La Coctelera


Categoría: 3. Goticadas, siniestreces y oscuridades varias.

26 Febrero 2007

Revival Goth: La noche de los zombies calientes (perdón, que es de los muertos vivientes).

Mi hermana pequeña, que siempre se preocupa por mi salud, mi estado de ánimo, si estoy sobrio o borracho, si follo con regularidad, si como caliente una vez a la semana o si me han devorado mis perros, ha celebrado su cumpleaños. Y me ha obligado a salir. A mí.

Sí. Álvaro Naira ha salido este fin de semana. Temblad, hordas de la noche.
Porque encima me ha llevado de gotiqueo. Por hacer algo distinto, dijo. Distinto para ella, no te jode. Me llamó por teléfono, ya que, naturalmente, a mí se me había olvidado que era su cumple —hay años en que se me olvida hasta el mío—, y me dijo:

—Álvaro, sin excusas. El sábado sales conmigo y con mis amigos. Quedamos en Sol a las diez. Que se vengan también X y X, que hace mucho que no los veo (insértese los nombres de dos colegas míos, a los que no cito porque no deseo que compartan mi gloria, soy así de egoísta).

Yo suspiré prolongada en lugar de largamente, como en un novelón romántico, aunque en ésos también lo hacen “temblorosamente” o “trémulamente”, que es mucho más propio.

—María, paso. No me apetece. Si quieres nos vemos el domingo y te doy tu regalo (que no había comprado todavía, por supuesto).

—No —me cortó ella—. No voy a ir a tu casa. Vas a salir este fin de semana y que te dé el aire, que a este paso te vas a poner amarillo. Vas a beber, vas a bailar, vas a reírte y a pasarlo bien con mis amigos. Me da igual lo que tengas que hacer.

Me apetecía tanto como una exploración rectal, pero preferí ser diplomático.

—María, paso. En serio. Voy a trabajar con Politeísmos¡compra Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—, que ahora el único rato que tengo son los fines de semana. Lo entiendes, ¿verdad? Tengo que darle una última lectura para deshacerme a patadas de las rebuznancias y reiteraciones que se me han escapado en las cuatrocientas veintisiete correcciones que he hecho, imprimir originales de la novela, hacer llamadas a editoriales, buscar contactos y chupar pollas. Además, estoy hasta los huevos del curro. Estoy saliendo a las mil. Quiero dormir. Tengo que sacar a mis perros. Me da alergia el sol. Me apetece verme la trilogía clásica de La Guerra de las Galaxias, El señor de los anillos, El Padrino I y II y las cuatro primeras de Alien. Tengo que limpiar la cocina antes de que aparezcan cucarachas, que mi religión me impide matarlas. No salgo a la calle porque un cocodrilo me comió la cara. Estoy agotado. Soy misántropo.

—Me da igual. O vienes o no te vuelvo a dirigir la palabra, y eso incluye no ayudarte a publicitar la novela.

Esa amenaza me congeló la espina dorsal.

—Vale. Salgo. Pero te vas a arrepentir. Me convertiré en el Caballero Banqueta y os amargaré a todos. Conseguiré que os sintáis unos capullos por estar bailando y haciendo el indio mientras yo os contemplo desde mi privilegiada posición de Escritor Maldito que valora y critica a la concurrencia para después ponerlo por escrito.

—A las cuatro copas se te pasa toda la tontería, Álvaro. Que nos conocemos.

A las tres copas incluso, pensé yo. Que nos hacemos mayores. Pero no se lo dije.

—Además, te tienes que venir porque vamos a salir a un sitio gótico.

En ese momento la cámara se detuvo, mi cara se contorsionó, mi cuerpo, el sillón, la tarima, la pared, el salón entero empalidecieron, se tornaron blanquiazulados, se volvieron de hielo y se hicieron añicos con gran estrépito. Después de recoger los trocitos de mi persona y colocarlos en su sitio, articulé muy despacio, por si me había confundido:

—¿A un sitio gótico?

—Sí, lo hemos hablado y nos ha parecido que sería divertido, por hacer algo distinto. Habíamos pensado ir a Chueca a un bar de ambiente o a uno siniestro —ahí yo andaba pensando en que dónde estaba la diferencia—. Ganó el rollo gótico, que así te sacaba de casa, porque de pachangueo no sales ni aunque te maten.

—Ni de gotiqueo, María. Que estoy viejo.

—Te encanta decir eso —sentenció ella—. A las diez en Sol. En el Oso. Tráete a éstos.

Y me colgó antes de que pudiera cambiar de opinión.



La noche comenzó normal; dejé sacadas a las supernenas —el que no capte el chiste que vaya a los archivos y se lea el post de Pétalo, Cactus y Burbuja— para que no se mearan sobre mi cama, arrastré mi cuerpo hasta Sol, repartí besos entre todas las veinteañeras y apretones de manos entre amigos y panolis —llegué tarde, para guardar la costumbre—, recibí quince nombres y no hice ningún esfuerzo por recordarlos y escuché felicitaciones a diestro y siniestro para “Mery”.

—María —le dije a mi hermana—. ¿Te haces llamar Mery entre tus colegas?

Mi hermana empezó a reírse.

—Es un hipocorístico, Álvaro.

Sí, estudia filología. Debe de ser una enfermedad genética.

—Pues es una gilipollez de hipocorístico, María. Es tan largo como tu onomástica —respondí con chulería libresca.

Ella sonrió, tomándome el pelo, claro. Siempre ha sido mucho más lista que yo.

—¿Ah, sí? —contestó—. María tiene hiato, Álvaro. Que yo sepa son tres sílabas, y Mery sólo dos. ¿Es que no sabes contar?

Enrojecí hasta la raíz del pelo porque de verdad no me había dado cuenta, pero es más fuerte que yo soltar la última palabra:

—Soy de letras.

Después, la felicité por cumplir los dos patitos y le di un vale por un regalo de no cumpleaños cuando sea multimillonario. Se lo tomó a chunga, pero yo iba muy en serio. Cuando sea multimillonario, saldaré mi deuda.

Y nos dirigimos al Seis.

[Nota: en mis tiempos, el 666 era la discoteca de los niñatos. Siempre ha cerrado temprano y nunca han pedido carné, así que era el lugar de merendola ideal para aquél que tuviera inclinaciones hacia las lolitas. Por otra parte, resultaba un antro despreciable para La Vieja Guardia, que prefería mostrar su Pain & Suffering en el Heaven, Dark Hole, New Order, Angst y otros efímeros que aparecían y desaparecían de la Escena madrileña. El Phobia era el rincón de los tranquilos, ideal para apalancarse en banquetas y ver pasar el tiempo. Y los góticos, claro.]

Yo iba gruñendo y refunfuñando, por dentro muy divertido al contemplar cómo todos los chavales —mi hermana incluida— vestían de luto riguroso, excepto un tipo con algo más de personalidad o de vagancia que llevaba vaqueros. Unas cuantas niñas iban especialmente disfrazadas, y me imaginé sin mucho esfuerzo a la piara de chiquillas reuniéndose en una casa y saqueando los armarios para no dar la nota, para ir de góticas, echándose en la cara polvos de talco para el culo de los bebés y pintándose los ojos con rotring. Paciencia. Uno de mis colegas iba con una camiseta de Naranjito, lo que compensaba la fúnebre concurrencia. Un poco.

