro. Una vez toqué a una serpiente sólo porque no sabía cómo era el tacto, y nunca puedes estar seguro de que no lo necesitarás en una novela futura. Era suave y fría; simplemente. Yo quería saberlo, y no porque me interesara ni por lo más remoto tener una serpiente culebreando entre mis dedos. No quería coger a la serpiente; quería coger con palabras a la serpiente. Sé que es enfermizo.

En los tests gilipollas que circulan por los correos, me preguntaron una vez: “¿Harías puenting?”. Y yo respondí: “Sólo si lo necesito para documentar una novela”.

Porque mi libro es más importante que yo, y así debe ser. Porque para mí lo primero es la literatura, y si alguien ha sido capaz de valorarme por eso, sólo por eso, de quererme por eso, y cuando se acabó, puerta... Pues joder, gracias. Gracias de verdad, porque eso me dice cuánto vale mi libro. Más que yo: perfecto.

Ah, y si te jode que postee en internet y pregone detalles de tu vida privada, princesa, habértelo pensado dos veces antes de tirarte a un escritor.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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28 Septiembre 2006

AUTOR IBÉRICO BUSCA LECTOR ARGENTINO SIN PROPÓSITOS SEXUALES, AL MENOS DE ENTRADA.

De nuevo estoy en modo autodestructivo-on. Hay que aprovecharlo porque son los únicos instantes de mi vida en que tengo una visión clara, sin piruletas, casitas con puertas de caramelo, ladrillos de chocolate con leche, argamasa de avellanas y tejas de almendra triturada con miel.

He tirado mi vida por la ventana para escribir una novela que nadie me había encargado.

Y cuando no baja la noria, me siento de puta madre.

Cuando baja... cuando baja me pregunto a qué estoy jugando. Ahora no tengo trabajo, no tengo dinero, no tengo nada. Estoy en bolas. No sé qué coño voy a hacer con mi vida.

La huida, siempre hacia delante, el lobo dixit. Y yo creo en el lobo.

Esta es la lista provisional de editoriales a las que voy a enviar mi novela. Oh vosotros mis lectores, que tanto me apoyáis escribiendo para decirme que creéis en mí, que soy la polla y que voy a comerme el mundo a cucharadas, ampliad la lista si conocéis más editoriales de fantasía en las que pueda colar el gol de Politeísmos:

Minotauro - La Factoría - Gigamesh - Bibliópolis - Plaza y Janés - Timun Mas - Ediciones B - Alianza - Edhasa - Valdemar - Booket - AJEC - Equipo Sirius - Silente - Salamadra - Celeste - Metaluna - Revista Parnaso - Parnaso Vórtice - Celeste - Infernaliana - Calamar Ediciones - SM - Letra Celeste Minúscula - Devir - Edaf - Puzzle - Entrelíneas - Alfaguara - Anaya - Alberto Santos / Star Wars - Martínez Roca - Revista Sable - Anagrama - Berenice - Planeta - Nerea - Juan José de Olañeta editor - El Cobre - Lengua de Trapo

Así que se me ocurran de pronto.

Claro que para enviar, uno que es diletante no se puede permitir hacer como Cela, que mandaba manuscritos con faltas de ortografía, y lo sé porque he dado cursos de corrección y te ponen como ejercicio un original suyo para que cundan las risas. No. Yo tengo que enviar un manuscrito perfecto, y como me gusta meterme en camisas de once varas, tengo que:

a) Corregir, claro, corregir hasta el agotamiento: erratas, rebuznancias, torpezas y casitas. Eso es fácil, se puede hacer desde casa.

b) Patearme Madrid y localizar todos los detalles. Algunos son sencillos, si superara el pudor que me ocasiona poner un pie fuera de mi territorio —hogar, dulce hogar, portal y aledaños—: tengo que ir al Retiro, El Tejar, Fuencarral, Parque del Oeste, Plaza de España... Otros no tanto.

