En realidad tendría que haberse llamado así mi novela —Politeísmos de Álvaro Naira, pronto a la venta en vuestras librerías—. Hoy os voy a explicar por qué no se llama Totemismos y —de nuevo— de qué trata. Para variar un poco, claro.
Como mis lectores habituales saben —y si no lo saben, aquí estoy yo para recordárselo— Politeísmos es una novela de fantasía realista que parte de la premisa de que todos llevamos un alma animal dentro: una cobaya, un suricato, una cocaburra, un ornitorrinco... ¿Qué? ¿No os mola? No jodáis, no van a ser todo animales flipados, lobos, águilas, cuervos, zorros y gatos.
[Por supuesto, en mi novela los animales son TODOS flipados. Pero coño, es literatura.]
Trata de totemismo, sí. Pero urbano, ojo. No es uno de esos libros de portada gilipollesca en azul cobalto con letras de plata de caligrafía inglesa, un lobo y una india al lado.
Es una novela que enclava la creencia totémica en el Madrid gótico del año 2000. Sí. Gótico. Esos tipos tan raros que van de negro y con botas hasta en verano. Cuando mezclas el tocino con la velocidad y un sistema religioso supuestamente primitivo con niñas que se pintan el ribete de mapache en el ojo y los labios como un pozo de alquitrán, pueden pasar dos cosas:
1. Que salga una puta mierda ilegible y paródica que provoque la risa al que lo lee.
2. Que la novela sea jodidamente original y que funcione.
He sudado sangre para que se produjera la segunda alternativa, pero no os voy a hablar de su calidad y de lo chupi que es porque eso lo tendréis que juzgar vosotros. Os voy a hablar del título.
¿Qué es el totemismo? Ahora saldrá un listo y dirá: es la religión en la cual un animal escoge y protege a una persona en las tribus no industrializadas. Y en lugar de salir el listo, salgo yo y digo: el totemismo es una entelequia. Es decir, que no existe. Se lo inventaron los antropólogos. Se impuso durante bastante tiempo la teoría de que la religión se crea a partir del animismo —ponerse a hablar con todo los que nos rodea, incluyendo piedras—, se enriquece posteriormente con el fetichismo —cansarse de esperar a que responda la piedra y pasar a adorarla y bailar la sardana ante ella—, se complica con el totemismo —los bichos son más agradecidos que las piedras: algunos mueven el rabo cuando les bailas la sardana—, se vuelve civilizada con el politeísmo —los muchos dioses que caminan a dos patas pueden bailar sardanas contigo en lugar de morderte los tobillos—, se pone caprichosa con el henoteísmo —hay un dios que baila mejor la sardana que otros, y a ése hay que hacerle más caso— y descubre la Verdad Verdadera con el monoteísmo, y si es cristiano, mejor: sólo Yahveh baila la sardana. Y existe.
Esto es una gilipollez. Lo de la evolución religiosa: lo de la sardana es muy serio.
Todo evolucionismo es decimonónico, trasnochado e imperialista. Siempre que alguien os venda que las cosas cambian para mejorar, desconfiad: yo veo por debajo del papel impreso de esas historias al hombre blanco, firmemente montado a horcajadas en su progreso, clavándole las espuelas, cabalgando al galope y dispuesto a meterle un misil Tomahawk entre las cejas a los indios, los búfalos y las creencias “primitivas”. Aparte, si hay algún antropólogo en la sala explicará esto mucho mejor que yo: las religiones nunca son tan simples como lo es la plantilla que usamos para estudiarlas. No encajan cuando la ponemos encima.
No se puede valorar una religión de forma superior a la de al lado. No se pueden medir su antigüedad o su pureza. No sale una de otra ni desemboca como los ríos. La peña no deja de ponerse hasta el culo de ayahuasca de pronto y pasa a comer hostias a bocados —podrían mojarlas en la ayahuasca para darles saborcillo—. No aparece Cristo y le pisa los cataplines a Zeus, aunque sería divertido y seguro que Zeus lo hubiera preferido. Aunque somos todos muy civilizados, no paramos de rendir culto a los antepasados, que no son más que un fémur roñoso y medio kilo de polvo al que se la fuma que le des una corona de flores o te mees en su calavera.
No hay ninguna religión pura, y por eso no existe el totemismo.
¿Os pongo un ejemplo?
Vamos a estudiar las creencias de un cristiano estándar de nivel cultural medio:
1. Le reza a Dios —sólo cuando no le llegan las pelas para pagar la hipoteca—: una divinidad única y creadora: monoteísmo (no entro en la trinidad, que esto no es un seminario de teología). 2. Para que el nene apruebe un examen, nuestro cristiano le pone una velita a un santo. Hay muchos y cada uno se ocupa de una parcela de la realidad, igual que los dioses griegos: politeísmo. 3. Se la pone en especial a San Judas Tadeo, abogado de las causas difíciles y desesperadas —es que el nene no le estudia—. San Judas es muy milagroso, tiene el mantón más bonito y las estrellas más doradas que el santo del barrio de al lado y eso trae como consecuencia que cumple los deseos mucho más rápido: henoteísmo. 4. Nuestro individuo cristiano estándar lleva en el monedero una piedra de jaspe que trae suerte. No se lo toma muy en serio, pero nunca sale a la calle sin su piedra: fetichismo. 5. El día de todos los santos le compra un ramo de flores a su padre y habla con la lápida como si le escuchara: animismo. 6. Su signo del zodíaco es Cáncer y, aunque no cree en “esas cosas”, se lee todas las semanas la columna del horóscopo de la revista Hola, a ver qué le va a pasar bajo la protección del cangrejo del cielo: totemismo.
Vale. Nuestro cristiano estándar es gilipollas, y además, hipócrita. No os he descubierto nada nuevo.
Lo mismo para el totemismo. No hay en todo el planeta una sola cultura que haya creado una religión a partir de los animales protectores y sólo con ellos. El totemismo es un sistema que calza muchas mesas para que no se tambaleen. Hay totemismo entre los cristianos. Hay totemismo entre los scouts, que llaman a los chavales “lobatos” y se cortan a su medida el traje que nos cosió Kipling. Hay totemismo entre los niujeros, que tienen los cojones de pensar que un animalito se va a ocupar sólo de ellos y de que sean felices y prósperos mientras adoran a Gaia—una tierra gorda y sonriente que nos cuida, como si no estuviera hasta los huevos de soportar nuestro ínfimo peso y nuestras descomunales ínfulas—. Hay totemismo en China con el buey, y en la India no os quiero contar con la vaca. Hay totemismo en México: el nagualismo. Hay totemismo en Australia. Hay totemismo hasta debajo de mi alfombra, pero un tótem, en origen, sólo es un poste de madera algonquino con bichos que señala un parentesco lejano con una nutria, una marmota o un perrillo de las praderas que preñó a tu tatarabuela, una organización de clan y tribu —el tótem no te protege sólo a ti, capullo, ¿o qué te creías? Protege a la comunidad. Faltaría— y un tabú de matar y comerse a determinado bicho y follarse a una persona que esté protegida por el mismo. Eso es el totemismo.
Naturalmente, mi novela no trata de eso. Por ello no la llamé Totemismos.
Hasta ahí, de acuerdo. Mis personajes creen en divinidades animales, a secas. Vamos a quitarle la purpurina al puto horóscopo de los “animales de poder” y hablamos. Porque la mayoría de mis lectores puede que piense que en Politeísmos los personajes llevan animales dentro, los sacan a pasear con correa etérea, son brillantes, espectrales, azulinos, opalescentes, intangibles, bellísimos y dejan a su paso una estela espumosa como las estrellas fugaces y los tapones del champán. (Vid. vídeo inferior: sé de un personaje mío que si lo hubiera llegado a ver todavía se estaría riendo).