El Seis es enorme, alargado, tiene unas columnas que imitan templos griegos, varias partes con metidos y entradas, como tropecientas barras —vale, sólo cuatro, creo—, una especie de terracita interior elevada junto a la pista con dos mesas para mirar bien a los que se creen en el UPA dance y unas redes de pescar en el techo. Presumo que con imaginación habrá que suponerlas telarañas. La fauna del ecosistema que se presentaba a los ojos del biólogo rondaba los veinticinco-treinta años —mi sorpresa fue mayúscula al encontrar cómo había subido la franja de edad, fruto de sin duda de los diversos cierres de locales para Góticos de Primera Generación, que concentran a los friquis en un solo sitio—. No localicé ejemplares especialmente reseñables dentro de la categoría Ausencia Absoluta de Sentido del Ridículo —tal vez sea que a estas alturas a mí pocas cosas me asustan—, pero sí un abundante número de Crestas hasta el Techo, Vampiresas Medievales, Sudorosas Niñas Embutidas en Vinilo y Polipiel y Tíos con Faldas, modelitos que, en un 90% de las veces, repetían los de las féminas. Mi hermana, que no dejaba de reír, comentó que les quedaban mejor a ellos que a ellas. Tíos con sobretodos, pues bueno. Todos. Sí, yo incluido. Bailaban con el abrigo, ondeándolo al viento y sintiéndose en Matrix. Hice un vuelo rasante para calcular en qué lugares podía depositar papeletas de publicidad de mi novela y concluí que lo más adecuado era en la entrada, con el puerta, si me dejaba. Si no, repartidas por las mesas y en la barra. Tuve que soportar el choteo de los colegas, ya que mis Tiempos Oscuros y Desesperados son ampliamente conocidos por todos, y jurar y perjurar que nunca le robé a mi hermana más ropa que calcetines cuando no había limpios, y que jamás he llevado falda. Vale, que sí, que será una convención social, pero a mí me parte la polla un tío en falda, lo siento. Además me resulta muy misterioso pensar en cómo mearán. ¿Se la quitarán? ¿Se la bajarán? ¿Se la levantarán y se la echarán sobre la cabeza como un burka y apuntarán a ciegas? ¿Se recogerán las telas coquetamente? ¿Se harán un nudo con ellas? ¿No mearán nunca porque miccionar es vulgar? Hay misterios del universo que es mejor que no salgan a la luz jamás...

El pincha, que está separado por una cristalera de seguridad para evitar que le hagan peticiones o le pongan una bomba —a veces lo merecería— puso The Mission, copia ñoña y barata de Sisters of Mercy que se deja escuchar, a los susodichos, NIN, al —sigh— Manson y algo de Depeche Mode remezclado de una forma particular. Yo estaba tan tranquilo y a gusto cuando comenzó el blackalao. Puro y duro. La diferencia que tiene con el bakalao estándar consiste en que los que bailan van de negro. Sólo se soportaría con LSD, y no había a mano, qué trágica es la vida, aparte de que yo sólo me dopo con aspirinas...

Con la intensa sensación de haber superado ya eso, de haber crecido, de ser un pulpo muy grande en un garaje muy pequeño —yo salía de ese rollo hace muchos, muchos años—, con ese terrible “yo ya he estado aquí” repicando en las sienes, bebí. El “yo ya he estado aquí” (que nos dice que somos viejos, que hemos cerrado etapas, que no encajamos, que debemos cenar leche con galletas, salir a pasear con el bastón y usar una manta eléctrica) no se detuvo, en cambio.

Así que bebí, y mezclé, y mezclé a sabiendas y a conciencia, para hacerme la coctelera en el estómago y perder toda la dignidad, la perspectiva y el dinero de la cartera.

A la tercera copa, todos estábamos haciendo el gilipollas. Mientras yo recordaba, sin poder evitarlo, el soma de A brave new world y el trance místico del baile bacante al que se sometían los miembros de todas las castas para estallar de éxtasis, para desaparecer y purgar las necesidades de la magia, de lo divino, de la cohesión social, del amor, del equilibrio y de la felicidad y la dicha, con la intención última de perder la personalidad y convertirse en un rebaño balante de ovejas, uno de mis colegas —Lector del Comité de Corrección de Primeras Pruebas— comenzaba a jugar a la catalogación.

Jugamos a Politeísmos. Empezamos a darles dioses bestiales a la fauna, que estaba ya bastante animalizada de por sí. Encontramos zorras, gatas, cacatúas, una pantera terrible, una coyote encantadora, un gatito montés con actitud de comerse el mundo, un perro callejero que no nos sostuvo la mirada, y pajaritos, muchos. De todos los tamaños y colores, aunque vistieran de negro. Sólo por fuera, claro.

Porque Politeísmos, como mis sufridos seguidores saben, es una novela de chamanismo moderno, en la cual los personajes llevan divinidades animales dentro, que luchan por acabar con el hombre. Save the planet, kill yourself, pero con menos jeta y sectarismo nauseabundo que el amigo Chris Korda.

Dejar el mundo para las bestias, para los árboles, para las rocas, las montañas, para el cielo y la tierra. Recomponer el equilibrio. Eliminar al Monstruo que camina a dos patas, que tiene la absurda capacidad de pensar hacia detrás y hacia delante —nunca en el presente, siempre en otro lugar, siempre—, de fabricar instrumentos, balbucir chorradas y ponerse ropa encima.

Ojo: no sé cuántas veces lo repetiré. Politeísmos no es una novela de fantasía común. Es fantasía realista. No podréis saber lo que es eso exactamente hasta que la leáis. Eso sí: yo prometo, y cumplo. No hay orcos ni elfos. ¿Licántropos? Pues... haberlos, haylos, aunque no existan. Yo sería uno de ellos, según la religión de Politeísmos, y la verdad es que no me transformo en nada con la luna llena, como tampoco sucede en la novela —cachis, ya no la vais a comprar, ¿no?—. Pero soy un lobo. No uno tan grande como el Álex —protagonista de mi novela—. Él lleva dentro a un Canis lupus lupus y yo no paso de signatus. Faltaría. Aquí hay clases.

¿Y vosotros? Conozco cánidos, felinos, pájaros, carroñeros, presas grandes y pequeñas. ¿Cuál es el vuestro? ¿Lleváis dentro algo?

Lo sabréis cuando salga a la venta, que si os lo digo ahora no la compráis.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

Tags: gotiqueces

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28 Enero 2007

"Soy tan gótico que..."


Para reír un rato:

(ATENCIÓN, ATENCIÓN. ESTO ES SÓLO UN CHISTE. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD NO ES MERA COINCIDENCIA, SINO TRASTORNO DE LA POSICIÓN DE LOS ASTROS EN EL FIRMAMENTO)

Empecemos:

Soy tan gótico que en la guardería sólo usaba el plastidecor negro.
Soy tan gótico que le pegaba a mi osito de peluche.
Soy tan gótico que utilicé corsé en preescolar.
Soy tan gótico que a mi fiesta de cumpleaños de los cinco años vino un mimo en vez de un payaso.
Soy tan gótico que en primaria todos mis dibujos se titulaban “Muerte”.
Soy tan gótico que en el instituto todas mis redacciones las titulaba “Muerte”.
Soy tan gótico que llamé a mi perro “Muerte”.
Soy tan gótico que me pregunto si el collar de mi perro me quedaría mejor a mí.
Soy tan gótico que SÉ que el collar de mi perro me quedaría mejor a mí.
Soy tan gótico que uso el collar de mi perro.
Soy tan gótico que mi joyería activa los detectores de metal a una distancia de cien metros.

Soy tan gótico que no me pinto las uñas negras, me las destrozo con un martillo.
Soy tan gótico que mi negro es más negro que el tuyo, lo llamo: “negro negro”.
Soy tan gótico que combino mis tonos de negro para que armonicen.
Soy tan gótico que me paso horas decidiendo qué tono de negro usar.

Soy tan gótico que tardo más de una hora en arreglarme (y mucho más en desvestirme).
Soy tan gótico que pienso que la cinta aislante negra es un accesorio para vestir.