c) Debo encontrar un instituto que responda a ciertas características muy especiales... Veamos. Oh madrileños del mundo, ilustradme: ¿deseáis que vuestro instituto sea inmortalizado en una magna obra que dejará en bragas a Harry Potter y después lo sodomizará? Pues si vuestro instituto —en Madrid capital— tiene las siguientes características: público, de más de cinco pisos —chungo, lo sé—, que los ventanales de las aulas den a la calle, que enfrente haya una cafetería con cristaleras desde la que se pueda mirar a la peña que está en clase y ya de paso —sería de coña y glorioso— que tenga la enfermería en el último piso, escribid por aquí y decidme cuál es. Sí, lo sé. Es mucho pedir. Uno que es gilipollas y empezó la novela así, a lo que saliera, sin pensar en localizaciones reales, y luego descubrió que lo que más molaba era el contraste realidad-ficción. Así que intento acoplar, como dios me da a entender.

d) Localizar un edificio por el barrio de Noviciado que tenga más de cuatro plantas con ascensor, a ser posible de los antiguos de hierro, en una callejuela poco transitada. Si podéis ayudar, ya sabéis. Post. Eso que no hacéis nunca.

e) Irme a Londres y documentar el aeropuerto de Heatrow, la calle Oxford, el edificio de Square-Enix, Candem Town, rivera del Támesis, y otros muchos lugares. Para saber qué busco tengo que estar ahí.

f) Conseguir que un londinense me corrija el trozo de conversación que está en inglés, que me aumente el slang y me encuentre erratas.

g) Lograr que un argentino de Buenos Aires Capital Federal me corrija, a ser posible gratis, TODOS los diálogos de dos personajes que son argentinos. De momento tiro gracias a los colegas de Wordreference, pero no les puedo pegar cachos enteros de la novela porque me da reparo que circule por internet, aunque está registrada. Y he documentado como un bestia, pero habré metido la gamba. Así que: AUTOR IBÉRICO BUSCA LECTOR ARGENTINO. Antes de enviar a editorial querría estar seguro de que no he cometido ningún error gilipollas. Lucien y Ángeles no podían ser de Valladolid, no. Tenían que ser porteños (disculpen a los que les moleste el patronímico burlón, pero a mí, como soy madrileño pura cepa, me hace mucha gracia) y de los que no salían del Requiem (boliche darky famosísimo de Buenos Aires, allá por el Microcentro) en su tierna adolescencia. Así que antes de que me toque irme a la Casa del Libro con un pilot y un típex para ponerles tildes a las segundas personas y quitar vocales a los imperativos, agradecería que me mirara el texto un argentino de carnet. Ya sabéis: alvaronaira::gmail.com. POR FAVOR, corre prisa. Al incauto LECTOR ARGENTINO que se ofrezca para el curro (naturalmente, no está remunerado, que yo soy más pobre que las ratas) le agradeceré eternamente su labor, le mandaré por correo certificado un ejemplar firmado y, si tiene afán de protagonismo, meteré en la bitácora su nombre y apellidos para que todos mis ávidos fans le envíen cajas de bombones y ramos de rosas.

Creo que ya. Habrá más cosas. Pero ahora estoy en modo autodestructivo-on. Prometo un post más interesante mañana. Disculpadme: para escribir hay que estar razonablemente deprimido, pero creo que estoy un poco más allá de la línea. Estoy irracionalmente deprimido, y así no se escribe.

Siempre lo digo. Lo sé por experiencia.

Si estás contento, no escribes. Vives.

Si estás muy deprimido, no escribes. Lloras.

Si estás razonablemente deprimido, escribes.

No sé si estoy deprimido o no. No escribo porque he terminado, y estoy ACOJONADO. Eso es lo que estoy. No me atrevo ni a abrir el archivo. Me da miedo que tras el tiempo de descanso y la merienda del Monstruo... Politeísmos me parezca una mierda y me entren ganas de tirarlo por la ventana. O de defenestrarlo, que es lo mismo, pero en simpático.

