La Coctelera


Categoría: 1. Vida, obra y milagros.

20 Enero 2008

La tabla del siete.

¿Hay alguien al otro lado? ¿No queda una sola persona en el planeta a la que le importe que se publique mi novela? ¿Todos habéis olvidado hasta el título? ¿Hablo con el techo? ¿Estamos solos? ¿Sí?

Perfecto.

Ahora que he perdido toda mi credibilidad y mis lectores, actualizo “de mentira”. Digo “de mentira” porque no hay noticias sobre la publicación de Politeísmos y porque nunca sé con qué romper el hielo tras una ausencia prolongada, así que voy a subir una estupidez. Y digo “de mentira” porque sí las hay, de todo tipo: buenas, malas, mediocres, solas, cortadas y con una nubecita de leche; al gusto del consumidor. Y me las tengo que callar, porque yo no sé quién me está leyendo —¡hola, mamá!—. Internet te permite decir lo que quieras sin filtro alguno. Eso es bueno, claro. Y es malo también, sobre todo si tienes la boca tan grande como yo, y cada vez que te muerdes la lengua te envenenas. La censura es mala; la autocensura, peor. Te hace sentirte más miserable, más adocenado, más viejo, traicionero e infinitamente más burgués. Pero son las reglas del juego, y no os voy a contar lo que está pasando con el libro. De momento.
Dejémoslo en que las cosas se pueden retrasar, se pueden torcer y se pueden ir a la mierda. Y durante el proceso —kafkiano, siempre— no hay que abrir el pico, por si se enderezaran milagrosamente. Aunque la bilis se te atraviese en la garganta, te callas. Y quedas como un imbécil. Lo sé.

Cuando yo era un muchacho joven e impresionable que acaba de conseguir un rechazo editorial de éstos que se cuelgan en la pared, recibí el comentario de un escritor que me felicitaba por haber logrado una respuesta (negativa) de la editorial Alfaguara. Eso me sorprendió; creía que contestaban a todo el mundo. No, no es así, claro. El escritor en cuestión me comentaba que él había tardado siete años —¡SIETE!— en publicar su libro. Recuerdo perfectamente que pensé entonces: “Pues qué mala debe de ser la novela para haber tardado tanto”. Gilipollas de mí, subnormal, cretino. Entonces no sabía nada: ahora menos, pero estoy más maleado, más curtido y más harto. El mercado todopoderoso no se arriesga por nadie, y no importa la calidad. Es lo que menos importa. A ver si nos enteramos: somos el proletariado cultural. Sólo escribimos. Los demás son los importantes. Son los que deciden, cambian, modifican, cortan, pegan, joden la obra y la adaptan al gusto del público hasta que no la reconoce ni el que la parió, la imprimen, le ponen cubiertas duras y blandas, la dan de alta en el ISBN, la reparten en cajas, la colocan y la publicitan. Más pagan, más venden, más cobran, mientras el autor pide permiso hasta para respirar y sigue las instrucciones como un perro adiestrado ante el clicker, y se sienta con el sit, se tumba con el platz, da la patita y siempre, siempre, menea la cola y da las gracias. Cualquier editor considera que su labor consiste en el 50% del libro —a lo cual suelo responder que nunca he visto una novela con las pastas tan gordas como el contenido—. El escritor es la mano de obra barata para la formidable maquinaria de venta de libros, que no de literatura. El autor no es ni el obrero, es el ladrillo. Están para usarlos en la obra y pisarlos luego. Somos muchos. Somos demasiados para los pocos lectores que hay.

Aquel escritor que tardó en publicar siete años hablaba de esperas agónicas, comidas de oreja y prepucio que acababan en gatillazo, fraudes de empresas, precontratos que te rompen en la cara y de toda la basura que pringa los limpios suelos de nuestro limpio mercado cultural. No mentía: puedo firmarlo. Esa mierda se te va quedando pegada a los zapatos y te impide avanzar. Te niega la creación, te mata todas las ilusiones. ¿Para qué escribir si nunca va a salir el texto de tu ordenador? Incluso, ¿para qué vas a hacerlo si cuando consigas que se publique —en el mejor de los casos— habrán pasado tantos años que ya te parecerá mediocre y te avergonzará, porque has mejorado, lo has superado, lo has leído tantas veces que lo detestas? Sí, claro que escribes porque tienes algo que contar. Excepto cuando te hundes. Entonces, no escribes nada.

Ahora llega el momento en el que endulzamos este post tan amargo.

Esto es un roscón, para los que vivan al otro lado del charco. Se trata de un dulce típico español del seis de enero que consiste en un bollo duro como el granito, tremendamente empalagoso, azucarado hasta la náusea, decorado por almendritas que te rascan la garganta hasta que expulsas el esputo, frutas escarchadas que se pegan a los empastes y una sorpresa de cerámica idiota dentro que, si das un bocado grande, te parte las muelas. Se consume con chocolate caliente para disimular su sabor.

El otro día mi hermana me trajo un roscón y una tableta de chocolate a la taza. Reyes ya había pasado: poco después los ponen en oferta, de forma que se potencia su agradable textura de bloque de hormigón. Mientras deshacía dos onzas en el microondas y estaba a punto de derretir el taper de plástico antes que el chocolate, se me salía la leche del cazo, dejaba una orla de cacao apestoso y quemado en el fondo de aluminio, partía el roscón con el mango de una cuchara y me cargaba el muñequito de cerámica que se interponía en mi camino, hablamos. Me dijo:

“Estarás contento, ¿no?”.

Le dije que a veces, pero pocas. Me lancé a explicarle que es lo que tiene ser maniaco depresivo, deleitándome en los detalles más góticos y atormentados, tales como dedicar diez minutos a la contemplación de una cuchilla antes de afeitarte. Me cortó en seco; no entiendo por qué.

“Ahora que te has quedado sin amigos, sin vida social, sin lectores, sin bitácora y sin nada, estarás contento, ¿no?”.

“Sí”, dije yo. “Tengo a mis perros. Mueven la cola por mí. No se le puede pedir más a la vida”.

Ella bufó.

“Es que eres la hostia. ¿Y ahora? ¿Qué es lo siguiente? ¿Pedir baja por depresión en el curro y no volver a salir de casa jamás?”.

Se me iluminó la cara.

“Oye, qué buena idea. Como siempre estoy deprimido, no se me había ocurrido que fuera motivo de baja. Aunque tendría que volver al loquero, y eso va contra mi religión. Ya sabes que es muy estricta y si peco contra sus principios no tengo confesor que me absuelva, porque yo soy el fundador, profeta, gran gurú y único miembro. Hago las misas como un ventrílocuo con sus muñecos”.

Ella suspiró.

“Álvaro, llevas un año sin escribir”, dijo.

“He llegado a estar seis”, repliqué yo.

“Muy bien. Genial. Mira, tienes la cabeza cuadrada. Tiene que ser todo como tú dices, cuando tú dices y si no te enfadas y dejas de respirar. Es una maldita chiquillada, ¿sabes? Como cuando te cabreabas porque no conseguías completar los álbumes de cromos, porque los querías enteros, y los querías ya, y del cromo del pingüino con cabeza de teen wolf dependía toda tu felicidad y tu estabilidad emocional. Y cuando lo conseguías, no volvías ni a mirar el álbum porque ya no te interesaba, ya era demasiado tarde, ya no te hacía ninguna ilusión. Nunca, jamás entenderás que lo importante no es llegar a Samarcanda, sino recorrer el camino. Tienes a mucha gente dispuesta a hacer la ruta de la seda contigo, y te da igual”.

“Eso me lo has copiado”, le indiqué con resquemor. “Lo dije en la bitácora”.

“Es un tópico. No está registrado”.

“La verdad es que sí que lo está...”, rezongué.