Ya. No te jode. Y de paso los personajes —prepúberes con peinados puntiagudos de colores exóticos, ojos descomunales y piernas que les llegan a las axilas— coleccionan almas animales, como los pokemon, las entrenan y pelean con ellas, después de ponerse un pijama de satén que parece de forofo del Barça, muy confortable para pegar saltos entre los edificios de Manhattan y luchar contra el crimen organizado y otros tipos en leotardos.
NO. NOOOOOOOOO. (Pronúnciese el no con tono de Luke Skywalker cuando se entera de que Vader es papá).
Fantasía realista, lectores míos. Aunque en mi libro sucedan un montón de cosas sobrenaturales... no sucede nada sobrenatural. Y como si sigo por aquí reviento mi novela, lo dejo y paso a otra cosa mariposa y regreso al tema previo: el tótem. El animal de poder
El personaje de Álex cree que es un lobo. No le protege un lobo, no ha nacido bajo el signo del lobo, los lobos no acuden a su aullido, no se transforma en lobo con la luna llena, no devora jovencitas, no tiene un olfato especialmente desarrollado, no caza con las manos desnudas, no se disfraza con una piel de lobo y baila al son de los tambores la danza de la lluvia (y la sardana), no canta el uka-luka-lula como los ewoks, no hace magia, no pronuncia conjuros flipados, no le rinde culto a nadie y si alguien se atreve a llamarlo “maestro”, “gurú” o “guía espiritual” es posible que acabe de ingrediente principal de un plato de huevos estrellados con patatas. Álex es un lobo. Simplemente. Es un lobo que lleva puesto un traje de chaval de veintiséis años con sobretodo de cuero y botas New Rock —es que su carcasa es un poco macarra—. Ahora bien, cada gesto, cada comportamiento, cada actitud del personaje es de lobo. Juega a la intimidación, chasca los dientes, caza, se mueve en posiciones jerárquicas de manada, actúa según su naturaleza, siempre. Es un lobo vestido de humano. (De humano siniestro, qué le vamos a hacer.)
¿Y qué hace este tío, este lobo que camina a dos piernas?
Vivir. Simplemente.
Los personajes, todos, están creados a partir de su animal. No tenéis ni puta idea del curro que es eso. Me atrevo a decir que ahora mismo sé más de etología que muchos biólogos. Estoy trabajando en un test flipado para sacar el animal interior de todos mis lectores, y tardo semanas, meses y años porque no ando haciendo un horóscopo, sino un desguace de piezas de comportamiento animal y de cómo sería cada bicho si anduviera con pinta humana. No es fácil.
Y eso es mi novela.
Ahora bien: el totemismo no existe como religión desarrollada en el mundo real; os lo he dicho. Sin embargo, en Politeísmos funciona. Es una religión compleja, que tiene sus mitos, su escatología y su meta. La meta es, siempre, acabar con el hombre. Uno a uno. Hasta que no quede nadie pudriendo el planeta y produciendo kilo y medio de basura al día. Digámoslo con ternura:
En profano: “Salva el planeta: suicídate”.Lástima que ese slogan no sea mío, sino de una secta. Es lo que late bajo Politeísmos. Sin ñoñerías de Nueva Era. Sin bobadas. Sin estupideces. Sin galletas de jengibre y conjuros con velas, lacitos y sal gorda. Yo soy ecologista, mi novela lo es. Hasta la náusea. Pero sin llantos ni desgarramiento de vestiduras. Con simpleza y contundencia. El ser humano es mierda: vosotros y yo. El ser humano da asco, con su cerebro hipertrofiado, su cara estúpida de cachorro de mono, sus patas absurdas y colgantes como tentáculos fofos, su pulgar oponible que siempre necesita sujetar algo, su carne flácida, aceitosa y resbaladiza, sin una áspera mata de pelo encima, sus uñas planas e inútiles que no pueden matar ni cucarachas, sus dientes diminutos y ridículos, su pelvis inservible, mal puesta por culpa de caminar derechos, que hace que la hembra sapiens sea la única criatura que pare con dolor de la tierra. Inútiles desde la cuna: ni nacer sabemos. Inútiles hasta la tumba: para morir montamos cada espectáculo... Y en el lapso, como nos damos vergüenza, nos cubrimos con trapos para no mirarnos.
Eso es el hombre. El único animal que nunca sabe lo que tiene que hacer, porque carece de instinto. Y siempre mete la zarpa. Hasta el fondo.
¿Por qué no titulé mi novela Totemismos, si trata de animales interiores? ¿Por qué Politeísmos?
Politeísmo sólo significa “muchos dioses”. Antropomórficos por lo general, grecorromanos por costumbre, con sus dos patitas, su melena al viento, su vestido blanco y hasta el culo de esteroides, con los músculos inflados bien recubiertos de aceite de oliva —por eso brillan—. PERO obsérvese el plural: no hablo de un politeísmo. Hablo de muchos. Hablo de todos. Hablo de todas las creencias en pluralidad de divinidades. Hablo de la creencia en sí, que es lo que valida a los dioses. Ya lo dije en otro post: La realidad es una cuestión de grado y está sobrevalorada. Zeus existió hasta que se extinguió su culto. Aquiles es más real que el marqués de la Ensenada.
Si tú crees en algo, ese algo es real para ti.
Todos los animales son bellos. Todos son perfectos. Desde el ratón de campo hasta el tigre de Bengala. ¿No sería increíble pensar que muchos llevamos uno dentro?
Como dice el personaje de Verónica: “Si no es real, merecería serlo”.
Brevísimas noticias: la editorial misteriosa, cuyo nombre no conoceréis hasta que tenga el sí o el no definitivos, ha chapado sus puertas hasta el uno de septiembre. No trabajan ni los becarios —así que podéis deducir que no se trata de una editorial muy grande—. Y yo me he quedado sin saber si mi libro —Politeísmos de Álvaro Naira, me repito para que se os quede en el subconsciente y para que aumente el ranking— saldrá en esta editorial en enero o febrero (o marzo, o abril) o si sucederán cosas muy extrañas que impedirán que tengáis mi novela en vuestras manos el año que viene. Hasta el uno de septiembre no desempolvarán el manuscrito, y yo he dejado de hacer envíos a otras porque ésta pinta francamente bien. Espero. Deseo.
(Si os preguntáis por qué escribo tan poco, es por el calor. Se me fusionan los dedos al teclado, el culo a la silla, el ordenador suda y pringa. O soy yo. Un día de estos voy a poner un par de cubiteras bajo la mesa para meter las patas. Detesto el verano.)
Así que sólo queda aguardar pacientemente y seguir retorciendo el tema hasta el agotamiento y la náusea. Tenemos un mes por delante, durante el cual muchos de vosotros os iréis de vacatas y no os pasaréis por aquí porque cocerse como un langostino bajo un sol cancerígeno y chapotear en el agua meada es mucho más entretenido que leerme. Para los pocos que consideréis que las vacaciones saben mejor en cualquier lugar que no sea el caldito mediterráneo y en cualquier época que no sea agosto, aquí seguimos. Desde el faro, siempre.
Politeísmos es una novela de fantasía realista, urbana, sucia y contundente, con una mitología elaborada de tipo chamánico, que da una vuelta de tuerca al tópico de los licántropos. La acción se desarrolla en el Madrid de finales del siglo XX y mezcla el realismo cotidiano con la fantasía desbocada, introduciendo los elementos sobrenaturales poco a poco, sin forzar nunca la credibilidad del lector y cruzando dos géneros de manera gradual. Los personajes trabajan en lugares auténticos, salen por bares que existen, pasean por parques que puedes visitar y se sientan en bancos en los que tú puedes sentarte. Compran preservativos en la farmacia y tabaco en el estanco.
