He aquí un artículo más de vuestra categoría favorita: ¡sí! ¡Crítica literaria! ¿Cómo? ¿Que os aburren estos posts?
Mala suerte. A mí me encantan. Son comodísimos de escribir y voy con prisa: estoy teniendo una semana jodida —más detalles, cuando haya tiempo—; además, los libros engullidos y mascados se acumulan sin ser puestos a caldo, mientras que las novelas por leer crecen y crecen, se reproducen entre ellas y amenazan con exterminar a la fauna autóctona (en este caso, mis perros, que duermen al lado de las pilas de libros).
Sin más dilación, pasemos a las subcategorías de siempre: novela, cuento, no ficción, miscelánea y MIEEERRRR... Explicaciones luego. Iremos a velocidad absurda como en la peli de Spaceballs, para variar.
¡Veámoslo otra vez! ¡Nunca me canso de esta escena!
NOVELA
Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline
Da mucha vergüenza admitir que no leíste Viaje al fin de la noche antes de los treinta años. Con las mejillas teñidas de rubor, te pones ante Céline, lo abres y luego se te cae de las manos y te caes tú detrás. Pero de rodillas. Es bueno. Es más que bueno. Es GENIAL. El traductor, menos, aunque se le admite el esfuerzo. ¿De qué va? La verdad es que no importa, pero trata de guerra, de medicina y de pestilencia cotidiana con una prosa entrecortada, chillona, atropellada, escrita a patadas y tijeretazos, escupida, sucia, repugnante: hasta las hojas huelen mal. Te lees esta obra maestra atragantándote del asco, conteniendo los vómitos. Es difícil de explicar. Es un libro de tripas y de casquería pringosa, y eso que los personajes suelen ir cubiertos por esa extraña membrana protectora que denominamos “piel”. Los vemos a través, con los rayos equis de la pluma de Céline, que los rompe, los desmigaja y nos enseña lo que somos: mierda apestosa, un embutido de heces y posos que provoca náuseas. Bajamos con Céline y su extraordinario sentido del humor —negro es decir poco— hasta el fin de la noche y hasta el fondo de la condición humana. Es difícil leer este libro; mucho más lo es superarlo.
Por cierto, Céline se hizo nazi después de escribirlo. Tranquilos: no hay nazismo en la novela. Hay nihilismo crudo y visceral: Céline detesta a todo el mundo por igual, sin hacer distinciones de razas, cosa que está muy bien. Luego le vino el éxito, se volvió gilipollas y hubo unos judíos que no le quisieron estrenar un ballet (seguro que porque era una horterada). Algunos se deprimen cuando el mercado conspira contra ellos: otros se hacen nazis. Me sorprendió mucho el dato político —no tenía ni idea cuando agarré la novela porque soy analfabeto, y si lo hubiera sabido posiblemente habría salido corriendo en dirección contraria al grito de “¡arreniégote!”, perdiéndome así una cumbre de la narrativa universal—. El final lógico para este autor hubiera sido liarse la manta a la cabeza, declararse anacoreta y alimentarse de sus propias uñas reblandecidas en la orina caliente o volarse la cabeza mordiendo una granada de mano. Hacerse nazi, no. Pero que le jodan al autor: lo que importa es la obra. Y es horrorosa, tremenda. En el buen sentido.
El Viaje al fin de la noche está recomendado para suicidas en potencia que quieran colaborar a la extinción de la especie y dejar así el planeta más limpio. Da el empujoncito.
Azul casi transparente de Ryu Murakami.
Yo qué sé. Anagrama es garantía de calidad, singularidad y pijotería contemporánea, ¿no? Pues no siempre. Si te pillas este libro porque es de un japo y te va lo exótico y quieres ver qué cosas tan originales se hacen en la otra punta del mundo... pues vas de culo y cuesta abajo. Es un Historias del Kronen de un montón de niñatos que se ponen hasta arriba de drogas y alcohol, pero en lugar de hacer estómago con unas bravas se meten unas tapitas de bolas de arroz u oniguiris, harto más elegantes, que vienen a ser esto:
... la cara es opcional.
¿Valoración? Prescindible. Se deja leer. El lirismo es bonito; no está mal escrito. La trama resulta bastante tonta. No pasa nada. Lo mismo es que eso es muy postmoderno y yo sin enterarme.
La sombra del pájaro lira de Andrés Ibáñez.
Pero qué bueno es Ibáñez. Y qué cobarde, a veces. ¿Por qué? Por permitir que le casquen en contracubierta este párrafo:
“A pesar del tono ligero, la prosa transparente y musical, la frecuente aparición de la sorpresa y los elementos de literatura fantástica, La sombra del pájaro lira es una obra iniciática, un detallado viaje de búsqueda interior. Por debajo de las historias de hadas y de espadas, de magos y dragones, de naves y mansiones, se desarrolla una exploración sobre la naturaleza de la conciencia y una precisa reflexión sobre temas como la memoria, la identidad o el yo. Excelente como novela de aventuras y de intriga, constituye también una defensa de la imaginación como forma de inventarse a sí mismo”.
¿Cómo que a pesar de? Señores, ¿hacer literatura fantástica qué tiene de malo? ¿La literatura fantástica impide realizar un texto de trascendencia universal?
Y una mierda.
La sombra del pájaro lira es, de la página 11 a la 126, el mejor libro de literatura fantástica juvenil que he leído en mi vida después de La Historia Interminable. De verdad. La prosa es simple, cantarina, evocadora, sin puntos suspensivos —demos gracias al señor—. Tiene un rey con su corona, una mujer que se transforma en dragón y huye a las nubes, un príncipe hastiado. Los personajes viven en el Instante Eterno, donde no trascurre el tiempo, pero Adenar se aburre como las princesas de los cuentos. Hay insectos en su Memoria, en los maravillosos castillos imaginarios que todos los habitantes de Amaula construyen en su cerebro y visitan en la vigilia para observar y clasificar sus recuerdos —aquí resuenan ecos de los palacios de la memoria, de los teatros de las ideas: es tan viejo como el mundo el mitema y, por ello, auténtico—. Adenar está triste: todo le parece ya visto y vivido. Deja de estar enamorado. Parece observar el movimiento del tiempo. Ha perdido su alma y para recuperarla debe emprender un viaje... a otro planeta.
