Estoy en el cuarto blanco. De nuevo. Cada vez que aparezco en el cuarto blanco, me planteo si alguna vez llegué a salir de él. Pestañeo. No veo nada. La oscuridad es completa.
—¿Dónde estoy?
Es una pregunta retórica. Sé muy bien que chapoteo en el centro de uno de mis estilemas preferidos. Todo escritor tiene sus estilemas, que es una palabra muy gafapasta pero se refiere, única y exclusivamente, a los rasgos de estilo e imágenes que regresan siempre y nos persiguen. Montar en la noria. Enfrentarse al espejo; encontrar en él a tu peor enemigo. Unamuno y su muchacha en la ventana. Kafka en la bañera. Borges con sus tigres.
—Estás en un trastero —me contestan—. En el sótano que todos llevamos en un rincón del cerebro.
Conozco esa voz.
—¿Quién eres? —pregunto—. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
Se oye una calada. Carraspeo, pausa. Otro tiro de cigarro.
—Desde la Cuenta del Tiempo —responde.
—Ah. En ese caso, estamos aquí desde hace nada.
—¿Qué?
—Desde que pregunté.
—¿Desde que preguntaste qué?
—Cuánto tiempo llevamos aquí.
—Ya te lo he dicho, desde la Cuenta del...
—Olvídalo.
Estrecho los ojos. Intento distinguir algo. Nada. Negro.
—Creía que estaba en el cuarto blanco —medito—. Mi primera novela. Completamente psicótica e infantil: sobre la personalidad múltiple. Aquélla de los compartimentos de la cabeza que se retuercen en el cráneo entre jugos y descargas eléctricas. El cuarto blanco era el puente de mando. En principio, no había nada; poco a poco, se iba llenando con símbolos. Del cuarto negro, del cuarto azul, del cuarto rojo, salía un aspecto de ti mismo. Un desconocido que también eras tú. Se peleaban hasta la muerte. El que ganaba, dirigía tu vida. Esa imagen me obsesionó durante años. Las miles de personas que somos. Cómo luchamos contra nosotros mismos. Tiempo después, usé el cuarto blanco para hablar con mis personajes. Era el mejor escenario: neutro, vacío. Tengo muchas páginas técnicas que se desarrollan en el cuarto blanco. Invitaba a mis hijos de papel a entrar y a tomar asiento. Discutíamos sobre mis obras. Les preguntaba qué era lo que no funcionaba. Qué querían hacer. Algunos intentaban matarme. Yo era más rápido —suspiro—. Creía que estaba en el cuarto blanco.
—Lo estás. Es que no has encendido la luz.
Me suena esa voz, joder. Y no sé de qué. No la localizo.
Presiono un interruptor. Hay un parpadeo vacilante. Luz. Poca, diluida.
Paredes blancas, techo blanco, suelo blanco. Una bombilla viuda cuelga de un cable. Hay un colchón con los muelles fuera, un cenicero lleno de colillas y una papelera. Rueda, absurdamente, una pelota de goma de mis perros.
Hace unos años, el cuarto blanco era el collage de mi casa; contenía todos sus chismes, apretaditos. Y era, también, el collage de mi vida. Estaba enlibrado de arriba abajo con todas las obras que me habían influido y marcado. Sonaba música. Había fotos de amigos y de la que era, esa semana, la mujer de mi vida. Había una silla y una mesa con mi primera máquina de escribir: la Olympia modelo Mónica. Estaría ya en un vertedero, pero en el cuarto blanco, seguía existiendo. Los tres ordenadores que he tenido y jubilado. Y todas mis carpetas de folios, de dibujos, de bocetos, de ideas sueltas. Todo lo que significaba algo para mí, estaba ahí.
Oigo a mi compañero de cuarto. Se pasea por la habitación vacía. Dice:
—Ya hay pocas cosas que te importen, ¿no?
Me giro. Claro que me sonaba esa voz.
Es la mía.
Tengo delante a un chaval de veintiocho años. Está apoyado contra la esquina y fuma tranquilamente con cierta pose calculada y medida. Una mano al mentón, como los escritores de las contracubiertas. Capullo, pienso. Sonríe de medio lado. Viste enteramente de negro, de negro limpio, crujiente y nuevo. Tiene una perilla perfectamente recortada; mucho tiempo pasado delante del espejo. Capullo, me repito.