Y llevan divinidades animales dentro que luchan por acabar con el alma humana.
Politeísmos es una novela de fantasía. Pero no es una novela de fantasía con orcos, elfos y bolas de fuego. Es una novela de ciencia-ficción. Pero no es una novela con naves, pistolas láser y seres de otros planetas.
Está en la delgada línea, en el punto en el que se tocan realidad y ficción; el punto en el que, si estiras las yemas de los dedos, puedes llegar al cielo, pero con los pies firmemente asentados sobre la tierra. Es una novela de contrastes entre lo más bajo y lo más alto. Se muestra con cinismo y humor la vida cotidiana de adolescentes que pertenecen a la tribu urbana de los siniestros, que juegan con espiritismos, toman drogas y practican el sexo, y se relata también el momento en que otros personajes se acercan a la crisis de los treinta años, se plantean si se han dejado domesticar por la vida, lo que han dejado atrás, lo que eran antes, lo que querían ser, lo que han perdido, lo que harán de ahora en adelante.
La acción comienza en un garito siniestro, en el que el protagonista, completamente borracho, se liga a una niña de instituto. El hilo conductor de la novela tiene veintiséis años, un mal carácter antológico, la boca muy grande y una sinceridad a prueba de escrúpulos —si le preguntan, dirá lo que piensa y no le importará lo más mínimo que la opinión destroce a su interlocutor de por vida—, viste de negro de la cabeza a los pies y es un hombre profundamente religioso. Álex —así se llama— es creyente; creyente hasta el desgarramiento, y eso le destroza por dentro.
Pero no es cristiano. Tampoco es satánico.
Es politeísta.
Cree en un chamanismo moderno basado en los tótems, animales guía, divinidades privadas, bestiales, que escogen a cada persona. Su dios interior es un lobo. Un grandísimo, violento, jerárquico, altivo, noble y sangriento lobo gris de la tundra.
Un siniestro de veintiséis años embutido en un sobretodo de cuero negro, que fuma sin parar y camina elásticamente sobre botas con remaches de acero, con una sonrisa desagradable estampada en la cara, que cree que es un lobo. Y lo es, por dentro. Si te atreves a discutírselo, puede que te tragues los dientes.
Si le pillas en un buen día, es posible que enarque una ceja, sonría torcidamente, tire la ceniza, se gire en la banqueta del antro, te mire con fijeza y te diga: “Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la que te hace libre”.
Así engancha a su religión a tres chicas de diecisiete años, que comienzan a realizar ouijas y a ponerse en contacto —siempre de forma dudosa, podría tratarse de sugestión, podrían estar ellas moviendo la moneda— con sus dioses interiores: un zorro, un gato y un cuervo.
La novela tiene adolescentes, adultos, un antihéroe lleno de carisma, destrozado, pero que aún pelea, y un gran gurú argentino. Y dioses. Toda la fauna completa. Lobos salvajes, altivos, magníficos, con las orejas derechas, la cabeza gacha, el collarín del pelo erizado y un gruñido retumbando en el pecho. Hay cuervos agoreros, negriazules y violetas, que llenan el cielo cuando echan a volar en bandada, perros, apaleados y tristes, zorros oportunistas, gatos, coyotes burlones, ciervos extraordinarios con cuernas de un metro y una lechuza blanca y cándida con los ojos azules.
¿Dónde están estos dioses? Están dentro. Todos los personajes llevan los suyos, como una carga y una bendición, en el interior del cuerpo, al tiempo que viajan en autobús, reparten propaganda, trabajan de camareros, comen hamburguesas y se duermen frente a la pantalla del ordenador. Y si ellos, que son tan reales, los tienen, también los puedes tener tú.
Habrá a quien le mole esta imagen... A mí me parte la polla, personalmente. Apesta a New Age.
Aviso: me voy a poner pedante. Adopto tono elevado, carraspeo, bebo un sorbo de agua, coloco el micrófono y digo:
"El hombre lobo se encuentra por primera vez en la Biblia. Como casi todas las cosas."
Y después, claro, cito:
En ese mismo instante, la palabra se cumplió en Nabucodonosor, que fue arrojado de entre los hombres, y comía hierba como los bueyes y se bañaba su cuerpo del rocío del cielo, hasta que sus cabellos crecieron como plumas de águila y sus uñas como las de los pájaros.
Daniel, 4: 30.
Uf. Qué a gusto me he quedado. Por supuesto, la cité de memoria. Faltaría.
¿Qué es un licántropo? Todos lo sabemos, ¿verdad? Es el monstruo híbrido entre un lobo y un hombre, la unión en una sola naturaleza de los opuestos enfrentados: la civilización y la barbarie. Es el hombre peludo, el hombre salvaje, el caníbal que se transforma con la luna llena y sólo muere por la bala de plata. Rabioso, se echa al monte a devorar carne humana sin hartarse jamás, dejando siempre la melena de sus presas, ya que es incapaz de digerir cabello: si lo come, en su estómago crece la piedra bezoar, que cura todos los venenos.
¿Supersticiones? Las que queráis.
El que beba en un charco de la huella de un lobo correrá a cuatro patas hasta que alguien lo golpee tres veces en el cráneo; el agresor se transformará en lobo, y la víctima quedará libre. El acónito mata lobos o los devuelve a la forma humana, como las rosas que comió el asno de Apuleyo y de Luciano.
El licántropo: siempre entre lo cursi... y lo ridículo.
Hay fuentes y lagos cuyas aguas anulan las bautismales, en las cuales te bañas como persona y te secas sacudiéndote el pelaje. El séptimo hijo de un séptimo hijo se convertirá en licántropo si no lo apadrina el hermano mayor.
Ojito: la iglesia reconoció la existencia del hombre lobo en el concilio ecuménico de 1414; que se sepa, aún no se ha retractado.
El mago que vista la piel del animal, coma su carne, beba su sangre y dé tres vueltas sobre sí mismo, se transformará en la bestia. Si hieres a un lobo en la pata y la vieja partera de la aldea cojea por la mañana, ten por seguro que esa noche no durmió en su cama. El que orine en un círculo alrededor de un pellejo lupino logrará que se incorpore, relleno de carne, de huesos y furia, y salte, probablemente contra el hechicero.
Hay lobos azules, como los tigres de Borges: uno de ellos parió la dinastía mongola. El unto de lobo te convierte en uno. Un lobo se traga mensualmente la luna y la regurgita a los tres días para alimentar a sus cachorros.
La alimaña aterroriza al hombre —lo aloba— si se cruzan sus miradas. Sólo si el caminante habla, si le grita el “¡To, lobo! ¡To, lobo, lobito!” el animal no ataca: le teme a la palabra, la magia más antigua.
Un poco de mitología culta, antes de regresar a la popular: Heródoto cuenta que los protoeslavos se volvían lobos a su voluntad; Sturluson, que un lobo hijo del dios Loki terminará con este mundo. En el Satiricón hay un hombre lobo. En Plinio, otro. Licaón le sirvió carne humana en banquete a Zeus, y terminó sus días alimentándose de ella. Odín tiene un ejército extático de úlfhednar, guerreros con piel de lobo, cuya hamr o alma exterior muta, y les permite atacar en batalla sin armadura, rabiosos como perros, mordiendo sus propios escudos, invulnerables al fuego o al hierro, poseídos del furor de los berserkir.