La cagamos. Antes de eso, digámosle adiós a la fantasía con las palabras de Ibáñez:
—Despídete de tu padre —dijo Galadar.
Adenar se acercó a su padre y ambos se abrazaron con fuerza un largo rato. A Adenar le sorprendió comprobar que su padre estaba temblando de pies a cabeza.
—No olvides quién eres —le dijo el rey Leopoldo cuando se separaron, todavía sosteniéndole por los brazos—. Eres Adenar, príncipe de Amaula, hijo del rey Leopoldo y de la reina Margolis. No tengas nunca miedo, y haz siempre lo que te diga tu corazón.
—Nunca olvidaré quién soy —dijo Adenar.
—Y si alguna vez la que amas te cuenta que se ha convertido en un dragón, no lo dudes un instante y síguela a las nubes.
El rey le miró a los ojos durante unos instantes, intentando controlar el temblor de sus labios.
—Cuando estés perdido, cuando te sientas abandonado y solo —le dijo entonces con una voz muy suave que Adenar nunca le había oído antes—, entra en tu interior y busca un sol que brilla más allá de la memoria. No puedo decirte más.
Es precioso. Una belleza lírica de las que te devuelven a la infancia, de las que te humedecen los ojos y te ponen tonto. Pero Adenar olvida: el comienzo de la novela es en un manicomio, y lo que cree haber vivido está ya escrito en un cuento de hadas muy popular entre los niños —entre los cuerdos—. Por desgracia, no es un manicomio de nuestro planeta, sino de un mundo paralelo fantástico al que ha llegado en una especie de bola feérica (?) y se pierde en subtramas que a nadie le interesan: un niño que monta una tigresa, una pija subnormal, una universidad, una casa misteriosa, una secta....
Yo lo hubiera hecho de otra manera. De hecho, no sabéis cuánto me jode, porque creo que esta novela podría haber sido un clásico de la literatura infantil y juvenil —a la altura de El Principito—, y no lo será nunca.
¿Cómo lo hubiera hecho yo, que como todos sabemos soy la polla en bicicleta, autor consagrado por cuya novela todas las editoriales se pelean?
Je.
Adenar está en un manicomio en el libro de Ibáñez. Y lo estaría en el mío. Pero no en el de un planeta CLAVADITO al nuestro, en el que todo sucede igual, con cierta distancia irónica candorosa que permite que el director de la loquería se llame Mirmidón Aguanópulos. No. Adenar estaría en un manicomio de la Tierra. Y posiblemente de Madrid, ya que conozco mejor esta ciudad que Seatle o Tombuctú y me parece gilipollesco ambientar la acción en la quinta puñeta para utilizar nombres extranjeros, que molan más, por aquello del caché y el superestrato, que todos sabemos que un héroe no se puede llamar Jaimito, que no es cool y parece el del chiste tan patrio y tan rancio, pero sí Jimmy —qué elegante, como el amigo de Supermán—. Examinad el 90% de los libros en castellano de subgénero y no tendrá ninguna gracia lo que he dicho: que la verdad duele.
Adenar vendría de Amaula, su mundo fantástico, sí, y lo recordaría leyendo los libros de El Cuento de Adenar, igual que en la novela de Ibáñez —que en La Historia Interminable— haciéndole pensar que su planeta maravilloso es mentira. Y por ahí seguiría yo, y no me sacaría de la manga una nave espacial. Y desde luego, no acabaría con niueich. Vade retro.
El libro se diluye, pierde interés, se le va de las manos. Acaba en autoayuda lamentable, a la manera de un Coelho o un Caballero de la armadura oxidada. Mete Ibáñez el hinduismo de Bollywood y de cocacola light, sin azúcar, sin cafeína y sin lingotazo de whisky: ñoñería tras ñoñería para degustar entre los estantes de una tienda esotérica. Vale, que sí, que todos sabemos que el chico salió del armario y le dio por pregonar que tenía un altar a Ganesha, pero una cosa es tu creencia y otra muy distinta tu novela. Que tú seas hinduista no significa que tu libro tenga que serlo, y más cuando no pega ni con chicle. Por ejemplo: yo soy politeísta y mi libro no va de... Vale, yo no valgo.
Pero Ibáñez es y será de los grandes. A ver si le da de nuevo por demostrarlo.
Recomendado: hasta la página 126, maravilloso. Después, no.
Hay que ver la de libros que nos quedan por destrozar, la de egos que esperan su pisoteo inmisericorde y se sacuden de ganas con la vejiga llena de ínfulas, guardando su sitio en la fila, cambiando el peso de pie a pie.
Ahora que los contemplo, me permito una venganza en miniatura: me voy a mear, que me llevo conteniendo una hora para no perder el hilo, y luego a dormir. Mañana será otro día. Ellos han publicado: yo no. Que se jodan y aguanten.
Psé. A ver. No es una novela. Tampoco es una recopilación de cuentos. Anda a caballo entre las dos, y ahí es donde mete la zarpa. Quiero decir con esto que en teoría se trata de una serie de relatos cuyo único lugar común es... un lugar: Obaba, una aldea ficticia del País Vasco. En teoría porque no lo es; hacia el final cobra una estructura y se convierte en novela: continúan los personajes y continúa la historia, crece, se organiza y funciona. Mi sensación, al leerlo, era la de toparme con una construcción accidental, con un autor que había recogido material disperso que tenía escrito y al final se atrevió a hacer una novela corta. Me sentí hasta cierto punto engañado. Si me vendes relatos, hasta el final. Si me vendes novela, desde el principio. No “aprendas” sobre la marcha y al final te lances.
