La Coctelera


Categoría: 5. Lecturas

12 Febrero 2008

Otra coctelera de libros.



He aquí un artículo más de vuestra categoría favorita: ¡sí! ¡Crítica literaria! ¿Cómo? ¿Que os aburren estos posts?


Mala suerte. A mí me encantan. Son comodísimos de escribir y voy con prisa: estoy teniendo una semana jodida —más detalles, cuando haya tiempo—; además, los libros engullidos y mascados se acumulan sin ser puestos a caldo, mientras que las novelas por leer crecen y crecen, se reproducen entre ellas y amenazan con exterminar a la fauna autóctona (en este caso, mis perros, que duermen al lado de las pilas de libros).


Sin más dilación, pasemos a las subcategorías de siempre: novela, cuento, no ficción, miscelánea y MIEEERRRR... Explicaciones luego. Iremos a velocidad absurda como en la peli de Spaceballs, para variar.

¡Veámoslo otra vez! ¡Nunca me canso de esta escena!


NOVELA




Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline


Da mucha vergüenza admitir que no leíste Viaje al fin de la noche antes de los treinta años. Con las mejillas teñidas de rubor, te pones ante Céline, lo abres y luego se te cae de las manos y te caes tú detrás. Pero de rodillas. Es bueno. Es más que bueno. Es GENIAL. El traductor, menos, aunque se le admite el esfuerzo. ¿De qué va? La verdad es que no importa, pero trata de guerra, de medicina y de pestilencia cotidiana con una prosa entrecortada, chillona, atropellada, escrita a patadas y tijeretazos, escupida, sucia, repugnante: hasta las hojas huelen mal. Te lees esta obra maestra atragantándote del asco, conteniendo los vómitos. Es difícil de explicar. Es un libro de tripas y de casquería pringosa, y eso que los personajes suelen ir cubiertos por esa extraña membrana protectora que denominamos “piel”. Los vemos a través, con los rayos equis de la pluma de Céline, que los rompe, los desmigaja y nos enseña lo que somos: mierda apestosa, un embutido de heces y posos que provoca náuseas. Bajamos con Céline y su extraordinario sentido del humor —negro es decir poco— hasta el fin de la noche y hasta el fondo de la condición humana. Es difícil leer este libro; mucho más lo es superarlo.


Por cierto, Céline se hizo nazi después de escribirlo. Tranquilos: no hay nazismo en la novela. Hay nihilismo crudo y visceral: Céline detesta a todo el mundo por igual, sin hacer distinciones de razas, cosa que está muy bien. Luego le vino el éxito, se volvió gilipollas y hubo unos judíos que no le quisieron estrenar un ballet (seguro que porque era una horterada). Algunos se deprimen cuando el mercado conspira contra ellos: otros se hacen nazis. Me sorprendió mucho el dato político —no tenía ni idea cuando agarré la novela porque soy analfabeto, y si lo hubiera sabido posiblemente habría salido corriendo en dirección contraria al grito de “¡arreniégote!”, perdiéndome así una cumbre de la narrativa universal—. El final lógico para este autor hubiera sido liarse la manta a la cabeza, declararse anacoreta y alimentarse de sus propias uñas reblandecidas en la orina caliente o volarse la cabeza mordiendo una granada de mano. Hacerse nazi, no. Pero que le jodan al autor: lo que importa es la obra. Y es horrorosa, tremenda. En el buen sentido.


El Viaje al fin de la noche está recomendado para suicidas en potencia que quieran colaborar a la extinción de la especie y dejar así el planeta más limpio. Da el empujoncito.


Azul casi transparente de Ryu Murakami.


Yo qué sé. Anagrama es garantía de calidad, singularidad y pijotería contemporánea, ¿no? Pues no siempre. Si te pillas este libro porque es de un japo y te va lo exótico y quieres ver qué cosas tan originales se hacen en la otra punta del mundo... pues vas de culo y cuesta abajo. Es un Historias del Kronen de un montón de niñatos que se ponen hasta arriba de drogas y alcohol, pero en lugar de hacer estómago con unas bravas se meten unas tapitas de bolas de arroz u oniguiris, harto más elegantes, que vienen a ser esto:

... la cara es opcional.



¿Valoración? Prescindible. Se deja leer. El lirismo es bonito; no está mal escrito. La trama resulta bastante tonta. No pasa nada. Lo mismo es que eso es muy postmoderno y yo sin enterarme.


La sombra del pájaro lira de Andrés Ibáñez.


Pero qué bueno es Ibáñez. Y qué cobarde, a veces. ¿Por qué? Por permitir que le casquen en contracubierta este párrafo:



“A pesar del tono ligero, la prosa transparente y musical, la frecuente aparición de la sorpresa y los elementos de literatura fantástica, La sombra del pájaro lira es una obra iniciática, un detallado viaje de búsqueda interior. Por debajo de las historias de hadas y de espadas, de magos y dragones, de naves y mansiones, se desarrolla una exploración sobre la naturaleza de la conciencia y una precisa reflexión sobre temas como la memoria, la identidad o el yo. Excelente como novela de aventuras y de intriga, constituye también una defensa de la imaginación como forma de inventarse a sí mismo”.



¿Cómo que a pesar de? Señores, ¿hacer literatura fantástica qué tiene de malo? ¿La literatura fantástica impide realizar un texto de trascendencia universal?


Y una mierda.


La sombra del pájaro lira es, de la página 11 a la 126, el mejor libro de literatura fantástica juvenil que he leído en mi vida después de La Historia Interminable. De verdad. La prosa es simple, cantarina, evocadora, sin puntos suspensivos —demos gracias al señor—. Tiene un rey con su corona, una mujer que se transforma en dragón y huye a las nubes, un príncipe hastiado. Los personajes viven en el Instante Eterno, donde no trascurre el tiempo, pero Adenar se aburre como las princesas de los cuentos. Hay insectos en su Memoria, en los maravillosos castillos imaginarios que todos los habitantes de Amaula construyen en su cerebro y visitan en la vigilia para observar y clasificar sus recuerdos —aquí resuenan ecos de los palacios de la memoria, de los teatros de las ideas: es tan viejo como el mundo el mitema y, por ello, auténtico—. Adenar está triste: todo le parece ya visto y vivido. Deja de estar enamorado. Parece observar el movimiento del tiempo. Ha perdido su alma y para recuperarla debe emprender un viaje... a otro planeta.


La cagamos. Antes de eso, digámosle adiós a la fantasía con las palabras de Ibáñez:



—Despídete de tu padre —dijo Galadar.


Adenar se acercó a su padre y ambos se abrazaron con fuerza un largo rato. A Adenar le sorprendió comprobar que su padre estaba temblando de pies a cabeza.


—No olvides quién eres —le dijo el rey Leopoldo cuando se separaron, todavía sosteniéndole por los brazos—. Eres Adenar, príncipe de Amaula, hijo del rey Leopoldo y de la reina Margolis. No tengas nunca miedo, y haz siempre lo que te diga tu corazón.


—Nunca olvidaré quién soy —dijo Adenar.


—Y si alguna vez la que amas te cuenta que se ha convertido en un dragón, no lo dudes un instante y síguela a las nubes.


El rey le miró a los ojos durante unos instantes, intentando controlar el temblor de sus labios.


—Cuando estés perdido, cuando te sientas abandonado y solo —le dijo entonces con una voz muy suave que Adenar nunca le había oído antes—, entra en tu interior y busca un sol que brilla más allá de la memoria. No puedo decirte más.



Es precioso. Una belleza lírica de las que te devuelven a la infancia, de las que te humedecen los ojos y te ponen tonto. Pero Adenar olvida: el comienzo de la novela es en un manicomio, y lo que cree haber vivido está ya escrito en un cuento de hadas muy popular entre los niños —entre los cuerdos—. Por desgracia, no es un manicomio de nuestro planeta, sino de un mundo paralelo fantástico al que ha llegado en una especie de bola feérica (?) y se pierde en subtramas que a nadie le interesan: un niño que monta una tigresa, una pija subnormal, una universidad, una casa misteriosa, una secta....


Yo lo hubiera hecho de otra manera. De hecho, no sabéis cuánto me jode, porque creo que esta novela podría haber sido un clásico de la literatura infantil y juvenil —a la altura de El Principito—, y no lo será nunca.


¿Cómo lo hubiera hecho yo, que como todos sabemos soy la polla en bicicleta, autor consagrado por cuya novela todas las editoriales se pelean?


Je.


Adenar está en un manicomio en el libro de Ibáñez. Y lo estaría en el mío. Pero no en el de un planeta CLAVADITO al nuestro, en el que todo sucede igual, con cierta distancia irónica candorosa que permite que el director de la loquería se llame Mirmidón Aguanópulos. No. Adenar estaría en un manicomio de la Tierra. Y posiblemente de Madrid, ya que conozco mejor esta ciudad que Seatle o Tombuctú y me parece gilipollesco ambientar la acción en la quinta puñeta para utilizar nombres extranjeros, que molan más, por aquello del caché y el superestrato, que todos sabemos que un héroe no se puede llamar Jaimito, que no es cool y parece el del chiste tan patrio y tan rancio, pero sí Jimmy —qué elegante, como el amigo de Supermán—. Examinad el 90% de los libros en castellano de subgénero y no tendrá ninguna gracia lo que he dicho: que la verdad duele.


Adenar vendría de Amaula, su mundo fantástico, sí, y lo recordaría leyendo los libros de El Cuento de Adenar, igual que en la novela de Ibáñez —que en La Historia Interminable— haciéndole pensar que su planeta maravilloso es mentira. Y por ahí seguiría yo, y no me sacaría de la manga una nave espacial. Y desde luego, no acabaría con niueich. Vade retro.


El libro se diluye, pierde interés, se le va de las manos. Acaba en autoayuda lamentable, a la manera de un Coelho o un Caballero de la armadura oxidada. Mete Ibáñez el hinduismo de Bollywood y de cocacola light, sin azúcar, sin cafeína y sin lingotazo de whisky: ñoñería tras ñoñería para degustar entre los estantes de una tienda esotérica. Vale, que sí, que todos sabemos que el chico salió del armario y le dio por pregonar que tenía un altar a Ganesha, pero una cosa es tu creencia y otra muy distinta tu novela. Que tú seas hinduista no significa que tu libro tenga que serlo, y más cuando no pega ni con chicle. Por ejemplo: yo soy politeísta y mi libro no va de... Vale, yo no valgo.


Pero Ibáñez es y será de los grandes. A ver si le da de nuevo por demostrarlo.


Recomendado: hasta la página 126, maravilloso. Después, no.


Hay que ver la de libros que nos quedan por destrozar, la de egos que esperan su pisoteo inmisericorde y se sacuden de ganas con la vejiga llena de ínfulas, guardando su sitio en la fila, cambiando el peso de pie a pie.


Ahora que los contemplo, me permito una venganza en miniatura: me voy a mear, que me llevo conteniendo una hora para no perder el hilo, y luego a dormir. Mañana será otro día. Ellos han publicado: yo no. Que se jodan y aguanten.


Ah, los pequeños placeres de la vida...


Desde el faro,


Al.


Álvaro Naira © 2008

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14 Octubre 2007

Contar cuentos. (Crítica literaria XI).

Leído: Obabakoak, de Bernardo Atxaga.

Psé. A ver. No es una novela. Tampoco es una recopilación de cuentos. Anda a caballo entre las dos, y ahí es donde mete la zarpa. Quiero decir con esto que en teoría se trata de una serie de relatos cuyo único lugar común es... un lugar: Obaba, una aldea ficticia del País Vasco. En teoría porque no lo es; hacia el final cobra una estructura y se convierte en novela: continúan los personajes y continúa la historia, crece, se organiza y funciona. Mi sensación, al leerlo, era la de toparme con una construcción accidental, con un autor que había recogido material disperso que tenía escrito y al final se atrevió a hacer una novela corta. Me sentí hasta cierto punto engañado. Si me vendes relatos, hasta el final. Si me vendes novela, desde el principio. No “aprendas” sobre la marcha y al final te lances.

Nunca lo repetiré lo bastante: será todo lo postmoderno que queráis montar una historia a cachos y no con esa linealidad, supuestamente tan cómoda, de contar una historia del derecho y no del revés, tan propia de la literatura del siglo XIX, con su introducción, su nudo y desenlace. Ah, es que eso es muy fácil. Claro. Hay que rizar el rizo y que el lector deje de ser “hembra” —como decía Cortázar antes de que las feministas se le echaran al cuello— y pase a ser “macho”, activo y participativo, y se dedique a colocar las piezas del puzzle que cuidadosamente el escritor ha dispuesto al azar, que mola más que dárselas numeradas.