A quien quiera saber: si te encuentras en el bosque a una muchacha hermosa, con aspecto aristocrático, esbelta, de piel pálida, ojos claros y larga cabellera, antes de follártela asegúrate de comprobar que no asoma por debajo de la falda el rabo peludo de la loba humana.
Al licántropo le crujen las tripas de continuo: habla desde el vientre el lobo que lleva dentro. No le pican los insectos. No le brota la sangre de las heridas. Algunos parecen hombres completamente comunes, pero el pelo les crece hacia dentro y sólo una autopsia revelaría su naturaleza.
La maldición de los padres transforma en licántropo al hijo insolente. Si te santiguas ante un lobo, es posible que estalle entre vaharadas de azufre; es el disfraz que prefiere el Demonio, enemigo mortal del Cordero con Mayúsculas.
(Bien pensado, no sé por qué les molestará a los curas que el diablo se meriende a Jesusito cuando resulta que la eucaristía, el sacramento más importante, no deja de ser Cristo con patatas en el menú. Sólo para los fieles, claro. Serán elitistas...)
No hay animal con más mitos a cuestas que el lobo, que le pesan en el lomo y le encorvan la grupa; por eso tiene los cuartos traseros más bajos, cautelosos, distintos a los de los perros. Hasta en los lugares más insospechados te lo encuentras: un famoso paciente de Freud soñaba que veía a través de su ventana un nogal con cinco lobos blancos en su copa, ocultos entre las ramas, que hablaban como personas.
En Galicia vagan errantes pastoras de lobos, que conducen la manada como si fuera un blando rebaño de ovejas. Si sobre la tierra de una sepultura brillan fuegos fatuos, debajo hay un licántropo rascando con las zarpas, permitiendo que se escapen las llamas del infierno y abriendo grietas entre un mundo y el otro. En Uruguay, los lobos humanos comían brasas.
Hay hombres con sombra de lobo. Hay lobos con sombra humana.
Ahora, pronuncia siete veces siete EST SIT, ESTO, FIAT. ¿Sigues caminando a dos piernas?
Os recomiendo que veáis desde el minuto seis hasta el final...
Ah. Que el licántropo no es eso. De acuerdo. ¿Qué es el licántropo entonces? Un monstruo de Hollywood, por supuesto, colmilludo y lleno de pelo, con hocico de mono, aspecto de oso enfermo, orejas de elfo y ojos del color del gazpacho. Una criatura escapada de las cintas de serie B, rodeado de gore, sangre, casquería y demás apetitosas circunstancias.
Sí, la transformación será espectacular, sobre todo teniendo en cuenta el año: 1981. Pero...
No. No me gustan los licántropos. Aún así, hagamos un rápido recuento.
Estudios sobre hombres lobo, os recomiendo el del año de la tana de Sabine Baring-Gould, y el reciente de Lecouteux. Respecto a lo literario, hay hombres lobo en Marryat, en Reynolds, en Alejandro Dumas, en Algernon Blackwood, en Kipling, por supuesto. Está el descomunal Harry Haller de Hermann Hesse, el clásico Bertrand de Guy Endore, el descacharrante Denise de Boris Vian, el maniqueo lobo cantor de George Stone, la interesantísima Marie la loba de Seignolle y un relato desigual, con una lírica impresionante y una estructura bastante floja, que se encuentra en la antología de Gaiman El libro de los sueños: "Corazón de bruja", de Delia Sherman. Merece la pena, aunque esté a años luz de los anteriores.
La calidad, a partir de aquí, va bajando. Primero, con Stephen King, omnipresente como la cocacola, y después con la franquicia de libritos basados en el juego de rol de White Wolf, a los que no me pienso acercar a menos de veinte metros. Tenemos la literatura azucarada de la Nueva Era que relaciona al lobo con Gaia, con los sioux y con la comunión con la tierra y, en fin, la trilogía de Alice Borchardt, de la cual basta con apuntar que es hermana de Anne Rice.
Después está Álex, claro. Y todo deja de bajar, salvo la cabeza del lobo, gesto que, si hubierias leído a don Félix, sabríais que es de "amenaza de gran intensidad". Hocico fruncido, orejas plegadas, collarín erizado. Un castañeteo de dientes, y el salto. Normalmente, a la yugular de la presa. Que es lo que hará Álex con la literatura licantrópica, si las editoriales le dejan.
¡Sí! ¡Álex! ¿Cómo? ¿No sabéis quién es? El protagonista de mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—. Ni mejor ni peor que los anteriores —bueno, sí, mejor que el clon de la Rice seguro—: absolutamente distinto. ¿Es un licántropo? No, qué tontería. Es un personaje real, que te podrías encontrar por la calle, que vive en una perpendicular de la calle Fuencarral, curra de localizador de juegos de consola, está casi en los huesos, fuma como un carretero, viste de negro de la cabeza a los pies —calzados en botas New Rock—, tiene unos ojos que matan y una sonrisa desagradable estampada en la cara. Y cree que es un lobo. Y lo es, por dentro. Y le gustaría dar a todos mis lectores un consejo:
—Joder, olvídate del lobo hermanita de la caridad, pintado en tonos azul pastel con purpurina y con una india al lado. El lobo es un bicho salvaje, hirsuto, sucio, que apesta a monte, a sangre y a tierra. Se cepilla en un solo ataque hasta sesenta ovejas. […] Que si licántropos, que si antropófagos: lo que somos es competidores, y el hombre siempre le da otro nombre a las cosas que teme, como si así pudiera alejarlas. A pocos animales les han echado más mierda mítica encima que al lobo... Están al puto borde de la extinción por culpa de eso. Cuando desaparezcan por completo, muchos pensarán que nunca existieron; que fueron una leyenda —aplastó en la lata de cerveza el cigarro, que casi se le había consumido en un largo cilindro de ceniza—. Dicen que se zampa a las novias antes de la boda y roba a los niños en la cuna. Me encanta la idea, pero la verdad es que es una mentira como una casa. Y yo me parto cuando leo que caminan en fila india y se pisan sus huellas para ocultar su número. Coño, camina en fila india porque no es gilipollas, y es más sencillo correr por la nieve pisada que a campo traviesa, y el macho alfa, que es el que está mejor alimentado y tiene más fuerza que los demás, va en cabeza destrozando la escarcha y el hielo con las patas para permitir que le sigan los suyos más fácilmente. Y no le canta a la luna, no me jodas, sino que ejecuta un acto social para acojonar al bosque entero y darle cohesión a la manada. Aunque es cierto que entona, el cabrón. Es de lo más polifónico. Si los ves aullando te dan una envidia de la hostia. Parecen las criaturas más felices y anchas del planeta, como si no hiciera falta otra cosa más que cantar suficientemente alto, suficientemente fuerte, rodeado de tu gente y frotándote el pelo áspero contra el lomo de tu hembra, para sentirte el amo del mundo.
¿Qué clase de licántropo es éste? ¿Se transformará en lobo con la luna llena entre estallidos de fuegos artificiales y música de Expediente X? ¿O todo permanecerá en la delgada línea equilibrista que separa la realidad de la fantasía? Una pista: yo detesto a los licántropos. Sólo soporto a los que son, de verdad, lobos con piel de hombre. Las cosas, como las copas de 007: agitadas pero no revueltas. El señor peludo con colmillos me recuerda al Yeti y me da la risa: no deja de ser, además, mezclar extremos. Lo más elevado con lo más rastrero: el lobo, cazador, noble, libre, con el ser humano, destructor, mezquino, esclavo.
Todo son símbolos. Parábolas. Metáforas. ¿O no sólo? Para despejar vuestras dudas, tendréis que comprar mi novela.