Desde el último piso del faro, considerando si arrojar mi novela, arrojarme yo, arrojar a todos los editores que se me pongan por delante o arrojar el faro y quedarme a oscuras,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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30 Julio 2006

Pétalo, Cactus y Burbuja.

He acabado el capítulo IV del segundo arco argumental. Trata de amorrrrr. No, no es ninguna ñoñería. Y no, tampoco se regalan Living Death Dolls. (De momento). Son dos licántropos y se quieren como se quieren los lobos: a mordiscos.

No. Mentira. Deberíais echarle un vistazo al documental de Félix Rodríguez de la Fuente del lobo ibérico. Cuando la pareja de lobos alfa se empieza a lamer y a mordisquear los hocicos sin parar, gañendo, emociona. Parte el alma. Te entran unas ganas enormes de salir a la calle a arrastrar tu soltería a ver si a alguna criatura del sexo opuesto le apetece compartir tu soledad y media botella de absenta. Pero luego asomas la nariz, notas el calor y decides que en casa se está mucho mejor, y que tienes tres perros que mueven la cola por ti y que dependen de tu persona para su subsistencia y felicidad, así que la vida no está tan vacía. A veces.

Yo tuve un chucho mezcla de labrador que se llamaba Binky. Sí, como el caballo de la Muerte en Terry Pratchett. Y también tuve una novia. No, ella no se llamaba Binky. Cuando mi perro murió fue una tragedia; entre otras cosas, porque yo sólo salía de casa para sacar a Binky y, de paso, hacía paradas en el supermercado dejándolo atado fuera, así que mi nevera pasó a ser un armario más donde poder colgar la ropa y mi estómago un compartimento extraño que de cuando en cuando hacía ruidos. Al comenzar a perder peso de forma anormal, mi novia me dijo que decidiera entre comprarme otro perro o comprarme otra vida. Consideré más sencillo cumplir la primera opción, pero yo no pago por tener un perro igual que no pago por tener un amigo, así que nos fuimos a un refugio de bichos abandonados y pedimos que nos enseñaran cachorros. Un cachorro te mea toda la casa, te muerde los calcetines, se come tus sillas y, mientras te entran ganas de tirarlo por la ventana, no te da tiempo a pensar en lo mucho que echas de menos a tu perro anterior. Resultó que tenían media camada de dobermans con pedigrí y demás pijadas porque un criador se marchaba de vacaciones, no había logrado venderlos y no podía seguirlos manteniendo en Cancún o en las islas Fidji, así que regaló unos cuantos y los otros los dejó en la protectora. Yo me iba a llevar uno, pero vi los tres y, claro, me llevé los tres. Eran tan pequeñajos que me entraron ganas de metérmelos en los bolsillos. Luego crecieron, y pasaron a consumir kilo y medio de pienso de pollo con arroz al día entre todos y cien euros al año en veterinario por cabeza, así que mi economía se convirtió en un ejercicio de funambulismo, pero eso no viene al caso. Mi novia, al ver las bolitas panzudas, las consideró de lo más kawaii —sí, era una maldita otaku fervorosa, y a mis lectores ajenos al fandom les informo de que la soplapollez anterior significa “mono” en japonés— y decidió bautizarlos del siguiente modo:

“Pétalo, Cactus y Burbuja”.

“Joder”, dije yo. “¿Esas no son las supernenas?”.

“Sí...”, contestó ella. “¿No te parece una monada?”.

Se entiende por qué cortamos, sí. Yo le indiqué que ni siquiera eran tres hembras, sino un macho y dos señoritas. No importó. Pétalo, Cactus y Burbuja. Bien se encargó ella de repetírselo a los pobres animalitos, y de ponerlo en la cartilla y de que lo apuntara el veterinario y de que lo grabaran en el chip.

Y yo, mientras, pensaba:

“¿Y cuando se hagan mayores, qué?”.