Ella me mandó a la mierda y continuó exponiendo toda clase de anécdotas humillantes de la infancia que, por cuidado de imagen, no citaré aquí.


El licoesfenícico: un trauma freudiano aún no superado y compartido por muchos. Hubiera sido mejor para mi salud mental no completar jamás la colección, y dejar siempre ese sugerente texto sin la imagen que lo ilustra y lo destroza.

“Álvaro”, decía ella mientras yo rememoraba con placer los cartoncitos pintados que coleccionaba con siete años y ardía en deseos de buscarlos en alguna de mis múltiples cajas en cuanto mi hermana saliera por la puerta. “Estoy preocupada por ti. Estamos todos preocupados por ti. En serio... ¿Conoces a Kennedy Toole?”, me disparó a bocajarro.

Enarqué las cejas, creo, o hice otro gesto igual de flipado, tal como elevar la comisura del labio o fruncir el ceño. Hubiera salido corriendo al baño a mirarme la jeta congelada en el rictus para describirlo con total verosimilitud, pero no quise romper el clímax. A eso se le llama tener un buen sentido del ritmo narrativo. A lo que hago ahora transcribiendo esta chorrada, lo contrario.

La conjura de los necios, ¿no?”, respondí. “Me gustó. El personaje de Ignatius es un crack: pocos tipos hay más hijos de puta y jodidamente antipáticos al lector a los que se les tome aprecio sin que de pronto ‘se vuelvan buenos’. Además es un puto arquetipo. Tiene que ser genial crear un arquetipo: da igual que sea el Quijote, la Celestina o Sherlock Holmes. Hay algo grande en los arquetipos. Hasta en James Bond. Arañan las tripas, tocan las cuerdas del arpa que llevamos en las costillas; nos hacen sentirnos entre dioses homéricos. Ignatius es un gordo cabrón, un cerdo con ínfulas al que se adora y detesta por igual en todas y cada una de las páginas del libro. Ojalá yo fuera capaz de hacer eso”.

“No me lo revientes, que no lo he leído. Suponía que tú sí. Yo conozco la leyenda del autor, claro”.

“¿Cuál?”.

“No me digas que no sabes de lo que hablo”.

“Pues no. Es que procuro conocer lo máximo posible de los libros y lo mínimo de los escritores. Les tengo algo así como alergia. Deberían lobotomizarlos a todos, o prohibirles salir a la calle. El día que desaparezca la figura del autor será el más feliz de mi vida. Haré una fiesta contra el paradigma romántico a la que yo, naturalmente, no estaré invitado, por capullo, por autor y por romántico. Que lo soy”.

Ella no me hizo ni caso. Se puso a recitar la mayor fuente de desinformación que existe: la wikipedia. Sospecho que se la empolló antes de venir de visita, pero eso es porque me gusta pensar mal de todo el mundo, y porque es lo que yo habría hecho en su lugar.

—Mira, La conjura de los necios tiene un Pulitzer. Todo el mundo la considera una obra maestra, ¿no? Pues Kennedy Toole fue de editorial en editorial recibiendo nos en todas. En una se entusiasmaron con el libro, pero en el último momento se echaron para atrás, saliéndole con excusas ridículas. Una de ellas, que su novela no trataba de nada. Era profesor y empezó a faltar a sus clases, a emborracharse, a pasar de todo. ¿Te suena? Se suicidó, claro, considerándose un fracaso con treinta y dos años... —a esas alturas de la historia, admito que yo miraba por la ventana con expresión soñadora—. ¡No sonrías, gilipollas! —me chilló ella—. ¡Se supone que la moraleja es al contrario!

“Sí, conocía el cuento”, comenté. “Y me parece cojonudo, ¿sabes? Tópico hasta la náusea. Pura literatura. Viva el paradigma romántico: suicídate para triunfar. Lo hacen muchos. Conocí a uno que lo hizo, ¿te lo conté? En Filología pasa; es una cantera de capullos. Ya te toparás con alguno. Éste que te digo hacía unas poesías que no valían ni para estamparlas en la puerta de un retrete, así que no ganó el premio al Genio Incomprendido del Año, sino al Pringado Que Dejó Sobre La Acera Un Cuadro Expresionista, pero él se creía muy grande. Pobre imbécil”.

Mi hermana meneó la cabeza. Me mostró los dientes en una sonrisa sarcástica.

“Ah, así que hay que ser bueno para hacer eso, ¿no? Sólo los genios pueden suicidarse. Nada, nada. Tú mismo. Pues mátate. Vas por buen camino”.

“Qué va. Estoy viejo para romanticismos. Estoy viejo hasta para suicidarme. Con dieciocho pensaba que me mataría a los treinta, después de haber publicado al menos cinco obras maestras que, naturalmente, no serían reconocidas hasta mi muerte, que mola más que triunfar en vida, tan burgués y acomodaticio. Irónico, ¿no? Qué daño nos hace todavía el romanticismo. Sólo es literatura. Sólo son libros. Pero sí, estoy llegando al límite. Por una novelita juvenil de fantasía realista con góticos dentro. Es tristísimo”.

Ella hizo acopio de valor y de aire.

“A ver, yo quiero que me respondas a una cosa, Álvaro. ¿Qué te parece La conjura de los necios? La verdad”.

Me tomé un tiempo antes de responder. Miré para otro lado. Me hubiera santiguado si fuera creyente, porque estaba a punto de soltar una blasfemia gigante.

“Sobrevalorado”.

Resoplé de alivio. Me temblaban las manos. Esperaba que cayeran del cielo las musas, Apolo y el Parnaso entero, todos a por mí, con Calíope encabezando el ataque, armada con sus tablillas para reventarme los huevos en medio, enarbolando el estilete y dispuesta a metérmelo por el recto, entre alaridos triunfantes de cabalgata de las valquirias.

“¿Pero es bueno?”, insistía mi hermana, hundiendo las uñas esmaltadas en la herida y buscando el perdigón para hundirlo.

“Sí. Sí, sí es bueno. Claro que es bueno. Pero... creo que tiene errores de principiante”.

Los dioses me perdonen. Continué hablando de personajes secundarios que desaparecían, que no se sabía bien qué pintaban, y de estructura caótica. No es una herejía tan severa como soltar que Cervantes repite sustantivos y verbos en un mismo párrafo, o que emplea más la conjunción que que lo que yo lo hago en la frase que estáis leyendo ahora mismo. Pero es grave, y merezco la muerte en la hoguera, cebada con libros de teoría de la literatura y prendida la llama por los académicos. Finalicé mi exposición con un “pero es muy bueno; es una pena que no siguiera escribiendo”.

La cara de mi hermana mostraba el más profundo triunfo. Hasta se relamía del gusto como una gata acicalándose. Me había llevado justo a donde quería. Y ahí me dejó, meditando.

“¿Crees que Politeísmos es lo mejor que vas a escribir en tu vida?”, me espetó.

Solté la carcajada.

“¿Politeísmos? ¿Politeísmos lo mejor que escribiré en mi vida? Politeísmos es una MIEERRRRRRRRRRRR...”

“Álvaro”, me interrumpió ella, repentinamente seria.

“¿Qué?”.

“Tus lectores”.

Pestañeé.

“¿Qué les pasa?”.

“Te están leyendo, ¿sabes?”.

Por supuesto, ella no dijo eso, ya que estábamos en mi casa, pringándonos de roscón, con churretes de chocolate en la barbilla y sin lectores presentes. A esto se le llama la técnica del “distanciamiento”, de la cual el puto amo es Bertolt Brecht. Sirve para marear al lector y recordarle siempre, siempre, que lo que lee es literatura. No verdad. Literatura. Ni más...

Ni menos.