Soy tan gótico que me tatué un diseño celta que empieza en la cabeza y termina un metro por debajo de mis pies en el suelo.
Soy tan gótico que me ducho con lejía en vez de jabón para blanquearme.
Soy tan gótico que cuando me afeito, me corto las venas (CADA VEZ).
Soy tan gótico que cuando dejo de fruncir el ceño me preguntan de qué me río.
Soy tan gótico que cuando sonrío me preguntan si estoy enfermo.
Soy tan gótico que los músculos de mi sonrisa se atrofiaron.
Soy tan gótico que los músculos de mi sonrisa nunca se desarrollaron.
Soy tan gótico que no sé lo que es una sonrisa.
Soy tan gótico que los crucifijos se derriten cuando me acerco.
Soy tan gótico que si me toca alguien se convierte en gótico.
Soy tan gótico que me banearon de la línea de asistencia telefónica a suicidas.
Soy tan gótico que no uso suavizante en la ropa porque me gusta el dolor.

Soy tan gótico que cuando nací no lloré con el azote del médico (me gustó).
Soy tan gótico que para compensarlo, el resto de mi vida me la tiro llorando.
Soy tan gótico que una vez traté de ser hippie, pero cuando abracé un árbol se murió.
Soy tan gótico que bailo solo, a las tres de la mañana, en mi habitación, para expresar mi “pain and suffering”.
Soy tan gótico que escucho Sisters of Mercy y Bauhaus simultáneamente, a media noche, bajo la luna llena, en un cementerio, sentado en un pentagrama rodeado por velas negras, y de ahí me muero, regreso a la vida y vuelvo a morir...trágicamente.

Soy tan gótico que mi paraguas es de rejilla.
Soy tan gótico que una nube me sigue adonde quiera que voy y me llueve encima.
Soy tan gótico que yo SOY esa nube.
Soy tan gótico que cada vez que entro en una habitación todas las luces se apagan.
Soy tan gótico que cuando entro en una habitación suena la Tocatta y Fuga de Bach.

Soy tan gótico que me pongo gafas de sol para abrir la nevera.
Soy tan gótico que practico cómo poner los ojos en blanco frente al espejo.
Soy tan gótico que no me reflejo en los espejos.
Soy tan gótico que todas las fotos que me sacan salen veladas.
Soy tan gótico que fumo mientras me baño.
Soy tan gótico que sólo me alimento de tabaco y café.
Soy tan gótico que sólo me alimento de aire.
Soy tan gótico que no me alimento.
Soy tan gótico que una vez me comí un Happy Meal porque me gusta vivir peligrosamente.


Soy tan gótico que cada vez que llamo a la puerta de una casa, me dan caramelos.
Soy tan gótico que considero que broncearse es pecado.
Soy tan gótico que si me expongo al sol probablemente me incendio.
Soy tan gótico que cuando salgo de mi casa se pone el sol.
Soy tan gótico que siempre me entran los necrófilos.
Soy tan gótico que me morí y no me di cuenta.
Soy tan gótico que estoy muerto.
Soy tan gótico que la oscuridad me teme A MÍ.
Soy tan gótico que duermo debajo de mi cama.
Soy tan gótico que duermo con los brazos cruzados en el pecho.
Soy tan gótico que cuando duermo la gente me toma el pulso.
Soy tan gótico que no tengo pulso.

Soy tan gótico que quiero volar.
Soy tan gótico que ya volé.


Soy tan gótico que no me río con esta foto:

Soy tan gótico que creo que decir “Oh my Goth!” es muy original.
Soy tan gótico que soy el único que sabe cómo escribir Siouxsie and the Banshees correctamente.

Soy tan gótico que todas las frases que formulo tienen la palabra “gótico”.
Soy tan gótico que digo cosas tan góticas como: “Eternally yours in Darkness”, “Bloody Kisses” y “May the eternal darkness of the abyss enrapture and enshroud you in its infernal sickly sweet embrace”.

Soy tan gótico que me cambié el nombre a “Mystryss Darque Wintyr Nyght Rayn Ravyn”.
Soy tan gótico que no tengo nombre, sólo soy “Gótico”.

Soy tan gótico que me denomino “Gótico de Primera Generación” para demostrar mi antigüedad en La Escena.

Soy tan gótico que sólo hablo de cuán gótico soy.
Soy tan gótico que por más gótico que seas tú nunca serás tan gótico como yo.

Soy tan gótico que soy el único gótico de verdad.

Soy tan gótico que, cuando salga Politeísmos¡compra Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—, juraré haber sido gótico mucho antes de haberla leído.

¿Queréis más goticadas? Pues aquí. Y aumentad la lista del “Soy tan gótico que...”; yo he añadido cosas sin pudor.Y corregido las patadas al diccionario, claro.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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14 Enero 2007

Harry Potter es un personaje oscuro y atormentado.

He aquí un post vago de cojones. Estoy preparando uno larguísimo y terrible de los míos, pero hasta entonces os regalo la imagen más IDIOTA que he encontrado en mis paseos googleros.

Contemplad el MAL cara a cara.

La gente se aburre. Y los góticos, más.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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7 Enero 2007

Goth kids dance to express pain and suffering.

Los domingos por la tarde toca limpiar. A veces. Es saludable para que no te coman las cucarachas, y cuando has terminado de escribir una novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—, recoger los papeles, los libros de documentación, los apuntes, las notas, los dibujos, los bocetos de capítulos y la mierda que se agolpa en tu mesa, es sumamente reconfortante. Es pasar página. Ya tocaba.

Yo, cuando limpio, suelo ponerme música. Como soy un hortera, tengo por costumbre escuchar las canciones más horteras de The Cure, y a veces música tradicional asiria. Sí, estoy como una cabra. Pero me animan. Y claro, te emocionas, vas quitando la porquería al ritmo, y decides informar a todos tus lectores de cuál es la única forma cool de bailar para un gótico.

Alone, in your room at three in the morning. ¿No lo sabíais?

[Pego aquí mi traducción, que es tan mala como la del vídeo, pero al menos no tiene faltas de ortografía:]

STAN: Hey, tíos, ¿vosotros sabéis bailar?
GÓTICO DEL FLEQUILLO: Claro que sabemos.
STAN: Mola, porque tengo una competición el sábado y necesito en mi equipo a los que mejor bailen de South Park. Mis amigos no pueden porque son pésimos. ¿Os apuntáis a mi grupo de baile?
GÓTICO DEL FLEQUILLO: ¿Grupo de baile? Por favor... Nosotros no somos como esos que imitan a Britney y Justin en el colegio. Los niños góticos bailan para expresar su dolor y sufrimiento.
GÓTICO ALTO: Sí. La única forma cool de bailar es manteniendo las manos pegadas al cuerpo y los ojos mirando al suelo. Y cada tres segundos le das una calada al cigarro.
STAN: Vale, me sirve. Oíd, hay una competición de baile este sábado y necesito gente que baile bien para que no me humillen...
GÓTICO DEL FLEQUILLO: De ninguna manera. Bailar es algo que se hace a solas, en tu cuarto, a las tres de la mañana.
STAN: Por favor, tíos. La reputación de toda la ciudad está en juego. ¿Alguien se apunta?
GÓTICO DEL FLEQUILLO: Yo paso. Estar en un grupo de baile es totalmente conformista.
GÓTICA: Sí. Yo no acepto bailar siguiendo reglas.
NIÑO GÓTICO: Yo paso también. Soy el mayor inconformista de todos.
GÓTICO ALTO: Yo soy tan inconformista que os voy a llevar la contraria hasta a vosotros. Vale. Me apunto.
STAN: ¡Genial!
GÓTICA: Guao. Creo que nos hemos mantenido en nuestro sitio.
GÓTICO DEL FLEQUILLO: Sí. Nuestro goticismo está intacto.