Mi novia voló. Mis perros se quedaron. Y sus nombres, también. Talo, Cactus y Buja, por mantener la dignidad y porque un chucho no comprende un nombre de más de dos sílabas. Son tres pedazo de dobermans que rondan los cuarenta kilos —cada uno—, negros y pardos, con la cara como una cuña y los ojos pequeños, las orejas caídas sin recortar porque yo no hago según qué salvajadas, el rabo cortado porque el criador sí que las hacía, el pecho como un armario y las patazas con unas garras que parecen cacahuetes. Pero cacahuetes afilados. Como anacardos... Vale, de acuerdo: el símil no funcionó a la primera, así que no intentaré arreglarlo. Mis perros se hacen la rosca y duermen apelotonados mientras yo escribo o curro. Me recuerdan que es su hora de comer metiéndome la nariz por debajo del brazo que está tecleando y me lo levantan. Me dicen que es su hora de salir del mismo modo. Si estoy tan febril escribiendo que no les hago caso, empiezan a llorar. Me chuperretean la cara. Si salgo sin ellos a algún recado, al entrar por la puerta, entre los tres me tiran al suelo. Cuando se hace de noche, los saco a correr al parque. Sí, a la una de la mañana, o a las dos. Al tener tres dobermans los ladrones y psicokillers no dan ningún miedo; aunque son la cosa más mansa que os podáis imaginar: yo creo que me sale un tío con una navaja y entre los tres se pelean para ver quién le chupa la mano primero. A ver si escaneo una foto de éstas en que salen las tres narices intentando olisquear la cámara y torturo a todos mis lectores con ella.

Me siento solo y un poco triste. Cuando Politeísmos se publique —JA— y todos podáis leer el cuarto episodio del segundo arco argumental, creo que me entenderéis.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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26 Julio 2006

La puta noria.

Cuatro días para acabar la novela. Perdón; cinco. Que julio tiene treinta y uno. Quinientas noventa y dos visitas en la bitácora, la mayoría silenciosas y probablemente confundidas. Cuatrocientas setenta de España, veintisiete de México, las mismas chilenas, diecinueve de Perú, catorce argentinos, siete estadounidenses, ídem de colombianos, tres de Bolivia, otras tantas de Australia (?)y tres, también, del famoso país denominado “El resto”. Seis comentarios de amiguetes —gracias— que ponen posts para hacerme sentir menos solitario e imbécil escribiendo para nadie, y consiguen hacerme sentir más solitario e imbécil escribiendo para gente con la que hablo por teléfono y salgo los fines de semana en que arrastro mi misantropía fuera de casa. Tres de desconocidos —gracias—. Dieciséis personas en comité de lectura de Politeísmos para señalar erratas y comentar las mejores jugadas y, con ello, inflar el maltrecho ego del autor. Una correctora bonaerense en lontananza. Ciento ochenta y tres páginas escritas de Politeísmos. Setecientas veintidós de producción general en toda mi vida. Veintiocho años; los míos. Futuro profesional: cero.

Son cuestiones numéricas. Matemática pura.

Ayer arreglé la estructura del segundo arco argumental y me sorprendió su mecanismo de relojería. Funcionaba. Ayer estaba como unas castañuelas. Me sentía creador, divino, omnipotente. Me sorprendía de pronto pensando: “Ah, el escritor. Qué increíble, qué magnífico, qué asombroso: llevar vida, personas, mundos, universos enteros dentro”. Imaginaba mi cabeza como un solar inmenso, con sus prados, sus cascadas, sus bosques, sus ciudades, su luna y sus estrellas; todo ahí apretadito y encogido, hasta el más mínimo detalle, sólo esperando que lo sacara fuera y le diera cuerpo. Quería a mis hijos de papel más que a mis perros, y eso es decir mucho con lo que yo los quiero. Los conocía mejor que a mis amigos. Me daba la sensación de que podría encontrármelos por la calle y recibir una colleja del coyote, un beso húmedo de la zorra de Verónica y un par de hostias por parte del lobo, bien dadas, como le pasó a Miguel de Unamuno en Niebla. Sólo que él no se llevó dos hostias y yo, si me topara con Álex, me las llevaría fijo.