Me sorprendo teniendo la primera fantasía homosexual de mi vida: me ruge por dentro el deseo de estallarle la cara a hostias, de agarrarlo del pelo, de ponerlo de rodillas, de meterle la polla hasta el fondo y romperle el culo en dos. Hasta que llore. Hasta que llore como una niña, hasta que pida perdón, mientras le grito: “¿Te gusta? ¿Te gusta, cabrón? ¿TE GUSTA? ¡¡PUES VETE ACOSTUMBRANDO!! ¿ME OYES? ¡ESTO ES TODO LO QUE VAS A CONSEGUIR EN LA VIDA!”.
Pero se me acerca. Me mira. Arruga el ceño. Se hace el silencio. Cortante, fino.
—Tienes entradas —sentencia, señalándome con un dedo.
Aprieto los dientes. Capullo. Capullo, joder. Sujetadme que lo mato, SUJETADME. Pero no hay nadie más en el cuarto. Y no quiero matarle; se produciría una paradoja temporal que destruiría todo el universo.
—Tu puta madre —contesto.
—También es la tuya —sonríe—. Bueno. Tampoco son muchas —se gira para verme la coronilla y suspira de alivio—. Pero deberías cuidarte un poco, ¿no crees? Pareces un puto yonqui. ¿Hace cuánto que no te afeitas? ¿Y que no te compras ropa? ¿Vas de negro o de gris lavado? Mírate. Esos pantalones que llevas... ¿no son los mismos que llevo yo?
Gótico de mierda, pienso. Jodido capullo superficial y egocéntrico. Presumido, subnormal. Pagado de sí mismo. Imbécil.
Pero él se pone repentinamente serio.
—¿Has publicado ya?
Bajo la vista. Ahora, soy incapaz de soportar su mirada. Los ojos relucientes de ansia. El “me has decepcionado. ¿Cuándo piensas cumplir mis sueños?”. Dios, cuánto le odio. Y cuánto, cuantísimo le envidio.
—No.
Se lame los labios. Intenta quitarle importancia con un aspaviento.
—Bueno. Aún hay tiempo. ¿Qué edad tienes?
—Treinta y dos.
Suelta un largo silbido.
—Ya no tanto, joder. ¿Qué coño has estado haciendo? ¿A qué te has dedicado? ¿Estás imbécil? ¡Nunca será tan fácil como a esta edad, hostia!
Se para. Me ha visto la expresión. Se queda congelado de pánico. Tartamudea. Le tiembla el cigarro de la mano.
—O-oye... Tú... ¿Escribes?
Le oigo pensar. Sé muy bien lo que se le pasa por la cabeza: Dime que sí, por favor. Dime que sí. Dímelo.
—Sí —murmuro—. Aún lo hago.
—¿Aún?
—Supongo que dejaré de hacerlo. No tiene sentido. Estoy muy cansado.
—¿Cansado?
Resoplo.
—Siéntate.
Chasco los dedos y se materializan una mesa y dos sillas. Al fin y al cabo, el cuarto blanco es mi reino y se amolda a mis deseos. Me saco de la manga una botella de whisky; nos va a hacer falta. Agarro el cenicero del suelo. Lo vacío en la papelera. Tuerzo el gesto. Me entran, de pronto, una inmensas ganas de llorar. Me muerdo el labio y extraigo de la basura, entre colillas, un libro de pasta blanda, cutre, falso, de imprenta bajo demanda. En la cubierta se ve la huella de una mano blanca con una pata de lobo. Lo pongo sobre la mesa entre una polvareda de ceniza.
—Politeísmos —dice él.
—Politeísmos —digo yo.
—Así que lo terminé —se le iluminan los ojos—. Es... ¿Es bueno?
—Lo es. Mucho. Y lo digo cuatro años después. Es el mejor libro de literatura juvenil que he leído en mi vida.
—¿Juvenil? —frunce el ceño.
—Juvenil, chaval. No es una obra maestra. ¿Qué creías? Pero es bueno. Atrapa. Engancha. Y te lo crees. Te puede cambiar la vida si lo lees con menos de veinte años. Tiene una furia, una garra y una autenticidad que hace que sus muchos defectos ni se vean.