—Mis lectores saben que estoy hasta la polla de mi novela —dije yo—. Fue uno de los motivos por los que cerré la bitácora. No estaba en condiciones de hacerle publicidad. Me la he leído cien veces —más, concretó ella— Me la sé de memoria. La detesto. Es como cuando te pones tu canción favorita en los cascos, y la escuchas una y otra vez. Acabas odiándola. La pasas. No quieres oírla nunca más en tu vida. Llegas a sacarle mil defectos. Piensas que es una puta mierda. ¿Sabes por qué quiero publicarla? En el fondo. La verdad. Quiero que se publique para darle una patada, encestarla en el váter y tirar de la cadena. Ahí es donde debe estar.

Ella se cabreó.

—¿Sabes lo que humillas cuando haces esto, y lo haces sin parar? ¿Sabes que me insultas, que insultas a los que te hemos leído? Álvaro: tengo criterio. No soy subnormal. No leo Los pilares de la tierra ni El código da Vinci. Estaba predispuesta contra tu libro porque lo habías escrito tú, porque eres mi hermano, porque se suponía que tenía que gustarme, tenía que animarte, que estar a tu lado. Y a las diez páginas daba igual quién lo hubiera escrito. Me metí. Simplemente. Mira; te lo digo: puede que sea mi libro favorito —ahí me entró la jactancia. Empezaba a hincharme como un pavo: la noria subía a velocidad de vértigo. Ella me vigilaba por el rabillo del ojo y me cortó el ascenso—. No, no lo pienso volver a repetir porque te conozco, y un minuto me dices que odias el libro y al minuto siguiente que lo amas, y al siguiente que ojalá nunca lo hubieras escrito, y al siguiente que lo único que quieres es que lo lean para poder contar todas las historias que lleva detrás en la bitácora porque te mueeeeres por hablar de tu libro, por hablar de él, por saber qué opinan los demás, porque en realidad no quieres hablar de otra cosa, y otra vez vuelta a empezar conque es lo peor y no le gustará a nadie, nunca, en el planeta, y todos los que lo hemos leído somos imbéciles o tenemos taras mentales, porque si no no se comprende que nos guste algo tan malo. PARA. Si vuelves a sugerir que tu libro es una mierda me enfado de verdad, ¿me oyes? Si dices que tu libro es una mierda dices que a mí me gusta la mierda. Así que te guardas el látigo para flagelarte cuando me marche, que no me gusta ver sangre. ¿De acuerdo? Lo que tienes que hacer es dejar de lloriquear y escribir. Creo que ya toca. ¿No te parece?

—No puedo —contesté, hundiéndome en el cuello de mi camisa y en toda mi goticidad.

—Claro que puedes.

—No, qué va. Estoy aún enfangado. Tengo que librarme del libro. No soy capaz de meterme en otro proyecto. ¿Sabes el esfuerzo mental que lleva esto? ¿La presión? Mira, yo soy como los perros. No puedo hacer dos cosas a la vez, porque la que hago me consume y me destroza. Estoy harto, harto de esto. Claro que quiero escribir; no te jode. No tienes ni idea de lo que supone para mí cerrar el pico y el portátil. Es como si me mataran por dentro.

—Pues actualiza la bitácora, al menos. Escribe algo. Lo que sea.

Bufé.

—Eso no arregla nada. Eso no es creación. No me dopa, no me afecta. Es un puto placebo.

—Los placebos funcionan. Escribe. Ya saldrá otra cosa luego. NECESITAS escribir. Te estás pudriendo. Te oxidas. Nada te interesa, y cada día menos. Cuando te pongas, te saldrá algo mediocre, te frustrarás y lo dejarás aún más tiempo. Tal vez para siempre. Y eso no es justo, Álvaro. Ya no para ti. Para los que hemos leído el libro, para los que queremos leer los que escribas en el futuro. Te quedan historias de sobra, y estoy segura de que van a ser mejores que la primera, porque si no, no las harías. ESCRIBE antes de que no puedas. No es como montar en bicicleta.

—Lo sé. Mejor que tú. Pero no tengo nada que decir. No me pasa nada. Nunca pasa nada. El libro no sale. No sé cuándo saldrá, si es que lo hace. Todo es decepción tras decepción y espera tras espera: estoy cogido por las pelotas y lo sabes muy bien. No puedo contar ahora lo que está pasando con la novela. Es... complicado. No puedo destapar la caja de los truenos; aún no. Eso es lo que quiero contar, joder. Sólo eso. Y no puedo. Eso es lo que quieren saber mis lectores: qué pasa con Politeísmos. ¿De qué coño quieres que escriba? No voy a reabrir la bitácora después de tres meses para hablar de las subespecies de la margarita silvestre. Además, ¿para qué? Si ahora me pusiera a escribir me iba a salir un truño, lo que he merendado o la tabla del siete.

—Qué más da. Pues escribe un truño, lo que has merendado o la tabla del siete.

Y es justo lo que estoy haciendo. He escrito un truño y lo que he merendado: me falta la tabla del siete.

...

Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno...

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2008

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24 Octubre 2007

Carta a los lectores habituales.

Desocupados lectores:

Publicar la novela se está convirtiendo en un proceso kafkiano. Nada me gustaría más que daros todos los detalles, pero no sería muy inteligente por mi parte, así que me los callo. Ojo: no es que vaya mal la cosa, es que se demora, como los aviones, y se vuelve a demorar cuando todos creíamos en la terminal que ya tomaba tierra y andábamos sacando las pancartas de bienvenida. Y a mí no me queda paciencia y no se me ocurre con qué actualizar. Si sigo subiendo sólo mis lecturas éste acaba siendo un blog cultural bastante gafapasta con cierta mala leche, pero sólo cierta (porque como ya os dije, no encuentro mi tono ni mi alegría mordaz, esa forma de coser las palabras clavando la aguja y pinchándome en el dedo a propósito a la que estáis tan acostumbrados, y los que ya hayáis leído esta frase en el comentario os jodéis: yo reciclo). Lo que está claro es que no quiero hacer un blog sólo de crítica. Siempre he subido mis lecturas cuando no sabía de qué escribir o como excusa para terminar hablando de Politeísmos. Éste nunca ha sido un blog de reseñas. Ya hay muchos, conozco algunos muy pero que muy buenos y el mío no les llega a las suelas, ni es mi intención. El faro no es un blog de literatura ni personal: es una bitácora sobre una novela. Punto. Y la novela no sale, de momento. No puedo seguir actualizando del aire.

Aquí he tenido lectores de todo tipo. Escritores, lectores y freaks, talluditos y quinceañeros. He tenido el mismo número de forofos de Borges que de El señor de los anillos. He tenido todo lo que yo soy y muestro, pero en personas separadas. Y eso es lo que quiero. Nunca me ha gustado encajonarme en un sitio. Nunca me he volcado por entero en el fandom, a pesar de que lo que yo hago podría (sólo podría) meterse con calzador en la literatura fantástica convencional. Tampoco me he proclamado Escritor Con Mayúsculas ni lo haré jamás. Detesto el academicismo, aunque también lo venero por cuestiones de formación. Es como un zapato que te aprieta y no logras sacarte. Soy lo que soy. Soy un funambulista, me gustan los límites, las cuerdas flojas, las delgadas líneas. No me voy a ovillar tan contento en el nicho de un subgénero y a vivir la vida sin mover un puto dedo porque se está muy a gustito en tu rincón, midiéndote sólo contra los cuatro que se reparten la tarta que a más tocas, y no me voy a dedicar a escribir bonito y sin disfrutar de una historia ni meterme en ella ni vivirla porque sea mucho más cool no dejarte llevar por los personajes, que vaya por dios, lo mismo caes en el hiperrealismo, qué tragedia y qué delito.