Me parece muy bien.

Siempre que se sepa hacer lo otro.

Me explico: Dalí sabía pintar. Y pintaba. En determinado momento le entró la humorada de realizar la escultura “Teléfono bogavante”, que consistía en un teléfono cuyo auricular era un bogavante —nunca os lo hubierais imaginado—. Se lo cascó por quince millones de pesetillas a la casa de subastas Christie’s un año antes de palmar, en el 88. Eso es digno de carcajada y aplauso, sí.

Pero Dalí sabía pintar. Que fuera un capullo oportunista —avida dollars— es posterior y secundario.

Frente a esto, imaginad la siguiente situación: llega un tío, suelta un poco de basura en la planta de arriba del Museo Reina Sofía de arte contemporáneo y lo llama “Objetos dispuestos al azar”. La pregunta es: ¿sabe hacer otra cosa? ¿No hace eso porque es incapaz de esculpir? ¿Dónde está el arte ahí? Sin comentarios.

En literatura, lo mismo. Demuéstrame que sabes manejar una trama. Enséñamelo. Construye tu arquitectura novelística de forma que no se te caiga. No me lo hagas fácil tampoco; te voy a pillar. Engáñame. Móntame un rompecabezas tan bien hecho como el de Rayuela, o hazme creer que leo una novela decimonónica lineal y hasta juvenil e intrascendente cuando por debajo la estructura hace volteretas —ajem. Como Politeísmos. Salvando todas las distancias, por supuesto—. Pero no me canses. No me aburras. No fuerces mi paciencia. Te leo en mi ocio. No eres tan importante como crees. Quiero una ficción, quiero una puerta a otro mundo, amable o tremendo, no me importa. Pero eso es un libro y es lo que pido. Yo leo con los dientes y trituro, no con los ojos. (También mis propias obras; hay que ser consecuentes. Otra cosa es que me calle la autocrítica. De momento.)

Bueno. Que conste que estoy siendo injusto con Atxaga. No he leído más obras de él que Obabakoak. Es un buen escritor y tiene ahí relatos excelentes, pero otros pierden fuerza —voy a leerlo más y posiblemente me retracte de este artículo—. Lo he cogido de excusa para soltar unos cuantos espumarajos contra la postmodernidad. Ya lo dejo.

Tiene un cuento magnífico, Obabakoak. Es el siguiente:


Para escribir un cuento en cinco minutos

Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga —además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente— un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted; una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua —si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello— y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).
Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también —en la estantería que está a su izquierda— el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces —y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel— esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga.

Arf. Qué buenísimo.

Lo malo es que continuuuuuuuuúa. Y nos narra una historieta de una señorita que se quema la cara. A mí, personalmente, me la trae al fresco después de leer eso. Estaba tragando metaliteratura, que es esa pijada en la cual escribes sobre escribir. Lo estaba disfrutando. Me gustaba. Pues que no me salga por la tangente, coño, que me da rabia y me entran ganas de agarrar las tijeras de la carne, el cuchillo jamonero y el hacha.

También tiene Obabakoak el mejor cuento de la historia de la literatura. (Hala. Y me quedo tan ancho. Y que me lo rebatan. Sí. EL MEJOR CUENTO DE LA HISTORIA DE LA LITERATURA.)

Claro que no es suyo.

¿No sabéis de cuál hablo? Pues agarrad las palomitas, repantingaos en el sillón y preparaos a disfrutar. Es breve. Brevísimo. Como buen cuento.


El gesto de la Muerte.

Un joven jardinero le dice a su príncipe:
—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar lejos de aquí, en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta su mejor caballo. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
—Muerte. ¿Por qué le hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No fue un gesto de amenaza —responde la Muerte— sino de sorpresa. Pues lo veía lejos del lugar de la cita, ya que debo tomarlo esta misma noche en Ispahan.

¿De quién es este prodigio? JA. Pues de todos y de nadie. Es popular, señores. Es de Cocteau, de Borges que lo “tradujo” —como traducía él, inventándose la mitad, de hecho yo no he encontrado el original de Cocteau, aunque tampoco es que me haya matado a buscar—, de Somerset Maugham, de John O'Hara, de García Márquez, de Juan Benet y hasta de Terry Pratchett. Es de Yalal Al-Din Rumi —éste suena más antiguo, ¿eh? Pues tampoco es el autor—. En teoría es de las Mil y una noches —en las mías no está, lo juro, pero es que no tengo las que “tradujo” Galland sino una edición actual, mucho menos fantasiosa—. Es de todos. Y de Bernardo Atxaga, por supuesto.

[Filólogos del mundo, aburridos y necesitados de hinchar vuestro currículum con publicaciones en revistas especializadas, ¿quién se anima a seguirle la pista textual a este cuento? Las ciudades fatídicas varían entre Samarra e Ispahan; da para un estudio abultadito. Yo paso.]

Obabakoak es realismo mágico y un Cien años de soledad de segunda fila. Bien escrito, por descontado —yo no leo mierda, salvo cuando lo hago—. En la literatura vasca dicen que es la puta hostia; en la universal creo que su sombra es poco alargadita. Me gustan sus pinceladas de relato popular, el cuento del jabalí blanco —otra corza de Bécquer—, el relato del chico alemán al que le escribe cartas una chica ficticia —como la historia de Kafka y la muñeca viajera—. Me gustan los retazos de folclore, la superstición, el lagarto que se mete por el oído y deja sorda y tonta a la víctima, los cuentos de viejas. Ahí gana fuerza y profundidad.

Porque los mejores relatos, al final, son los de toda la vida. Y si no me creéis, pinchad en el vídeo, un pequeño ejemplo de la obra maestra del marionetista Jim Henson, alabado sea.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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22 Septiembre 2007

La música del mundo (Crítica literaria X).

¿He estado de vacaciones en algún paraíso tropical?

NOOO.

He estado deprimiéndome, que mola más y gasta menos.

Sigo sin tener noticias sobre la Editorial Misteriosa. Ya sé que las cosas de palacio van despacio, pero estoy hasta la polla de esperar. Me aburro, me canso y vivo desconsolado, hundido y arrebujado en mi cama, rodeado por mis perros, entre lágrimas amargas que salan una tarrina de helado con cucharita como en las malas pelis románticas —lo cual es una tautología, pero por seguir con el tópico, el helado sería Haagen Dazs, vainilla con cookies, cremoso y crujiente a la par que azucarado, y he tenido que buscar en google cómo se escribía la marca—. Ahora bien: incluso abatido, triste, lúgubre, gótico y repasando cicatrices, no puedo evitar pensar en los demás —si es que soy todo un filántropo—, así que sólo tengo una meta: que os aburráis y os desesperéis conmigo.

Como no tengo ganas de escribir, me dedico a tragar grandes libros. De más de medio kilo de peso y quinientas páginas mínimo.

Leído: La música del mundo. Le doy cuatro estrellas y media, la media que le falta se la resto por pretenciosidad, pedantería y puntos suspensivos. Recomendado para paladares exquisitos y gente con paciencia. Con mucha. El que se atreva con este libro disfrutará de una de las cumbres de la narrativa reciente, tal vez del mejor escritor de literatura fantástica actual, del aclamado por la crítica, absolutamente desconocido por el público y marciano con antenas para el fandom: Ibáñez. Y no me refiero al de Mortadelo y Filemón.

Nos movemos a un nivel distinto para criticar este libro. Aquí no hay mercado que valga, ni accesibilidad ni entretenimiento, sino profundo desprecio por el lector y por su tiempo. Andrés Ibáñez se sitúa en su tarima y da una clase magistral de las que hacen que el alumno se sienta imbécil, como hace Borges, cosa que sólo les perdono a los que son muy buenos.

Ibáñez lo es.

Estamos hablando de Literatura Con Mayúsculas, y como tal, el libro es un pestiño. Según lo lees, se te queda pegado a los dientes y no hay quien lo mastique. A mí, que me gusta el dulce, me supo a gloria. Me lo tragué de un tirón porque hacía mucho tiempo que no leía algo tan bien escrito. Cada palabra me crujía en la lengua y me sucedía algo magnífico: tener ganas de leerlo en voz alta, de paladear los sonidos y dilatar cada frase en ese interminable suspenso que dan los tres puntitos... Porque hay que destacar un detallito estilístico, una pijotada de escritor bisoño, un jueguecito digno de cualquier ismo, de cuando el siglo estaba joven y los autores hacían experimentos con matraces y probetas rellenos de prosa, puntuación y tipografía, y les estallaba el Quimicefa en el hocico, porque escribir es un juego, pero desde luego no es un juego de niños.

No hay caligramas en La música del mundo, no..., pero la novela entera carece de puntos seguidos y apartes... todo continúa, todo se prolonga, se demora, se prorroga y se estira..., se hace lento y pegajoso, se impregna de una melancolía oscilante..., el mismo tiovivo romántico en el que ahora estáis subidos..., y os mecéis como en un barco..., arriba y abajo..., abajo y arriba..., todo por obra y gracia del punto suspensivo...

Personalmente, me parece facilón tirar de ese recurso. Es tan infantil como pintar una frase de colorines para que destaque. ¿Lo habéis visto? Niñerías. ¿Quieres que tu texto sea moroso y cansino? Pues te lo curras. No te limites a escribir normal y a añadir tras cada pausa otros dos puntitos. Y eso que funciona, os lo garantizo. Como dice Andrés Ibáñez:


... no terminemos las frases, dejémoslas así, ardiendo, para que algo suceda... entonces veréis el mágico proceso mediante el cual una simple frase se transforma en un caracol o en algo eléctrico y útil, o en algo de hermosura tan extraña que no hay otro remedio que encerrarlo en la vitrina de un museo...


Sí, claro que es pedantón. Y bueno, también. A este hombre yo le sigo más o menos la pista, aunque él en persona no me interesa un pimiento porque me huelo que va en la línea de niño-bien morigerado de Juan Manuel de Prada —escribo de oídas, lo que nunca debe hacerse—, y hasta es de su quinta. No importa; que el autor no distraiga de la obra, ya sabéis: la mayoría somos unos capullos integrales, y a mucha honra. Yo leí El mundo en la Era de Varick y me gustó, me pareció el libro de un freak de Dick y Tolkien que además adora a Pynchon, cosa que siempre es muy de agradecer. Lo cierto es que me cuesta retener el argumento, en parte porque no lo tenía y es de estos libros que al año de haberlo leído no eres capaz de decir de qué iba, aunque te gustara en el momento. Pues La música del mundo es mejor, y por eso la olvidaré antes. Magníficamente escrita, un placer de lectura, peca de ser más lenta que En busca del tiempo perdido (vale, exagero) y de carecer por completo de historia y ser una acumulación de pedanterías. Pero se nota que era lo que el autor quería, así que chapeau. Elitista, muy cuidada, jodidamente académica, más que burguesa, aristocrática, pomposa a ratos, aparatosa siempre, da vueltas y revueltas y te lleva a donde quiere: a ninguna parte. Excelente: no es el tipo de literatura que a mí me gusta hacer, pero sí de la que me gusta leer. Para desintoxicarse de tanta elevación atmosférica, recomiendo al terminarla ponerse a mirar los dibujitos de los peores tebeos de la Patrulla X, con especial énfasis en “La canción del verdugo” o “La masacre mutante”.

No os puedo contar de qué trata La música del mundo porque no trata de nada. Puedo deciros que es un tipo de fantasía asombrosa, onírica y lánguida, una forma muy, pero que muy distinta de la que yo empleo para enclavar la maravilla en nuestro día a día. Yo sujeto la fantasía en el paisaje, que es completamente realista. Es Madrid, nuestro Madrid, lleno de mierda y de obras, con su parque del Retiro, su aeropuerto de Barajas, su templo egipcio (?) —sí, hay uno en la capital de España—, sus bares de copas y sus tiendas de esoterismo. Ahí suceden cosas asombrosas. Justo ahí.