Ayer escribí poquísimo. Dos tristes páginas. Hoy va la cosa por el mismo camino. Escucho sin parar siniestreces, como si tuviera quince años, a ver si me inspiro. Releo de continuo. Corrijo.

Me canso.

Quiero tenerlo terminado, no hacerlo. Quiero leer esta historia.
Leí a algún panoli —igual un tipo famosísimo y con el premio nobel, pero un panoli seguro— que todo escritor es un lector agradecido.
Mentira. Todo escritor es un lector cabreado. Tú lees y lo que pasa es que no te cuentan la historia que te apetece encontrarte, así que, como nadie la ha hecho, tendrás que hacerla tú. Un escritor empieza con tierna edad a abocetar finales alternativos de los cuentos que no acababan como él quería.

Escribir no tiene comparación. No hay nada que se le parezca. Escribir bien, de corrido, salvaje, imperiosa, compulsivamente. Tal vez se asemeje un poco a jugar a rol, jugar actuando, dejándote llevar y haciendo el capullo a gritos y gesticulaciones, lanzándole los dados a la cabeza al máster, subiéndote sobre la mesa y enarbolando la pajita de la cocacola, para luego proceder a acuchillar a tu vecino con ella. Tú te plantas frente a la pantalla y se abre como una maldita ventana. Cobra profundidad y te sumerges. Metes la cabeza y te traga. Y, de pronto... ya no eres tú. Eres dos, tres, trescientas personas. Todos están ahí. Todos forman parte de ti, pero, al tiempo, son extraños. Hablan y dicen cosas que te sorprenden, que no se te había pasado ni por la imaginación que pudieran hacer. Apenas te da tiempo a ir tecleando lo que sucede. De cuando en cuando te detienes porque no les has escuchado bien. Puede que te toque incluso acudir al diccionario idológico de Julio Casares. Pero son momentos breves, interludios técnicos que se resuelven temprano. Enseguida vuelves a mirar el monitor y te dejas llevar.

Ahora no estoy escribiendo bien. Y me temo que es por el puto plazo. No puedo acabar la novela en cinco días.

Pues queda formalmente ampliado el plazo hasta el día cinco de agosto. Joder. Diez días. Sigue siendo imposible. Que sea sea lo que Dios quiera. No; mejor que le follen a Yahveh. Que sea lo que toda la fauna divina politeísta desee.

Así estamos. No creo que con eso solucione una mierda, pero que no se diga que no lo intenté.

Veréis, yo soy ciclotímico. Iba a poner que si hay dudas no fuérais al DRAE porque no viene, pero sí está, para mi sorpresa. Y dice lo siguiente:


ciclotímico, ca. 1. adj. Perteneciente o relativo a la ciclotimia. 2. adj. Dicho de una persona: Que padece ciclotimia. U. t. c. s.

Acudimos prontamente a la otra entrada y nos encontramos con esto:


ciclotimia. (Del gr. κύκλος, círculo, y θυμός, ánimo). 1. f. Med. psicosis maníaco-depresiva.

Otra vez nos conduce a otro lugar. Sigamos la pista:


~ maníaco-depresiva. 1. f. Med. Trastorno afectivo caracterizado por la alternancia de excitación y depresión del ánimo y, en general, de todas las actividades orgánicas.

Qué bien explicado. Sí, sin duda es eso. Pero veréis, yo lo digo de otra forma, más cariñosa y abrazable. Tengo mi mote porque vivo con mi trastorno y me acuesto con él. Es como un teddy bear, así que lo llamo como quiero. Y me lo follo también cuando quiero, como en el chiste.