Nunca lo repetiré lo bastante: será todo lo postmoderno que queráis montar una historia a cachos y no con esa linealidad, supuestamente tan cómoda, de contar una historia del derecho y no del revés, tan propia de la literatura del siglo XIX, con su introducción, su nudo y desenlace. Ah, es que eso es muy fácil. Claro. Hay que rizar el rizo y que el lector deje de ser “hembra” —como decía Cortázar antes de que las feministas se le echaran al cuello— y pase a ser “macho”, activo y participativo, y se dedique a colocar las piezas del puzzle que cuidadosamente el escritor ha dispuesto al azar, que mola más que dárselas numeradas.
Me parece muy bien.
Siempre que se sepa hacer lo otro.
Me explico: Dalí sabía pintar. Y pintaba. En determinado momento le entró la humorada de realizar la escultura “Teléfono bogavante”, que consistía en un teléfono cuyo auricular era un bogavante —nunca os lo hubierais imaginado—. Se lo cascó por quince millones de pesetillas a la casa de subastas Christie’s un año antes de palmar, en el 88. Eso es digno de carcajada y aplauso, sí.
Pero Dalí sabía pintar. Que fuera un capullo oportunista —avida dollars— es posterior y secundario.
Frente a esto, imaginad la siguiente situación: llega un tío, suelta un poco de basura en la planta de arriba del Museo Reina Sofía de arte contemporáneo y lo llama “Objetos dispuestos al azar”. La pregunta es: ¿sabe hacer otra cosa? ¿No hace eso porque es incapaz de esculpir? ¿Dónde está el arte ahí? Sin comentarios.
En literatura, lo mismo. Demuéstrame que sabes manejar una trama. Enséñamelo. Construye tu arquitectura novelística de forma que no se te caiga. No me lo hagas fácil tampoco; te voy a pillar. Engáñame. Móntame un rompecabezas tan bien hecho como el de Rayuela, o hazme creer que leo una novela decimonónica lineal y hasta juvenil e intrascendente cuando por debajo la estructura hace volteretas —ajem. Como Politeísmos. Salvando todas las distancias, por supuesto—. Pero no me canses. No me aburras. No fuerces mi paciencia. Te leo en mi ocio. No eres tan importante como crees. Quiero una ficción, quiero una puerta a otro mundo, amable o tremendo, no me importa. Pero eso es un libro y es lo que pido. Yo leo con los dientes y trituro, no con los ojos. (También mis propias obras; hay que ser consecuentes. Otra cosa es que me calle la autocrítica. De momento.)
Bueno. Que conste que estoy siendo injusto con Atxaga. No he leído más obras de él que Obabakoak. Es un buen escritor y tiene ahí relatos excelentes, pero otros pierden fuerza —voy a leerlo más y posiblemente me retracte de este artículo—. Lo he cogido de excusa para soltar unos cuantos espumarajos contra la postmodernidad. Ya lo dejo.
Tiene un cuento magnífico, Obabakoak. Es el siguiente:
Para escribir un cuento en cinco minutos
Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga —además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente— un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted; una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua —si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello— y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).
Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también —en la estantería que está a su izquierda— el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces —y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel— esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga.
Arf. Qué buenísimo.
Lo malo es que continuuuuuuuuúa. Y nos narra una historieta de una señorita que se quema la cara. A mí, personalmente, me la trae al fresco después de leer eso. Estaba tragando metaliteratura, que es esa pijada en la cual escribes sobre escribir. Lo estaba disfrutando. Me gustaba. Pues que no me salga por la tangente, coño, que me da rabia y me entran ganas de agarrar las tijeras de la carne, el cuchillo jamonero y el hacha.
También tiene Obabakoak el mejor cuento de la historia de la literatura. (Hala. Y me quedo tan ancho. Y que me lo rebatan. Sí. EL MEJOR CUENTO DE LA HISTORIA DE LA LITERATURA.)
Claro que no es suyo.
¿No sabéis de cuál hablo? Pues agarrad las palomitas, repantingaos en el sillón y preparaos a disfrutar. Es breve. Brevísimo. Como buen cuento.
El gesto de la Muerte.
Un joven jardinero le dice a su príncipe:
—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar lejos de aquí, en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta su mejor caballo. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
—Muerte. ¿Por qué le hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No fue un gesto de amenaza —responde la Muerte— sino de sorpresa. Pues lo veía lejos del lugar de la cita, ya que debo tomarlo esta misma noche en Ispahan.
¿De quién es este prodigio? JA. Pues de todos y de nadie. Es popular, señores. Es de Cocteau, de Borges que lo “tradujo” —como traducía él, inventándose la mitad, de hecho yo no he encontrado el original de Cocteau, aunque tampoco es que me haya matado a buscar—, de Somerset Maugham, de John O'Hara, de García Márquez, de Juan Benet y hasta de Terry Pratchett. Es de Yalal Al-Din Rumi —éste suena más antiguo, ¿eh? Pues tampoco es el autor—. En teoría es de las Mil y una noches —en las mías no está, lo juro, pero es que no tengo las que “tradujo” Galland sino una edición actual, mucho menos fantasiosa—. Es de todos. Y de Bernardo Atxaga, por supuesto.
[Filólogos del mundo, aburridos y necesitados de hinchar vuestro currículum con publicaciones en revistas especializadas, ¿quién se anima a seguirle la pista textual a este cuento? Las ciudades fatídicas varían entre Samarra e Ispahan; da para un estudio abultadito. Yo paso.]