En cambio, Ibáñez usa personajes corrientes —más o menos, son todos de lo más snob— que se desenvuelven por un marco a ratos verdadero, a ratos surrealista. El personaje de Block es un niño pijo aristocrático que se funde por las calles de una Viena tostada y se encuentra con un perro y un gato que hablan de la vida y sólo se sorprende porque parlamentan en ragudano, su idioma natal de Tristenia, que, por cierto, no existe —fatuidad gratuita del día de hoy: eso de los perros que hablan se lo roba Ibáñez a Cervantes, como saben todos mis pedantes lectores, a los cuales he ofendido con mi apostilla a algo tan evidente y conocido. Detesto a los críticos literarios. Fin del inciso—. A lo que íbamos: Jaime, Estrella y Block viven en Países, una fantápolis trasunto de nuestros queridos Madriles, pero con playas doradas y azules, el deseo de cualquier dominguero; Jaime investiga en la Biblioteca Nacional sobre su tesis aburridísima y se topa con documentos acerca de la Región Confabulada, capital Zembelia, invención erudita al estilo del Tlön borgiano, que cobra un interés siniestro de secta de iluminados. Y luego está Montoliu, el profesor de Poesía de la Palauniversidad de Países...

Es como si le dieras la vuelta a la realidad y al papel. Por aquí lo estabas mirando, es un sitio que conoces, has caminado por él. Doblas la hoja y la esquina y te encuentras con el mar, un templo hindú o un ave fénix en mitad de Madrid. Vuelves sobre tus pasos; de nuevo estás en tu planeta. Avanzas otra vez. Es tan parecido el sitio que te planteas, por un instante, qué es real y qué es ficticio por el juego de la identificación y la no identificación. Quieres ir al parque del Retiro y remar en el lago más allá de la estatua de Alfonso XII. Sabes que no hay nada después, que se acaba el agua, que no existe una fuente egipcia —aunque dudas—, pero lo mismo es que no miraste bien: valdría la pena buscarla. ¿Y si está ahí? Eso pondría patas arriba tu mundo y te entrarían ganas de gritar: ¡La realidad es mentira! —todo muy postmoderno, claro, como en la mierda de película de El corazón del guerrero—. El juego de mirar dos veces permite que en el parque Servadac —que es el Retiro, en principio, hasta que le das la vuelta— haya sirenas. Despacio, aparecen.


Jaime, Block y Estrella alquilaron una barca, remaron hasta el centro del estanque y allí se quedaron inmóviles, tomando el sol, rodeados de reflejos plateados, rodeados de carpas que surgían del verde subconsciente del estanque para devorar trozos de pan, de plantas acuáticas y satinadas castañas flotantes […] Estrella exigió que la llevaran a la sombra, y Block remó en dirección al monumento de Alfonso XII, que se adentraba en las aguas como las fortificaciones de un castillo, con leones que oteaban la distancia y escalinatas que descendían hasta el agua, y luego se desvió hacia la fuente egipcia, y la barca rozó el fondo arenoso cuando entraba en la verde sombra de los pinos... la fuente egipcia era desde el agua una pared de piedra de unos cinco metros de altura, sobre la cual dos esfinges custodiaban una pirámide truncada, en cuyo pináculo Isis se mostraba al mundo envuelta todavía en su velo... […] y de pronto, sucedió algo asombroso: hubo una ondulación bajo la alfombra de hojas sedosas, y a pocos metros de ellos apareció entre las flores la cabeza de una joven bañista, que se llenó los pulmones de aire, les contempló con una expresión de terror en sus grandes ojos verdes y volvió a hundirse en el agua —¿qué hacía, nadando por allí...? un poco más lejos, otra joven asomó entre los nenúfares su torso desnudo (se había impulsado con tal fuerza que quedaron al descubierto sus clavículas en forma de V y sus pequeños senos), tomó aire y se hundió de nuevo... ahora ondulaba toda la superficie de nenúfares... casi al lado de la barca, surgió de pronto la cola de un enorme pescado, brillante y erizada como un abanico, que al hundirse en el agua produjo un salpicón en forma de explosión luminosa, rápidamente arrastrada por la brisa sobre las cabezas de los tres ocupantes de la barca
—¡ah, demonios!, dijo Estrella con fastidio, retorciendo entre las rodillas el borde de su vestido... ¡son sirenas! […] nunca había visto sirenas por aquí […]
al parecer, las sirenas estaban siempre en un pequeño estanque sobre el que caían unas cascadas bastante artísticas (merecía la pena verlo) y nunca salían de allí... todos los estanques del parque Servadac estaban, sin embargo, comunicados, y no era imposible escapar o deslizarse subrepticiamente de uno a otro —a través de canales plateados entre las espadañas, no muy limpios... […]
—rumbo al estanque de las sirenas, dijo Jaime... sólo tenemos que decidir por dónde queremos ir
—podríamos desviarnos un poco al norte, dijo Estrella, y dar una vuelta por la isla de los náufragos del Titania y parar un momento para ver los tapices del Palacio de Cristal


Es curiosísimo cómo lo hace. Así en extracto no funciona; hay que leer el libro entero. Es como si lo irreal fuera lamiendo nuestro mundo y cambiándolo de color según lo humedece hasta romperlo. Y por el hueco, entran los seres fantásticos. En el parque del Retiro hay un monumento a Alfonso XII —que, por cierto, aparece en Politeísmos— y una fuente egipcia. Os he mentido antes: existe. Pero no es igual. Ibáñez la enriquece con estatuas y ensancha el lago hasta sus pies y más lejos, a un lugar donde hay sirenas. Entramos en el universo que se solapa, en el reino de los posibles en el que vivíamos de críos, donde nada era unívoco, todo era muchas cosas y a la vez y compatibles, porque el bordillo de la acera es un bordillo, claro, pero al tiempo es un puente sobre un río de lava, y si vas por encima haciendo equilibrios y resbalas y caes en la calzada estás muerto, achicharrado entre alaridos. Game over. Fin de la historia.

Poco a poco Ibáñez nos va plegando el papel y le da la vuelta. Si tengo algo que reprocharle es que no lo haga bien siempre. La Praderabruckner y el primer paseo por el parque Servadac son asombrosos. El segundo cansa, aburre y sale Bugs Bunny.


... el cazador tenía un gorro rojo abrochado por debajo de la barbilla, brillantes botas negras y una gran escopeta de dos cañones que empuñaba con fuerza y con la que apuntaba a algún lugar invisible entre las hojas...
—oh, diablos, no hagan ruido, les dijo con muy malos modos cuando ellos tres se acercaban... ¡ese maldito conejo tiene un oído muy fino!
—pero ¿por qué quiere cazarlo?, le preguntó Estrella, con esa mezcla de indiferencia y severidad que usaba con las personas que no le gustaban
—¿que por qué...? ese conejo es un grandísimo hijo de... ¡se ha burlado de mí demasiadas veces! ¡pero ya se acaban tus días, conejo! añadió rojo de ira ¡te haré tragar todas tus bromas estúpidas!
estaba tan furioso que disparó varias veces la escopeta en dirección a los matorrales, mientras seguía gritando: “¿y lo de las zanahorias envenenadas? ¿y los catorce cartuchos de dinamita escondidos en muñequitas de Pascua?” […]
caminando hacia el refugio de los osos, se cruzaron con un personaje bastante estrafalario, vestido con un abrigo negro que le estaba demasiado grande, una elegante bufanda gris y gafas de sol... […]
—Dios mío, dijo Block, ¡es el conejo!

Creo que jamás había leído un tropiezo más espectacular en una novela. Y menos en una tan buena. Os he dicho que La música del mundo es una pijada, que es morosísima, que es una delicia y una pretenciosidad de lo más académica. NO PUEDE APARECER BUGS BUNNY. Pues aparece, ante mi estupefacción. Además es que me imagino la escena:

EDITOR: Andrés, mira, esto de que aparezca Bugs Bunny en tu novela...
AUTOR: (Sonriente) Es completamente postmoderno. Si utilizo mitos clásicos debo usar mitos contemporáneos; así me siento muy rompedor.
EDITOR: (Conciliador) Pero Andrés, sé razonable. Te juro que me ha sacado completamente del texto... Si quieres mitos contemporáneos casi preferiría que usaras a Elvis. En serio. Que no solté la carcajada de milagro...
AUTOR: Tú no entiendes mi mente privilegiada que se adelanta un siglo. Y si me cortas la escena de Bugs Bunny publico en otra editorial.
EDITOR: Andrés, hijo, que tu libro es espectacularmente bueno, que me parece fetén que te molen Disney y la Warner, pero hay un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio...
AUTOR: (Hinchándosele la vena de la frente) ¡O SALE BUGS BUNNY O ME ENFADO Y DEJO DE RESPIRAR!
EDITOR: (Alarmado) ¡Valgame Cristo! ¡No lo hagas, Andrés! ¡Tienes una prometedora carrera por delante! ¡Aparecerás en los libros de texto de literatura! ¡Un montón de pedantes académicos aburridos y sin vida propia hablarán de ti dentro de un siglo!
AUTOR: Y considerarán la aparición de Bugs Bunny propia de la avant-garde y me adorarán. Seré el primero en mezclar iconos de la cultura popular con los consagrados mitos de la elite (dígase la palabra llana, que es más elitista que esdrújula).
EDITOR: (Conteniendo la risa) Pffff juasjuasjuas ¿El primero?
AUTOR: (Suspicaz) ¿Te estás riendo? Mira que me enfado y dejo de respirar...
EDITOR: Sea... Hay que cuidar la salud de nuestras letras. (Que Dios nos pille confesados.)

Quitando a Bugs Bunny, La música del mundo es uno de los mejores libros que he leído desde que cayó en mis manos Escuela de mandarines. A pesar de que el autor tenga un tic horrible: las comas agramaticales. No es tan severo como en “El perro, COMA, corre. PUNTO”, pero para muestra un botón: “la única forma de dar con la puerta que conduce al reino subterráneo de los silfos, COMA, es (siempre) tropezarse con ella al azar”. Página 55. Le he cazado ya tres de este tipo. Lo mismo es “estilística” (vid post de la RAE). Paciencia. Afilaos los dientes para restregarme los gazapos cuando salga a la venta Politeísmos.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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28 Agosto 2007

In requiem

Paco Umbral probablemente no es de los grandes ni lo será. Se acomodó, se repetía más que las morcillas en cada libro y se encontraba muy contento en el periodismo. Pero es bueno, y se ha ganado el derecho de que hablemos de él en presente, como si no hubiera muerto, porque su obra perdura.

Le echaremos de menos. Porque era un hijo de la gran puta, y todo un personaje.

A ver si nos enteramos de algo: la literatura no es un bello arte para señoritas en manoletinas rosas y para dulces y encantadoras personas que usan vaselina antes de meterla por el culo, que se ponen guantes de seda y le dan a la corrección política. Ésos que se hagan funcionarios. La literatura es el oficio de los golfos, vagos y drogadictos.

Y que dure.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Tags: umbral

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15 Agosto 2007

Realismo mágico 1.0 (Crítica literaria IX).

En aquellos maravillosos años universitarios, plenos de vida social en la cafetería de facultad, conversaciones frívolas en las que inventábamos el kit de Arregle Usted el Mundo en Cinco Sencillos Pasos y sesudas competiciones de mus —qué pasa, éramos filólogos y éramos muy cultos— tuve un buen profesor. También tuve a gilipollas integrales, y muchos. Mi Buen Profesor comenzaba sus clases explicando por qué le gustaba la literatura, y nos decía que él había vivido muy poco, que había tenido una vida muy aburrida. Nos contaba que leía porque con un libro podía sentir lo que no le había pasado. Con un libro podía viajar a otro país, enamorarse de varias personas a la vez, ir a la luna, a otros planetas, al siglo XII, a la casa de enfrente; podía ser un pirata, un mosquetero, una bailarina y un bohemio. Y aunque parezca un anuncio de higiene femenina, no deja de ser cierto. Yo también leo por eso.

En parte. Porque vas creciendo, y las historias que te satisfacían de mocoso han dejado de hacerlo. Los libros que te tragaban ya no funcionan como en La Historia Interminable: ahora les ves el andamiaje. Y si no está bien hecho, al carajo: edificio al suelo. El estilo, el lenguaje, el ritmo, la descripción y el diálogo te importan más que lo que se cuenta. Y los libros de fantasía reciente no te cubren jamás el hueco estético. Los que yo conozco. Así os lo digo. A pelo.

Se me ha criticado alguna vez lo durísimo que soy con el fandom, del cual he bebido toda mi vida y al cual le debo lo que soy. Porque yo adoro la fantasía. La ciencia ficción. El terror. No hay nada que me guste más. Y soy un hijo de la gran perra cuando hablo de los libros de subgénero. Lo soy. La mayoría es mierda y refrito y combinación de ambos.