Me han hecho el mejor regalo de no-cumpleaños y de post-Reyes de toda mi vida: un peluche modificado a manita del personaje protagonista de mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—, con el cual inauguro oficialmente el merchandising de mi libro.
Es, sencillamente, la polla. La foto desmerece. No me canso de mirarlo. El original es de alguna serie manga chorra —me dijo el nombre, pero no lo recuerdo— reformado de arriba abajo, con la ropa teñida, un abrigo cosido de polipiel, un cigarro realizado en masilla con cubierta de papel y unas botas acojonantemente bien hechas. Sí, unas New Rock en miniatura. Todos sabemos que mi personaje protagonista es, entre otras muchas cosas, un macarra —lo que a mí me flipan las puñeteras New Rock y lo lejos que están de mi economía lo dejaremos aparte—. El muñecote mide unos quince centímetros de alto, y tiene una humilde aportación realizada con mis torpes manos. No, no son las botas. Ya me gustaría ser tan mañoso...
La situación fue más o menos así:
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Álvaro, feliz no-cumpleaños. Casi con tres meses de retraso; ya me conoces. (Alvarito coge la bolsa con cara de “oh, gracias, no tenías que haberte molestado”, notando al tacto perfectamente el peluche y pensando con un bufido: “Un puto muñeco de una serie manga. Joder. La verdad es que me haría más ilusión un chuluche —peluche de Cthulhu—. Al menos espero que sea el Ikki de Caballeros del Zodiaco, que mola un huevo”.) AMIGA REALMENTE HABILIDOSA(sonriendo): —Creo que te va a encantar. (Alvarito rebusca en la bolsa, saca el muñeco, abre los ojos como platos). YO: —¡JODER QUE ES EL ÁLEX! AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Sip. YO: —¿Pero cómo coño...? ¿Lo has hecho tú? AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Sip. YO: —Peroperoperopero... ¿Cómo? AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Llevo ya un tiempo buscando un peluche que se le pareciera, pero era difícil encontrar uno con su cara de mala hostia, y eso no hay forma de modificarlo porque se notarían los restos del original debajo. La mayor parte de los muñecos manga tienen los ojos enormes y pinta de no haber roto un plato. Para el Álex necesitaba un malo, con el pelo corto y con pocas tonterías en el cuerpo, porque había que descoserlas. Pensé en Ikki, pero con toda la armadura imposible... Le tuve que quitar la ropita, teñirle el cuerpo, introducir alambres dentro para ponerlo de pie porque el original estaba sentado, y las botas... de las botas me siento realmente orgullosa. (Alvarito, manejando con cuidado el muñeco como si se tratara de un ídolo pagano que mereciera sacrificios de vírgenes y quema de inciensos, escucha la lista de materias primas y tribulaciones con las cuales el peluche de Álex, protagonista de Politeísmos, ha cobrado realidad tangible.) AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —¿Te gusta? YO: —¿Que si me gusta? ¡Joder! ¡Voy a ponerle un puto altar debajo! AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Lo único que a mí no me convence es el colmillo. Está demasiado grande. Estuve por volver a hacerlo, la verdad... Lo mismo te lo hago de nuevo. (La verdad es que era cierto. El colmillo que el peluche de Álex llevaba al cuello era demasiado grande, y la famosa frase que aparece en el libro de “¿El colmillo es de lobo o de mastín?” hubiera resultado más propia, siendo francos, reformulada del siguiente modo: “¿El colmillo es de lobo o de Tiranosaurus Rex?) YO: —Sí, es un poco grande, pero me la pela. Es la polla (y lo pensaba). En serio. Creo que es el mejor regalo que me han hecho en mi vida. Y no lo digo por quedar bien. AMIGA REALMENTE HABILIDOSA(perfeccionista e insatisfecha con su obra): —Pero el colmillo es demasiado grande. Mira, estoy pensando que mejor déjame el muñeco que te lo vuelvo a hacer y te lo traigo otro día. YO (protegiendo mi regalo como si me fuera la vida en ello): —No, no. En serio. No hace falta. Me gusta así (pensando: “Ni de coña esto sale de mi casa. ¿Y si te roban la mochila, qué?”). AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Sí, es que no me gusta. Te lo voy a modelar mejor. (Alvarito pensativo, sabiendo que hay ocasiones en las que no se puede discutir y no queriendo deshacerse de su peluche por nada del mundo, tiene una idea de bombero.) YO (con la cara iluminada): —Espera que se me acaba de ocurrir una cosa. (Alvarito se lanza a revolver en un cajón lleno de trastos inclasificables hasta que encuentra una cajita y la saca, de forma triunfante). AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —¿Qué es eso? YO: —De cuando mis perros eran cachorros. Soy así de friqui y guardé todos los dientes de leche que encontré por la casa, los que no se tragaron, claro. Me hacía ilusión. AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —¿Y le vas a poner un colmillo de leche de tus perros al peluche? Joder, no sé. Da pena. YO: —¿Sabes un sitio más seguro para no que no se me pierda que en el cuello del Álex? Además, así llevará un auténtico colmillo de Canis lupus, joder. AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Familiaris. YO: —Familiaris. No se lo diremos a nadie.
Y así fue la cosa. Arranqué el diente realizado con masilla ante la cara de pánico de mi amiga, que temía que destruyera su obra con mis patazas, y pegué el colmillo auténtico con superglue. La cirugía fue un éxito.
El resultado, el prototipo del muñeco que todos querréis tener en vuestra mesa junto al ordenador cuando Politeísmos se publique. Con él, comienza la imparable carrera de las mercaderías de mi obra. Y acaba, claro, con las Tarteras de tu Dios Interior. ¡Hazte con todas!
Típico, ¿eh? No, la foto no es mía. Luego os deleitaré con mis habilidades fotográficas.
Desde Madrid, por desgracia, escribo. He llegado hace una mierda. Me han recibido mis perros, estirándose, bostezando, con carita de pena y el aire caliente y dulce de los recién despertados. Un par de mimos a cada uno, mochila al suelo y al sobre, pensaba, que mañana será otro día. Me iba a ir a la cama cuando me encontré con que estaba ocupada.
Normal. Le dices a tu hermana que te cuide el fin de semana a los perros porque te piras y se viene con el novio. Quién no lo haría. Las instrucciones eran simples: sacarlos tres veces al día, una al parque para que estiren las patas, echarles el pienso, cambiarles el agua y rascarlos. Rascarlos mucho rato. Cuatro manos rascan más que dos. Por supuesto.
Mejor así. Así escribo.
Ahora, que aún tengo el barro de Londres en las botas, el aire húmedo y frío de Londres en el pelo, escribo.
Me he ido a documentar un capítulo de Politeísmos a Londres. Sí, Politeísmos. Mi novela. Ya sabéis, coño. Eso que no termino de corregir, eso por lo que escribo esta bitácora, eso que no me aceptarán en ninguna editorial a pesar de que se trata de la mejor obra de fantasía realista que existe: la única.
Haced presión. Llenad la bitácora de comentarios pidiendo a gritos la novela. Decídselo a todos vuestros colegas. Recomendad la página. Aumentad las visitas, porque si la bitácora funciona, si esto empieza a tirar, es más posible que me acepten la novela, joder. O no. Publicar no es fácil. Salvo para el autor de Eragon, pero prefiero dejar ese asunto para otro post porque se me escapa demasiado veneno por la boca.
