La Coctelera

Categoría: 4. Escrituras

El cuarto blanco.

Estoy en el cuarto blanco. De nuevo. Cada vez que aparezco en el cuarto blanco, me planteo si alguna vez llegué a salir de él. Pestañeo. No veo nada. La oscuridad es completa.

—¿Dónde estoy?

Es una pregunta retórica. Sé muy bien que chapoteo en el centro de uno de mis estilemas preferidos. Todo escritor tiene sus estilemas, que es una palabra muy gafapasta pero se refiere, única y exclusivamente, a los rasgos de estilo e imágenes que regresan siempre y nos persiguen. Montar en la noria. Enfrentarse al espejo; encontrar en él a tu peor enemigo. Unamuno y su muchacha en la ventana. Kafka en la bañera. Borges con sus tigres.

—Estás en un trastero —me contestan—. En el sótano que todos llevamos en un rincón del cerebro.

Conozco esa voz.

—¿Quién eres? —pregunto—. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

Se oye una calada. Carraspeo, pausa. Otro tiro de cigarro.

—Desde la Cuenta del Tiempo —responde.

—Ah. En ese caso, estamos aquí desde hace nada.

—¿Qué?

—Desde que pregunté.

—¿Desde que preguntaste qué?

—Cuánto tiempo llevamos aquí.

—Ya te lo he dicho, desde la Cuenta del...

—Olvídalo.

Estrecho los ojos. Intento distinguir algo. Nada. Negro.

—Creía que estaba en el cuarto blanco —medito—. Mi primera novela. Completamente psicótica e infantil: sobre la personalidad múltiple. Aquélla de los compartimentos de la cabeza que se retuercen en el cráneo entre jugos y descargas eléctricas. El cuarto blanco era el puente de mando. En principio, no había nada; poco a poco, se iba llenando con símbolos. Del cuarto negro, del cuarto azul, del cuarto rojo, salía un aspecto de ti mismo. Un desconocido que también eras tú. Se peleaban hasta la muerte. El que ganaba, dirigía tu vida. Esa imagen me obsesionó durante años. Las miles de personas que somos. Cómo luchamos contra nosotros mismos. Tiempo después, usé el cuarto blanco para hablar con mis personajes. Era el mejor escenario: neutro, vacío. Tengo muchas páginas técnicas que se desarrollan en el cuarto blanco. Invitaba a mis hijos de papel a entrar y a tomar asiento. Discutíamos sobre mis obras. Les preguntaba qué era lo que no funcionaba. Qué querían hacer. Algunos intentaban matarme. Yo era más rápido —suspiro—. Creía que estaba en el cuarto blanco.

—Lo estás. Es que no has encendido la luz.

Me suena esa voz, joder. Y no sé de qué. No la localizo.

Presiono un interruptor. Hay un parpadeo vacilante. Luz. Poca, diluida.

Paredes blancas, techo blanco, suelo blanco. Una bombilla viuda cuelga de un cable. Hay un colchón con los muelles fuera, un cenicero lleno de colillas y una papelera. Rueda, absurdamente, una pelota de goma de mis perros.

Hace unos años, el cuarto blanco era el collage de mi casa; contenía todos sus chismes, apretaditos. Y era, también, el collage de mi vida. Estaba enlibrado de arriba abajo con todas las obras que me habían influido y marcado. Sonaba música. Había fotos de amigos y de la que era, esa semana, la mujer de mi vida. Había una silla y una mesa con mi primera máquina de escribir: la Olympia modelo Mónica. Estaría ya en un vertedero, pero en el cuarto blanco, seguía existiendo. Los tres ordenadores que he tenido y jubilado. Y todas mis carpetas de folios, de dibujos, de bocetos, de ideas sueltas. Todo lo que significaba algo para mí, estaba ahí.

Oigo a mi compañero de cuarto. Se pasea por la habitación vacía. Dice:

—Ya hay pocas cosas que te importen, ¿no?

Me giro. Claro que me sonaba esa voz.

Es la mía.

Tengo delante a un chaval de veintiocho años. Está apoyado contra la esquina y fuma tranquilamente con cierta pose calculada y medida. Una mano al mentón, como los escritores de las contracubiertas. Capullo, pienso. Sonríe de medio lado. Viste enteramente de negro, de negro limpio, crujiente y nuevo. Tiene una perilla perfectamente recortada; mucho tiempo pasado delante del espejo. Capullo, me repito.

Me sorprendo teniendo la primera fantasía homosexual de mi vida: me ruge por dentro el deseo de estallarle la cara a hostias, de agarrarlo del pelo, de ponerlo de rodillas, de meterle la polla hasta el fondo y romperle el culo en dos. Hasta que llore. Hasta que llore como una niña, hasta que pida perdón, mientras le grito: “¿Te gusta? ¿Te gusta, cabrón? ¿TE GUSTA? ¡¡PUES VETE ACOSTUMBRANDO!! ¿ME OYES? ¡ESTO ES TODO LO QUE VAS A CONSEGUIR EN LA VIDA!”.

Pero se me acerca. Me mira. Arruga el ceño. Se hace el silencio. Cortante, fino.

—Tienes entradas —sentencia, señalándome con un dedo.

Aprieto los dientes. Capullo. Capullo, joder. Sujetadme que lo mato, SUJETADME. Pero no hay nadie más en el cuarto. Y no quiero matarle; se produciría una paradoja temporal que destruiría todo el universo.

—Tu puta madre —contesto.

—También es la tuya —sonríe—. Bueno. Tampoco son muchas —se gira para verme la coronilla y suspira de alivio—. Pero deberías cuidarte un poco, ¿no crees? Pareces un puto yonqui. ¿Hace cuánto que no te afeitas? ¿Y que no te compras ropa? ¿Vas de negro o de gris lavado? Mírate. Esos pantalones que llevas... ¿no son los mismos que llevo yo?

Gótico de mierda, pienso. Jodido capullo superficial y egocéntrico. Presumido, subnormal. Pagado de sí mismo. Imbécil.

Pero él se pone repentinamente serio.

—¿Has publicado ya?

Bajo la vista. Ahora, soy incapaz de soportar su mirada. Los ojos relucientes de ansia. El “me has decepcionado. ¿Cuándo piensas cumplir mis sueños?”. Dios, cuánto le odio. Y cuánto, cuantísimo le envidio.

—No.

Se lame los labios. Intenta quitarle importancia con un aspaviento.

—Bueno. Aún hay tiempo. ¿Qué edad tienes?

—Treinta y dos.

Suelta un largo silbido.

—Ya no tanto, joder. ¿Qué coño has estado haciendo? ¿A qué te has dedicado? ¿Estás imbécil? ¡Nunca será tan fácil como a esta edad, hostia!

Se para. Me ha visto la expresión. Se queda congelado de pánico. Tartamudea. Le tiembla el cigarro de la mano.

—O-oye... Tú... ¿Escribes?

Le oigo pensar. Sé muy bien lo que se le pasa por la cabeza: Dime que sí, por favor. Dime que sí. Dímelo.

—Sí —murmuro—. Aún lo hago.

—¿Aún?

—Supongo que dejaré de hacerlo. No tiene sentido. Estoy muy cansado.

—¿Cansado?

Resoplo.

—Siéntate.

Chasco los dedos y se materializan una mesa y dos sillas. Al fin y al cabo, el cuarto blanco es mi reino y se amolda a mis deseos. Me saco de la manga una botella de whisky; nos va a hacer falta. Agarro el cenicero del suelo. Lo vacío en la papelera. Tuerzo el gesto. Me entran, de pronto, una inmensas ganas de llorar. Me muerdo el labio y extraigo de la basura, entre colillas, un libro de pasta blanda, cutre, falso, de imprenta bajo demanda. En la cubierta se ve la huella de una mano blanca con una pata de lobo. Lo pongo sobre la mesa entre una polvareda de ceniza.

Politeísmos —dice él.

Politeísmos —digo yo.

—Así que lo terminé —se le iluminan los ojos—. Es... ¿Es bueno?

—Lo es. Mucho. Y lo digo cuatro años después. Es el mejor libro de literatura juvenil que he leído en mi vida.

—¿Juvenil? —frunce el ceño.

—Juvenil, chaval. No es una obra maestra. ¿Qué creías? Pero es bueno. Atrapa. Engancha. Y te lo crees. Te puede cambiar la vida si lo lees con menos de veinte años. Tiene una furia, una garra y una autenticidad que hace que sus muchos defectos ni se vean.

—¿Defectos?

—Bueno. Tiene paja, ya sabes. Se pierde a ratos en las conversaciones. Y todos los personajes son muy gilipollas.

—El Álex no es gilipollas.

—El Álex es el mayor gilipollas que has escrito nunca. Enhorabuena.

Mi alter ego se traga la réplica. Sonríe.

—En eso consiste, ¿no? Si lo ves mejorable es porque has mejorado. No sabes cuánto me alegra ver que eres mejor que yo, que escribes mejor que yo. Pero —inclina la cabeza— me estoy rallando... Dices que no has publicado. ¿Y esto qué es? Es un libro. Tiene ISBN.

Lo corto en seco.

—Cierra la puta boca y atiende, niñato. Esto te va a doler de verdad, y quiero verte la cara; ya sabes que me va el sadomasoquismo. Así que mírame.

Tomo aire, y empiezo.

—¿Recuerdas la bitácora?

—Ayer la empecé. Es una tontería.

—Ajá. Bien. La historia más vieja siempre es nueva para alguien. Lo resumiré: la bitácora llegó a tener auténtica repercusión durante los dos años que estuvo en funcionamiento. Para ser una página personal de autor inédito, los resultados fueron bastante asombrosos. Conseguiste treinta mil enlaces; se dice pronto. Los lectores te sacudían a correos electrónicos. Los contestaste TODOS. Sin descanso. Recopilaste tres mil direcciones; hasta te hiciste un excel con ellas y con el número de veces que te escribían para averiguar cuántos de tus lectores eran fijos y no esporádicos. Calculaste que setecientos eran unos benditos pesados y que de verdad comprarían tu libro cuando estuviera en las tiendas. Todo esto, sin haber empezado la hipercampaña publicitaria viral que tenías pensada, y que nunca llevaste a cabo: lo lograste tan sólo escribiendo tus pajas mentales. Recibiste un par de rechazos de editoriales grandes que te hicieron bastante gracia y colgaste en la pared. Encontraste un contacto en una editorial de tamaño mediano. Una chica que dio la vida por tu puto libro. Que estuvo a punto de perder su curro por implicarse tanto. Que hizo todo lo que estuvo en su mano por que lo publicaran, porque creía en él. Pasó un año. Te metieron en catálogo. Te llamaron y te mostraron un contrato. Exigían que dejaras tu texto en ciento veinte páginas para que la edición fuera barata, ya que se arriesgaban a lanzar a un autor novel y un libro de cuatrocientas ochenta salía caro de cojones. Te pedían también que hicieras campaña personal de imagen en radio y televisión, porque estaban lanzando una nueva línea de autores jóvenes y querían venderlos como escritores-estrella y nueva generación, como la de Star Trek. Te negaste a cortar tu libro. Te negaste a jugar en primera división y a comerte los medios con patatas, porque te resultaba repugnante la promoción del autor como si fuera una estrella de cine. Te negaste. Punto. No firmaste. Con una enorme candidez, creíste en tus lectores —hago una pausa. Enciendo un cigarro—. Imbécil. Eres un imbécil, ¿lo sabes? Lo autoeditaste para que lo compraran. Y sin ganar tú un duro; a precio de coste. Regalaste tres años de trabajo. Creías —de verdad lo hacías— que no sólo lo comprarían ellos, sino que se lo regalarían a sus amigos, que lo donarían a bibliotecas, que montarían foros y páginas para hablar de él. Pensaste que podrías crear un pequeño fenómeno de culto. Que podrías saltarte al intermediario. Que tu libro se vendía solo. Porque era bueno, porque de verdad lo era. Porque podía poner patas arriba la vida de muchos chavales en el mundo.

Él me atiende sin pestañear.

—¿Y?

—Y vendiste treinta ejemplares.

—¿Treinta?

—Treinta.

Le sirvo una copa. Sencillamente, no se lo cree.

—Pero... ¿Treinta?

—Treinta. Te lo juro. Bueno, no, miento: treinta y uno. Entonces se produjo el divorcio con el lector. ¡Traidores!, gritabas. ¡Hijos de puta! ¡Jodidos hipócritas! Porque tú les interesabas mientras eras promesa. Querían poder decir: “Yo lo leía cuando no era nadie. Yo lo leía”. Pero cuando se demostró que no publicabas, que pasabas a ser un pelagatos más, ni siquiera se molestaron en comprarlo. Chapaste la bitácora. Te planteaste el para qué. Siempre has escrito para los demás. Siempre. Si no hay un otro, no tiene sentido. El lector, ese desagradecido. El lector, ese monstruo; decías. Y escribías:

“No tengo motivos para escribir. No sé si volveré a tenerlos alguna vez. No recuerdo cuáles eran mis motivos. No sé qué coño estoy haciendo ahora mismo —hurgarme en la herida, agrandar la llaga a mordiscos, comerme la costra, tragarme a mí mismo—. Si abro un libro y lo leo, antes de tirarlo por la ventana, encuentro dos: el dinero o el prestigio. Para eso se escribe; para eso escriben los que escriben. Los hay que quieren pegar el pelotazo y hacerse de oro; a otros se les hace el culo gaseosa pensando en lo que dirán los críticos de Su Elegante Prosa, preferiblemente cuando hayan estirado la pata y aparezcan inmortalizados en los libros de texto de literatura (para que un niñato le pinte bigotes a la foto: la gloria. La gloria es un rayo de luna y una polla esquemática dibujada en tu cara).

Yo nunca lograré escribir para ganar dinero. No soy lo bastante rápido, lo bastante simple, lo bastante comercial, no hago perfectas comidas de rabo a los editores postrado de hinojos —oh sí, trágatelo todo, ¿ves el contrato? ¿Te gusta, eh? ¿Ves las condiciones? Chupa. Hasta el fondo—, no me adapto a las modas y no sé escribir a la carta y por encargo. Y sobre todo, soy un tipo tímido como una violeta, hasta niveles enfermizos. Nací antisocial y crecí con problemas de relación, pero me congratula anunciar que, tras la terapia y el litio, me he convertido en un psicópata que tiene que contar hasta veinte para no calzarle una hostia al desconocido que se acerca a preguntarme la hora. Me da asco la gente: a puñados, más. No valgo para la promoción ni para el circo. Y el prestigio me da risa; escupí contra el ámbito académico hace mucho tiempo. Al acabar la carrera podría haber tirado por ahí —iba sobrado de nota y de profesores que me apreciaban y que me detestaban a partes iguales, lo cual me hubiera catapultado a una meteórica vida laboral como becario, profesor precario, futuro titular y flamantísimo catedrático a la provecta edad de cuarenta años, como otros tantos llenos de cadáveres pisoteados en el armario—, pero no lo hice.

Mi vida está llena de negativas; ellas me conforman. Le he dicho que no a tantas cosas... Le dije que no a la universidad. Le dije que no a curros de responsabilidad. Le dije que no a publicar. Le he dicho que no a prácticamente todo. Elegí fracasar, y sólo en eso he triunfado. Y ahora, le digo que no a que escribo. Ya no escribo. Me pongo, cada día. Contemplo la pantalla en blanco, y escribo. Para qué, escribo. Una y otra vez: para qué. Para quién.

Porque ahí está el quid, señores. Para mayor claridad, en griego: τί.

Yo era un exhibicionista. Me gustaba abrirme la gabardina y la carne. Filetearme el alma y mostrarla a pedazos sangrantes. Triturarme con el cuchillo y gritar: ¿Veis? ¿Veis de lo que estoy hecho? De vísceras, de puro talento y de bilis. Escribía para sorprender, para inquietar. Para molestar, también. Casi siempre. Para provocar algo. Era un trabajo en equipo. Yo escribo: el lector lee. Yo hago buh, el lector se asusta.

Mientras el lector es imaginario, futurible, misterioso, envuelto en un velo y sin rostro, todo iba bien. Yo escribía para él. Yo escribía para ti, ¿de acuerdo? Para arreglarte o para joderte la vida. Pero a ti te la da una higa, te importa un carajo, te la suda que yo escriba y lo que escriba. A ti qué más te da. Sólo es un libro.

