Siguiendo con el homenaje a Umbral, yo he venido aquí a hablar de mi libro. Que si no, los que os levantáis y os vais sois vosotros.
Como bien indica el título, este post continúa una serie en la cual me dedico, con increíble falta de imaginación por mi parte, a hablar de la música con la que escribí mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, posiblemente en enero a la venta en vuestras...!, etcétera—. Hago este tipo de artículos por tres motivos:
1. Porque no se me ocurre otra cosa de la que escribir y toca actualizar, lectores míos, que os marcháis para no volver y os necesito: es absolutamente preciso que venda lo suficiente con la primera tirada de mi novela para que en la Editorial Misteriosa no me rompan la puerta en las narices cuando lleve mi siguiente texto. Así funciona (de mal) el mercado editorial. 2. Porque es todo un desafío ir escribiendo sobre cada canción y la escena que me inspiró sin reventar nada de mi libro, esquivando spoilers como en una carrera de obstáculos, y eso me divierte lo indecible. 3. Porque estoy hasta los cojones de hablar de inspiración, creación literaria y del coño de las musas. Escribir sobre escribir es lo mismo que cascártela delante de un espejo.
Una precisión: no siempre escribo con canciones específicas, claro. Todo lo contrario. Ya os conté cómo escribía yo. Además, me suelo poner música de fondo electrónica o industrial, no wave, dark ambient y otras pijadas, sin voz, para que no me distraiga, en las escenas de relleno.
Por ejemplo:
ADVERTENCIA: NI SE OS OCUUURRA OÍRLAS ENTERAS —¿entonces para qué las pongo? Ya, ya lo sé—. Sinceramente: son un tostón, los cinco primeros segundos se repiten hasta el agotamiento. Para escribir y crear atmósfera, perfecto. Para oír por la calle, no.
En la última entrega de esta fascinante saga estábamos examinando la música con la que escribí el capítulo IX del primer arco argumental de Politeísmos. Me voy a saltar unas cuantas canciones porque son horrorosas y porque algo me tengo que guardar para cuando saque la edición extendida de mi novela con muñeco incluido del Álex y botas New Rock en la cajita, y pasamos al décimo episodio. Y con él, llegamos al final del primer arco del libro —lo que os tenéis que estar perdiendo entre arcos y capítulos—. Aquí las cosas se empiezan a poner serias. A partir de este momento —la mitad de la novela, toma ya— yo, como lector, empezaría a pasármelo de verdad en grande. Porque Politeísmos son dos historias en una —serán dos películas cuando todos los directores se peleen por llevarla al cine— y yo prefiero la segunda, sin lugar a dudas.
Escribí la escena trágica —lo que pasa cuando dos niñas góticas van a un examen sin estudiárselo, y por supuesto que no es eso lo que sucede, ya lo descubriréis cuando tengáis el libro en vuestras manos— con Teen Angst de M83.
Tengo debilidad por esta canción, aunque no sea gran cosa. Es electrónica simplísima. Y la letra es tan sólo:
How fast we burn.
How fast we die.
(Qué rápido nos quemamos. Qué rápido nos morimos.)
A mí, me llega. Y mira que está sobado.
Pero me llega todavía más la siguiente canción, que se engancha en la misma escena.
Bueno. A ver cómo me explico sin reventar.
Ésta es la canción que no dejaba de escuchar en el metro mientras escribía la novela. Ésta es la canción que condensa a mi personaje protagonista. Ésta es “su canción”, si nos ponemos ñoños. Y la escena que escribí con ella es una de mis favoritas, además de ser profundamente cinematográfica y quedar de puta madre como final de peli, con la cámara alejándose, mostrando cada vez más la calle y con el fundido en negro y la bajada de los créditos de golpe con el estribillo —sí, soy un freak y me diseño mi propia película, yo qué le voy a hacer—. Aparte, me encanta Depeche Mode. Arrestadme.
La letra, y traducida, que sé que os interesa muchísimo.
Al trasladarse al español se pierde, naturalmente, el valor de la metáfora. El dicho inglés de “ponte en mis zapatos” enlaza con la imagen de tropezar en los mismos pasos —¿sigo diciendo obviedades? Mejor lo dejamos—. Pero soy un defensor de las traducciones literarias y no literales, a excepción de las automáticas, que suponen una continua fuente de diversión. Me guste o no, el dicho en castellano es con “pellejo” y así hay que traducirlo. Punto.
Aquí debería acabar el post, porque en este momento de la novela hay un quiebro brutal. Os garantizo que os obligo a parar en la lectura, a pestañear, a mover la cabeza, a cerrar el libro unos minutos, a masticar bien la escena anterior. Es lo que quiero que hagáis y creo que lo consigo. Pero ya que no estamos leyendo mi novela sino haciendo el capullo, continúo con músicas.