—¿Defectos?
—Bueno. Tiene paja, ya sabes. Se pierde a ratos en las conversaciones. Y todos los personajes son muy gilipollas.
—El Álex no es gilipollas.
—El Álex es el mayor gilipollas que has escrito nunca. Enhorabuena.
Mi alter ego se traga la réplica. Sonríe.
—En eso consiste, ¿no? Si lo ves mejorable es porque has mejorado. No sabes cuánto me alegra ver que eres mejor que yo, que escribes mejor que yo. Pero —inclina la cabeza— me estoy rallando... Dices que no has publicado. ¿Y esto qué es? Es un libro. Tiene ISBN.
Lo corto en seco.
—Cierra la puta boca y atiende, niñato. Esto te va a doler de verdad, y quiero verte la cara; ya sabes que me va el sadomasoquismo. Así que mírame.
Tomo aire, y empiezo.
—¿Recuerdas la bitácora?
—Ayer la empecé. Es una tontería.
—Ajá. Bien. La historia más vieja siempre es nueva para alguien. Lo resumiré: la bitácora llegó a tener auténtica repercusión durante los dos años que estuvo en funcionamiento. Para ser una página personal de autor inédito, los resultados fueron bastante asombrosos. Conseguiste treinta mil enlaces; se dice pronto. Los lectores te sacudían a correos electrónicos. Los contestaste TODOS. Sin descanso. Recopilaste tres mil direcciones; hasta te hiciste un excel con ellas y con el número de veces que te escribían para averiguar cuántos de tus lectores eran fijos y no esporádicos. Calculaste que setecientos eran unos benditos pesados y que de verdad comprarían tu libro cuando estuviera en las tiendas. Todo esto, sin haber empezado la hipercampaña publicitaria viral que tenías pensada, y que nunca llevaste a cabo: lo lograste tan sólo escribiendo tus pajas mentales. Recibiste un par de rechazos de editoriales grandes que te hicieron bastante gracia y colgaste en la pared. Encontraste un contacto en una editorial de tamaño mediano. Una chica que dio la vida por tu puto libro. Que estuvo a punto de perder su curro por implicarse tanto. Que hizo todo lo que estuvo en su mano por que lo publicaran, porque creía en él. Pasó un año. Te metieron en catálogo. Te llamaron y te mostraron un contrato. Exigían que dejaras tu texto en ciento veinte páginas para que la edición fuera barata, ya que se arriesgaban a lanzar a un autor novel y un libro de cuatrocientas ochenta salía caro de cojones. Te pedían también que hicieras campaña personal de imagen en radio y televisión, porque estaban lanzando una nueva línea de autores jóvenes y querían venderlos como escritores-estrella y nueva generación, como la de Star Trek. Te negaste a cortar tu libro. Te negaste a jugar en primera división y a comerte los medios con patatas, porque te resultaba repugnante la promoción del autor como si fuera una estrella de cine. Te negaste. Punto. No firmaste. Con una enorme candidez, creíste en tus lectores —hago una pausa. Enciendo un cigarro—. Imbécil. Eres un imbécil, ¿lo sabes? Lo autoeditaste para que lo compraran. Y sin ganar tú un duro; a precio de coste. Regalaste tres años de trabajo. Creías —de verdad lo hacías— que no sólo lo comprarían ellos, sino que se lo regalarían a sus amigos, que lo donarían a bibliotecas, que montarían foros y páginas para hablar de él. Pensaste que podrías crear un pequeño fenómeno de culto. Que podrías saltarte al intermediario. Que tu libro se vendía solo. Porque era bueno, porque de verdad lo era. Porque podía poner patas arriba la vida de muchos chavales en el mundo.
Él me atiende sin pestañear.
—¿Y?
—Y vendiste treinta ejemplares.
—¿Treinta?
—Treinta.
Le sirvo una copa. Sencillamente, no se lo cree.
—Pero... ¿Treinta?