Pues muy bien. Enhorabuena, chavales. Lo habéis conseguido. Me habéis matado, por dentro. Entre todos”.

Me devuelve el folio, estupefacto.

—No llegué a sacarlo en la bitácora —le digo—. Para qué. Para qué al cuadrado.

—¿Y después?

—Ja. Ahora viene lo más divertido. Bébete la copa, hazme caso. Un tiempo después, Politeísmos llegó a las manos de la editorial de literatura juvenil más importante de España.

Pestañea.

—¿Te refieres a...?

—A La Innombrable. Sí. A ésa. A la editora ejecutiva le flipó, pero era una jodida salvajada; no podía salir en juvenil. Ya sabes: los personajes follan, se drogan y se matan, cosa que está muy fea. Se lo ruló a la división de adultos. La respuesta fue que “pese a su indudable calidad, no entra en el catálogo”.

—Una carta rechazo tipo.

—No, para nada. Esto fue de palabrita y auténtico. A pesar de ser un libro de autor desconocido y de cuatrocientas ochenta páginas, se lo leyó el jefazo y lo consideró con mucho interés; lo sé de primera mano.

—¿Conseguiste un topo en...?

—En La Innombrable. Sí. No me subestimes. Así que la editora de juvenil, ya que no podía sacar Politeísmos y consideraba que de verdad eras bueno, te pidió un libro que fuera juvenil. Y lo escribiste.

—¿Por encargo?

—Sí. No. A ver, es complicado. Nunca llegaste a conocerla en persona. Todo esto se movió por topos. Como siempre. No fue un libro de encargo. A ti nadie te dijo tema. Simplemente, que fuera para críos.

—No soy un autor de infantil —se queja.

—Ni lo serás nunca. Eso fue un puto desastre. Como no te llenaba, te dedicaste a hacerte pajas estilísticas. Escribiste un texto jodidamente plúmbeo, para niños superdotados de más de treinta años. Un horror. Una puñetera mierda. Una mierda muy bonita, sí. Con sombrillita clavada como un cóktel. Pero una mierda. De alguna forma, te sentías con tablas. Pero qué bien escribías, hijo de puta. Tú podías hacer cualquier cosa, claro. ¿Pues sabes qué?

—¿Qué?

—Que en las tablas, uno también se resbala.

—Así que la cagué.

—Completamente, chaval. El libro era impublicable. Me temo que quisiste resarcirte de Politeísmos. Demostrar Lo Bien Que Podías Escribir si te ponías. Politeísmos es llano; hasta cierto punto, comercial. Lo han podido leer y disfrutar auténticos analfabetos funcionales. Está muy bien hecho, pero no es Alta Literatura. Camina en...

—En la delgada línea.

—Justo. Pero a Carpentier no lo pueden leer analfabetos funcionales, ¿no? Gilipollas. Con ese ego que tienes, decidiste lucirte. Desplegar toda una maraña de recursos. Hacer piruetas estilísticas. En un cuento para críos, toma ya. El resultado fue patético.

—Dicen que la segunda novela siempre es mala —objeta, defendiéndose—. La presión...

—Ya. Pero es que ésta no es simplemente mala. Es estrepitosamente fallida. Pomposa y grandilocuente. Tarimesca. Inaguantable.

—Joder, tío —se revuelve incómodo—. No te pases. Que también es tuya.

—Tuya aún no. Por eso te lo advierto. Evidentemente, la editora ejecutiva no sólo la rechazó, sino que reconsideró muy mucho aquellas palabras de “no es que Politeísmos sea buena; es que creo que el autor puede llegar a ser de verdad alguien”. La decepción fue mayúscula. Fin de la historia.

—¿Fin?

—No, claro. Llevas tres meses corrigiendo ese desastre. Le has sacado cien páginas de pedanterías. Ahora es casi legible, y todo. Pero ya da igual. Ya no puedes llevarla a la Editorial Innombrable. Se acabó. Se te abre una puerta, y vas tú y la cierras. Y a lo bestia, para darle en las narices al que está detrás.

Mato la copa. Aguardo a ver su reacción. Y hace lo que más me jode, lo que más podía joderme en el mundo.

—Estoy realmente orgulloso de ti —dice—. Lo estoy. Sigues... sigues ahí. Luchando. No te has rendido. Ni te has vendido. A pesar de todo.

Entonces, exploto.

—Venga ya no me jodas. Soy un puto fracasado, ¿me oyes? ¡¡UN PUTO FRACASADO!! Mi vida es una mierda. Toda, toda mi vida está programada para escribir. Tengo un curro humillante y lamentable para el que estoy SOBRECUALIFICADO hasta niveles de risa, porque es lo que siempre quise: algo que me dejara tiempo, que no me diera responsabilidades ni quebraderos de cabeza. No llego a fin de mes ni con malabares. No tengo amigos. No tengo vida social. Me follo a una jodida niñata que es AMIGA DE MI HERMANA. ¡Le saco siete años, joder! Camino para atrás como los cangrejos. NO HE CONSEGUIDO NADA. ¡NADA!

Pero él me sale con romanticadas y polladas decimonónicas sobre la idea del Genio, de la Autoría Sublime y de los Grandes Popes de la Literatura. No se le humedecen los ojos de milagro. Y no le parto la cara, de otro.

—Tienes que fracasar —suspira con embelesamiento—. Es así. Tienes que fracasar para triunfar después de muerto. Lo sabes muy bien. Eso es lo grande. Ésos son los que quedan. Ésos son los que importan.

—¿QUÉ? ¿Pero tú eres gilipollas o te lo haces? ¿Me estás escuchando? Te digo que estoy hasta los cojones. Que no sé escribir para mí; que nunca he sabido. Y que el lector, directamente, me repugna. Que no quiero escribir para él. Y para un editor, aún menos.

—Eso no importa. Lo que importa es que escribes.

—Sí. Escribo. Igual que las amas de casa que componen poemas en la lista de la compra. Que te follen. Eres un crío. No entiendes nada. ¿Sabes lo patético que es que lo único que le dé sentido a tu vida sean tus perros? ¿Que no te suicidas porque dependen de ti, porque para ellos eres su universo entero?

—Me parece un motivo tan bueno como cualquier otro para levantarse por las mañanas —sentencia.

—Sí, claro —gruño—. Para sacarlos a mear.

Nos quedamos callados. Lanzo Politeísmos de nuevo a la papelera. Fallo. Él se retuerce las manos con ansiedad. Hace un gesto para levantarse y cogerlo. Se queda quieto. Me mira.

—¿Puedo... puedo leerlo?

—No. Jódete y escríbelo.

Me doy cuenta, de pronto, de que han cambiado las tornas. De que antes, temía al yo del pasado. A enfrentarme a sus ojos limpios e ilusionados. A no cumplir sus expectativas. Al terrible “Yo no iba a crecer para ser tú. Yo iba a ser otra persona”. Pero ahora, no. Ese niño crudo me tiene cierto miedo. Y me respeta. Se lame los labios. No parece saber bien qué decir.

—Aún escribes —dice—. A pesar de todo. No lo dejas. No creo que lo dejes nunca.

Aplasto la colilla en el cenicero.

—Dios te oiga, Al. Dios te oiga. El que sea.

—¿Te... ¿Te arrepientes?

Levanto la vista. Lo veo confuso, asustado. De pronto, ya no le odio. Lo encuentro blando, débil, pequeño. Con las mejillas redonditas para recibir bien de bofetadas, de todas las que le dará la vida. Tampoco le envidio.

—No —contesto—. Nunca. Volvería a hacerlo. Todo, del mismo modo.

Le tiendo la mano. Hagamos las paces, Álvaro. No, no cumplí tus sueños. No, no te puedo hacer un corte de mangas. Tal vez nunca pueda.

—Quédate con eso —murmura, dubitativo—. Con que pudiste elegir. Dijiste que no. Pudiste elegir. No todos pueden.

—No me quedo con eso —replico—. Eso es una gilipollez egomaniaca. Me quedo con... Con que lo importante es pelear y luchar hasta el final.

—“Considerando que, a pesar del fracaso, hemos ganado” —cita, sonriendo.

Asiento, con infinita tristeza. No sonrío. Se desvanece en el aire. Me quedo solo en el cuarto blanco. Materializo un ordenador portátil; uno nuevo, que no rasque el disco duro ni se cuelgue cada diez minutos. Al fin y al cabo, estoy en el cuarto blanco. Aquí puedo generar mis fantasías a la carta; para qué privarme de nada. Lo enciendo. Abro un documento de word. Miro la página en blanco. Y las paredes, el techo y el suelo. Blancos.

Y escribo. Para pintarlos con algo.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2009

Disculpen las molestias. (Mercado editorial: FIN).

Algunos de mis porfiados lectores saben desde hace tiempo, incluso antes que yo, que iba a publicar Politeísmos —atención al pretérito: que nadie saque el confeti si no quiere tener que comérselo luego—. Esos lectores maravillosos me mandaron correos electrónicos asombrados y hasta un poco indignados. Les pedí por favor que cerraran la boca, porque yo no estaba enterado de nada y esto parecía de chiste, y así lo era. Descubrieron que iba a publicar —no pierdan de vista el tiempo del verbo— mediante las búsquedas de google: siguiendo la pista de mi nombre cayeron en la página de un diseñador editorial que tenía el catálogo en PDF a medio hacer y en abierto, sin contraseña ninguna. Estaba escondidito, ya que yo no lo vi en mis paseos egocéntricos dominicales para comprobar cómo iba la red de menciones a mi humilde persona, cuántos blogs habían desaparecido y cuántos me despreciaban y me borraban de sus favoritos, y lo mucho que me alejaba cada día de los 30.000 enlaces que alcanzamos en verano, debido principalmente a que estáis hasta la polla de los parones de la bitácora. He forzado vuestra paciencia hasta límites obscenos y lamentables. Como han forzado la mía.


Disculpen las molestias.


La cuestión es que la novela figuraba en el catálogo de las novedades para el segundo semestre de 2008, y sin haberme avisado. En la Editorial Misteriosa dieron por sentado que yo iba a tragar con todo lo que me pidieran y me incluyeron mucho antes de llamarme, y antes —por supuesto— de plantarme el contrato delante. Surrealista, pero cierto. Era un catálogo muy bonito, muy colorido y muy profesional. Aparecía mi obra junto a otras de singular trascendencia y valor literario indiscutible —apúntese: IRONÍA—. Lo descargué y lo guardé, porque colecciono curiosidades editoriales y me gusta enmarcarlas y colgarlas en mi pared, e hice bien, porque ya lo han quitado: para cambiarlo, tachar mi nombre y hacerle vudú, supongo. La caché de google aún se puede encontrar, dudo que por mucho tiempo y la verdad es que me da lo mismo. Regalaría un gallifante a todos los que localizaron el enlace si no fuera porque no estoy de humor.


Meses —¡meses!— después me llamaron y mostraron un contrato. Meses de angustia, de indecisión, de no saber nada; de cerrar la bitácora por no poder contar esto y no querer contar otra cosa; meses de morderme los nudillos, la mesa, el teclado, de masticar el móvil con los dientes hasta que me sangraban las encías, de refrescar la pantalla del correo cada tres minutos aguardando novedades; meses de tener que soportar que los colegas te pregunten “¿aún no te has suicidado?” con completa seriedad, de la que asusta; meses después, AHORA, me ponen un contrato delante.


Bien, pues no lo he firmado.


Quiero decir con esto que he tenido la publicación al alcance de la mano, la he rozado con las yemas de los dedos, y he dicho que no. Y lo he dicho yo. No ellos.


Ahora me voy a explicar, antes de que me asesinéis y con razón.


El contrato era abusivo, vergonzoso e irrisorio: uno de los mejores textos de humor que he leído nunca. No sólo en el aspecto económico, que me la pela y que también lo era, porque regalaba la obra, sin percibir ningún adelanto, y luego ya si eso me pagaban algo, me daban la propinilla y la limosna y las gracias pasado un año, si se había vendido bien. Si no, nada. Eso me daba bastante igual: no hago esto por dinero. No puse pero ninguno. Ahí no.


Donde surgían los peros fue en el aspecto profesional y personal: el contrato me afectaba a mí y afectaba a la obra, y no para bien. Empecemos el recuento. Diversión aseguraba: lo garantizo.


1. Hacía una cesión de derechos EXCLUSIVA y MUNDIAL, y universal no lo pusieron porque se les olvidó que en la MIR también leen, y mira que si se llevan el libro en un viaje espacial y no les pagan, fíjate tú que tragedia. Vale. Es de coña, pero aceptamos barco. Qué remedio.


2. Permitía por contrato que se despedazara el libro y que apareciera en [play reprise]: formato libro; rústica; tapa dura o cartoné; ediciones económicas o de bolsillo; Club del Libro; fascículos; ediciones especiales para quiosco; reproducción parcial, resumida o abreviada, tanto en forma de pre como de post publicaciones; reproducción impresa, tanto en forma parcial como total, en publicaciones periódicas, en forma resumida, abreviada o compendiada, o en cualquier otro tipo de operación promocional o especial; versión completa, condensada o abreviada, en antologías, libros escolares y otras ediciones especiales, sean o no promocionales; traducción a todas las lenguas extranjeras, a cuyo efecto el AUTOR le cede en exclusiva mundial el correspondiente derecho de traducción, quedando facultado el EDITOR para designar, a su elección, la persona o personas que han de realizar dicha traducción, y la remuneración que corresponda a la misma en la explotación de la OBRA traducida; derechos de reproducción, distribución y comunicación pública de la OBRA en versiones electrónicas (entendiendo por tales aquellas que incluyan todo o parte de la OBRA en forma sonora, visual o audiovisual, para su lectura junto con sonidos e imágenes, incluidas las versiones multimedia y las redes de comunicación), pudiendo reproducirla, almacenarla y distribuir copias de la misma en cualquier soporte electrónico, en su más amplio sentido (óptico, magnético, óptico-magnético o digital, tales como cassette, láser, disquete, Cd-Rom, Dvd-Rom, discos ópticos, disco duro, servidores, etc.), así como transmitirla de cualquier forma a través de Internet y otras redes informáticas y de telecomunicaciones (en línea o por satélite), permitiendo a terceros su reproducción, lectura y/o almacenamiento (“download”) en cualesquiera de los soportes citados anteriormente; el AUTOR acepta las variaciones que el EDITOR deba introducir en la OBRA a efectos de adaptarla a estas modalidades de explotación, así como todas las operaciones que formen parte integrante y esencial del proceso tecnológico de transmisión y distribución [stop reprise], y no pusieron que en puzzle de mil piezas y en los cartones de leche porque no se les ocurrió.


[Inciso: lo normal, lo decente, es contratar la obra en cesión EXCLUSIVA NACIONAL y sólo para RÚSTICA, que significa papel cutre-cubierta blandiblú. Si se vende bien e interesa, se hace un nuevo contrato en el que se valora en qué otro formato se podría sacar y se renegocia el porcentaje, que nunca —no os engañéis— supera el 10% del libro. A título informativo: si compráis una novela que vale 15 euritos con IVA, le restamos ese pico del 7% y nos quedamos en 13,95: de aquí, el autor percibe, en el mejor de los casos, un euro con tres céntimos noventa y cinco, que le da para un café, y no en todos los sitios. El resto se lo comen las editoriales y distribuidoras. Y me la trae floja, señores. Eso me parecía muy bien, aunque mi porcentaje hubiera sido AÚN MENOS. Lo que no me parecía tan bien es que hicieran con el texto lo que les saliera de la punta del capullo. Tanta puta edición en todos los colores y sabores y sin poder decir ni pío es desproporcionado y absurdo y un cachondeo y un atraco a mano armada.]


3. Se aseguraban de decir que cedía la obra para la venta en todos los formatos y canales existentes o que puedan existir en el futuro, por si acaso, oye, se les ha olvidado algún instrumento con el que sacarme la piel a tiras, pues incluyen hasta los futuribles e imaginarios: nada de sólo con fórceps, tenazas, potro y cilicio tradicionales: hasta el cuchillo de mantequilla y un coqueto sacacorchos por la oreja y lo que se invente en el mercado inquisitorial de aquí en adelante, por qué no.


4. Me negaban el derecho de opinión o de réplica y decisión o consenso sobre ningún aspecto de la obra (traducción, por ejemplo) y otorgaba libertad absoluta en cuestión de diseño y promoción para el editor: si me cascaban una cubierta con los osos amorosos para una novela oscurilla me tenía que parecer fetén.