Ha sido complicado de traducir. Sobre todo el final.

HENRIETTA: Whoa. I think we just got put in our place.
RED GOTH: Yeah. We just got Goth-served.

Espero que se inicie una agria polémica acerca de mis escasas dotes de traductor, porque lo último podría ser justo lo contrario de lo que yo pongo: Literal, sería: “Nos han retado en nuestra goticidad”. El capítulo va de retos. Si queréis bajarlo, aquí.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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21 Noviembre 2006

Los blancos se leen más que los negros.

Hay mucho racismo en la red, y todo blog con fondo negro es automáticamente descartado por el lector debido a la dificultad que ocasiona leerlo. Comprobado, ¿eh? Especialmente con el formato de la coctelera, que apenas destaca las letras y, si lees con luz natural, no ves absolutamente nada más que un borrón de hormiguero. No me parece mal que mi bitácora sea más visitada por sonámbulos adoradores de la luz eléctrica, pero al fin y al cabo yo quiero que me lean, que tengo pretensiones de publicar, ganar el Nébula, el premio Minotauro, el UPC, el Pablo Rido, ser encumbrado como la nueva promesa de la literatura fantástica española y puesto a caldo por las asociaciones de padres católicos por incitar a sus retoños a convertirse a la religión politeísta, hacerse siniestros, cardarse el pelo y pintarse la cara a lo Eric Raven.

-------------------------Fotografía de Eastsidefreak-------------------------

Estoy trabajando en la plantilla, porque yo quiero fondo negro, gótico, oscuro y atormentado, como la imagen de la señorita de arriba, a juego con mi novela —clavadita a uno de mis personajes, que ya conoceréis—. Pero hasta que solucione el problema de la visibilidad, os pongo el fondo blanco, xenófobos lectores. Habráse visto. A estas alturas del siglo XXI...

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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1 Octubre 2006

Politeísmos Original Soundtrack ©. Parte I.

He empezado a corregir.

Y como está todo de culo y yo soy más estricto que ningún escritor que exista sobre la faz de la tierra, tengo mucho trabajo. Me niego a que aparezca una expresión más de tres veces en todo el libro. Nada. Ni una. No se puede repetir ni una puta preposición. Faltaría.

Así que voy buscando lo que me parece que empleo demasiado (verbigracia, adverbios en –mente) con la herramienta del word y voy eliminando rebuznancias y reiteraciones. Tengo como para quince días de corrección, y cuando termine consideraré que ha quedado mucho peor, regresaré a la versión antigua y todos tan contentos.

Así que me aburro.

Puesto que me aburro, sólo tengo una misión en la vida: aburriros a vosotros también. Por eso os voy a hablar un poco de música, por joder. Naturalmente, como todos podréis imaginar, si he hecho una novela de gotiqueces, he escrito con los últimos éxitos de Los Panchos para inspirarme y, cuando me hartaba, con Britney Spears y los temas más cañeros de Chenoa. Puesto que no sé si estáis preparados para escuchar los mejores éxitos de los Hombres G, bajo cuya elevada visión musical produje gran parte de mi libro, aquí tenéis otra lista alternativa.


Ojo: no serán todo siniestreces. Lo digo para los neófitos en la Oscuridad que buscan listas de “grupos góticos” para definir sus gustos musicales y quedar de guays ante sus amigos. Escribí con siniestreo bueno, con siniestreo malo y con cosas que ni de lejos son siniestreo. Lo que no es gótico, por si las dudas, es...

Mejor no lo digo. Os jodéis y adivináis. Anda que no me pondría a mí ver a un siniestro con la camiseta de grupos tan góticos como... qué sé yo: Bush, Hedningarga o Placebo. Me reiría un huevo y pensaría: “Mira, este capullo ha entrado en mi página”. Luego le pediría un autógrafo. Porque entrar en mi página es todo un acontecimiento.

Comencé a escribir la novela con un tema sobadiiiiísimo: Sister of Mercy - No time to cry.

No es de las mejores de los Sisters, a los que siempre aclamaré como mi grupo favorito —aunque dejara de serlo hace mucho tiempo—, y a Eldritch como una de las voces más acojonantes de la escena y el mayor capullo del planeta —eso sigo pensándolo—. Más bien es de las peores. Prefiero con mucho Dominion, Temple of Love o This Corrosion, y escribí toda la primera escena sonando el recopilatorio una y otra vez, así que cualquiera valdría. Me quedo con ésta porque es lenta y reiterativa, y el comienzo del texto, como todos sabemos, es un despliegue de acción, rotura de cristales, estallidos de coches y entradas triunfales de tipos con ametralladoras. (Para todos los lectores que no saben de qué va mi novela, empieza con un tío leyendo un libro.) También valdría More, pero la letra es AÚN más tonta. El vídeo que os he vinculado es una macarrada donde Eldritch nos ilustra acerca del poco sentido del ridículo que se puede llegar a tener, lo mal que le pueden quedar a un tío unas gafas de sol y cómo es posible ser un hortera a pesar de vestir entero de negro y no con camisas hawaianas, y también nos sirve de ejemplo de lo cutre que suena una canción cuando parece grabada con el móvil.

Lo siguiente, que pone banda sonora al sexo de dos personajes y tal —mmm, pensaréis. Sí, sexo, sexo, desde la primera página, claro que sí, todo el mundo follando como micos—, tenía que ser, por supuesto, una versión del Tainted Love. Elegí los Skinny Puppy, aunque son todas iguales. Sin embargo, a pesar de que he dicho eso porque tengo una imagen que cuidar, no he encontrado vínculo de los tíos industriales del cachorrito escuálido, y las otras versiones del Tainted Love son una bazofia y no las trago ni en pintura. Si queréis oír la que os digo bajadla. Y ya sabéis, es para propósitos educativos —Skinny Puppy es muy educativo— y si no la borráis de vuestro disco duro en menos de veinticuatro horas vendrá la SGAE y os dará unos azotes. Si no os pone la perspectiva, sed legales. Si os va el sadomaso, pues nada, a delinquir.

[Nota: encontré la forma de subirla sin vídeo, así que aquí la tenéis. Tarda en cargarse, ponedla en pause. Y por cierto, NO es de Skinny Puppy. Es de Deathline International, álbum Zarathustra... ya sabéis los problemas que tiene bajar música de la mula...]

Salen nuestros personajes del local —sí, tenían sexo en un lugar público, qué vergüenza, no hay moral ni decencia ni buenas costumbres— y yo escribo escuchando una gran canción de un mal grupo.

No es nada personal, pero no trago los maullidos de gato del Dani Mierda —traducción estricta de Danny Filth—, aunque esta canción sigue siendo la polla. Claro, es MAZO de siniestra. A mí que me registren. Echadle un vistazo al vídeo: los mechones rosas del teclista son la cosa más gótica que he visto en años, y el tío del hacha es mi ídolo desde que era pequeño; intenté parecerme a él dejándome barba, pero no obtuve esos resultados tan chulos, así que me dediqué a pelármela tranquilamente con la piba del vídeo, Blancanieves ataviada con un collar a la moda del año cero, modelo Corona de Jesucristo en el Calvario. Mirando bien a la señorita dejó de ponerme porque lleva pintalabios negro, y si os habéis enrollado alguna vez con una gótica coincidiréis conmigo en que ese maquillaje sabe a puta mierda y dan ganas de decirle a la niña que haga el favor de ir a cara lavada, que para el sexo es un asco y te deja cierta zona de la anatomía con churretes que no salen ni con estropajo y... mejor lo dejamos aquí.