—Treinta. Te lo juro. Bueno, no, miento: treinta y uno. Entonces se produjo el divorcio con el lector. ¡Traidores!, gritabas. ¡Hijos de puta! ¡Jodidos hipócritas! Porque tú les interesabas mientras eras promesa. Querían poder decir: “Yo lo leía cuando no era nadie. Yo lo leía”. Pero cuando se demostró que no publicabas, que pasabas a ser un pelagatos más, ni siquiera se molestaron en comprarlo. Chapaste la bitácora. Te planteaste el para qué. Siempre has escrito para los demás. Siempre. Si no hay un otro, no tiene sentido. El lector, ese desagradecido. El lector, ese monstruo; decías. Y escribías:
“No tengo motivos para escribir. No sé si volveré a tenerlos alguna vez. No recuerdo cuáles eran mis motivos. No sé qué coño estoy haciendo ahora mismo —hurgarme en la herida, agrandar la llaga a mordiscos, comerme la costra, tragarme a mí mismo—. Si abro un libro y lo leo, antes de tirarlo por la ventana, encuentro dos: el dinero o el prestigio. Para eso se escribe; para eso escriben los que escriben. Los hay que quieren pegar el pelotazo y hacerse de oro; a otros se les hace el culo gaseosa pensando en lo que dirán los críticos de Su Elegante Prosa, preferiblemente cuando hayan estirado la pata y aparezcan inmortalizados en los libros de texto de literatura (para que un niñato le pinte bigotes a la foto: la gloria. La gloria es un rayo de luna y una polla esquemática dibujada en tu cara).
Yo nunca lograré escribir para ganar dinero. No soy lo bastante rápido, lo bastante simple, lo bastante comercial, no hago perfectas comidas de rabo a los editores postrado de hinojos —oh sí, trágatelo todo, ¿ves el contrato? ¿Te gusta, eh? ¿Ves las condiciones? Chupa. Hasta el fondo—, no me adapto a las modas y no sé escribir a la carta y por encargo. Y sobre todo, soy un tipo tímido como una violeta, hasta niveles enfermizos. Nací antisocial y crecí con problemas de relación, pero me congratula anunciar que, tras la terapia y el litio, me he convertido en un psicópata que tiene que contar hasta veinte para no calzarle una hostia al desconocido que se acerca a preguntarme la hora. Me da asco la gente: a puñados, más. No valgo para la promoción ni para el circo. Y el prestigio me da risa; escupí contra el ámbito académico hace mucho tiempo. Al acabar la carrera podría haber tirado por ahí —iba sobrado de nota y de profesores que me apreciaban y que me detestaban a partes iguales, lo cual me hubiera catapultado a una meteórica vida laboral como becario, profesor precario, futuro titular y flamantísimo catedrático a la provecta edad de cuarenta años, como otros tantos llenos de cadáveres pisoteados en el armario—, pero no lo hice.
Mi vida está llena de negativas; ellas me conforman. Le he dicho que no a tantas cosas... Le dije que no a la universidad. Le dije que no a curros de responsabilidad. Le dije que no a publicar. Le he dicho que no a prácticamente todo. Elegí fracasar, y sólo en eso he triunfado. Y ahora, le digo que no a que escribo. Ya no escribo. Me pongo, cada día. Contemplo la pantalla en blanco, y escribo. Para qué, escribo. Una y otra vez: para qué. Para quién.
Porque ahí está el quid, señores. Para mayor claridad, en griego: τί.
Yo era un exhibicionista. Me gustaba abrirme la gabardina y la carne. Filetearme el alma y mostrarla a pedazos sangrantes. Triturarme con el cuchillo y gritar: ¿Veis? ¿Veis de lo que estoy hecho? De vísceras, de puro talento y de bilis. Escribía para sorprender, para inquietar. Para molestar, también. Casi siempre. Para provocar algo. Era un trabajo en equipo. Yo escribo: el lector lee. Yo hago buh, el lector se asusta.
Mientras el lector es imaginario, futurible, misterioso, envuelto en un velo y sin rostro, todo iba bien. Yo escribía para él. Yo escribía para ti, ¿de acuerdo? Para arreglarte o para joderte la vida. Pero a ti te la da una higa, te importa un carajo, te la suda que yo escriba y lo que escriba. A ti qué más te da. Sólo es un libro.
Pues muy bien. Enhorabuena, chavales. Lo habéis conseguido. Me habéis matado, por dentro. Entre todos”.
Me devuelve el folio, estupefacto.
—No llegué a sacarlo en la bitácora —le digo—. Para qué. Para qué al cuadrado.