Hasta aquí, cedí, porque quería que saliera la puta novela, quería librarme de ella y quería, sobre todo, que la leyerais. A partir de aquí, no. El contrato tenía un par de trampas, trampas mortales: omisiones nada inocentes y cláusulas muy peligrosas. Verbigracia:


5. No aparecía por ninguna parte eso tan bonito y oportuno de que “el AUTOR se reserva todos los derechos sobre la OBRA que no son de cesión en el presente contrato”.


Claro que no aparecía. PORQUE SE QUEDABAN CON TODOS LOS DERECHOS. Esto viene a significar que no vendo mi alma al diablo, sino que la regalo. Juguemos al cuento de la lechera y flipémonos, ya que eran ellos mismos los que se flipaban y legislativamente, que parece más “pro” pero resulta igual de idiota. Ejemplo: si a algún colgado se le hubiera ocurrido hacer una película, un cómic, un juego de rol, una línea de muñecos de acción, el kit completo de bricolaje politeísta, una caja de condones con estrías con la jeta del personaje del lobo en el látex o unas tarteras de Tu Dios Interior —artículo sobre la novela que todos esperamos impacientes— no hubiera tenido que hablar CONMIGO, sino con ELLOS, a los que, como veremos más adelante, les importaba muchísimo la obra y la respetaban en el alma y de corazón. Y al revés, lo mismo. Llega un cándido friqui y elabora una historia propia en la red acerca de algún personaje de gran trascendencia —qué sé yo, sobre el cartero que le lleva un paquete al protagonista en el capítulo IV, y nada de pensar guarradas, que es estrictamente heterosexual—, yo leo el fanfic y me pongo muy contento; lo lee el editor y lo mismo le mete un paquete al friqui —podéis pensar las guarradas que queráis en este contexto— por ir contra la propiedad intelectual, y yo me tengo que callar y aplaudir al son y con las orejas y apoyarle, porque los derechos NO SERÍAN MÍOS y, por contrato, [play reprise] el EDITOR queda facultado para iniciar y seguir cualquier acción, negociación o procedimiento judicial, extrajudicial o administrativo que estime necesario, teniendo control absoluto sobre el mismo, tanto en su planteamiento y resolución como en el nombramiento de los asesores, abogados o representantes que en dicha controversia intervengan. El AUTOR, desde este momento, acepta y asume las decisiones que el EDITOR adopte para la resolución de los conflictos planteados, incluyendo las transacciones judiciales o extrajudiciales que el EDITOR pudiera alcanzar con los terceros implicados. El AUTOR queda obligado a otorgar al EDITOR, o a la representación que éste designe, poderes notariales bastantes para llevar a efecto los aludidos procedimientos [stop reprise]. PERO AAAAAAH, QUE TIENE TRUCO: Los gastos, costes e indemnizaciones ocasionados por conflictos derivados serán asumidos íntegramente por el AUTOR. ¿No lo habéis entendido? Es fácil: blablablá, blablablá, blablablá, te doy por culo y la vaselina la pagas tú. Siendo puntillistas, aunque lógicamente no creo que me denunciaran —ya sería lo último—, el contrato me impediría A MÍ citar mi propia obra sin permiso del editor; es lo que tiene la cesión exclusiva. ¿Os parece fuerte? Pues tranquilos, que hay más. Sólo estamos empezando. La siguiente cláusula sí que es sangrante. Aún tengo el torniquete puesto, y la leí la semana pasada. Haceos a la idea.


6. “El AUTOR dará primera opción al EDITOR para las siguientes novelas que pudiera publicar en español”.


Toma ya. Vamos a traducirlo, que ya sabemos que los textos legales resultan tan legibles como las instrucciones en coreano de la cafetera. Esto significa que, de aquí en adelante y para el resto de mi vida, cada novela que escribiera, hasta las póstumas que deje dentro de un cajón después de estirar la pata, les pertenecerían, primero, a ellos. No, oigan, no. ¿Con el asco que les tengo les voy a estar viendo a ustedes la cara hasta que la diñe? ¿Me cierran la puerta a cualquier otro sitio y yo sólo sonrío? ¿Y si me apetece presentar una obra a algún concurso, me jodo y me aguanto PORQUE NO PUEDO, PORQUE SIEMPRE PIDEN QUE TENGAS LA OBRA SIN COMPROMISO EDITORIAL? Si me hacen un contrato indefinido van y me dan de alta en la seguridad social, no te jode. Esto, señores, es el circuito editorial, pero con descaro y desfachatez como no había visto en ningún sitio. Sé —porque he leído otros contratos— que se pide prioridad para el siguiente texto. Muy bien. Para UNO. Si has acabado con tu editor como el rosario de la aurora, te la ha metido por el culo pero bien y te la ha sacado por la boca y te quieres ir a otro lado, vas y le llevas un libro de Cocinar con batidora, Los potajes de mis tías o Los Mejores Bares Góticos Madrileños y a otra cosa mariposa. Pero lasss siguientesss novelasss NO. Todas, no. A tomar el pelo a su padre. Aparte —e informo de esto para los escritores noveles, inocentes y felices— la cláusula famosilla va contra la Ley de Propiedad Intelectual y hasta contra el Código Civil: LPI 43.3 y 59, CC 1271. Que se aprovechan de que los “artistas”, claro, somos gilipollas, alternativos, excéntricos, majaderos, vivimos en nuestro mundo de piruletas de fresa y somos incapaces de leernos algo que no tenga metáforas, árido, duro, gris y triste, como es una ley que, cojones, nos afecta a NOSOTROS, y está hecha para NOSOTROS. Pues a pesar de toda mi artisticidad, me la leí, me la empollé, consulté con un abogado, le mostré el contrato, le entró la risa floja y me dijo que era el contrato más “yo, yo, yo, primero yo, después yo, y siempre yo” de editor que había leído nunca. Consulté con otro abogado especialista en LPI, me dijo qué cambios habría que introducir y me recomendó que, si no quería tragar, fuera pensando en otro sitio o autoedición porque la sartén por el mango la tenían ellos y yo carecía de capacidad de negociación, y si no estábamos hablando de Planeta —que no es el caso— no me convenía una mierda joderme de por vida por una tirada ridícula. Lo floté en colores diversos y variedad de matices y empecé a replantearme cositas, la verdad.


Sigamos, que aún queda lo mejor. La omisión menos inocente de todas. Lo más doloroso. Lo más triste. Faltaba ESTO:


7. El EDITOR se obliga a reproducir la obra en la forma convenida, sin introducir ninguna modificación que el AUTOR no haya consentido.


Claro, como es evidente, para qué van a ponerlo, ¿no? Tú publicas tu texto, no el del vecino. Es obvio, ¿a que sí? Se supone que si quieren publicarlo es porque les gusta y quieren que salga tal y como es.


Ya.


Pues si creíais que cuando agarráis un libro leéis lo que el autor quiso que leyerais, estáis muy equivocados, hijos míos. De verdad. No hay Reyes Magos. Son los padres. Siento quitaros la ilusión, pero hemos crecido. Este año me he vuelto muy, pero que muy viejo. Me lo han arrebatado todo. TODO. La ilusión es para los novatos. Ya no lo soy. Y quiero que hoy vosotros aprendáis algo sobre el mercado del libro, y que lo aprendáis conmigo.


Hay una cosa que se llama crisis del papel, que de tanto deforestar la Amazonía así nos luce: no nos quedan árboles y el folio está carísimo. En parte gracias al mercado del libro. Un editor cuenta lo que va a vender. Pongamos que piensa que van a comprarle tres mil ejemplares. ¿Imprime tres mil? Sería lo adecuado, ¿no?


Qué va.


Imprime casi EL DOBLE. Siempre. Primero, porque le sale más barato. Y segundo, porque en las librerías ocupará más espacio. Habrá una columna con más libritos, los virtuales compradores los verán más, ergo los comprarán más. La mitad de la tirada va a la basura. Directamente. Se envía para que esté en las tiendas. Las tiendas devuelven la mitad. El editor la destruye: la convierte en saldos, la vende al precio de pasta de papel en el mejor de los casos. En el peor, la quema. Hay incineradoras junto a las grandes editoriales, por si no lo sabíais. No se recicla ni se dona a bibliotecas. Se QUEMA. ¿Por qué? Porque CUESTA MÁS PELAS pagar el transporte a otro sitio. Así que ya vale de lloriquear conque el papel está muy caro, pero va a la puta papelera la mitad de la tirada y además hay que sacar libros con papel de ochenta gramos y cubierta gruesa, que si no la editorial baja de categoría, ¡corramos a comprárnoslos! ¿Qué más da lo que esté escrito dentro?


Así que por un lado tenemos la crisis del papel. Y por otro tenemos una cosa que se llama beneficios. El libro tiene que salir rentable, sobre todo si eres autor novel. Si eres Ken Follet o Ruiz Zafón, pues cuanto más gordo sea el tostón mejor, que es más caro y queda mejor envuelto en papel de regalo, que así parece que te has gastado algo y es aparente para los cumpleaños. Si no es el caso, asúmelo: CORTARÁN TU OBRA. Y por cualquier lado, que no importa: no tiene nada que ver con criterios literarios. No es que tu libro sea un peñazo y le sobren kilos de paja y viene el editor al rescate a corregirlo envuelto en su capa y sus mallas de colores. No. Es que sale demasiado caro. Y así te lo dicen. “Es una pena cortar una novela con una estructura tan redonda, pero es demasiado larga; se saldría del presupuesto”. Ah, muy bien. Total, es un libro. ¿Quién va a notarlo? Me soltaron, literal, “que les había llegado una novela de mil y pico páginas, la habían dejado en quinientas y había quedado muy bien”. Ajá. Como sabía de qué libro me estaban hablando —una especie de Tom Clancy de tercera regional— me entró la risa. Claro que quedó muy bien. La novela era una mierda: la cortas a la mitad, pues se queda en media mierda. Sin duda, ha mejorado notablemente. Y el autor, entre tanto, tan contento, porque van a poner su nombre en gordo en carteles y va a firmar libritos y a posar para la foto. ¿A quién le importa la obra? Al autor, no. Al editor, menos.


Así que cuando el editor me dijo: “Has escrito un pedazo de novela”; yo me limité a chillar: “¡No! ¡No he escrito un pedazo! ¡He escrito una novela entera! ¡Y no voy a partirla por la mitad!”.


Señores.


Las editoriales no venden libros: venden PESCADO. Le quitas la cabeza y la raspa y te lo comes igual. Y todo el mundo TRAGA. Traga porque publicar, ooooh, publicar, con lo difícil que es, es un privilegio, si es que los editores son todos unos filántropos, sólo quieren hacer felices a los autores, el mal necesario del mundo de la edición, llenos de ínfulas, que se creen ¡hasta importantes! ¡Que consideran que lo que han escrito tiene algún interés de por sí! No, claro que no. A tragar, que nos hacen un favor cuando se lucran a nuestra costa; y total, ya podremos exigir cuando seamos famosos. Ahora, tragamos. Hasta el fondo. Porque todo el mundo lo hace.


¿Y si no quieres ser famoso, ni ahora ni nunca? ¿Y si simplemente quieres que se lea TU LIBRO, no otro?


Pues te cuadras. Dices que te da igual lo que haya detrás de la puerta. Que sí, que tú quieres pasar por la puerta. Pero llevas a tu hijo en brazos, y si para entrar le tienes que cortar una pierna y un brazo, pues te quedas fuera y aquí paz y después gloria. Y te dicen que bueno, que ya se verá, que según cómo salga la maqueta, que el tamaño de la letra, que tal y pascual, que sí, que lo mismo entra, apretando bien hasta que no se distinga la a de la d. Y luego ves que en el contrato, de respetar la integridad de la obra, nones. En contrato lo que pone es que “El AUTOR hará entrega del original de la OBRA en junio de 2008, que consta de 120 folios, en hojas DIN A4 y en disquete u otro soporte electrónico para PC compatible, mecanografiado a dos espacios, totalmente terminado y en condiciones para que el EDITOR inicie las labores de edición”. ¿CIENTO VEINTE? ¿CIENTO VEINTE? ¡TRESCIENTAS TRECE en word! Pero claro, trescientas páginas se quedan en quinientas con la maquetación. Y ciento veinte, en menos de doscientas. Un libro perfecto: de autor desconocido, pero canijo y baratito. Si no se vende y se lo comen, pierden calderilla. Nadie arriesga.


La última: ya acabamos (aunque hay más, muchas más).


8. El AUTOR autoriza al EDITOR a la utilización de su nombre e imagen en cualquier medio con fines publicitarios, y se compromete a participar activamente en la presentación y promoción de la OBRA.


Parece normal, ¿no?


Bien, pues no lo es. Al menos para mí. Y me quedó bien clarito en la entrevista personal. Ya sabemos que la labor de un editor —no lo olvidemos, el ENEMIGO— es destruir por completo la ilusión de un escritor novel por publicar y que le lean, y someterle a todo tipo de procesos humillantes y vejatorios para socavar todo lo que haya en él de original y distinto, hacerle pasar por el aro y convertirlo en un pelele, porque oye, el mercado es así. Te plantan un tablero sobre la mesa y te dicen: esto es el parchís, juegas o no juegas, pero hay unas reglas. Pues no juego. No puedo cambiar el mundo, pero puedo no meterlo en mi casa. Sabéis MUY BIEN que abomino del escritor estrella, que me parece ridículo, que me da lástima y vergüenza que un autor salga por la tele y responda a las preguntas gilipollescas que le hace un periodista al que se la fuma la obra, que considero que la cultura es OTRA COSA, que escribir es una tarea SOLITARIA, que la luz de los focos es para los futbolistas y las estrellas de cine, que la labor de un escritor es, FÍJATE QUÉ RARO, ESCRIBIR, NO HACER EL MOÑAS Y EL SUBNORMAL EN LOS MEDIOS, y que qué coño, de qué números estamos hablando, que no es lógico que te hablen de televisión —OS LO JURO— para una tirada de 1500 ejemplares —que, tras tantas vueltas y revueltas, eso iban a vender, mil quinientos libros, su puta madre—, venga ya, a la tele, que no se lo creen ni ellos, con lo que cuesta un minuto en pantalla, ¿en qué puto planeta viven? ¿Adónde me iban a llevar? ¿Al canal 7, después de las videntes y antes del porno? Y a la radio, me dijeron. Sí, sí. A la COPE, de paso, con Federico Jiménez Losantos —vade retro, Satanás—. Y a la tele con Dragó a colocarle las gafas en su sitio de un patadón, sin duda: pero habrá que moverle el programa para que sea antes de la teletienda: máxima audiencia de fijo. Bueno, ya que estamos de coña completa y estáis hasta los cojones de leer este post sin pausas ni apenas imágenes que lo hagan más ameno, veamos un vídeo con el único entrevistador a cuyas preguntas yo respondería muy gustoso:




¿Fin del alivio cómico? Qué va. EN SERIO ME HABLARON DE TELEVISIÓN. Y me entró la carcajada. Sin poder evitarlo. Y así se lo solté. Les dije que me parecía ridículo y no pensaba hacer el anormal ni servir de perrito circense. Que nadie me iba a querer hacer una puta entrevista porque no soy nadie y a mí tampoco me apetecía hacerlas, así que las dos partes estaríamos en consenso completo. Que si alguien quería saber algo de mí que se leyera la puta bitácora. Que vale, lo entiendo, la gente no lee, qué pena. Pues prensa escrita, lo que les saliera de la punta del cimbel, y mejor que las entrevistas —las MILES que me iban a pedir— fueran por email, que puedes estar en gayumbos en tu casa y no pasas el mal trago de aguantar capulladas en vivo y en directo: pero televisión, NI DE COÑA. Y radio es que es una chorrada. ¿Quién cojones oye la radio y se compra un libro porque lo nombren ahí? ¿La gente entre los quince y los treinta años lo hace? ¿El target de la novela? Todos, todos se escuchan las tertulias, claro que sí. En masa. Y luego las comentan en el recreo.