Me la pela. Escribir no es un proceso de elección. Haces lo que eres y lo que sientes en ese momento. Yo soy un niño viejo al que el cuerpo le queda grande. Así de simple. Hablé de esto con amplitud en un post hace tiempo. Y en otro. Y en otro...

De alguna forma mi novela tiene un “target”, que dicen los editores. El target está entre los quince y los treinta años, posiblemente. Esto es una soplapollez; Alicia en el País de las Maravillas sigue siendo igual de bueno si lo lees con nueve años que con cuarenta. Los targets no existen, pero haberlos haylos, como las meigas. Y posteando sólo Mis Importantes Opiniones Sobre Literatura de alguna forma engaño a mi lector. Porque una cosa es lo que a mí me gusta leer —pijotadas escritas maravillosamente que no cuentan nada— y otra muy distinta lo que a mí me gusta escribir. O me gustaba. Que ya ha pasado un añito desde que terminé la novela.

La cuestión es que estoy cogido por las pelotas. No puedo seguir hablando de lo maravilloso que es el libro porque yo soy el primero que está hasta la polla de él —me lo he leído CIEN veces, señores, CIEN (son más, pero no me creeríais)—, no puedo contaros cómo va su publicación porque hay que ser discretos con estas cosas y no pienso hablar de mi vida porque carezco de ella. Es como si, al volcarme tanto en esto, me estuviera difuminando para lo demás. Me levanto como un zombie. Soy un fantasma en el trabajo. No salgo de casa más que para hacer la compra y sacar a mis perros. No respondo a las llamadas de los colegas. No veo a nadie los fines de semana. Permanezco, durante horas, mirando fijamente la pantalla del correo electrónico con el móvil al lado. No tengo conversación; no me apetece hablar de nada, así que me callo. A veces hasta cierro los oídos cuando me hablan, como si se me hubieran taponado por la diferencia de presión. Porque soy una olla exprés, por dentro, y cuando esto explote, cuando de verdad el libro esté en las tiendas, probablemente no me pare ni un tren de mercancías: detendré todos los problemas con la uña del pie izquierdo y sin despeinarme. Pero ahora me vuelvo borroso e insustancial. Si me miro al espejo es como si los contornos se fundieran con el armarito de atrás. Vivo para la literatura; no tengo literatura, pues no vivo. Elemental.

Así que me voy a tomar un respiro. Es decir, voy a hacer lo mismo que hago siempre, pero avisando: dejaré de postear una temporada —jiaaaaaa, Al, llevas sin subir nada diez días, quién lo va a notar a estas alturas—. No sé cuánto estaré sin escribir. Lo mismo la noria sube de golpe y mañana os sorprendo. Puede que tarde una semana o un mes. No voy a engañaros: no lo sé.

Ahora andaréis diciendo: “Tío, eres más blando que la gaseosa. ¿Por unas cuantas largas te hundes y dejas de escribir? Vaya puta mierda de escritor ‘por necesidad’ que estás hecho, Alvarito. A otro perro con ese hueso, capullo. A mí no me vendes la moto. Ponte a currar y deja de hurgarte en las cicatrices con el cuchillo de la mantequilla, que no cuela”.

Vale. Sí. Podría justificarme con aquello tan socorrido de que tengo diagnosticado un trastorno maniaco-depresivo crónico, pero los lloriqueos —pobre yo, pobre, pobre, levántenme una estatua, por favor, en la que ponga “mártir en proceso de beatificación”— mejor los dejamos para los momentos íntimos a la luz de las velas de un rezo en la capilla o una cena romántica para camelarte una tía (dos actividades que me resultan completamente marcianas: yo soy politeísta y el romanticismo que a mí me mola es el del XIX y la pistola en la boca delante del espejo).

A lo que íbamos: que no voy a disfrazar lo que me pasa. Que sí, que tengo depresión. No es ninguna novedad. A mí me tira al suelo ya no un soplido, sino la pedorreta de un bebé. Por otro lado, me levanto al minuto y a seguir corriendo, que en eso consiste la vida. Pero de entrada me dedico a repasar cicatrices y me vuelco en cuerpo y alma al que siempre será mi verdadero oficio, harto productivo: la papiroflexia. Cojo las páginas de mi novela y las doblo hasta que realizo una pajarita que mueve las alas, para luego lanzarla por la ventana y considerar si ir yo detrás. ¿Triste? ¿Patético? Qué va. Divertidísimo, sobre todo cuando te sucede varias veces al día. Una auténtica juerga, especialmente para los que te rodean. Recuerdo aquella magnífica anécdota de una ex que estaba haciendo una entrevista de trabajo y le preguntaron: “¿Tiene usted pareja estable?”, ante lo cual mi entonces novia pensó: “Bueno... Mi pareja muy estable no es”. No lo dijo —qué desfachatez, una frase tan buena—. Lo llega a soltar y la contratan fijo.

Así que no escribo. Ahora. No escribo porque todo lo que me muero de ganas de contar en este momento no tiene ningún sentido. Si la novela no va a salir YA a la venta mejor cierro la bocaza y me lo guardo hasta entonces, que espero que sea PRONTO. Está la otra opción: qué coño queréis saber del libro, si es que queréis saber algo. Preguntadme, y yo hago un post. Desde el número de pie que calza el protagonista hasta de qué color son sus gayumbos o lo que opina de la situación económica internacional.

Como supongo que os la pela y me leéis por deporte, cerramos el chiringuito durante un tiempo, en conclusión. No mucho, espero. Ya me conocéis. Siempre miento. Es muy posible que mañana esté actualizando. O no.

Hubiera puesto para cerrar un cacho de la peli de Terminator, pero no estaba en youtube y me da pereza subirlo. Así que imaginaos la cavernosa voz de Constantino Romero diciendo “VOLVERÉ”.

Porque necesito unas vacaciones. Y de verdad.

En fin. Como dice el dicho, corre más un galgo que un mastín. Pero si el camino es largo...

Corre más el mastín que el galgo.

¿Desde el faro? Hoy no.

Desde el barco a la deriva, que es lo que pasa cuando se cierran los faros,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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12 Septiembre 2007

Las cosas de palacio.

Sigo vivo. No, no me han congelado en carbonita.

Después de un post kilométrico que no se leyó prácticamente nadie porque agotaba la paciencia del lector y del dedito que mueve el cursor, actualizo “de mentira”.

No tengo nada que contar. No quiero actualizar. No quería, en realidad, hasta que tuviera la respuesta definitiva de la Editorial Misteriosa, para decíroslo y que todos juntos diéramos saltos y palmitas. Pero no va a poder ser. TARDAN.

Estoy bastante cansado de largas, de esperas, de sí pero no y no pero sí y de falta de noticias. Sólo quiero saber cuándo voy a publicar Politeísmos. Ya está.

Y es también lo que queréis saber vosotros. Pero septiembre es un mes muy malo, se agolpa el trabajo atrasado y nadie quiere darle prioridad a algo nuevo hasta que no finiquite lo antiguo. Es así. Y en todas partes.

Las cosas de palacio van despacio. Sabiduría popular.

Este fin de semana actualizaré “de verdad”. Ahora sólo quiero informaros de que he subido un botón nuevo al margen derecho de la bitácora, para el que quiera “darse de alta” y recibir la noticia en el minuto exacto en el que Politeísmos —novela de gran éxito de Álvaro Naira, blablablá— esté a la venta en vuestras librerías. Para los que no viven a este lado del charco, lo mismo: la Editorial Misteriosa tiene venta por correo a particulares de todo el planeta mediante paypal, el sistema de pago más seguro de internet, por cierto. Y casi el único, a estas alturas.