—¿Y después?
—Ja. Ahora viene lo más divertido. Bébete la copa, hazme caso. Un tiempo después, Politeísmos llegó a las manos de la editorial de literatura juvenil más importante de España.
Pestañea.
—¿Te refieres a...?
—A La Innombrable. Sí. A ésa. A la editora ejecutiva le flipó, pero era una jodida salvajada; no podía salir en juvenil. Ya sabes: los personajes follan, se drogan y se matan, cosa que está muy fea. Se lo ruló a la división de adultos. La respuesta fue que “pese a su indudable calidad, no entra en el catálogo”.
—Una carta rechazo tipo.
—No, para nada. Esto fue de palabrita y auténtico. A pesar de ser un libro de autor desconocido y de cuatrocientas ochenta páginas, se lo leyó el jefazo y lo consideró con mucho interés; lo sé de primera mano.
—¿Conseguiste un topo en...?
—En La Innombrable. Sí. No me subestimes. Así que la editora de juvenil, ya que no podía sacar Politeísmos y consideraba que de verdad eras bueno, te pidió un libro que fuera juvenil. Y lo escribiste.
—¿Por encargo?
—Sí. No. A ver, es complicado. Nunca llegaste a conocerla en persona. Todo esto se movió por topos. Como siempre. No fue un libro de encargo. A ti nadie te dijo tema. Simplemente, que fuera para críos.
—No soy un autor de infantil —se queja.
—Ni lo serás nunca. Eso fue un puto desastre. Como no te llenaba, te dedicaste a hacerte pajas estilísticas. Escribiste un texto jodidamente plúmbeo, para niños superdotados de más de treinta años. Un horror. Una puñetera mierda. Una mierda muy bonita, sí. Con sombrillita clavada como un cóktel. Pero una mierda. De alguna forma, te sentías con tablas. Pero qué bien escribías, hijo de puta. Tú podías hacer cualquier cosa, claro. ¿Pues sabes qué?
—¿Qué?
—Que en las tablas, uno también se resbala.
—Así que la cagué.
—Completamente, chaval. El libro era impublicable. Me temo que quisiste resarcirte de Politeísmos. Demostrar Lo Bien Que Podías Escribir si te ponías. Politeísmos es llano; hasta cierto punto, comercial. Lo han podido leer y disfrutar auténticos analfabetos funcionales. Está muy bien hecho, pero no es Alta Literatura. Camina en...
—En la delgada línea.
—Justo. Pero a Carpentier no lo pueden leer analfabetos funcionales, ¿no? Gilipollas. Con ese ego que tienes, decidiste lucirte. Desplegar toda una maraña de recursos. Hacer piruetas estilísticas. En un cuento para críos, toma ya. El resultado fue patético.
—Dicen que la segunda novela siempre es mala —objeta, defendiéndose—. La presión...
—Ya. Pero es que ésta no es simplemente mala. Es estrepitosamente fallida. Pomposa y grandilocuente. Tarimesca. Inaguantable.
—Joder, tío —se revuelve incómodo—. No te pases. Que también es tuya.
—Tuya aún no. Por eso te lo advierto. Evidentemente, la editora ejecutiva no sólo la rechazó, sino que reconsideró muy mucho aquellas palabras de “no es que Politeísmos sea buena; es que creo que el autor puede llegar a ser de verdad alguien”. La decepción fue mayúscula. Fin de la historia.
—¿Fin?
—No, claro. Llevas tres meses corrigiendo ese desastre. Le has sacado cien páginas de pedanterías. Ahora es casi legible, y todo. Pero ya da igual. Ya no puedes llevarla a la Editorial Innombrable. Se acabó. Se te abre una puerta, y vas tú y la cierras. Y a lo bestia, para darle en las narices al que está detrás.
Mato la copa. Aguardo a ver su reacción. Y hace lo que más me jode, lo que más podía joderme en el mundo.
—Estoy realmente orgulloso de ti —dice—. Lo estoy. Sigues... sigues ahí. Luchando. No te has rendido. Ni te has vendido. A pesar de todo.
Entonces, exploto.