Pues que nada, que tenía que figurar. Que se precisaba un autor que hicera el imbécil, que tuviera "contacto con los lectores". Les sales con que tienes más contacto que NADIE con tus lectores, que los conoces a cada uno de ellos —a los que han querido salir a la luz—, que te sabes sus nicks, te lees sus páginas, que les contestas a cada cosa que te dicen, que les quieres, coño, que los aprecias, que te preocupas por ellos, que te tortura que estén esperando la obra y que sigan ahí, al pie del cañón algunos, aunque sean dos o tres: que el resto volvería si se publicara.


No les vale. Tienes que garantizar que vas a hacer el gilipollas: si no es ahora, algún día. Ya que te contratan de por vida, pues te venden, sí, y te rentabilizan. "Queremos un autor que figure". Pues búscalo en las cajas de los cereales, que a veces vienen con autor necesitado de foco de regalo, mira tú. Yo sólo escribo. Y punto.


Supongo que el problema es que esta gente no sabe en qué mundo vive. Internet no es el futuro: ES EL PRESENTE. Y se lo dije. Les dije: "El mercado editorial es la cosa más surrealista que existe: vendéis una novela a personas que NO LA QUIEREN, que NO LA CONOCEN, y tenéis que convencerlas de que la compren. Yo tengo a gente QUE LA QUIERE. Cubro la mitad de una tirada de mil quinientos ejemplares. Los tengo contados. Tengo sus correos electrónicos, hostia. NO PIDO MÁS. Pero no voy a bailar al son de la flauta para conseguirla".


El editor se sintió ofendido y molesto cuando me carcajeé de las apariciones en los medios que me ofrecía. [Nota mental: nunca insultar la editorial en presencia del editor.] Creyó que despreciaba su maravillosa tirada de mil quinientos ejemplares, que la consideraba una miseria. Me empezó a decir que era la tirada habitual y que ellos mimaban a sus autores, los llevaban de firmas, de entrevistas, de putas, de tertulias, de sesiones fotográficas y de excursión con bocata de nocilla y colacao incluidos. Pues me parece muy bien para el que le maraville sentirse muy importante y el ónfalo del mundo —más literario que ombligo, dónde vamos a parar— en un país en que leen cuatro gatos, y de esos cuatro, tres leen basura, la última novedad y el bestseller que sale por la tele, claro, y por eso es mejor. Al que le guste, perfecto. A mí, no. Y me hacen gracia los figuras que aparecen en la caja tonta diciendo que odian la promoción. NO LA HAGÁIS, SUBNORMALES. ¿Os pusieron una pistola en la boca para firmar el contrato? Cuánta hipocresía, joder.


Yo estuve una vez en la presentación del libro de un colega, lo admito. Y me pareció un circo, eso sí, con copa y canapés, qué bien, qué elegante, qué cultural. Ahí estaban el autor, el subeditor, tres mindundis más de la editorial, la familia, los amigos y la prensa regional. Hubo muchos aplausos; un huevo de ellos. Mucho discursito vacío de contenido. El texto brilló por su ausencia, aunque estaba sobre la mesa. Pero claro, también estaban los canapés, harto más importantes. Y todo el mundo andaba demasiado ocupado con la foto —y los canapés, nunca olvidarlos—. Sentí vergüenza ajena. Vi aquello como un paripé horrendo y desagradable que giraba en torno al ego desmedido del muchacho, centro de atención y Astro Rey con planetas que orbitan alrededor, que hasta exigió y pidió la presentación, que no se la hacían a todos. Del libro, no se acordaba nadie. Claro, es que nadie se lo había leído: ni siquiera el editor, que para eso es editor y delega en los becarios. Estuve ahí, y me dije: "Yo, nunca. Esto, nunca". Me pareció algo semejante a hacer la primera comunión: mira qué mono va el niño de marinerito, qué regalitos más cucos le dan, qué comida más opípara nos metemos entre pecho y espalda y tú junta las manitas y sube los ojitos y mira al cielo para parecer un angelote tocado de la gracia divina cuando llega la cámara, que luego hay que enseñarles la foto a los vecinos y a las mamás de tus amiguitos y tienes que salir guapete y santurrón, aunque seas un pedazo de hijo de la gran puta que diez minutos antes de entrar en la iglesia le has sacudido tres hostias al de al lado por respirar en tu dirección. ¿A alguien le interesa ahí que el mocoso se haya zampado por primera vez a su divinidad y sin cuchillo y tenedor? Pues no le interesa ni al cura. Y sólo era un símil, que no soy cristiano y me la fuma que los niños cometan o no canibalismo ritual.


Mirad: puede que no lo entendáis. De pronto vi la montaña de mierda. La vi delante de mis ojos. Y ahí estaban todos, con cucharillas de café. Cogían un pedacito de mierda, y la tragaban. Y decían: "Mmmmmmmmm, qué buena". La masticaban, la chupaban, se la metían en la boca, se lamían los labios, pasaban la punta de la lengua por el cubierto hasta el mango entre expresiones de grandísimo placer y disfrute. Y luego me ofrecían: "¿No quieres un poco? ¡Está muy rica!". Yo los miraba con asco, pero insistían, y venga a mascar la mierda caliente y perfumada con las muelas, a pasear los terrones contra el paladar, a deshacer los pedazos de mierda humeante con la saliva, a trocearla con los dientes, a sorber el caldito marrón del fondo de la cucharilla. "¡Qué delicia! ¡Qué maravilla! ¡Ven, te invitamos!", decían. "¡Todo el mundo quiere comerla! ¿No ves la cola que tienes detrás?". Yo dudaba, claro. Todos los demás no podían estar equivocados. Tenía que ser yo el que estuviera loco y no apreciara su sabor. "¡Come, come! ¡Te invitamos! Y te invitamos a comer a ti, no a ellos. ¿Cómo no vas a quererla? ¡Todos se matan por conseguir comerla!".


Firmar ese contrato era entrar en el circuito con sus reglas Y PARA SIEMPRE.
Firmar ese contrato era publicar una obra —no la mía, claro, tendría sus cambios y cortes—con una cubierta con un lobo aullando contra una puesta de sol y un subtítulo absurdo —se empeñaron en que había que meterle subtítulo, y no les gustó ninguno de los que yo les ofrecí: "Politeísmos: esto no es un manual de historia de las religiones"; "Politeísmos: introduzca aquí su flipada"; "Politeísmos: el editor se empeñó en añadir un subtítulo idiota para asemejar este libro a la narrativa de gasolinera de ínfima calidad del estilo de 'Laura y Juanito: novela romántica'" así que escogieron, dentro del amplio abanico que les mostré, una vieja idea para una serie de posts que no me desagradaba del todo "Politeísmos: Bestiario urbano", aunque les profeso gran antipatía a esas dos palabras ahora mismo—. Firmar ese contrato era comprometerme a publicar con ellos el resto de mi vida, salvo que pujara por mí una editorial más grande y me comprara como carnaza para servirle de esclavo a un nuevo amo. Firmar ese contrato era formar parte del sistema: comenzar a publicar un libro cada dos años porque te lo pide el editor, aunque te salga una chufa; ir a los medios a hacer el ridículo y a hablar de que no puedes escribir si no utilizas una pluma de ganso y te metes una flor por el culo. Firmar ese contrato era mi sentencia de muerte. Era escupir contra todo lo que pienso y pisotearlo. Y he estado a punto de hacerlo.


Pero no lo hice.


Así que les dije los cambios que quería introducir. No se me rieron en la cara: lo flotaron de que no corriera a firmar sin leerlo, la verdad. Yo no soy nadie: quién me creo para ir con exigencias.


—Pues me voy —dije, al ver que no aceptaban mis cambios. Y me levanté y me marché.


Hubo un profundísimo silencio.


—¿Nadie va a detenerme? ¡He dicho que me voy! —repetí.


Ni caso. Muy bien, adiós, que te vaya bien.


—¡Me estoy yendo! —grité, abriendo la puerta.


Nada. Cerré entonces. Claro, volví a abrir.


—Me he ido, ¿eh? —dije, para asegurarme de que me habían oído.


Y según salía de la editorial, vociferaba, por si acaso:


—¡Aún estoy en el rellano! ¡Podéis detenerme! ¡Estáis a tiempo!


Vale, no pasó así, lo admito. Yo largué todo lo que tenía que largar y se quedaron en shock. Me dijeron que me lo pensara. Dije que no era yo quien se lo tenía que pensar, sino ellos. Me llamaron ayer por teléfono y me dijeron que no aceptaban mis condiciones. Sin más.


Fin de la historia.


Puede que no lo comprendáis. Muchos no lo haréis. Tanto llorar con que necesito publicar durante dos años, sí. Pues ya no. Ahora sé lo que es. Ya no me hace falta una palmadita en la espalda y una tocada de ego que me diga: "Tu texto vale. Es publicable. No tienes que irte a la autoedición porque no sirva ni para limpiarse el culo y si no te lo pagas tú no lo coge nadie". No. Ya no lo necesito. Podría publicar. Elijo no hacerlo. Así, no. Me niego. Hay una cosa que se llama dignidad. Otra que se llama principios. Tardaré mucho, lo admito, en volver a poder entrar en una librería. En ver los montones brillantes de novedades de otra forma que basura colorida. En sentir que los autores que están ahí son algo más que alfombras para que el editor de turno se limpie los pies.




Es el momento de citar una cita que cita a Manguel, por sobrecargar aún más este artículo interminable:



1) La tijera del editor es un producto del carácter mercantil del mundo en el que nos vemos inmersos y su cometido tiene como misión crear productos "vendibles", 2) el mal editor se contenta —otra vez— con transformar el texto para censurar la riqueza y la ambigüedad que son los auténticos logros de la literatura y 3) un buen editor es un lector competente que, aun así, sigue sin saber que en el fondo es un don nadie.


No digo que Politeísmos sea un "auténtico logro de la literatura". Ni falta que le hace. Digo el mercado es así, y yo no soy así. Punto.


Ahora, cada vez que entréis en la Casa del Libro, en la Fnac, el Corte Inglés, a comprar un libro, tened en cuenta que:


a) El editor ha pagado a la distribuidora para que el libro esté en esa mesa y no oculto en un montón.


b) La mitad de los ejemplares que hay en esa pila van a ser incinerados.


c) Existen diferencias notables entre el texto original y el que tenéis en la mano.


d) El hecho de que lo tengáis en la mano indica que al autor se la peló que hubiera diferencias, y por tanto el texto, y el autor ya de paso, son despreciables.


e) El autor tiene que hacer el pino puente para que le hagan caso y le mantengan en esa posición.


Si después de saber esto, no soltáis el libro como si os hubiera quemado y corréis luego a lavaros las manos, os admiro. Si lo compráis, os admiro.


Porque yo no puedo. Y tardaré en poder.


“Con dos cojones. Te has mantenido en tu sitio y no has tragado, aunque era lo que más deseabas en el mundo”, me ha dicho mi hermana. “Estoy muy orgullosa de ti”.


¿Sabéis qué? Que con eso me basta.


[Y una mierda me basta. ¿Quién sale perdiendo? YO.]


Sólo puedo citar un párrafo de Politeísmos, sinceramente. Han conseguido que odie mi propio libro, que odie el acto mismo de escribir, pero aún considero que tiene ideas válidas. Como ésta:



Las cosas son simplísimas. La vida te maneja o la manejas tú. Yo todo lo divido en términos de domesticación. Te tiran la pelota y la recoges o le arrancas la mano al que la lanzó.


Llevo un año entero dedicándome a jugar con la pelota. Sin escribir. Preocupándome por cosas que no me deberían haber preocupado. Hoy en día, no. Hay otros sistemas. Internet es una bendición divina: lo que ha pasado con las discográficas, que se dedican a gimotear por sus pérdidas y a comerse los mocos, pasará con las editoriales algún día. Tal vez yo no lo vea: quiero creer que sí.


No os preocupéis: vais a leer la novela. Si queréis. Y antes de la fecha en la que hubiera salido en la editorial (octubre). Nos vamos a Lulú, señores. Disculpen las molestias: hace dos años que podríamos haberlo hecho. Y nos vamos a Lulú sin percibir un duro, que vais a pagar sólo la imprenta: paso de beneficios. Quiero que os salga lo más barato posible. Podréis hacer la cuenta. Os regalo el libro. No quiero ganancias. No lo cuelgo en PDF porque leer en pantalla es mortal. Lo podréis leer en papel, tranquilamente. Venderé cuatro y lo sé. Pues vale. Me la suda. Si no lo leéis, será porque no os dé la gana comprarlo por internet, que ya sé que da miedo, nos roban los números de las tarjetas y se comen a los niños malos, sí. Y el baileys con cocacola se convierte en cemento. Ya vale de leyendas urbanas.


Y una vez que lo hayáis leído y yo me quede tranquilo, podré volver a escribir. Que es lo único que me interesa. Escribir, y que se me lea. Porque no tengo ninguna intención de vivir de esto.


He chillado muchas veces que quería ser profesional.


Pues ya no quiero. Porque la ilusión es para los novatos, y no pienso permitir que me la arranquen. Ya me han destrozado bastante. Quiero ESCRIBIR. Ni más, ni menos. Así que me declaro, con la cabeza bien alta, DILETANTE. No profesional. Nunca. Porque no me da la real gana.


Hubiera preferido reabrir la bitácora de otra forma. Diciendo que lo tendríais en las tiendas en octubre. De verdad lo hubiera preferido, pero no podía firmar ese contrato. Os he contado menos de la mitad: son diecinueve cláusulas, todas igual de lógicas y adecuadas. NO PODÍA. Y lo he visto tan cerca, joder, tan cerca... Después de un año, permitir que todo acabe así, dios mío... Disculpadme que chape por hoy, porque, a pesar de todo lo que he dicho...


Creo que voy a llorar.



Desde el faro,


Al.


Álvaro Naira © 2008

Carta de amor de una novela frustrada.

El 28 de enero del año 2000 el personaje de Álex conoce a Verónica en el Phobia y se la tira.

Así comienza Politeísmos. No con esa frase, sin duda (aunque tendría su gracia, ¿no os parece épica? Mucho más que la auténtica, “Pidió un tercio y encendió un cigarro”; que menuda sosería de principio, ya fosilizado, claro). El 28 de enero ha pasado; hasta el 24 de marzo, que es cuando termina la acción del libro, nos quedan dos meses cuajaditos de efemérides. Los celebraremos a medias, ya que no podemos desvelar la acción porque, como bien sabéis, no hemos publicado todavía y está feo sacudir a spoilers. Aquí publica hasta el gato antes que uno. Todo el mundo publica. Todos los que son alguien. Yo no soy nadie ni falta que me hace.

Algunos llevamos el fracaso en las venas. Lo traemos escrito en la frente.

Estoy tirando mi vida por el retrete. Claro, luego me quejo si se atasca el desagüe, y chillo que no quiero ser mayor, que quiero ser pequeño, quiero que llame otro al fontanero, no yo, yo me quiero largar al parque a darle patadas al balón y a merendarme la nocilla y el mundo entre dos rebanadas de pan de molde. Yo quiero huir, meterme en mis ficciones, ser un detective, un espía, un astronauta, un policía, un ladrón de guante blanco, un fantasma, un extraterrestre un superhéroe un licántropo. Un escritor, que es todos ellos. Y no puedo.

Porque sigo con depresión, claro. No quiero ir al curro. No quiero levantarme a las siete de la mañana. Ni siquiera quiero levantarme. No quiero limpiar ni cocinar ni comer. Pero yo me he hecho mi plato y ahora tengo que tragármelo, aunque se haya quedado helado y parezca un emplasto con grumos. Al microondas va, y a seguir escribiendo posts recalentados hasta que venga la noticia crujiente de la publicación, si es que viene. He escrito una novela; creía que saldría YA y se retrasa hasta límites que me obligan a considerar si debería dedicarme a otra cosa, y dedicarme en serio, para llegar reventado por la noche y freírme ante el televisor, salir los fines de semana, emborracharme como actividad social —nunca más solitaria—, y dejar de pensar. Pasar a ser gente. Como todos. Olvidar que tengo un don, el puto don de evadirme y de contarme historias, y sentir que son más reales que las que me pasan, y vivirlas a lo bestia, de la forma en que no vivo mi vida, que a nadie le interesa. Y a mí, al que menos.