Pues eso. Pincháis en el caracol, ponéis en “Tu nombre” vuestro nombre, pseudónimo artístico o lo que os venga en gana; en “Tu email” ponéis vuestro email, porque si no, difícil que os envíe la información. A los que se mosquean con el spam, les juro y perjuro que sólo les llegará UNA carta con el aviso y punto, y que ocultaré los destinatarios para que nadie más que yo tenga vuestro correo electrónico. En “Tu mensaje” podéis poner: “Avísame cuando pueda comprar tu novela” o “Me cago en tu puta madre”, que lo mismo me da que me da lo mismo: el resultado será idéntico. Recibiréis el correo.

Fácil, sencillo. Y aquí os dejo por el día de hoy. Estoy cansadísimo. De todo, en general. No hundido. No. Aún me queda mucha tralla. A estas alturas de la vida sería absurdo que me hundiera simplemente por tener que esperar (más).

Desde... ya sabéis desde dónde.

DESDE LA PUNTA DE...

En fin. Más bien “hasta”.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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5 Junio 2007

Teseo y el revisor del gas.

Seguimos trotando a cuatro patas, siempre en movimiento y con el hocico apuntando a la luna. Persiguiendo la presa como lobos, agotándola hasta que caiga.

Intentando publicar mi libro, claro. Ya vale de metáforas sobadas, y digo sobadas porque las dos frases anteriores pertenecen a mi novela, Politeísmos ©, Todos los Derechos Reservados, Prohibida la Reproducción Total o Parcial de la Obra y demás pijadas que en el fondo me la fuman (Aullad, malditos: ¡¡¡MUERA LA SGAE!!! Faltaría: sólo hasta el momento en que mi obra circule por internet, que entonces me tocará la moral que la leáis sin pagarme y os montaré un puro de cojones; eso si es que no la subo yo para ponerme el pleito a mí mismo: siempre he deseado padecer del Trastorno de Identidad Disociativa y ése sería un buen comienzo).

Tengo misteriosas noticias sobre una misteriosa lectura no oficial de una editorial misteriosa, pero no entro en detalles todavía PORQUE NADA ES SEGURO. “Al, hijo de puta, ¿entonces para qué actualizas?”. Pues para contaros otra de mis muchas y trepidantes aventuras, que no os aburráis y penséis que me he muerto. No caerá esa breva. Aún. El malditismo me pone un huevo; no os sorprendáis si una vez publicada la obra el que suscribe hace con que se suicida de manera decorativa con media botella de absenta y tres cajas de aspirinas. Es decir, sin suicidarse, claro; pero diciendo que lo hace, desvaneciéndose de forma elegante como las doncellas en los libros de caballerías y cotilleando después los comentarios, para parafrasear a Mark Twain en el entierro y ser apaleado por anormal.

Cachis. Ya lo reventé; no voy a poder hacerlo.

He conocido a una agente literaria. Charlamos amigablemente durante lo menos siete segundos, pensó que yo era un psicópata y que venía a matarla. Después agarró El Ladrillo —mi novela es de más de trescientas páginas en su espiral, unas seiscientas y tres picos en formato libro, para que os hagáis a la idea—, sonrió de manera forzada y pensó: “En cuanto este asesino en serie desaparezca del rellano, cambio las cerraduras, el telefonillo, el conserje, mi lugar de residencia, la ciudad, el país y el cartero. Y me compro tres dóbermans”. No lo dijo en voz alta; yo le podría haber prestado los míos, aunque son tan inútiles para el combate como el portero de su casa. Sin embargo, las palabras que surgieron de su boca fueron: “Te contestaré en dos meses”. Lo que tardará en mudarse, sin duda.

Empezaré la historia por el principio: presentándome. Soy un escritor perfectamente común, estoy colgado y hago muchas tonterías. Una de las más gordas es la que os voy a contar ahora mismo. Yo ahí, genio y figura, metiendo siempre la pata hasta el corvejón y luego removiendo hasta que tiro el cubo.

Me planté en casa de una agente.
Sí. En su casa.

Estaba el del gas.

Conseguí la dirección de todos los agentes de España sin problemas —internet es algo maravilloso—, pero no venía más que la calle, con su número y apartado de correos para mandar el manuscrito. Pensando ahorrarme el envío certificado, agarré la lista de los madrileños, me fugué del curro con la Socorrida Excusa de tener que someterme a una colonoscopia y salí por piernas hasta el culo del mundo, más o menos donde Cristo perdió el mechero, a tomar por saco, en las afueras y aledaños, where no man has gone before. Llegué tras diversas peripecias tales como enfrentarme a un dragón que escupía fuego y tomar el metro y tres autobuses —arriesgadísima hazaña, y encima me pasé y tuve que volver sobre mis pasos andando—. Esperaba encontrarme una oficina y dejar el manuscrito entre los cientos a una secretaria, porque soy gilipollas perdido y pienso con ciertas zonas de mi anatomía que debería guardar bajo los calzoncillos —¿me referiré a la polla? ¿Me referiré al culo? Hay preguntas cuya respuesta es mejor que no conozcáis—, pero me topé con la iglesia contra la que se estontonó don Quijote: un Castillo Inexpugnable, complejo residencial con quince edificios, piscina cubierta, saunas privadas, campo de baloncesto, fútbol sala, minigolf y amplia extensión de césped con casita de jardinero, rosal chino, bonsáis japoneses, cancha de tenis, de pelota vasca, críquet y bolera, picadero con doce caballitos árabes pura sangre así como reducto de pádel o como se escriba eso a lo que juega la jet. (Sí, exagero. Es para que no sepáis dónde es, pero tampoco creáis que lo inflo mucho). Estuve unos veinte minutos ante una puerta que no envidiaba la de Alcatraz, paseando en torno al recinto —sin conseguir rodearlo— como un lobo enjaulado que pierde el sentido y ya no sabe en qué lado de los barrotes se encuentra y si desea entrar o salir. Y a puntito de darme la vuelta y cagándome en todo lo que se mueve sucedió el milagro. La serendipia. La alteración del orden natural del cosmos. No, no llegó Paulo Coelho, a dios gracias.

Entre luces de discoteca —las epifanías deben adaptarse a los tiempos—, envuelta en finísimos y vaporosos velos, cabello al viento y carne rosada, cayó del cielo Ariadna. Con Virgilio, el Lazarillo de Tormes y un perro de la ONCE. Todos juntos, en feliz sincretismo, disfrazados de mono azul bajo la hipóstasis de un revisor del gas. No me jodáis, si hay cuatrocientas versiones de la Virgen Santa y Bendita, incluida la negra y la que lleva escafandra, por qué no va a poder Ariadna presentarse en figura proletaria.

Tardé en reconocerla. Me pasó como a Eneas, que no supo que la doncella tiria del coturno era su madre Venus hasta que le vio el culo; yo no supe que el revisor del gas era mi musa salvífica hasta que le vi los papeles.

En los papeles del revisor del gas figuraban, en primer lugar y con letras de oro —bueno, boli bic— el nombre y apellidos de la que nunca será mi agente, junto con su portal, escalera, piso y letra.

Regresemos a la acción: yo estaba en la puerta vallada mirando con cara de póquer el complicadísimo telefonillo (de los de número, letra, campana, número, letra, campana y demás combinaciones dignas de Misión Imposible). Se produjo el suceso sobrenatural e intenté parecer despistado y confundido y, pese a mis nulas dotes de actor, lo conseguí porque realmente lo estaba. Entonces interpelé a mi Ángel de la Guarda —el revisor del gas— con un: “Buenos días. Vaya fregado de telefonillo, no lo entiendo”. Y Ariadna sonrió y dijo con una voz de camionero fumador adicto al anís que me sonó a confitura y mieles deslizándose sobre el crujiente dorso de una rebanada de pan (hasta me entró apetito): “Sí, está complicado. Vamos a ver si averiguamos cómo va”.

Y destejió su hilo. Las hojas aleteaban como palomas al compás de las manipulaciones del timbre. Tardó lo suficiente como para que yo pudiera cotillear y memorizar los datos, a pesar de los aspavientos, que hacían la tarea harto más entretenida.