Y he aquí la sinfonía sonámbula de las sombras, la luna y el deseo, que pone banda sonora a las seis páginas ante las cuales sacudiréis la cabeza, diciendo: ¿qué pinta esto aquí? Pues pinta. Digamos que es un flash-back... de unos cuantos miles de años. Y la protagonista camina a cuatro patas.
Y ya me callo.
Regresamos prontamente con el amigo de todos los niños: Álex, el cabrón con pintas que se pasea por Politeísmos en todas las páginas impares y en unas cuantas de las pares con su sobretodo de cuero y sus botitas pegándoles patadas a los párrafos. Abrimos el segundo arco argumental de la novela, de nuevo yo me flipo y me monto el comienzo de la peli minuto a minuto, y no os lo detallo porque lo reventaría. De nuevo. Lo que sucede es sencillo: en resumen, al Álex le duele la cabeza y se toma un par de aspirinas. Fascinante, ¿a que sí? Sé que no podéis esperar a comprar mi libro para saber cómo se resuelve esa trama trepidante con su consecuente peripecia. Paciencia. Muy pronto.
Es de todos conocido que a mí me gusta NIN. O me gustaba. Y esta pieza es una de las más impresionantes que he escuchado nunca en ruido orquestado. No en ruido. También le doy al ruidismo en periodos gótico-depresivos, pero me gusta más cuando está organizado. Puro escrúpulo; si me pongo música prefiero que lo sea, al menos a ratos. Que sí, que Daniel Menche será la hostia en bicicleta, pero yo no lo diferencio de una psicofonía presentada por nuestro ínclito Iker Jiménez, gloria nacional de las artes y las letras, no como ese advenedizo de Umbral (es el tema del día).
Juzguen ustedes:
Daniel Menche, grandísimo artista conceptual (?):
Versus
La voz del Más Allá, en vivo y directo en sus pantallas:
Si he de ser sincero, esta grabación me pone los pelos de punta. Esa voz repugnante, salida del abismo, antinatural, horrísona, tremenda, que dice:
“Es un infierno. Es un minuto y pico; la grabación original son diez. Allí no se escuchaba absolutamente nada, la gente se puso en otra sala, esa grabadora estaba en silencio total, en un sótano... Lo escuchamos”.
Brrr.
Para tranquilizarnos, un polvo con galletas y a la cama. Os dejo con Aphex Twin, Nannou, que también tiene su punto inquietante. Con ella escribí un diálogo de dos personajes sobre lo divino y lo humano, que leeréis...
Ha sucedido lo impensable: me han enlazado desde Historias, blog que se dedica a recopilar las pajas mentales varias que pululan en la coctelera, el mejor servidor de bitácoras de la red —porque estoy yo en él—. Me ha hecho mucha ilusión, he dado palmas con las orejas, me he preguntado qué extraordinario motivo les habrá llevado a enlazarme y, finalmente, he descubierto el misterio de por qué habían ascendido de manera anormal las largas visitas (de un segundo de permanencia en la página). Entráis desde ahí.
Pues bienvenidos al faro, si es que os da tiempo a leer esta línea.
¿Y a vosotros, oh lectores habituales, esto qué coño os importa?
Pues mucho. Porque al enlazarme, el individuo en cuestión ha destacado un detalle de mi novela que no carece de gracia, pero que crea un pelo de mala imagen. Cosas del marketing; aquí estoy yo para arreglarlo.
Se ha zampado toda la bitácora —gracias, qué paciencia— y ha definido Politeísmos parafraseando un post muy antiguo:
Crítica literaria, reseñas, escrituras, fricadas, siniestreces, gotiqueces, literatura fantástica y destellos sobre "Politeísmos", su novela, inspirada en Los Panchos, Britney Spears y "los temas más cañeros de Chenoa".
¡Pero Al! —diréis— ¡Tú molas! ¡Tú no escuchas a Chenoa! ¡Tú eres gótico (y de Carabanchel)!
1. No soy gótico. (Venga, gritadlo. Sé que lo estáis deseando: “Soy tan gótico que... NIEGO SER GÓTICO”).
2. No escucho a Chenoa. Tampoco a Los Panchos ni a Britney Spears. De hecho, ni siquiera estoy muy seguro de quiénes son Los Panchos...
La definición fue extraída del primer post de banda sonora, en que me reía un poco del personal antes de dar una lista de OSCURIDADES terribles, PAIN & SUFFERING vario y otras automutilaciones a la carta. Porque, como sabéis los pocos que me leáis desde el principio y hagáis los deberes, en mi novela hay góticos y la he escrito con siniestreo del bueno, siniestreo del malo y cosas que ni de lejos son siniestreo. Básicamente.