Obabakoak es realismo mágico y un Cien años de soledad de segunda fila. Bien escrito, por descontado —yo no leo mierda, salvo cuando lo hago—. En la literatura vasca dicen que es la puta hostia; en la universal creo que su sombra es poco alargadita. Me gustan sus pinceladas de relato popular, el cuento del jabalí blanco —otra corza de Bécquer—, el relato del chico alemán al que le escribe cartas una chica ficticia —como la historia de Kafka y la muñeca viajera—. Me gustan los retazos de folclore, la superstición, el lagarto que se mete por el oído y deja sorda y tonta a la víctima, los cuentos de viejas. Ahí gana fuerza y profundidad.
Porque los mejores relatos, al final, son los de toda la vida. Y si no me creéis, pinchad en el vídeo, un pequeño ejemplo de la obra maestra del marionetista Jim Henson, alabado sea.
¿He estado de vacaciones en algún paraíso tropical?
NOOO.
He estado deprimiéndome, que mola más y gasta menos.
Sigo sin tener noticias sobre la Editorial Misteriosa. Ya sé que las cosas de palacio van despacio, pero estoy hasta la polla de esperar. Me aburro, me canso y vivo desconsolado, hundido y arrebujado en mi cama, rodeado por mis perros, entre lágrimas amargas que salan una tarrina de helado con cucharita como en las malas pelis románticas —lo cual es una tautología, pero por seguir con el tópico, el helado sería Haagen Dazs, vainilla con cookies, cremoso y crujiente a la par que azucarado, y he tenido que buscar en google cómo se escribía la marca—. Ahora bien: incluso abatido, triste, lúgubre, gótico y repasando cicatrices, no puedo evitar pensar en los demás —si es que soy todo un filántropo—, así que sólo tengo una meta: que os aburráis y os desesperéis conmigo.
Como no tengo ganas de escribir, me dedico a tragar grandes libros. De más de medio kilo de peso y quinientas páginas mínimo.
Leído: La música del mundo. Le doy cuatro estrellas y media, la media que le falta se la resto por pretenciosidad, pedantería y puntos suspensivos. Recomendado para paladares exquisitos y gente con paciencia. Con mucha. El que se atreva con este libro disfrutará de una de las cumbres de la narrativa reciente, tal vez del mejor escritor de literatura fantástica actual, del aclamado por la crítica, absolutamente desconocido por el público y marciano con antenas para el fandom: Ibáñez. Y no me refiero al de Mortadelo y Filemón.
Nos movemos a un nivel distinto para criticar este libro. Aquí no hay mercado que valga, ni accesibilidad ni entretenimiento, sino profundo desprecio por el lector y por su tiempo. Andrés Ibáñez se sitúa en su tarima y da una clase magistral de las que hacen que el alumno se sienta imbécil, como hace Borges, cosa que sólo les perdono a los que son muy buenos.
Ibáñez lo es.
Estamos hablando de Literatura Con Mayúsculas, y como tal, el libro es un pestiño. Según lo lees, se te queda pegado a los dientes y no hay quien lo mastique. A mí, que me gusta el dulce, me supo a gloria. Me lo tragué de un tirón porque hacía mucho tiempo que no leía algo tan bien escrito. Cada palabra me crujía en la lengua y me sucedía algo magnífico: tener ganas de leerlo en voz alta, de paladear los sonidos y dilatar cada frase en ese interminable suspenso que dan los tres puntitos... Porque hay que destacar un detallito estilístico, una pijotada de escritor bisoño, un jueguecito digno de cualquier ismo, de cuando el siglo estaba joven y los autores hacían experimentos con matraces y probetas rellenos de prosa, puntuación y tipografía, y les estallaba el Quimicefa en el hocico, porque escribir es un juego, pero desde luego no es un juego de niños.
No hay caligramas en La música del mundo, no..., pero la novela entera carece de puntos seguidos y apartes... todo continúa, todo se prolonga, se demora, se prorroga y se estira..., se hace lento y pegajoso, se impregna de una melancolía oscilante..., el mismo tiovivo romántico en el que ahora estáis subidos..., y os mecéis como en un barco..., arriba y abajo..., abajo y arriba..., todo por obra y gracia del punto suspensivo...
Personalmente, me parece facilón tirar de ese recurso. Es tan infantil como pintar unafrasedecolorines para que destaque. ¿Lo habéis visto? Niñerías. ¿Quieres que tu texto sea moroso y cansino? Pues te lo curras. No te limites a escribir normal y a añadir tras cada pausa otros dos puntitos. Y eso que funciona, os lo garantizo. Como dice Andrés Ibáñez:
... no terminemos las frases, dejémoslas así, ardiendo, para que algo suceda... entonces veréis el mágico proceso mediante el cual una simple frase se transforma en un caracol o en algo eléctrico y útil, o en algo de hermosura tan extraña que no hay otro remedio que encerrarlo en la vitrina de un museo...
Sí, claro que es pedantón. Y bueno, también. A este hombre yo le sigo más o menos la pista, aunque él en persona no me interesa un pimiento porque me huelo que va en la línea de niño-bien morigerado de Juan Manuel de Prada —escribo de oídas, lo que nunca debe hacerse—, y hasta es de su quinta. No importa; que el autor no distraiga de la obra, ya sabéis: la mayoría somos unos capullos integrales, y a mucha honra. Yo leí El mundo en la Era de Varick y me gustó, me pareció el libro de un freak de Dick y Tolkien que además adora a Pynchon, cosa que siempre es muy de agradecer. Lo cierto es que me cuesta retener el argumento, en parte porque no lo tenía y es de estos libros que al año de haberlo leído no eres capaz de decir de qué iba, aunque te gustara en el momento. Pues La música del mundo es mejor, y por eso la olvidaré antes. Magníficamente escrita, un placer de lectura, peca de ser más lenta que En busca del tiempo perdido (vale, exagero) y de carecer por completo de historia y ser una acumulación de pedanterías. Pero se nota que era lo que el autor quería, así que chapeau. Elitista, muy cuidada, jodidamente académica, más que burguesa, aristocrática, pomposa a ratos, aparatosa siempre, da vueltas y revueltas y te lleva a donde quiere: a ninguna parte. Excelente: no es el tipo de literatura que a mí me gusta hacer, pero sí de la que me gusta leer. Para desintoxicarse de tanta elevación atmosférica, recomiendo al terminarla ponerse a mirar los dibujitos de los peores tebeos de la Patrulla X, con especial énfasis en “La canción del verdugo” o “La masacre mutante”.