Pero no todo.

Leído: Ygdrasil, de Jorge Baradit. RECOMENDADO.

Conocí a Baradit en tauzero. Leí un artículo ahí de no sé qué, quise enlazarlo en el blog, pregunté y me respondió que claro, que linkeara, que copiara y fusilara. Como soy un cotilla y el nombre me sonaba de algo —del portal sedice, del que soy lector asiduo y comentarista nulo— lo busqué por internet y caí en plancha en su bitácora. Me quedé a cuadros, me leí de golpe como unos nueve meses de su blog, me corrí siete veces y, llevado por un impulso irrefrenable, le escribí una sonrojante carta de amor más o menos como la siguiente:


“Eres la puta hostia. Me muero de ganas de conseguir tu novela. Estoy casi febril. Me pareces la polla. Tu escritura es pura acumulación de imágenes, surrealismo densísimo, un viaje de LSD, el pasado y el futuro metidos en la cazuela y bien removido el guiso hasta que cuece y explotan las burbujas como tumores y pústulas. Joder. Pero qué bueno eres. Y no es jabón, que ni lo necesitas ni yo lo voy dando por ahí. Si eres la mitad de bueno manejando estructura, trama y argumento como eres con las imágenes de tus descripciones, que sacuden las pupilas sin que podamos cerrar los ojos, vas a ser de los grandes. ¿Dónde coño puedo encontrar tus libros?”.

Vale. Actúo por impulso y siempre hago el gilipollas. A mí me mandan un mail así y estoy con una erección tres días. Y luego me baja la noria de golpe y pienso que me toman el pelo, me deprimo, agarro una cuchilla y practico el siempre agradable deporte de la automutilación. Suelo decir que prefiero a los escritores muertos porque a esos los puedes adorar sin hacer el ridículo y sin dar lugar a malentendidos, ya que la carta chorreaba lubricante y yo, a pesar de haberme codeado con góticos durante la tira de años y haber visto cosas que vosotros no creeríais, siempre he practicado una aburridísima heterosexualidad, que es poco literaria y menos cool. Así que me flagelé un poco por hacer el capullo y me puse a buscar sus libros. Fin de la historia.

Baradit es chileno, y autor de cf. La combinación de tales atributos hacía que su novela Ygdrasil no estuviera a la venta a este lado del charco, y era bastante estúpido subir un post a la bitácora sobre algo que mis lectores peninsulares no iban a poder encontrar. [Ajem. Claro. Como yo no hago eso un día sí y otro también hablando de mi libro —¡Politeísmos de Álvaro Naira, pronto a la venta en vuestras librerías!—. Sin comentarios.]

Hace más de un mes que tenéis la novela de Baradit en las tiendas. Se me fue el santo al cielo y se me pasó el arroz, y ahora os voy a hablar de ella. No es para todos los estómagos y no se parece en nada a lo que yo hago, aviso.

Pero me encanta.

¿Os gusta el cyberpunk? ¿Os flipó Neuromante? ¿Alita? ¿Ghost in the Shell? ¿Enki Bilal? ¿Os pone la cf, la religión y la mitología? ¿Os flipa Giger? ¿NIN? ¿Os va el sadomaso? ¿Qué tal si añadimos a la mezcla un toque borgiano? Echadlo todo a la coctelera y removed: saldrá una baraditada.

Baradit es excesivo. Es orgánico. Parece un tumor que estalla al que le salen brazos. Ni siquiera es barroco. Es como un videoclip. Es pura estética y fotograma tras fotograma. Escribe con las tripas y con los ojos, no con las manos: hace vomitona de imágenes trituradas. Estrujas las hojas de su prosa entre las uñas y al exprimirlas cae una papilla de cables empapados en placenta, atravesados por una corriente de luz azul eléctrica. Y cuando acabas de leer, te chupas los dedos.

Porque es muy bueno.

Un ejemplo:


Guiamos el desarrollo de la red como se cría al verdadero hijo de Dios. Planeamos su desarrollo como una copia de la estructura neuronal de un santo. Cada nodo diariamente incorporado es una letra del conjuro definitivo. Cuando la última palabra sea agregada, el Altísimo tocará esta obra de sacra artesanía con su dedo hirviente y se alzará viva, levitando sobre las cabezas de los hombres, entonando una letanía electrónica en nota sol. Todas las mentes se sincronizarán en el tono emitido desde el cielo y serán infectadas de amor a Dios. El alma de la humanidad se elevará en una sola mente, se hará carne y cable como un gran insecto, orando en código binario y comunicando directamente a la corteza cerebral el infinito rostro de Dios.

Transmisión pirata emitida a fines del siglo veinte en forma de un virus informático para usuarios. El contenido fue decodificado por error sesenta años después.

Otro ejemplo:


El selknam tenía a Mariana colgando de un árbol por los pies, en un lugar de la sierra del estado de Guerrero. Alrededor del tronco había dispuesto un círculo de rocas negras y cuatro espejos marcando los cuatro puntos cardinales. Sobre los espejos había derramado palabras poderosas y pétalos de flores.
Llevaba dos días girando ritualmente en torno del árbol, para frenar la fricción con que el tiempo desgasta las cosas y así disminuir su efecto erosivo sobre la memoria de Mariana. La danza se sostenía sobre un canto de tres notas musicales que estimulaban curativamente su glándula pineal. Al tercer día desenterró los pulmones de la mujer y los sumergió en agua consagrada antes de reintegrárselos. Puso un pez minúsculo en cada ojo antes de devolverlos a sus cuencas. Abrió un lobo por el estómago y extrajo el corazón de Mariana, que había estado escondido allí durante días, lejos de la mirada de la muerte. Cosió las heridas con fibra de cactus y se sentó a esperar.
A los nueve días ocurrió la maravilla. Con el primer rayo de sol se oyó un llanto de bebé saliendo del árbol, que crujía angustiado; poco a poco el llanto alcanzó su adultez. Saltaban las astillas, la corteza se resquebrajaba. De pronto, una mano rompió la corteza y afloró buscando asirse, luego otra mano; era Mariana, luchando por romper el cascarón y salir a respirar. Finalmente el tronco cedió, la corteza se deshizo y Mariana emergió envuelta en savia y musgo, vomitando tierra. Puso un pie fuera del círculo de rocas y cayó desvanecida a los pies del selknam, que permaneció sentado, indiferente, recortado contra el sol de la mañana.
Las aves no cruzaban el espacio por encima de él.

Podría seguir y seguir pegando trozos, pero casi mejor os lo compráis o leéis el principio aquí. Ha sido amor a primera vista, en mi caso. Consideradme un lector de baraditadas hasta la muerte. No había leído algo tan jodidamente original en ciencia ficción en mi vida. La unión del mito y la informática es impecable: los teclados de ordenador son ouijas para conectar con el más allá, se entra en la red follando, hay personas que sirven de proxy —médium, dispositivo que realiza una acción en representación de otro; en internet, el que permite el acceso de varios equipos con una misma IP—, el presidente de la sección catorce tiene el nombre de un monstruo mitológico y camina sobre los cuerpos desnudos de sus seguidores, el miedo se codifica en datos y se fija con estática a barras de ferrita, hay almas desplazadas y Dios es un organismo en suspensión al que se le reza en binario. Los críticos lo catalogaron como ciberchamanismo. Baradit lo llamó realismo mágico 1.0.

Ahora es cuando debería acabar el post. Sin embargo, los que me leéis desde hace tiempo sabéis muy bien qué toca ahora.

El “pero”.


Soy tan hijo de puta que ni respeto a los escritores que más me gustan. Quiero decir con esto que a Ygdrasil le veo fallos, por supuesto. Y naturalmente voy a enumerarlos.

Lo primero que me rascó fueron los personajes secundarios. Hay un militar y un político que guían todas las intrigas, que manejan a la asesina en serie Mariana la chilena, y que parecen —de verdad— sacados de una mala peli de acción de Hollywood. Son planos. Planísimos. Auténticos tópicos. Y me jodía, no sabéis cuánto me jodía, estar leyendo un libro tan espectacularmente bueno y encontrarme con frases como “¡Quiero la ubicación de las fuentes de la anomalía, y la quiero ahora!” o “¿Quién está al mando?”; “Fulano, Mengano y Zutano”; “Pues ya no lo están”. Mariana, que es un personaje que estéticamente flipa, bebe demasiado de las fuentes de Gally —el cyborg de Alita— y de la Jill de la Feria de los Inmortales, pero eso no me molesta: me molesta que llore. En serio. Es un personaje que llora demasiado y en los momentos más inoportunos. Me gustan su alegría infantil y su ingenuidad en contraste con la psicopatía que hace que le dé por descuartizar tipos, pero de tanto lloriquear y gemir se me olvida a ratos que es una asesina. Soy de los que piensan que impresiona más una reacción cuando es única que cuando se repite ochenta veces, y en el libro se machaca hasta la náusea la cuestión de las “perras”.

Una perra, en el universo de Ygdrasil, es el producto de una industria para el placer personal. Consiste en coger a una mujer, freírle la corteza cerebral, cortarle brazos y piernas para facilitar el almacenaje y usar ese torso de muñeca hinchable hasta que la diña. Mola —literariamente, no estoy tan enfermo. Aún— pero se amenaza en todas las páginas impares y en bastantes de las pares con hacerle eso a Mariana. Cuando no se la amenaza, lo recuerda ella sola —y se pone a llorar—. Llega un punto en que cansa. Una buena idea si se soba deja de serlo.



Luego está el selknam. Es una criatura que parece sacada de una portada de
Dave McKean. Tiene el aspecto de “una mujer, una carta de tarot, un campo de margaritas, un caballo árabe, una voluta de humo de su primer cigarro de marihuana”. El selknam carece de espalda, siempre se ve de frente. Aunque lo mires constantemente, parece que a cada momento lo contemplas por primera vez. Habla en forma de recuerdo, desde el futuro, desde el cielo, desde detrás de Mariana. A veces parece una imagen congelada en un televisor. Otras un gato en forma humana. Otras un insecto. Los selknam son una especie de ángeles por encima del bien y del mal, parte del sistema inmunológico del cosmos. Se sitúan en el curso de los acontecimientos y los propician. "Pisan aquí y no allá, cortan una hoja específica en un arbusto específico, curan a ese niño, dejan de respirar durante unos segundos, lideran una revolución, cortan una hebra de cabello, escriben una frase en la arena".

Después de haberme presentado a este personaje increíble, cuando yo estoy dando palmas con las orejas ante su falta de afecto, de piedad y de odio, cuando imagino —no sé por qué— a un hombre enteramente azul en la postura del loto, cambiando de forma de continuo en sobreexposición, sucede lo peor que podía suceder.

El selknam habla con Mariana sobre las perras. Es la primera vez que se nombran las perras y que se explica lo que es, y el problema está en que se explica. Ahora voy a explicarme yo.

¿Sabéis lo que es un “parlamento” o una “relación”, que vienen a ser sinónimos? Yo no; he tenido que buscarlo en los apuntes de la carrera.

Un parlamento es una convención del teatro, especialmente del Siglo de Oro, como el “aparte”, en el cual un personaje dice “os voy a contar lo que me ha pasado” y se tira luego hablando unos doscientos versos sobre lo que ha sucedido que el espectador no ha visto. Es una forma cojonuda de no tener que gastar en efectos especiales —como sacar toros a escena, plantar rampas desde el primer piso hasta el tablado que imiten montañas o poner agüita con barcos de papel encima—. Esto sirve para que el público se relaje al comienzo de la obra y se dedique a ligar con las señoritas que se aprietan en la cazuela del corral de comedias, porque ya les harán el resumen para el que se ha perdido.

Hoy en día no se puede hacer un parlamento. No es realista. Un personaje no se puede tirar hablando cinco páginas —contadas— sobre su vida. Y mucho menos cuando su interlocutor es cuasidivino y se la pela a cuatro manos lo que le haya sucedido. Cada vez que el selknam interrumpía la trágica vida de Mariana para preguntar qué era una “perra”, si su madre lo había sido, si no era “un producto de riesgo”, qué sucedió cuando la diñó, si la sustituyó, cómo se liberó de “su situación” y especialmente cuando le dice “No continúes si no quieres”, mi grito de guerra era: ¡AL SELKNAM SE LA FUMA! ¡NO LO USES PARA EXPLICAR ESTO! ¡USA AL CAPULLO DE OTRO PERSONAJE! ¡NO ME DESTROCES AL SELKNAM!