De no ser por el blog de Historias jamás se me habría ocurrido poner aquí otro post de banda sonora, que a nadie le interesa. Pero estoy hasta los cojones de leeros la mente: ¿yo qué huevos sé lo que os interesa o no?
Os recomendaría que antes de seguir leyendo os tragarais la primera parte de este post, que por algo me he matado a subir todas las canciones y actualizar los vídeos que se habían caído y seguían por ahí, pero no vais a hacerlo.
Así que os voy a explicar un poco cómo escribo yo.
Yo escribo mucho en el metro. En la ducha. Por la calle. En el parque. Sacando a mis perros a correr. Escribo con música a toda potencia en los oídos. Escribo sin ordenador, sin papel ni boli. Escribo con la cabeza.
Cuando una canción me sugiere una escena, la escucho de nuevo. Vuelvo a ponerla. Recapacito la acción completa y me la cuento. La acoplo al ritmo de la música. La pienso y repienso, la actúo, la digo, hago los diálogos y pongo las voces —cuando volváis a ver a alguien hablando y gesticulando solo por la calle, no le interrumpáis: tal vez sea yo y esté creando una obra maestra—. Oigo la canción mil veces. Mejoro el texto mental con cada repetición. Desarrollo los pequeños detalles de la escena hasta que me la sé de memoria.
Por la noche, ante el ordenador, la escribo. Normalmente, en completo silencio.
Eso es lo que yo denomino “banda sonora”. Aquellas canciones que me sugirieron historias, que para mí están tan apegadas a escenas que veo la acción y a los personajes haciendo el cabra. Como si fueran videoclips.
Y ahora, vamos a jugar a un juego. Vamos, jugaré yo: vosotros me miráis.
Voy a seguiros contando con qué música escribí Politeísmos, pero sin hacer ningún spoiler; sin que os enteréis absolutamente de nada de lo que pasa en mi novela, y sin que os aburráis: lo más difícil.
[¿A que esta imagen es una putada? Yo quiero la camiseta...]
Nos habíamos quedado con The Cure, que ponía banda sonora al final del capítulo tercero del primer arco argumental —cielos, ya habéis dejado de leer todos. Procuraré ser menos críptico—. Ahora pasamos al cuarto episodio, y llegamos a una conclusión horrenda:
El cuarto episodio del primer arco argumental lo escribí sin música.
¿Por qué? En primer lugar, porque fue una auténtica acrobacia técnica y me llevó horas y horas cada línea para generar el contrapunto que buscaba. Escribí a dos columnas y luego lo organicé. Era casi como dibujar y borrar; como realizar un cuento con la escuadra en la mano. No me podía permitir “inspirarme” y dejar volar la imaginación: quería hacer algo muy concreto y necesitaba el compás. En segundo lugar, escribí sin música porque nadie, de momento, ha hecho una versión electrónica-industrial de la Novena de Beethoven —con distinta sinfonía, claro— y la Letanía Lauretana como letra, que sería lo más oportuno para este capítulo.
Yo explico. Pero poco, para que no sepáis qué pasa. La acción va subiendo lentamente; se enlazan dos escenas distintas hasta que se mezclan con precisión milimétrica. Si conocéis la Novena con letra de Schiller en lugar de la versión de Miguel Ríos —qué puta vergüenza de vulgarización, que ha hecho imposible que oigamos el original sin prejuicios— convendréis conmigo en que lo impresionante del IV movimiento es que empieza con música a pelo y los coros se van hilvanando poco a poco hasta que se superponen a la música, hasta que anulan por completo los instrumentos, hasta que no entendemos una mierda, hasta que parecen miles de voces enredadas en un continuo de felicidad suprema, hasta que llegamos al caos extático, angélico, de la contemplación de la divinidad cristiana en el paraíso terrenal.
[Aquí tenéis sólo los coritos, el final del IV movimiento. Aunque me parece un crimen de lesa majestad no escuchar la sinfonía entera...]
Bueno, yo no soy cristiano. Ni siquiera soy monoteísta. Así que me gustaría para el episodio cuarto de mi novela una canción que cumpliera con las características de ascensión y de mezcla, pero en oscuro y atormentado, ya sabéis. Electrónica, industrial. Postpunk de guitarreo y voz de zombie para este episodio no pega. Lo de la Letanía Lauretana viene al caso porque, como mis muchos lectores del Opus Dei saben, la Lauretana es el conjunto de latinajos que se rezan al final del rosario. Lo quiero como letra porque tiene que ver con la acción. ¿Intrigados? ¿Sí?
¿Qué pasa en este maravillosísimo cuarto episodio del primer arco argumental, que tan medido y calculado y estupendamente entretejido está, prodigio estilístico, literatura pura, multitud de recursos dispuestos y orquestalmente armónicos?
Que follan.