Quiero follarme otra novela, otros personajes, otros mundos. Politeísmos y yo hemos acabado. Tengo que rehacer mi vida. Pero ah, aún la tengo aquí. Me manda mensajitos al móvil. Me dice que me echa de menos. Que lo nuestro aún funciona. Que deberíamos darnos otra oportunidad. Que no me rinda tan pronto. Que fuimos muy felices. Que aún podemos serlo. “Álvaro, por favor”, gime, y no soporto ver llorar a una novela adulta, hecha y derecha, “si me publicas, volveremos. Será para un mes tal vez, para dos, pero volveremos. Follaremos igual que follábamos, con nuestros mismos juegos. Follaremos como bestias, como animales. Serás otra vez el lobo que eras, y dejarás de ser un perro doméstico, amansado por el mercado y el tiempo. Me compartirás con muchos —sé que eso te pone, pedazo de enfermo—. Podréis hablar de mí, de mis mejores posturas, de mis encantos secretos, de mis problemas, de mis curvas argumentales y mis turgencias, de lo mal que la chupo en el primer capítulo, de cómo sorprendo en el cuarto, cómo me lo curro en el séptimo, cómo te llevo al orgasmo en el décimo, y a partir de ahí no lo dejo, salvo anticlímax diversos... Álvaro, aún nos queda lo mejor. ¿No me crees? Mírame. Mírame a las letras y dime que me odias. Escúpemelo a los párrafos que tanto acariciabas hace un año, pasando los símiles, los zeugmas, las enumeraciones, con la punta roja de un pilot, trazando un hilo fantástico, imaginario, que a veces se volvía nítido, para eliminar a golpe de cruz y de vistos y carcajadas, como si fuera el examen nefasto de un alumno, la metáfora, la adjetivitis, la catacresis, lo que dolía, lo que sobraba, lo que me impedía crecer; y lo hacías con rabia dañina, con soberbia de creador, como si yo fuera tuya, sólo tuya, para nadie más, y quisieras sacar de mí mi mejor yo, igual que decía Salinas antes que los libros de autoayuda... Sé que ya me detestas. Te dices que soy demasiado juvenil para ti, que ya tienes treinta tacos, que no estás para perder el tiempo en lolitas con la cabeza llena de fantasía y de pájaros azules, tan propios de otra época, Álvaro... Que ya no somos románticos, ya no somos modernistas. Nunca lo fuimos, ¿te sirve? Estuvimos saltando desde el colchón del hiperrealismo al del mito, dando volteretas, enlazándonos como cobras, retorciéndonos en la fantasía convencional, buceando en la bañera de la narrativa de metro, de parada de autobús, de evasión barata, para salir, siempre, para llegar más lejos... Pero tú ahora te convences de que soy mala, mala con avaricia, y demasiado amable al tiempo, porque no incomodo, no destruyo, no hago sufrir lo suficiente..., y así me haces prostituta y santa —qué típico, Álvaro, qué típico—, dices que no te convengo, que soy poca cosa, que soy fea, simple, igual a miles de millones, que no aporto nada, que no soportas ni mirarme, que estoy mal hecha, aunque mi simetría sea perfecta. Odias aquello de mí que antes amabas, como siempre sucede. Álvaro: te equivocas. No soy tuya. Dejé de serlo en cuanto me escribiste la última palabra en los muslos, apretando con las uñas en la piel seca y rosada, y dejaste tu nombre en un rastro de carne blanca. Me firmaste entonces. Lo hubiéramos hecho con sangre y cuchillas —nos hubiera gustado, ¿no es cierto?—, pero lo hicimos con los dedos, con las teclas, con la tinta, por aquello de los tópicos gastados. Y aquí estamos. Tres años, Álvaro. Pronto se dice. Dos años de desencuentros, uno de encuentros siempre en la pantalla, a cada minuto, al otro lado, de buscarte mientras trabajabas, mientras salías a comprar, mientras viajabas, mientras veías a tus amigos y a tu novia, y no fui feliz hasta que te aparté de todo, Álvaro, hasta que te tuve sólo para mí, hasta que te quedaste en el paro y completamente solo, y no te importó, te dio lo mismo, porque sólo yo era real, sólo yo era verdadera, sólo entre mis páginas pasaban cosas ciertas. Y ahora, me tiras. Ahora me desprecias. No es culpa mía, Álvaro. Nos ha pasado la vida por encima como un coche, nos ha aplastado la realidad, ha conseguido que odies los centros comerciales, las librerías, los autores, las presentaciones, las publicaciones de crítica, los suplementos culturales, el olor a limpio de la imprenta, las cubiertas satinadas y brillantes, las voces de megafonía que anuncian las sesiones de firmas: hasta los libros los odias, Álvaro. Hasta la literatura. Lo sientes todo como el tinglado de una gran farsa a la que tú no estás invitado, porque eres de los pocos que van de calle, que no van disfrazados, que saben lo que quieren, que no se amoldan, que no cambian, que no pasan por el aro del concurso, de la carrera de fondo, de la persecución al autor consagrado. ¿Tengo yo la culpa de lo que ha pasado? Álvaro; sólo soy una novela. ¿La primera? La primera publicable, la primera que importa. Las demás fueron pruebas, proyectos, manoseos en los rincones de un garito, cogidas de manos en el cine, besos blancos. Tú y yo hemos follado. Nos quisimos. No puedes echarme a patadas porque estés cansado. Cuando me hayas usado, cuando ya no sirva, cuando te canse de veras, no me dejarás tú: me iré yo sola, a tirarme a lectores que no conoces, que no quieres conocer, que no conocerás nunca, porque si los conocieras, ya no serían lectores: serían amigos, te leerían por compromiso, y eso no te interesa. Lo hermoso, Álvaro, lo bonito de esto, es que a ellos no les importarás ni lo más mínimo, les importaré yo, sólo yo. Te criticaremos por las noches, nos reiremos de ti y de tus perversiones, compartiremos la cama, un bol de palomitas calientes, una bolsa de pipas de calabaza, un cigarro, una mesa, un sillón, un banco del parque, un asiento del metro; me meterán el flexo hasta el fondo, me atravesarán con los dedos, explorarán los rincones húmedos por los que tú te hundiste dejando tu huella. Follaremos de todas las formas posibles, en todos los sitios que imagines, y tú no estarás allí. Estarás con otra, y me habrás olvidado, como yo te olvidaré, porque tendré otros, otros que me entiendan de una manera distinta; ni mejor ni peor: diferente. Entonces, pasaremos página. Tú me cerrarás para siempre, y seguiremos creciendo. Solos, cada uno por su lado. Pero no ahora. Todavía no. No puedes. Me tienes presente, cada minuto del día y de la noche. Álvaro: asúmelo. Aún me quieres”.

Y lo que me jode es que la muy puta tiene toda la razón.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2008

Por qué escribir.

Vale. El otro día tocamos fondo. Fondo de verdad. La cosa fue un pelo más dramática de lo que conté en ese post repugnantemente personal, pero lo que suceda entre Mrs. Ciclotimia y yo se queda entre Mrs. Ciclotimia y yo. Que la noria es una dama muy discreta y no le gusta que se aireen sus acrobacias posturales por ahí.

¿Y qué es lo único que se puede hacer una vez que has tocado fondo y estás hundido en el barro?

CHAPOTEAR.

Sí, también puedes subir, que más abajo del suelo no te caes, a no ser que haya un pozo. Así que he tomado una decisión de ésas que nunca cumplo.

No me voy a preocupar más del asunto. La novela saldrá cuando tenga que salir. Va por buen camino: pues que lo siga. Yo, por mi parte, me voy a limitar a esperar noticias y a dejar de comerme la cabeza, porque si continúo así me va a dar un ataque. Se acabó. Tomemos aire, meditemos, carraspeemos y leamos un tópico:

Si tiene solución, ¿para qué preocuparse?
Si no la tiene, ¿para qué preocuparse?

Me encantan los tópicos. Estaban aquí antes que yo y seguirán aquí mucho tiempo después de que yo haya muerto. Y además, el señor Plátano lo corrobora. Y el señor Plátano nunca se equivoca.

Una vez que he dejado claro que me iba a desentender de la novela, voy a hablaros de ella, para que acabéis tan hasta los huevos de Politeísmos como el autor, y eso sin que haya salido todavía a la venta.

¿Qué queda por decir de Politeísmos sin reventar la historia? Muy poco, la verdad. Hemos hablado de la religión de los animales interiores, del subgénero fantástico al que pertenece, hemos subido trocitos sueltos aquí, aquí y aquí, hemos enseñado un anticipo del merchandising que todos deseareis poseer, fotomontajes de algunos personajes, hemos hablado de los cruces realidad-ficción (dos veces), de la banda sonora —y lo que nos queda—, alguna cosa suelta del estilo y la documentación y hemos mostrado un ejemplo de la considerable validez estética que tienen los rechazos editoriales cuando se enmarcan y se cuelgan en una pared. ¿Qué queda por decir?

NADA. Sólo leerla.

Así que hoy voy a escribir desde las tripas. Os voy a explicar por qué vomité este libro. Yo aquí me dedico a hacerme publicidad; soy frío cuando no soy gélido. Intento que os apetezca leerla. Me callo unas cosas y otras las digo. Busco como loco que me enlacéis; quiero que esté presente en internet la novela hasta en la sopa antes de cerrar contrato porque intento obtener el mayor número de ejemplares posible, quiero que esté en las tiendas y quiero que podáis encontrarla, y el ranking de google, aunque no lo creáis, AYUDA, ya que me temo que soy el primer gilipollas que se ha liado a hacerse publicidad mientras aún estaba escribiendo el libro, y en eso sigo un año después de haberlo acabado: normal que ya no tenga nada que contar.

Ojo: lo de la publicidad no es una cuestión de dinero. No os equivoquéis. Yo no quiero “vender mucho” y hacerme de oro —como si fuera tan fácil, ja—. Quiero vender lo justo para que no me cierren la puerta en el futuro. Si supierais cuánto cobra un escritor desconocido lo flotaríais y me llamaríais imbécil por volcarme tanto en esto. Vale, os lo digo. La media son mil euros. No, no al mes, hijos míos. POR NOVELA. ¿Sorprendidos? Sí, sin duda me sale más a cuento ponerme de chapero. Años de tu vida, sueños triturados, noches en blanco, lágrimas, tiempo, esfuerzo, hacerte un zumo con el cerebro y luego bebértelo antes de que se le escapen las vitaminas, por mil euros.

Desde luego no es una cuestión de dinero.

Tampoco es de ego. Qué va. Me conocéis poco si pensáis eso. A mí un escritor que sale por la tele me da risa. Un escritor que sonríe a la cámara en un artículo de periódico me da ganas de llorar. Un escritor que habla para escucharse a sí mismo me provoca ese tipo de ternura que te hace desear tener una licencia de armas. Un escritor que figura es un capullo, no un escritor, a no ser que le obliguen. Pero hay mucho comepollas y chupacámaras en el mundillo, y unos cuantos autores parece que exigen un espejo detrás del que los entrevista para andarse colocando el flequillo, cuando no se dan cuenta de que hacen el más lamentable ridículo. ¿Cuánta gente lee en España? ¿Y de ésos, a cuántos les importan tus pajas mentales y tu sosísima vida? La respuesta es cero. Les importa tu obra, en todo caso. Y ni siquiera. Yo agarraba a todos los pseudointelectuales y los ponía a levantar una pared de ladrillos o a despachar hamburguesas y después los devolvía al plató, a ver qué me decían. Bienvenidos al mundo real. Bajaos de la nube, hostia. No sois nadie. Como todos.

Entonces, ¿yo por qué escribo?

En primer lugar, porque tengo algo que contar. Ya os dije una vez que escribir sobre escribir y lo que le mola a uno escribir y lo escritor que se siente no es más que un ejercicio de autocomplacencia, igual que contorsionarse a ver si alcanzas para hacerte una mamada y correrte en tu propia cara. Y si lo haces en público, además lo que esperas es que te aplaudan. Patético.

Tengo una historia, de acuerdo. ¿Después qué hago con ella? En general no suelo tener una historia sino una imagen, una imagen que me obsesiona. Puede ser muy simple: un pájaro que vuela en un determinado lugar y de una determinada manera, una persona que se da la vuelta y echa a caminar sin mirar atrás. Puede ser muy compleja, también.

Puede ser una frase suelta. Una idea. Un escorzo de un personaje al que todavía no le veo la cara, sólo las botas contrachapadas de placas metálicas y el final del abrigo, el humo de un pitillo que se consume en la mano, una cabeza gacha, una mirada fija, una sonrisa desagradable, mordiente, y un chasquido de dientes por debajo, de animal que avisa antes de soltar la dentellada. Clic. Le tengo. Es sólo una imagen, una imagen fija, como una fotografía. Una vez que lo agarro, no lo suelto.

Tengo un personaje. Ahí, en mi cabeza. Como un recortable. Puedo doblarle las pestañas de los bordes y colocarlo en diferentes espacios. No en todos encaja. Pruebo. Normalmente el personaje dice algo. No se queda callado, en especial si es un bocazas. Esa frase que dice el personaje puede ser “Que te follen” o “Venor mane, meridie, vespere et nocte” (hale, todos a sacar el diccionario de latín). Lo mismo me da que me da lo mismo: lo que importa es que se lo dice a alguien. Ya tengo dos personajes. Miro al otro. Al principio sólo le distingo un rizo, un bucle perfecto, y le doy color. Trazo el óvalo de la cara, delineo unos labios fruncidos en forma de corazón, unos ojos grandes, desmesurados, redondos como canicas, de un color indefinido entre el verde y la avellana, que brillan. Me fijo en los detalles: tiene la piel cremosa, la frente amplia, la barbilla puntiaguda como la de un zorro, las uñas pintadas de negro, muy mordidas, igual que una niña. Eso me fascina. No dejo de mirarle las manos, obsesionado, y en ese momento la muy puta se las lleva a la boca. Clic. La tengo. Entonces les dejo hablar y hablo con ellos. Los suelto para que se muevan en un escenario, que me aseguro de controlar mejor que la palma de mi mano. Y dejo de pensar. Juego.

Cuando llevo unas semanas sin ser yo, unos meses jugando a ser varias personas en mi cabeza, paro. Construyo un esquema de la trama. Pienso. Fijo algunas cosas que van a hacer, algunos sitios por los que tienen que pasar, y vuelvo a quitarles la correa. Y corren, joder. Ya lo creo que corren. Hasta que revientan.

Por debajo, como un torrente sanguíneo, me late una idea. Lo que quiero contar. No es exactamente un mensaje. No hacemos fábulas con su moraleja al pie y en versalita. “No tengo discurso, tengo intestinos”, decía Baradit. Pues lo mismo. Porque cuando escribes, te vuelcas. Porque te vacías, te conviertes en mil personas a la vez para dejar de ser tú, y sólo así descubres quién coño eres. Porque eso es lo que importa. Vivir las cosas que a ti no te pasan, y regalarlas. Que otros puedan compartirlas contigo, sin que te conozcan, sin que te vayan a conocer nunca, porque tú no eres nadie. Lo mismo tus hijos de papel sí, pero tú no, gracias al cielo. Tú no importas. Lo único por lo que vale la pena esto es porque algún día podrás entregarle a un desconocido una historia que pueda hacerle reír y llorar, emocionarse; meterse, joder, meterse en un libro, largarse un rato de esta puta mierda de vida.

Ya, diréis. Otra vez con el discursito posromántico de que “yo vivo para la literatura”. Es raro el escritor que no lo chilla y cacarea. “La literatura es lo único que me importa”, lloriquean con voz de pito. Todos lo dicen.

La diferencia está en que yo no miento. No es pose sino vísceras, desde dentro, como un retortijón o un gruñido. Yo las cosas las hago y las siento a lo bestia. Podéis creerme o no; me la pela.

Y sé que Politeísmos sólo es un librito. Que sí, que tendrá sus fallos. Que no le va a cambiar la vida a nadie.

Vale. Me la ha cambiado a mí.

Si logro que alguno de vosotros, sólo uno, pueda sentir la mitad de todo lo que yo sentí mientras lo creaba, me doy por satisfecho.

Y por eso escribo.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Esta página defiende el uso responsable de la Real Academia

Sin novedades en el frente. Ya sé que estamos a día 5, que mis lectores llevan comiéndose las uñas con la espera de la respuesta definitiva de la Editorial Misteriosa un mes entero, pero las cosas nunca van tan rápido como queremos. He molestado a quien tenía que molestar, me ha dicho que estaban hasta arriba, que era la primera semana de curro, que aún no había podido hablar con nadie. Bueno. Mañana volveré a incordiar un par de cientos de veces hasta que me manden a la mierda.