Un capítulo de mi novela se desarrollaba en Londres. Cosmopolita que es uno. ¿Qué hacen los escritores normales? Saquear internet e inventarse lo que no saben. Si la ciudad es de cartón-piedra como un decorado de serie B, ¿a quién coño le importa? Total, yo escribo fantasía, ¿no? Son “cuentos”. Quimeras. Fantasmas. Mentiras. Si se hace la novela con los pies, da igual, porque es fantasía. Si aparecen expresiones tan originales como “desordenados cabellos de oro” u “ojos tan negros como el azabache”, pues perfecto. No es realismo. No aporta nada, no colabora a que la sociedad sea mejor, no critica los errores del sistema.
No es seria.
Ah. Claro. Mejor si se desarrolla en una galaxia muy, muy lejana. Así nos toca menos la fibra. Si está mal escrita, perfecto. No se espera otra cosa de la fantasía. Que sea masticable, chorra y rápida. No vaya a confundirse con la Literatura con Mayúsculas, ojo. Que sólo es entretenimiento.
Pues lo siento. Rompí la baraja en lugar de coger cartas. Yo hago fantasía realista y, aunque la historia sea eso, fantástica, el mundo es real, los personajes son reales y lo que les pasa también, pero con reservas. Introduzco la fantasía desde las esquinas, desde las cloacas, desde los baños de los bares. Porque lo irreal, lo maravilloso, lectores míos, está en todas partes, en lo sucio y en lo mínimo. Sólo hay que saber mirar con los ojos adecuados, que son siempre los de un niño viejo, un Peter Pan hasta los cojones de que le digan que hay que crecer y madurar. ¿Para qué? Para pudrirse luego.
Me fui a Londres para documentar. Necesitaba hacerme todos los recorridos del personaje, pasito a pasito, cuaderno en mano y cámara. Estar allí, ver lo que él vio y sentir lo que él sintió. Puede que sea una tontería. Yo trabajo así. Es mucho más auténtica, más viva, una descripción de un lugar si lo has tenido delante. Puedes superponer la capa de tu imaginación sobre el cimiento, y así no se te caerá, nunca. Los sitios que cuentas sin haberlos sentido parecen siempre de plástico, a no ser, claro, que sean lugares ficticios. Pero eso es diferente. La ficción delirante tiene un proceso distinto y yo no trabajo con Fantasía con mayúscula —no meto orcos ni elfos—, sino con fantasía realista: sucesos increíbles que le pasan a gente corriente. Si empiezas en el suelo, con las colillas, el vuelo de la ficción siempre será más largo, y más alto.
Así que he estado en Londres porque yo trabajo los textos, probablemente más de lo que los trabajen los escritores “serios”, los de verdad, los que reciben premios y esas cosas que yo jamás recibiré ni puta falta que hace (no os engañéis, que no es que no me importe el éxito. Pollas. Que uno quiere comer, no es como Valle-Inclán. Pero el que importa es el lector. A la crítica, que le folle un pez globo y que le estalle dentro, a no ser que hablen bien de uno. Entonces, la cosa cambia. Hipocresía pura. Reglas del juego).
Documenté el aeropuerto de Heathrow, el metro de Londres, Picadilly Circus, Oxford Street, el edificio Walmar donde está la sede de Square —ahí curra un personaje, sí, traduciendo juegos de consola, la envidia de cualquier friqui—, la iglesia de All Souls y una coqueta cabina de teléfono roja atestada de postales de putas.
Me hice el camino a pie hasta Camden Town —una matada de cojones, atravesando Regent’s Park entre otras cosas— y desde Camden, hasta Islington —en el culo de Londres, ni sale en los mapas para guiris—. Luego, la ruta doce del Capital Ring, que es un camino tipo senderismo que lleva a una estación de tren abandonada.
Necesitaba esos sitios. Primero, los busqué por internet. Después, averigüé todo lo que pude de ellos. Y por último, a recorrerlos. Creo que me caminado más de veinticinco millas, y no exagero. No tenéis ni la menor idea de lo que me duelen las plantas de los pies. Las noto calientes, infladas, gordas y rojizas. Mullidas. Como las de un bebé. Me laten. He estado dos días en Londres, me he hecho esos recorridos y, además, me he pateado el Támesis, he ido a Westminster y al British Museum, que ya que uno está en Londres está bien ver de paso el Próximo Oriente, Egipto, Grecia y la India. Que no os equivoquéis: están en Inglaterra. No se llevaron las pirámides porque no les entraban en el museo. Cosas del bendito pasado de la Commonwealth; viva el imperialismo que nos permite ver diez países al precio de uno...
Y en el hotel —una puta mierda y carísimo, pero con un excelente desayuno inglés compuesto por bacon, huevo, tomate y tostadas que me mantuvo en pie todo el día, y té con pastas en el cuarto—, a la noche, escribí. Y ahora os lo pego:
En mi habitación de King Cross, pequeña, ardiente, con las cortinas rotas, la ducha no sólo sin bañera sino sin plato, con un sumidero en el suelo y toda la tarima levantada por la humedad, bebiendo té verde y mirando atentamente los envases de leche que parecen pequeñas tarrinas de mermelada o miniquesos de Burgos, masticando despacio terrosas galletitas Walkers de mantequilla como diminutos lingotes de oro envueltos en un plástico de cuadros escoceses, escribo.
Me he enamorado. De nuevo. Esta vez de una ciudad; lo siento para los que no comprendan esta perversión. Yo tampoco comprendo a los zoofílicos, así que estamos en paz.
Enciendo la jarra-tetera instantánea. Burbujea en medio minuto. Mejor que un microondas. Tiene unos hierros en el fondo de agua. Al enchufarla, se ponen al rojo.
Son las once de la noche. Estoy machacado. Parecen las tres de la madrugada. Pasaré esto al ordenador cuando regrese y lo colgaré. Me la pela que no sea interesante. Para mí, Londres es ahora una habitación de hotel que parece un hostal de diez euros, aunque me haya costado ochenta. Camino descalzo por el suelo de moqueta —joder, cómo les gustan las putas antihigiénicas moquetas a los ingleses, todo forrado de moqueta, londinenses a las puertas de sus casitas victorianas recortando la moqueta, moquetas en los pasillos, moquetas en las habitaciones, moquetas en los asientos de metro y autobús, parece que bajas del avión en Heathrow y te extienden la moqueta roja para que pises blandamente y te digas: “Estoy en suelo británico (perdón, en moqueta); God save the Queen!”.
El Támesis negro. La ciudad a los lados. El Parliament tostado. El silencio. Me confunden con aborigen varias veces y me preguntan cosas. Respondo en un inglés trabucado. No había un alma por la calle desde las seis de la tarde. Para mí esto es Londres. Un barrio de tiendas alternativas repleto de camellos en cuanto se va la luz y de góticos por el día —Camden: no sé a qué hora me da más miedo, merece un post aparte y se lo haré—, librerías coloridas en el Soho con sexshops en los bajos, oscuridad profunda, el Picadilly Circus llenito de palomas, un cuervo carnicero en el césped de un parque, ardillas grises huroneando en las papeleras, palacetes victorianos, jardines como campos de golf, tiendas de Food and Wine, capuccinos take away, periodicuchos de prensa amarilla, ciclistas, edificios que imitan la arquitectura romana, frío, humedad y viento.
Me encanta. Viviría aquí.
Pero es caro. Y hablan raro.
Bebo té y me fumo un cigarro. Aquí todo el mundo fuma tabaco de liar; las cajetillas tienen precios intocables: otro motivo para no residir en Londres. Escucho el Big Ben desde Mableton, el sonido de caja de música, de cuarto de estar de anciano: el característico tintineo de los cuartos. Recuerdo la imagen del Parliament desde Waterloo Bridge, la sombra apuntada que se proyectaba sobre la abadía de Westminster. El Big Ben iluminado con luces doradas, lleno de puntas finísimas como una pieza de orfebrería de agujas y palillos, un joyero diminuto que se pudiera abrir por la esfera del reloj, un relicario de oro, un cirio lleno de churritos de cera derretida, un castillito de arena mojada tirada desde el puño apretado de un niño. De lejos, parecía hasta comestible.