PUM, acabáis de hacer, que os he oído. Vale. Denomino cariñosamente a este episodio Escena de Sexo Absolutamente Gratuita, ESAG en adelante. En origen la intención era despollarme un rato, como siempre, y hacer finísima crítica de los best-sellers, que tienen su escena de folleteo innecesaria para el argumento: si yo hago un texto que va a caballo entre la literatura masticatoria y la alta literatura, si camino siempre en delgadas líneas, lo hago. Con dos cojones. Así que está la ESAG como mandan las normas de escritura bestselaria... pero por cuestiones técnicas y capulladas diversas, el capítulo que sobra es una auténtica maravilla de clímax-anticlímax y, posiblemente, lo más impresionante de la novela en el sentido estilístico.
Tendréis que leerla.
Continúa el quinto episodio con una canción que a mí me parece una chufa y más simple que el mecanismo de un chupete.
Está para un trozo de acción necesaria que es una chufa también y prepara las cosas realmente interesantes que sucederán de inmediato, que consisten, básicamente, en que las tres niñas góticas que coprotagonizan la novela se agarran unas bicicletas y se ponen a recorrer Madrid al ritmo de Verano Azul.
En sus viajes en bici ven cosas asombrosas que no os voy a relatar (algunos de mis viciosos lectores han reconocido la imagen y saben muy bien de lo que estoy hablando. Y SE LO CALLARÁN para no reventárselo a los demás).
La niña gótica 1, que responde al nombre de Rebeca —aunque es como los gatos, que nunca acuden a la llamada— luce un atrevido conjunto de cyberpunk torturada y está, directamente, basada en el videoclip con el que escribí sus hazañas madrileñas —qué pasa, ¿no es postmoderno verse influido por un videoclip?—. Descubre a Su Gato Interior y se lo folla con música de Android Lust. Más o menos. Es decir, que no. Que no es eso lo que pasa.
La niña gótica 2, Mónica a todos los efectos, Mon para los colegas —adviértase el pretencioso intertexto entre el nombre de la protagonista y una obra de gran calado entre la intelectualidad como es la de SM serie blanca—, viste como una Puta de Satán, aparca la bici y acaba rebozándose en el césped del parque del Oeste, junto al templo de Debod. Abre las alas —porque su dios interior es un cuervo, tan gótico él— y sale volando. Y de nuevo os he mentido: no vuela; es falso. Se la quieren comer unos pinos. Y os he vuelto a mentir; son tilos. Esto... mejor pasamos a la siguiente canción, no sin antes escuchar la música y hacer unas precisiones:
[Por si se cae el vídeo, que hasta los huevos de youtube estoy, lo pongo también con goear, del que estoy igualmente hasta los huevos:]
Esta canción es la polla. PERO no es de Aphex Twin; no sé por qué cojones existe la leyenda urbana en la red de que Aphex tiene una canción de violines que se llama Outside Kick Ass Violin Solo. NO. Es una canción del grupo Outside, álbum The Rough & Smooth, llamada To Forgive But Not Forget (Lim'chol V'lo Lishkoach). Acompaña a Mon durante todo su periplo y si supierais qué es lo que le pasa a mi personaje, disfrutaríais de la música mucho más. A mí nada me haría más feliz que dibujar de puta madre: me encantaría hacer en animación toda esta escena. Porque se presta a ello. En plan surrealista.
Verónica, la niña gótica 3, es una Princesa de las Tinieblas, una nínfula y una lolita. Y una zorra, por dentro y por fuera —lectores míos, ¿todavía hay alguien en la sala que no sabe que Politeísmos trata de divinidades animales y totemismo urbano?—. Verónica es tan zorra que hasta tiene dos canciones para ella solita en este episodio: siempre chupando cámara.
Escribí con Happy pill, mientras está a punto de atropellarla una nave espacial madrileña —¿qué? Pues eso— y con Blood, de Editors, cuando se encuentra con nuestro Hijo de Puta Favorito, verdadero y único protagonista de la novela —Álex, el lobo feroz, botas New Rock, huevos cuadrados, mala hostia incalificable, todos lo amaréis y lo odiaréis a partes iguales—. En la casa del lobo asistimos a una entrañable transformación de licantropía de las que todos sabemos que a mí me gustan. (Claro que no pasa eso; no jodáis.)
Para que dejéis de sufrir por no saber lo que sucede, os pego la última palabra del diálogo del capítulo sexto del primer arco. Es la siguiente:
—Interesante...
Ahora que he calmado vuestra insana curiosidad de saber qué pasa en mi novela, seguimos con músicas. Me salto algunas y os pego mi canción favorita para escribir paja y no quedarme frito:
Ideal para cuando los personajes y el que firma tienen que caminar por Madrid. Vas al ritmo y dando codazos al personal y sintiéndote el puto amo.