El conserje estaría tomándose unas birras, supongo, porque pasé a la urbanización tras el del gas, alegremente. Y le seguí hasta el portal con la misma alegría. Y me abrió, diciendo: “Vaya, ¿vas al mismo edificio?”. Asentí, trepé los escalones de un piso a pata para desaparecer de su vista y no resultar tan llamativo, volví a bajar, me oculté entre las sombras, huroneé por el portal, las alfombras, las plantas de plástico y los jarrones chinos, sin saber muy bien dónde me había metido. Conté hasta sesenta, me agarré las pelotas y subí en el ascensor.

Llamé a la puerta de la agente con mi santa cara, me abrió la buena mujer y aparecí en su real casa. EN SU CASA. Os juro que yo todavía creía que me iba a encontrar con una oficina de las extrañas que están en un bloque. Ella —en bata y zapatillas— me miraba con cara de “¿Y tú quién coño eres y qué haces aquí?”. Yo sonreí como un gilipollas e intenté parecer inofensivo.

No lo conseguí.

Le dije: “Perdone, contacté con usted por correo electrónico. Le traigo la copia de mi novela. Siento molestarla, pero es que soy pobre. Así me ahorraba los ocho euros del envío”. Ella torció la cabeza; era una presentación digna de un personaje valleinclanesco. No reaccionó mal (una agente está acostumbrada a tratar con escritores, y un escritor está acostumbrado a tratar con trastornos psiquiátricos) así que me dijo con intención de cumplir: “Perdona que no te invite a pasar, es que está el del gas”. A mí no se me ocurrió otra cosa que responder: “Ya, ya lo sé”. En ese momento, escuché claramente un chasquido rítmico de palomitas de maíz en el microondas: deduje que eran sus neuronas. Antes de que le explotara la cabeza y me pringara con la materia gris y la blanca, desmesuré los ojos, sacudí el cuello como un perro que se seca y le dije que de ninguna manera quería molestarla, que ya me iba y que de verdad pensaba que me iba a encontrar con una oficina y que mil perdones y disculpas y bulas papales. Me rebotaba en las sienes la frase siguiente, tanto que no sé si la pensé o la dije en voz alta (de perdidos al río):

“Puede que en ese mismo instante esté usted pensando que yo estoy como un rebaño de cabras. Cuando lea mi novela SE CONVENCERÁ DE ELLO”.

Y huí precipitadamente por las escaleras.

Esto sucedió hace ya unas semanas; me lo callé por esa cosa que llaman discreción, virtud que me resulta tan desconocida y ajena que a veces la escribo con dos ces.

Y no tengo noticias, claro. Ni las tendré. No cabe duda de que le causé una impresión. Ahora, cuál...

(Y sí, estoy contento y saltarín. La historia de arriba es cierta, literaturizada lo justo por mis culpables patitas. Y me importa una mierda haber hecho el ridículo. Ya os he dicho que tengo últimamente buenas noticias por otro lado. Pero como siempre, serán como los globos: se pinchan.)

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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29 Mayo 2007

Rechazos de los que se cuelgan en la pared.

Hace tiempo os dije que soy un bocazas y que debería morderme la lengua y dejar de airear mis fracasos editoriales, mis envíos, fiascos y persecuciones a editores y agentes, porque hay personas implicadas a las que no les haría puñetera la gracia —especialmente si hablamos de editoriales pequeñas—. Pero esto no puedo evitar compartirlo.

Hay rechazos que duelen más y otros que duelen menos. Se trata de una carta tipo, así que no duele ni pizca. Y más cuando tardan sólo dos meses, te devuelven el ejemplar sin cobrarte un duro y te lo llevan a tu casa. Les das hasta las gracias por el detalle, porque no te lo esperabas. No es que me valga para nada —he introducido tantas correcciones desde hace dos meses que se va a ir derecho al contenedor de reciclaje: está obsoleto— pero se han portado como caballeros.

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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21 Abril 2007

La tercera alternativa.

Mis disculpas, estimados lectores. Me he tomado unas vacaciones en mi faro personal. He apagado la linterna con una paletada de arena, me he encendido un cigarro con los rescoldos del fanal, he bajado las escaleras, me he apoyado contra la torre y me he limitado a contemplar el mar y las estrellas, a escuchar los rompientes y a sentir la sal de la brisa en la cara. Así, durante semana y pico, cada noche. Mirando al infinito. Pensando.

Entretanto los barcos se hostiaban, uno tras otro, contra el farallón.

He cerrado el chiringuito, que significa tan sólo que he tenido una nueva caída en picado de la noria. Esta vez se ha salido de los raíles y ha bajado rodando por la colina. Y no lo deja, y como empiezo a estar hasta la polla de símbolos y alegorías, resumo: Mrs. Ciclotimia ataca de nuevo. Y viene con refuerzos. Para los que no conozcan mi interés coleccionista por los trastornos psiquiátricos, les informo: sufro y disfruto de la Enfermedad Más Literaria del planeta, la hermanita menor del trastorno bipolar, la única, la grande, la asombrosa —recíbanla con aplausos—: la puta noria, que no deja de girar, se paró y me pilló debajo. Y a mí van y me entran ataques de ansiedad, pero me los como porque me parecen una mariconada; me apetece darle al litio, pero no le doy porque me resulta conformista; no quiero levantarme de la cama, pero me levanto porque no tengo más remedio; daría cualquier cosa por no salir de casa, pero tengo tres perros que mean y cagan; preferiblemente, tres veces al día. Y también tengo un curro y un jefe, que cagará y meará, aunque a ése no hay que sacarlo a pasear, por suerte.

Traduciendo la situación clínica en términos escriturarios: tengo un bloqueo.

Total, completo y absoluto.

...

Han pasado veinte minutos desde que escribí la línea anterior. Os lo juro.

¿Por qué ahora?

Por varios motivos.

El otro día un buen amigo mío me comentó:

“Álvaro, te estás equivocando”.

Y yo le contesté:

“Siempre. En este momento, ¿en qué en particular?”.

Y me dijo una verdad de las que duelen.

“No vas a publicar. No así. Tú solito te estás poniendo palos en las ruedas, y ya es bastante difícil. Busca a un agente. Págalo si es necesario. Encuentra un contacto. Muévete en editoriales pequeñas. Deja de tirar a la luna y apunta a la farola. Conociéndote, no le vas a dar a ninguna de las dos, pero sé realista”.

Eso fue un golpe bajo, porque yo soy de los que se ponen muy contentos cuando juegan a los dardos y le dan a la diana. Y me refiero a la diana entera, no al centro, porque suelo acertar en la pared o en el colega que tengo al lado. Y así, con todo.

“Tu novela es más importante que tú y que tus pajas mentales. Si la abren, la publican. Estoy convencido de ello. Pero no van a abrirla si no va acompañada de una recomendación y lo sabes”.

“No, no lo sé”, le contradije yo. “Yo sé del mercado editorial lo mismo que la vecina de enfrente, me cago en la puta”.

Fue como hablar con el mueble.

“Estás esperando. ¿A qué? ¿A la respuesta de Alfaguara? Sabes que no la va a haber. Envía a otras ya. Consigue un agente. Habla con alguien. ¿Qué te detiene? ¿A qué le tienes miedo?”.

A qué le tengo miedo.

A qué no le tengo miedo, más bien.

Y como ya os he dicho que tengo un bloqueo, no voy a contaros qué me pasa porque soy incapaz y porque otros lo han descrito antes y mejor que yo. Voy a pegaros un texto de Neil Gaiman, que es un guionista de tebeos engreído, odioso y lleno de ínfulas que escribió uno de los relatos que más me han obsesionado en la vida. Copio el texto completo porque el tebeo escaneado se ve de culo, y pego alguna imagen.