No os puedo contar de qué trata La música del mundo porque no trata de nada. Puedo deciros que es un tipo de fantasía asombrosa, onírica y lánguida, una forma muy, pero que muy distinta de la que yo empleo para enclavar la maravilla en nuestro día a día. Yo sujeto la fantasía en el paisaje, que es completamente realista. Es Madrid, nuestro Madrid, lleno de mierda y de obras, con su parque del Retiro, su aeropuerto de Barajas, su templo egipcio (?) —sí, hay uno en la capital de España—, sus bares de copas y sus tiendas de esoterismo. Ahí suceden cosas asombrosas. Justo ahí.
En cambio, Ibáñez usa personajes corrientes —más o menos, son todos de lo más snob— que se desenvuelven por un marco a ratos verdadero, a ratos surrealista. El personaje de Block es un niño pijo aristocrático que se funde por las calles de una Viena tostada y se encuentra con un perro y un gato que hablan de la vida y sólo se sorprende porque parlamentan en ragudano, su idioma natal de Tristenia, que, por cierto, no existe —fatuidad gratuita del día de hoy: eso de los perros que hablan se lo roba Ibáñez a Cervantes, como saben todos mis pedantes lectores, a los cuales he ofendido con mi apostilla a algo tan evidente y conocido. Detesto a los críticos literarios. Fin del inciso—. A lo que íbamos: Jaime, Estrella y Block viven en Países, una fantápolis trasunto de nuestros queridos Madriles, pero con playas doradas y azules, el deseo de cualquier dominguero; Jaime investiga en la Biblioteca Nacional sobre su tesis aburridísima y se topa con documentos acerca de la Región Confabulada, capital Zembelia, invención erudita al estilo del Tlön borgiano, que cobra un interés siniestro de secta de iluminados. Y luego está Montoliu, el profesor de Poesía de la Palauniversidad de Países...
Es como si le dieras la vuelta a la realidad y al papel. Por aquí lo estabas mirando, es un sitio que conoces, has caminado por él. Doblas la hoja y la esquina y te encuentras con el mar, un templo hindú o un ave fénix en mitad de Madrid. Vuelves sobre tus pasos; de nuevo estás en tu planeta. Avanzas otra vez. Es tan parecido el sitio que te planteas, por un instante, qué es real y qué es ficticio por el juego de la identificación y la no identificación. Quieres ir al parque del Retiro y remar en el lago más allá de la estatua de Alfonso XII. Sabes que no hay nada después, que se acaba el agua, que no existe una fuente egipcia —aunque dudas—, pero lo mismo es que no miraste bien: valdría la pena buscarla. ¿Y si está ahí? Eso pondría patas arriba tu mundo y te entrarían ganas de gritar: ¡La realidad es mentira! —todo muy postmoderno, claro, como en la mierda de película de El corazón del guerrero—. El juego de mirar dos veces permite que en el parque Servadac —que es el Retiro, en principio, hasta que le das la vuelta— haya sirenas. Despacio, aparecen.
Jaime, Block y Estrella alquilaron una barca, remaron hasta el centro del estanque y allí se quedaron inmóviles, tomando el sol, rodeados de reflejos plateados, rodeados de carpas que surgían del verde subconsciente del estanque para devorar trozos de pan, de plantas acuáticas y satinadas castañas flotantes […] Estrella exigió que la llevaran a la sombra, y Block remó en dirección al monumento de Alfonso XII, que se adentraba en las aguas como las fortificaciones de un castillo, con leones que oteaban la distancia y escalinatas que descendían hasta el agua, y luego se desvió hacia la fuente egipcia, y la barca rozó el fondo arenoso cuando entraba en la verde sombra de los pinos... la fuente egipcia era desde el agua una pared de piedra de unos cinco metros de altura, sobre la cual dos esfinges custodiaban una pirámide truncada, en cuyo pináculo Isis se mostraba al mundo envuelta todavía en su velo... […] y de pronto, sucedió algo asombroso: hubo una ondulación bajo la alfombra de hojas sedosas, y a pocos metros de ellos apareció entre las flores la cabeza de una joven bañista, que se llenó los pulmones de aire, les contempló con una expresión de terror en sus grandes ojos verdes y volvió a hundirse en el agua —¿qué hacía, nadando por allí...? un poco más lejos, otra joven asomó entre los nenúfares su torso desnudo (se había impulsado con tal fuerza que quedaron al descubierto sus clavículas en forma de V y sus pequeños senos), tomó aire y se hundió de nuevo... ahora ondulaba toda la superficie de nenúfares... casi al lado de la barca, surgió de pronto la cola de un enorme pescado, brillante y erizada como un abanico, que al hundirse en el agua produjo un salpicón en forma de explosión luminosa, rápidamente arrastrada por la brisa sobre las cabezas de los tres ocupantes de la barca
—¡ah, demonios!, dijo Estrella con fastidio, retorciendo entre las rodillas el borde de su vestido... ¡son sirenas! […] nunca había visto sirenas por aquí […]
al parecer, las sirenas estaban siempre en un pequeño estanque sobre el que caían unas cascadas bastante artísticas (merecía la pena verlo) y nunca salían de allí... todos los estanques del parque Servadac estaban, sin embargo, comunicados, y no era imposible escapar o deslizarse subrepticiamente de uno a otro —a través de canales plateados entre las espadañas, no muy limpios... […]
—rumbo al estanque de las sirenas, dijo Jaime... sólo tenemos que decidir por dónde queremos ir
—podríamos desviarnos un poco al norte, dijo Estrella, y dar una vuelta por la isla de los náufragos del Titania y parar un momento para ver los tapices del Palacio de Cristal
Es curiosísimo cómo lo hace. Así en extracto no funciona; hay que leer el libro entero. Es como si lo irreal fuera lamiendo nuestro mundo y cambiándolo de color según lo humedece hasta romperlo. Y por el hueco, entran los seres fantásticos. En el parque del Retiro hay un monumento a Alfonso XII —que, por cierto, aparece en Politeísmos— y una fuente egipcia. Os he mentido antes: existe. Pero no es igual. Ibáñez la enriquece con estatuas y ensancha el lago hasta sus pies y más lejos, a un lugar donde hay sirenas. Entramos en el universo que se solapa, en el reino de los posibles en el que vivíamos de críos, donde nada era unívoco, todo era muchas cosas y a la vez y compatibles, porque el bordillo de la acera es un bordillo, claro, pero al tiempo es un puente sobre un río de lava, y si vas por encima haciendo equilibrios y resbalas y caes en la calzada estás muerto, achicharrado entre alaridos. Game over. Fin de la historia.