En el capítulo VIII (caramba, ¿cómo hemos llegado tan rápido?) están en un garito, y las músicas son las propias de un garito, y de lo más típicas.
Comenzamos con el Manson, muy oportuno para que al personaje de Álex le apetezca merendarse al pincha sin necesidad de echarle ketchup, y seguimos con Bauhaus, para que otro personaje de fuera de la escena siniestra pueda dar su Sincera Opinión de lo que opina de esa música. Naturalmente, en la novela no se informa de estas cosas. Estáis disfrutando, queridos lectores, de la Edición Extendida de Politeísmos comentada por el autor. ¿A que os sentís especiales? Sabréis más cosas de mi novela que aquellos que la agarren en la tienda. Eso, si me seguís leyendo, que a estas alturas lo dudo.
[Esta canción es un clásico. Y no, no tiene nada que ver con la acción; los vampiros a mí me dan alergia. Escribí con ella porque me gusta; es jodidamente irónica, no se toma en serio a sí misma ni por un momento: “Bela Lugosi is dead... undead, undead”. ¿Esto es gótico y atormentado? Venga ya, es un puto cachondeo. (Por eso me encanta). Se trata, por supuesto, del directo que aparecía en la peli de vampiros de David Bowie.]
Más adelante hay un desencuentro amoroso un tanto desagradable y escribí con una canción que no me gusta, pero la letra venía que ni hecha a propósito. Es lenta y desesperanzadora —traducción libre: aburrida—, y ése era el tono de la escena, que, salvo porque uno de los personajes lleva una camiseta interior rosa de gatitos, es bastante dura y triste.
Ahora sí que me vais a matar, porque el comienzo del episodio IX —y ya estamos en el noveno, hay que ver lo que corremos— lo hice con... la banda sonora de Jóvenes y brujas.
No sabéis lo que me reí escribiendo. Mis lectores de menos de catorce años chillarán que no estoy informado y que en realidad esta canción pertenece al opening de una serie infumable. Pues también, es una desgracia con la que hay que seguir viviendo.
En realidad esta canción es una versión de un tema bastante interesante de The Smiths que trata de homosexualidad con algo de azúcar pero también con algo de sinceridad, como bien dice la letra:
You shut your mouth
How can you say
I go about things the wrong way?
I am human and I need to be loved
Just like everybody else does
De ahí a abrir una serie de brujas para espectadores oligofrénicos —sí, estuve enganchado unos cuantos episodios, hasta que tanta gilipollez me reinició el cerebro— hay un cacho. Lo que viajan los temas, ¿eh?
Para darle una bofetada a tal cantidad de tonterías, las tres niñas góticas —tienen de media diecisiete años, pero son unas niñatas y pienso llamarlas así siempre— apagan la película que estaban viendo, se dejan de chorradas y pasan a hacer una aún más gorda. Nosotros, como buenos lectores, nos ponemos a escuchar a Diamanda Galás. Ipso facto, nos cagamos encima. Luego, seguimos leyendo.
Aprovechad para ir al baño. Yo seguiré torturándoos con cosas que no os interesan...
Y como está todo de culo y yo soy más estricto que ningún escritor que exista sobre la faz de la tierra, tengo mucho trabajo. Me niego a que aparezca una expresión más de tres veces en todo el libro. Nada. Ni una. No se puede repetir ni una puta preposición. Faltaría.
Así que voy buscando lo que me parece que empleo demasiado (verbigracia, adverbios en –mente) con la herramienta del word y voy eliminando rebuznancias y reiteraciones. Tengo como para quince días de corrección, y cuando termine consideraré que ha quedado mucho peor, regresaré a la versión antigua y todos tan contentos.
Así que me aburro.
Puesto que me aburro, sólo tengo una misión en la vida: aburriros a vosotros también. Por eso os voy a hablar un poco de música, por joder. Naturalmente, como todos podréis imaginar, si he hecho una novela de gotiqueces, he escrito con los últimos éxitos de Los Panchos para inspirarme y, cuando me hartaba, con Britney Spears y los temas más cañeros de Chenoa. Puesto que no sé si estáis preparados para escuchar los mejores éxitos de los Hombres G, bajo cuya elevada visión musical produje gran parte de mi libro, aquí tenéis otra lista alternativa.
Ojo: no serán todo siniestreces. Lo digo para los neófitos en la Oscuridad que buscan listas de “grupos góticos” para definir sus gustos musicales y quedar de guays ante sus amigos. Escribí con siniestreo bueno, con siniestreo malo y con cosas que ni de lejos son siniestreo. Lo que no es gótico, por si las dudas, es...