Cuestiones previas: el tipo de negro es Sueño, una personificación de éstos, su señor, rey, amo y esencia —¿a que contado así parece una gilipollez? Como todo—. No es exactamente un dios; es más que ellos. La chica es una actriz. El inútil de la camiseta de tirantes es un dramaturgo y un trasunto de Gaiman. Y mío. Y de todo juntaletras que se precie. Al que no le toque la fibra, tiene la sangre de horchata.


ESCRITOR: Janet, serás la primera en saberlo. Mañana no iré al ensayo.
ACTRIZ: ¿Qué? Es tu obra. Tú la escribiste. Incluso las canciones estúpidas del tercer acto. Y eres el director. Y..
ESCRITOR: Ajá. Mira. Maletas. Todd Faber adiós se va deja ciudad no volverá. "¿Es espectáculo?" llamó esta tarde. El programa de la tele. Querían saberlo todo de Todd Faber y María Tifoidea Blues. Les dije que no estaba. Colgué y vi que tembalaba. Y... Lo dejo porque estoy asustado, ¿vale?

La actriz entonces le pregunta: “¿De qué tienes miedo? ¿De fracasar o de triunfar?”, y él responde con un “Buenas noches”.

Entonces, se queda dormido.


“Este sueño era de los diferentes. Era a tiempo real y subía por una pared rocosa. Yo nunca había trepado a ninguna parte. Ni a los árboles de pequeño. Vivo en un primer piso, que es más caro y no tiene vistas. Pero me da igual. No me gustan... las alturas. Pero aquí estoy en mi sueño. Trepando como si hubiera nacido para ello. Buscando apoyos para manos y pies, centímetro a centímetro, subiendo lentamente.
Y al fin llego a la cima.
Y me doy cuenta de lo alto que estoy.
Y lo lejos que están los demás.”


En la cumbre se encuentra con el señor de los sueños, al que le cuenta el origen de su problema, que ¡oh sorpresa! es también un sueño, sólo que lo tuvo de crío. Uno de éstos que todos hemos tenido en que no paras de caer, y sabes que si tocas el suelo, morirás. Y no logras despertar.


ESCRITOR: Y finalmente logré abrir los ojos. Estaba bañado en sudor, y empecé a llorar, en parte por no haber muerto y en parte por estar vivo. Y desde entonces me han... asustado las alturas.
SUEÑO: Ya veo.
“Y entonces el cuervo habló. Pensé: los pájaros no hablan. Y pensé: quizás hablen en sueños. Entonces supe que estaba soñando.”
CUERVO: Estás huyendo, ¿verdad?
ESCRITOR: No huyo. Es sólo que... que no lo sé. Todo se vuelve demasiado grande. Estoy desorientado. Tengo miedo. Miedo de hacer algo estúpido.
SUEÑO: Y si haces algo estúpido, ¿qué?
ESCRITOR: ¿Usted no tiene miedo a caer?
SUEÑO: A veces es un error trepar; siempre es un error no intentarlo siquiera.
ESCRITOR: ¿Qué me dice? ¿Que debería volver al espectáculo? ¿No abandonar? ¿Eso es lo que me dice? Sólo es un sueño. Oiga, yo no lo he inventado.
SUEÑO: Si no trepas, no caerás. Es cierto. Pero, ¿tan malo es fracasar? ¿Tan duro es caer?


"A veces despiertas, sí. Y a veces mueres", dice Sueño.
"Pero hay una tercera alternativa..."

En ese momento cae un rayo y se derrumba la cima en la que está.


"Y me quedé con ella. Y no desperté. Y no morí".

Al día siguiente, el inútil del dramaturgo regresa al ensayo. Happy end. Y le explica al actriz lo que le ha pasado.


"A veces despiertas. A veces la caída te mata".

Y a veces cuando caes, vuelas.

Mierda.

Aquellos que estaban brindando por mi pronta desaparición, que se jodan. Aquí seguimos. Me subo de nuevo la escalera de caracol. Por alta que esté la linterna, hay que trepar hasta ella y encenderla. Si me tengo que pegar una hostia, me la pego. Y dos. Y tres. Y trescientas. Voy a publicar mi puta novela, y voy a emplear todos los recursos que se me ocurran, y buena parte de los que se les ocurran a los demás. Y si no logro colocarla en un año, la cuelgo aquí, entera. Y os la envío por correo. Y la fotocopio y la dejo en los parabrisas de los coches. Y la lanzo desde un helicóptero.

Mañana, post sobre pedanteorías de literatura fantástica, si es que no se me cruza otro tema por delante, como suele pasarme.

Desde el faro, cojones.

Al.

Álvaro Naira © 2007

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12 Abril 2007

Longum est, non legitur.

Hace días que estoy más vacío que un jarrón. Hace semanas que estoy absurdamente tarimesco e inaguantable, subido a mi pedestal de Profesionalísimo Escritor. Hace meses que estoy más frío que un pescado. Es como si midiera mis palabras. Es como si pensara y repensara los posts. Me digo: “ahora toca meter una chorrada”; “ahora toca comentar un libro”; “ahora toca hablar de mi novela”.

Estoy haciendo publicidad. Estoy intentando colocar mi libro en una editorial —en Alfaguara en este preciso momento. Imposible, por supuesto—. Estoy tratando de ganar lectores.

Estoy cagándola. Eso es lo que estoy haciendo. No consigo más lectores. Los motivos son evidentes. Cuando los copistas medievales no se dedicaban a pintar tetas, culos y monstruos follando en las capitales y márgenes de los manuscritos, leían. Y al toparse con un montón de churros que no comprendían —que lo mismo era árabe que chino que un monigote—, escribían: “Graeca est, non legitur”, que viene a querer decir: “Esto es griego y no lo leo”. Porque leer en griego es casi regresar a la barbarie, vaya.

Otra vez me puse pedante, ¿lo visteis? A lo que me refiero es a que he observado, en mi breve experiencia bloguera, que los posts largos no se leen. Y tras mi rasgamiento de vestiduras, he hecho examen de conciencia. No es que toda la población internetera sea analfabeta ni que yo sea un tostón ilegible —que lo mismo sí—. Es que leer en pantalla CANSA. Los ojos duelen. Los electrones nos sacuden la retina y nos entra dolor de cabeza. Los artículos que tienen éxito son los que puedes abarcar de una vez con la mirada. Y es así. A la desesperada, opté por partir con imágenes mis vomitonas emocionales —que no lo son tanto, ya os he dicho que me mido, me constriño y me castro cada vez que me pongo a escribir aquí: error craso—. Añadí vídeos. Cambié el formato. Masqué los posts y los puse bonitos. Eso me lleva tiempo, tiempo perdido. Yo soy escritor, cojones. No diseñador gráfico (aunque haga mis pinitos).

A pesar de todo el trabajo, sigo sin tener apenas lectores. Y no varía.

Me apunté al concurso de 20 blogs para ver si me venía gente. Y me vino, sí. Y su nombre era SPAM —¿a que ha sonado bíblico?—. Ni un lector entró para quedarse.

El error es mío. Tiene que serlo.

No me voy a poner a patalear y a tener una rabieta y a odiar a la humanidad y a decir que todo el mundo es inculto y que no se hizo la miel para la boca del asno y soplapolleces egomaniacas por el estilo. Algo estoy haciendo mal. El qué, no lo sé. Tal vez es que sigo con demasiada precisión el Manifiesto del Mal Bloguer. Tal vez quiero abarcar un público demasiado amplio y mal definido.

¿Qué es lo que yo quiero?

Lectores, vale.

¿Cuáles?