No hay más errores en la novela. Un par de erratas técnicas sobre procesadores y placas base, pero yo no soy informático sino escritor y si os las cuento os aburro. Los hallazgos son muchos. Simplemente por esta frase perdono todos los parlamentos:


Ella. Ella embarazada, con el estómago lleno de cuervos.


Pero es que como ésta hay muchas. Baradit tiene los cojones de decir que apenas lee literatura, salvo a Borges, pero que engulle subcultura sin masticarla. A otro perro con ese hueso: no me lo trago. Me parece una pose underground muy respetable, pero no se escribe bien si no se lee. Punto. Al talento en bruto hay que darle de comer y empacharlo con lecturas o se nos queda raquítico hasta el vocabulario.

En resumen: libro recomendado.

Sólo me queda una duda, just for freaks que hayan leído la novela: ¿Qué coño le hizo la Chrysler a Baradit?

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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20 Julio 2007

Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. (Crítica literaria VIII).

Hace tiempo escribí un post en el que cantaba las bondades de Sergio Parra y prometía no perderlo de vista. Y luego me leí Jitanjáfora, y luego se me olvidó escribir sobre ella, más tarde me metí en un fregado de siete pares, a continuación me deprimí, después me desdeprimí y por último decidí que ya estaba bien de cachondeo, y que a mis lectores les da igual qué tripa se me haya roto mientras escriba sobre ella. Ya que no me hace ni puta gracia airear mi casquería interna —apesta—, voy a actualizar con mis lecturas, ésas que tanto os interesan. He aquí una reseña tan fresca como los pescados que vendía Ordenalfabetix. Más vale tarde que nunca: Jitanjáfora de Sergio Parra merece un post sólo para ella, aunque se haya publicado el año pasado y yo la haya leído hace tres meses.

Y es que, señores, estamos ante un libro genial y fallido. Las dos cosas. Pesa mil veces más la genialidad: me declaro ferviente seguidor de las aventuras y desventuras de Conrado Marchale, alias Don Nadie. Que le follen a Harry Potter, que le dé a la heroína un rato, hoce entre los cerdos comiendo mierda, se enfrente contra sí mismo y no contra El Que No Debe Ser Nombrado y luego hablamos. No duraría el niño mago ni dos telediarios en la escuela de Salzburgo.

La comparación es odiosa y hay que hacerla: Conrado Marchale es un desgraciado toxicómano extraído de una novela de Dickens. Vive de alquiler en un piso de protección oficial entre arañas que se refugian en sus calcetines y es martirizado por su abominable psicoterapeuta, con el cual se ve obligado a convivir una hora semanal porque sus padres murieron en circunstancias no esclarecidas. Además de estos trágicos acontecimientos, sufre el acoso del matón de El Manco, su proveedor habitual de caballo, posiblemente primo suyo, cuyo verdadero nombre es, sin duda, Duddles —no se dan todos estos datos, pero son fácilmente deducibles de la acción—. El día en que cumple once días de rehabilitación recibe una carta con un sobre grueso y pesado, de pergamino amarillento, con la dirección escrita en tinta verde esmeralda, donde se le informa de que en realidad es... UN PUTO MUGGLE.

Y una vez hecha la comparación —pido disculpas al autor, me he inventado la mitad y en la otra he mentido, pero no podía evitarla—, voy a retractarme: Jitanjáfora no se parece a la novelita juvenil de la Rowling ni en el tipo de papel en el que se imprime: el de la editorial AJEC es cremoso, crujiente y espero que reciclado.

Jitanjáfora no es una novela de magos. Es una parodia de una novela de magos, pero ésa es sólo una de las cosas que es, y no la más importante. Digamos que nuestro cuatro ojos favorito ha servido como espina dorsal para escribir Jitanjáfora: hay una carta, hay una escuela de magia con grupos enfrentados, hay unas clases, unos profesores, una tía buena y un torneo. Y ahí acaban las semejanzas. Jitanjáfora es fantasía para adultos, y ni siquiera es fantasía: es una novela de ciencia ficción que se rige por la máxima de Arthur C. Clarke que titula este artículo. Para los vagos que no quieren subir el cursor para arriba, me repito:


“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

Y eso es lo fascinante de Jitanjáfora: la magia que no existe, cómo se aprende y ejecuta. Especialmente, cómo se aprende. He leído por ahí opiniones de que las clases de magia son lo más tostón de la novela y no puedo estar más en desacuerdo: primero, porque Jitanjáfora no tiene nada de tostón, y segundo porque las ideas, los conceptos y la ejecución de la magia racional darían para un sesudísimo ensayo que espero que Sergio Parra decida escribir. No haría ni falta que lo escribiera —seguro que ya lo tiene—: se huele a la legua que ésta es una de esas obras en las que vemos sólo la superficie, donde el trabajo de documentación es probablemente tan extenso como la novela. O más.

¿Qué es la magia racional, lectores míos?

Pues os compráis el libro: faltaría. Hay que apoyarse, coño, que no somos tantos los escritores del fandom —y así, con exquisita sutileza y primera persona del plural, se cuela Alvarito, sin obra publicada, en las filas de los profesionales, con toda su cara—. Para abrir boca: las asignaturas de magia tienen nombres como Cinesiología, Mnemología, Control de hilos y Egocentria. Raro, ¿eh? Menos de lo que pensáis, y por ello, mucho más interesante.

Voy a pegaros un fragmento sin temor a reventar la novela, que ya la revientan en la contraportada:


En clase de Temperación, un alumno preguntó entonces a Madame Petzenik si la magia existía, y la contestación aclaró las sospechas de Conrado. Sí, sí que existía, pero de un modo nuevo. Madame Petzenik dibujó unas líneas paralelas que, a los ojos normales, parecían divergir debido al efecto de unas líneas divergentes sobrepuestas a ellas.
—Acabo de hacer magia, ¿no lo ven? —exclamó la anciana Madame Petzenik—. Ha sido magia inteligente, creativa, real. Contemplen las figuras invertidas, como cubos y escaleras plasmados en perspectiva, que son normalmente vistos en profundidad e invierten su configuración aparente a intervalos. Magia, efectos ilusorios que constituyen la magia fidedigna. Miren los dibujos ambiguos de Escher. O los estereogramas. O el test de Roschard (sic.). Dejen fluir su conciencia. O lean una greguería, la magia de las palabras. Temperen la espiral, la magia de la comprensión y el conocimiento. Conviértanse en un pavo real consciente del ridículo de arrastrar una cola megalítica, la magia de la autoestima. Ríanse de todo, no respeten nada, la magia del Witzelsucht. Muevan los hilos de los títeres, la magia de las emociones. Persuadan, convenzan, dirijan, hagan creer, sorprendan, la magia de los encantamientos intelectuales. Usen lo que les rodea y no se dejen usar por lo que le rodea, la magia de las pócimas. Transformen un insignificante bastón de madera en un talismán, ensamblándolo a su mano, a su psique, la magia de la varita. Vuelen, salten, esquiven, gobiernen músculos y articulaciones que ni siquiera conocían, la magia del cuerpo físico.

En Mnemología los futuros magos aprenden a potenciar la memoria hasta límites asombrosos; en Cinesiología, a realizar todo tipo de acrobacias posturales; en Pócimas, pura rebotica y farmacia; en Egocentria, a transformarse en objetos, animales y diferentes personas por el método Stanislavsky del Actor’s Studio —qué buenísimo—; en Control de Hilos, a manipular al oponente mediante la pura retórica. Que levante un dedo al que no le mole todo esto, porque a mí me flipa. Y si levanto el dedo, será para otra cosa.

Iba en coña. Atentos:

Se abre el telón y aparece el profesor Wang-Mei, un chino que parece un gato y habla como un indio, envuelto en un mono de muselina blanca —es un puto pase de modelos la cátedra de la escuela de magia, divertidísimo—. El chino abre su boca y dice:


–Bien. Lección uno. El dedo índice. Ahora relajen cuerpo y expulsen todo pensamiento de cabeza. Correcto. Levanten la mano tal y como lo hago yo. Correcto. […] Ahora, mantener el dedo estirado, por favor. Correcto. Ser el dedo. Ser el dedo. Sólo notar dedo. [...] Ahora apuntarme a mí. Estiren brazo y fijen dedo índice hacia mi cabeza. Noten el hormigueo. Correcto. […] El dedo ser generador de hechizos. […] Mantener rígido. Correcto. Los niños no ser capaces de apuntar una cosa con el dedo hasta los catorce meses de edad, porque apuntar con dedo es un gesto de intencionalidad. La intencionalidad de advertir algo o cambiar algo. El niño no posee gesto de intencionalidad, el animal, tampoco, el hombre lo posee pero estar anulado por su esencia animal. El hechicero ser único que señala y cambia el mundo que le rodea. […]
>>Ahora pasemos al dedo pulgar. Sólo el pulgar ya me convencería de la existencia de Dios, decir Isaac Newton. El pulgar ser fundamental. Dijo John Napier que en el movimiento del pulgar radican todas las habilidades de que es capaz la mano. Sin pulgar, la mano ser pala inservible o unos fórceps cuyos terminales no encajar bien. El pulgar nos hace humanos, y luego nos hace hechiceros.

No es ingenioso; es la polla. Simplemente. Es partirse la cabeza en reunir datos y organizarlos de forma coherente. Es la inteligencia y el ojo clínico de ver maravilla y fantasía hasta en la tapa del váter. Es encontrar la magia en nuestra realidad y tomarla en serio. Es el aplauso y la alabanza del muggle. Es la vuelta de tuerca.

(Y es también lo que hago yo, y enseguida me pondré a hablar de MI novela: repitamos el nombre para que aumente en el ranking de google: ¡Politeísmos, de Álvaro Naira, próximamente en vuestras librerías!)

Ayer (ajem) comenté que Jitanjáfora es un libro genial y fallido. Que es genial ya os lo he dicho: que es fallido ahora lo explico. Tiene cosas que no me gustan ni un pelo y para eso estamos, para joder al prójimo y dar la opinión que nadie nos ha pedido.

Lo primero que me molesta es el desequilibrio estructural, pero esto es una cosa just for writers que al lector se la fuma. Entre la primera parte —demasiado corta— y la segunda —demasiado larga— hay un salto brutal de más de dos meses que se come con patatas una de las partes más interesantes de la acción: el encierro de los conejillos de indias, aprendices de hechiceros, en una granja. Los personajes entran engañados por una supuesta empresa de publicidad que va a estudiar su conducta y salen transfigurados tras haber vivido como animales. Y no se cuenta.

Se cuenta luego, a modo de flashback y pesadillas. Me molesta. Lo querría en su momento. No es que esté mal jugar con el hilo temporal de un texto, es que necesito saber lo que pasó, con todo lujo de detalles y cuanto antes, para creerme que Conrado está desintoxicado en la siguiente parte. No trago, lo siento. Para compensar, cuando se narra es cojonudo, de lo mejorcito. Pero se narra tarde; ya no me interesa. Ya he visto el crecimiento de Conrado, no quiero ver su destrucción a esas alturas. Me rasca. Me entran ganas de arrancar esas páginas y pegarlas con celo en su sitio. Lo mismo con el personaje de Figueredo, el que menos me convence. Me lo presentan en tres páginas, es un gordo redicho. Después de cinco, está más flaco que un fideo. Me lo sigo imaginando gordo porque no he visto el proceso. Da igual cuántas veces se diga que está delgado: me queda el residuo. Figueredo, además, es el personaje más plano, y me jode, porque me gustan sus inquietudes carnales. Pero me revienta cómo habla: se pasa tres pueblos. No es porque sea pedante —también lo es el compañero de cuarto de Conrado y ése es para aplaudirlo—: es por el abuso de coletillas y las indicaciones del narrador de que el gordo habla pedante. Que ya lo sé, que lo he leído. Tanto “si ustedes me entienden” lo hace plano, irreal. ¡Pero hay gente que habla así de pedante!, diréis vosotros. Sí, diré yo. Claro. Pero algo puede ser verdad y no por ello ser verosímil. Si a mí me raptan seres de otro planeta y tienen experimentos sexuales conmigo puede ser enteramente verdad, pero no sería verosímil y nadie me creería. Por cierto, me ha pasado a las seis de la tarde, bajo un sol de justicia y foco desintegrador de partículas, mientras sacaba a mis perros. ¿No os lo tragáis? Hacéis mal, porque es cierto. Y además me puso a mil, que llevo unos meses con vida de monje cartujo y la piel marciana me descontrola. Para perversiones, los colores (en este caso, el verde).