Continua el emocionante periplo de mis personajes, y suceden cosas de una profundidad apabullante, tales como que un tío va a buscar a unas niñas al instituto. Escribí con Echo & the Bunnymen - People are strange.

Esta canción me descojona. Sí, ya sé que es de una peli de vampiros ochenteros y brujahs —como podéis observar en el vídeo, cacho cutre de Jóvenes ocultos, o lo podríais hacer si no se hubiera caído, me cago en la puta— y una versión de los Doors. ¿Y? A mí me parte; no puedo evitarlo. La letra es divertidísima: “La gente es extraña cuando tú eres extraño, las caras son feas cuando estás solo...”

¿Qué puede oír una niña gótica como el personaje de Verónica en los cascos? ¿Escuchará acaso a los Cure? ¿A Lacrimosa? ¿A Depeche? ¿Oirá tal vez a Joy Division? ¿O le gustará Bauhaus? ¡SÍ! ¡Lo habéis adivinado! Verónica escucha Marilyn Manson - Coma white.


Coma white
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Bueno, el Manson es un payaso y todos lo sabemos, y sólo verle produce vergüenza ajena. Pero he aquí un detalle de enorme inteligencia —tiene que tenerla para lo que se ha forrado—. Cuando tuvo lugar la matanza famosa de chavales en el instituto Columbine, hicieron entrevistas a cantantes para que salieran soltando majaderías de qué les dirían ellos a esos chicos que están tan desesperados. Los superstars fueron diciendo sus chorradas sin trascendencia, y pidieron la paz mundial como las supermodelos en los concursos. Manson no. Cuando le preguntaron qué les diría a esos chicos, respondió: “No les diría nada. Escucharía lo que ellos tienen que decir”.

Hale, pasaos la noche en vela pensando quién es el payaso y quién no.

(Por otra parte, sus canciones son ñoñas, tontas y memas, y debería buscarse un buen estilista, aunque lo suyo no tiene arreglo.)


En cuanto Verónica apaga la música, empecé a escribir con otra canción graciosa y divertida, con la que acabé el capítulo: Jesus and Mary Chain - Cracking up. No está en youtube —yo intento ser legal pero no me dejan— así que podéis bajarla aquí. Atención a la letra: “Soy un monstruo, dicen que estoy incompleto”; y eso con una musiquilla que dan ganas de ir bailando por la calle chascando pitos y haciendo zapateados. Es la cosa más alegre —dentro de lo torturada que debe ser cualquier canción siniestrilla, claro— que os podáis echar a la cara.

[Y... añadida también. Esta SÍ sé con total seguridad de quién es.]

Comienza el segundo episodio y ocurre lo que todos estábais esperando: que empieza con Hurt, balada casi a capella, que si no prestas atención a la letra es una ñoñada y una nana para quedarse frito, y si prestas atención a la letra te entra la risa, pero si tienes quince años te pones a jugar con cuchillas, que es muy siniestro. Aunque NIN no es gótico, como nos informa la Inciclopedia en su décima norma de la Guía Rápida para ser un Buen Oscuro:

“Compra o bájate las discografías enteras de las siguientes bandas: Marilyn Manson, HIM, Rammstein, Evanescence, Nine Inch Nails. No es necesario que te gusten, pero sí que conozcas cada canción de memoria. Tú eres el mejor gótico y solo escuchas lo mejor, aun sabiendo que ninguno de los citados grupos es gótico, pero ellos, como bien sabes y al igual que tú, son unos incomprendidos”. Chapeau. Pero a mí Rammstein y NIN me gustan, qué le vamos a hacer, detenedme si os ofende. Así que, a pesar de que se me escape el cinismo a chorros, esta canción es MUY buena y se me ponen los pelos de punta con la letra.

En el vídeo que os he pegado no sé qué pintan los muñecos manga, aunque ya conocéis a los friquis: dadles un ordenador y echaos a temblar. Desapareció un enlace mucho menos cargante, con una piba que no dejaba de fumar y de fumar. No, no hay vídeo oficial en youtube de la versión buena. De conciertos, las que queráis, pero ya andaba más talludito el Reznor y con la voz bastante estropeada, así que os coméis el anime fansubeado de Trigun, que por otro lado es una serie steam-punk inspirada en el salvaje oeste americano (wikipedia dixit). Toma ya. Os traduzco la canción porque me apetece y porque me gusta torturar a mis lectores:

Nine Inch Nails - Hurt
Hoy he vuelto a hacerme daño / a ver si aún soy capaz de sentir algo. / Me he centrado en el dolor, / la única cosa real que existe. / La aguja abre el agujero: / el viejo y familiar tormento. / Trato de mantenerlo alejado / pero lo recuerdo todo.

ESTRIBILLO

¿En qué me he convertido, / mi más querido amigo?

Toda la gente que he conocido / acaba marchándose.

Pudiste quedarte con todo / mi sucio imperio.

Yo te haré caer.
Yo te haré daño.

Llevo esta corona de mierda / y me siento en mi trono de mentiras / repleto de pensamientos rotos / que no puedo reparar. / Bajo la mancha del tiempo / el sentimiento desaparece. / Tú eres otra persona / y yo sigo siendo el mismo.

REPITE ESTRIBILLO

Si pudiera empezar otra vez / a un millón de kilómetros de distancia / Protegería mi interior / y encontraría mi propio camino.

Vaaaale, es de lo más gótica —aunque no sea gótica— y habla de heroína, y traducir siempre es un espanto. ¿Y qué? Me mola, me parece muy sincera y destrozada. No me sugiere un niñito jugando al tres en raya con cuchillas en sus antebrazos. Me parece un dolor real, puro y simple, desde el propio título. Y eso lo respeto. Al parecer el Reznor dudó si meterla en su disco porque era muy personal, y luego se cayó de culo cuando se enteró de que era la preferida de las strippers para desnudarse al ritmo en los putiferios. Cosas de la vida.

Johnny Cash la versionó con buen gusto y voz cascada de anciano derrotado. No es mala, pero prefiero el original. Creo que le pega una voz triste y agotada, pero joven, incluso adolescente (torturado, siempre). Hace poco vi que habían cogido la de Cash para un anuncio de zapatillas. Ya sabéis, con nike hay menos "Hurt". No comments.

Escuchando Hurt de NIN escribí hasta el final de la escena de la ducha del segundo capítulo. Para mis lectores ávidos, aclaro que la escena de la ducha no es erótico-festiva, sino la forma más trágica, rápida y efectiva de mostrar en pocas líneas a un personaje machacado que he leído en mi vida.

La siguiente escena está con una canción bastante típica que no merece mayores comentarios: Paradise lost- Say just words. El vídeo (cómo hacer algo decente con recursos cutres) a mí me mola, pero yo estoy enfermo: no me hagáis ni puñetero caso.

Cuando los personajes salen a la calle desde el oscuro lugar en el que se encontraban —un bar de tapas asturiano, TEMBLAD, MALDITOS— y se dirigen al Retiro entra algo más electrónico, ruidoso y desagradable: Skinny puppy - Tormentor. Os pegaría el vídeo, pero es un directo, suena mal y me da demasiada vergüenza la pinta del pájaro. Mejor os bajáis el mp3.

[O lo oís aquí, claro. No, no hay dudas tampoco; tengo el disco.]

Nuestros héroes, tras diversas peripecias de tipo religioso al ritmo estrangulado del perrito flaco, se sientan en el banco y yo empiezo a escribir con Katatonia - Ghost of the sun.