—Venga ya no me jodas. Soy un puto fracasado, ¿me oyes? ¡¡UN PUTO FRACASADO!! Mi vida es una mierda. Toda, toda mi vida está programada para escribir. Tengo un curro humillante y lamentable para el que estoy SOBRECUALIFICADO hasta niveles de risa, porque es lo que siempre quise: algo que me dejara tiempo, que no me diera responsabilidades ni quebraderos de cabeza. No llego a fin de mes ni con malabares. No tengo amigos. No tengo vida social. Me follo a una jodida niñata que es AMIGA DE MI HERMANA. ¡Le saco siete años, joder! Camino para atrás como los cangrejos. NO HE CONSEGUIDO NADA. ¡NADA!
Pero él me sale con romanticadas y polladas decimonónicas sobre la idea del Genio, de la Autoría Sublime y de los Grandes Popes de la Literatura. No se le humedecen los ojos de milagro. Y no le parto la cara, de otro.
—Tienes que fracasar —suspira con embelesamiento—. Es así. Tienes que fracasar para triunfar después de muerto. Lo sabes muy bien. Eso es lo grande. Ésos son los que quedan. Ésos son los que importan.
—¿QUÉ? ¿Pero tú eres gilipollas o te lo haces? ¿Me estás escuchando? Te digo que estoy hasta los cojones. Que no sé escribir para mí; que nunca he sabido. Y que el lector, directamente, me repugna. Que no quiero escribir para él. Y para un editor, aún menos.
—Eso no importa. Lo que importa es que escribes.
—Sí. Escribo. Igual que las amas de casa que componen poemas en la lista de la compra. Que te follen. Eres un crío. No entiendes nada. ¿Sabes lo patético que es que lo único que le dé sentido a tu vida sean tus perros? ¿Que no te suicidas porque dependen de ti, porque para ellos eres su universo entero?
—Me parece un motivo tan bueno como cualquier otro para levantarse por las mañanas —sentencia.
—Sí, claro —gruño—. Para sacarlos a mear.
Nos quedamos callados. Lanzo Politeísmos de nuevo a la papelera. Fallo. Él se retuerce las manos con ansiedad. Hace un gesto para levantarse y cogerlo. Se queda quieto. Me mira.
—¿Puedo... puedo leerlo?
—No. Jódete y escríbelo.
Me doy cuenta, de pronto, de que han cambiado las tornas. De que antes, temía al yo del pasado. A enfrentarme a sus ojos limpios e ilusionados. A no cumplir sus expectativas. Al terrible “Yo no iba a crecer para ser tú. Yo iba a ser otra persona”. Pero ahora, no. Ese niño crudo me tiene cierto miedo. Y me respeta. Se lame los labios. No parece saber bien qué decir.
—Aún escribes —dice—. A pesar de todo. No lo dejas. No creo que lo dejes nunca.
Aplasto la colilla en el cenicero.
—Dios te oiga, Al. Dios te oiga. El que sea.
—¿Te... ¿Te arrepientes?
Levanto la vista. Lo veo confuso, asustado. De pronto, ya no le odio. Lo encuentro blando, débil, pequeño. Con las mejillas redonditas para recibir bien de bofetadas, de todas las que le dará la vida. Tampoco le envidio.
—No —contesto—. Nunca. Volvería a hacerlo. Todo, del mismo modo.
Le tiendo la mano. Hagamos las paces, Álvaro. No, no cumplí tus sueños. No, no te puedo hacer un corte de mangas. Tal vez nunca pueda.
—Quédate con eso —murmura, dubitativo—. Con que pudiste elegir. Dijiste que no. Pudiste elegir. No todos pueden.
—No me quedo con eso —replico—. Eso es una gilipollez egomaniaca. Me quedo con... Con que lo importante es pelear y luchar hasta el final.
—“Considerando que, a pesar del fracaso, hemos ganado” —cita, sonriendo.
Asiento, con infinita tristeza. No sonrío. Se desvanece en el aire. Me quedo solo en el cuarto blanco. Materializo un ordenador portátil; uno nuevo, que no rasque el disco duro ni se cuelgue cada diez minutos. Al fin y al cabo, estoy en el cuarto blanco. Aquí puedo generar mis fantasías a la carta; para qué privarme de nada. Lo enciendo. Abro un documento de word. Miro la página en blanco. Y las paredes, el techo y el suelo. Blancos.
Y escribo. Para pintarlos con algo.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2009