Y luego están las sámaras.

Claro que no sabéis lo que es. Yo tampoco lo sabía. Para explicaros lo que yo entiendo por sámara debo acudir al Diccionario Estilístico Naira-Español, Español-Naira. Es decir, hablar de mi libro. Abrid bien los ojitos, que voy a desvelar algo de mi novela.

En una escena de Politeísmos Politeísmos de Álvaro Naira, me repito por el ranking— el personaje urbanita A, que se pierde en cuanto pisa algo que no es cemento, recuerda algo que le contó el personaje B, algo que me contaron también a mí, que soy madrileño de pura cepa y que ni siquiera tengo pueblo al que ir en vacaciones. Los secretos desvelados por B —naturalmente son tan importantes que revientan la novela entera— consistían en que existe un árbol con una hoja doble muy curiosa, que cuando se arranca, se frota el tallo entre las dos manos y se suelta, sale despedida, volando en círculos veloces, como si fuera un helicóptero.

Yo tenía este recuerdo muy vivo, pero ni conocía el nombre del árbol ni de la hoja ni del juego. Así que investigué; aquello tenía que tener nombre. Todo lo que existe tiene nombre; de no ser así, no existiría. Tras una documentación precisa y detallada de cuatro horas en libros de botánica y páginas de internet, encontré lo que buscaba: el árbol es el arce. La hoja no es tal, sino un tipo de fruto quebradizo, con la consistencia de un hojaldre y el aspecto de una mariposa de papel. Los arces en otoño parecen estar atiborrados de hadas y polillas castañas. Este fruto, el helicóptero, la única peonza con la que jugaban muchos de nuestros abuelos, se llama sámara. Me produjo una inmensa felicidad paladear en la boca esta palabra inédita. Era conquistar un territorio, conocer una idea, saborear un concepto y darle cuerpo. “¡Sámara!”, me dije. “Parece nombre de princesa india, parece nombre de elfo, parece nombre de continente mítico. Debo usar esta palabra”. Hasta me temblaban los dedos de excitación; no podía contener el deseo de estrenar el nuevo término, de clavarle la bandera y la espada, de hincarle la pluma hasta el fondo, de someter la palabra y follármela. Era una palabra silvestre, desconocida, prístina, virgen, jamás explotada. Para hacerme su dueño sólo había un sistema: meterla en uno de mis textos y encadernarla con mis palabras domésticas, las que manejo con fluidez casera, las que acuden a mi voz y me lamen las manos como animales mansos.

Me había costado horas encontrar el nombre del fruto, pero cuando lo tuve entre las uñas, retorciéndose... resolví no emplearlo. Y cuando decidí que no iba a usar ese término, también llegué a la conclusión de que, desde ese momento, a todas las palabras que rugen, incómodas, en un párrafo, las llamaría sámaras, en honor al fruto de arce con nombre de princesa de las hadas. Ya que no pude tirármela, me pareció oportuno prostituirla y cambiarle el significado. Hay que saber renunciar a las cosas, pero también hay que saber vengarse de ellas.

No utilicé la palabra sámara, aunque me moría de ganas, porque no podía domarla en ese contexto. En el párrafo que quería, la sámara rechinaba. El problema no estaba en que fuera una palabra desconocida o rara, aunque muchas veces está relacionado: tiene que ver con la capacidad de dominar las palabras y que no muerdan al lector. En un texto nunca debería resaltar un término. Esto no significa que haya que utilizar el mismo vocabulario que Dan Brown, ni mucho menos. Escribir bien no consiste en vomitar tropecientos términos extrañísimos —eso es lo fácil, basta con tirar de diccionario— ni en manejar sólo doscientas palabras, sino en que todas las que usamos estén en su justo sitio. Hay sistemas para que no salten a la cara y nos abofeteen las palabras. A veces, la sintaxis enrevesada y las enumeraciones ocultan las sámaras en un boscaje de símbolos de manera que todo es barroco y nada destaca: esto lo hace Carpentier como el puto amo. Otra solución es poner un sinónimo cerca —pero suele quedar cutrísimo—. La última es crear un contraste con un término hogareño y gastado como un taco, que doma muy bien a las sámaras con su chasquido de látigo.

Pero muchas veces, la única solución es no emplear la sámara, esperar a domesticarla, averiguar todo lo que podamos sobre esa palabra misteriosa y aterciopelada. Hay que permitir que folle con otros, leerla en otros contextos, hasta que deja de resultar amenazadora. ¿Me pongo freudiano? Vale. Hay que limarle los colmillos a la vagina dentada antes de penetrarla.

Sergio Parra utiliza sámaras. Lo hace a propósito porque le gustan las sámaras. Son bonitas, es cierto. Pero te arrancan los ojos cuando las estás leyendo. Me repito: no son sámaras las palabras que desconoce el lector —eso es síntoma de nuestro bajo nivel cultural— sino las que no encajan ni con calzador.

¿Ejemplos?

Éste es Sergio Parra cuando escribe muy bien:


Le dijo que la guindilla le sabía a fuego, como si masticara ascuas al rojo vivo; que la cebolla le sabía a lágrimas; las fresas, a primavera coagulada; el coco, a árbol; la coliflor hervida, a hospital y a enfermedad; el consomé, a desierto licuado; el whisky, a madera; las endibias, a comida caducada; la lechuga, a agua crujiente con gusanos; la miel, a una explosión de flores; la leche, a melancolía líquida; la gaseosa, a finísimo polvo de cristal; el hojaldre, a serrín azucarado; el queso Roquefort (pese al tópico), a pies; la sal, a papel secante cristalizado; la nata, a nube amarga.

Impresionante, ¿no?

Éste es Sergio Parra cuando escribe menos bien:


Fue un fugaz chisporroteo febril que les vació de deseo, una descarga eléctrica sicalíptica que sacudió sus cuerpos cadenciosamente hasta el desfallecimiento. Ni en sus sueños más eróticos, Conrado se imaginó jamás una escena como aquélla. Más que sexo fue una pelea cuerpo a cuerpo de ósculos dentados, apuñalamientos priápicos y surcos de uñas, un violento espasmo de músculos bañados en sudor que les mezcló y fundió más aún que los avatares ectópagos.

Este párrafo me rechina más que una tiza en la pizarra. Está lleno de sámaras y tiene leísmo de CD plural no aceptado por la academia (perdón, esto es una gilipollez, pero desde que aprendí a escribir en porteño me putean lo indecible los leísmos a no ser que estén en el diálogo de un par de saludables mocetones madrileños). La primera sámara es la sicalipsis. Tengo la enorme ventaja de que para mí no es sámara: sé de dónde viene el término y es tan coñón que yo sólo me atrevería a utilizarlo en circunstancias de chascarrillo. Érase una vez un director de teatro, de Revistas —esas cosas en las que salían señoras mostrando el tobillo— allá por la época franquista que, en una ocasión, asombrado por su atrevimiento de que las mujeres mostraran las turgentes pantorrillas, se complació en frotarse las manos y exclamar: “¡Esto va a ser la sicalipsis!”. El caballero no era muy docto ni ducho en las lenguas románicas y quiso decir “apocalipsis”. La anécdota, presenciada por algunos intelectuales que acudían a mojar, corrió como la pólvora y pronto todo el mundo se refería al género erótico como sicalíptico. No es una sámara adecuada para una escena que trata de ser brutalmente pasional. A mí me entra la risa con ese término, y más cuando leo que la RAE lo hace proceder etimológicamente del higo: que discutan con el anciano catedrático que me contó la historieta carnalmente vivida —imito al personaje de Figuerero—. Es el problema que tienen las sámaras. Hay que conocerlas MUY bien para manejarlas.

Pocos escritores juegan mejor con las sámaras que el nunca suficientemente bien ponderado Valle-Inclán. Los ósculos dentados me llevan derechito a Luces de Bohemia, en la cual una señorita tiene los reales huevos de decir “Entrégame la mano. Verás cómo te cachondeo”. Aplausos: voy a inflar un globo muy grande y luego voy a pincharlo. Entrégame la mano, como un caballero de un roman artúrico —¡nadie habla así!—. Verás cómo te cachondeo (actualícese por “Te voy a poner más caliente que el pico de una plancha, que un mandril en celo o que el palo de un churrero”, que el lenguaje cambia, claro). Los ósculos a mí me parten; parece que llevan el adjetivo “casto” adosado al culo. Y si encima son dentados y los apuñalamientos son priápicos caemos en la adjetivitis. Príapo era un señor divino que todo el día llevaba la polla más gorda y tiesa que el mástil de la bandera que hay en Colón (Los Madriles, Spain, una puta horterada patria gualda y roja a cincuenta metros de altura y ondeando, bajo la cual todos cantamos el “Oh, say can you see”, nos sentimos muy orgullosos de ser americanos y muy asustados de que se nos caiga encima). De “ectópago” no digo nada porque aparece antes, y ésa sí es una sámara bien manejada en contexto. Es decir, que no es una sámara.

Vale. Ya me callo. Suena la vocecita de mi cabeza que dice: “Al, eres odioso, pedante y gilipollas, te van a masacrar cuando publiques y lo sabes. Para de hacer amigos de una puta vez, que encima este libro te ha encantado, cabrón. Deja de hilar tan fino”.

Lo dejo porque no hay nada más que me trine y porque este doble post ya ocupa siete páginas. Jitanjáfora es un gran libro, y sus ideas son tan buenas que ni las sámaras molestan. Me flipan Sobievsky y Umami, me gustan las asignaturas, me gusta la magia racional y me gusta cómo se organiza.

Porque todas las magias, ya sabemos, deben estar organizadas. En Dungeons, por escuelas. En el Magic, por Tierras. En el esoterismo por colores, como en Star Wars. En El señor de los Anillos, por el merp y el rolemaster (ME NIEGO A EXPLICARLO). En Terramar, por los nombres. En Final Fantasy por hostias e invocaciones (que dan hostias). En Harry Potter por asignaturas y por como le sale a Dumbledore de la punta de la barba —¿a que esperabais “polla”? Siempre sorprendiendo a mis lectores—. En el Loom, por las notas musicales. En Elric, por caos y orden. En Buffy por el tamaño de las tetas.

En Jitanjáfora, por espiras.


Este fenómeno ocurre porque el conocimiento avanza en espiral, gira sobre sí mismo perpetuamente pero jamás sigue con exactitud el mismo recorrido, sino uno paralelo, superior al anterior e inferior al posterior, sin llegar nunca a tocarse. Imaginen la forma de una espiral. [...] Sucede con los argumentos que esgrime un lego en teología para defender su ateísmo parangonados con los de un filósofo o un físico con idéntica opinión. Los dos han llegado a la misma conclusión, Dios no existe. Los dos pueden estar equivocados o poseer la verdad, eso no lo sabemos porque no sabemos si Dios existe, así como tampoco sabemos si comer carne está bien o mal. Pero [está] más cerca de la verdad [el que ha] dado más vueltas en la espiral. [...] El filósofo ateo, que habrá estudiado, reflexionado y debatido acerca del tema durante años es posible que en su periplo intelectual haya mantenido una postura creyente en unas épocas y una postura atea en otras. Pero el lego en teología [...] quizá no haya efectuado ni una sola vuelta en la espiral, porque se ha mantenido inamovible en su opinión primigenia desde que ésta se fraguó (o se la impusieron corrientes de pensamiento que estaban en marcha durante milenios).

Impresiona. En serio. Se podría fundar una escuela de pensamiento con esto, si es que no existe ya, es una idea fusilada y estoy quedando como un imbécil.

Y ahora, oh apreciados lectores, ¿cómo voy a poder hablaros de mi novela? ¿Qué salto, volatín y cabriola tendré que dar en el artículo para finalizar haciendo publicidad de mi obra aún inédita, como hago siempre?

Sergio Parra me lo ha puesto fácil. Sergio Parra es politeísta, sin haber leído Politeísmos y sin saberlo.