Ah, y al lado la noria. The Eye. The ferris wheel. La puta noria. Como un gran símbolo.
Desde el Big Ben, que es como un faro,
Al.
Me caigo de sueño. Al sillón voy. Mañana arreglaré el post que está con pinzas, le añadiré enlaces y fotitos. Desde el faro, etc.
Pasan los días, uno tras otro, perezosamente, sin que me pare a contarlos. Mi novela sigue sin estar lista para enviar a editoriales. Corrijo. Releeo. Cambio, modifico, añado, quito y pongo. Y vuelvo a la versión anterior, a veces.
Ayer me recorrí Madrid. Necesitaba sentarme en la mesa del escaparate de la derecha del VIPS de Plaza de España para documentar, que ahí se sienta un personaje mío —el VIPS, sí. Pensaréis: wao, qué lugar tan literario. Sin duda. Realismo sucio. Os desafío a que me lo neguéis cuando leáis Politeísmos. Y va sin coñas; que le follen al Gijón. Que sí, que es muy místico estar en el Gijón. Sobre todo cuando te traen la cuenta—. Pues yo me dirigí al VIPS a documentar con mis mejores intenciones y voy me encuentro con que la mesa estaba cogida. Tras esperar un rato y soltar un par de maldiciones, me marché, deseando que el estado expida unos Carnés de Escritor Oficial, con los cuales puedas entrar en cualquier lugar al grito de ¡DOCUMENTACIÓN! y, cuando todo el mundo se levante para mostrar el DNI, sonrías y digas: “No, no. Soy yo el que tiene que documentar; tranquilos. Soy escritor. ¿Desea aparecer en mi novela? Son diez mil”.
Estuve en los jardines Sabatini, en Gran Vía, en Noviciado, en Fuencarral, en el Retiro. En todos esos sitios se desarrollan escenas de mi libro. Había olvidado el cuaderno de notas y no tengo cámara, así que tuve que entrar en una cafetería, robar un puñado de servilletas e ir anotando en ellas detalles para las descripciones. Llevaba la música con que escribí a toda potencia en el mp3. Se le acabó la batería; siempre pasa.
En completo silencio, pensaba.
Sé que me estoy dejando caer. Ya conocéis la noria, los que me lleváis leyendo un tiempo. Los que no, les recomiendo ese post: es probablemente de los mejor escritos de toda la bitácora.
La noria. La puta noria. Subo y bajo con ella. Paso de pensar que mi libro es una mierda a que es la polla y que dará un pelotazo —no a lo Harry Potter, porque en este país no se lee, y menos los chavales, pero sí a lo Historias del Kronen: un éxito fugaz, rápido, imponente, y luego todo se olvidó y aquí no pasó nada y la novelita del chico que cuenta cómo se pajean los madrileños va al baúl de las curiosidades del mercado editorial. Perdonadme si sugiero que mi libro es mejor que el de Mañas, vaya, pero es que creo que es cierto y tampoco es decir gran cosa—. Cuando pegue el pelotazo Politeísmos, sucederán varios milagros y otras alteraciones del orden natural: en primer lugar, que me haré de oro —estaría bien porque mi economía se va en en el piso, en dar de comer a mis perros y en fumar, oh, si supierais cuánto fumo últimamente... No fumo tabaco. Fumo tiempo. Quemo los cigarros como los hombres grises de Momo.
Fumo para matar el tiempo; para matarme a mí mismo. Para arrancarle al día los minutos de siete en siete, que es lo que tardo en fumármelos. Divido mi vida por lo que fumo, y fumo mucho—. Además de poderme pagar el tabaco, que ya es bastante inversión de las leyes cósmicas, sucederán otras cosas no menos extrañas: me encontraré por la calle con lectores, que no sabrán quién soy yo; sólo el tipo raro al que se le caen las lágrimas mirándote leer en el metro. Después, el boom: niños disfrazados en convenciones de los personajes, cortos de coña en youtube sobre el argumento, chavales que se creen la religión del libro, asociaciones de padres que me ponen a caldo, curas ofendidos, nuevas generaciones de góticos que se hicieron por la novela, peregrinaciones de grupitos a los lugares en que suceden escenas del libro... Y la película, claro. Dirigida, como poco, por Amenábar, al que se le dan bien las delgadas líneas entre la fantasía y el realismo.
Soñar es gratis.
Después baja la noria, y entonces pienso que Politeísmos sólo es una novela juvenil. Ni más, ni menos. Probablemente, una muy buena novela juvenil. Pero sólo eso. Politeísmos es un libro sobre chamanismo moderno, en que los personajes creen que llevan bestias dentro. ¿Original? No especialmente. Tal vez por su tratamiento. Es un libro para chavales entre los quince y los veinticinco años que ningún profesor recomendaría en clase, porque tiene sexo explícito y burro, drogas —de diseño y tradicionales, para hacer viajes astrales—, espiritismo —ouijas, documentadas al detalle— y música siniestra. Un antihéroe lleno de carisma, destrozado, pero que aún pelea, adolescentes a puñados y un gran gurú argentino. Y dioses. Toda la fauna completa. Lobos salvajes, altivos, magníficos, con las orejas derechas, la cabeza gacha, el collarín del pelo erizado y un gruñido retumbando en el pecho. Hay cuervos agoreros, negriazules y violetas, que llenan el cielo cuando echan a volar en bandada, perros, apaleados y tristes, zorros oportunistas, gatos, coyotes burlones, ciervos extraordinarios con cuernas de un metro y una lechuza blanca y cándida con los ojos azules. ¿Dónde están estos dioses? Ah. Están dentro. Cada personaje lleva el suyo, como una carga y una bendición, en el interior de su cuerpo.
Eso es Politeísmos. La religión más primitiva en mitad de una gran ciudad a finales del siglo XX. Sube la noria, y me digo: dios, cuánto se vendería, se vendería tanto, si lo pusieran junto a los libros de rol de Mundo de Tinieblas... se podría convertir en un juego de rol, sí, se podría. Baja la noria y digo: ¿y acaso es para batir palmas que un libro se convierta en un juego de rol? ¿Me parecen buenos los libros que saca La Factoría sobre juegos de rol? Ah, no. Yo hago Literatura Con Mayúscula, demonios. Sea lo que sea eso.
Baja aún más la noria y pienso: ni yo hago Literatura Con Mayúscula, ni Politeísmos será convertido en un libro de rol. Sube de nuevo, y me flipo y repito mi grito de guerra: ¡que les follen al Realismo y a la novela intelectual! Que les follen, sí. Eso dice la zorra. Y baja la noria, pero sin las uvas, porque “están verdes”. Una vez, y otra.
Al final, da igual lo que piense. Hasta que termine de corregirla y empiece a recibir los rechazos de las editoriales, no importa. Mi opinión no sirve. No es la novela; no tiene nada que ver con su calidad mi estado de ánimo. Es la noria: soy yo. Siempre corriendo, siempre moviéndome... y siempre en el mismo sitio.
“Arriba el hocico, lobo. Cántale a la luna”, me dijo ayer un amigo. Sí. Arriba. No importa no conseguirlo; lo que importa es luchar por ello. ¿Qué hay más inútil que cantarle a la luna? La luna no va a bajar, y da igual. No canto para que baje. Canto por cantarle a la luna, respondería un lobo.
Y yo me acuerdo de una canción tradicional finlandesa, ya veis lo raro que funciona mi cerebro.