Poco a poco Ibáñez nos va plegando el papel y le da la vuelta. Si tengo algo que reprocharle es que no lo haga bien siempre. La Praderabruckner y el primer paseo por el parque Servadac son asombrosos. El segundo cansa, aburre y sale Bugs Bunny.
... el cazador tenía un gorro rojo abrochado por debajo de la barbilla, brillantes botas negras y una gran escopeta de dos cañones que empuñaba con fuerza y con la que apuntaba a algún lugar invisible entre las hojas...
—oh, diablos, no hagan ruido, les dijo con muy malos modos cuando ellos tres se acercaban... ¡ese maldito conejo tiene un oído muy fino!
—pero ¿por qué quiere cazarlo?, le preguntó Estrella, con esa mezcla de indiferencia y severidad que usaba con las personas que no le gustaban
—¿que por qué...? ese conejo es un grandísimo hijo de... ¡se ha burlado de mí demasiadas veces! ¡pero ya se acaban tus días, conejo! añadió rojo de ira ¡te haré tragar todas tus bromas estúpidas!
estaba tan furioso que disparó varias veces la escopeta en dirección a los matorrales, mientras seguía gritando: “¿y lo de las zanahorias envenenadas? ¿y los catorce cartuchos de dinamita escondidos en muñequitas de Pascua?” […]
caminando hacia el refugio de los osos, se cruzaron con un personaje bastante estrafalario, vestido con un abrigo negro que le estaba demasiado grande, una elegante bufanda gris y gafas de sol... […]
—Dios mío, dijo Block, ¡es el conejo!
Creo que jamás había leído un tropiezo más espectacular en una novela. Y menos en una tan buena. Os he dicho que La música del mundo es una pijada, que es morosísima, que es una delicia y una pretenciosidad de lo más académica. NO PUEDE APARECER BUGS BUNNY. Pues aparece, ante mi estupefacción. Además es que me imagino la escena:
EDITOR: Andrés, mira, esto de que aparezca Bugs Bunny en tu novela... AUTOR:(Sonriente) Es completamente postmoderno. Si utilizo mitos clásicos debo usar mitos contemporáneos; así me siento muy rompedor. EDITOR:(Conciliador) Pero Andrés, sé razonable. Te juro que me ha sacado completamente del texto... Si quieres mitos contemporáneos casi preferiría que usaras a Elvis. En serio. Que no solté la carcajada de milagro... AUTOR: Tú no entiendes mi mente privilegiada que se adelanta un siglo. Y si me cortas la escena de Bugs Bunny publico en otra editorial. EDITOR: Andrés, hijo, que tu libro es espectacularmente bueno, que me parece fetén que te molen Disney y la Warner, pero hay un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio... AUTOR:(Hinchándosele la vena de la frente) ¡O SALE BUGS BUNNY O ME ENFADO Y DEJO DE RESPIRAR! EDITOR:(Alarmado) ¡Valgame Cristo! ¡No lo hagas, Andrés! ¡Tienes una prometedora carrera por delante! ¡Aparecerás en los libros de texto de literatura! ¡Un montón de pedantes académicos aburridos y sin vida propia hablarán de ti dentro de un siglo! AUTOR: Y considerarán la aparición de Bugs Bunny propia de la avant-garde y me adorarán. Seré el primero en mezclar iconos de la cultura popular con los consagrados mitos de la elite (dígase la palabra llana, que es más elitista que esdrújula). EDITOR:(Conteniendo la risa) Pffff juasjuasjuas ¿El primero? AUTOR:(Suspicaz) ¿Te estás riendo? Mira que me enfado y dejo de respirar... EDITOR: Sea... Hay que cuidar la salud de nuestras letras. (Que Dios nos pille confesados.)
Quitando a Bugs Bunny, La música del mundo es uno de los mejores libros que he leído desde que cayó en mis manos Escuela de mandarines. A pesar de que el autor tenga un tic horrible: las comas agramaticales. No es tan severo como en “El perro, COMA, corre. PUNTO”, pero para muestra un botón: “la única forma de dar con la puerta que conduce al reino subterráneo de los silfos, COMA, es (siempre) tropezarse con ella al azar”. Página 55. Le he cazado ya tres de este tipo. Lo mismo es “estilística” (vid post de la RAE). Paciencia. Afilaos los dientes para restregarme los gazapos cuando salga a la venta Politeísmos.
Paco Umbral probablemente no es de los grandes ni lo será. Se acomodó, se repetía más que las morcillas en cada libro y se encontraba muy contento en el periodismo. Pero es bueno, y se ha ganado el derecho de que hablemos de él en presente, como si no hubiera muerto, porque su obra perdura.