Por fin un buen vídeo, por cierto. Qué despliegue de medios. [Nota: hasta la polla de youtube. Desapareció el vídeo. Se trataba tan sólo de la canción con la portada del disco fija, así que no salimos perdiendo gran cosa. Pinchad en goear y nos quedamos igual.] En el momento en que Álex empieza a citar una fábula de Esopo (¿QUÉ?, diréis) y se pone místico antes de marcharse, cambié de canción y escribí con Oomph! - Kontrollverlust, que es también lo que se pone en los cascos porque ésta la clase de música que le mola al lobo feroz cuando no escucha Schubert o ruido de taladradoras.

En la parte dura del estribillo pulsa el play y el volumen de la música subiría de golpe en la película —sí, qué pasa, diseño hasta la OST de la peli—. Se da de bruces con las niñas, ésas que todos conocéis, queridos lectores, y yo pasé a escuchar London After Midnight - The Black Cat.

Coincidiendo con el momento en que el lobo se mete en su cuarto, me puse a oír a Amber Asylum - The song of the spider war. Sudaréis sangre para bajarla porque sólo tiene una fuente.

Y ya que andábamos con arañas, mientras los personajes aderezan su conversación chamánica con litros y litros de alcohol, escuchamos una de las mejores canciones de The Cure.

Sí. Lullaby, que ocasiona ataques epilépticos y catatonias varias a los que somos marvel-zombies cuando nos empieza a hablar de su coco personal: spider-man. Pero no, no se refiere al aventurero enmascarado, sino al hombre del saco con patas de alambre que se come a los niños malos. Y la canción es buena, está de puta madre escrita, y si es repetitiva es porque se llama NANA: “On candy stripe legs the spider-man comes / softly through the shadow of the evening sun / stealing past the windows of the blissfully dead / looking for the victim shivering in bed / searching out fear in the gathering gloom and / suddenly! /a movement in the corner of the room!...” ¡Patas rayadas como bastones de caramelo! ¿Quién no ha pensado en eso cuando se ha encontrado con una tarántula en su colchón? Mola un huevo. El vídeo es de coña, limitáos a escuchar. Aunque me gusta el pijama de rayas en combinación con el peinado y el pintalabios, y la vagina de peluche siempre me ha atormentado.

Y hasta aquí, la banda sonora de los tres primeros capítulos. Mañana, más.

Arf. Es muy difícil contaros la música que empleé para escribir sin hacer spoilers, es decir, sin contar absolutamente nada de lo que pasa. Os tendréis que estar llevando la impresión de que en mi novela no sucede NADA.

¿Estaréis en lo cierto? Para averiguarlo... COMPRADLA CUANDO SALGA, CABRONES, QUE EL AUTOR TAMBIÉN TIENE QUE COMER.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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10 Septiembre 2006

El Phobia ha muerto. Viva el Phobia.

Llevo un tiempo en mi asteroide B612, acompañado tan sólo por una rosa y un baobab, y encima el último post fue una puta mierda reciclada de cuando tenía dieciocho años. Qué tomadura de pelo. Tenéis todo el derecho del mundo a dejar de pasearos por aquí —he visto cómo descendían brutalmente las visitas—: me está pero que muy bien empleado. Por listo. Por chulo. Por gilipollas. Por bocas.

¿Qué? ¿Que no sea tan duro? Perdonadme, no estaba pensando en mí —para variar—. Estoy recordando los sucesos que tuvieron lugar ayer, sábado 9 de septiembre de 2006, último día del Phobia.

El Phobia, para los que no sean madrileños ni siniestros ni combinación de ambos, es un mítico garito gótico que hay por Chueca. En la calle San Marcos, para ser exactos. O San Mateo. Siempre me lío porque son paralelas. Lleva abierto, por lo menos, desde que yo tenía dieciocho años. Y ha llovido, creedme. Mucho, recio y torrencialmente. Ha llovido sin parar. Han sido diez años de lluvia de la que te empapa todas las alegrías y te deja hecho una sopa.

En aquellos maravillosos años de mi cándida pubertad, cuando afeitarse todavía hacía ilusión y el onanismo ocupaba el 95% de las actividades diarias —solamente: qué vergüenza—, cuando mi persona hacía el ridículo como todo hijo de vecino exhibiendo su adolescencia ególatra y soberbia —ahora oculto de todas las miradas los restos de mi juventud ególatra y soberbia—, el Phobia abría hasta las siete de la mañana. La pared era amarillo pis, el aroma de los baños armonizaba con los muros, había unas lanas de algodón absurdas que colgaban de las esquinas imitando telarañas —en reñida competición con las auténticas— y unos murciélagos de papel charol negro cuyos malvados ojos, de oscuro brillo plateado reluciente, mostraban sin pudor el material obsceno del que estaban hechos. Sí: eran chinchetas. Tremendo.

Yo iba al Heaven de cuando en cuando a merendar góticas y a huir de los góticos que querían merendarme. Yo iba al Dark Hole a contemplar la diversidad de la fauna en su biotopo específico —especies en peligro de extinción: el sacerdote de las puñetas de encaje con un corazón de cerdo en la mano; el jovencito siniestro adorador de los recortables, con una línea de puntos y tijerita tatuada en el cuello, en las muñecas y no quiero saber en qué otras zonas de su anatomía; el pollo de la cresta que no envidiaba en nada el elegante corte de racimo de plátanos de Vegeta y que siempre se pegaba contra el dintel de la puerta; las chicas embutidas en escuetos trajes de dómina de sadomaso que provocaban profundas meditaciones acerca de la vida a mi inocente persona (¿Cómo habrán llegado hasta el garito vestidas así? ¿Cómo se marcharán hasta su casa? ¿Me aceptarán en el maletero del coche?); el de la máscara de gas, siempre en la misma esquina, levantando mis sospechas de que dentro hubiera un muñeco de papel maché o un cadáver muerto por la asfixia; la caterva marilynmansoniana en tacones; los modies altivos y desdeñosos del mundo; los satanismos entrañables e incipientes, dignos de vapuleo cariñoso y paternal del que salta un par de dientes; las princesas medievales, los decadentes decimonónicos y sus amores turbios y torturados; los vampiros y vampiresas sedientos de esperma...; la pirámide trófica de la vida, joder. Hasta se me saltan las lágrimas emotivas—. Lo cierto es que yo salía mucho más por el Heaven y por el Dark, porque no me cobraban la entrada y eso me hacía sentirme Uno de los Elegidos. Pero mi corazón siempre estuvo en el Phobia.

El Heaven lo cerraron. El Dark Hole me han dicho que también.

Y ahora le toca al Phobia.

Era el único bastión de normalidad en la escena. Podías sentarte en la barra y escuchar música tranquilamente sin que te reventaran los timpanos. Podías hablar con los amigos. Podías observar el siniestro paisaje y echarte unas risas.

En el año 2000, creo, el Phobia estaba en la plenitud de su crecimiento y poderío. Hicieron obras: pintaron el pis con un decorado mural de tumbas fosforitas y ángeles oscuros, también fosforitos, pero oscuros, claro. Creo que alargaron la barra. En la primera arcada de yeso, junto a la cabina del pincha, pusieron una lápida de granito con sus flores y sus letras. Una niña gótica me informó de la envidia que le daba tal decoración y de sus íntimos deseos de dormir en un ataúd, o de poner una laja fúnebre a la cabecera de la cama, no lo recuerdo. Lo que sí sé es que deseaba que la lápida tuviera forma oval, como en el Phobia, como en las películas. Traté en vano de ilustrarla con mis superiores conocimientos en la materia diciéndole que en los cementerios las estelas de granito no suelen tener la forma redondeada del extremo de los polos de limón, sino que consisten en cruces, grandes, gordas, pesadas y feas. No, no pude follármela, y mira que lo intenté. Debía de darle sólo a la necrofilia, y yo no estaba dispuesto a realizar ese acto romántico de entrega por ella. No estaba tan buena.