HEDNINGARNA Mitä minä (Qué canto)
Mitä minä laulan kun kuuta laulan
mitä minä laulan kun kuuta laulan
oi, kuuta laulan kuuta laulan joo noo
¿Qué canto cuando canto a la luna?
¿Qué canto cuando canto a la luna?
Oh, canto a la luna, canto a la luna.
Simplemente.
Desde el faro, subiendo y bajando por las escaleras,
Como todos mis lectores asiduos saben, en mi novela aparece una pareja argentina. Un hombre y una mujer. Por culpa de esta inclusión —completamente gratuita— de personajes que hablan de forma tan chula, melodiosa y colorida, tengo que hacer acrobacias lingüísticas y culturales. Porque no, yo no soy argentino y ni siquiera conozco un solo porteño. No se trata de ninguna clase de guiño. No está justificado por el guión que sean argentinos. No es necesario que lo sean. Son argentinos igual que podrían ser suecos, daneses, de Albacete o de Kamchatka. Me meto en camisas de once varas porque me mola, y no creo que sea preciso que justifique el guión la inclusión de un personaje de otro país, igual que no es necesario un motivo para elegir que un personaje sea rubio, moreno o pelirrojo. Son detalles que enriquecen la novela y provocan juegos lingüísticos, diversión, variedad y complejidad léxica. Vamos, que llego a saber en la página que aparecieron —capítulo de paja, secundarios absolutos con conversación mínima— que iban a ser tan importantes y tener tal cantidad de diálogo en la segunda parte, y los hago oriundos de Lavapiés, lo juro.
Porque la cosa no es nada fácil. No todo es ponerles tildes a las segundas personas, sustituir tú por vos y salpicar las oraciones de ches en la posición que parezca más estética.
Ni mucho menos. Si fuera así, resultarían falsos, ridículos y grotescos. Se notan un huevo estas cosas y quedan de chiste. Mi labor consiste en hacer argentinos reales, flexibles, auténticos, que usen o no los giros propios de su lengua según la situación lo requiera. Ni que todos los madrileños anduviéramos usando fetén, coño. A eso me refiero. En las simplificaciones están las trampas. Siempre.
Los personajes, para empezar, llevan viviendo en España unos cinco años, de modo que su giros deben estar matizados y complementados por la forma de hablar de los Madriles. Vale. Es complicado, pero se puede hacer. El auténtico problema es que, para más datos, Politeísmos es una novela de fantasía, sobre chamanismo moderno, y todos los personajes, por definición, o tienen poderes paranormales o están como putas cabras: queda a gusto del lector, que decida lo que más le divierte. Fantasía realista: la veracidad o no de los acontecimientos extraños queda en el aire a lo Expediente X —siempre he sido muy original—, excepto el final (justo lo que no me satisface), en que se toma partido por una de las dos visiones, si es que no lo corrijo, que es posible que lo haga.
Así, concluimos que mi personaje argentino es una especie de Merlín contemporáneo al que sólo le falta el cucurucho y el báculo, pero no habla con vos porque use fabla medievalizante sino porque procede del otro lado del charco. Son argentinos él y la mujer porque me apeteció meterme en estofados lingüísticos; están loquísimos —o taraditos— porque todos los personajes lo están, procedan de la capital de España o de Tombuctú, que para algo mi novela va de espiritualidades violentas y fantasías varias; viven en el Madrid real y, además de tener mágicos poderes, compran el pan, regentan una tienda y ceban amargachos —véase: preparan mate sin azúcar, que debe ser la cosa más fuerte y desagradable que se pueda echar uno a la cara. Sí, estoy deseando probarlo, claro—. La gracia de la fantasía realista está en los contrastes entre lo más bajo y lo más alto. Algo así como el realismo mágico, pero al contrario.
Es jodidamente imposible darle al personaje ese aire misterioso y ultraterreno en una lengua distinta a la materna. Ya es complicado hacer eso en dialecto normativo central, así que imaginad en porteño. Y todo sin que quede ridículo, claro; porque de eso se trata. De que el personaje imponga, que dé cierto miedo, respeto a puñados y que mole un cacho y las lectorandas de quince años se enamoren de él. Encontrar el tono es endiabladamente difícil: es un argentino pero habla como si perteneciera a otro mundo, a otro tiempo, a otra realidad más antigua, más auténtica y primigenia. Debe ser un argentino... de otro planeta. Pero argentino. Chungo, ¿eh? Y va un día y se me ocurre la idea inspirada de bajarme las tres pelis de El señor de los anillos en versión dub.arg por ver de qué forma se traducían cosas tan alejadas de la vida porteña como la Tierra Media, y descubro que no las doblaron los muy cabrones de los estudios: todo por molestarme a mí, demonios.
Bromeo. El hecho es que el tono creo que lo tengo. Ahora...
Toca corregirlo.
Porque yo no soy argentino, y los giros que me suenan ominosos e interesantes no tienen por qué parecerlo en el cono sur, y el más pequeño error puede provocar la carcajada padre a un lector olfachón o sabiondo y rompepelotas o tocacojones —ejemplo: aparece el personaje argentino de forma triunfal abriendo la puerta e ilustra a sus discípulos con la información de que terminó de hacer algo trascendente, arriesgado y difícil. Dice con voz cavernosa: ¡ACABÉ! Cielos, cómo me ha impuesto. Tiemblo de miedo. Porque mi personaje, en traducción libre, ha informado en perfecto argentino de que se ha corrido muy a gusto, ha eyaculado chorros de viscosa felicidad tras una placentera pajilla y lo proclama a los cuatro vientos. Como debe ser. Y no pinta la pared con el residuo de sus gónadas porque es educado—. De éstas, a miles.
¿Cómo corrijo yo mis fallos? Molestando mucho en wordreference, pero a bocaditos para que no me manden a la mierda. Leyendo a Cortázar y señalando, pero con precauciones, que usa las modas de su tiempo, y muchas de sus expresiones están en franco retroceso o directamente ni se utilizan ya. Viendo la serie Los simuladores en versión original, y encima enganchándome como un capullo y lamentando tener que tomar notas, que es entretenidísima. Husmeando todas las páginas y blogs argentinos y diseminando comentarios amables, a ver si alguno pica y desea aceptar el cargo de Corrector Oficial del Reino —sólo cayó un tal Más Pedante que Vos, y me parece que no da el perfil por la abundancia de sus patadas al diccionario y a mi persona, que me pone a caer de un burro: me llama plasta, pedante y otras lindezas, animalito—. El más mínimo detalle cultural que encuentro en mi búsqueda infatigable, me lo apunto, aunque no vaya a utilizarlo. Hago análisis de las diferencias de comportamiento del homo ibericus y el argentino, y me topo de morros con artículos tan desternillantes como el siguiente, que analiza la costumbre del besito mejillar de los varones de Buenos Aires y los conflictos que genera en la península. Extracto:
“Cuando, automáticamente, besamos a un hombre español sin querer, si éste es heterosexual se pone incómodo, se le sube los colores y empieza a tartamudear, o mira para abajo. Si tenemos la desgracia de besar a un homosexual, los próximos tres meses serán devastadores. Llamados nocturnos, proposiciones indecentes, manoseos en los baños públicos... Yo conozco muchos argentinos que, por culpa de un beso mal dado, ahora están casados con señores de este país. Y les va muy bien”.
No he podido pedirle permiso al autor para reproducir su post porque cerró los comentarios. Si le parece feo que le citen, lo quito. Anda que a mí no me molaría que me citaran... Claro que Hernán Casciari es un escritor de verdad, de los que publican, y a ésos no hay que pedirles permiso, que ya son patrimonio de la humanidad.
Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.