Dice Parra en Jitanjáfora:


A primera vista, y dada su envergadura y su afición por la comida y las chucherías, cualquiera hubiese aventurado que bajo toda aquella grasa y erudición se escondía un cerdo, uno idéntico al que se había hospedado entre sus piernas y dormitaba plácidamente. […] Ya no era, pues, su apabullante físico la característica que definía su animal interior sino su intelecto, y Figueredo poseía un intelecto de ratón, de rata de biblioteca. […]
El ama de casa era una luciérnaga enamorada de las luces de colores parahipnóticas de las máquinas tragaperras.
Otro que siempre se reía con el aliento estrangulado, ¿una hiena?
Otro que despiojaba a otro, era un mono. […]
–Bienvenidos a mi reino –declamaba de nuevo El Granjero en otro de sus soliloquios–. Estáis empezando a comprender que vuestro animal sólo persigue el placer, es un hedonista exacerbado. Es como una de esas ratas de laboratorio que, conectada a electrodos que estimulan neurológicamente sus centros de placer y gozo, nunca deja de apretar la palanca que les suministra dicho estímulo; y es tan grande la felicidad que experimenta que se olvida de comer y de beber y muere de inanición entre estertores de júbilo. En sus cabecitas sólo cabe esa palanca, principio y fin de sus miserables vidas. ¿Para qué hacer nada más? Pero hay que domesticar a esa bestia, hay que expulsarla.

JA, digo yo. Y pego una frase de mi novela, Álex dixit —el lobo feroz—, Politeísmos de Álvaro Naira, todos los derechos reservados:

"Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la que te hace libre".

Sergio, usted es politeísta como yo; pero pelea en el otro bando, y eso está muy feo.

Temperad, alumnos de la escuela de Salzburgo. Temperad. Añadid más segmentos a vuestra espiral. Alejaos del animal. Alejaos hasta del hombre. Llegad al mago y al superhombre nietzscheano.

Nosotros, los politeístas, lucharemos por hacer justo lo contrario.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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15 Junio 2007

La coctelera de libros II. (Crítica literaria VII.) (Para qué numeraré los posts I.)

Intrépidos lectores, prometí continuar reseñando mis lecturas a velocidad absurda y así lo hago. En el post anterior pudisteis observar que últimamente he leído nueve novelas, de las cuales no salvo ni una porque soy peor que el pitufo gruñón y sólo me gusta la mía: Politeísmos, que es (todos a coro):

“Una novela de fantasía realista, urbana, sucia y contundente, con una mitología elaborada de tipo totémico, que le da una vuelta de tuerca al tópico de los licántropos”.

¿Cuántas veces lo he repetido? ¿Hay alguien por aquí que no se lo sepa de memoria? Vale, he efectuado cambios mínimos que no afectan al espíritu de mi obra: oscilo entre “mitología elaborada de tipo pagano”, “mitología elaborada de tipo chamánico” y “mitología elaborada de tipo totémico”. Las tres son una gilipollez y las tres son mentira. Porque ni hay una mitología, ni es pagana ni chamánica ni totémica. No al menos como os lo estáis imaginando. Los personajes llevan animales dentro, sí, y el protagonista cree que es un lobo. No cree que le proteja uno; cree que lo es. No estamos ante un indio sioux que persiga búfalos de las praderas para estar en consonancia con su dios, sino ante un siniestro de veintiséis años que fuma como una chimenea y traduce juegos de consola en el Madrid del año 2000. Para más datos... conseguidme un editor. Porque os juro que funciona, aunque de entrada os explote la cabeza y digáis: “vaya puta macedonia que ha escrito este chaval”. Pues no. Un tío que va vestido como Neo nos habla de la religión más primitiva que existe sobre la faz de la tierra... y nos lo creemos.

Así que sólo necesito un editor que la abra y se la lea. Que la publique queda de mi mano: mi texto se defiende solo. Lo cierto es que —aunque os parezca increíble—, me han devuelto los manuscritos sin abrirlos; lo sé porque pongo pelos entre las páginas y ahí siguen. A la próxima editorial le mandaré un original con un TONTO EL QUE LO LEA en la página cien. A ver qué pasa.

A lo que íbamos, que sé que estáis ansiosos por saber qué mierdas leo —cotillas. Y no leo mierda. Bueno, sí, también lo hago— y por conocer mis críticas:

Cuento:


Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño. Divididos en tres partes; la primera, humor sólo para escritores. Los cuentos de las otras dos no me gustan. No recomiendo este libro, y no porque sea una bazofia —Bolaño escribe bien— sino porque no me llega. Igual que entra, sale.

Cuentos del libro de la noche, de José María Merino. Merino me gusta. Por eso estos cuentecillos mínimos, casi adivinanzas, emblemas con su respuesta que debe sacar el lector y hasta con dibujito al pie, dejan un mal sabor de boca. Son poca cosa, notas al margen y en servilletas, y se nota. Hay piezas interesantes, pero en general, es prescindible dentro de su obra.

Cuentos malvados, de Espido Freire. Otra que tal baila. Microrrelatos; lo siento. No digo que sean malos, digo que no me entra la literatura minúscula que se traga mientras calientas la cena en el microondas. Eso sólo se lo consiento a Gómez de la Serna. Leer para nada... mejor que me cuenten chistes (como Gómez de la Serna).

Antología de los mejores relatos fantásticos de habla hispana. Esto es otra cosa. Se trata de una antología juvenil y tiene unos cuantos de los grandes y otros cuantos que yo no conocía, elegidos para que los chavales puedan tragarlos. Y empiezan con Benet —tócate los huevos, así, facilón—. El relato de "Catálisis" es uno de éstos de fantasía a lo Todorov con el manual en la mano, y me dejó bastante frío. El estilo de Benet ya se sabe: moroso, muy cuidado, demasiado cuidado para lo poco que cuenta. Luego, Borges, "El brujo postergado", excelentísima versión —como siempre— del relato popular del Rodaballo (leed a Günter Grass). Para los que no sepan de qué hablo, es el cuento de toda la vida del pez que concede un deseo tras otro, y cuando el deseo se vuelve desmesurado, el pedigüeño regresa a su situación primera de pobreza. Pues aquí lo mismo, pero sin peces. Es una reelaboración de El conde Lucanor, claro. Borges siempre leído, tarimesco e inaguantable. Se le perdona, porque es Borges.
Y de pronto... La Continuidad de los parques. Joder. Cortázar, de nuevo. Nada produce tanto gusto como releer este cuento —del que acabas hasta la polla en la carrera— al cabo de unos años. Orgasmo de golpe, en especial cuando cambia el tiempo del verbo. Pura técnica impecable. Ante los grandes, todos al suelo.
El relato de Cristina Fernández Cubas, desconocida para mí hasta el momento, no está mal. Juvenil. Bien hecho. "Chac Mool" de Carlos Fuentes cuenta la historia de un idolillo que toma vida a lo Lovecraft. No me gusta la estructura de carta a cachos, y le faltan unos cuantos adjetivos del tipo “obsceno”, “licuescente”, “imposible” y “giboso”. Sí, claro que bromeo. El final, de voltereta.
"La luz es como el agua", de Gabriel García Márquez... Niños que navegan en la luz, que rompen las bombillas para que se derrame e inunde el cuarto y cortan la corriente cuando está llena la habitación; que flotan en la luz con su bote de remos. Fantasía en estado puro, lírica impresionante, imágenes de las que se quedan en la retina. Precioso.
Javier Marías: "No más amores". Vale, Marías no es santo de mi devoción porque más que escribir en castellano parece que traduce del inglés, pero éste es un cuento perfecto y lo recomiendo. Fantasmas y vejez. Si tenéis el día tonto, os puede saltar una lagrimita, y eso que es un texto irónico.
Ana María Matute, "El árbol de oro": yo hubiera escogido otro. Matute escribe como los ángeles, pero desluce después de García Márquez.
Jose María Merino, "La prima Rosa". Aquí, aquí hay un buen Merino. Una variación de la corza de Bécquer. Más dura, menos encantadora que el original. Prefiero a Constanza —toda risas, pie pequeño, moral implacable de hada— que a la prima Rosa, que estaría muy buena rellena de jamón y al horno. El relato peca de predecible si conoces la corza.
Juan José Millás, "Ella acaba con ella": una Casa tomada al revés. Si Cortázar es grande, Millás es mediocre. Se deja leer. Le sobran las dos últimas frases y el melodrama.
Cierra la antología Juan Rulfo, "Luvina". Ante Rulfo, no se habla. Se inclina uno.

No ficción muy ficcional:


El último lector, de Ricardo Piglia. Un montón de pedanterías de lectores que leen en obras de escritores que escriben —admirable—. Lo mejor, lo que dice de Kafka. Introduce el ensayo un cuento borgiano de Piglia con el que nos demuestra que Borges es como la madre —no hay más que una—, y que la ley de oro para no ser mediocre (“Nunca seguir los pasos de un gran hombre”) no puede ser más cierta.




Introducción a la literatura fantástica, de Todorov. Leedla. Imprescindible. Un libro al que siempre se regresa.

Continuidad de lo fantástico: por una teoría de la literatura insólita, de Ana González Salvador. Fusile de otros autores; para imitarla, yo le robé la comparación entre Magritte y Escher, que podéis ver aquí.

Actas del II Congreso de la Literatura Fantástica. Una monada de libro. Enorme, violeta y editado por el Museo Romántico. Un montón de artículos, entre ellos uno de la ilustre Pedraza. El de Ferreras, un coñazo muy interesante sobre definiciones semiocríticas del género. No, yo tampoco sé muy bien lo que es, y soy filólogo. Nos indica que Maupaussant padecía de autoscopia, y como yo no lo sabía, me he flipado. Es un síndrome cojonudo, que me gustaría añadir a mi colección de cromos Panini de trastornos: consiste en verse a uno mismo, y no sólo delante del espejo, lo cual asusta ya lo suyo. Esto explicaría tal obsesión de Maupaussant con el tema del doppelgänger, pero no hacía falta. Psiquiatría y literatura: ¿hay que estar colgado para escribir una buena obra? Yo lo estoy, vaya, así que no salgo perjudicado, pero...

Teorías de lo fantástico, recopiladas por David Roas. El mejor libro que he pillado del tema después de Todorov. Con refritos pero también freiduras recientes, sin recalentar. Creo que me lo compraré; hay demasiadas cosas que citan aquí que no he leído como para apuntármelas todas...

Tesis doctoral de vampiros. Luego os digo el título. Si tuviera el estilo de una tesis lo agradecería. Pero NOOO intenta ser literaria. Comienza de este mayestático modo:

VAMPIRO

El vocablo en sí, parco en aguzada tersura que escalofría el alma, mecido en su musicalidad viscosa a la vez que liberado en vaharada fugaz, invernal, penetrante, ambarino y mullido al tacto imaginado, guarece toda una amalgama de pesadilla y pavor, una textura mesmérica que otorga cuna y seda mórbida al seno de los terciopelos más sombríos.

Puaj. Y así, seiscientas páginas. Cuánta goticidad. Perdonadme, pero que hoy en día alguien tenga los cojones de escribir como si se hubiera escapado de un posromanticismo ramplón sin quitarse las puñetas de encaje, y encima una tesis doctoral, me repugna. Lo más útil, la bibliografía. Impecable y larguísima. Yo, que no tengo ni puta idea, considero que son todos los que están, y están todos los que son.

El título de la tesis que firma Julio Ángel Olivares Merino es, atención: Cenizas del plenilunio alado: pálpitos y vestigios del vampiro en la literatura inglesa anterior a "Drácula" de Bram Stoker: tradición literaria y folclórica. ¿Veis como merecía la pena que lo dijera al final?

Miscelánea:

Lais de María de Francia. Edición bilingüe de Luis Alberto de Cuenca, muy oportuno para el 99% de la población que domina el anglonormando. Una gozada de relatos populares mezclados con aire artúrico y alabanza de corte. Un cachondeo con las sábanas de la cama que valen un palacio, con las tías que son más putas que las gallinas y las ordalías en que se demuestra si alguien es fiel o no porque un lobo le arranca la nariz. Todo el mundo folla como campeones, se dan tropecientos besos y se hacen mil gustosas caricias; altamente recomendable para los que crean que en la Edad Media estaban reprimidos. Me cabrea que editor decidiera suprimir dos lais por puro “gusto estético”. Vale, como a él le parecen malos, no permite al lector que juzgue solito.

Baladro de Merlín (Guía de lectura) del Centro de Estudios Cervantinos. Me lo agarré creyendo que era el propio baladro —hay que ver con qué atención miro los libros antes de tragarlos—, porque me encantan Merlín y la palabra “baladro”, que es un grito espantoso según el diccionario, y se aplica por lo general al que soltó nuestro Gandalf medieval cuando le engañó la jovencita —Morgaine, Morgana, Niniana o Viviana— y lo sepultó en el averno o en un árbol o en donde quiera que lo hiciera tras despojarle de sus poderes, que hay versiones para todos los gustos. Este libro es el argumento masticadito del propio Baladro, manuscrito burgalés de 1498, una de las miles de versiones de literatura artúrica que pululaban por Europa, traducción de uno francés. Yo, que considero la peli de Excalibur mi vulgata artúrica y la Verdad Verdadera, me enfado porque en este libro Morgana no es la madre de Modred, sino una tal Elena que carece por completo de carisma y de artes mágicas.