Pues teta y sopa. Y a la vez. Y muchos. Porque esos son los lectores posibles de Politeísmos¡compra Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!. Quiero aficionados a la literatura fantástica de toda ralea —incluso a los que les mola la Dragonlace—, quiero chavales de quince años, quiero roleros, friquis y góticos. Quiero personas que se disfracen de los personajes, gente capaz de sentir y emocionarse y partirse la boca por una frase, por una idea, por una escena, como yo lo hago. Pero quiero adultos también; quiero lectores exigentes. Quiero devoradores de calidad. Quiero enfermos de literatura. Quiero niños desde los seis a los sesenta años, como dijo Exupéry, Carroll, Dalh, o Barrie, que ahora no caigo —aunque en mi novela se folla demasiado, pongamos desde los nueve—. Quiero el fandom y el mainstream. Quiero estar en el género y fuera de él. Quiero hacer reír y llorar. Quiero ser un escritor fácil y uno difícil. Quiero vender una obra de culto sólo apta para iniciados y un best-seller —hay que vender ALGO o no te vuelven a publicar jamás. Cantad conmigo: “primera novela no vendida, autor enterrado en vida”—. Lo quiero todo.

Pero no me lee ni un alma. Apenas ha habido dos o tres lectores desconocidos que han expresado su deseo de leer mi novela cuando salga a la venta.

¿Es un fracaso?

Pues no. Es un triunfo.

Tres lectores son más que ninguno. Si tengo que ganarlos así, así los gano. Ahora bien, si alguien conoce una forma mejor, estoy dispuesto a escucharla.

(No. No pienso ir al programa de Sánchez Dragó. Primero, porque no me abrirían la puerta. Segundo, porque creo que ya no existe —yo siempre a la última—. Tercero, porque lo mismo me daba el impulso atávico de colocarle las gafas en su sitio de una forma algo radical.)

Desde el faro, siempre (nunca la imagen fue más apropiada),

Al.

Álvaro Naira © 2007

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8 Enero 2007

El lanzallamas Politeísmos © (a los niños les encanta).

Me han hecho el mejor regalo de no-cumpleaños y de post-Reyes de toda mi vida: un peluche modificado a manita del personaje protagonista de mi novela —¡compra Politeísmos, gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—, con el cual inauguro oficialmente el merchandising de mi libro.

Es, sencillamente, la polla. La foto desmerece. No me canso de mirarlo. El original es de alguna serie manga chorra —me dijo el nombre, pero no lo recuerdo— reformado de arriba abajo, con la ropa teñida, un abrigo cosido de polipiel, un cigarro realizado en masilla con cubierta de papel y unas botas acojonantemente bien hechas. Sí, unas New Rock en miniatura. Todos sabemos que mi personaje protagonista es, entre otras muchas cosas, un macarra —lo que a mí me flipan las puñeteras New Rock y lo lejos que están de mi economía lo dejaremos aparte—. El muñecote mide unos quince centímetros de alto, y tiene una humilde aportación realizada con mis torpes manos. No, no son las botas. Ya me gustaría ser tan mañoso...

La situación fue más o menos así:

AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Álvaro, feliz no-cumpleaños. Casi con tres meses de retraso; ya me conoces.
(Alvarito coge la bolsa con cara de “oh, gracias, no tenías que haberte molestado”, notando al tacto perfectamente el peluche y pensando con un bufido: “Un puto muñeco de una serie manga. Joder. La verdad es que me haría más ilusión un chuluche —peluche de Cthulhu—. Al menos espero que sea el Ikki de Caballeros del Zodiaco, que mola un huevo”.)
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA (sonriendo): —Creo que te va a encantar.
(Alvarito rebusca en la bolsa, saca el muñeco, abre los ojos como platos).
YO: —¡JODER QUE ES EL ÁLEX!
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Sip.
YO: —¿Pero cómo coño...? ¿Lo has hecho tú?
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Sip.
YO: —Peroperoperopero... ¿Cómo?
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Llevo ya un tiempo buscando un peluche que se le pareciera, pero era difícil encontrar uno con su cara de mala hostia, y eso no hay forma de modificarlo porque se notarían los restos del original debajo. La mayor parte de los muñecos manga tienen los ojos enormes y pinta de no haber roto un plato. Para el Álex necesitaba un malo, con el pelo corto y con pocas tonterías en el cuerpo, porque había que descoserlas. Pensé en Ikki, pero con toda la armadura imposible... Le tuve que quitar la ropita, teñirle el cuerpo, introducir alambres dentro para ponerlo de pie porque el original estaba sentado, y las botas... de las botas me siento realmente orgullosa.
(Alvarito, manejando con cuidado el muñeco como si se tratara de un ídolo pagano que mereciera sacrificios de vírgenes y quema de inciensos, escucha la lista de materias primas y tribulaciones con las cuales el peluche de Álex, protagonista de Politeísmos, ha cobrado realidad tangible.)
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —¿Te gusta?
YO: —¿Que si me gusta? ¡Joder! ¡Voy a ponerle un puto altar debajo!
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Lo único que a mí no me convence es el colmillo. Está demasiado grande. Estuve por volver a hacerlo, la verdad... Lo mismo te lo hago de nuevo.
(La verdad es que era cierto. El colmillo que el peluche de Álex llevaba al cuello era demasiado grande, y la famosa frase que aparece en el libro de “¿El colmillo es de lobo o de mastín?” hubiera resultado más propia, siendo francos, reformulada del siguiente modo: “¿El colmillo es de lobo o de Tiranosaurus Rex?)
YO: —Sí, es un poco grande, pero me la pela. Es la polla (y lo pensaba). En serio. Creo que es el mejor regalo que me han hecho en mi vida. Y no lo digo por quedar bien.
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA (perfeccionista e insatisfecha con su obra): —Pero el colmillo es demasiado grande. Mira, estoy pensando que mejor déjame el muñeco que te lo vuelvo a hacer y te lo traigo otro día.
YO (protegiendo mi regalo como si me fuera la vida en ello): —No, no. En serio. No hace falta. Me gusta así (pensando: “Ni de coña esto sale de mi casa. ¿Y si te roban la mochila, qué?”).
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Sí, es que no me gusta. Te lo voy a modelar mejor.
(Alvarito pensativo, sabiendo que hay ocasiones en las que no se puede discutir y no queriendo deshacerse de su peluche por nada del mundo, tiene una idea de bombero.)
YO (con la cara iluminada): —Espera que se me acaba de ocurrir una cosa.
(Alvarito se lanza a revolver en un cajón lleno de trastos inclasificables hasta que encuentra una cajita y la saca, de forma triunfante).
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —¿Qué es eso?
YO: —De cuando mis perros eran cachorros. Soy así de friqui y guardé todos los dientes de leche que encontré por la casa, los que no se tragaron, claro. Me hacía ilusión.
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —¿Y le vas a poner un colmillo de leche de tus perros al peluche? Joder, no sé. Da pena.
YO: —¿Sabes un sitio más seguro para no que no se me pierda que en el cuello del Álex? Además, así llevará un auténtico colmillo de Canis lupus, joder.
AMIGA REALMENTE HABILIDOSA: —Familiaris.
YO: —Familiaris. No se lo diremos a nadie.

Y así fue la cosa. Arranqué el diente realizado con masilla ante la cara de pánico de mi amiga, que temía que destruyera su obra con mis patazas, y pegué el colmillo auténtico con superglue. La cirugía fue un éxito.

El resultado, el prototipo del muñeco que todos querréis tener en vuestra mesa junto al ordenador cuando Politeísmos se publique. Con él, comienza la imparable carrera de las mercaderías de mi obra. Y acaba, claro, con las Tarteras de tu Dios Interior. ¡Hazte con todas!

Desde el faro,

Al.

Álvaro Naira © 2007

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Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha autoeditado ni sacado de su disco duro para que haga la ronda entre los amiguetes. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.








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