Le echaremos de menos. Porque era un hijo de la gran puta, y todo un personaje.
A ver si nos enteramos de algo: la literatura no es un bello arte para señoritas en manoletinas rosas y para dulces y encantadoras personas que usan vaselina antes de meterla por el culo, que se ponen guantes de seda y le dan a la corrección política. Ésos que se hagan funcionarios. La literatura es el oficio de los golfos, vagos y drogadictos.
En aquellos maravillosos años universitarios, plenos de vida social en la cafetería de facultad, conversaciones frívolas en las que inventábamos el kit de Arregle Usted el Mundo en Cinco Sencillos Pasos y sesudas competiciones de mus —qué pasa, éramos filólogos y éramos muy cultos— tuve un buen profesor. También tuve a gilipollas integrales, y muchos. Mi Buen Profesor comenzaba sus clases explicando por qué le gustaba la literatura, y nos decía que él había vivido muy poco, que había tenido una vida muy aburrida. Nos contaba que leía porque con un libro podía sentir lo que no le había pasado. Con un libro podía viajar a otro país, enamorarse de varias personas a la vez, ir a la luna, a otros planetas, al siglo XII, a la casa de enfrente; podía ser un pirata, un mosquetero, una bailarina y un bohemio. Y aunque parezca un anuncio de higiene femenina, no deja de ser cierto. Yo también leo por eso.
En parte. Porque vas creciendo, y las historias que te satisfacían de mocoso han dejado de hacerlo. Los libros que te tragaban ya no funcionan como en La Historia Interminable: ahora les ves el andamiaje. Y si no está bien hecho, al carajo: edificio al suelo. El estilo, el lenguaje, el ritmo, la descripción y el diálogo te importan más que lo que se cuenta. Y los libros de fantasía reciente no te cubren jamás el hueco estético. Los que yo conozco. Así os lo digo. A pelo.
Se me ha criticado alguna vez lo durísimo que soy con el fandom, del cual he bebido toda mi vida y al cual le debo lo que soy. Porque yo adoro la fantasía. La ciencia ficción. El terror. No hay nada que me guste más. Y soy un hijo de la gran perra cuando hablo de los libros de subgénero. Lo soy. La mayoría es mierda y refrito y combinación de ambos.
Conocí a Baradit en tauzero. Leí un artículo ahí de no sé qué, quise enlazarlo en el blog, pregunté y me respondió que claro, que linkeara, que copiara y fusilara. Como soy un cotilla y el nombre me sonaba de algo —del portal sedice, del que soy lector asiduo y comentarista nulo— lo busqué por internet y caí en plancha en su bitácora. Me quedé a cuadros, me leí de golpe como unos nueve meses de su blog, me corrí siete veces y, llevado por un impulso irrefrenable, le escribí una sonrojante carta de amor más o menos como la siguiente:
“Eres la puta hostia. Me muero de ganas de conseguir tu novela. Estoy casi febril. Me pareces la polla. Tu escritura es pura acumulación de imágenes, surrealismo densísimo, un viaje de LSD, el pasado y el futuro metidos en la cazuela y bien removido el guiso hasta que cuece y explotan las burbujas como tumores y pústulas. Joder. Pero qué bueno eres. Y no es jabón, que ni lo necesitas ni yo lo voy dando por ahí. Si eres la mitad de bueno manejando estructura, trama y argumento como eres con las imágenes de tus descripciones, que sacuden las pupilas sin que podamos cerrar los ojos, vas a ser de los grandes. ¿Dónde coño puedo encontrar tus libros?”.
Vale. Actúo por impulso y siempre hago el gilipollas. A mí me mandan un mail así y estoy con una erección tres días. Y luego me baja la noria de golpe y pienso que me toman el pelo, me deprimo, agarro una cuchilla y practico el siempre agradable deporte de la automutilación. Suelo decir que prefiero a los escritores muertos porque a esos los puedes adorar sin hacer el ridículo y sin dar lugar a malentendidos, ya que la carta chorreaba lubricante y yo, a pesar de haberme codeado con góticos durante la tira de años y haber visto cosas que vosotros no creeríais, siempre he practicado una aburridísima heterosexualidad, que es poco literaria y menos cool. Así que me flagelé un poco por hacer el capullo y me puse a buscar sus libros. Fin de la historia.
Baradit es chileno, y autor de cf. La combinación de tales atributos hacía que su novela Ygdrasil no estuviera a la venta a este lado del charco, y era bastante estúpido subir un post a la bitácora sobre algo que mis lectores peninsulares no iban a poder encontrar. [Ajem. Claro. Como yo no hago eso un día sí y otro también hablando de mi libro —¡Politeísmos de Álvaro Naira, pronto a la venta en vuestras librerías!—. Sin comentarios.]
Hace más de un mes que tenéis la novela de Baradit en las tiendas. Se me fue el santo al cielo y se me pasó el arroz, y ahora os voy a hablar de ella. No es para todos los estómagos y no se parece en nada a lo que yo hago, aviso.
Pero me encanta.
¿Os gusta el cyberpunk? ¿Os flipó Neuromante? ¿Alita? ¿Ghost in the Shell? ¿Enki Bilal? ¿Os pone la cf, la religión y la mitología? ¿Os flipa Giger? ¿NIN? ¿Os va el sadomaso? ¿Qué tal si añadimos a la mezcla un toque borgiano? Echadlo todo a la coctelera y removed: saldrá una baraditada.
Baradit es excesivo. Es orgánico. Parece un tumor que estalla al que le salen brazos. Ni siquiera es barroco. Es como un videoclip. Es pura estética y fotograma tras fotograma. Escribe con las tripas y con los ojos, no con las manos: hace vomitona de imágenes trituradas. Estrujas las hojas de su prosa entre las uñas y al exprimirlas cae una papilla de cables empapados en placenta, atravesados por una corriente de luz azul eléctrica. Y cuando acabas de leer, te chupas los dedos.