Mejor no lo digo. Os jodéis y adivináis. Anda que no me pondría a mí ver a un siniestro con la camiseta de grupos tan góticos como... qué sé yo: Bush, Hedningarga o Placebo. Me reiría un huevo y pensaría: “Mira, este capullo ha entrado en mi página”. Luego le pediría un autógrafo. Porque entrar en mi página es todo un acontecimiento.
Comencé a escribir la novela con un tema sobadiiiiísimo: Sister of Mercy - No time to cry.
No es de las mejores de los Sisters, a los que siempre aclamaré como mi grupo favorito —aunque dejara de serlo hace mucho tiempo—, y a Eldritch como una de las voces más acojonantes de la escena y el mayor capullo del planeta —eso sigo pensándolo—. Más bien es de las peores. Prefiero con mucho Dominion, Temple of Love o This Corrosion, y escribí toda la primera escena sonando el recopilatorio una y otra vez, así que cualquiera valdría. Me quedo con ésta porque es lenta y reiterativa, y el comienzo del texto, como todos sabemos, es un despliegue de acción, rotura de cristales, estallidos de coches y entradas triunfales de tipos con ametralladoras. (Para todos los lectores que no saben de qué va mi novela, empieza con un tío leyendo un libro.) También valdría More, pero la letra es AÚN más tonta. El vídeo que os he vinculado es una macarrada donde Eldritch nos ilustra acerca del poco sentido del ridículo que se puede llegar a tener, lo mal que le pueden quedar a un tío unas gafas de sol y cómo es posible ser un hortera a pesar de vestir entero de negro y no con camisas hawaianas, y también nos sirve de ejemplo de lo cutre que suena una canción cuando parece grabada con el móvil.
Lo siguiente, que pone banda sonora al sexo de dos personajes y tal —mmm, pensaréis. Sí, sexo, sexo, desde la primera página, claro que sí, todo el mundo follando como micos—, tenía que ser, por supuesto, una versión del Tainted Love. Elegí los Skinny Puppy, aunque son todas iguales. Sin embargo, a pesar de que he dicho eso porque tengo una imagen que cuidar, no he encontrado vínculo de los tíos industriales del cachorrito escuálido, y las otras versiones del Tainted Love son una bazofia y no las trago ni en pintura. Si queréis oír la que os digo bajadla. Y ya sabéis, es para propósitos educativos —Skinny Puppy es muy educativo— y si no la borráis de vuestro disco duro en menos de veinticuatro horas vendrá la SGAE y os dará unos azotes. Si no os pone la perspectiva, sed legales. Si os va el sadomaso, pues nada, a delinquir.
[Nota: encontré la forma de subirla sin vídeo, así que aquí la tenéis. Tarda en cargarse, ponedla en pause. Y por cierto, NO es de Skinny Puppy. Es de Deathline International, álbum Zarathustra... ya sabéis los problemas que tiene bajar música de la mula...]
Salen nuestros personajes del local —sí, tenían sexo en un lugar público, qué vergüenza, no hay moral ni decencia ni buenas costumbres— y yo escribo escuchando una gran canción de un mal grupo.
No es nada personal, pero no trago los maullidos de gato del Dani Mierda —traducción estricta de Danny Filth—, aunque esta canción sigue siendo la polla. Claro, es MAZO de siniestra. A mí que me registren. Echadle un vistazo al vídeo: los mechones rosas del teclista son la cosa más gótica que he visto en años, y el tío del hacha es mi ídolo desde que era pequeño; intenté parecerme a él dejándome barba, pero no obtuve esos resultados tan chulos, así que me dediqué a pelármela tranquilamente con la piba del vídeo, Blancanieves ataviada con un collar a la moda del año cero, modelo Corona de Jesucristo en el Calvario. Mirando bien a la señorita dejó de ponerme porque lleva pintalabios negro, y si os habéis enrollado alguna vez con una gótica coincidiréis conmigo en que ese maquillaje sabe a puta mierda y dan ganas de decirle a la niña que haga el favor de ir a cara lavada, que para el sexo es un asco y te deja cierta zona de la anatomía con churretes que no salen ni con estropajo y... mejor lo dejamos aquí.
Continua el emocionante periplo de mis personajes, y suceden cosas de una profundidad apabullante, tales como que un tío va a buscar a unas niñas al instituto. Escribí con Echo & the Bunnymen - People are strange.
Esta canción me descojona. Sí, ya sé que es de una peli de vampiros ochenteros y brujahs —como podéis observar en el vídeo, cacho cutre de Jóvenes ocultos, o lo podríais hacer si no se hubiera caído, me cago en la puta— y una versión de los Doors. ¿Y? A mí me parte; no puedo evitarlo. La letra es divertidísima: “La gente es extraña cuando tú eres extraño, las caras son feas cuando estás solo...”