Entretanto, vamos a hablar de ortografía. Así, por matar el tiempo.

Por extraño que os parezca, yo también cometo faltas. Sí. Ortográficas. Y no, no estoy hablando de las famosas comas “estilísticas”, que sirven de excusa para que el escritor se sacuda la puntuación como las pulgas y caigan comas hasta en la sopa. Yo eso no lo sigo. Yo planto las pausas gráficas donde la RAE manda, y antes de dormir rezo cien veces lo siguiente:


En el nombre de la Real Academia, de sus sillones y de sus letras, amén:
El uso, COMA, y abuso, COMA, de la coma, COMA, implica, COMA, tomar, COMA, por idiota, COMA, al lector. PUNTO.
Amén.

Así que nada de comas; yo lo que meto son Faltas Mayúsculas. Completas patadas al diccionario. No sólo erratas, de ésas caen una media de cinco por página y seis meses de corrección para limpiarlas. Fruto de escribir alcoholizado y jugar a la ruleta rusa con cuatro vasos: uno de ron, uno de café, uno de Red Bull y uno de cocacola. A cada párrafo, un sorbo de uno al azar. Probadlo. Vuestra vida nunca volverá a ser la misma. Vuestro sistema nervioso tampoco.

Hoy os voy a hablar de todas las faltas que tiene Politeísmos —novela de gran éxito de Álvaro Naira, pronto a la venta en vuestras librerías, compradla que se agota, enlazad este blog, predicad la palabra y demás, que sé que estáis aburridos de mi publicidad rastrera—. Me voy a poner técnico y lingüista, así que ya podéis cerrar la bitácora e iros a ver páginas porno. A todos los que no pueden soportar los meses que quedan para que mi novela esté a la venta, les recomiendo la página de Liz Vicious, la reina del porno gótico adolescente, siniestra de palo, posera, gótica de chocolate, de fresa y menta, enormemente pavisosa que por no hacer, ni pone (y ni folla, qué tía, que es casi softcore lo que hace), pero que en un par de fotillos se parece sospechosamente a cómo imagino yo al personaje de Verónica, cuyo dios interior es una zorra, como todo el mundo podía suponer, y los que no lo hayan hecho es porque no saben que mi novela trata de personas corrientes —es un decir— que tienen divinidades animales dentro, así que ya pueden entrar en este link y descubrir qué es la fantasía realista. Ponedle pelo rizado mentalmente a la muñeca y voilà, he aquí un personaje de mi novela.

Ortografía. Volvamos a la ortografía.

Todos los que me conocen bien saben que soy jodidamente academicista. Defiendo la norma hasta la exageración. Me apasionan los problemas sintácticos. Yo me leo el Diccionario panhispánico de dudas por entretenimiento. Me doy de hostias con quien defienda que existe un complemento indirecto con la preposición “para” . Me flipo con el predicativo y con los tipos de SE. Formo parte de la Asociación en Defensa del Suplemento, el gran arrinconado en las gramáticas escolares, llamado “complemento de régimen”, como si tuviera que ponerse a dieta para entrar en los análisis. Colecciono todas las frases que mezclan complemento directo con suplemento y a las que llevan adverbiales las acaricio en el lomo. (Y la frase anterior es tan ortopédica porque sirve de ejemplo de lo que predica. Just for philologists. Perdón.)

Vale. Que no os habéis enterado de nada. Expliquémoslo de otra forma. Dejémoslo en que divido la literatura no sólo en buena y mala, sino en alta y baja. Bien que digo “que les follen al Realismo y a la novela intelectual” y me proclamo escritor del fandom cuando en el fondo desprecio todo lo que no es canon. Mi canon, por supuesto. Ya os he hablado muchas veces de esto. Valoro la calidad por encima de todo, y por debajo debe estar la norma, que es lo mínimo para entendernos. Yo fijo, limpio, doy esplendor y sigo todo lo que dice la Academia.

O casi todo.

Hay que conocer las reglas para escupir sobre ellas. Si no existe la idea de pecado, hagas lo que hagas no pecas: como pocas poses me molan más que el malditismo a lo diablo miltoniano, abrazo la RAE sólo para traicionarla. Hecha esta precisión, enumeremos mis faltas para que os podáis burlar con impunidad de ellas. En el ring pelean hoy la RAE con su impecable técnica contra Álvaro Naira, luchador de Pressing Catch, táctica Todo-Vale y Patada en los Cojones, escuela Musabetsu Kakutō Ryū y Me Paso la Filología por el Arco del Triunfo. ¡Hajimé!

PRIMER ROUND:



La norma:
La adaptación ortográfica de extranjerismos, o Cómo Según Leo Me Parece que Oigo el Espanglis del Hilarante Discurso del Que no Debe Ser Nombrado (viva la caspa)

Versus

La patada al diccionario: los whiskys.

Presentemos a nuestros luchadores amateurs: en la alfombra roja, iluminados por los focos y siempre en el candelero, los términos en debate son “whisky” contra “güisqui”. GÜISQUI. Así lo manda la RAE. ¿No os ha entrado la carcajada? El néctar y ambrosía con hielo infantilizado por la ortografía hasta asemejarse a la onomatopeya infantil para hacerse cosquillitas. Tiqui-tiqui. Pues me rasca, vaya si lo hace. No pienso escribirlo así jamás —me tocará comerme mis palabras con sal y pimienta—. Ya sé que lo mismo sucedió con “estándar” —qué risa nos producía—, y ahora bien bonita que queda, pero con “güisqui” aún no es el caso y me niego. Me grita desde el párrafo. No pasa nada, podemos poner whisky en bastardilla, como le mola a la Real, para dejar bien clarito que no es una palabreja de nuestro idioma emérito sino una inmigrante en cayuco sin los papeles en regla. Uno que no es xenófobo va y se come la cursiva, entre otras cosas, porque me da por culo detener al lector en una palabra sin trascendencia, que la bastardilla resalta lo suyo y se puede utilizar para llamar la atención y subrayar alguna cosa de vital trascendencia. Que no es el caso de lo que acabo de hacer.

El problema viene con el plural. Si tu personaje es un borracho reincidente y en lugar de tomarse un whisky se mete siete, comienza la juerga y la ensalada de letras, especialmente si lo imitas para inspirarte. ¿Cómo escribes la monumental melopea o, dicho de otro modo, cuál es el plural de whisky?

Güisquis. Claro. Es la normativa en español, y me parece oportuna para llamar a un gato. También tenemos whiskies —en cursiva—, que es la correcta anglosajona y recuerda sospechosamente a una marca de comida, también para gato. Y en mi novela hay cánidos; lo mismo se peleaban. Debía optar por una decisión drástica y lo hice: whiskys, la macedonia idiomática, y en letra redonda para que no destaque y nadie se fije en lo bestia que puedo llegar a ser. Ni castellano ni inglés: esperanto, la coctelera de lenguas. Horrendo. Espantoso. Pasemos dos palabras por las patitas de Jack el Destripador y luego las metemos en la máquina de Brundle, a ver qué sale. Esto es lo peor que se me podía haber ocurrido, y mirad que suelo tener malas ideas. Whiskys. Joder. A pelo y sin cocacola.

Pues aunque se me tirarían al cuello un gran número de antiguos profesores, tras muchas vueltas y revueltas, he optado por los whiskys. La imaginación al poder. Como hay que apoyar nuestras decisiones con argumentos sólidos para que no nos tomen por el pito del sereno, os diré que en google salen 382.000 resultados, que dan un total de 382.000 analfabetos. Qué número tan feo: colaboremos para llegar al 382.001.

Vendido por 382.000 a la de una, a la de dos...

A la de tres y adjudicado. Es lo que encontraréis en Politeísmos si no mete sus zarpas un corrector y se fija. Whiskys se queda. Aunque sea una salvajada.

[Niños, no intentéis esto en casa sin la presencia de un filólogo. Mis razones son puramente estéticas y gilipollescas y lo sé. Lo lógico es la naturalización de los anglicismos porque así se escribe la historia. Vosotros dadle a los güisquis y tras la resaca pasaréis a la posteridad. Es un buen consejo.]

GONG y final del primer asalto.
Estado de salud del DRAE (según las reglas del juego de rol de Star Wars): Consciente.

SEGUNDO ROUND:



La norma:
Los plurales de las siglas o Cómo la Real Academia se Perdió el Episodio de Barrio Sésamo en que Enseñaban a Contar

Versus

La patada al diccionario: los CDs.

Dice la RAE que está muy feo y es muy bárbaro ponerles plural a siglas y acrónimos. Bien. Pero yo puedo tener un CD y dos CDs. Prefiero no tener CD’s, que el apóstrofe hispano sirve para ir pa’l pueblo y sacudirle a la vaca con la garrota. Lo que no puedo tener de ninguna manera es dos CD, aunque se empeñe la Academia, porque lo leo en singular y con fallo de concordancia —y doble, pero eso es porque se me fue el dedo—, ya que el español, bendito sea, tiene una escritura bastante fonética, y cuando aprendemos a escribir no ponemos cosas como ésta:

Sino como ésta:

Mucho mejor, dónde va a dar.

Así que no me vale el argumento de que igual que hay una crisis hay dos crisis y cuatrocientas crisis, que hay que ver el precio que tiene el pan y cómo sube la hipoteca y la palabra es igualita: aquí leo como escribo: CRISIS. ¿Y por qué no pongo “discos compactos” en lugar de CDs y me dejo de hostias, que os estoy aburriendo? Respuesta: porque me parece más cursi que Rubén Darío con lazo, y si estoy en un diálogo planto CDs, y más si en el anterior párrafo cayó la palabra “disco”, que no hay que repetirse. (No os confundáis, que soy burro pero no tanto, y me echaría las manos a la cabecita si alguien escribiera que se va de vacatas a las USAs en lugar de a las Américas, que hay que ver la de cosas que se va a perder si sólo visita el Imperio.) No va por ahí el asunto. Al CD le quedan dos telediarios como sigla, al igual que le pasó a OVNI, que hoy en día no lo ponen con mayúsculas ni Cristo ni J.J. Benítez. Por eso habría que defender la naturalización en “cedés”, como yo lo hago, pero no lo escribo porque no soy Arturo Pérez-Reverte y no tengo interés en ir de rompedor por la vida. Que me allanen otros el camino y escriban eso mil veces en la pizarra hasta que deje de sonarme como el puto culo, al igual que güisqui (vid arriba).

GONG y final del segundo asalto.
Estado de salud del DRAE (según las reglas del juego de rol de Star Wars): Aturdido.

TERCER ROUND:



La norma:
La tilde diacrítica a la carta, o Cómo Joder Una Regla que Estaba Bien Hecha

Versus

La patada al diccionario: sólo / solo; este, ese, aquel / éste, ése, aquél y sus variantes.



Cuando la Academia era sensata distinguía con tilde el adverbio sólo (= solamente) del adjetivo solo (= triste, abandonado y gótico). Además, sólo (= solamente) nos obligaba a acentuar el demostrativo que va solo (= triste, abandonado y gótico).

Es decir:

Ahora que he insultado vuestra inteligencia —ya sé que conocéis esta norma y posiblemente mejor que yo— voy a sorprenderos.

La Real Academia la revocó en el año 1959, y en 1999 se reafirmó en ello. Un buen resumencillo de esas reglas de acentuación que yo no sigo, aquí. Son muy respetables, pero o todas putas o todas beatas: si me quitan la diacrítica, me la quitan SIEMPRE, yo paso a no distinguir con tilde nada y elaboro frases tan elegantes como la siguiente:


Toco solo un solo solo.

¿No me habéis entendido? Muy mal. Traduzco: lo que sucede es que agarro la guitarra y sólo toco un solo, y además lo hago solo, que si lo hago acompañado ya no es un solo. Estaba clarísimo.

Si me eliminaran la tilde diacrítica me jodería, pero lo encontraría coherente. En cambio, la Academia lo ha dejado a gusto del consumidor. Ponga usted la tilde al “solo” cuando le parezca ambiguo, y cuando no, no lo haga, dicen. Venga ya. Desocupados lectores, ¿a ustedes les gusta que la RAE deje en sus manitas la tarea de tildar palabras? ¿Se sienten capacitados para decidir cuándo algo debe llevar acento? Porque yo no, y eso de juntar letras es mi oficio. Imaginad que a mí me pareciera muy bonito acentuar tódas las palábras llánas para distinguirlas claramente de las esdrújulas al primer golpe de vista, por mis santos cojones y porque de otra forma me resultara ambiguo, o viceversa: no acentúo ninguna esdrújula porque tengo claro que lo son, así que para qué molestarme en hacer gimnasia con el meñique en el teclado. Pues me mandaríais a la mierda y con razón, porque yo no soy quién para elegir cómo transcribo.

Pero la Academia se nos puso romántica —¡oh!—, que eso de la regla y la norma coarta nuestras libertades personales. ¡Hay que defender lo numinoso...!, ¡lo ambiguo...!, ¡lo irracional...!, ¡lo único...!, ¡lo genial...! Vale. Resumiendo: que han tirado por lo subjetivo, y yo ya me cansé de puntos suspensivos, de exclamaciones y de polladas románticas, que no estamos en el XIX y vestidos con la prosa, la chalina y la levita de Mortadelo, que ya está viejita la prenda y nos queda muy ridículo el estilo si nos lo ceñimos. Qué le vamos a hacer. Ellos mismos. Alegría. ¡Que muera la Ilustración y viva por siempre el Romanticismo! Pero ojito, que ya se sabe lo que pasa cuando uno se pone romántico.

Trágico. Como no quiero acabar como el del vídeo, misteriosamente tildo —porque considero ambiguo, qué casualidad— todo lo que se acentuaba antes de que la RAE aprobara estas normas tan cucas y modernas que llevan vigentes cuarenta y ocho añitos sin que se entere ni el vecino.

GONG y final del tercer asalto.

Estado de salud del DRAE (según las reglas del juego de rol de Star Wars): Herido.

CUARTO ROUND:



La norma:
La ambigüedad II (El Regreso): el guión del diálogo o —Mira.—. Cómo.— .Bailan — los. Puntos— y las... —Rayas —en —Cada.— Libro,— Autor.— y Párrafo.

Versus

La patada al diccionario: la simplificación —así de sencillo—, coño.



Aquí yo me pongo muy nervioso. Nervioso de verdad. Si uno hace un inciso —como éste—, planta un espacio, la raya, la frase en minúscula, la raya, el signo de puntuación si lo hay, el espacio y sigue. Eso es lo lógico, lo normal y lo que dice la RAE que se haga.

EXCEPTO:


d) Cuando el comentario del narrador no se introduce con un verbo de habla, las palabras del personaje deben cerrarse con punto y el inciso del narrador debe iniciarse con mayúscula: —No se moleste. —Cerró la puerta y salió de mala gana. Si tras el comentario del narrador continúa el parlamento del personaje, el punto que marca el fin del inciso narrativo se escribe tras la raya de cierre: —¿Puedo irme ya? —Se puso en pie con gesto decidido—. No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.


¿Coooómo? ¿En unas sin punto, en otras el punto delante, en otras el punto detrás, en otras en mayúscula y en otras en minúscula? ¿Y bajo qué criterio? ¿Que sea verbo de habla? —suspiro—. Joder, que no sólo existe “dijo”. ¿Es “suspirar” un verbo de habla? ¿Debe ir en mayúscula? ¿En minúscula? ¿Cómo lo pinto? Resultado: los honrados juntaletras se hacen el descomunal lío, y según les parece distribuyen y eligen. Sumadle a eso el criterio editorial que, ante la duda, duda más todavía, y leer un diálogo en morse —raya, punto, punto, raya— pasa a ser la risa. Cada frase distinta. Si uno se fija.

Así que yo invito a los académicos a que se metan la apostilla d) a la norma exactamente por donde el sol nunca brilla, o por el orto, para los argentinos. Eso sí, los invito con cariño.

GONG y final del cuarto asalto.
Estado de salud del DRAE (según las reglas del juego de rol de Star Wars): Incapacitado.