Pasaron los años, todos distintos y todos iguales, como chuchos de la misma raza. Hubo años caniches, ridículos y tristes; años mansos de cocker spaniel; años furiosos, vesánicos y desatados como dóbermans —pero como dóbermans locos, no como los míos—. Yo crecí. Me dejé perilla. Me la quité. Me dejé el pelo largo. Me rapé. Me lo dejé corto. Me volví a rapar. Me lo volví a dejar largo. Admito con rubor que hasta me teñí como un soplapollas. Sólo me faltó hacerme coletitas. Me cansé de la escena: las góticas dejaron de ponerme y los góticos de hacerme gracia. Los murciélagos permanecían, mirándolo todo desde la hondura infernal de sus chinchetas.

Hace seis meses, cuando empecé a escribir Politeísmos, abandoné el Phobia. No era para menos: estaba haciendo una novela de fantasía, de chamanismo totémico, ambientada en el Madrid siniestro que recordaba de días felices, candorosos y blancos —perdón: negros, muy negros—. No podía, no quería volver allí. El Phobia cada vez estaba más vacío, debido a conspiraciones judeomasónicas y, tal vez, a la apertura cercana de un local más pijo y elevado para góticos de caché y de pelas, entrada ocho euros y me temo que SIN copa, pero con chupito —cielos, qué generosidad—, cuyo Nombre No Debe Ser Pronunciado, así que no lo pronuncio, porque me jode mazo que el Phobia cayera por su culpa y paso de hacerle publicidad.

Yo deseaba recordar el Phobia de la edad triunfante. El Phobia que existía con mis crujientes veintidós años.

Regresé el viernes a celebrar el final de la novela, a sentarme en la banqueta del lobo feroz, a brindar por la publicación, a volver a mi rutina contemplativa del gotiqueo con ojos más limpios, más viejos y menos cínicos, ahora soñadores e ilusos: para mí el Phobia ya no era un lugar real, sino ficticio. Allí habían sucedido capítulos enteros de mi novela. Podía... podía, de alguna forma, encontrarme a un personaje. Aunque fuera de lejos. Les pasa a los mejores. Y a los peores, también: mirad a Gaiman que se dio de morros con Muerte.

Llegué al Phobia y me pusieron Nirvana. Me explotó la cabeza para hacer juego con la de Kurt Kobain. Ya sabía que los dos buenos pinchas del local habían volado no mucho después del derrumbamiento del cuarto oscuro —sí, se cayó a pedazos el techo, un bafle, escombros y lo que se terció—, pero no esperaba una noche en compañía del joven de la cabeza reventada, ni de More than a feeling, ni de Moonlight shadow, contra la que no tengo nada excepto que AHÍ no. La puntilla fue cuando sonaron los capullos integrales de Eurovisión y su hard rock aleluya, y no me molesto en escribirlo como corresponda. En ese momento te entran ganas de levantarte y echar de la cabina a patadas al jovencito que la ocupaba, incapaz de comprender qué local estaba cerrando esa noche y qué clase de cosas son adecuadas para esa circunstancia. Lo más gótico de la noche fue el Beautiful people del Manson y con eso se dice todo. Mi follamiga entrañable pidió NIN y el pincha declaró que no había ni un disco. Vale. Pero yo pedí Depeche Mode, y tampoco. Resultó que ni siquiera tenían el Songs of Faith and Devotion; me pusieron el Personal Jesus. Cuánta originalidad. Y encima tendré que darme con un canto en los dientes porque no fue el de Manson. Eso sí, cayó el Lullaby. Menos da una piedra.

Un réquiem por el Phobia...

Hablamos con el camarero. Nos informó de que era el penúltimo día del Phobia. Juré regresar el sábado. Intentó ligar con mucha elegancia con mi acompañante, citando a San Agustín. Habló de la inmortalidad del alma y de su ateísmo furioso. Habló del cristianismo del Imperio Romano. Llevaba un pentáculo cabalístico al cuello, melena y perilla. Era gallego. Me hizo gracia, pero extrañé a hombre campechano y plácido de otros tiempos, que más podrías imaginarlo detrás de la barra de un Casa Pepe que del Phobia.

Dije que cerraría el Phobia y no fue así, porque el sábado no pude ir solo y me vi arrastrado por fuerzas que no comprenderíais hasta el exterior.

La noche fue grotesca, cansina y decepcionante. Bufa. Como un chihuahua con collar de pinchos.

Creía que tenía un contacto con una editorial y resultó un chasco. No daré detalles por aquello de la privacidad, que dicen los hackers, que mola mucho más que la intimidad. La tarde fue de cartuchos de tinta y papeles que hay que sujetar para que el aparato no se los trague torcidos y se destrocen los cabezales —mi impresora es una mierda, le llevó tres horas escupir trescientas páginas—, de búsqueda desesperada de una tienda de fotocopias a las once de la noche —vivan por siempre los locutorios—, de agónica lucha para hallar un Workcenter 24 horas donde encanutillaran. Fue una noche de nervios, de miedo y de esperanza.

Y acabó en nada.

Acabó a las tres de la mañana —maldita sea, con media hora más habría cerrado el Phobia— en un local vacío que me traía demasiados recuerdos, con una mierda de música y una banqueta trágica junto a la cabina del pincha y la tumba decorativa de la barra. Me giré por última vez antes de marcharme para no volver. Ahí siempre se acodaba el personaje, bebiendo y fumando sin parar, tecleando en la barra de cuando en cuando y leyendo un libro en inglés.

He terminado la novela. El lobo no volverá a sentarse en esa banqueta.

Ni nadie más.

Parece de justicia poética, pero también me da mal fario. Acabo justo un libro que, por vez primera, ambiento con localizaciones reales, y chapan la más querida, la que más podía dolerme. El Phobia. Quiero pensar que ése no es el destino de Politeísmos. Quiero creer que no me he gafado.

Como mi móvil no tiene cámara, no pude fotografiar el sitio. Pateando internet encontré a unos guiris capullos que se tomaron fotos en el Phobia. En el Gran Phobia, el de los años de gloria.

Mi foto habría sido mejor. Mi foto hubiera mostrado la barra, el suelo con demasiadas pocas colillas y un par de pajitas de refresco. En mi foto habría habido menos luz. Se hubiera distinguido la cabina del pincha tras el vano de la lápida, y la pared amarga y blancuzca a la derecha, donde antes se apilaban hiladas de botellas. En mi foto habría habido una banqueta solitaria y vacía, tristeza y silencio.
Como no pude tomarla, os deleito con unos pringados que tapan lo que nos interesa y muestran lo que nos la pela. Les borré la cara por decoro, pero sus rostros torturados de góticos incomprendidos circulan por la red. Buscadlos si os aburrís.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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20 Julio 2006

“Consigue la tartera de tu Dios Interior”.

He estado unos días away, en mi planeta. Mis manadas de coléricos lectores deberían alegrarse por mí: mis ausencias significan que estaba escribiendo. Cosas más productivas que la bitácora.
Estoy en la página treinta y cinto, seguida, del segundo arco argumental de Politeísmos. A cachos llevaré unas cincuenta páginas. Tengo hasta el uno de agosto para acabar el libro. Luego tendré curro y falta de tiempo y angustia vital y depresión y sin baja. Me quedan unas setenta páginas. Así, a pelo. Sí, es imposible. Ya lo sé, qué me vais a contar...