¿Qué puede oír una niña gótica como el personaje de Verónica en los cascos? ¿Escuchará acaso a los Cure? ¿A Lacrimosa? ¿A Depeche? ¿Oirá tal vez a Joy Division? ¿O le gustará Bauhaus? ¡SÍ! ¡Lo habéis adivinado! Verónica escucha Marilyn Manson - Coma white.
Bueno, el Manson es un payaso y todos lo sabemos, y sólo verle produce vergüenza ajena. Pero he aquí un detalle de enorme inteligencia —tiene que tenerla para lo que se ha forrado—. Cuando tuvo lugar la matanza famosa de chavales en el instituto Columbine, hicieron entrevistas a cantantes para que salieran soltando majaderías de qué les dirían ellos a esos chicos que están tan desesperados. Los superstars fueron diciendo sus chorradas sin trascendencia, y pidieron la paz mundial como las supermodelos en los concursos. Manson no. Cuando le preguntaron qué les diría a esos chicos, respondió: “No les diría nada. Escucharía lo que ellos tienen que decir”.
Hale, pasaos la noche en vela pensando quién es el payaso y quién no.
(Por otra parte, sus canciones son ñoñas, tontas y memas, y debería buscarse un buen estilista, aunque lo suyo no tiene arreglo.)
En cuanto Verónica apaga la música, empecé a escribir con otra canción graciosa y divertida, con la que acabé el capítulo: Jesus and Mary Chain - Cracking up. No está en youtube —yo intento ser legal pero no me dejan— así que podéis bajarla aquí. Atención a la letra: “Soy un monstruo, dicen que estoy incompleto”; y eso con una musiquilla que dan ganas de ir bailando por la calle chascando pitos y haciendo zapateados. Es la cosa más alegre —dentro de lo torturada que debe ser cualquier canción siniestrilla, claro— que os podáis echar a la cara.
[Y... añadida también. Esta SÍ sé con total seguridad de quién es.]
Comienza el segundo episodio y ocurre lo que todos estábais esperando: que empieza con Hurt, balada casi a capella, que si no prestas atención a la letra es una ñoñada y una nana para quedarse frito, y si prestas atención a la letra te entra la risa, pero si tienes quince años te pones a jugar con cuchillas, que es muy siniestro. Aunque NIN no es gótico, como nos informa la Inciclopedia en su décima norma de la Guía Rápida para ser un Buen Oscuro:
“Compra o bájate las discografías enteras de las siguientes bandas: Marilyn Manson, HIM, Rammstein, Evanescence, Nine Inch Nails. No es necesario que te gusten, pero sí que conozcas cada canción de memoria. Tú eres el mejor gótico y solo escuchas lo mejor, aun sabiendo que ninguno de los citados grupos es gótico, pero ellos, como bien sabes y al igual que tú, son unos incomprendidos”. Chapeau. Pero a mí Rammstein y NIN me gustan, qué le vamos a hacer, detenedme si os ofende. Así que, a pesar de que se me escape el cinismo a chorros, esta canción es MUY buena y se me ponen los pelos de punta con la letra.
En el vídeo que os he pegado no sé qué pintan los muñecos manga, aunque ya conocéis a los friquis: dadles un ordenador y echaos a temblar. Desapareció un enlace mucho menos cargante, con una piba que no dejaba de fumar y de fumar. No, no hay vídeo oficial en youtube de la versión buena. De conciertos, las que queráis, pero ya andaba más talludito el Reznor y con la voz bastante estropeada, así que os coméis el anime fansubeado de Trigun, que por otro lado es una serie steam-punk inspirada en el salvaje oeste americano (wikipedia dixit). Toma ya. Os traduzco la canción porque me apetece y porque me gusta torturar a mis lectores:
Nine Inch Nails - Hurt
Hoy he vuelto a hacerme daño / a ver si aún soy capaz de sentir algo. / Me he centrado en el dolor, / la única cosa real que existe. / La aguja abre el agujero: / el viejo y familiar tormento. / Trato de mantenerlo alejado / pero lo recuerdo todo.
ESTRIBILLO
¿En qué me he convertido, / mi más querido amigo?
Toda la gente que he conocido / acaba marchándose.
Pudiste quedarte con todo / mi sucio imperio.
Yo te haré caer.
Yo te haré daño.
Llevo esta corona de mierda / y me siento en mi trono de mentiras / repleto de pensamientos rotos / que no puedo reparar. / Bajo la mancha del tiempo / el sentimiento desaparece. / Tú eres otra persona / y yo sigo siendo el mismo.
REPITE ESTRIBILLO
Si pudiera empezar otra vez / a un millón de kilómetros de distancia / Protegería mi interior / y encontraría mi propio camino.