Porque es muy bueno.
Un ejemplo:
Guiamos el desarrollo de la red como se cría al verdadero hijo de Dios. Planeamos su desarrollo como una copia de la estructura neuronal de un santo. Cada nodo diariamente incorporado es una letra del conjuro definitivo. Cuando la última palabra sea agregada, el Altísimo tocará esta obra de sacra artesanía con su dedo hirviente y se alzará viva, levitando sobre las cabezas de los hombres, entonando una letanía electrónica en nota sol. Todas las mentes se sincronizarán en el tono emitido desde el cielo y serán infectadas de amor a Dios. El alma de la humanidad se elevará en una sola mente, se hará carne y cable como un gran insecto, orando en código binario y comunicando directamente a la corteza cerebral el infinito rostro de Dios.
Transmisión pirata emitida a fines del siglo veinte en forma de un virus informático para usuarios. El contenido fue decodificado por error sesenta años después.
Otro ejemplo:
El selknam tenía a Mariana colgando de un árbol por los pies, en un lugar de la sierra del estado de Guerrero. Alrededor del tronco había dispuesto un círculo de rocas negras y cuatro espejos marcando los cuatro puntos cardinales. Sobre los espejos había derramado palabras poderosas y pétalos de flores.
Llevaba dos días girando ritualmente en torno del árbol, para frenar la fricción con que el tiempo desgasta las cosas y así disminuir su efecto erosivo sobre la memoria de Mariana. La danza se sostenía sobre un canto de tres notas musicales que estimulaban curativamente su glándula pineal. Al tercer día desenterró los pulmones de la mujer y los sumergió en agua consagrada antes de reintegrárselos. Puso un pez minúsculo en cada ojo antes de devolverlos a sus cuencas. Abrió un lobo por el estómago y extrajo el corazón de Mariana, que había estado escondido allí durante días, lejos de la mirada de la muerte. Cosió las heridas con fibra de cactus y se sentó a esperar.
A los nueve días ocurrió la maravilla. Con el primer rayo de sol se oyó un llanto de bebé saliendo del árbol, que crujía angustiado; poco a poco el llanto alcanzó su adultez. Saltaban las astillas, la corteza se resquebrajaba. De pronto, una mano rompió la corteza y afloró buscando asirse, luego otra mano; era Mariana, luchando por romper el cascarón y salir a respirar. Finalmente el tronco cedió, la corteza se deshizo y Mariana emergió envuelta en savia y musgo, vomitando tierra. Puso un pie fuera del círculo de rocas y cayó desvanecida a los pies del selknam, que permaneció sentado, indiferente, recortado contra el sol de la mañana.
Las aves no cruzaban el espacio por encima de él.
Podría seguir y seguir pegando trozos, pero casi mejor os lo compráis o leéis el principio aquí. Ha sido amor a primera vista, en mi caso. Consideradme un lector de baraditadas hasta la muerte. No había leído algo tan jodidamente original en ciencia ficción en mi vida. La unión del mito y la informática es impecable: los teclados de ordenador son ouijas para conectar con el más allá, se entra en la red follando, hay personas que sirven de proxy —médium, dispositivo que realiza una acción en representación de otro; en internet, el que permite el acceso de varios equipos con una misma IP—, el presidente de la sección catorce tiene el nombre de un monstruo mitológico y camina sobre los cuerpos desnudos de sus seguidores, el miedo se codifica en datos y se fija con estática a barras de ferrita, hay almas desplazadas y Dios es un organismo en suspensión al que se le reza en binario. Los críticos lo catalogaron como ciberchamanismo. Baradit lo llamó realismo mágico 1.0.
Ahora es cuando debería acabar el post. Sin embargo, los que me leéis desde hace tiempo sabéis muy bien qué toca ahora.
El “pero”.
Soy tan hijo de puta que ni respeto a los escritores que más me gustan. Quiero decir con esto que a Ygdrasil le veo fallos, por supuesto. Y naturalmente voy a enumerarlos.
Lo primero que me rascó fueron los personajes secundarios. Hay un militar y un político que guían todas las intrigas, que manejan a la asesina en serie Mariana la chilena, y que parecen —de verdad— sacados de una mala peli de acción de Hollywood. Son planos. Planísimos. Auténticos tópicos. Y me jodía, no sabéis cuánto me jodía, estar leyendo un libro tan espectacularmente bueno y encontrarme con frases como “¡Quiero la ubicación de las fuentes de la anomalía, y la quiero ahora!” o “¿Quién está al mando?”; “Fulano, Mengano y Zutano”; “Pues ya no lo están”. Mariana, que es un personaje que estéticamente flipa, bebe demasiado de las fuentes de Gally —el cyborg de Alita— y de la Jill de la Feria de los Inmortales, pero eso no me molesta: me molesta que llore. En serio. Es un personaje que llora demasiado y en los momentos más inoportunos. Me gustan su alegría infantil y su ingenuidad en contraste con la psicopatía que hace que le dé por descuartizar tipos, pero de tanto lloriquear y gemir se me olvida a ratos que es una asesina. Soy de los que piensan que impresiona más una reacción cuando es única que cuando se repite ochenta veces, y en el libro se machaca hasta la náusea la cuestión de las “perras”.
Una perra, en el universo de Ygdrasil, es el producto de una industria para el placer personal. Consiste en coger a una mujer, freírle la corteza cerebral, cortarle brazos y piernas para facilitar el almacenaje y usar ese torso de muñeca hinchable hasta que la diña. Mola —literariamente, no estoy tan enfermo. Aún— pero se amenaza en todas las páginas impares y en bastantes de las pares con hacerle eso a Mariana. Cuando no se la amenaza, lo recuerda ella sola —y se pone a llorar—. Llega un punto en que cansa. Una buena idea si se soba deja de serlo.