Me pone muy nervioso lo de los plazos. Ya, ya sé que yo no soy profesional sino diletante, y que mis malditos plazos me los pongo yo, pero si no acabo antes de agosto la novela la habré cagado pero bien: quería dejarla reposar antes de enviarla a las editoriales en septiembre, y además tengo que buscar los dos correctores necesarios para trozos de diálogo —hay dos personajes que no, no podían ser de Valladolid, tenían que ser bonaerenses y, pese a mi estricta documentación, caballeros, YO NO SOY ARGENTINO, así que habré metido la zarpa en expresiones, que no todo es ponerles tildes a las segundas personas y los imperativos: necesito que se lo lea un porteño de pura cepa (que a nadie le joda el gentilicio, que uno es íbero y no entiende esas sutilezas). Para más inri, el prota es bilingüe, papá spanish y mamá inglesa el muy hijo de puta, y cuando se pira a London city hay conversaciones enteras, aunque breves, en inglés, y nada de inglés de manual, sino slang de UK, que el lobo feroz es jodidamente mal hablado; no sé de dónde lo habrá sacado, el cabrón. No, no se me pasó por la imaginación escribir en castellano con una apostilla que dijera: “aquí hablan en inglés”. Joder, hubiera sido el camino fácil. Y además, es divertidísimo escribir directamente en inglés: ahora entiendo a Nabokov—. Vaya pedazo de inciso diegético, que dirían los críticos literarios. Al hilo de lo que andaba comentando, que, si se han perdido mis lectores, no se imaginan lo que me he perdido yo, decía que las novelas tienen que reposar. Se las tiene que merendar el Monstruo y vomitarlas. Al menos necesitan un mes de descanso. Luego se releen, se decide que son mierda y se lanzan por la ventana.

Pues se acabó. QUIERO publicar, hostia. VOY a publicar, y pronto esta bitácora se verá asaltada por las hordas de la noche enfurecidas ante el sano cinismo de Politeísmos, los chavales empezarán a sacarse sus animales totémicos, a evangelizar a sus amiguetes y con las cajas de cereales regalarán el muñeco y la tartera de tu Dios Interior, Politeísmos ©. Y yo, mientras, me habré muerto de sobredosis de fanta de limón, que es mucho más dañina que la absenta, y encontrarán mi cadáver por el olor, semidevorado por mis perros, y lo que me parte el alma es que los sacrificarán los muy hijos de puta del ayuntamiento. ¿Qué culpa tendrán los animalitos de tener un dueño que está tan bueno, sobre todo cuando se pudre?

El otro día salí de casa. Sí, ya sé que es malo. Pero tenía que documentar, sin más excusas. Me pegué un alegrón de cojones al encontrar la calle del lobo feroz. Mirad; yo escribí que había unos chinos, un bar de bocatas y una iglesia cerca, además de un cajero de La Caixa en la esquina. Y lo escribí antes incluso de mirarlo en el callejero fotográfico de QDQ. Lo puse de forma provisional, diciéndome: “luego lo corregiré”. Pues bien, voy y me pateo Fuencarral y aparece mágicamente ante mis ojos la calle del cubil de nuestro licántropo preferido. CON TODO: hasta con una Caixa, y en la esquina, decidme cómo es posible. ¿Serendipia? La iglesia de San Ildefonso a la vuelta, chinos y farmacia al lado, un Casa Pepe enfrente y... TACHÁN: una tienda de ropa gótica. Yo me descojono. Naturalmente, no estaría en el año 2000, en que se ambienta el texto, pero no deja de tener su gracia. Así que quedan advertidos: hay un superpredador viviendo en la calle de Colón, número 4, tercer piso, con su pedazo de ventanal antiguo. Sólo le faltaba tener el cristal roto, joder. Me entraron ganas de lanzarle un cascote, por la documentación, ya sabéis.

Desde allí partí incansablemente, arrastrando a mis asombrados amigos —uno de ellos desconocía mi síndrome de Clark Kent y se quedó flipado al saber de mi identidad secreta como Superescritor nocturno y panoli por el día— hasta un garito que aparece en el texto, al que, para no hacerle publicidad, denominaremos coquetamente, como en el XIX, mediante la inicial y tres asteriscos: P***. Documenté la puerta, la entrada, las calles adyacentes, los muros donde van y vienen las hostias de los personajes y demás ternuras. Después comencé a buscar el estanco hacia el que se encaminaba el lobo en un capítulo. Unas señoritas, góticas ellas —el antro es gótico, ya informé a mis fans de que la novelita tiene siniestros dentro, así que se adjunta la bolsa como en los aviones pegada a la solapa por si a alguien le dan náuseas leyéndola— se cruzaron en nuestro camino. Se sentían muy malas, muy tenebrosas y terribles, y comprendo sinceramente su angustia vital, porque estamos en julio y Lorenzo rasca cosa mala incluso a las nueve de la noche, así que con los sudores que llevarían bajo sus licras, vinilos y botazas debían de ir cociditas y, cuando a una muchacha la rehogan como a las almejas, o se pone cachonda o se siente desgraciada y de muy mala hostia. Fue la segunda opción, qué le vamos a hacer. Mi grupo de friquis acompañantes carecía de aspiraciones góticas y yo lucía un agradable conjunto de camiseta negra y vaqueros azules —lo sé, lo siento, es que en verano el luto riguroso me acaba deshidratando y tengo prohibido bajo prescripción médica ir de siniestro en los meses de calor por mi delicada salud—, así que las dulces doncellas de la noche o putas de Satán, según prefieran, nos miraron como si fuéramos un montón de cucarachas y hasta arrugaron la nariz, introduciéndonos en el cajón de los “mundanos”, o en el de los calcetines, no lo sé. Da la casualidad de que a mí las góticas siempre me han hecho mucha gracia, y tengo una lengua larguísima, que a veces debería pillarme entre los dientes. Así que ni corto ni perezoso me planté ante las siniestrillas, que me valoraron pobremente debido a mi razonable vestimenta, y les pregunté a bocajarro que si sabían dónde había un estanco. Interpelar a una siniestra para preguntarle qué hora es, qué calle es ésta o dónde hay un estanco no parece adecuado y suele sentarles mal, porque, ya sabéis, ellas dan miedo. Y más les jode que un capullo en vaqueros les toque la moral, porque, a todo esto, olvidé mencionar que eran las nueve y los estancos en Madrid suelen cerrar a la hora en que se acuestan las gallinas, así que mi pregunta estaba, ciertamente, un par de horas fuera de lugar. La vampiresa nº1 alzó el labio, la doncella de las tinieblas nº2 enarcó las cejas y la puta del demonio nº3 replicó: “¿Pero para qué quieres un estanco?”.

Ante tanta inteligencia, admito que me quedé sin habla. Estuve a un pelo de responder: “Para documentar una novela”. A saber qué hubiera sucedido en tal caso...

La gótica continuó diciendo: “Si quieres tabaco, compra en un bar”.
Cuando se dispone de una economía tan precaria como la mía, toca los cojones que te supongan millonario y dispuesto a malgastar diez céntimos, y así se lo hice saber a la oscura niña. Sin prestarme atención, me dieron la espalda y se marcharon, meneando la cabeza como si estuviera chiflado o, peor aún, fuera un gilipollas que las hubiera entrado para ligar; como si no tuviera nada mejor que entrarles a tres góticas, joder. Que yo ya estoy viejo para montar tríos. Y las cuadrillas nunca las comprendí: me sobran cuerpos para el efecto. Veamos: una chupando al varón, otra siendo chupada por él... ¿Y la tercera? ¿Distribuyendo cariños entre las otras dos? No me interesa, lo siento.

Mientras las princesas de la noche se alejaban, yo estreché los ojos y pensé tan sólo:

“Huid, huid, malditas. No sabéis que habéis perdido la oportunidad de documentar al escritor por el que luego mojaréis las bragas”.

De ilusión también se vive.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2006

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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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