La ciclotimia es una noria. Una noria de feria, con luces, con cubiletes. Para mis lectores del otro lado del charco, sé que los argentinos llaman a esta atracción “la vuelta al mundo”. En el resto de Latinoamérica desconozco su denominación: hablo de la rueda que gira verticalmente, llena de varillas como la de una bicicleta, con gente dentro de estuches dando gritos y estirando las piernas para sentir el aire fresco.

La noria. La puta noria. Unas veces está arriba y otras está abajo. Gira sin parar, despacio o deprisa, según le apriete el mando el guarda de seguridad. Cuando bajas, te salpica todo el barro. Das con los pies bamboleantes desde tu cabina en el suelo. Si te inclinas y agachas la cabeza, rozas el fango hasta con los dedos. Dejas de ver. Sientes el contacto frío del metal de la barra de seguridad en la frente. No puedes salir. Te conviertes un un muñeco de trapo. Eres la mierda. No eres nadie. Deberían escupirte al pasar. Te entran ganas de estallar en llanto, de pedir perdón por existir, por haber nacido. Nada de lo que has hecho con tu vida ha tenido sentido jamás. Has perdido el tiempo. Tienes que centrarte. Dejar de hacer castillos en el aire. Tú no eres distinto al resto de la humanidad. Eres un gilipollas, y encima un gilipollas con pretensiones. Te crees algo, y no eres nada. Te entra la risa; te ves en el espejo y es como los del callejón del Gato: estás tristemente deformado, pero te das cuenta, con un escalofrío, de que esa imagen demasiado alta, demasiado baja, demasiado gorda o demasiado flaca, con la cabeza enorme y los pies diminutos que culebrea frente a ti, es la real. Escribir es una gilipollez; es cantarle a la luna, pero con la intención de alcanzarla, de pedirle que baje hasta ti para que te la comas como si estuviera hecha de requesón. Tú no vas a triunfar. Triunfan cuatro. No eres lo bastante bueno y, aunque lo fueras —y no lo eres—, eso no es lo que importa. Tú no conoces a nadie. Tú no vas a publicar ni aunque te atrevas —y no te atreves—. No vas a comerte una rosca, así que deja de volar, que tú no tienes alas, imbécil. Encuentra un maldito trabajo de verdad, cásate y ten tu hipoteca, tu cochecito y tus cachorros. Cuando la noria baja, comprendes que todo es estúpido, y te tiras el resto del día hecho una pelota en un rincón de tu casa. No te mueves. Casi ni respiras. No te duchas porque quieres oler mal, quieres sentirte igual de sucio por fuera que por dentro, quieres rebozarte en tu dolor y en tu mierda y ahogarte en chorretones de lágrimas, esas que tú nunca sueltas porque, claro, lo olvidaba, tú nunca lloras.

De pronto la noria sube. Se pone en marcha. A veces tarda más; a veces tarda menos. Entonces, vuelas. Te da el viento en la cara y te despeina. Los zapatos se levantan del suelo. Tú no tienes el control; no puedes hacer nada para impedir que ascienda. Dios, a veces sube tan deprisa que hasta te mareas. Empiezas a gritar de júbilo, a darle leches al metal. Te quieres poner de pie, quieres alzar los brazos y exclamar que eres el rey del mundo, que la ciudad te besa las botas, que el mundo existe tan sólo para chuparte la polla. Estás tan elevado que puedes verlo todo. En ese maldito momento, eres capaz de cualquier cosa, porque estás arriba, estás tan arriba que tienes una visión completa del paisaje. Los que se arrastran por el suelo son como insectos, hileras de hormigas miserables. Tú no. Puedes triunfar y vas a hacerlo. Ese pico increíble, esa maravillosa sensación de que conseguirás todo lo que te propongas, de que ya lo estás consiguiendo, es LA HOSTIA.

La puta noria. No la cambiaría por nada, joder.

Ya no desde el faro, sino desde la noria: arriba y abajo, arriba y abajo.

Al.

Álvaro Naira © 2006

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