Naturalmente, he utilizado para la simulación el sistema de combate del juego de rol de Star Wars porque en él es imposible morirse, como saben a la perfección todos mis lectores friquis. Y a la Academia no la mata nadie, y menos a patadas. Gracias al cielo. Porque yo a la RAE la adoro y la venero. En serio. Y la sigo, exceptuando lo de arriba. Sé que no tengo razón. Conozco muy bien los motivos de cada regla —filológicos— y son mejores que los míos —exclusivamente estéticos—. Así que ya vale de bestialidades por el día de hoy. Si me preguntan, juraré ante notario que yo no he escrito este artículo. Que yo soy muy académico y mi escritor favorito es Valle-Inclán, ni más ni menos. Y para demostrar mi aprecio por el lenguaje mimado, límpido, fregado, bruñido y pasado por el algodón, lo cito:


DON LATINO: ¡Cuántas veces cruzamos la misma apuesta! ¿Te acuerdas, hermano? ¡Te has muerto de hambre, como yo voy a morir, como moriremos todos los españoles dignos! ¡Te habían cerrado todas las puertas, y te has vengado muriéndote de hambre! ¡Bien hecho! ¡Que caiga esa vergüenza sobre los cabrones de la Academia! ¡En España es un delito el talento!

Luces de Bohemia, Escena XIII.

Cuánto melodrama para final de post. Cielo santo. Sólo era un chiste... Reíos. Al menos vosotros, que yo no tengo putas las ganas.

Aquí seguimos. Intentando publicar un libro. Y mañana, como todos los días, a esperar noticias.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

No escribir.

Cuando releo la bitácora me sorprendo, a ratos. Al releer momentos antiguos, cuando aún estaba escribiendo la novela —Politeísmos de Álvaro Naira, ¿hay alguien que no sabe aún cómo se llama y de lo que trata?—. La bitácora sólo era un diario de escritura, y ahí, apretada y sofocada para no reventar el libro y contar de lo que trata, está toda la fuerza incontenible de la sensación de crear. De lo increíble y magnífico que es parir una historia que no sabes bien de dónde ha salido, cómo se ha formado, dónde estaba antes. Y lo sabes, al tiempo, a la perfección, porque es muchísimo trabajo y te has matado en cada detalle, y lo has vivido, y has llorado y has reído y conoces a los personajes mejor que a ti mismo. Creo que en un libro se nota cuándo el autor ha echado hasta las tripas, se las ha comido y las ha vomitado de nuevo. Ahora todo está en frío. Ahora todo está seco, muerto y enterrado. Se acabó. Fue grandioso e intenso. Se ha terminado. Habrá otros libros en que me suceda lo mismo. Siempre es así.

Lo echo de menos. No sabéis cuánto.

Cuando acabé el libro me inflé a llorar. Sin parar. No podía dejarlo. Era algo nervioso. Reía y lloraba a la vez como si me hubiera metido un alucinógeno. Tenía una percepción distinta de la realidad, que estaba anormalmente lejos, como si se estirara el suelo. Se me acoplaban los mundos, y era mucho más nítido el ficticio, más brillante, con volumen y proporciones auténticas, con personajes más creíbles y redondos que las personas que me encontraba por la calle, que me resultaban vacías, fáciles, inverosímiles, poco creíbles, sin interés ninguno: huecas. La realidad se encontraba aún desenfocada, pero se aproximaba con estruendo, derribando los muros de lo ficticio y atrapándome entre los escombros de lo irreal, lo propio y lo fantástico, que se rompía, se venía abajo, se me deshacía entre los dedos, se licuaba y desaparecía, dejándome las manos pringosas de la nostalgia y el pánico a regresar al día a día. Porque esto es una mierda. Porque aquí todo está incompleto y es insulso. Porque nos faltan piezas. Por eso nos construimos nuestras historias. Para completar el rompecabezas.

[Y qué interés tiene volver, ya sabéis. Qué hay aquí. Material para levantar otra novela. Nada más.]

Cuando fui al registro no dejaba de llorar. Lloraba por la calle. Me paraba en un banco y lloraba más. Y me reía, a la vez, como un chiflado. Y me sentía TAN jodidamente orgulloso de poder llorarlo que me decía: “Joder, si esto no les pasa a todos los que escriben, si soy el único que llora porque ha terminado un libro, si eso es así, qué lástima me dan los otros, qué vida más triste y descafeinada: qué magnífico es berrear como si tuvieras seis años, sentirlo como agujas en la boca del estómago, gritar de alegría por tener la capacidad increíble de vivir las cosas con violencia, que te golpeen, que te hagan daño, que te afecten, que te tiren al suelo y te levanten. Cómo podrá vivir la gente con sus sentimientos de plástico sin herirse a propósito y meterse un rotulador en la costra, hurgar con él, infectarse y pintarse de colores el dolor para verlo bien y que destaque y no se te pierda el sentimiento y se deshaga. Porque merece la pena. Siempre merece la pena sentir. Siempre”. Lloraba y me partía de risa, porque se había terminado. Porque tocaba regresar a recargar baterías para escribir otra. Se había acabado. No quería que lo hiciera y quería. Todo a la vez.

Hermann Hesse, Der Steppenwolf: “Más me gusta sentir arder dentro de mí un dolor verdadero y endemoniado que gozar de esta confortable temperatura de estufa”.

A eso se resume todo. No, no me entusiasma El lobo estepario. Algún día os contaré por qué, cuando hayáis leído mi novela. Pero esa frase me sigue pareciendo increíble. Siempre me lo parecerá. Y la encontraréis también en Politeísmos.

Ahora no estoy escribiendo. No tengo nada que contar, y lo que tengo no me apetece contarlo. Es como volver hacia atrás, al momento en que estaba en parón, cuando pensaba dedicarme a la papiroflexia el resto de mis días, porque no valía, porque no tenía ninguna historia que mereciera la pena el esfuerzo, cuando la rutina te aplasta y asfixia. Cuando dudas, dejas de escribir. Mientras piensas que eres lo bastante bueno, lo eres, aunque no lo seas. Porque te matas en ello y te esfuerzas.

No me malinterpretéis. Éste no es un artículo de modo autodestructivo-on. Sé muy bien dónde estoy y cómo he llegado hasta aquí. Sé que todo son ciclos. Sé que voy a volver a escribir. Tengo cien historias estranguladas en el cráneo. Cuando me entran ganas de escribirlas... me las aguanto. Porque no pienso meterme en la espiral fabulosa y la noria de escribir otra novela hasta que ésta esté en las tiendas. Hasta que me libre de ella. Hasta que haya dejado de ser mía y sea también vuestra.

No sé muy bien con qué actualizar la bitácora. Tengo miles de cosas que contar sobre la gestación de la novela, pero no quiero hacer spoilers. Ya queda menos para septiembre. Pronto sabré si se va a publicar o no en enero. Y muy pronto, podré irme de verdad a otro sitio, sin moverme de mi casa y de la pantalla. Dentro de nada podré borrarme a mí mismo y convertirme en cientos, y vivir lo que les pasa a ellos.

Y desaparecer.

Porque un escritor, como los lobos, va corriendo sobre la escarcha en fila india, detrás de sus hijos de papel, pisando donde ellos pisan. Y con la cola, se barre y se borra sus propias huellas.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

El diletantismo.

Estoy, francamente, hecho una mierda. Así que hoy, aunque me haya tirado diez días sin actualizar, no esperéis un maravillosísimo artículo de cinco páginas y pico con un montón de datos fascinantes, documentado, con fotitos y enlaces, figuras literarias y chistes a partes iguales, siempre para mantener la delgada línea entre el freak alegre y saltarín que llevo dentro y el filólogo que se ha metido un palo por el culo después de leer demasiado a García Berrio. Me voy a bajar un rato del pedestal de la profesionalidad, si os parece, y subo este post escrito con los pies y sin pensarlo ni meditarlo ni trabajarlo. Porque qué más dará.

Me guste o no, mientras no tenga obra publicada, lectores míos, YO NO SOY ESCRITOR. Soy un puto aficionado y un capullo que a fuerza de trabajo y actitud se está forjando una magra reputación de profesionalidad. Y aunque me dé mil patadas que nadie me tome en serio, porque parece que “todo el mundo escribe” (con lo que cuesta, hostia, con lo que cuesta, joder, como si por juntar cuatro letras ya todos fuéramos novelistas, con lo durísimo que es escribir, que ah, parece tan bonito y tan sencillo desde fuera, tengo una historia y voy y la cuento, no te jode) yo aún estoy en el otro lado. No he publicado. Ya está.

No importa una mierda que me haya dejado los dedos incluso catorce horas diarias, y sin parar, sólo para producir diez páginas, de las que luego recortaba tres. Que el archivo de documentación de mi novela sea más extenso que la novela en sí. A nadie le interesa que perdiera cinco kilos por pasar de comer —hasta contenía las ganas de mear con tal de no dejar un párrafo a la mitad, que nunca sabes si recordarás qué iba luego si lo dejas colgado— y que no me haya movido de delante de la pantalla nada más que para sacar a mis perros, que ellos qué culpa tendrán. Es indiferente que lleve seis meses corrigiendo hasta que me han dolido los ojos, que haya releído mi novela más de doscientas veces. Da igual que el año pasado abandonara curro, pareja, amigos, familia y vida real, todo a la puta papelera, y encestando de lejos y riéndome; y después pisando bien las responsabilidades, apretándolas en el cubo para que mengüen, se empequeñezcan, se hagan diminutas y desaparezcan, y entre aún más basura, toda la basura de mi vida, con el único deseo de dejar mi existencia tan limpia y blanca y recién pintada, tan ancha y diáfana, tan vacía de compromisos, encargos y realidades, que la ficción pudiera entrar por la puerta grande y sin tener que marcharse.

Yo he desaparecido del mundo y me he borrado con la goma para escribirme encima.

Fácil, ¿no? Pues probad a hacerlo.

Pero no importa. Eso no te hace profesional.

Si no publicas, no eres nadie.

Y no vale jugar con trampa. Lo siento. Lulú no es publicar; es autoedición para pobres, porque no te hacen pagar a ti, sino a tus colegas que compran. Si al final me toca agachar las orejas, meter el rabo entre las piernas y sacar la novela en Lulú, será mi fracaso. Mi gran fracaso. Y os lo contaré, porque soy un bocazas.

Escribo esto porque creo que merecéis tener noticias. Porque estáis aquí, leyéndome, muchos desde hace la tira de tiempo. Y yo no digo ni pío porque no tengo ganas ni de mover un dedo.

Y porque por fin mi novela ha pasado la primera criba de una editorial.

Y porque estoy seguro de que no va a salir en ella. Es un pálpito. Porque otra vez tocará volver a empezar, y los nos, las gestiones, el trabajo y todas las demás estupideces me obligarán a mantenerme aquí, en la jodida realidad, y no en otra parte, que es donde quiero estar: creando mundos y viviendo las cosas que a mí no me pasan.

A mí no me interesa vivir de verdad. Vivo, claro. Qué remedio. Además, no es saludable permanecer en el mundo de las ideas y de las piruletas de colores —acabas escribiendo polladas—. Hay que tener experiencias: es una parte importante de la escritura. Pero sólo es una parte.

Yo vivo los martes y los jueves: lo justo para contarlo. Y cuando las circunstancias me obligan a permanecer en la realidad toda la puta semana...

Escribo cosas como la que estáis leyendo.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Mentar la bicha (El monstruo que hay debajo de la cama I).

Debajo de toda cama de escritor yace, no muerto sino durmiendo, un Monstruo Indeciblemente Feo. Cuando acabas una novela, debes ejecutar el ritual establecido: la imprimes, le pones la espiral, caminas hasta el altar, te persignas, te arrodillas, aprietas con tu frente la tarima y se la entregas, sin osar contemplar nunca ni las pelusas que nimban a tu demonio particular. Tu libro se queda ahí, en su reino: entre los maletones de plástico atiborrados de tebeos, de folios sucios y de carpetas. La novela es una ofrenda para que el Monstruo se alimente y te deje en paz, porque requiere sacrificios para estar contento. La devora poco a poco; a veces tarda más y a veces menos. El Monstruo es horrendo y le tienes miedo. Puede ser negro, gris, verde, irisado, fucsia, licuescente, con tentáculos, sin ellos, gomoso, peludo como un conejito, mínimo, descomunal, inmenso; según el día. Cambia de forma, como Proteo.

¿Qué? ¿Alguien no pilló la elevadísima referencia supracultural? Pues busquemos una expresión equivalente en el panteón contemporáneo.

Cambia de forma, como Mortadelo.

Los lunes y miércoles el Monstruo roe con complacencia tu texto; lo desgusta y paladea, arranca cada fibra de pulpa de papel, araña letra por letra y babea burbujas de saliva que corren la tinta: es de su agrado. Los martes y jueves lo destroza con los dientes, tritura adverbios y preposiciones al tiempo que ruge como un diablo de Tasmania. De cuando en cuanto, regurgita la papilla de un párrafo. Saca la lengua y vuelve a tragarla. Los viernes lame verbos y sustantivos y ronronea. Los sábados chilla igual que una lechuza y sacude la cola de escorpiones; hace pedazos diálogos y te descuartiza si te encuentras cerca. Los domingos llora como un niño que se ha perdido en un centro comercial y se abraza al ladrillo de hojas trizadas y se consuela.

Por cierto, el nombre del Monstruo es Tiempo.

Los libros tienen que reposar. Es así. El problema es cuando el Monstruo vomita tu obra. Después de unos meses, de un año, incluso dos. Normalmente, ha quedado irreconocible. No se parece en nada a lo que querías. Ese aborto no es tu hijo. Avergonzado, lo devuelves a las profundidades del abismo.

Y tu libro se queda debajo de la cama.

Eso es lo habitual.

Ya dije que con Politeísmos no me ha pasado eso. Hice justo lo que deseaba, como si estuviera completa en mi cabeza y sólo tuviera que irle quitando la mierda bruñendo sustantivos y recortando adverbios. “Cojonudo, Al”, diréis. “Pues síguete moviendo y colócala en una editorial”. En eso estamos, pero no es de lo que quiero hablaros. Me ha pasado algo peor todavía.

Cuando el Monstruo me ha devuelto el texto, venía moqueado por el Resabio Académico. Y pringaba, creedme. Los dedos se te quedaban adheridos a las hojas. Por más que intentabas limpiarlos, los chorretones blancos de aristocrático semen facultativo dejaban círculos indelebles, como los rotuladores de los Petersellers. “¿Es grave, doctor?”. Pues lo es. La última vez que sufrí esa enfermedad me tiré seis años sin escribir una letra. No importa; se pasa. A la velocidad a la que gira la noria, mañana habrá desaparecido. Pero ahora, en este mismo instante, me jode. Y mucho. Y afecta a mi forma de escribir.

El Resabio Académico es una dolencia crónica que se contagia en la facultad de Filología a través de los libros, los profesores y los cruasanes con mantequilla de la cafetería. Prospera en alumnos impresionables y cándidos, talentosos, que sacan matrículas y suspenden a partes iguales según lo que hayan dormido en las fechas de exámenes y lo que se la pele la asignatura y el que la imparte. Cuando te licencias, los síntomas se enmascaran pero la enfermedad permanece latente. Vuelves a leer lo que te sale de la polla y con esos anticuerpos se controla el virus. Consigues escribir. Por un tiempo, el Resabio Académico no te afecta. Vociferas a todo el que quiera escucharte un “Que le follen a la literatura aclamada por la crítica”. Te sumerges en bodrios que están escritos con los pies pero son muy entretenidos. Escupes en nombre del postmodernismo y ves películas de hostias y El señor de los anillos. Te desintoxicas de exquisiteces. Haces una falla con los apuntes —claro, los pasaste a limpio, freak, qué importa que quemes los sucios—. Pero el Resabio Académico siempre regresa. Y más si acudes a buscarlo, alma de cántaro. Hay que dejar los sitios, como Delirio. Allá por donde has pasado, no vuelvas.

Todo esto, a raíz de Historias del Kronen. Verídico, y mira que ya está pasado y enterrado el librito. Cuando alguien hojea —no lee— tu libro y te dice: “Esto es un poco Kronen, ¿no?” la indignación sube de volumen hasta que te atruena los tímpanos. ¿Es Kronen? ¿Por qué? ¿Porque hay bares madrileños, drogas y chavales adolescentes? ¿Es ésa la historia? ¿Sólo ésa? Y un cuerno. Eso es la tramoya, que lo mismo podría haber puesto una maceta y una silla, como en el teatro minimalista.

Pero luego, meditas. Y te flagelas un rato, que siempre es oportuno y saludable.