Vaaaale, es de lo más gótica —aunque no sea gótica— y habla de heroína, y traducir siempre es un espanto. ¿Y qué? Me mola, me parece muy sincera y destrozada. No me sugiere un niñito jugando al tres en raya con cuchillas en sus antebrazos. Me parece un dolor real, puro y simple, desde el propio título. Y eso lo respeto. Al parecer el Reznor dudó si meterla en su disco porque era muy personal, y luego se cayó de culo cuando se enteró de que era la preferida de las strippers para desnudarse al ritmo en los putiferios. Cosas de la vida.
Johnny Cash la versionó con buen gusto y voz cascada de anciano derrotado. No es mala, pero prefiero el original. Creo que le pega una voz triste y agotada, pero joven, incluso adolescente (torturado, siempre). Hace poco vi que habían cogido la de Cash para un anuncio de zapatillas. Ya sabéis, con nike hay menos "Hurt". No comments.
Escuchando Hurt de NIN escribí hasta el final de la escena de la ducha del segundo capítulo. Para mis lectores ávidos, aclaro que la escena de la ducha no es erótico-festiva, sino la forma más trágica, rápida y efectiva de mostrar en pocas líneas a un personaje machacado que he leído en mi vida.
La siguiente escena está con una canción bastante típica que no merece mayores comentarios: Paradise lost- Say just words. El vídeo (cómo hacer algo decente con recursos cutres) a mí me mola, pero yo estoy enfermo: no me hagáis ni puñetero caso.
Cuando los personajes salen a la calle desde el oscuro lugar en el que se encontraban —un bar de tapas asturiano, TEMBLAD, MALDITOS— y se dirigen al Retiro entra algo más electrónico, ruidoso y desagradable: Skinny puppy - Tormentor. Os pegaría el vídeo, pero es un directo, suena mal y me da demasiada vergüenza la pinta del pájaro. Mejor os bajáis el mp3.
[O lo oís aquí, claro. No, no hay dudas tampoco; tengo el disco.]
Nuestros héroes, tras diversas peripecias de tipo religioso al ritmo estrangulado del perrito flaco, se sientan en el banco y yo empiezo a escribir con Katatonia - Ghost of the sun.
Por fin un buen vídeo, por cierto. Qué despliegue de medios. [Nota: hasta la polla de youtube. Desapareció el vídeo. Se trataba tan sólo de la canción con la portada del disco fija, así que no salimos perdiendo gran cosa. Pinchad en goear y nos quedamos igual.] En el momento en que Álex empieza a citar una fábula de Esopo (¿QUÉ?, diréis) y se pone místico antes de marcharse, cambié de canción y escribí con Oomph! - Kontrollverlust, que es también lo que se pone en los cascos porque ésta la clase de música que le mola al lobo feroz cuando no escucha Schubert o ruido de taladradoras.
En la parte dura del estribillo pulsa el play y el volumen de la música subiría de golpe en la película —sí, qué pasa, diseño hasta la OST de la peli—. Se da de bruces con las niñas, ésas que todos conocéis, queridos lectores, y yo pasé a escuchar London After Midnight - The Black Cat.
Coincidiendo con el momento en que el lobo se mete en su cuarto, me puse a oír a Amber Asylum - The song of the spider war. Sudaréis sangre para bajarla porque sólo tiene una fuente.
Y ya que andábamos con arañas, mientras los personajes aderezan su conversación chamánica con litros y litros de alcohol, escuchamos una de las mejores canciones de The Cure.
Sí. Lullaby, que ocasiona ataques epilépticos y catatonias varias a los que somos marvel-zombies cuando nos empieza a hablar de su coco personal: spider-man. Pero no, no se refiere al aventurero enmascarado, sino al hombre del saco con patas de alambre que se come a los niños malos. Y la canción es buena, está de puta madre escrita, y si es repetitiva es porque se llama NANA: “On candy stripe legs the spider-man comes / softly through the shadow of the evening sun / stealing past the windows of the blissfully dead / looking for the victim shivering in bed / searching out fear in the gathering gloom and / suddenly! /a movement in the corner of the room!...” ¡Patas rayadas como bastones de caramelo! ¿Quién no ha pensado en eso cuando se ha encontrado con una tarántula en su colchón? Mola un huevo. El vídeo es de coña, limitáos a escuchar. Aunque me gusta el pijama de rayas en combinación con el peinado y el pintalabios, y la vagina de peluche siempre me ha atormentado.
Y hasta aquí, la banda sonora de los tres primeros capítulos. Mañana, más.
Arf. Es muy difícil contaros la música que empleé para escribir sin hacer spoilers, es decir, sin contar absolutamente nada de lo que pasa. Os tendréis que estar llevando la impresión de que en mi novela no sucede NADA.
¿Estaréis en lo cierto? Para averiguarlo... COMPRADLA CUANDO SALGA, CABRONES, QUE EL AUTOR TAMBIÉN TIENE QUE COMER.
Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.