Mirad que me gusta Excalibur, joder. Aunque Morgana sea rubia y Mordred lleve una armadura que lo convierte en Cupido. En esa peli yo descubrí el O Fortuna de los Carmina Burana. Que “cármina” debe llevar artículo plural porque es cánticos en latín y que la palabra es esdrújula lo averigüé mucho después; por eso ahora muestro mi pedantería y os lo cuento.

La ascensión del gran mal, de David B.

Se ve de pena; no se puede leer. Mejor. Compradlo. La ascensión del gran mal es uno de los mejores cómics que he leído en mi puta vida. A la altura de From Hell, de Maus, de Cages, y posiblemente por encima. No debería faltar en ninguna tebeoteca. Durísimo, morboso, tétrico, con un tono surrealista y muy sincero. Es un texto crudo y caliente todavía; recién cazado. Trata sobre la epilepsia del hermano del autor, sobre el monstruo que lo devora y lo destruye y la búsqueda de una cura pasando por todas las ramas de Nueva Era con un humor negro espantoso. Comida macrobiótica, masajes, meditación, espiritismo, comunas, ciencia, operaciones, pastillas. La ruina y desaparición de un ser humano por una enfermedad en la que se deja caer para evitar tomar las riendas de su propia vida. El horror en estado puro. Tremendo. Son seis tomos y el primero es francamente flojo; si os atrevéis con esta obra, no apta para todos los estómagos, pillad todos de golpe y empezad a sentir a partir del segundo volumen esa maldita incomodidad en la tripa que producen los autores realmente buenos. Disfrutad de la literatura incómoda. De la que te quita cosas. (Y SÍ, EN UN TEBEO. ¿Algún problema?).

Bueno. Pues ya me he librado de unos cuantos. Como podéis observar, leo sin ningún criterio, lo que me da la real gana y a mucha honra.

Con esto y un bizcocho... hasta que me apetezca volver a actualizar.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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14 Junio 2007

La coctelera de libros (Crítica literaria VI.)

La Pila crece y crece, y yo leo como un capullo, pero como un capullo vago que según lee decide que ya escribirá el comentario más tarde. “Un lunes me levanté para escribir un martes, pero como el miércoles vi que el jueves iba a llover, me dije el viernes: ¿para qué escribir el sábado si el domingo es fiesta?”. Ya os lo conocéis, y más los dichosos que aún empollen esforzadamente en facultades e institutos.

Las críticas que quiero hacer se me acumulan y los libros que he leído se me olvidan, pero me dije: “De hoy no pasa”. Así que, señores, vamos a echarle un vistazo a velocidad absurda a los últimos textos que he leído y que a nadie le interesan salvo a mí. Dividimos en novela, cuento, no ficción y miscelánea, por ejemplo.



Novelas:


Fantasmas, de Palahniuk: cuentos excelentes mal encajados. El mejor es el primero, “Tripas”, altamente desagradable, escatológico, repugnante, intenta subirte el vómito y lo consigue, sólo apto para enfermos como yo. La mejor definición que he leído de Palahniuk, para que os hagáis a la idea, es ésta:

“Palahniuk no engaña. No creo que pretenda escandalizar a sus lectores, creo que se conforma con fastidiarnos la cena”.


Juas.
La idea general de este libro es muy buena: una Villa Diodati de escritores que se acaban automutilando para conseguir la fama y mostrar lo mal que lo han pasado y que todos los aclamen, pero es completamente absurdo el proceso y nunca acabas de entenderlo. La acumulación de bestialidades consigue saturar y hace que no nos sorprendamos. Desde que se empiezan a cortar partes del cuerpo aburre. Aquí hay una crítica detallada con la que estoy por completo de acuerdo. Copiar y pegar estaría feo: id a leerla.
En resumen: novela marco de peña que se reúne y se cuenta historias; no me gusta el marco pero las historias, cojonudas. Lo hubiera preferido sin la excusa, un cuento detrás de otro. Pero claro. Ya sabemos. Una novela vende más que una recopilación de cuentos.

La voz cantante, de Eloy Tizón. Hay libros ligeros; tan ligeros que los tiras por la ventana y salen volando mientras agitan sus pastas de cartoné. Éste es uno de ellos. Es bueno, pero creo que dentro de un tiempo habré olvidado hasta de qué trataba. Veréis, Tizón escribe bien y La voz cantante empieza genial. Hay un diablo en el metro, enfrente del protagonista. Parece un tipo perfectamente común, pero le muestra al revisor una flor en lugar de un billete y tiene un tic en el labio superior. Mola, ¿eh? Claro que mola. Luego hay un recuerdo espantoso del prota acerca de la matanza de su gallina favorita en el pueblo de sus abuelos: el animal decapitado echa a correr y se refugia en la cama salpicándolo todo. Entonces, el chaval ve al diablo, ahí, junto a la ventana. Fabuloso; me encantó. Siguiente capítulo: otro recuerdo. El chaval alektorofílico —mira que soy pedante: amante de las gallinas, vaya— decide hacerse prestidigitador. Se venda los ojos y se sube a la azotea. Se dice que si pasa toda la cornisa sin ver, será un gran mago y se habrá demostrado que su vida merece la pena, y más aún si nadie sabe jamás que ha sido capaz de hacerlo. En la cornisa también está el diablo. Magníficamente escrito, pelos de punta, el aliento contenido. Yo me frotaba las patitas. Me decía: fantasía oh sí fantasía, fantasía española, no ida de tiesto, fantasía en la tierra, de la que a mí me gusta... Pues no. Gatillazo.
Tizón tuvo que darle un giro a la novela e introducir a la señorita en danza. Y entonces el libro pasa de ser una construcción a partir de la memoria fragmentaria y el mal mínimo que habita en los pequeños detalles a una historia de amorío juvenil —un tanto increíble— que pretende llegar a pequeña tragedia y se queda en pequeña. Las páginas empiezan a destilar miel, fructosa, azúcar de cáñamo y remolacha y el libro deja de ser apto para los diabéticos. El diablo sigue apareciendo en otras formas, pero me daba tantas patadas el exceso de dulce que ni le prestaba atención. Además, llamadme quisquilloso, pero hay demasiadas cosas sangrantes, sangrientas y sanguinolentas, aparte de la gallina. No me molesta porque me entren aristocráticos desvanecimientos si me toca hacerme un análisis —la casquería no me afecta lo más mínimo; de otra forma no leería a Palahniuk— sino porque Tizón utiliza esa serie de adjetivos para todo lo que se mueve y lo que se está quieto. También me incordia la captatio benevolentiae del narrador, que de continuo dice que no sabe escribir. Coño, pero sí que sabes, así que no hagas que tu personaje en primera se disculpe, porque vale que lo hiciera el protagonista de Historias del Kronen, que realmente no sabe escribir, pero tú sí; no me jodas, que encima lo haces tres veces. He dicho. (Aparte, es un buen libro.)

Las siete columnas, de Wenceslao Fernández Flórez. Seguimos con diablos. Aquí es cuando comprendes que este hombre sólo quedara en la historia de la literatura con El bosque animado —que recomiendo vivamente, una gozada, aunque algo juvenil—. Las siete columnas tiene su gracia, su humor e ironía, pero es prescindible. Trata de que el demonio se cansa y decide desterrar los siete pecados capitales del mundo, y éste se desmorona porque la lujuria, la avaricia, la gula y demás eran en realidad los motores y sostenimientos, los pilares de la sociedad. Lo más logrado, el primer capítulo, en que el eremita conversa con un diablo de lo más miltoniano que se queja de que sólo puede hablar ya de religión con Dios en este mundo tan ateo.

Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset. De no parar de reír. Hasta que se te saltan las lágrimas. Desternillante, políticamente incorrecto, agilísimo, gamberro y antipático. Humor canalla y chusco bien escrito. Valoro mucho a los escritores humoristas; no en vano me considero uno cuando la noria está arriba. Tusset sería tan divertido como Mendoza si supiera terminar las novelas. A partir de la página 200, cerrad el libro. Eso sí: se le ve demasiado costumbrismo (la bichaaaaaa) y los chistes de traca no tienen puta la gracia a la segunda lectura —sí, hago dos con todos los libros, la segunda a salto de mata y sólo para vosotros, para hacer la crítica, lectores míos—, pero el humor no sorpresivo, el fino, inteligente, el que no es de corte y puñada en los morros, sigue siendo válido. Un ejemplo:

Me gustaría decir que esa noche se me apareció la Virgen, pero temo se me anote al debe la denominación mariana. Pongamos que se me apareció una Deidad Femenina versión 3.0 con escafandra autónoma y traje presurizado, pero a todos los efectos era la Virgen María, uno reconoce el arquetipo aunque no lleve tules.


¿Qué? ¿No os hace gracia? No tenéis ni puta idea. Seguro que tampoco os gustan Les Luthiers.

El secreto de los dioses, de Jesús Ferrero. Bastante, bastante bueno, aunque este tío no me caía muy bien porque a saber cuántas rodilleras gastó para aparecer en la colección de las Cien Mejores Novelas del Siglo XX de un periodicucho con su Belver Yin, pero no hay que tener prejuicios: El secreto de los dioses es una especie de best seller histórico —pero escrito como un libro, no como un producto—, que parte de Sócrates y nos lleva de la mano por la historia a través de un manuscrito que se va ampliando con nuevos textos. Borgiano. Pesa un poco el continuo cambio de personajes por capítulo. Lo mejor, la escena de la cárcel y el juego de ajedrez humano. Aunque huela el tópico.

El tío Goriot, de Balzac.

Estoy ya mayorcito para realismos y los trago mal. Sencillote, aunque no dudo de su importancia y calidad. Pero joder... Tanta sociedad parisina, bailoteo, guante, pensión, deuda, aristocracia y protagonista simplón que quiere ascender socialmente me cansan. Miseria humana poco creíble. Los buenos, gilipollas. Los malos, muy malos. Tan malos como en una peli del oeste. Mefistofélicos y hasta pelirrojos. Ya sabéis de qué hablo.

El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite. Narrativa fantástica en clave de voz femenina pero sin gilipolleces. Se hilvana un recuerdo con otro, hay una aparición misteriosa mefistofélica, miles de autorreferencias en el interior y SOBRE TODO honradez. No honestidad, que la honestidad es de cintura para abajo y no me interesa un pimiento —prefiero que la gente vaya en bolas y todos follen como bonobos, que hacen más gimnasia en comuna que los conejos—; lo que me gusta la honradez. Me toca las pelotas cuando la pedantería es gratuita. Aquí no lo es. Viene de dentro, está asumida y masticada. No hay impostura alguna. Martín Gaite hizo una novela de vueltas y revueltas porque le salió así, porque lo pedía la historia, no porque meditara que escribir eso era muy moderno y postmoderno y progre.

Carmen de Mérimée. ¿Qué cojones haces leyendo esto, Al? Bueno, vi un librito diminuto y rosa y me dije: ah, esto es literatura pornográfica de la que a mí me gusta, voy a cogerlo; 96 páginas, se lee en media hora, puede ser una paja agradable. Y no, era la obrita en gran parte culpable de la visión de España como el país del toro, la gitana y la pandereta. No lo solté como si me hubiera quemado porque Mérimée es el autor de La venus d’Ille.
Debo decir que me ha sorprendido porque es una delicia de librito, dejando a un lado que el tema me la fuma y el gabacho lo mira todo desde su óptica superior de civilización. La verdad es que el personaje de Carmen está magníficamente construido, gitana del romanticismo con alma de gato y de demonio del bosque. Lo recomiendo. Sí, en serio. A pesar de las castañuelas, los bandoleros, los toritos y el crimen pasional de "Te quiero y por eso te mato", cuatro cosas sobre las que esparzo mi más sincero desprecio y, según lo que haya merendado, mi más sentido vómito.

El post ya es inmenso. Claro, llevaba sin contaros mis lecturas desde el 9 de abril...

Pues nada. Mañana os torturaré con los cuentos, la no ficción y la miscelánea que me he tragado últimamente. ¿Podréis resistiros?

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Tags: lecturas

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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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