Es que decir “Kronen” es mentar la bicha, señores. Para ustedes Historias del Kronen puede que sea la gran desconocida y justísimamente olvidada. Para un filólogo, es el Anticristo. Se trata de una novelita sin trascendencia cuyo valor es sociológico y costumbrista, y que desgraciadamente trajo cola. Mañas, Loriga, Etxebarría —de los enemigos ampáranos, señor—. Literatura juvenil, literatura femenina, literatura de sex, drugs and rock ‘n’ roll escrita generalmente con el culo (Loriga un poco menos, tengo el vago recuerdo). La generación X americana, que dio algunas figuras no del todo desdeñables —Palahniuk—, se guisaba en la península al socaire del cocido y la olla podrida. Y los garbanzos, además de ser comida prosaica y proletaria, dan gases y repiten. La poderosa maquinaria editorial se lanzó a la piscina, y aparecieron criaturitas como Violeta Hernando, una niña de catorce años que publicó su textito —hoy en día no pasaría eso, los nenes se entretienen con los blogs y el myspace del messenger— y vendió como una cabrona; increíble y pobrecita. Eso es el mercado editorial. El costumbrismo mola. Contar chorradas que pasan todos los días con lenguaje superficial es facilón y gusta al gran público. La no literatura. El baby-boom. Vender. Triunfar. Figurar. La bicha.

En mi humilde opinión, toda la puta generación Kronen fue una bazofia. Sus historias se cuentan con una caña entre tres colegas. Y respecto a la literatura de género —corríjase por sexo, que el género lo tienen sillones y sillas— puedo resumir mi veredicto con una grosería de las que tanto me gustan, que es la siguiente:

Ahí queda eso; Alvarito siempre haciendo amigos. Despellejadme: lo pienso. Yo no soy nadie, gracias a dios —con minúscula— y mis dictámenes literarios compiten en importancia con los del cartero comercial que me deja en el buzón papeles de un restaurante chino.

Y todo esto, a raíz de Politeísmos.

Los que me siguen desde hace tiempo saben que es una novela de fantasía realista, que trata de enclavar la religión totémica en un sector de la sociedad juvenil actual —y lo consigue—, que parte del día a día para llevarte al mito en volandas. Que crea un sistema mitológico satisfactorio, que permite alejarse de la repugnante rutina y soñar un ratito. Además, puede hacer pensar y todo. Y hasta cambiarte la vida.

Vale. Pues eso tiene un nombre. La primera parte, me refiero: la puesta por escrito de la forma de vida de un sector de la sociedad juvenil actual.

Eso se llama costumbrismo. Y el costumbrismo es LA BICHA. Hay que pisarla y destruirla. Porque el costumbrismo no es literatura, no. Es la pura facilidad. Yo soy el primero que lo piensa y lo predica.

[Destapó la caja de los truenos del miedo al Kronen el libro de Luis Mancha (todas las citas son de ahí, tabla incluida). Lo recomiendo. He aprendido más del mercado editorial con este estudio que en todos los meses que llevo dándome hostias contra las puertas del mercado.]

Leamos a algunos señores, que saben más que yo —lectores míos, a cada día y cada libro sé menos cosas, y las que sabía, las olvido—. Desgraciadamente no sabemos quiénes son estos críticos; el recopilador se cuidó muy mucho de decirlo, supongo que para no levantar ampollas.


Y ahí reside el triunfo de algunos de estos autores costumbristas, en el sentido de que es mucho más fácil conseguir un gran público cuando estamos hablando de lo que todo el mundo conoce. A alguien le resulta más fácil digerir una novela que habla sobre crisis matrimonial, de manera muy liviana, sobre los problemas del trabajo, sobre la crisis de la madurez, porque es algo que hemos padecido o que conocemos por gente cercana. Ése es un principio muy claro de identificación. Y el placer de la identificación reside ahí. Pero no creo que la literatura sea ponernos por escrito lo que estamos viendo todos los días, sino rascar lo que hay por debajo de eso.

Vale. Todos de acuerdo. Los escritores de los que no habla ni falta que hace todos sabemos quiénes son, y llevan la mediocridad a gala. La siguiente opinión es un poco más hija de perra, y a mí me hace más gracia:


Lo de la literatura es más sutil que lo de las telenovelas, porque además tiene una trampa: a usted le ha resultado fácil leer esta novela, lo ha comprendido todo, porque en el fondo estamos hablando de cosas insustanciales, de manera insustancial, pero a diferencia de las telecomedias o de los culebrones, usted no es un subnormal profundo, sino que es una persona con sensibilidad estética y con afán de trascendencia, porque esto está escrito, no es visto.

Juas. Chapeau.


Hay una cosa en la que cae muchas veces el best seller de este tipo, donde el lector ve algo, donde se ve retratado el lector y su mundo. Pero no le está diciendo nada nuevo, le está diciendo algo que él ya sabe, pero eso es como muy gratificante. Yo creo que la novela nunca debe ser gratificante, debe ser perturbadora.

Y... sí. Pero no siempre. ¿La Alta Literatura es sinónimo de literatura incómoda?


Hemos entrado en la dictadura de las editoriales que quieren vender y se han propuesto crear un tipo de lector concreto, que lee esas cosas. ¿Qué cosas? Pues ahora mismo sólo hay dos opciones: novelas de tipo juvenil y de tipo femenino. El lector o la lectora leen estas cosas, o bien se identifican con ello, lo cual es muy chachi, mira cuánto sufre este personaje, le pasa lo mismo que a mí, o bien: esto a mí no me pasa. Es la identificación y la desidentificación. Es lo que no hace un lector de literatura. Un lector de literatura lee para gozar: con el lenguaje, con la historia, con el personaje.

Y comenta un escritor (¿quién será?):


—A mí el costumbrismo no me interesa lo más mínimo.
—¿Qué es costumbrismo?
—Es la literatura que se limita a reproducirte la vida tal y como es, con sus modismos, y detrás no hay nada más que hacerte un retrato hiperrealista de lo que es eso: un fin de semana de tres oligofrénicos que viven en La Moraleja (se refiere, claro, a Historias del Kronen).

Yo esa afirmación la aplaudiría. Pero no porque me joda leer un relato hiperrealista. Eso simplemente me aburre. Me jode la falta de calidad, y punto. El tema del que se habla me la pela, y la identificación me puede o no hacer gracia: indiferente. Hay poemas válidos sobre mujeres que hacen la compra. Hay literatura sobre un cubo de la basura y una oda a una sandía. Parece que lo que molesta no es la falta de esfuerzo y el no contar las cosas como dios manda, sino las chupas de cuero. Venga, todos juntos: ¡a escribir novelas de la Guerra Civil! Vamos, hombre. Eso es tarimesco. Eso es reaccionario. Eso es de sangre azul, casi de ultraderecha y de boina y cachaba. Eso es ridículo.


De esa manera, la “cofradía del cuero”, se ha calificado irónicamente a un determinado núcleo de autores nuevos fuertemente impregnados de la estética rock y la cultura de la imagen. Sus relatos muestran un cierto malditismo, con proclividades canallas, y giran en torno al sexo, alcohol, drogas, el rock, la carretera y la violencia. Su estructura suele ser anárquica y fragmentaria y su lenguaje funcional y directo aunque a veces aspira a tonalidades líricas. Las deudas con la literatura norteamericana, incluido el realismo sucio y la novela negra, son evidentes. Tan evidentes como las contraídas con las letras del universo del rock.

Asiento de forma convencida cuando me dice que no le gustan porque tienen una estructura absurda y un lenguaje funcional —aunque le pongo pero: el lenguaje debe ser SIEMPRE funcional, primero. Luego, debe ser más cosas—, pero me entra la risa cuando critica que estén influidos por la música. Y encima el “rock”. Ah, qué malos. Satánicos y de Carabanchel. Una vergüenza. No sé a vosotros, lectores, pero me recuerda a la crítica descacharrante que Laura Miller le hizo a Palahniuk:


Imaginen unas novelas de porquería. Imaginen que todas ellas están escritas con el mismo falso y repetitivo y ampuloso estilo rebosante de imperativos y slogans. Imagínense todo eso torpemente ensamblado. Imaginen que lo poco que tienen de remotamente inteligente ya fue hecho antes y mejor por otros. Imaginen que estas novelas trafican con el nihilismo poco cocido de un estudiante de secundaria que acaba de descubrir a Nietzsche y a Nine Inch Nails. Y, hey, para qué perder el tiempo imaginando todo eso cuando aquí viene otra novela de Chuck Palahniuk.

Yo me parto. A Chuck no le hizo ni puta la gracia. Exagera, por supuesto. Se pasa tres pueblos. Palahniuk es un tipo desigual y repetitivo: tiene algunas cosas sueltas gloriosas, hallazgos impresionantes, y falta de constancia en el trabajo. No pule ni aunque le maten, y no piensa mucho antes de escribir. A mí, personalmente, me gusta Palahniuk, pero lo que venía al caso era lo de NIN. ¿Acaso tendría algo de malo que le hubiera influido? Mira tú, aquí los críticos lo que pasa es que no miran al pasado; en el siglo XV influía la literatura basura de la época y hoy en día influye la música. Pero claro, que te influya un cancionero mola más. Es más culto. Más viejo. Y seguramente tendrá lepismas a estas alturas y estará meado por gatos.

Resumiendo:

Aquí el patio de colegio del mundillo se agita, cacarea y se da picotazos por el maíz del reconocimiento y el de las pelas, que no son el mismo. Tiene su gracia que te indiquen cómo hay que escribir; aunque estoy bastante de acuerdo, me cabrea. Los “malos” de la historia son los que hacen costumbrismo, ganan dinero, salen en la tele y escuchan “rock”. Los “buenos” son los que escriben para el que está sentado en el despacho de enfrente. En el medio, ni chicha ni limonada, quiero y no puedo, Luis Mancha ha plantado a Juan Manuel de Prada, pobre tipo. (No le falta razón, pero joder, es una crueldad: mal no escribe.) Y cita a un crítico:


Éste es un impostor. Éste hace que cuida el lenguaje impostando. Es el efecto contrario que también se puede hacer. Uno puede cuidar el lenguaje porque tú crees en eso, pero no voy a escribir una cosa que parezca eso, porque eso da mucho empaque, detrás de eso no hay nada, es hojarasca. Cuando a un escritor se le notan los trucos, y a Prada se le notan los trucos del lenguaje, intenta aparentar más de lo que es.

Todo el mundo hace mierda salvo el que habla, en conclusión. A mí Historias del Kronen no me gusta, pero no porque sus personajes escuchen Metallica —y Mañas escriba Metálica con su tilde, que me la fuma, como si escribe supercalifragilísticoexpialidoso con hache intercalada—, sino porque sus diálogos no me resultan verosímiles, me parecen más falsos que una moneda de tres euros. (No he leído de él más que el Kronen. Lo mismo sus demás libros son maravillosos y es el autor del siglo.) Para mí, Etxebarría es la bicha, pero no porque predique lesbianismos, sino porque sus novelas son sencillísimas; una Laforet de tercera fila.

Y respecto al costumbrismo...

A ver, la fantasía es como es. Tiene sus normas. Así se hacen las cosas cuando no hay orcos. Si voy a introducir una paja mental inmensa, la realidad tiene que ser muy pero que muy creíble e identificable y hasta pedestre. Leed el post de pedanteorías para una literatura fantástica.

Era lo que querías, Al: mezclar fantasía y realismo. Jódete si ahora no te gusta y apechuga.

Bueno, no. No era lo que quería. Al menos la etiqueta. Ni de coña pensé yo en la generación Kronen. Ni de lejos ni borracho ni febril ni en mi peor pesadilla. Yo pensé en realismo, pero en el de toda la vida, como debe ser: el decimonónico. Vale, que sí, que estamos en el siglo XXI y el realismo se ha transformado por obra y gracia del Premio Planeta en el superventas de turno y dinero y aplauso. Pues yo no tuve presente el mercado, ni para bien ni para mal, a la hora de escribir. Si el costumbrismo vende, ¿por ello debo no usar el costumbrismo cuando lo pida la historia? Guay. Vamos a castrarnos todos a golpe de suplemento cultural, de manual de Teoría de la literatura y de diccionario. Ponemos la polla en medio y cerramos. Como no son lo suficientemente contundentes ninguno de los volúmenes, más bien lo que sucede es que nos frotamos con satisfacción —aunque rasque—, caemos en el onanismo literario y en el “Mira qué bien escribo y qué lejos estoy de lo que vende”. Pues tampoco. Hay que escribir al margen del mercado, siempre. Y al margen significa AL MARGEN, no teniéndolo presente para hacer fintas y esquivarlo y con ello satisfacer nuestro ego.

¿Dónde está el problema si el costumbrismo era de lo que quería partir?

En que lo he conseguido. Eso sí, lo he hecho BIEN. El lenguaje de llano tiene lo que la Cordillera Cantábrica. Me gusta el trabajo transparente que deja ver la historia cuando la historia requiere que se vea, y me gustan la complejidad gilipollesca y el sonajero y la voltereta estilística cuando sirven para algo. Si están por estar, no me interesan. Y el que opine otra cosa, que no me lea.

Eso sí, reíos de mí si os apetece, pero el Resabio Académico me susurra al oído: “Álvaro, como publiques... Álvaro, como triunfes... Que esto se puede vender como churros y lo sabes... Has currado como un bestia, has mezclado lo fantástico con lo cotidiano, has trabajado el estilo de forma que la lírica salvaje y las mayores burrerías que dañan sensibilidades —pacatas— se entrelazan sin que chasque un solo adjetivo... Pero ¿pensaste en lo que querías? ¿Te ponía realmente hacer costumbrismo madrileño de un montón de niñatos, y encima góticos, que hay que ver la madre que te parió? ¿Sabes a lo que juegas?”.

Lo sé. Juego a colocar una historia que tenía dentro y que salió con una soltura alucinante, como jamás me había ocurrido. Y juego a sacar una novela que puede gustar porque ya ha gustado. A amigos, que no cuentan, a conocidos, que no molestan, y a desconocidos, los únicos que importan. Veinte personas es un comité de lectura de prueba razonable. Detenedme, esposadme y sometedme a tortura pública: quiero publicar. Principalmente, para liberarme de esta historia, encerrar al Monstruo por un par de años y escribir cosas MEJORES.

El Kronen es la bicha, pero no porque el costumbrismo lo sea. El Kronen es la bicha porque no es bueno, porque pesa tan poquito que es como no leer nada. Y si yo parto del costumbrismo, es para llegar a otro sitio. A la fantasía, señores. A la fantasía. Ah, que eso hoy en día también vende. Pues nada, nada. Me dedicaré a componer esquelas; por ahí no me pillan fijo.

Las decisiones que tomamos nos cierran y nos abren puertas. Tal vez, realmente, debería autoeditarme en Lulú y pasar sin pena ni gloria, ¿no? Así no hay problemas con el mercado. Así la crítica no te escupe en la cara. Así no eres nunca fácil ni comercial. Así te masturbas pensando en qué guay eres, qué bohemio, qué estupendo que no encajas en el panorama editorial.

Pero eso también tiene un nombre. Se llama MIEDO. Y la huida, siempre hacia delante.

El tiempo de las dudas se ha pasado. El miedo a caer, también. El Resabio Académico es una gilipollez: en cien años, todos calvos. Y muertos. ¿A quién le importa la crítica? ¿A quién le interesa el canon? ¿A quién le quita el sueño estar bien o mal considerado? Pues a los que tienen complejo de inferioridad, realmente. Si sale y vende, de puta madre. Si sale y no vende, de puta madre también. Si no sale, lo sacaré yo. Y el que se engañe y crea que mastica prosa fácil, que vuelva a leerla. Y si sigue pensando que es sencillo, pues que lo tire a la papelera o se limpie el culo con el libro: yo no me voy a enterar.

Pero claro, vosotros ni siquiera habéis leído mi novela. Así que lamento que no entendáis por qué este post, de dónde el miedo, y que os llevéis una impresión equivocada de mi libro. Ni intenta ser un cascabeleo de metáforas altisonantes —por favor, me leéis por aquí, sabéis cómo escribo— ni una estupidez plana y seca que igual se lee que se olvida. Ya lo juzgaréis, si el mercado quiere. Y si no lo quiere, también. La puerta de internet siempre está abierta.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007